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Éphésiens 4, 22-24

El texto sagrado hace hincapié en dos puntos fundamentales: la obligación de despojarse del «hombre viejo» y, paralelamente, la urgente necesidad de revestirse del «hombre nuevo». Estas dos expresiones hacen referencia directa al simbolismo del Bautismo cristiano, en cuanto que en éste se realiza el tránsito de la vida de pecado a la vida de la gracia merced a los méritos de Cristo (cfr Rom 6, 3-11).

En el Bautismo hemos sido «revestidos de Cristo» (Gal 3, 27) y hechos participes de la naturaleza divina (cfr 2 Pet 1, 4). Desde ese momento la vida del cristiano es tan radicalmente nueva, que reincidir en la antigua conducta —propia de los paganos— es el mayor ultraje que podemos hacer al Cuerpo de Cristo. San Pablo, por tanto, no exhorta sólo a eliminar este o aquel defecto, sino a despojarse del «hombre viejo» en su totalidad.

El «hombre viejo» es el hombre carnal, viciado desde su concepción por el pecado original, hecho esclavo de su propia concupiscencia. Por el contrario, el «hombre nuevo» es el que ha sido regenerado por el Espíritu Santo en el Bautismo, de modo que no está ya dominado por el pecado, aunque aún esté sujeto a la concupiscencia desordenada por el pecado. Por eso el Apóstol anima a seguir despojándose del «hombre viejo», luchando contra las inclinaciones desordenadas de la concupiscencia y sus malos efectos (cfr Rom 6, 12-14; 8, 5-8). Por su parte, la renovación llevada a cabo por el Espíritu Santo en el bautizado, le ayuda a enfocar con visión sobrenatural todos y cada uno de los acontecimientos de su vida, tal como conviene al «hombre nuevo».

El paso de una situación a otra, se le denomina nueva creación .(v. 24). No se trata de un cambio exterior, como el que tendría lugar en quien cambia de vestido, sino de una renovación interior, por la que el cristiano, al ser hecho nueva criatura en Jesucristo, puede vivir la justicia y la santidad con una profundidad y verdad que superan las fuerzas de la naturaleza humana. No es suficiente, pues, presentar una mera apariencia externa de piedad: «Entrar en la Iglesia y honrar las imágenes sagradas y las veneradas cruces, no basta por sí solo para agradar a Dios, como tampoco lavarse las manos es suficiente para estar completamente limpio. Lo que verdaderamente es grato a Dios es que el hombre huya del pecado y limpie sus manchas por la confesión y la penitencia. Que rompa las cadenas de sus culpas con la humildad del corazón» (San Anastasio Sinaíta, Sermo de Sancta Synaxis).

La renovación interior es tarea para toda la vida. El poder de Dios se manifiesta en nuestra flaqueza, y nos impulsa a luchar, a combatir contra nuestros defectos, aun sabiendo que no obtendremos jamás del todo la victoria durante el caminar terreno. La vida cristiana es un constante comenzar y recomenzar, un renovarse cada día (Es Cristo que pasa, n. 114).

 

Éphésiens 4, 25

La veracidad es una virtud muy estimada por nuestro Señor. Por esto elogia públicamente a Natanael quien no tiene doblez ni engaño (cfr Ioh 1, 47), mientras condena la hipocresía de los fariseos (cfr Lc 11, 39 ss.). La veracidad lleva a decir siempre la verdad y a que cada uno se manifieste tal y como es, con sencillez. Esta virtud es imprescindible para el buen funcionamiento de la sociedad y de la Iglesia, por cuanto favorece un clima de confianza y hace posible una leal ayuda entre los hombres. Así lo razona Santo Tomás: «Por ser animal sociable, el hombre debe a los demás cuanto sea necesario para la conservación de la sociedad. Ahora bien, no sería posible la convivencia entre los hombres si no se fiaran entre sí, convencidos de que se dicen mutuamente la verdad» (Suma Teológica, II-II, q. 109, a. 3, ad 1).

