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Actes 17, 16-21

La actividad misionera de San Pablo en Atenas nos presenta el encuentro del Evangelio con el paganismo helenista, popular y culto, de su tiempo. Es un momento de singular importancia en la difusión del mensaje cristiano, porque en esta ocasión la predicación evangélica va a demostrar, a través del Apóstol, su capacidad de adaptarse a diferentes mentalidades y situaciones culturales, permaneciendo en todo fiel a sí misma.

La Atenas visitada por Pablo no era ya la brillante capital intelectual de la época de Platón y Aristóteles. Había sufrido un serio declive cultural y político, pero conservaba restos de su antigua influencia. En Atenas se cultivaban aún con cierta altura los sistemas de pensamiento más característicos de la época.

San Pablo va a presentar el Evangelio a los filósofos paganos como la verdadera filosofía, sin disminuir en nada su trascendencia y carácter sobrenatural. El común punto de partida será que la filosofía equivale a ciencia de la vida y es un modo legítimo de buscar respuesta a las cuestiones últimas de la existencia humana. Pablo intenta elevar una mera curiosidad intelectual a búsqueda auténtica y sincera de la verdad perenne, que es de carácter religioso. Se coloca junto a los filósofos en su crítica de la superstición, pero les hace ver que, al censurar las deformaciones populares, no van suficientemente lejos.

Pablo sabe bien que la predicación de Cristo crucificado es «escándalo para los judíos, necedad para los gentiles» (1 Cor 1, 23). Esta convicción no le impide sin embargo sentir y manifestar una estima razonable hacia el pensamiento y religión paganos, entendidos como una preparación para el Evangelio. Puede decirse que Pablo inaugura la actitud acogedora que la Iglesia y los cristianos han mantenido siempre respecto a la razón y al pensamiento profano consciente de sus limitaciones. «Hay en la cultura profana —escribe San Gregorio de Nisa— aspectos que no debemos rechazar a la hora de crecer en la virtud. La filosofía moral y natural puede ser, en efecto, compañera de quien desea llevar una vida elevada (...), a condición de que su fruto no conserve ninguna contaminación extraña» (De vita Moysis, II, 37).

San Justino mártir había escrito también, dos siglos antes que San Gregorio, sobre los méritos y defectos de la filosofía pagana y la relativa verdad que contiene: «Yo confieso que mis oraciones y mis esfuerzos tienen como fin mostrarme cristiano, no porque las doctrinas de Platón sean del todo ajenas a Cristo, sino porque no son del todo semejantes, como tampoco las de los otros filósofos, estoicos, por ejemplo, poetas e historiadores. Porque cada uno habló bien, en base a la porción del Verbo seminal divino que le correspondió. Pero es evidente que quienes en puntos muy principales se contradicen unos a otros, no alcanzaron una ciencia segura ni una sabiduría irrefutable. Todo lo verdadero y bueno dicho por ellos nos pertenece a nosotros los cristianos, porque nosotros adoramos y amamos, después de Dios, al Verbo, que procede del mismo Dios ingénito e inefable (...). Los escritores profanos sólo oscuramente pudieron ver la realidad, gracias a la semilla del Verbo presente en ellos» (Apología II, 13).

 

Actes 17, 16

La indignación interior de Pablo es un sentimiento provocado por su celo religioso a la vista del oscurecimiento de la verdad, la deformación del culto de Dios y la situación espiritual miserable de quienes no le conocen.

Es una reacción serena y piadosa, que se traduce inmediatamente en un esfuerzo concreto para anunciar al Dios verdadero e iluminar las inteligencias extraviadas.

 

Actes 17, 17

Según su proceder habitual, Pablo predica en la sinagoga, pero habla también a toda persona que encuentra en la plaza del mercado y que se presta a escucharle. No es actividad de discusión sino de predicación. Éste es el sentido preciso del verbo empleado por San Lucas (cfr. 20, 7.9).

«Ágora»: Es el nombre que daban los griegos a la plaza principal de la ciudad. En el ágora se tenían las reuniones o asambleas del pueblo para tratar de los asuntos políticos más importantes. También se empleaba para otras actividades, como la comercial. El Ágora de Atenas fue especialmente famosa desde tiempos muy antiguos: en ella se habían tomado importantes decisiones políticas en la democracia ateniense; pero también era punto de reunión diario donde se comentaban de manera informal los asuntos y noticias corrientes.

