Ressources Catholiques Bible

précédent

I Corinthiens 15, 28

El sometimiento del Hijo de que habla San Pablo no se opone para nada a su divinidad. Se refiere al término de su misión como Redentor y Mesías, una vez alcanzado el triunfo final y definitivo sobre el demonio y el pecado y sus consecuencias. Esta victoria final de Jesucristo restaura el orden primitivo de toda la creación, que había sido roto por el pecado.

«¿Quién comprenderá —comenta San Bernardo— la inefable dulzura encerrada en estas breves palabras: Dios lo será todo en todos? Por no hablar del cuerpo, veo tres cosas en el alma: razón, voluntad y memoria; y estas tres son ella misma. Todo el que anda según el espíritu, siente en la presente vida cuánto le falta para su integridad y perfección. ¿Por qué esto, sino porque Dios no es aún todo en todos? De ahí que la razón se engañe frecuentemente en sus juicios, que la voluntad sea agitada de cuádruple turbación y que la memoria esté confusa por el olvido de muchas cosas. La criatura noble está sujeta, aun sin quererlo, a esa triple vanidad, aunque con esperanza. Pues el que colma los deseos del alma con bienes, debe ser también, para la razón, plenitud de luz; para la voluntad, abundancia de paz, y para la memoria, continuación de eternidad. ¡Oh verdad, oh caridad, oh eternidad! ¡Oh bienaventurada y beatificante Trinidad! Por ti suspira esta mísera trinidad mía, porque desgraciadamente está alejada de ti» (Sermones sobre los Cantares, 11).

 

I Corinthiens 15, 35-58

Una vez mostrada la resurrección de los muertos, el Apóstol trata del modo como tendrá lugar. Con este fin, simula un interlocutor que plantea algunas preguntas (v. 35). Al responder, utiliza comparaciones, tomadas de los reinos vegetal, animal y mineral, para que pueda entenderse mejor la resurrección (vv. 36-41); expone seguidamente las cualidades de los cuerpos resucitados (vv. 42-44), extendiéndose en explicar una de ellas —la espiritualidad o sutileza— (vv. 44-50), para seguir con las circunstancias y la manera en que sucederá la resurrección (vv. 51-53). Termina con un canto de alegría y acción de gracias a Dios por tantas maravillas (vv. 54-58).

 

I Corinthiens 15, 36-41

En la comparación con la semilla, el Apóstol señala algunos puntos de semejanza con la resurrección: la semilla debe morir para producir su fruto, lo mismo que el cuerpo para resucitar; cada semilla, al desarrollarse, toma una forma propia, de manera que la planta que produce es distinta de la semilla original: de manera semejante, los cuerpos gloriosos resucitados estarán dotados de una serie de perfecciones que no tenían durante su vida mortal (cfr nota a vv. 42-44).

Con la referencia a la distinción entre la carne de los distintos animales y el resplandor de las distintas estrellas, San Pablo quiere ayudar a entender cómo también se distinguirán los cuerpos resucitados, según la distinta claridad (cfr Catecismo Romano, I, 12, 13).

 

I Corinthiens 15, 42-44

Estos versículos constituyen la base de la doctrina sobre las cualidades de los cuerpos gloriosos; incorrupción o impasibilidad, gloria o resplandor, poder o agilidad, sutileza o espiritualidad. Así las expone el Catecismo Romano: «Tendrán los cuerpos resucitados de los santos ciertas propiedades insignes y gloriosas, con las que serán mucho más nobles que jamás antes lo fueron. Y cuatro son las principales, que se llaman dotes, señaladas por los Santos Padres, según la doctrina del Apóstol.

