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Actes 8, 18-24

La lamentable propuesta de Simón, que ofrece dinero a los Apóstoles a cambio de la capacidad para transmitir el Espíritu, ha originado el término simonía para designar el comercio con las cosas santas. Simonía es el pecado de comprar o vender por dinero o bienes temporales una cosa espiritual: un sacramento, una indulgencia, un cargo eclesiástico, etc. La maldad de este comportamiento radica en que se degrada un bien sobrenatural, esencialmente gratuito, al usarlo ilegítimamente para obtener un enriquecimiento material.

No es simonía, sin embargo, que los ministros del culto sagrado acepten una razonable limosna, en dinero o especie, para su normal sostenimiento. Jesucristo enseña que el apóstol merece un salario (cfr. Lc 10, 7), y San Pablo escribe que los anunciadores del Evangelio pueden vivir de los frutos del Evangelio (cfr. 1 Cor 9, 14). Es el caso, por ejemplo, de la limosna o estipendio que se da por la aplicación del fruto ministerial de la Santa Misa. No se entrega como precio de ese fruto espiritual, sino como ayuda para el sostenimiento del sacerdote.

La Iglesia ha combatido y prevenido siempre el peligro de simonía en sus ministros (cfr. 1 Pet 5, 2; 2 Pet 2, 3). Les ha recordado con frecuencia las palabras del Señor a los discípulos: «Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, sanad a los leprosos, arrojad a los demonios; gratuitamente lo recibisteis, dadlo gratuitamente» (Mt 10, 8). Pero, sobre todo, coloca como estímulo delante de sus ojos la incomparable entrega del Señor, en su vida y en su muerte.

El Señor ha dado un ejemplo supremo de desinterés y rectitud de intención en el servicio a los hombres; ha vivido y muerto por ellos sin pedir nada a cambio, excepto la justa correspondencia de su amor.

Incurriría en grave falta el pastor de almas que en su ministerio persiguiera lucro económico, prestigio social, alabanza del mundo, honores o liderazgo político. En vez de pastor sería un mercenario que a la hora del peligro real sólo pensaría en sí mismo y dejaría abandonados a los fieles (cfr. Ioh 10, 12).

 

Actes 8, 26-40

El bautismo del funcionario etíope es un jalón muy importante en la historia de la expansión del cristianismo. La narración de San Lucas pone de manifiesto la importancia de la Sagrada Escritura y de su recta interpretación para la evangelización. En este episodio se condensan los pasos de la actividad apostólica: el discípulo de Cristo, movido por el Espíritu (cfr. v. 29), obedece con prontitud a su mandato, predica con base en la Sagrada Escritura —como hizo Jesús con los discípulos de Emaús— y administra el Bautismo.

 

Actes 8, 27

Etiopía indica el reino de Nubia, cuya capital era entonces la ciudad de Meroe, y se extendía al sur de Egipto, más allá de Asuán, la primera catarata del Nilo (actualmente es parte de Sudán). Candace no era un nombre personal, sino el nombre dinástico de las reinas de aquel país, que en ese tiempo era gobernado por mujeres (cfr. Historia Eclesiástica, II, 1, 13).

El término eunuco, como su equivalente en hebreo, se utilizaba a menudo independientemente de su significado fisiológico original, y podía ser aplicado entonces a cualquier empleado de la corte (cfr. p. ej. Gen 39, 1; 2 Reg 25, 19). En este caso, el interlocutor de Felipe era un alto cargo, equivalente al ministro del tesoro o de finanzas. No sabemos si este funcionario etíope era judío de raza, prosélito —judío no de raza sino de religión—; o quizá se tratara de un temeroso de Dios (vid. nota a Act 2, 5-11).

 

Actes 8, 28

«Volvía sentado en su carro e iba leyendo al profeta Isaías»; «Considera —exhorta San Juan Crisóstomo— qué gran cosa es no descuidar la lectura de la Escritura ni siquiera durante el viaje (...). Piensen esto los que ni siquiera en su casa las leen y, porque están con su mujer, o porque militan en el ejército, o tienen preocupaciones por sus familiares y ocupaciones en otros asuntos, creen que no les conviene hacer ese esfuerzo por leer las divinas Escrituras (...). Este bárbaro etíope es un maestro para todos nosotros: para los que tienen una vida privada, para los miembros del ejército, para las autoridades, en una palabra, para todos los hombres y también las mujeres —más aún las que están siempre en casa— y para los que han escogido la vida monástica. Aprendan todos que ninguna circunstancia es impedimento para la lectura de la palabra divina, que es posible realizar no sólo en casa sino en la plaza, en el viaje, en compañía de muchos o en medio de una ocupación. No descuidemos, os ruego, la lectura de las Escrituras» (Hom. sobre el Gen, 35).