 

Actes 17, 18

Los filósofos epicúreos seguían las enseñanzas de Epicuro (341-270 a.C.), que presentaban un cierto aire materialista. Hablaban de la inexistencia de dioses o los consideraban en todo caso como ajenos e indiferentes al mundo de los hombres. Su ética acentuaba la importancia del placer y la tranquilidad.

Los estoicos, fundados por Zenón de Citium (340-265 a.C.), veían en el logos la causa que configura, ordena y dirige el universo entero y la vida de los seres. Esta Razón de todo lo existente era para ellos un principio último, inmanente a las cosas, y suponía una concepción panteísta y monista de la realidad. La ética estoica insiste en la suficiencia y responsabilidad del hombre, y habla un lenguaje de libertad, pero concibe al ser humano como movido por la fuerza irresistible y necesaria del destino.

El término que hemos traducido por «charlatán» tiene también en griego un sentido despectivo. Se aplica especialmente a los que repiten interminablemente lugares comunes.

Los interlocutores de Pablo parece que entienden Resurrección como el nombre propio de una presunta divinidad que acompañase a Jesús.

 

Actes 17, 19

El término «Areópago» puede designar una colina donde solían reunirse los atenienses o bien una sesión de un tribunal o consejo de la ciudad que se habría reunido para escuchar la doctrina de Pablo. El texto no permite descartar ninguna de las dos posibilidades.

 

Actes 17, 22-33

Entre los discursos de San Pablo conservados en el libro de los Hechos, el del Areópago es el más extenso de los predicados a paganos (cfr. 14, 15 ss.). Es un discurso decisivo, de importancia paralela al que Pablo pronuncia ante los judíos de Antioquía de Pisidia (cfr. 13, 16 ss.). Constituye el primer modelo conocido de apologética cristiana, que tiende a mostrar la naturaleza razonable del cristianismo y lo mucho que puede decir a favor de sí mismo al mejor pensamiento humano.

Es evidentemente un discurso pronunciado por el mismo autor de los tres primeros capítulos de la Epístola a los Romanos, y que lleva largo tiempo ocupado en predicar el Evangelio a paganos, según un esquema que habla primero del único Dios vivo y verdadero y anuncia después a Jesucristo, Salvador divino de todos los hombres (cfr. 2 Thes 1, 9-10).

Después de una introducción destinada a atraer la atención de los oyentes y enunciar el tema principal (vv. 22 s.), el discurso se divide en tres partes: 1) Dios es el Señor del mundo y no necesita habitar en templos fabricados por hombres (vv. 24 s.); 2) el hombre es obra de Dios y depende en todo de Él (vv. 26 s.); 3) existe una relación entre Dios y el hombre, de modo que la idolatría es un gran pecado (vv. 28 s.). Sigue una conclusión en la que Pablo exhorta a sus oyentes a abandonar sus errores acerca de Dios y decidirse al arrepentimiento, teniendo en cuenta el Juicio Final (vv. 30 s.).

La terminología de Pablo deriva en gran parte de la traducción griega del AT llamada «de los setenta». Las ideas recogen creencias bíblicas expresadas según modos de hablar corrientes en el mundo y cultura helenísticos.

 

Actes 17, 22-24

«Al Dios desconocido»: San Pablo alaba el temperamento e inclinación religiosa de los atenienses, que les mueven a rendir culto a la divinidad. Pero señala a continuación que la religión que practican es todavía muy imperfecta porque no les proporciona un conocimiento suficiente de Dios y del culto que le deben, no les libra de sus pecados, ni les capacita para vivir dignamente según el espíritu. Los religiosos atenienses —parece decir Pablo con una cierta ironía— son en realidad hombres supersticiosos, e ignorantes del único Dios verdadero y de sus caminos de salvación.

Pablo critica la religión pagana y señala sus limitaciones, pero no la condena en su totalidad. Piensa que es una base inicial en cuanto sus oyentes aceptan la posibilidad de la existencia de un Dios verdadero que no conocen. Esta disposición puede ayudarles a recibir y aceptar la Revelación sobrenatural de Dios en Jesucristo. Porque la Revelación no viene a destruir la religión natural sino a purificarla, completarla y elevarla, de modo que el hombre religioso sea capaz de conocer el misterio de Dios Uno y Trino, reformar su vida con ayuda de la gracia de Jesucristo y lograr la salvación que necesita y anhela.

