Para vivir la caridad con Dios y con los demás hombres es indispensable guardar la virtud de la castidad, que agranda la capacidad de amar del corazón humano. El texto exhorta con firmeza a valorar y honrar el matrimonio, viviendo la castidad conyugal. El matrimonio es una llamada personal de Dios a la búsqueda de la santidad en ese estado. «Todos los esposos, según el plan divino, están llamados a la santidad en el matrimonio, y esta excelsa vocación se realiza en la medida en que la persona humana se encuentra en condiciones de responder al mandamiento divino con ánimo sereno, confiando en la gracia de Dios y en la propia voluntad» (Familiaris consortio, n. 34). Pero para ello se requiere también la pureza conyugal, que es manifestación y prueba del verdadero amor. No hay amor humano neto, franco y alegre en el matrimonio si no se vive esa virtud de la castidad, que respeta el misterio de la sexualidad y lo ordena a la fecundidad y a la entrega (...).
Cuando la castidad conyugal está presente en el amor, la vida matrimonial es expresión de una conducta auténtica, marido y mujer se comprenden y se sienten unidos; cuando el bien divino de la sexualidad se pervierte, la intimidad se destroza, y el marido y la mujer no pueden ya mirarse noblemente a la cara (Es Cristo que pasa, n. 25).
Hébreux 13, 5-6
Se nos enseña a no poner el corazón en las riquezas ni en el afán desordenado de los bienes materiales. El texto es quizá un eco de las palabras del Señor: «No amontonéis tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los corroen y donde los ladrones socavan y los roban. Amontonad en cambio tesoros en el Cielo (...)» (Mt 6, 19-20). Es una exhortación a vivir en una continua actitud de confianza en Dios, desprendido de las cosas de la tierra. Despégate de los bienes del mundo. —Ama y practica la pobreza de espíritu: conténtate con lo que basta para pasar la vida sobria y templadamente (...) (Camino, n. 631).
El autor sagrado acude a unas palabras pronunciadas por Moisés en nombre de Dios para recordar a los lectores que es Dios mismo quien ha dicho al hombre que no le dejará ni le abandonará (cfr Dt 31, 6). Estas palabras nos deben llenar de consuelo, de modo que podamos decir con el salmista (cfr Ps 118, 6) que en Dios todo lo podemos y a nada hemos de temer, abandonándonos a la providencia divina (cfr Mt 6, 25-32). «Si posees a Cristo serás rico y con Él te bastará. Él será tu proveedor y fiel procurador en todo, de manera que no tendrás necesidad de esperar en los hombres.
»Pon en Dios tu confianza y sea Él el objeto de tu veneración y de tu amor. El responderá por ti y todo lo hará bien, como mejor convenga» (Imitación de Cristo, II, 1, 2-3).
Hébreux 13, 7-19
Esta sección moral de la epístola se detiene en los deberes específicamente eclesiales. Entre ellos destaca la obligación de mantener la unión, la obediencia y el respeto a los que tienen el oficio de dirigir la comunidad. Esta exhortación se repite dos veces (vv. 7 y 17), para subrayar la importancia de la obediencia a los legítimos pastores (cfr 1 Thes 5, 12-13; 1 Cor 16, 16). Debemos ver en los pastores un modelo para vivir nuestra fe (v. 7; cfr Phil 3, 17) y, sobre todo, los debemos considerar como los representantes de Cristo (cfr Gal 4, 12-14). La obediencia a la jerarquía lleva naturalmente a mantener la doctrina recta y a evitar opiniones heréticas (v. 9; cfr 1 Tim 6, 3; Gal 1, 6-9). La unidad de fe además se expresa también en la unidad del culto (v. 10; cfr Phil 3, 2; Eph 4, 4-5): nadie puede participar, al mismo tiempo, del culto judaico y del altar de Cristo (cfr 1 Cor 10, 16-21), así como nadie puede pensar que las prescripciones rabínicas sobre los alimentos sigan en vigencia (v. 9; Col 2, 16-18; 1 Tim 4, 3-5). Hace falta llevar a cabo una verdadera conversión (vv. 11-13; Rom 3, 23-26) y abandonar ritos y costumbres caducados, para compartir la Cruz del Señor (1 Cor 2, 21-25; Gal 6, 14-15). No podemos poner nuestra esperanza en las cosas de la tierra, sino que debemos ser conscientes de que nuestro fin es el Cielo (cfr Phil 3, 20). Por último, la unidad de fe, de disciplina y de sacramentos se manifestará en una vida coherente y unitaria: estaremos siempre en presencia de Dios, todo será para nosotros ocasión de oración y de ofrenda, viviremos sin interrupción la caridad con los demás (vv. 15-16; cfr Gal 6, 9-10; Rom 12, 9-13; Eph 5, 1-2; etc.). Con pocas palabras se dibuja el cuadro sumamente atractivo de la vida cristiana. Lo recordaba el último Concilio Ecuménico: «La vida cristiana exige un ejercicio continuo de la fe, de la esperanza y de la caridad.