 

Actes 8, 29-30

La soledad que reina en el camino facilita la conversación tranquila entre Felipe y el etíope, y surge el diálogo, un apostolado doctrinal y de confidencia. Me parece tan bien tu devoción por los primeros cristianos, que haré lo posible por fomentarla, para que ejercites —como ellos—, cada día con más entusiasmo, ese Apostolado eficaz de discreción y de confidencia (Camino, n. 971). Ésta fue efectivamente una característica de la actividad apostólica de nuestros primeros hermanos en la fe, que se fueron extendiendo poco a poco por todo el Imperio romano. Cristianos de todas las condiciones sociales desarrollaban su apostolado con sus compañeros de profesión: el marinero con el resto de la tripulación, el esclavo con sus compañeros de esclavitud; soldados, comerciantes, madres de familia... Todos movidos por ese afán proselitista que era una prueba más de la autenticidad y verdad de la fe que profesaban.

 

Actes 8, 31

«¿Cómo podré entenderlo si no me lo explica alguien?»: Al judaísmo de la época le repugnaba aceptar la idea de un Mesías que sufre y muere a manos de sus enemigos. Por eso, el etíope tiene dificultad para entender ese pasaje —y todo el canto del Siervo de Yahwéh, del que está tomado (cfr. Is 53) —. No sabe si Isaías profetizaba de sí mismo o de otro.

En ocasiones puede ser difícil entender algún pasaje de la Biblia, y por eso comenta San Jerónimo: «Yo no soy —para hablar de pasada de mí mismo— ni más estudioso ni más santo que aquel eunuco que desde Etiopía, es decir, del extremo de la tierra, vino al Templo, abandonó el palacio regio, y era tanto su amor a la ciencia divina que incluso en el carro iba leyendo las letras sagradas. Y, sin embargo (...), desconocía a quien sin saberlo veneraba en aquel libro. Llegó Felipe, le muestra a Jesús que estaba oculto y como aprisionado en la letra, y (...) en el mismo momento cree, se bautiza, es fiel y santo (...). Te lo digo (...) para hacerte ver que, sin un guía que vaya delante mostrando el camino, no se puede entrar en las Escrituras santas» (Epístola 53, 5-6).

Esa guía es la interpretación segura de la Iglesia, a quien Dios entregó los libros que había inspirado. Por eso enseña el Conc. Vaticano II: «Para entender el sentido de la Sagrada Escritura hay que tener en cuenta no sólo su contenido sino la unidad de toda la Escritura, la tradición viva de toda la Iglesia y la analogía de la fe (...). Todo lo que se refiere a la interpretación de la Escritura debe someterse en última instancia a la Iglesia, que tiene el mandato y el ministerio divino de conservar e interpretar la palabra de Dios» (Dei Verbum, n. 12).

 

Actes 8, 35

«Por la prontitud de su fe —afirma San Juan Crisóstomo— el eunuco es digno de admiración. No ha visto a Jesucristo ni ha presenciado ningún prodigio, y ¿cuál es la razón de su cambio? Pues que, al ser observante de las cosas de la religión, se aplica al estudio de los libros santos y hace de ellos su libro de meditación y de lectura» (Hom. sobre Act, 19).

 

Actes 8, 36

«¿Qué impide que yo sea bautizado?»: Estas palabras recuerdan las condiciones necesarias para poder recibir el Bautismo. Los adultos deben ser instruidos en la fe antes de recibir este sacramento, lo cual exige un tiempo de «iniciación cristiana». Sin embargo, algunas veces no debe diferirse el día del Bautismo, si hay alguna causa necesaria y justa, como es el peligro de muerte.