 

Actes 17, 23

«Los que cumplieron lo que universal, natural y eternamente es bueno —dice San Justino— fueron agradables a Dios, y se salvarán por medio de Cristo en la resurrección, del mismo modo que los justos que les precedieron» (Diálogo con Trifón, 45, 4). La estima de la Iglesia hacia los elementos positivos que pueden descubrirse en las religiones paganas no le impide sino que la impulsa a predicar a todos los hombres la plenitud de la verdad y la salvación que sólo se hallan en Jesucristo. «La Iglesia católica nada rechaza de lo que en estas religiones hay de verdadero y santo —afirma el Conc. Vaticano II—. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas que, aunque discrepan en muchos puntos de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres. La Iglesia anuncia y tiene la obligación de anunciar constantemente a Cristo, que es ‘el Camino, la Verdad y la Vida’ (Ioh 14, 6), en quien los hombres encuentran la plenitud de la vida religiosa y en quien Dios reconcilió consigo todas las cosas» (Nostra aetate, n. 2).

 

Actes 17, 24

El lenguaje de Pablo se apoya en la descripción que el Antiguo Testamento hace de Dios, Señor de cielos y tierra (cfr. Is 42, 5; Ex 20, 21). El Apóstol habla de la Majestad infinita de Dios, mayor que el universo que ha creado. No pretende negar, sin embargo, la conveniencia de que Dios reciba culto en lugares sagrados concretos.

Sus palabras parecen un eco de las pronunciadas por Salomón en la dedicación del Templo: «Si los cielos y los cielos de los cielos no pueden contenerte, ¡cuánto menos esta Casa que yo te he construido!» (1 Reg 8, 27).

Todo culto rendido a Dios debe practicarse en «espíritu y en verdad» (Ioh 4, 24). Pero el Señor ha querido habitar especialmente y recibir culto en templos fabricados por manos de hombres. «Dos cosas es preciso considerar en el culto divino —escribe Santo Tomás—, a saber: Dios, que es adorado, y los hombres que lo adoran. En cuanto a Dios, que es adorado, no puede ser encerrado en ningún espacio material, y por tanto no fue necesario que por Él se fabricase un tabernáculo o templo. Pero los hombres (...) son corporales y exigían la construcción de un tabernáculo o templo por dos motivos. Primero, para que quienes llegasen a este lugar lo hicieran con mayor reverencia. Segundo, a fin de que con la disposición misma del templo se significase algo respecto a la excelencia de la divinidad o de la humanidad de Jesucristo (...). De donde se manifiesta que la casa del santuario no fue edificada con la intención de encerrar en ella a Dios (...), sino para que la noticia de Dios se hiciera allí manifiesta» (Suma Teológica, I-II, q. 102, a. 4, ad 1).

 

Actes 17, 25

La idea de que Dios no necesita servicios humanos ni depende de los hombres para su bienestar y felicidad aparece con mucha frecuencia en los libros proféticos. «Vais a ver en Babilonia —anuncia Jeremías— dioses de plata, oro y madera, que son llevados a hombros y que infunden terror a los gentiles (...). La lengua de esos dioses ha sido limada por un artesano y ellos, por muy dorados y plateados que estén, son falsos y no pueden hablar (...). Por muy envueltos que vayan en vestidos de púrpura, tienen que lavarles la cara. Alguno de ellos empuña el cetro como un gobernador de provincia, pero no podría castigar al que le ha ofendido. Si se les pone en pie no pueden moverse por sí mismos; si se les tumba no logran levantarse solos» (Bar 6, 3.7.12-13.26).

Esto no excluye que el Señor desee verse correspondido en la oferta de amor que hace a los hombres. «Oíd, cielos; escucha tierra, que habla Yahwéh —profetiza Isaías—, Hijos crié y saqué adelante, y ellos se rebelaron contra mí. Conoce el buey a su dueño, y el asno el pesebre de su amo. Pero Israel no conoce, mi pueblo no discierne» (1, 2-3).

Además de una ofensa y una locura, el pecado significa indiferencia e ingratitud hacia Dios, que, en un exceso continuo de amor, no se cansa de solicitar el cariño del hombre. «Cuando Israel era niño, yo le amé, y de Egipto llamé a mi hijo —leemos en el profeta Oseas—. Cuanto más los llamaba, más se alejaban de mí (...). Yo enseñé a Efraín a caminar, tomándole por los brazos, pero ellos no conocieron que yo cuidaba de ellos. Con cuerdas humanas los atraía, con lazos de amor» (11, 1-4).

El amor de Dios hacia los hombres se manifiesta incomparablemente en la Redención y en los sacramentos de la Iglesia, que nos hacen llegar sus frutos. Se manifiesta especialmente en la Sagrada Eucaristía, que es alimento del cristiano y donde Jesucristo quiere ser adorado y acompañado por nosotros.