Jesucristo dijo de sí mismo: «Yo soy la verdad» (Ioh 14, 6), y enseñó a sus discípulos a vivir la sinceridad en la conversación ordinaria: «Sea, pues, vuestro modo de hablar Sí, sí, o no, no» (Mt 5, 37). El cristiano tiene una motivación específica para vivir la veracidad: sabe que los demás son miembros del mismo Cuerpo místico de Cristo.

 

Éphésiens 4, 26

En algunas ocasiones, la Sagrada Escritura habla de una «ira» santa que procede de la rectitud de intención y del dolor causado por la violación de preceptos morales, en especial de los que se refieren directamente a Dios. Así, el Evangelio nos muestra a nuestro Señor airado cuando expulsaba a los mercaderes del Templo (cfr Ioh 2, 13-17).

Sin embargo, de ordinario, la ira, que es un pecado capital, procede de la soberbia, que oscurece el entendimiento y arrastra la voluntad hacia el mal, pudiendo dañar gravemente la caridad y la justicia. Para prevenir estos pecados se ha de practicar la virtud de la prudencia, que evita la actuación precipitada. Calla siempre cuando sientas dentro de ti el bullir de la indignación. —Y esto, aunque estés justísimamente airado.

—Porque, a pesar de tu discreción, en esos instantes siempre dices más de lo que quisieras (Camino, n. 656).

«No se ponga el sol estando airados». Literalmente: «No se ponga el sol sobre vuestra ira». Puede entenderse como un consejo para no guardar rencor, que si uno se aira, el enfado pase antes de caer la tarde, esto es, no dure ni un día (cfr Santo Tomás, Comentario sobre Eph, ad loc.). También puede interpretarse como una llamada a la vigilancia y al dominio de sí.

 

Éphésiens 4, 27

El diablo fue «homicida desde el principio, y no se mantuvo en la verdad (...). Cuando habla la mentira, de lo suyo habla, porque es mentiroso y padre de la mentira» (Ioh 8, 44). La falta de sinceridad desemboca con frecuencia en pecados contra la justicia, y no pocas veces, también contra la caridad. Precisamente esto es lo que pretende el diablo cuando nos tienta, ya que como padre de la mentira es enemigo abierto de Dios y de quienes permanecen fieles a su palabra.

 

Éphésiens 4, 28

Dios creó al hombre para que trabajara (cfr Gen 2, 15). El trabajo, por tanto, no es un castigo, sino algo esencial a la naturaleza humana. Nos enseña Juan Pablo II: «Hecho a imagen y semejanza de Dios (cfr Gen 1, 26) en el mundo visible y puesto en él para que dominase la tierra (cfr Gen 1, 28), el hombre está por ello, desde el principio, llamado al trabajo. El trabajo es una de las características que distinguen al hombre del resto de las criaturas (...); solamente el hombre es capaz de trabajar, solamente él puede llevarlo a cabo, llenando a la vez con el trabajo su existencia sobre la tierra. De este modo el trabajo lleva en sí un signo particular del hombre y de la humanidad (...); este signo determina su característica interior y constituye en cierto sentido su misma naturaleza» (Laborem exercens, prólogo).

El trabajo, a su vez, es el medio habitual del que se sirve todo hombre para satisfacer sus necesidades materiales. Y aunque los medios económicos no son un fin en sí mismos, es imprescindible que usemos de ellos con moderación para disfrutar de una vida sosegada que haga más amable y asequible el camino de la santidad. Así considerado, el trabajo ayuda a «poseer, por una parte, lo suficiente y a no angustiarse por no tener lo que se busca; y, por otra, a socorrer a los que convenga. Porque, de no tener nadie nada, ¿qué comunión de bienes podría darse entre los hombres? (...), ¿cómo dar de comer al hambriento, de beber al sediento, vestir al desnudo o acoger al desamparado, (...) si cada uno empezara por carecer de todo esto?» (Clemente de Alejandría, Quis dives salvetur, cap. 18).