»La primera de estas (dotes) es la impasibilidad, esto es, una gracia y dote que hará que no puedan padecer ninguna molestia ni sentir dolor o incomodidad alguna; pues nada les podrá causar daño (...), El cuerpo, dice el Apóstol, se siembra en corrupción, resucita en incorrupción (1 Cor 15, 42) (...). A esta dote sigue la claridad, por la que brillarán como el Sol los cuerpos de los santos (...). Es esta claridad cierto resplandor que, procedente de la suma felicidad del alma, se comunica al cuerpo de tal manera, que es como una comunicación de la felicidad que el alma goza; al modo que también el alma resulta feliz, porque se comunica a ella una parte de la felicidad de Dios. Pero no debe creerse que de este don participen todos en la misma proporción que del primero; porque, ciertamente, todos los cuerpos de los santos serán igualmente impasibles, pero no tendrán el mismo resplandor; pues, como dice el Apóstol: Uno es el resplandor del sol, otro el de la luna y otro el de las estrellas; y una estrella se deferencia de otra en el resplandor. Asi será en la resurrección de los muertos (1 Cor 15, 41-42).

»Con esta dote va unida la que llaman agilidad, en virtud de la cual el cuerpo se verá libre de la carga que ahora le oprime; y tan fácilmente podrá moverse adonde quisiera el alma, que no será posible hallarse nada más veloz que su movimiento (...). Por esto dijo el Apóstol: Se siembra en vileza, resucita en gloria (1 Cor 15, 43). A estas dotes se añade la que se llama sutileza, por la cual el cuerpo estará totalmente sometido al imperio del alma, y le servirá y estará pronto a su arbitrio; lo cual se demuestra por estas palabras del Apóstol: Se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual (1 Cor 15, 44)» (I, 12, 13). Los cuerpos de los condenados, por su parte, estarán privados de las dotes de los cuerpos gloriosos (cfr Catecismo Mayor, n. 246).

 

I Corinthiens 15, 44-50

El Apóstol desarrolla su afirmación de que los resucitados tendrán un cuerpo espiritual, que a primera vista podría parecer una contradicción. Por ser descendientes de Adán, cuyo cuerpo fue sacado de la tierra (cfr Gen 2, 7) los hombres reciben un cuerpo terreno, animal, destinado a la corrupción; Cristo, último Adán, venido del Cielo, dará a los suyos en la Resurrección un cuerpo celestial, perfecto e inmortal: «Se llama cuerpo espiritual —dice San Agustín— no porque se convierta en espíritu, sino porque está sujeto de tal manera al espíritu, que para que convenga a la habitación celestial, toda fragilidad e imperfección terrena es cambiada y convertida en estabilidad celeste» (De Fide et Symbolo, cap. VI).

Ya en esta vida el cristiano debe esforzarse por ser portador de esa imagen del hombre celestial, reproduciendo en sí mismo la vida de Cristo, de manera que habiendo muerto al pecado en el Bautismo, resucite con Cristo a una nueva vida (cfr Col 3, 1-4). La Resurrección del Señor, explica Santo Tomás, tiene también «razón de ejemplaridad en la resurrección de las almas, porque tenemos que conformarnos en el alma con Cristo resucitado, ‘para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en una vida nueva’, y como Él ‘resucitado de entre los muertos, ya no muere más (...), vosotros mismos estáis muertos al pecado’ (Rom 6, 4.9.11), para que de nuevo ‘vivamos con él’ (1 Thes 5, 10)» (Suma Teológica, III, q. 56, a. 2).

 

I Corinthiens 15, 45

Comentando este versículo, explica San Juan de Ávila: «Crió Dios el primer hombre y soplóle en el rostro, dióle resuello y espíritu de vida, y vivió. Et factus est primus Adam in animam viventem, novissimus Adam in spiritum vivificantem (1 Cor 15, 45). Fue hecho el segundo Adán, Jesucristo; y no solamente le dieron y tuvo espíritu para sí como el primero Adán, pero tuvo para otros muchos. Tiene Cristo espíritu vivificador, espíritu que da vida, que resucita a los que deseamos vida. Vamos a Cristo, busquemos a Cristo, que Él tiene resuello de vida. Por malo que estés, por perdido, por desconcertado que seas, si a Él vas, si a Él buscas, te hará bueno, te ganará y enderezará y sanará» (Sermones, en el domingo de Pentecostés).