El Magisterio recuerda la obligación de bautizar a los niños sin demora: «El hecho de que los niños no puedan aún profesar personalmente su fe no impide que la Iglesia les confiera este sacramento, porque en realidad les bautiza en su propia fe. Este punto doctrinal fue ya claramente fijado por San Agustín, el cual escribía: ‘Los niños son presentados para recibir la gracia espiritual, no tanto por quienes los llevan en sus brazos —aunque también por ellos, si son buenos fieles— cuanto por la sociedad universal de los santos y de los fieles (...). Es la Madre Iglesia entera la que actúa en sus santos: porque toda ella los engendra a todos y a cada uno’ (Epístola 98; cfr. Sermo 176). Santo Tomás de Aquino, y después de él la mayoría de los teólogos recogen la misma enseñanza: el niño que es bautizado no cree por sí mismo, por un acto de fe personal, sino por medio de otros, ‘por la fe de la Iglesia que se le comunica’ (Suma Teológica, III, q. 69, a. 6, ad 3; cfr. q. 68, a. 9, ad 3). Esta misma doctrina está expresada en el nuevo Ritual del Bautismo, cuando el celebrante pide a los padres y padrinos y madrinas que profesen la fe de la Iglesia ‘en la que son bautizados los niños’» (Instrucción sobre el Bautismo de los niños, 20-X-1980, n. 14).

Más adelante la misma Instrucción se extiende sobre este importante deber de bautizar a los niños: «Ciertamente la predicación apostólica se dirigía normalmente a los adultos, y los primeros bautizados fueron hombres convertidos a la fe cristiana. Como estos hechos son narrados por el Nuevo Testamento, se podría pensar que en ellos sólo se considera la fe de los adultos. Sin embargo, la praxis del Bautismo de los niños se apoya en una tradición inmemorial de origen apostólico, cuyo valor no puede descartarse; más aún, el Bautismo jamás se ha administrado sin la fe: para los niños se trata de la fe de la Iglesia. Por otra parte, según la doctrina del Concilio de Trento sobre los sacramentos, el Bautismo no es un puro signo de la fe; es también su causa» (Ibid., n. 18).

Los padres cristianos son responsables de que sus hijos sean pronto bautizados. El nuevo Código de Derecho Canónico señala: «Los padres tienen el deber de procurar que los niños reciban el Bautismo en las primeras semanas; acudan cuanto antes al párroco, al nacer, o incluso antes, a pedir el Bautismo del hijo y la debida preparación de ellos» (can. 867).

 

Actes 8, 37

El v. 37 falta en algunos códigos griegos y en las mejores versiones. Probablemente se trata de una nota marginal que se habría introducido más tarde en el texto, y en la que se expresa la profesión de fe que debía hacerse al recibir el Bautismo. En la Vulgata figura así: «Dixit autem Philippus: Si credis ex toto corde, licet. Et respondens ait: Credo, Filium Dei esse Iesum Christum». Que traducido sería: «Dijo Felipe: Si crees de todo corazón, es posible. Respondió él: Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios». Esta glosa tan antigua, inspirada en la liturgia bautismal, tiene el valor de mostrar la fe en la filiación divina de Cristo como núcleo del credo cristiano que se exigía para el Bautismo. Felipe, guiado por el Espíritu Santo, no pone en esta ocasión otras condiciones, y bautiza al etíope de inmediato.

 

Actes 8, 39

San Juan Crisóstomo nos hace reflexionar en el detalle de que el Espíritu arrebata a Felipe sin darle tiempo siquiera a alegrarse con aquél que acaba de ser bautizado. «¿Por qué le tomó el Espíritu del Señor? Porque debía seguir predicando en otras ciudades. No nos debe admirar que esto haya sucedido de un modo divino, no humano» (Hom. sobre Act, 19).

El funcionario «siguió su camino con alegría», con la alegría del que es consciente de ser hijo de Dios por el Bautismo recién recibido. Acababa de concedérsele el don de la fe y con la gracia divina se disponía a responder a sus exigencias, aun en circunstancias no muy favorables, pues era probablemente el único cristiano en toda Etiopía.

«La fe es don de Dios y como tal ha sido recibida en el Bautismo; pero para que ese don no quede estéril requiere respuesta del hombre» (Ritual del Bautismo de niños, n. 91).

El Bautismo es uno de los sacramentos que imprime una huella indeleble en el alma y sólo se recibe una vez. Sin embargo, la respuesta a las exigencias bautismales hay que actualizarla continuamente; no sólo al renovar las promesas del Bautismo en la noche pascual, sino también en toda nuestra actividad diaria, que debe responder a la actuación de un hijo de Dios.

La alegría del etíope es muy natural, y consecuencia lógica de las múltiples gracias concedidas por el Bautismo. San Juan Crisóstomo enuncia estas gracias con ayuda de citas de los Evangelios y de las epístolas de San Pablo: «Los nuevos bautizados son libres, santos, justos, hijos de Dios, herederos del Cielo, hermanos y coherederos de Cristo, miembros de su Cuerpo, templos de Dios, instrumentos del Espíritu Santo (...). Los que ayer estaban cautivos son hoy hombres libres y ciudadanos de la Iglesia. Los que ayer estaban en la vergüenza del pecado se encuentran ahora en la seguridad de la justicia; y no sólo libres sino santos» (Catequesis bautismales, III, 5).