»Solamente con la luz de la fe y con la meditación de la palabra de Dios puede una persona reconocer siempre y en todo lugar a Dios, en quien vivimos, nos movemos y existimos (Act 17, 28), buscar su voluntad en todo acontecimiento, ver a Cristo en todos los hombres, sean vecinos o extraños, y juzgar con rectitud sobre el verdadero significado y valor de las cosas temporales en sí mismas y en relación con el fin del hombre» (Apostolicam actuositatem, n. 2).
Hébreux 13, 7-14
El texto sagrado insiste en la necesidad de vivir unidos a «los que dirigen», a los que son pastores y maestros de las comunidades cristianas. La mención de su fidelidad hasta la muerte, alude a los que ya habían alcanzado la corona del martirio, como Esteban y Santiago el Mayor (cfr Act 7, 59-60; 12, 2), y a otros miembros de la comunidad, víctimas del odio de los judíos (cfr Act 8, 1; Heb 6, 10; 10, 32-34). Su vida era o había sido realmente admirable, pero la necesidad de la unidad no dependía entonces ni depende nunca de las cualidades humanas de los que tienen una responsabilidad de gobierno en la Iglesia: ¡Qué lástima que quien hace cabeza no te dé ejemplo!... —Pero, ¿acaso le obedeces por sus condiciones personales?... ¿O el ‘obedite praepositis vestris’ —‘obedeced a vuestros superiores’, de San Pablo, lo traduces, para tu comodidad, con una interpolación tuya que venga a decir..., siempre que el superior tenga virtudes a mi gusto? (Camino, n. 621).
La fidelidad y la unión con los pastores legítimos es fidelidad al mismo Cristo, porque «los Obispos rigen, como vicarios y legados de Cristo, las Iglesias particulares que les han sido encomendadas, con sus consejos, con sus exhortaciones, con sus ejemplos, pero también con su autoridad y sacra potestad, de la que usan únicamente para edificar su grey en la verdad y en la santidad, teniendo en cuenta que el mayor ha de hacerse como el menor, y el que ocupa el primer puesto, como el servidor (cfr Lc 22, 26-27)» (Lumen gentium, n. 27). Así que bien se puede decir que quien escucha a ellos, escucha a Cristo (cfr Lc 10, 16). Por otro lado, los pastores deben manifestar hacia los fieles la misma solicitud y amor que demostró nuestro Redentor, de modo que en la admirable unidad de la caridad resplandezca el misterio de Cristo que «con toda razón es el único que rige y gobierna la Iglesia; y también por este título se asemeja a la cabeza. Ya que, para usar las palabras de San Ambrosio, así como la cabeza es la ciudadela regia del cuerpo (Hexameron, VI, 9,55), y desde ella, por estar adornada de mayores dotes, son dirigidos naturalmente todos los miembros a los que está sobrepuesta para mirar por ellos, así el Divino Redentor rige el timón de toda la sociedad cristiana y gobierna sus destinos» (Mystici corporis, n. 16).
El misterio de la Encarnación está indisolublemente unido al misterio de la Iglesia, de modo que la unidad de la Iglesia es la manifestación de la unidad del Cuerpo del Señor, que es uno a pesar de tener muchos miembros (cfr 1 Cor 12, 1-12; Lumen gentium, n. 7). Y, por tanto, la fidelidad a la Iglesia no se debe a un motivo humano, sino al deseo de ser fieles al mismo Cristo.
