Todas las realidades auténticamente humanas son santificables y deben ser santificadas (cfr 1 Cor 10, 31), haciéndolas con perfección, por amor a Dios.
Esta doctrina ha sido recordada por el Conc. Vaticano II: «Los laicos, al cumplir rectamente las obligaciones del mundo en las circunstancias ordinarias de la vida, no deben separar de su vida personal la unión con Cristo, sino que han de crecer intensamente en ella realizando sus tareas según la voluntad de Dios. Es necesario que los laicos avancen por este camino de la santidad con espíritu decidido y alegre» (Apostolicam actuositatem, n. 4).
La misma doctrina había sido profundamente vivida y enseñada por el Fundador del Opus Dei: Os aseguro, hijos míos, que cuando un cristiano desempeña con amor lo más intrascendente de las acciones diarias, aquello rebosa de la trascendencia de Dios. Por eso os he repetido, con un repetido martilleo, que la vocación cristiana consiste en hacer endecasílabos de la prosa de cada día. En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria (Conversaciones, n. 116).
El Conc. Vaticano II ve también en este pasaje de Colosenses un punto de partida para el diálogo ecuménico con los no católicos: «Si muchos cristianos no entienden siempre el Evangelio en su aspecto moral de igual manera que los católicos, ni admiten las mismas soluciones a los problemas más difíciles de la sociedad moderna, no obstante quieren, como nosotros, seguir la palabra de Cristo, como fuente de virtud cristiana, y obedecer al precepto del Apóstol (cfr Col 3, 17)» (Unitatis redintegratio, n. 23).
Colossiens 3, 18-19
Según la situación social de la época en la que está escrita la epístola, sobre todo en Oriente, la mujer era considerada como inferior al hombre. San Pablo, sin atacar de modo frontal a las costumbres de su tiempo, ofrece perspectivas claras para afrontar el problema en su raíz. Establece en sus verdaderos términos la situación de la mujer en la familia: ciertamente el marido tiene una misión importante que realizar, pero también la mujer tiene una labor especifica, insustituible, que llevar a cabo. La mujer no es su esclava, pues tiene igual dignidad que el hombre y debe ser tratada por él con respeto y amor sincero. Da por supuesto que en la familia hay una autoridad, y que esa autoridad es propia del marido por designio del Creador (cfr 1 Cor 11, 3.12-14). «El puesto y la función del padre en y por la familia son de una importancia única e insustituible (...). Revelando y viviendo en la tierra la misma paternidad de Dios (cfr Eph 3, 15), el hombre está llamado a garantizar el desarrollo unitario de todos los miembros de la familia» (Familiaris consortio, n. 25).
Eva fue entregada por Dios a Adán como compañera inseparable y complemento del hombre (cfr Gen 2, 18) y, por tanto, debe vivir en concordia con él. Varón y mujer tienen funciones distintas, aunque complementarias, en la vida familiar; ambos tienen igual dignidad, en cuanto que son personas humanas: «El reconocimiento obligatorio de la igual dignidad personal del hombre y de la mujer en el mutuo y pleno amor, evidencia también claramente la unidad del matrimonio confirmada por el Señor» (Gaudium et spes, n. 49). Por eso el marido debe poner especial empeño en amar y respetar la dignidad de su esposa: «No eres su amo —escribe San Ambrosio— sino su marido; no te ha sido dada como esclava, sino como mujer (...). Devuélvele sus atenciones hacia ti y sé agradecido con ella por su amor» (Exameron, V, 7, 19; cit. en Familiaris consortio, n. 25).
Véanse notas a Eph 5, 22-24 y 5, 25-33.
Colossiens 3, 20-21
Los hijos deben obedecer a sus padres en todo, como Dios ha mandado (cfr Ex 20, 12; Eccli 3, 8 ss.), señalando una exigencia de la naturaleza humana. Esa obediencia se refiere a todo lo que no se oponga a la voluntad divina, para que sea «agradable al Señor», pues como enseñó Jesucristo: «Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí» (Mt 10, 37).
Por su parte, los padres han de cuidar con esmero la educación de sus hijos. En toda familia debe haber un «intercambio educativo entre padres e hijos (cfr Eph 6, 1-4; Col 3, 20 s.), en que cada uno da y recibe. Mediante el amor, el respeto y la obediencia a los padres, los hijos aportan su específica e insustituible contribución a la edificación de una familia auténticamente humana y cristiana (cfr Gaudium et spes, n. 48). Cumplirán más fácilmente esta función si los padres ejercen su autoridad irrenunciable como un verdadero y propio ‘ministerio’, esto es, como un servicio ordenado al bien humano y cristiano de los hijos, y ordenado en particular a hacerles adquirir una libertad verdaderamente responsable» (Familiaris consortio, n. 21).