 

Actes 17, 26

«De un solo hombre»; Literalmente «de uno solo». San Pablo se refiere al texto de Gen 2, 7: «Entonces Yahwéh Dios formó al hombre con polvo del suelo», es decir, habla del primer progenitor del género humano. La expresión «de un solo» no debe interpretarse, pues, como referida a un solo principio sino a un solo hombre.

 

Actes 17, 27-28

San Pablo habla de la absoluta cercanía de Dios y su presencia misteriosa pero real dentro de cada hombre. San Agustín se hace eco de esta enseñanza cuando exclama: «Tú, Dios mío, estabas dentro de mí, más interior que lo más íntimo mío y más elevado que lo más excelente mío» (Confesiones, lib. 3, cap. 6).

El hombre necesita a Dios, que es su Creador, para existir. Le necesita asimismo para continuar en la existencia, para vivir y moverse. Le necesita para pensar y querer. Le necesita sobre todo para amar el bien y practicarlo. Puede decirse con verdad que Dios está en nosotros. La íntima unión de dos seres que este pensamiento supone nada resta a la perfecta distinción y radical diferencia que existe entre Dios infinito y el hombre finito y limitado. «Los hombres, incapaces de auto-existencia —escribe San Atanasio—, se hallan encerrados en un lugar y se apoyan en la Palabra de Dios. Pero Dios existe por Sí mismo, abarca todas las cosas y no está abarcado por ninguna. Se encuentra dentro de todo según su bondad y poder, y a la vez fuera de todo según su propia naturaleza divina» (De decretis nicaenae synodi, 11).

La tradición ascética cristiana ha comentado estas ideas como una invitación a la búsqueda de Dios en el fondo del alma y a sentirnos en todo dependientes de Él.

«Considerad a Dios —dice San Juan de Ávila—, que es el ser de todo lo que es, y sin Él hay nada: y que es vida de todo lo que vive, y sin Él hay muerte; y fuerza de todo lo que algo puede, y sin Él hay flaqueza; y que es bien entero de todo lo bueno, sin el cual no se puede haber el más pequeño bien de los bienes» (Audi, filia, cap. 64).

San Francisco de Sales escribe: «Dios no está solamente donde tú estás, sino también de una manera especial en el fondo de tu corazón y de tu alma, que vivifica con su divina presencia, siendo allí como el corazón de tu corazón y el espíritu de tu espíritu; pues así como el alma, repartida por el cuerpo, se encuentra presente en todas y cada una de sus partes, y reside en el corazón de manera particular, así Dios, presente en todas las cosas, se halla con preferencia en nuestro espíritu. Por eso David le llama ‘Dios de su corazón’ (Ps 73, 26), y San Pablo afirma que ‘en él vivimos, nos movemos y existimos’ (Act 17, 28). Ponderando esto, avivarás en tu corazón los sentimientos de reverencia hacia Dios, que se encuentra en aquél íntimamente» (Introducción a la vida devota, II, cap. 2).

La cita —en singular— es del poeta estoico Arato (siglo III a.C.). La forma plural parece aludir a un verso análogo del himno a Zeus escrito por Cleantes (también del siglo III a.C.).

«El diablo hablaba palabras de la Escritura pero fue reducido a silencio por el Salvador —comenta San Atanasio—. Pablo citaba a escritores profanos, pero, santo como era, transmitía un sentido religioso» (De synodis, 39). «Se nos llama con toda razón ‘linaje’ de Dios, no procedentes de su naturaleza sino creados voluntariamente por su espíritu y recreados mediante la adopción de hijos» (Super Act expositio, ad loc.).

 

Actes 17, 29

Si los hombres son linaje de Dios y tienen una cierta semejanza con Él, es evidente que una figura inanimada no puede contener al Dios vivo. Los hombres poseen el espíritu de Dios y deben por tanto reconocer que Dios es espiritual. Sus imágenes materiales tienen, sin embargo, una función importante, por la naturaleza del conocimiento humano, que comienza por los sentidos corporales. Esa función es la de facilitarnos la presencia de Dios y su adoración. El culto de las imágenes en la Iglesia es, pues, completamente distinto de la idolatría, la cual considera que la divinidad habita en el ídolo, actúa sólo a través de él, e incluso, en algunos casos, se llega a confundir el ídolo con la divinidad.