La fidelidad a Cristo, a su predicación, a sus preceptos y a los sacramentos por Él instituidos, lleva al cumplimiento amoroso de todas las normas rituales de la Iglesia, pero sobre todo a vivir interiormente la fe, el arrepentimiento de nuestras culpas y la fructuosa recepción de los sacramentos (cfr De iustificatione, caps. 6 y 8; Rom 3, 22-24; 11, 16; Eph 2, 8; 1 Cor 4, 7; 15, 10; 2 Cor 3, 5). No son los alimentos puros o impuros (cfr Col 2, 16; Rom 14, 2-4), ofrecidos o no a los ídolos (cfr 1 Cor 8; 10, 14-33), tomados o no en determinados días (cfr Rom 14, 5; Col 2,16; Gal 4, 10), los que contaminan a los hombres o los llevan a la salvación (cfr Mc 7, 15.18; Rom 14, 17.20): todo es puro para los que tienen un corazón puro (cfr Tit 1, 15). Lo importante es la gracia de Dios, que se nos comunica en los sacramentos y hace que vivamos por amor de Dios todos los mandamientos. A partir de la consideración de la pureza o impureza legal, se vuelve a la realidad nueva y fundamental: lo verdaderamente importante es tomar parte en el misterio pascual de Cristo, es decir, en su Pasión, Muerte y Resurrección.
Hébreux 13, 8
En este versículo está expresado el fundamento de toda vida cristiana. Es una maravillosa profesión de fe en la cual las palabras se hacen acto de adoración y de reverencia, como en la exaltación del Dios único en Dt 6, 4 («Yahwéh nuestro Dios, Yahwéh uno») o del Dios eterno en Ps 102, 13.28 («Mas tú Yahwéh en tu trono para siempre, y tu memoria de edad en edad»). Sólo que aquí el objeto de exaltación es Jesucristo. Aunque los primeros maestros y guías de los cristianos ya hayan muerto, para dar testimonio de su fe, siempre queda a los fieles un maestro y un guía que no morirá nunca, que vivirá para siempre coronado de gloria. Los hombres desaparecen. Cristo queda eternamente. Él existió desde siempre, es el Alfa y Omega, el Principio y el Fin (cfr Apc 1, 8; 22, 13); vivió «ayer» con los hombres, en un pasado histórico concreto; vive «hoy» en los Cielos, a la diestra del Padre, y está «hoy» a nuestro lado como autor de la gracia y como intercesor eterno (cfr Mt 28, 20; Heb 4, 14); quedará «para siempre» Sumo Sacerdote y Redentor (cfr Heb 6, 20; 7, 17) hasta establecer su Reino y entregarlo al Padre (cfr 1 Cor 15, 24-28).
Emociona pensar que la Humanidad santísima de Cristo no fue asumida sólo por un tiempo determinado. La Encarnación fue decretada desde toda la eternidad, y el Hijo de Dios, nacido de María Virgen, en el tiempo y en la historia, en los días de Cesar Augusto, permanece hombre para siempre, con un cuerpo glorioso en el cual resplandecen las señales de la Pasión. En la Humanidad de Cristo, unida ya indisolublemente a la Persona divina del Hijo, es de algún modo glorificada toda la creación (cfr Col 1, 15-20; Eph 1, 9-10). Por eso tenemos una firmísima seguridad de que la doctrina de Cristo es inmutable como Él y terminará por transformar el mundo. Sabemos que todas las circunstancias de la vida humana, el trabajo, la vida familiar y social, los afectos, los dolores, todo adquiere en Cristo un nuevo y definitivo sentido. «La Iglesia cree que Cristo, que murió y resucitó por todos, ofrece al hombre luz y fuerzas, por medio del Espíritu Santo, para que pueda responder a su vocación; y que no se les ha dado a los hombres otro nombre bajo el cielo por el que puedan salvarse. Igualmente, cree que la clave, el centro y la finalidad de toda la historia humana se encuentran en su Señor y Maestro. Además, la Iglesia afirma que en el fondo de todos los cambios hay muchas cosas que no cambian, que tienen su último fundamento en Cristo, que es el mismo ayer y hoy y por todos los siglos» (Gaudium et spes, n. 10). De aquí la seguridad y la firmeza de cada cristiano. Jesús es el camino. Él ha dejado sobre este mundo las huellas limpias de sus pasos, señales indelebles que ni el desgaste de los años ni la perfidia del enemigo han logrado borrar. Iesus Christus heri, et hodie; ipse et in saecula. ¡Cuánto me gusta recordarlo!: Jesucristo, el mismo que fue ayer para los Apóstoles y las gentes que le buscaban, vive hoy para nosotros, y vivirá por los siglos (Amigos de Dios, n. 127).