Véase nota a Eph 6, 1-4.
3, 22-4, 1. Para Dios no hay diferencia entre siervo y libre (cfr v. 11), pues «en Dios no hay acepción de personas». Se establece así el fundamento cristiano para la abolición de la esclavitud. Aunque el Apóstol no plantea directamente ese tema, la doctrina que enseña implica la desaparición pacífica de la condición de esclavo. Indica a los señores que deben practicar la justicia, de la que tendrán que dar cuenta a Dios, único y verdadero Señor. Por su parte, los siervos deben hacer bien su trabajo, buscando agradar a Dios. La solución de ese problema social no habría de llegar por el camino de la violencia entre dueños y sirvientes, sino por la vía de la caridad. El magisterio de la Iglesia enseña que «la mayor equivocación es suponer que una clase social necesariamente sea enemiga de la otra, como si la naturaleza hubiese hecho a los amos y a los obreros para luchar entre sí con una guerra siempre incesante (...). Una clase tiene absoluta necesidad de la otra; ni el capital puede existir sin el trabajo, ni el trabajo sin el capital. La concordia engendra la hermosura y el orden de las cosas; por lo contrario, de una lucha perpetua necesariamente ha de surgir la confusión y la barbarie. Ahora bien: para acabar con la lucha, cortando hasta sus raíces mismas, el cristianismo tiene una fuerza exuberante y maravillosa» (Rerum novarum, n. 15).
La doctrina cristiana ofrece, pues, la auténtica perspectiva en la que se deben situar las relaciones laborales. Juan Pablo II ha recordado que «no hay duda de que el trabajo humano tiene un valor ético, el cual está vinculado completa y directamente al hecho de que quien lo lleva a cabo es una persona, un sujeto consciente y libre (...). En esta concepción desaparece casi el fundamento mismo de la antigua división de los hombres en clases sociales, según el tipo de trabajo que realizasen» (Laborem exercens, n. 6).
A pesar de que el modelo de sociedad a la que se dirige San Pablo no estaba inspirado en estos principios de justicia y reconocimiento de la dignidad de todos los hombres, el Apóstol no induce a los esclavos a que se muevan por odio, pues «la lucha de clases, cualquiera que sea su responsable y, a veces, quien la erige en sistema, es un mal social» (Reconciliatio et Paenitentia, n. 16). Al contrario, San Pablo les enseña que deben trabajar «de corazón, como hecho para el Señor y no para los hombres» (v. 23): «hace falta el esfuerzo interior del espíritu humano, guiado por la fe, la esperanza y la caridad, con el fin de dar al trabajo del hombre concreto, con la ayuda de estos contenidos, aquel significado que el trabajo tiene ante los ojos de Dios, y mediante el cual entra en la obra de la salvación al igual que sus tramas y componentes ordinarios, que son al mismo tiempo particularmente importantes» (Laborem exercens, n. 24).
Véase nota a Eph 6, 5-9.
Chapitre n°4
Colossiens 4, 2
La perseverancia en la oración es un tema ampliamente subrayado en el Nuevo Testamento (cfr Lc 18, 1; Rom 12, 12; 1 Thes 5, 17). La razón es ésta: entre santidad y oración existe una relación tan estrecha que la una no puede darse sin la otra. El esfuerzo cotidiano por orientar hacia Dios todas las tareas de la vida ordinaria es un poderoso incentivo para la oración personal. «¡Cuántas ocasiones se presentan durante el día para elevarse hacia Dios a un alma poseída por el deseo de la propia santificación y de la salvación de otras almas! Angustias íntimas, fuerza y pertinacia de las tentaciones, falta de virtudes, desaliento y esterilidad en los trabajos, innumerables ofensas o negligencias y, finalmente, el temor a los juicios divinos» (San Pío X, Haerent animo, n. 10). Todas estas necesidades proporcionan estímulos abundantes para una oración confiada, humilde y perseverante, que enriquece en méritos ante el Señor y nos hace confiar en su gracia.