Hemos de convencernos, por lo tanto, de que el trabajo es una estupenda realidad, que se nos impone como una ley inexorable a la que todos, de una manera o de otra, estamos sometidos, aunque algunos pretendan eximirse. Aprendedlo bien: esta obligación no ha surgido como una secuela del pecado original, ni se reduce a un hallazgo de los tiempos modernos. Se trata de un medio necesario que Dios nos confía aquí en la tierra, dilatando nuestros días y haciéndonos partícipes de su poder creador, para que nos ganemos el sustento y simultáneamente recojamos frutos para la vida eterna (Ioh IV, 36) (Amigos de Dios, n. 57).

 

Éphésiens 4, 29

«Escándalo es cualquier dicho, hecho u omisión que da ocasión a otro de cometer pecados. El escándalo es pecado grave porque tiende a destruir la obra más grande de Dios, que es la Redención, con la pérdida de las almas; da la muerte al alma del prójimo quitándole la vida de la gracia, que es más preciosa que la vida del cuerpo, y es causa de una multitud de pecados» (Catecismo Mayor, nn. 417-418). De ahí la necesidad de permanecer vigilantes para que en la conversación habitual no se deslice «ninguna palabra nociva» que pueda perjudicar a los demás.

Por el contrario, las conversaciones prudentes y oportunas, sazonadas con la gracia de Dios, contribuyen al bien de quienes las escuchan: Esas palabras, deslizadas tan a tiempo en el oído del amigo que vacila; aquella conversación orientadora, que supiste provocar oportunamente; y el consejo profesional, que mejora su labor universitaria; y la discreta indiscreción, que te hace sugerirle insospechados horizontes de celo... Todo eso es ‘apostolado de la confidencia’ (Camino, n. 973).

El Espíritu Santo habita en las almas de los creyentes desde el Bautismo, y esa presencia se robustece con la recepción de la Confirmación y de los demás sacramentos. Como enseña el Concilio de Florencia, en la Confirmación «se da el Espíritu Santo para fortalecernos, como se dio a los Apóstoles en el día de Pentecostés, de modo que el cristiano pueda confesar con audacia el nombre de Cristo» (Pro Armeniis, Dz-Sch, n. 1319). San Ambrosio, al comentar los efectos de la Confirmación, indica que el alma recibe del Espíritu Santo «el sello espiritual, el espíritu de sabiduría y entendimiento, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de conocimiento y piedad, espíritu de santo temor. Te ha sellado Dios Padre, te ha fortalecido Cristo el Señor, te ha dado la prenda del Espíritu en tu corazón» (De mysteriis, VII,42). Por ser la Confirmación uno de los tres sacramentos que imprimen carácter, ese sello permanece eternamente.

Cuando llegó el momento de redimir a Israel de la esclavitud egipcia, la sangre del cordero pascual, con la que habían sido rociadas las puertas de las casas israelitas, fue la señal distintiva de quienes debían salvarse. De modo análogo, el sello del Espíritu Santo, recibido en el Bautismo, es la señal imborrable grabada en el alma de quienes son llamados a la salvación en virtud de la Redención realizada por Cristo.

«El Apóstol habla aquí de la impresión de un signo que destina a la gloria futura, gloria que se adquiere por la gracia, la cual es atribuida al Espíritu Santo, porque el Espíritu Santo es amor, y precisamente es por amor por lo que Dios nos concede estos dones gratuitos» (Suma Teológica, III, q. 63, a. 3, ad 1).