Hébreux 13, 9
Se enseñan dos mandamientos. El primero, la fidelidad en la doctrina, sin dejarse seducir por los que querían mantener todavía en vigor los preceptos de la Antigua Ley (cfr Act 20, 29-30; Gal 1, 6.7; 3, 2-4; 5, 12). Los cristianos no deben ceder al atractivo de las doctrinas nuevas que son «diversas», es decir, contradictorias y mudables, mientras que la verdad es una e inmutable, y son «extrañas» a la doctrina de Cristo.
El segundo mandamiento, expresado de forma implícita, probablemente resultaba claro para los lectores de la epístola, que conocían las extrañas prácticas de las sectas religiosas entonces existentes. Se afirma un principio fundamental: lo que da fuerza al corazón y lleva a tener una conducta moralmente buena no es el alimento material sino la gracia divina. La oposición entre la gracia y la comida es absoluta, aunque no se diga que esta última sea mala. Los alimentos «no aprovecharon» a los que los tomaron o siguieron tales prácticas. La gracia, en cambio, es la que sirve para todo. Es inevitable el recuerdo de Ioh 6, 63: «El espíritu es el que da vida, la carne de nada sirve».
Hébreux 13, 10
El término «altar» alude con toda probabilidad a la mesa eucarística y posiblemente también a Cristo en la Eucaristía. No es posible participar, al mismo tiempo, del culto cristiano y de otras prácticas religiosas (cfr 1 Cor 10, 21).
El texto enseña que el culto del Antiguo Testamento ha sido sustituido por el culto cristiano, que es la realidad, de la que el antiguo culto era como una sombra o anticipo.
Hébreux 13, 11-13
Hay que considerar este pasaje en el contexto del ceremonial veterotestamentario del gran «Día de la expiación» (cfr Heb 9, 7-9; 4, 14; 9, 24; 10, 20; Lev 16, 27). Jesucristo crucificado fuera de los muros de Jerusalén —ya que la pequeña altura del Calvario se levantaba fuera de la puerta de Efraim, al Noroeste de la ciudad— ha cumplido en Sí mismo la prefiguración de las víctimas sacrificadas, que eran quemadas fuera del campamento. Como el sacrificio del novillo y del macho cabrío, inmolados por los pecados del pueblo, permitía al Sumo Sacerdote entrar en el santuario, así la sangre de Cristo ha abierto el camino hacia el santuario del Cielo. Y como la piel, los huesos y la carne de las víctimas eran quemadas fuera del campamento, así Cristo salió de la ciudad. Pero la salida del Redentor encierra otro simbolismo. Salir de Jerusalén quiere decir también abandonar y declarar superado el culto judaico. Los primeros destinatarios de la epístola —que evidentemente son cristianos de origen hebreo— son invitados a abandonar la cómoda situación que viven en el Judaísmo, considerado como religión lícita en el Imperio Romano, y a no temer los riesgos —«el oprobio»— de seguir a Cristo, enfrentándose con odios por parte de los judíos y con persecuciones por parte de los paganos.
El «oprobio» hace referencia, tal vez, a que los restos de los animales sacrificados en el «Día de la expiación» hacían contraer una impureza legal (cfr Lev 16, 24.26.28), pero alude directamente a la Cruz (que era «escándalo» para los judíos —cfr 1 Cor 1, 23—) y a los escarnios que sufrió el Señor. La exhortación tiene, además, un sentido más amplio y es aplicable a los cristianos de cualquier tiempo, que deberán dejar aquello que les impida ser buenos discípulos de su Maestro. «También nosotros hemos de imitar a quien quiso padecer la cruz por nuestra salvación; hemos de salir de este mundo, o mejor dicho, de los asuntos vanos de este mundo» (Hom. sobre Heb, 33).