Pero no sólo hemos de orar en las tribulaciones. También las alegrías y los afanes nobles del corazón han de ser temas de conversación frecuente con Dios, motivos de agradecimiento por los beneficios recibidos. «Éste es vuestro deber —advierte San Juan Crisóstomo—: dar gracias a Dios en vuestras oraciones, tanto por los beneficios que sois conscientes de haber recibido, como por los que habéis recibido de Dios sin saberlo. Dadle gracias tanto por los favores que le habéis pedido, como por los que os ha hecho a pesar de vosotros mismos. Dadle gracias tanto por el cielo en el que os promete la felicidad, como por el infierno del que os libra. En una palabra, dadle gracias por todo, aflicciones y alegrías, calamidades y felicidad» (Hom. sobre Col, ad loc.).
Colossiens 4, 5-6
«Los de fuera»: Son los no cristianos (cfr 1 Cor 5, 12; 1 Thes 4, 12); en el v. 6 se especifica cómo debe ser el trato con ellos: en conversación «grata, sazonada con sal», esto es, enseñando a los demás —con el atractivo del propio ejemplo y al calor de la amistad— a descubrir las maravillas de la fe y del amor de Dios, y a vivir una vida cristiana en medio del mundo, en las realidades y ocupaciones entre las que discurre la existencia (cfr Mt 5, 13; Mc 9, 50). La afabilidad en el trato, la alegría contagiosa y el buen humor son reflejo de la paz interior que proporciona la gracia de Dios y la conciencia de la filiación divina; estas virtudes hacen grata la convivencia y son un poderoso estímulo para atraer a los hombres al calor de la Iglesia de Cristo.
Los cristianos deben «aprovechar el tiempo», esto es, servirse de todas las ocasiones que se presenten para avanzar en su propia santificación y para atraer a la fe a los de fuera. «El tiempo es corto» (1 Cor 7, 29), dice San Pablo a los corintios. Verdaderamente es corto nuestro tiempo para amar, para dar, para desagraviar. No es justo, por tanto, que lo malgastemos, ni que tiremos ese tesoro irresponsablemente por la ventana: no podemos desbaratar esta etapa del mundo que Dios confía a cada uno (Amigos de Dios, n. 39). No se puede tener la actitud de aquellos obreros de la parábola evangélica que permanecían todo el día sin trabajar (cfr Mt 20, 6), ni la del siervo que no quiso negociar con el talento de su amo (cfr Mt 25, 18). Todos coinciden en una insensibilidad, ante la gran tarea que a cada uno de los cristianos ha sido encomendada por el Maestro: la de considerarnos y la de portarnos como instrumentos suyos, para corredimir con Él; la de consumir nuestra vida entera, en ese sacrificio gozoso de entregarnos por el bien de las almas (Amigos de Dios, n. 49).
Las recomendaciones del Apóstol en estos versículos son un eco fiel del mandato del Señor: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos» (Mt 28, 19). San Pablo habla del apostolado que han de hacer todos los cristianos. Si todos los fieles hemos recibido la gracia de Dios y el don de la fe, cada uno de nosotros ha de manifestarlo con sus obras y su palabra. Pues, como enseña el Conc. Vaticano II, el apostolado «no consiste sólo en el testimonio de vida. El verdadero apóstol busca ocasiones para anunciar a Cristo con la palabra, ya a los no creyentes, para llevarlos a la fe; ya a los fieles, para instruirlos, confirmarlos y estimularlos a mayor fervor de vida: Porque la caridad de Cristo nos urge (2 Cor 5, 14). En el corazón de todos deben resonar aquellas palabras del Apóstol: ¡Ay de mí si no evangelizara! (1 Cor 9, 16)» (Apostolicam actuositatem, n. 6).
En la enseñanza de la doctrina cristiana hay que hablar «como conviene» a cada uno, esto es, ejercitando la virtud de la prudencia; no la falsa prudencia de la carne que sería una astucia egoísta, sino con la virtud cardinal de la prudencia, que ayuda a adaptar el propio lenguaje y tono de conversación al contenido de lo que se transmite y a las circunstancias personales de quien escucha. «Que vuestra conversación no sea demasiado austera y dura, ni demasiado blanda y floja, sino que tenga un justo equilibrio entre firmeza y dulzura. Un exceso de autoritarismo daña más de lo que aprovecha, pero una dulzura y complacencia excesivas tendrían el mismo inconveniente. En todo hay que tener una justa medida (...). El mejor médico, si actúa con sabiduría, no puede prescribir el mismo régimen a todos sus enfermos; con más razón, un pastor debe diversificar su lenguaje en atención a las peculiaridades de su pueblo» (Hom. sobre Col, ad loc.).