 

Éphésiens 4, 32

La actitud de perdón es una de las virtudes que caracterizan al «hombre nuevo», pues le lleva a comportarse con el prójimo tal como aprendió de Jesucristo: «Si al llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar, ve primero a reconciliarte con tu hermano» (Mt 5, 23-24). Nuestro Señor nos ha enseñado con su misma vida lo que significa realmente perdonar al prójimo de corazón. Estando en el mismo suplicio de la cruz pidió perdón a su Padre por los que le condenaron y por los que en aquel momento con violencia y con saña lo habían cosido al madero.

Esfuérzate, si es preciso, en perdonar siempre a quienes te ofendan, desde el primer instante, ya que, por grande que sea el perjuicio o la ofensa que te hagan, más te ha perdonado Dios a ti (Camino, n. 452).

 

Chapitre n°5

 

Éphésiens 5, 1

Un buen hijo procura en todo momento agradar a su padre e imitar los buenos ejemplos que recibe de él. Pues bien, los cristianos somos hijos de Dios por adopción y encontramos la orientación de nuestra conducta contemplando cómo Dios ha actuado con los hombres (cfr Mt 6, 12; etc.). Además tenemos un modelo bien preciso a imitar, nuestro Señor Jesucristo.

Si queremos dar con nuestro comportamiento muchas alegrías a nuestro Padre Dios, hemos de aprender de su Hijo hecho hombre. Pero no basta con tener una idea general del espíritu de Jesús, sino que hay que aprender de Él detalles y actitudes. Y, sobre todo, hay que contemplar su paso por la tierra, sus huellas, para sacar de ahí fuerza, luz, serenidad, paz.

Cuando se ama a una persona se desean saber hasta los más mínimos detalles de su existencia, de su carácter, para as identificarse con ella. Por eso hemos de meditar la historia de Cristo, desde su nacimiento en un pesebre, hasta su muerte y su resurrección (Es Cristo que pasa, n. 107).

 

Éphésiens 5, 2

Cristo se entregó voluntariamente a la muerte, llevado de su amor hacia todos los hombres. Las palabras «oblación y hostia de suave olor» evocan el recuerdo de los sacrificios de la antigua Ley; con ellas San Pablo realza el carácter sacrificial de la muerte de Cristo, subrayando que su obediencia ha sido grata a Dios Padre (cfr Dan 3, 38; 4, 34; Ps 50, 7).

Jesucristo «vino para demostrarnos el inmenso amor de su corazón, y se nos dio por completo —enseña San Alfonso M.ª de Ligorio—, sometiéndose primero a todas las penalidades de esta vida, luego a la flagelación, a la coronación de espinas, y a todos los dolores e ignominias de la pasión; finalmente, terminó la vida abandonado de todos en el leño infame de la cruz» (Sermones abreviados, 37, I, 1).

El Fundador del Opus Dei nos recuerda: Repasa el ejemplo de Cristo, desde la cuna de Belén hasta el trono del Calvario. Considera su abnegación, sus privaciones: hambre, sed, fatiga, calor, sueño, malos tratos, incomprensiones, lágrimas... (cfr Mt IV, 1-11; Mt VIII, 20; Mt VIII, 24; Mt XII, 1; Mt XXI, 18-19; Lc 11, 6-7; Lc IV 16-30; Lc XI 53-54; Ioh IV, 6; Ioh XI 33-35; etc.); y su alegría de salvar a la humanidad entera. Me gustaría que ahora grabaras hondamente en tu cabeza y en tu corazón —para que lo medites muchas veces, y lo traduzcas en consecuencias prácticas— aquel resumen de San Pablo, cuando invitaba a los de Éfeso a seguir sin titubeos los pasos del Señor: sed imitadores de Dios, ya que sois sus hijos muy queridos, y proceded con amor, a ejemplo de lo que Cristo nos amó y se ofreció a sí mismo a Dios en oblación y hostia de olor suavísimo (Eph V, 1-2) (Amigos de Dios, n. 128).