Hébreux 13, 14
Siguiendo un proceso cíclico, que ya otras veces había aparecido en esta epístola (cfr 9, 18-22.25), el autor sagrado asocia el tema del sacrificio expiatorio con el episodio del Éxodo. En definitiva, tres momentos en la historia de la salvación resultan de este modo vinculados entre sí. En primer lugar la salida de Egipto, con la celebración de la Pascua y el establecimiento de la Alianza en el Sinaí. Este primer episodio está marcado por el sacrificio del Cordero y por el sacrificio de expiación del Sinaí, cuando Moisés roció con la sangre a todo el pueblo y los libros de la Ley. Un segundo episodio, o mejor dicho un segundo punto de referencia, es el ceremonial del «Día de la expiación», que fue celebrado en el campamento durante la peregrinación en el desierto y luego en el Templo de Jerusalén. Tanto el Éxodo como el «Día de la expiación» tenían un sentido espiritual: el pueblo pedía perdón de sus pecados y pedía ser liberado de ellos, al mismo tiempo que celebraba la misericordia de Dios y la entrada en la tierra prometida. El tercer episodio es, evidentemente, la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo que cumple y perfecciona lo que aquellas antiguas figuras anunciaban.
La vida de los cristianos es un éxodo (cfr Heb 4, 1-11) porque se trata de salir del pecado y vivir en unión con Dios, participando de la Cruz del Señor. Es un éxodo porque tendremos que salir de esta tierra para entrar en el Cielo. La muerte, que es castigo del pecado (cfr Rom 6, 23), es la condición necesaria para nuestra definitiva identificación con Cristo (cfr Rom 6, 10-11): «Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; el que, en cambio, pierda su vida por mí, ése la salvará» (Lc 9, 24; cfr Mt 10, 39; 16, 25; Mc 8, 35; Ioh 12, 25).
Se señala la necesidad del desprendimiento cristiano (cfr 2 Cor 5, 1-2; Phil 3, 20; Col 1, 5; 1 Pet 1, 4): No nos ha creado el Señor para construir aquí una Ciudad definitiva, porque ‘éste mundo es el camino para el otro, que es morada sin pesar’ (Jorge Manrique, Coplas, V). Sin embargo, los hijos de Dios no debemos desentendernos de las actividades terrenas, en las que nos coloca Dios para santificarlas, para impregnarlas de nuestra fe bendita (Amigos de Dios, n. 210).
La tensión de la vida cristiana es afirmada por el Concilio Vaticano II: «La esperanza de una tierra nueva no debe atenuar, sino más bien estimular el empeño por cultivar esta tierra en donde crece ese Cuerpo de la nueva familia humana que ya nos puede ofrecer un cierto esbozo del mundo nuevo. Por lo tanto, aunque haya que distinguir con cuidado el progreso terreno del desarrollo del Reino de Cristo, sin embargo, el progreso terreno, en cuanto que puede ayudar a organizar mejor la sociedad humana, es de gran importancia para el Reino de Dios» (Gaudium et spes, nn.37 y 39).
Hébreux 13, 15-16
El texto supone la distinción, que había en el Antiguo Testamento, entre el «sacrificio por el pecado» y los demás sacrificios ofrecidos por los creyentes. El primero, que se ofrecía públicamente, es el del famoso «Día de la expiación» de los judíos. Los demás sacrificios, sobre todo incruentos, de primicias, frutos, tortas de pan, etc., que los fieles presentaban a Dios como expresión de agradecimiento y alabanza, eran las «ofrendas pacíficas», entre las cuales destacaba la «ofrenda de alabanza» (cfr Lev 7, 11; Ps 50, 14; 116, 17).
En el Nuevo Testamento, los fieles, como ejercicio de su sacerdocio espiritual (cfr Rom 12, 1; Heb 12, 28), ofrecen sacrificios agradables a Dios: la oración (el fruto de los labios que confiesan a Dios), la beneficencia, la limosna, etc.