Colossiens 4, 7-9
Esta Carta a los Colosenses —como la escrita a los Efesios— la lleva Tíquico. Él les contará de palabra muchas otras cosas de parte del Apóstol. Con él va Onésimo, el esclavo fugitivo, convertido después a la fe y que San Pablo envía a su amo, Filemón, que vivía en Colosas (cfr Philm 10).
Colossiens 4, 10-17
San Pablo envía saludos a los colosenses de parte de sus colaboradores. De ellos, los tres primeros citados proceden del judaísmo —son los de la circuncisión—, de donde se deduce que los otros tres no son judíos.
Da un dato interesante: Marcos —el autor del segundo Evangelio— es primo de Bernabé, lo que explica el interés tan especial que sentía Bernabé por él (cfr Act 15, 37-40). De Jesús, llamado Justo, no tenemos más referencias que la de este pasaje —tener dos nombres, uno judío y otro latino, era entonces frecuente—. Lucas, el autor del tercer Evangelio y de los Hechos de los Apóstoles, es designado por su profesión: médico (v. 14). Demas, ahora colaborador, le abandonará más tarde «por amor de este mundo» (2 Tim 4, 10). Ninfas, a quien saluda Pablo, había prestado generosamente su casa para las reuniones litúrgicas (cfr Rom 16, 5; 1 Cor 16, 19). Arquipo es el hijo de Filemón (cfr Philm 2); no se especifica cuál era su «ministerio». El saludo de parte de Epafras es muy significativo de la labor que había hecho este gran colaborador de San Pablo: véase Introducción a la Epístola a los Colosenses («La ciudad de Colosas», «Lugar y fecha de composición», «Ocasión de la carta»).
Sobre el intercambio de cartas con los fieles de Laodicea, cfr Introducción a la Epístola a los Efesios.
Colossiens 4, 18
San Pablo dicta la carta a un amanuense: por esto, según su costumbre, escribe el saludo de su puño y letra, como garantía de autenticidad.
Es significativa la frase «acordaos de mis cadenas»: San Pablo, como cualquier cristiano, sabe que no está solo en la tarea apostólica que Dios le ha encomendado. Es cierto que confía en Dios, y por eso se siente confortado con su gracia (cfr Phil 4, 13), pero necesita también la ayuda de sus hermanos en la Iglesia. En el orden de la gracia todos somos solidarios, de manera que la debilidad de uno se encuentra asistida por la fortaleza de los otros: es una manifestación de cómo los primeros cristianos vivían la realidad sobrenatural de la Comunión de los santos.
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NOTAS a la Primera Epístola a los Tesalonicenses (EUNSA)
Chapitre n°1
I Thessaloniciens 1, 1
El encabezamiento se ajusta al modelo habitual de la época: consignación del autor, mención de los destinatarios, y palabras de saludo.
En el remitente figuran junto al nombre de Pablo los de sus colaboradores Silvano y Timoteo. El tono es entrañable, pero no es el de una simple carta de familia, sino el de un escrito autorizado en el que, según las normas legales (cfr Dt 17, 6), dos testigos avalan su contenido. San Pablo, lo mismo que en otras ocasiones (2 Thes, Phil, Philm), no emplea el título de Apóstol, pues la sola mención de su nombre hace valer su autoridad. Silvano es el mismo Silas de quien los Hechos de los Apóstoles dicen que era «profeta» y «destacado entre los hermanos» de Jerusalén (cfr Act 15, 22.32); aquí aparece con la transcripción latina de su nombre griego. Había colaborado con San Pablo en la evangelización de Tesalónica, de modo que era bien conocido por los fieles de esa ciudad (cfr Act 17, 4). Timoteo era hijo de padre gentil y madre judía convertida al cristianismo; San Pablo lo instruyó en la fe al pasar por Listra en su segundo viaje, y desde entonces siempre fue un fiel colaborador. Cuando San Pablo escribe esta carta, Timoteo había llegado a Corinto, procedente de Tesalónica, con buenas noticias sobre la satisfactoria situación espiritual de aquella iglesia (cfr 1 Thes 3, 6).