 

Chapitre n°9

 

Actes 9, 1-3

Las autoridades romanas reconocían la autoridad moral del Sanedrín e incluso le permitían alguna jurisdicción sobre los miembros de las comunidades judías fuera de las fronteras de Palestina, como es el caso de Damasco. Su potestad llegaba incluso hasta el derecho de extradición (cfr. 1 Mach 15, 21).

La distancia entre Jerusalén y Damasco es de 230-250 km, según el itinerario que se elija. Para unos hombres como Saulo y sus acompañantes, probablemente provistos de cabalgaduras, no ofrecía dificultad y se realizaba en menos de una semana. La aparición del Señor sucedió al final del viaje, ya en la proximidad de Damasco.

 

Actes 9, 2

«Camino»: La palabra hebrea correspondiente significa también la conducta religiosa o modo de obrar ante Dios. Aquí designa el estilo de vida cristiano y el Evangelio mismo; indirectamente se refiere al conjunto de esos primeros seguidores de Jesús (cfr. Act 18, 25 s.; 19, 9.23; 22, 4; etc.) y a todos los cristianos que vendrían después y que están camino del Cielo, y recuerdan las palabras de Jesús: «¡Qué angosta es la puerta y estrecho el camino que conduce a la Vida, y qué pocos son los que la encuentran!» (Mt 7, 14).

 

Actes 9, 3-19

Éste es el primero de los tres relatos de la vocación de Saulo que incluye el libro de los Hechos (cfr. Act 22, 5-16; 26, 10-18), sucedida probablemente entre los años 34 y 36. Cuando se trata de sucesos trascendentales, no le importa a San Lucas repetir su narración. Una vez más la Luz brilló en las tinieblas (cfr. Ioh 1, 5) y en esta ocasión iluminó de modo especial a Saulo de Tarso y, como en toda conversación, le hizo ver de un modo nuevo a Dios, a sí mismo y a sus hermanos.

Pero el episodio de Damasco fue más que una conversión. Representó para San Pablo el inicio de su vocación, fue entonces cuando el Señor le llamó: Lo que a ti te maravilla a mí me parece razonable. —¿Que te ha ido a buscar Dios en el ejercicio de tu profesión?

Así buscó a los primeros: a Pedro, a Andrés, a Juan y a Santiago, junto a las redes: a Mateo, sentado en el banco de los recaudadores...

Y, ¡asómbrate!, a Pablo, en su afán de acabar con la semilla de los cristianos (Camino, n. 799).

Es fácil contemplar las circunstancias que rodean la concisa narración de San Lucas. Jerusalén debía estar vacía de cristianos helenistas, que habían huido a Samaría y a otras regiones más lejanas, y llegado hasta Fenicia, Chipre y Antioquía. Muchos fueron a Damasco, y Saulo debió ver en el proselitismo intenso que ejercían un peligro para los millares de fieles israelitas de aquella ciudad. Saulo, aunque equivocado, buscaba el servicio de Dios; por eso supo acoger con prontitud la gracia de Dios. Él participaba plenamente de la idea del judaísmo tardío de un Mesías político, liberador y guerrero, una figura medio celeste y medio terrenal, del que se escribió: «No es posible imaginar el terrible efecto que produce su mirada ante los enemigos. Donde quiera que vuelve su cara y su mirada, todo tiembla; donde llega su voz todo se hunde y los que la oyen se derriten como cera ante el fuego» (Apócrifo de Enoc, 46). Un héroe así no sucumbe en manos de sus enemigos, ni mucho menos se deja crucificar; su misión es dominar, aniquilar a los que se le oponen, establecer una justicia y una paz perpetua. Para Saulo, la muerte en cruz de Jesús era una señal segura de su falsedad como Mesías y la idea de una hermandad de judíos con otras razas en un mismo reino era inconcebible.

En esa situación, tras varios días de camino llevando consigo la carta requisitoria contra los cristianos de Damasco, cuando ya la ciudad estaba a la vista, brilló en el cielo un deslumbrante resplandor. Saulo cayó al suelo y en un instante desapareció toda posible resistencia a la gracia por parte del que en ese momento iba a ser elegido como Apóstol. Una voz le habló, pronunciando su nombre por dos veces en un tono de queja y dolor.