Dios ya había recordado, por medio de los profetas, que abominaba de los sacrificios puramente exteriores (cfr 1 Sam 15, 22; Is 1, 11-17; Ier 6, 20; Am 5, 21-22), lo que quería era un corazón misericordioso y puro (cfr Is 58, 6-8). Lo mismo había dicho Jesús (cfr Mt 5, 23-24; Mc 11, 25; Lc 18, 9-14). Así, en la Nueva Alianza, Cristo quiere que todos los fieles cristianos ejerzan ese sacerdocio que consiste en hacer el bien y ofrecer a Dios los pequeños sacrificios diarios: «Como Cristo Jesús, supremo y eterno Sacerdote, quiere continuar su testimonio y su servicio por medio también de los laicos, los vivifica con su Espíritu y los impulsa incesantemente hacia toda obra buena y perfecta» (Lumen gentium, n. 34).
Hébreux 13, 17-19
Se subraya la obligación que tienen los cristianos de pedir especialmente por quienes desempeñan misión de gobierno.
«Dos cosas debemos a los que nos dirigen en el terreno espiritual. Primero obediencia para cumplir sus indicaciones; y luego veneración, para honrarles como padres y aceptar la disciplina que nos recomiendan» (Comentario sobre Heb, 13, 3).
Tienes obligación de pedir y sacrificarte por la persona e intenciones de ‘quien hace Cabeza’ en tu empresa de apostolado. Si eres remiso en el cumplimiento de este deber, me haces pensar que te falta entusiasmo por tu camino (Camino, n. 953).
Hébreux 13, 20-21
La epístola termina de modo semejante a las cartas paulinas: una doxología y las palabras de despedida. En estos versículos se invoca al «Dios de la paz»; Él es el único que da la verdadera paz porque decretó la reconciliación de los pecadores por obra de Cristo. Al mismo tiempo Jesucristo es denominado el «Gran Pastor». Vuelve así a insinuarse el paralelismo entre el éxodo y la Antigua Alianza con la entrada en el Cielo.
Así como Moisés había introducido al pueblo de Israel en la tierra prometida como un pastor al frente de su rebaño (cfr Is 63, 11), Jesucristo, el pastor por excelencia (cfr Ioh 10, 10-16; 1 Pet 2, 25; 5, 4), ha conducido a sus ovejas a la vida gloriosa.
El v. 21 se pone en relación con la doctrina cristiana acerca de la gracia de Dios y la correspondencia del hombre a esa gracia. Comentando este pasaje explica Santo Tomás que la expresión «os disponga con todo bien para que cumpláis su voluntad» equivale a que «Dios os haga querer todo bien», porque la voluntad de Dios es que nosotros actuemos con nuestra libre voluntad. De otro modo nuestra voluntad al no ser libre no sería buena; por otro lado la voluntad de Dios es siempre nuestro bien (cfr Comentario sobre Heb, ad loc.). Dios prepara la voluntad del hombre para que éste quiera el bien. Después debe ser el hombre el que corresponda al impulso divino. Así Dios «cumple en nosotros lo que es agradable a sus ojos».
Hébreux 13, 22-24
La «palabra de exhortación» expresa la idea de discurso o tratado destinado a dar consuelo y ánimo. Incluso puede ser una alusión al tipo de discursos que se pronunciaban en la sinagoga (cfr Act 13, 15) como si el autor hiciera por escrito lo que no pudo realizar oralmente.
El «hermano Timoteo», bien conocido entre la primitiva cristiandad, es el discípulo de San Pablo y compañero de viaje a quien escribe las dos epístolas que llevan su nombre.
El saludo «a todos los que os presiden» muestra el respeto y la veneración que se tenía a los que estaban al frente de la comunidad (cfr Heb 13, 7.17). Para la expresión «a todos los santos», cfr notas a Rom 1, 7; 1 Cor 1, 2; Eph 1, 1.
«Los de Italia»: Como pensaron muchos Padres y antiguos comentaristas, la carta fue casi seguramente escrita en Roma.
Hébreux 13, 25
La epístola concluye de forma similar a las cartas de San Pablo y en especial a Eph, Col, 1 Tim, 2 Tim y Tit. La «gracia» es el conjunto de todos los dones sobrenaturales que Dios concede al hombre por medio de Jesucristo. Es el anhelo de toda misión apostólica: que a todos alcance la gracia y que ninguno la pierda. Teodoreto de Ciro comentando este versículo señala: «Añade lo que acostumbra a decir al final pidiendo para ellos la participación de la gracia. Nosotros alabemos al legislador de lo nuevo y de lo antiguo y, para que obtengamos de Él su auxilio, pidamos que cuando cumplamos sus divinas leyes alcancemos los bienes prometidos, en Jesucristo nuestro Señor, para el cual es la gloria junto con el Padre, y el Santísimo Espíritu ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén» (Interpretatio Ep. ad Haebr, ad loc.).