La carta se dirige a la «iglesia de los tesalonicenses». La palabra griega ekklesía significa «asamblea, reunión del pueblo», y fue empleada desde la época apostólica para designar a la Iglesia, el nuevo pueblo de Dios. De este versículo parte Santo Tomás para definir la Iglesia como «la congregación de los fieles realizada en Dios Padre y en el Señor Jesucristo, por la fe en la Trinidad y en la divinidad y humanidad de Cristo» (Comentario sobre 1 Thes, ad loc.). «Dios formó una congregación de quienes, creyendo, ven en Jesús al autor de la salvación y el principio de la unidad y la paz, y la constituyó como Iglesia, a fin de que fuera para todos y cada uno el sacramento visible de esta unidad salvífica» (Lumen gentium, n. 9).
«La gracia y la paz sean con vosotros»: Es una fórmula de saludo usual de San Pablo, que expresa el deseo de que alcancen la plenitud de los bienes sobrenaturales. Véase nota a Rom 1, 7.
I Thessaloniciens 1, 3
La vida interior está afianzada sobre el ejercicio de las virtudes teologales, ya que «la fe estimula a obrar el bien, la caridad ayuda a soportar las fatigas, y la esperanza hace resistir con longanimidad a quienes deben luchar» (Severiano de Gábala, Com. a 1 Thes, ad loc.).
La fe se ha de reflejar en el comportamiento, porque «la fe sin obras está muerta» (Iac 2, 26). Como enseña San Juan Crisóstomo: «La creencia y la fe se prueban por las obras; no diciendo que se cree, sino con acciones reales, cumplidas con perseverancia y con un corazón encendido de amor» (Hom. sobre 1 Thes, ad loc.).
Manifestación de caridad es el empeño en el servicio a los demás, realizado por amor a Dios. Quien vive bien esta virtud sabe poner en cada caso el esfuerzo que sea preciso, y no rehuye el sacrificio ni la fatiga.
La esperanza es una virtud que «hace sostener con paciencia las adversidades» (Comentario sobre 1 Thes, ad loc.). San Pablo recomienda estar «alegres en la esperanza, pacientes en la tribulación» (Rom 12, 12), pues la esperanza inunda el alma de alegría y da fortaleza para superar por amor de Dios todas las dificultades.
I Thessaloniciens 1, 4
Todos los hombres son «amados por Dios» y, como hace notar Santo Tomás, «no sólo de modo común por haber recibido el ser natural, sino especialmente por haber sido llamados a los bienes eternos» (Comentario sobre 1 Thes, ad loc.). En efecto, el fin último del hombre es la felicidad, y este fin no lo encuentra de modo absoluto ni en las riquezas, ni en los honores, ni en la salud, ni en la satisfacción de la sensualidad, sino en el conocimiento y el amor de Dios. Puesto que Dios elevó al hombre al orden sobrenatural, también le puso un fin de ese orden, que consiste en «ver claramente a Dios mismo, trino y uno, tal como es» (Conc. de Florencia, Laetentur coeli).
El hombre, privado de la gracia santificante como consecuencia del pecado original y de sus pecados personales, no podía alcanzar un fin que excede a sus propias fuerzas naturales. Pero Dios nos ama tanto que se ha dignado hacernos aptos para «participar en la herencia de los santos en la luz. Él nos arrebató del poder de las tinieblas y nos trasladó al reino del Hijo de su amor» (Col 1, 12-13). Así pues, quienes han recibido la predicación del Evangelio y los frutos de la Redención por medio del Bautismo y los demás sacramentos, son objeto de una peculiar «elección» divina. «Elección» no es lo mismo que «salvación», pues la elección es una iniciativa divina previa al logro de la salvación. Para salvarse hace falta secundar esa acción de Dios, correspondiendo libremente a la gracia.
I Thessaloniciens 1, 5
San Pablo recuerda que el objeto de su predicación es el «evangelio», anunciado por los profetas (cfr Is 40, 9; 52, 7; 60, 6; 61, 1) y realizado en la Encarnación del Verbo y en su obra salvífica. El Apóstol fue un instrumento del Espíritu Santo para la obra de santificación. Los tesalonicenses no fueron persuadidos por la fuerza de meras palabras humanas, sino gracias al «poder» de Dios, que les daba eficacia. El término «poder» no hace referencia exclusivamente a hechos milagrosos, sino a la fuerza divina —virtud sobrenatural con la que el Espíritu Santo remueve las almas— que acompañaba a la predicación de San Pablo. Es cierto que esta obra, como todas las acciones divinas ad extra, es común a las tres Personas de la Santísima Trinidad, pero en el lenguaje de la Escritura y de la Iglesia «se acostumbra a atribuir al Padre —explica el Papa León XIII— las obras del poder; al Hijo, las de la sabiduría; al Espíritu Santo, las del amor» (Divinum illud munus, n. 5).