La rendición es total y Saulo se pone al servicio del vencedor, sin un lamento sobre la vida pasada, dispuesto a rehacerla. Cuando se levantó del suelo y le llevaron de la mano hasta Damasco era ya un fiel siervo de Jesús para siempre. En un instante la Cruz se convirtió de «escándalo» en señal de salvación, en «fuerza de Dios», en trono triunfador, y a ella le dedicará preciosos pasajes de sus cartas. San Pablo se iría formando en el Camino e instruyendo en todo lo que Jesús hizo y enseñó, pero desde ese instante de su vocación comprendió que Jesús era el Mesías resucitado y en Él se habían cumplido las profecías; creyó en la divinidad de Cristo tras hacérsele patente la diferencia entre su idea del Mesías y la realidad del glorificado, preexistente y eterno Hijo de Dios; entendió la permanencia mística de Cristo en sus creyentes, porque oyó cómo se identificaba Jesús con sus seguidores. En una palabra, comprendió que había sido escogido, llamado por Dios, y, desde ese instante, se puso a su servicio.

 

Actes 9, 4

Cristo hizo patente a San Pablo, desde el momento de su conversión, la identificación entre Él y los cristianos. Es una realidad que formulará más tarde el Apóstol, al hablar en sus epístolas del Cuerpo Místico de Cristo (cfr. Col 1, 18; Eph 1, 22 s.).

Ésta es la idea que resalta San Beda en su comentario cuando explica: Jesús «no dice: ¿por qué persigues a mis miembros?, sino ¿por qué me persigues?, porque Él mismo todavía padece afrentas en su Cuerpo, que es la Iglesia. Asimismo Cristo tendrá en cuenta las buenas acciones realizadas con sus miembros, pues dijo: ‘Tuve hambre y me disteis de comer...’ (Mt 25, 35), y explicando estas palabras añadió: ‘Cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis’ (Mt 25, 40)» (Super Act expositio, ad loc.).

 

Actes 9, 5-6

El final del v. 5 y el comienzo del 6 no parecen pertenecer al texto original sagrado, sino ser una explicación posterior. Por esta causa, la Neovulgata no los consigna. Venían en cambio en las antiguas ediciones de la Vulgata latina y en muchas traducciones. En concreto, el periodo añadido vendría a decir en castellano: «Dura cosa es para ti dar coces contra el aguijón. Él entonces, temblando y aturdido, dijo: Señor, ¿qué quieres que haga?». Es de advertir que la primera parte de la adición («dura cosa es para ti dar coces contra el aguijón») está tomada del discurso de San Pablo ante Agripa, según viene, más adelante, en Act 26, 14.

 

Actes 9, 6

La vocación de Saulo fue extraordinaria por el modo en que Dios le llamó, pero el efecto que produjo en él es el mismo que ocasiona la llamada específica al apostolado que Dios hace a algunos cristianos para que le sigan más de cerca. Los que reciben ese don, escogidos entre el resto de los bautizados —que participan de la vocación común a la santidad y al apostolado, al recibir en el Bautismo el don de la vocación divina— tienen en San Pablo un modelo de respuesta.

Pablo VI describía así los efectos que esa vocación específica produce en el interior del que es llamado: «El apostolado es (...) una voz interior inquietante y tranquilizante a un tiempo, una voz dulce e imperiosa, una voz molesta y a la vez amorosa, una voz que, coincidiendo con circunstancias imprevistas y con grandes acontecimientos, se convierte en un determinado momento en atrayente, determinante, casi reveladora de nuestra vida y nuestro destino, incluso profética y casi victoriosa, que al fin hace huir toda incertidumbre, toda timidez y todo temor y simplifica —hasta hacerla fácil, deseable y feliz— la respuesta de nuestro ser, en la expresión de esa sílaba que desvela el supremo secreto del amor: sí; sí. Señor, dime lo que tengo que hacer y lo intentaré, lo haré. Como San Pablo, derribado a las puertas de Damasco: ¿qué quieres que haga?

»La raíz del apostolado se hunde en esta profundidad; el apostolado es vocación, es elección, es encuentro interior con Cristo, es abandono de la propia y personal autonomía a su voluntad, a su invisible presencia; es una cierta sustitución de nuestro pobre corazón inquieto, voluble y a veces infiel pero ávido de amor, por el suyo, por el corazón de Cristo que comienza a latir en la criatura que ha elegido. Entonces se desarrolla el segundo acto del drama psicológico del apostolado: la necesidad de expandirse, la necesidad de hacer, la necesidad de dar, la necesidad de hablar, la necesidad de transmitir a los demás el propio tesoro, el propio fuego (...).