 

I Corinthiens 15, 51-53

San Pablo describe sucintamente el momento de la Resurrección, de manera similar a 1 Thes 4, 16-17: «Porque el Señor mismo, a la señal dada por la voz del Arcángel y al son de la trompeta de Dios, bajará del cielo y los muertos en Cristo resucitarán primeramente. Después, nosotros, los vivos, los que estemos hasta la venida del Señor, seremos arrebatados juntamente con ellos, entre nubes por los aires, al encuentro del Señor. Y para siempre estaremos con el Señor». El hecho de que utilice la primera persona al hablar de los vivos en la venida del Señor, no indica que considere que realmente va a ser así: se trata más bien de una figura literaria, que le sirve para hacer más viva la narración. De hecho, afirma que no sabe cuándo tendrá lugar la Parusía (1 Thes 5, 1-11), y en esta misma carta se ha incluido antes entre los que resucitarán (cfr 1 Cor 6, 14).

«No todos moriremos, pero todos seremos transformados»: La Vulgata —de acuerdo con algunos códices— decía en este lugar: «Todos resucitaremos, pero no todos seremos transformados». Sin embargo, parece más segura la versión de la Neovulgata, atestiguada por la gran mayoría de los códices antiguos y los Padres griegos. También, parece la versión más concorde con el contexto, pues San Pablo está hablando únicamente de la resurrección de los justos (cfr nota general al capítulo), y la Vulgata aquí introduciría un cambio, al hablar de que resucitarán los buenos y los malos, pero sólo los cuerpos de los buenos serán transformados gloriosamente. La afirmación de San Pablo de que algunos —los justos que vivan en el momento de la Parusía del Señor— no morirán, puede parecer difícil de compaginar con la universalidad de la muerte, como consecuencia del pecado original (cfr Rom 5, 12 ss.; 1 Cor 5, 22). El Catecismo Romano dice que todos los hombres morirán, y explica las palabras del Apóstol en 1 Thes 4, 15-17 diciendo que «al ser arrebatados morirán» (I, 12, 6). Algunos teólogos dicen que no se opone a esa universalidad el que Dios quiera hacer excepciones, como es el caso de los justos de la ultima generación, igual que no se opone a la universalidad del pecado original el que Dios haya exceptuado a la Virgen Santísima. De todas formas, conviene tener en cuenta que estamos dentro del misterio que envuelve las disposiciones divinas en torno a los últimos tiempos, y que el Magisterio de la Iglesia no se ha pronunciado sobre este asunto, que puede ser estudiado libremente.

La repetición, por cuatro veces, de las palabras «este cuerpo se revestirá» (cfr vv. 53-54), deja claro que el cuerpo resucitado será el mismo que se tuvo en la tierra: «Es necesario que resucite el hombre con el mismo cuerpo por medio del cual sirvió a Dios o al demonio, para que, juntamente con el mismo cuerpo, reciba las coronas y los premios del triunfo, o sufra, desgraciadamente, las penas y los castigos» (Catecismo Romano, I, 12, 8).

 