En los primeros años de la Iglesia el anuncio del Evangelio iba con frecuencia acompañado de algunas gracias especiales del Espíritu Santo, como la profecía, los milagros o el don de lenguas (cfr Act 2, 8). Esa abundancia de dones ponía de manifiesto que había llegado la era mesiánica (cfr Act 2, 16), pues se cumplían las antiguas profecías: «Derramaré mi Espíritu en toda carne. Vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán, vuestros ancianos soñarán sueños y vuestros jóvenes verán visiones. Hasta en los siervos y las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días» (Ioel 3, 1-3).
«Con poder y con [la fuerza] del Espíritu Santo»: Dentro del plan divino de salvación, el tiempo del Antiguo Testamento, preparatorio para la venida del Mesías, ha tocado a su fin, y se ha abierto una nueva era, la cristiana, caracterizada por la acción del Espíritu de Dios: «Puede afirmarse que el Espíritu Santo es el agente principal de la evangelización: Él es quien impulsa a cada uno a anunciar el Evangelio y quien en lo hondo de las conciencias hace aceptar y comprender la palabra de salvación» (Evangelii nuntiandi, n. 75).
I Thessaloniciens 1, 6
San Pablo agradece con alegría la acción divina en los fieles de Tesalónica. Ciertamente Jesús es el modelo por excelencia a imitar, pero el ejemplo del Apóstol conducía hacia Cristo (cfr 1 Cor 11, 1). Seguir a Cristo: éste es el secreto. Acompañarle tan de cerca, que vivamos con Él, como aquellos primeros doce; tan de cerca, que con Él nos identifiquemos. No tardaremos en afirmar, cuando no hayamos puesto obstáculos a la gracia, que nos hemos revestido de Nuestro Señor Jesucristo (cfr Rom XIII, 14). Se refleja el Señor en nuestra conducta como en un espejo. Si el espejo es como debe ser, recogerá el semblante amabilísimo de nuestro Salvador sin desfigurarlo, sin caricaturas: y los demás tendrán la posibilidad de admirarlo, de seguirlo (Amigos de Dios, n. 299).
El «gozo», que es uno de los frutos del Espíritu Santo (cfr Gal 5, 22-23), va unido a la aceptación incondicional de la palabra de Dios y ayuda a superar las dificultades que se puedan interponer en el camino (cfr Act 5, 41). «Se puede estar alegre mientras se sufren latigazos y golpes, cuando se acogen a causa de Cristo —subraya San Juan Crisóstomo—. Es característico de la alegría del Espíritu Santo, que haga brotar del seno mismo de la aflicción y de la tristeza un gozo incontenible (...). Naturalmente las aflicciones por sí solas no producen alegría; ésta es un privilegio de los que aceptan los sufrimientos por Jesucristo, y un beneficio del Espíritu Santo» (Hom. sobre 1 Thes, ad loc.).
I Thessaloniciens 1, 7-8
Tesalónica desarrollaba una gran actividad comercial, y constituía un importante nudo de comunicaciones e influencias en todo Grecia. Entre los cristianos de esta ciudad se contaban personas importantes, e incluso mujeres de la nobleza (cfr Act 17, 4). La categoría humana de los convertidos y el prestigio de esta ciudad en su entorno geográfico, explican en parte la rapidez con la que desde ella se extendió la doctrina cristiana.
Las palabras del Apóstol constituyen un testimonio elocuente de que la vida cristiana, vivida en plenitud, está llena de eficacia apostólica. Conscientes y persuadidos de esa realidad, tengamos la valentía de vivir pública y constantemente conforme a nuestra santa fe (Surco, n. 46).
I Thessaloniciens 1, 9
Se refleja la alegría del Apóstol al apreciar que la labor evangelizadora había alcanzado el fruto de la conversión a Dios, meta a la que tiende la predicación del Evangelio: «Evangelizar significa para la Iglesia llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, trasformar desde dentro, renovar a la misma humanidad» (Evangelii nuntiandi, n. 18).
El texto sagrado deja traslucir el detalle entrañable de la transmisión de las buenas noticias en la primitiva comunidad cristiana. Se contaban las incidencias del apostolado y daban gracias a Dios, a la vez que recibían estímulo para mantenerse en la fidelidad a Cristo y extender el Evangelio.