»El apostolado se convierte en expansión continua de un alma, en exuberancia de una personalidad poseída de Cristo y animada por su Espíritu; se convierte en la necesidad de correr, de trabajar, de intentar todo lo posible para la difusión del Reino de Dios, para la salvación de los otros, de todos» (Hom. 14-X-1968).

 

Actes 9, 8-9

Cuando Saulo se levantó, como el mismo Señor le ordenaba, se había quedado ciego. Sus compañeros le llevaron a Damasco, donde esperó al enviado de Dios que le dijera lo que tenía que hacer. La calle Recta cruza Damasco de este a oeste, y todavía hoy se conserva su trazado.

 

Actes 9, 13

Ananías llama «santos» a los seguidores de Cristo. Ésta era la denominación ordinaria de los discípulos de Cristo, primero en Palestina y luego en todas partes. Dios es el «Santo por excelencia» (Is 6, 3) y de esa santidad participan —según se repite con insistencia en el Antiguo Testamento— los que se acercan a Él y cumplen sus mandatos: «Yahwéh habló a Moisés diciendo: Habla a toda la asamblea de los hijos de Israel y diles: Sed santos porque Yo soy santo, Yahwéh, vuestro Dios» (Lev 19, 1-2).

Esta forma de llamarse es una muestra más de la sobrenaturalidad en el trato que animaba a nuestros primeros hermanos en la fe: ¿Verdad que es conmovedor ese apelativo —¡santos!— que empleaban los primeros fieles cristianos para denominarse entre sí?

—Aprende a tratar a tus hermanos (Camino, n. 469).

 

Actes 9, 15-16

El Señor llama a San Pablo «vaso de elección», que es un hebraísmo equivalente a «instrumento elegido», y comunica a Ananías lo que el Apóstol tendrá que padecer por Él. El cristiano llamado al apostolado es también, por esa vocación divina, un instrumento en las manos de Dios que, para ser eficaz, ha de hacerse manejable y dócil, y no resistir sus indicaciones.

El destino para el que Dios había elegido a San Pablo era muy superior a sus posibilidades: «Para llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel». En el mismo libro de los Hechos se muestra cómo San Pablo cumple esta misión, movido por la gracia de Dios y tras padecer mucho por su nombre. También ahora, como en todos los tiempos y circunstancias, las personas a las que el Señor elige para una misión determinada podrán llevarla a término si son buenos instrumentos que dejan actuar la gracia y saben padecer por ese ideal.

 

Actes 9, 19

A pesar del inicio extraordinario de la vocación de San Pablo, Dios quiso después seguir con él el camino normal, es decir, formarle y transmitirle su voluntad a través de otras personas. En este caso era Ananías el que Dios destinó para que bautizara a Pablo y le diera la primera formación cristiana.

Vemos aquí insinuada la figura de lo que la ascética cristiana llama un director espiritual. Hay un principio de gobierno humano según el cual «nadie es buen juez en causa propia, porque cada cual juzga según las propias inclinaciones» (cfr. Collationes, 16, 11). El que dirige el alma tiene una gracia de estado para transmitir la voluntad de Dios y, aunque pueda equivocarse, la persona dirigida que atiende los consejos acierta siempre y hace lo que Dios quiere de ella. San Vicente Ferrer asegura: «Nuestro Señor Jesucristo, sin el cual nada podemos, no dará su gracia a aquél que, pudiendo acudir a un director experto, rechazare este precioso medio de santificación, pensando bastarse a sí mismo en todo lo que atañe a su salvación. El que tiene un director, a quien obedece en todo, llegará al fin más fácil y prontamente que si se guiara a sí mismo, aun poseyendo una aguda inteligencia e inmejorables libros de espiritualidad» (Tratado de la vida espiritual, lib. 2, cap. 1).

Sobre la dirección espiritual de fieles corrientes, que buscan la santidad y ejercen el apostolado en las condiciones ordinarias de la vida, escribe San Josemaría Escrivá: Director. —Lo necesitas. —Para entregarte, para darte..., obedeciendo. —Y Director que conozca tu apostolado, que sepa lo que Dios quiere: así secundará, con eficacia, la labor del Espíritu Santo en tu alma, sin sacarte de tu sitio..., llenándote de paz, y enseñándote el modo de que tu trabajo sea fecundo (Camino, n. 62).

 

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