I Corinthiens 15, 54-58

Concluye el capítulo con un canto de alegría y acción de gracias a Dios por los maravillosos beneficios que la muerte y la Resurrección del Señor traen consigo, consecuencia de su victoria sobre los enemigos que habían mantenido esclavizada la humanidad: el pecado, la muerte y el demonio. Jesucristo, al morir en la Cruz —ofreciéndose a Dios Padre como reparación por todas las ofensas de los hombres—, ha vencido al pecado y al demonio que tenía poder por el pecado. Y completa la victoria derrotando a la muerte mediante su Resurrección, De esta forma hace posible y causa además la resurrección gloriosa de sus elegidos. «En Cristo —explica el Papa Juan Pablo II—, se hace justicia del pecado a precio de su sacrificio, de su obediencia ‘hasta la muerte’ (Phil 2, 8). Al que estaba sin pecado, Dios ‘lo hizo pecado por nosotros’ (2 Cor 5, 21). Se hace también justicia de la muerte que, desde los comienzos de la historia del hombre, se había aliado con el pecado. Este hacer justicia de la muerte se lleva a cabo bajo el precio de la muerte del que estaba sin pecado y del único que podía —mediante la propia muerte— infligir la muerte a la misma muerte (cfr 1 Cor 15, 54 s.) (...). La cruz de Cristo nos hace comprender las raíces más profundas del mal que ahondan en el pecado y en la muerte; y así la cruz se convierte en un signo escatológico. Solamente en el cumplimiento escatológico y en la renovación definitiva del mundo, el amor vencerá en todos los elegidos las fuentes mas profundas del mal, dando como fruto plenamente maduro el reino de la vida, de la santidad y de la inmortalidad gloriosa. El fundamento de tal cumplimiento escatológico está encerrado ya en la cruz de Cristo y en su muerte. El hecho de que Cristo ‘resucitó al tercer día’ (1 Cor 15, 4) constituye el signo final de la misión mesiánica, signo que corona la entera revelación del amor misericordioso en el mundo sujeto al mal. Esto constituye a la vez el signo que preanuncia ‘un cielo nuevo y una tierra nueva’ (Apc 21, 1), cuando Dios ‘enjugará las lágrimas de nuestros ojos; no habrá ya muerte, ni luto, ni llanto, ni afán, porque las cosas de antes han pasado’ (Apc 21, 4)» (Dives in misericordia, n. 8).

 

I Corinthiens 15, 56-57

El Apóstol sintetiza la doctrina sobre las relaciones entre muerte, pecado y Ley mosaica, que expone extensa y profundamente en los caps. 5-7 de su Carta a los Romanos. El pecado es el aguijón de la muerte, en cuanto que ésta entró en el mundo por el pecado (cfr Rom 5, 12), que ahora le sirve para seguir dañando al hombre. A la vez, el pecado crecía y se fortalecía mediante la Ley mosaica, que era ocasión de aumento del pecado, no porque indujera a él, sino porque a pesar de indicar el bien, no contenía la gracia para evitar el mal (cfr Comentario sobre 1 Cor, ad loc.).

 

I Corinthiens 15, 58

En estas palabras finales del capítulo San Pablo exhorta a los cristianos a luchar llenos de esperanza, con la seguridad de que el trabajo en las ocupaciones ordinarias de la jornada es ofrenda agradable a los ojos de Dios, medio de santidad, camino para alcanzar con Cristo la victoria definitiva. No lo olvidéis nunca: después de la muerte, os recibirá el Amor —recuerda San Josemaría Escrivá—, Y en el amor de Dios encontraréis, además, todos los amores limpios que habéis tenido en la tierra. El Señor ha dispuesto que pasemos esta breve jornada de nuestra existencia trabajando y, como su Unigénito, haciendo el bien (Act X, 38). Entretanto, hemos de estar alerta, a la escucha de aquellas llamadas que San Ignacio de Antioquía notaba en su alma, al acercarse la hora del martirio: ven al Padre (Epistola ad Romanos, VII), ven hacia tu Padre, que te espera ansioso (Amigos de Dios, n. 221).

 

Chapitre n°16

 

I Corinthiens 16, 1-4

Comienza este último capítulo de recomendaciones y saludos, recordando la obligación de ayudar económicamente a los cristianos más pobres, concretamente a los de Jerusalén (cfr 2 Cor 8, 1-6; 9, 1-5; Rom 15, 27). Ha sido una práctica constantemente vivida, y frecuentemente recordada, la obligación que los cristianos tienen de «ayudar a la Iglesia en sus necesidades» (Quinto mandamiento de la Iglesia; cfr Catecismo Mayor, n. 476) y de socorrer a los más necesitados: «La acción caritativa puede y debe abarcar hoy a todos los hombres y a todas las necesidades —enseña el Conc. Vaticano II—. Dondequiera que haya hombres carentes de alimento, vestido, vivienda, medicinas, trabajo, instrucción, medios necesarios para llevar una vida verdaderamente humana, o afligidos por la desgracia o por la falta de salud, o sufriendo el destierro o la cárcel, allí debe buscarlos y encontrarlos la caridad cristiana, consolarlos con diligente cuidado y ayudarles con la prestación de auxilios. Esta obligación se impone ante todo a los hombres y a los pueblos que viven en la prosperidad» (Apostolicam actuositatem, n. 8).