 

Actes 17, 30

Después de haber hablado del conocimiento natural de Dios, San Pablo pasa ahora a exponer el conocimiento de Dios mediante la fe.

Aunque el hombre puede conocer a Dios mediante su razón, ha querido el Señor comunicarle sobrenaturalmente los misterios de su vida divina, con el fin de hacerle más fácil la salvación. «La Iglesia sostiene y enseña que Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser conocido con certeza por la luz natural de la razón humana, a partir de las cosas creadas (...). Sin embargo, plugo a su sabiduría y bondad revelarse a Sí mismo al género humano y revelarle por otro camino, de carácter sobrenatural, los decretos eternos de su Voluntad» (Dei Filius, cap. 2).

«Fue también necesario que el hombre fuese instruido por Revelación divina sobre las verdades que la razón humana puede descubrir acerca de Dios, porque estas verdades, alcanzadas por la razón humana, llegarían al hombre a través de pocos, después de mucho tiempo y mezcladas con muchos errores; y, sin embargo, de su conocimiento depende toda la salvación del hombre, que está en Dios. Luego, para que con más prontitud y seguridad llegase la salvación a los hombres, fue necesario que se les instruyese por la Revelación divina acerca de las cosas de Dios» (Suma Teológica, I, q. 1, a. 1).

La Revelación sobrenatural asegura al hombre un conocimiento rápido y cierto de los misterios divinos e incluye algunas verdades —como por ejemplo la existencia de Dios— que la razón humana puede llegar a descubrir (cfr. Rom 1, 20).

«Dispuso Dios en su sabiduría —enseña el Conc. Vaticano II— revelarse a Sí mismo y dar a conocer el misterio de su Voluntad (cfr. Eph 1, 9), mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo Encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina (cfr. Eph 2, 18; 2 Pet 1, 4). En consecuencia, por esta revelación Dios invisible (cfr. Col 1, 15; 1 Tim 1, 17) habla a los hombres como amigos, movido por su gran amor (cfr. Ex 33, 11; Ioh 15, 14-15), y mora en ellos para invitarlos a la comunicación con Él y recibirlos en su compañía» (Dei Verbum, n. 2).

El conocimiento de Dios Trino y su voluntad salvadora que la revelación sobrenatural ofrece a los hombres no es un saber teórico o simplemente intelectual, sino que va dirigido a la conversión, a la penitencia y a la reforma de la vida. Es como una llamada de Dios que exige, por lo tanto, una respuesta personal. «Cuando Dios se revela hay que prestarle la obediencia de la fe (Rom 16, 26; cfr. Rom 1, 5; 2 Cor 10, 5-6), por la que el hombre se confía libre y totalmente a Dios, prestando ‘a Dios revelador el homenaje del entendimiento y de la voluntad’ (Dei Filius, cap. 3), y asintiendo voluntariamente a la revelación hecha por Él. Para profesar esta fe es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda, y los auxilios internos del Espíritu Santo, el cual mueve el corazón y lo convierte a Dios» (Dei Verbum, n. 5).

Es precisamente este conocimiento práctico del Dios vivo y verdadero revelado en Jesucristo lo único que permite al hombre conocerse a sí mismo, detestar sus faltas y pecados, y esperarlo todo de la misericordia divina. Es un autoconocimiento concedido por Dios, que permite al pecador arrepentido comenzar una vida nueva y colaborar libremente con el Señor en la tarea de la propia santificación. «A mi parecer jamás nos acabamos de conocer si no procuramos conocer a Dios —escribe Santa Teresa—. Mirando su grandeza, acudamos a nuestra bajeza, y mirando su limpieza veremos nuestra suciedad; considerando su humildad, veremos cuan lejos estamos de ser humildes» (Moradas, I, cap. 2).

 

Actes 17, 31

Sobre Jesucristo como Juez universal cfr. nota a Act 10, 42.

 

Actes 17, 32

Cuando San Pablo comienza a narrar a los atenienses la Resurrección de Jesús de entre los muertos, la sorpresa de los oyentes se vuelve enseguida burla e ironía. Para el pensamiento de los paganos, la resurrección de los muertos era un absurdo que no aceptaban y no estaban dispuestos a creer. Si el Apóstol habla así es porque las verdades de la fe cristiana desembocan en el misterio de la Resurrección y aunque quizá hubiera previsto la reacción del auditorio, no deja de exponer esta verdad, fundamento de nuestra fe. «Mira cómo los lleva —observa Crisóstomo— al Dios que cuida del mundo, el cual es benigno, misericordioso, omnipotente y sabio: todas las cualidades del Creador, todo esto se confirma en la Resurrección» (Hom. sobre Act, 38).