 

Éphésiens 5, 3

En nuestros días son muchos los cristianos a quienes toca vivir, lo mismo que a aquellos de Asia Menor, en medio de una sociedad un tanto paganizada, proclive a ciertas inmoralidades (cfr Rom 1, 24-27). Entre ellas no suele faltar, como entonces, la fornicación y la impureza en general (cfr Col 3, 5). Sin embargo, la corrupción de costumbres, por muy extendida que esté en el ambiente, debe ser combatida con toda energía, sobre todo con el ejemplo de la vida limpia, propia de quienes aspiran a la santidad, por ser templos del Espíritu Santo (cfr 1 Cor 6, 19) y miembros de Cristo (cfr 1 Cor 6, 15).

Por eso el Apóstol advierte: «La fornicación y toda impureza o avaricia ni se nombre entre vosotros». La última parte de la frase también se podría traducir: «ni se diga respecto de vosotros»; es decir, los cristianos han de vivir con tal esmero la castidad y las virtudes con ella relacionadas, que ni siquiera deben dar la más mínima ocasión a los extraños para acusarles de impuros. Sin embargo, la razón última por la que se ha de vivir la virtud de la pureza no es el miedo al qué dirán, sino el amor a Dios, que es nuestro Padre, y el respeto al propio cuerpo, que es morada de la Santísima Trinidad. «Contéstame —pregunta San Anastasio Sinaíta—: Si tuvieras las manos manchadas de estiércol, ¿te atreverías a tocar con ellas las vestiduras del rey? Ni siquiera tus propios vestidos tocarías con las manos sucias; antes te las lavarías y secarías cuidadosamente, y entonces los tocarías. Pues ¿por qué no das a Dios ese mismo honor que concedes a unos viles vestidos?» (Sermo de Sancta Synaxis).

Cuidad esmeradamente la castidad —dice San Josemaría Escrivá—, y también aquellas otras virtudes que forman su cortejo —la modestia y el pudor—, que resultan como su salvaguarda. No paséis con ligereza por encima de esas normas que son tan eficaces para conservarse dignos de la mirada de Dios: la custodia atenta de los sentidos y del corazón; la valentía —la valentía de ser cobarde— para huir de las ocasiones; la frecuencia de los sacramentos, de modo particular la Confesión sacramental; la sinceridad plena en la dirección espiritual personal; el dolor, la contrición, la reparación después de las faltas. Y todo ungido con una tierna devoción a Nuestra Señora, para que Ella nos obtenga de Dios el don de una vida santa y limpia (Amigos de Dios, n.185).

 

Éphésiens 5, 5-7

El cristiano ha de luchar, además, contra la avaricia, vicio por el que se hace esclavo del poder y del dinero, convirtiéndolos en su propio ídolo (cfr Mt 6, 24). En el uso de los bienes de este mundo, el cristiano no debe quedar atado a ellos: «El Señor no manda que tiremos nuestra hacienda y nos apartemos del dinero. Lo que Él quiere es que apartemos de nuestra alma la primacía de las riquezas, la desenfrenada codicia y fiebre de ellas, las solicitudes, las espinas de la vida, que ahogan la semilla de la verdadera vida» (Clemente de Alejandría, Quis dives salvetur, n. 11). Es más, las actividades relacionadas con la economía son también cauce para que el espíritu del Evangelio vaya impregnando la vida personal y social. «Los cristianos, que toman parte activa en el movimiento económico-social de nuestro tiempo y luchan por una mayor justicia y caridad, convénzanse de que pueden contribuir mucho al bienestar de la humanidad y a la paz del mundo. Individual y colectivamente den ejemplo en este campo. Adquirida la competencia profesional y la experiencia, que son absolutamente necesarias, respeten en la acción temporal la justa jerarquía de valores, con fidelidad a Cristo y a su Evangelio, a fin de que toda su vida, así la individual como la social, quede saturada con el espíritu de las bienaventuranzas, y particularmente con el espíritu de la pobreza.