*Apo_4_1*
NOTAS a la Epístola de Santiago (EUNSA)
Chapitre n°1
Jacques 1, 1
El autor de la carta es Santiago, que gobernó por unos años la comunidad cristiana de Jerusalén (cfr Act 12, 17; 15, 13; 21, 19), pariente próximo del Señor. En cuanto a la identificación del autor con el Apóstol Santiago el Menor, el de Alfeo (cfr Mc 3, 18), cfr la Introducción a la carta, pp. 34-37.
Santiago se presenta como «siervo de Dios y del Señor Jesucristo». El título de «siervo de Dios» se daba en el AT a quienes destacaban por su fidelidad al Señor (cfr Ps 34, 23), como Moisés, David, los profetas; de manera especial, el Mesías es llamado «Siervo de Yahwéh» (cfr Is 42-53). En el NT se aplica a todos los cristianos, y de un modo particular a los Apóstoles (cfr Act 4, 29; 16, 17; Apc 1, 1). Con ese mismo título se presentan también en ocasiones, al comienzo de sus cartas. San Pedro, San Pablo y San Judas, para subrayar su carácter de humildes mensajeros de la verdad divina.
El término «Señor» —Kýrios en griego—, que se aplica a Jesucristo, es el empleado para traducir el nombre de Yahwéh en la versión de los Setenta (traducción del AT, del hebreo al griego, realizada en los siglos III-II a.C.). También San Pablo lo utiliza con mucha frecuencia. Es una manifestación clara de la divinidad de Jesucristo, verdad de fe profesada por los cristianos desde el principio.
La carta va dirigida «a las doce tribus de la dispersión» o de la diáspora. Ese término «diáspora» significaba originariamente a los judíos residentes fuera de Palestina. Aquí se refiere a los cristianos —las doce tribus del nuevo y verdadero Israel— que vivían dispersos por el mundo grecorromano. Muy probablemente se trata de judíos convertidos al cristianismo.
La fórmula de saludo utilizada por Santiago —que la Neovulgata vierte por «salud» y que aquí hemos traducido por «saluda»— equivale literalmente a «os desea gozo». Es la fórmula habitual en la lengua griega de la época. En el v. 2 utilizará la misma palabra, quizá para explicarles bien el tipo de gozo que les desea.
Jacques 1, 2-12
En estos primeros versículos. Santiago señala cuál debe ser el comportamiento del cristiano ante las pruebas y sufrimientos: han de recibirse con alegría (vv. 2-4); cuando cuesta entender su sentido, hay que pedir a Dios la sabiduría necesaria (vv. 5-8); el pobre y el rico han de tener una actitud similar (vv. 9-11); por último recuerda que el premio prometido por Dios hace bienaventurados a quienes vencen esas pruebas (v. 12). En todo el pasaje se trasluce la doctrina de las Bienaventuranzas del Sermón de la Montaña (cfr Mt 5, 1-12).
El problema del sufrimiento de los justos y —como contraste— la prosperidad de los impíos en esta vida, ya había sido tratado con frecuencia en el AT, especialmente en los Salmos y en el libro de Job. Pero la respuesta plena y definitiva no llega hasta Jesucristo, que con sus palabras y con su vida enseña el valor redentor del sufrimiento, y la grandeza del premio que espera en el Cielo. «Por Cristo y en Cristo se desvela el enigma del dolor y de la muerte, que, fuera del Evangelio, nos abruma» (Gaudium et spes, n. 22).
Vivido en unión con Cristo, el sufrimiento humano tiene un valor corredentor: «El Evangelio del sufrimiento se escribe continuamente —dice el Papa Juan Pablo II—, y continuamente habla con las palabras de esta extraña paradoja. Los manantiales de la fuerza divina brotan precisamente en medio de la debilidad humana. Los que participan en los sufrimientos de Cristo conservan en sus sufrimientos una especialísima partícula del tesoro infinito de la redención del mundo, y pueden compartir este tesoro con los demás» (Salvifici doloris, n. 27).