«El día primero de la semana»; Es decir, el domingo. Esta precisión cronológica es un testimonio claro de que los cristianos desde el principio celebraban con especial solemnidad este día, conmemorando la Resurrección del Señor en las reuniones litúrgicas y eucarísticas.

 

I Corinthiens 16, 5-9

San Pablo alude a sus proyectos de viaje y a su intención de permanecer largo tiempo en Corinto. Las severas amonestaciones que aparecen en la carta no pueden inducir a pensar que aquellos cristianos fueran mediocres o que no gozaran del aprecio del Apóstol; al contrario, tenía especial cariño por aquella comunidad que él mismo había fundado (cfr Act 18, 1-18) y si les habla con tanta energía es porque espera de ellos frutos más abundantes.

 

I Corinthiens 16, 10-12

Habla de dos de sus colaboradores: Timoteo era todavía muy joven (cfr 1 Tim 4, 12; 5, 1; 2 Tim 1, 6-8), razón por la cual San Pablo recomienda que le respeten por su dignidad de ministro («porque trabaja en la obra del Señor como yo»: v. 10). Los cristianos han tenido siempre una especial veneración a sus sacerdotes y ministros. Santa Catalina de Siena pone en boca de Jesucristo estas palabras: «No quiero que mengüe la reverencia que se debe profesar a los sacerdotes, porque la reverencia y el respeto que se les manifiesta, no se dirige a ellos, sino a mí, en virtud de la sangre que yo les he dado para que la administren. Si no fuera por esto, deberíais dedicarles la misma reverencia que a los seglares y no más (...). No se les ha de ofender: ofendiéndolos, se me ofende a mí, y no a ellos. Por eso lo he prohibido, y he dispuesto que no sean tocados mis Cristos» (El Diálogo, cap. 116).

Apolo era más conocido por los cristianos de Corinto, puesto que había pasado largas temporadas con ellos (cfr Act 19, 1; nota a 1 Cor 1, 11-12).

 

I Corinthiens 16, 13-14

De forma esquemática San Pablo resume las recomendaciones principales. Usando terminología castrense, les recuerda que la vida cristiana es una lucha contra las pasiones y tentaciones del diablo, y que toda la conducta del cristiano debe estar inspirada por la caridad. La fortaleza y la caridad, lejos de ser dos virtudes contrapuestas, se complementan perfectamente y no se da la una sin la otra: Para amar de verdad es preciso ser fuerte, leal, con el corazón firmemente anclado en la fe, en la esperanza y en la caridad. Sólo la ligereza insubstancial cambia caprichosamente el objeto de sus amores, que no son amores sino compensaciones egoístas. Cuando hay amor, hay entereza: capacidad de entrega, de sacrificio, de renuncia. Y, en medio de la entrega, del sacrificio y de la renuncia, con el suplicio de la contradicción, la felicidad y la alegría. Una alegría que nada ni nadie podrá quitarnos (Es Cristo que pasa, n. 75).

 

I Corinthiens 16, 15-20

Las alusiones personales de colaboradores de San Pablo (v. 10-12) y de otros cristianos, tan frecuentes en las cartas del Apóstol, dan idea del ambiente de fraternidad que reinaba en la Iglesia primitiva.

Estéfanas había sido bautizado por San Pablo (1, 16); aunque no fue el primero de Corinto (cfr Act 18, 8), recibe el honroso título de «primicias de Acaya» por su especial dedicación a los demás fieles (v. 15). Fortunato y Acaico no son mencionados en otro lugar; quizá pertenecían a la familia de Estéfanas o, al menos, tenían un encargo especial entre aquellos cristianos. San Pablo con gran delicadeza les agradece su visita.