»Quien con obediencia a Cristo busca ante todo el Reino de Dios, encuentra en éste un amor más fuerte y más puro, para ayudar a todos sus hermanos y para realizar la obra de la justicia, bajo la inspiración de la caridad. (Respecto al recto uso de los bienes conforme a la enseñanza del Nuevo Testamento, cfr Lc 3 11; 10, 30 ss.; 11, 41; 1 Pet 5, 3; Mc 8, 36; 12, 30-31; Iac 5, 1-6; 1 Tim 6, 8; Eph 4, 28; 2Cor 8, 13; 1 Ioh 3, 17 ss.)» (Gaudium et spes, n. 72).

 

Éphésiens 5, 8-9

Por contraste con la situación anterior, calificada de «tinieblas». San Pablo habla ahora del verdadero camino que debe seguir el creyente, iluminado por la fe. El cristiano está en una nueva situación respecto a los paganos, ya que posee el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo, y ha sido renovado en su forma de pensar. Por ello se le llama «hijo de la luz», porque ha recibido de Cristo un principio recto de actuación. Su conducta ha de reflejar, por tanto, el cambio radical y profundo que el Bautismo ha operado en él al incorporarlo a Cristo. En consecuencia, con su nueva vida, ha de ser luz que ilumine, porque ha sido regenerado para ser «luz del mundo» (cfr Mt 5, 14-16; Ioh 1, 5; 8, 12), que se manifiesta en la búsqueda de todo lo que pueda llamarse bondad, justicia y verdad, y que supone un nuevo modo de ser, pensar y obrar, ejemplo y ayuda para quienes le rodean. De ahí que no caben las disculpas cuando está en juego la salvación de las almas a las que podemos ayudar. «No digas: no puedo ayudar a los demás —predicaba San Juan Crisóstomo—, pues si eres cristiano de verdad, es imposible que no lo puedas hacer (...). Si ordenamos bien nuestra conducta, todo lo demás seguirá como consecuencia natural. No puede ocultarse la luz de los cristianos, no puede ocultarse una lámpara tan brillante» (Hom. sobre Act, 20).

 

Éphésiens 5, 10

El hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, posee la luz de la razón con la que puede conocer a su Creador y orientar su vida en conformidad con la ley moral impresa por Dios en la misma creación. Por eso el afán de ahondar en la búsqueda de la sabiduría no se interrumpe, pues es esencial al espíritu humano. El Conc. Vaticano II ha expuesto el fundamento de esta realidad en los siguientes términos: «La naturaleza intelectual de la persona humana se perfecciona y se debe perfeccionar por medio de la sabiduría, que empuja con suavidad la mente del hombre hacia la búsqueda y el amor de la verdad y del bien. Penetrado por ella, el hombre es guiado a través de las cosas visibles hacia las invisibles» (Gaudium et spes, n. 15). El recto uso de la inteligencia lleva a Dios; y con la luz de la fe se puede penetrar con vigor sobrenatural en el conocimiento de la naturaleza divina y de sus designios sobre las criaturas. Para esto ha sido capacitado el cristiano mediante el Bautismo, de forma que posee el discernimiento moral para averiguar lo que es agradable al Señor.

Un enamorado se afana en conocer qué cosas agradan a la persona amada para complacerla. El amor de Dios, lo mismo que el amor humano, también se manifiesta en detalles concretos; no bastan las palabras, hacen falta obras. Y para ofrecer obras agradables a Dios es necesario conocer bien sus mandamientos, la doctrina y moral cristiana. El interés que se ponga en adquirir una buena formación espiritual y doctrinal religiosa constituyen una primera manifestación de que el amor a Dios es auténtico, pues es muestra de que al menos se le está buscando.