El Apóstol no logró vencer los prejuicios racionalistas de gran parte del auditorio. Se pueden aplicar a este momento las palabras que escribiría más tarde: «Los griegos buscan sabiduría; nosotros en cambio predicamos a Cristo crucificado (...), necedad para los gentiles» (1 Cor 1, 22). Es que sin actitud y disposición de fe, dominan en el hombre los desórdenes de la razón y el escándalo ante el misterio. Si se pone la inteligencia humana como medida de todas las cosas, se llega a despreciar y a negar lo que no se comprende, porque supera el entendimiento humano. Es lo que acontece con los misterios que Dios ha revelado al hombre. No se entienden por la sola razón, y hay que creerlos. Lo que mueve entonces a la inteligencia para asentir a estas verdades no es la evidencia de éstas, sino en la autoridad de Dios, verdad infalible, que no puede ni engañarse ni engañarnos. Por eso el acto de fe, aunque es propiamente de la inteligencia que asiente, está influenciado por la voluntad, y el querer creer supone amar a aquél que nos propone la verdad para ser creída.

 

Actes 17, 34

«Los que querían vivir como personas de conducta recta no tardaron en entender la palabra, pero no ocurrió lo mismo con los demás» (Hom. sobre Act, 39).

Entre los pocos que se convirtieron en Atenas cita San Lucas a una mujer de nombre Dámaris. Es una de las numerosas mujeres que aparecen en el libro de los Hechos de los Apóstoles, como manifestación clara de que la predicación del Evangelio era universal. Los Apóstoles siguieron en todo el ejemplo de su Maestro, quien, a pesar de los prejuicios de la época, dirigió a mujeres y a hombres por igual el anuncio del Reino.

San Lucas nos narra que cuando el Evangelio hizo su entrada en Europa, la primera en acogerlo fue una mujer. Algo parecido ocurrió entre los samaritanos, a quienes una mujer habló por vez primera del Salvador (cfr. Ioh 4). En los Evangelios contemplamos cómo las mujeres sirven al Señor, cómo están al pie de la cruz, y las primeras junto al sepulcro vacío. Por contraste, no ha quedado ningún relato en lo que se refiere a su trato con Jesús, de hipocresía, odio, injurias, deserciones o cobardes huidas.

San Pablo tuvo una profunda comprensión del papel que la mujer cristiana como madre, esposa y hermana debía desempeñar en la propagación del cristianismo; lo cual se refleja en el tratamiento que les concede en su predicación y en sus cartas. Lidia en Filipo, Priscila y Cloe en Corinto, Febe en Cencreas, la madre de Rufo —que fue para él también una madre—, y las hijas de Felipe el de Cesarea son algunas de las mujeres a las que San Pablo estuvo siempre agradecido por sus ayudas y oraciones.

La mujer está llamada a llevar a la familia, a la sociedad civil, a la Iglesia, algo característico, que le es propio y que sólo ella puede dar: su delicada ternura, su generosidad incansable, su amor por lo concreto, su agudeza de ingenio, su capacidad de intuición, su piedad profunda y sencilla, su tenacidad... (Conversaciones, n. 87). La Iglesia espera de la mujer un compromiso y un testimonio en favor de lo que constituye la verdadera dignidad del hombre y su felicidad más profunda. «Las mujeres han recibido de Dios —dice Juan Pablo II— un carisma natural propio, hecho de aguda sensibilidad y de fina percepción de la medida, del sentido de lo concreto y de providencial amor por lo que está en estado germinal y necesitado por ello de cuidados diligentes. Son cualidades que tienden a favorecer el crecimiento humano» (Discurso, 7-XII-1979).

Cuando estas cualidades, con las que Dios ha dotado la personalidad de la mujer, son desarrolladas y actualizadas, su vida y su trabajo serán realmente constructivos y fecundos, llenos de sentido, lo mismo si pasa el día dedicada a su marido y a sus hijos que si, habiendo renunciado al matrimonio por alguna razón noble, se ha entregado de lleno a otras tareas. Cada una en su propio camino, siendo fiel a la vocación humana y divina, puede realizar y realiza de hecho la plenitud de la personalidad femenina. No olvidemos que Santa María, Madre de Dios y Madre de los hombres, es no sólo modelo, sino también prueba del valor trascendente que puede alcanzar una vida en apariencia sin relieve (Conversaciones, n. 87).

 

Chapitre n°18

 

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