Aquila y Prisca eran un matrimonio especialmente vinculado a los cristianos de Corinto, ya que en su casa se hospedó San Pablo durante su primera estancia en esta ciudad (Act 18, 1-3). Colaboraron muy eficazmente en el apostolado en otros muchos lugares; en Éfeso ayudaron a Apolo para que conociera más exactamente las verdades de la fe (cfr Act 18, 24-26), y posteriormente los encontramos en Roma (Rom 16, 3). Son un claro ejemplo de la importancia de la función de los laicos dentro de la Iglesia.

 

I Corinthiens 16, 20

Otras tres veces se menciona en las cartas de San Pablo el gesto del ósculo (Rom 16, 16; 2 Cor 13, 12; 1 Thes 5, 26) y siempre con el adjetivo santo. Si el beso era la forma habitual de saludo entre los orientales (cfr Lc 7, 45), San Pablo le añade un significado religioso, como señal de la caridad sobrenatural y de la unión en la misma fe. En este sentido pasó a la liturgia eucarística más antigua: «El ósculo de la paz —decía Tertuliano— es el sello de la oración» (De oratione, 14). El Misal Rumano prevé, cuando las condiciones pastorales así lo aconsejan, darse mutuamente la paz antes de la Comunión con un gesto apropiado. Con ello se significa que se cumplen las palabras del Señor: «Si al llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar, ve primero a reconciliarte con tu hermano y vuelve después para presentar tu ofrenda» (Mt 5, 23-24).

 

I Corinthiens 16, 21-24

Al escribir con su propia mano las últimas líneas de algunas de sus cartas, San Pablo ha dejado un testimonio inequívoco de su autenticidad (cfr Gal 6, 11; Col 4, 18; 2 Thes 3, 17).

«Sea anatema»: Es una fórmula de castigo y de maldición (cfr Gal 1, 8) en sentido muy amplio; parece que llevaba consigo la exclusión pública de la Iglesia; y sobre todo, el culpable se hacia acreedor del castigo divino (cfr nota a Rom 9, 3). Esta expresión dura del Apóstol se comprende mejor a la luz de 1 Cor 12, 3: «Nadie que hable en el Espíritu de Dios dice: ¡Anatema Jesús!». Es decir, quienes ofenden al Señor, porque no le aman, son merecedores del máximo castigo.

«Marana tha!»: Es una jaculatoria aramea que significa: «Ven, Señor nuestro». Aunque no es probable, también podría leerse «Maran atha», que significa «nuestro Señor viene o ha venido». Era tan antigua y tan usual entre los primeros cristianos que San Pablo no consideró necesario traducirla. En ella se confiesa a Jesucristo como Señor y soberano que reina desde el Cielo y que vendrá al final de los tiempos con su majestad y gloria (cfr Phil 4, 5; Apc 22, 20). Según la Didaché (X, 6), esta invocación se usaba en la primitiva cristiandad después de la Plegaria eucarística. Esta antigua costumbre litúrgica la ha vuelto a introducir el actual Misal Romano, al establecer como una de las aclamaciones del pueblo después de la consagración, la siguiente fórmula: «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!».

El saludo final de San Pablo, recogido por la Liturgia en los ritos iniciales de la Santa Misa, es una fórmula de bendición que lleva consigo la confesión de fe de que el Señor está presente entre los cristianos; y la petición de que tal presencia sea fecunda y eficaz. De ahí que San Juan Crisóstomo comente a propósito de estas palabras: «Todo buen pastor y todo doctor tiene el deber de ayudar a sus hermanos con consejos; pero, sobre todo, con oraciones y plegarias» (Hom. sobre 1 Cor, 44, ad loc.).

 

 

*

 

 

NOTAS a la Segunda Epístola a los Corintios (EUNSA)

 

 

Chapitre n°1

 

II Corinthiens 1, 1-11

Como en casi todas sus epístolas, comienza San Pablo con un saludo (vv. 1-2) y una acción de gracias a Dios (v.v. 3-11). Cfr nota a 1 Cor 1, 1-9.

La presentación de sí mismo que hace San Pablo —«por voluntad de Dios apóstol de Cristo Jesús»—, muy similar a la de otras cartas, resulta en este caso especialmente significativa, ya que buena parte de la epístola la dedicará a la defensa de su vocación de apóstol contra quienes, al parecer, pretendían negarle ese carácter (cfr caps. 10-13).