 

Éphésiens 5, 11-13

El cristiano, con su ejemplo y su palabra, ilumina todas las realidades humanas; así ayuda a los demás a distinguir lo que es recto de lo que es inmoral. «Todo lo que se ve es luz»: Es decir, cuando se llama a las cosas por su nombre —al bien, bien; y al mal, mal—, con caridad, pero sin eufemismos, se disipa la confusión y el relativismo moral que tan graves consecuencias acarrean para toda la sociedad. De ahí la exhortación que el Conc. Vaticano II hace a todos los cristianos y especialmente a los seglares: «Mas como en ésta nuestra época se plantean nuevos problemas y se multiplican errores gravísimos que pretenden destruir desde sus cimientos la religión, el orden moral e incluso la sociedad humana, este santo Concilio exhorta de corazón a los seglares a que cada uno, según las cualidades personales y la formación recibida, cumpla con suma diligencia la parte que le corresponde, según la mente de la Iglesia, en aclarar los principios cristianos, difundirlos y aplicarlos certeramente a los problemas de hoy» (Apostolicam actuositatem, n. 6).

 

Éphésiens 5, 14

San Pablo parece haber tomado esta cita de un himno litúrgico primitivo, en el que se presenta el Bautismo como una verdadera iluminación (cfr Heb 6, 4; 10, 32). Con sus buenas obras —luz del mundo—, los cristianos pueden contribuir a que los «muertos», es decir, los apartados de Dios por el pecado, pasen de las tinieblas a la luz, donde alcanzarán la vida nueva que les proporciona su incorporación a Cristo por el Bautismo. Esta situación la compara el Apóstol a la luminosa claridad que consigue quien se ha despertado de un sueño profundo, por contraste a la inmensa oscuridad en la que está sumido quien aún permanece en él. La conversión del pecador equivale a levantarse del sueño de la muerte a una nueva existencia, la de un mundo nuevo iluminado por Cristo, quien posee y es la misma irradiación de la gloria divina (cfr Heb 1, 3).

 

Éphésiens 5, 15-17

La vida nueva recibida en el Bautismo se caracteriza por la sensatez, frente a la necedad de quienes se empeñan en vivir de espaldas a Dios (cfr 1 Cor 1, 18). La sensatez es consecuencia en el hombre del conocimiento de la voluntad de Dios y de la plena identificación con los planes divinos. De esta coherencia entre la fe y la vida procede la verdadera sabiduría. La consecuencia es inmediata: se ha de «aprovechar bien el tiempo», el que en cada momento nos toca vivir. Más aún, hemos de rescatar el tiempo perdido. «Rescatar el tiempo—explica San Agustín— es sacrificar, cuando llegue el caso, los intereses presentes a los intereses eternos, que así se compra la eternidad con la moneda del tiempo» (Sermo 16,2).

La palabra Kairós, que hemos traducido por «tiempo», tiene un significado más concreto en griego. Señala el contenido del momento histórico que se vive, la situación que crea, y las posibilidades que ese preciso instante ofrece en relación con el fin último de la vida en este mundo. De ahí que «aprovechar el tiempo» tenga un significado más pleno que el negativo de «no perder minutos»: quiere decir «aprovechar todos los momentos y circunstancias» para dar gloria a Dios. Pues el tiempo es un tesoro que se va, que se escapa, que discurre por nuestras manos como el agua por las peñas altas —observa el Fundador del Opus Dei—. Ayer pasó, y el hoy está pasando. Mañana será pronto otro ayer. La duración de una vida es muy corta. Pero, ¡cuánto puede realizarse en este pequeño espacio, por amor de Dios! (Amigos de Dios, n. 52).

Esto es particularmente urgente porque, entonces como ahora, «los días son malos», como dice el Apóstol. Por eso el cristiano no puede cejar en su lucha por alcanzar la salvación. Claramente lo ha advertido San Pedro: «Sed sobrios y velad, ya que vuestro adversario, el diablo, ronda como un león rugiente, buscando a quien devorar. Resistidle firmes en la fe, sabiendo que vuestros hermanos que están en el mundo soportan los mismos sufrimientos» (1 Pet 5, 8-9).

 

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