Timoteo era bien conocido por los corintios: había colaborado con San Pablo en los comienzos de su evangelización (cfr Act 18, 5), y les había visitado posteriormente, enviado por el Apóstol (cfr 1 Cor 4, 17; 16, 10).

 

II Corinthiens 1, 1-2

Los romanos habían dividido Grecia en dos provincias: Macedonia al norte y Acaya —que comprendía la Grecia central y la península del Peloponeso— al sur. Corinto era la capital de Acaya. Aunque San Pablo sólo había predicado en Corinto y Atenas, el que se dirija a los cristianos de toda Acaya es un índice del afán apostólico de aquellos primeros convertidos, que habían llevado la semilla del cristianismo a otros lugares.

El calificativo «santos» con que San Pablo se dirige a los cristianos, muestra que la vocación cristiana lleva consigo la llamada a una auténtica santidad (cfr Lumen gentium, n. 10).

«La gracia y la paz»: «El primer bien es la gracia —comenta Santo Tomás—, que es el principio de todos los bienes (...). El último de todos los bienes es la paz, porque es el fin general de la mente. Porque de cualquier manera que se emplee esta palabra, paz, tiene razón de fin; en la gloria eterna, en el gobierno y en el modo de vida, el fin es la paz» (Comentario sobre 2 Cor, ad loc.).

 

II Corinthiens 1, 3-11

La acción de gracias de San Pablo tiene en este caso un carácter distinto al de la mayoría de sus cartas, donde suele agradecer a Dios los favores obrados en los cristianos a quienes escribe, que se sienten así animados en su vocación. Aquí, en cambio, el Apóstol manifiesta su agradecimiento a Dios que, por su misericordia, le consuela en sus tribulaciones.

 

II Corinthiens 1, 3

« Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo»: El texto griego admite dos interpretaciones: a) Dios (Padre) que es el Padre de nuestro Señor Jesucristo; b) Dios (Padre) que es el Dios y el Padre de nuestro Señor Jesucristo.

La segunda, que parece aquí más probable, podría a primera vista extrañar: no ofrece, sin embargo, ninguna dificultad, si se tiene en cuenta que el mismo Jesús llama en el Evangelio al Padre «mi Dios»: «Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios» (Ioh 20, 17). Teniendo en cuenta las dos naturalezas —la humana y la divina— que hay en Cristo, la expresión «el Dios de nuestro Señor Jesucristo» hace referencia a Jesús en cuanto hombre; la otra, «el Padre de nuestro Señor Jesucristo», hace referencia a la filiación de Jesucristo, tanto como Dios (filiación eterna del Verbo) cuanto como hombre (concepción virginal en el tiempo, en las entrañas purísimas de Santa María, por obra del Espíritu Santo, sin concurso de varón).

«Padre de las misericordias»: Es un hebraísmo, muy frecuente en el AT, para designar que Dios tiene entrañas de misericordia.

La misericordia es, dice San Agustín, «cierta compasión de la miseria ajena nacida en nuestro corazón, por la que, si podemos, nos vemos impulsados a socorrerle» (De civitate Dei, IX, 5). De ahí —explica Santo Tomás— que la misericordia sea propia fundamentalmente de Dios: «Compadecerse es propio de Dios: y en esto se manifiesta máximamente su omnipotencia» (Suma Teológica, II-II, q. 30, a. 4), ya que por ella puede remediar todas las miserias.

Mediante la misericordia divina el Apóstol es consolado en sus sufrimientos, de manera que puede a su vez consolar a los demás. Este Dios misericordioso es el que nos ha sido revelado por Jesucristo: «Revelada en Cristo, la verdad acerca de Dios como ‘Padre de las misericordias’ (2 Cor 1, 3), nos permite ‘verlo’ especialmente cercano al hombre, sobre todo cuando sufre, cuando está amenazado en el núcleo mismo de su existencia y dignidad» (Juan Pablo II, Dives in misericordia, n. 2).

 

suivant