La recompensa de Dios al que trabaja en la edificación de la Iglesia no está tanto en relación con la misión encomendada —«son una misma cosa»—, o con los frutos obtenidos, sino con el trabajo, con el esfuerzo puesto en la realización de la tarea asignada por Dios. «Los cristianos tienen diferentes dones (cfr Rom 12, 6) —señala el Conc. Vaticano II—. Por ello deben colaborar en el Evangelio cada uno según su posibilidad, facultad, carisma y ministerio (cfr 1 Cor 3, 10). Todos, por consiguiente, los que siembran y los que siegan (cfr Ioh 4, 37), los que plantan y los que riegan, han de ser necesariamente una sola cosa (cfr 1 Cor 3, 8), a fin de que, ‘buscando unidos el mismo fin, libre y ordenadamente’ (Lumen gentium, n. 18), dediquen sus esfuerzos con unanimidad a la edificación de la Iglesia» (Ad gentes, n. 28). De ahí que lo fundamental sea poner el mayor amor posible en la tarea respectiva, sin desanimarse: «Mis elegidos no trabajarán nunca en vano», asegura el Señor por el profeta Isaías (65, 23).
I Corinthiens 3, 9
«Campo de Dios, edificación de Dios»: El Conc. Vaticano II acude a estas imágenes, para exponer la naturaleza íntima de la Iglesia: «La Iglesia es la labranza o campo de Dios (cfr 1 Cor 3, 9). En ese campo crece el olivo antiguo, cuya santa raíz fueron los Patriarcas, en donde se realizó y se realizará la reconcilación de judíos y gentiles (cfr Rom 11, 13-26). Fue plantada como viña selecta por el Agricultor celestial (cfr Mt 21, 33-43 par.; cfr Is 5, 1 ss.). Cristo es la verdadera Vid, que da vida y fecundidad a los sarmientos, que somos nosotros: permanecemos en Él a través de la Iglesia y sin Él no podemos hacer nada (cfr Ioh 15, 1-5).
»Con frecuencia se llama también a la Iglesia la edificación de Dios (cfr 1 Cor 3, 9). El Señor mismo se comparó con una piedra que habían rechazado los constructores, pero que fue puesta como piedra angular (Mt 21, 42 par.; cfr Act 4, 11; 1 Pet 2, 7; Ps 118, 22). Sobre este fundamento, la Iglesia es construida por los Apóstoles (cfr 1 Cor 3, 11), y de ese fundamento recibe firmeza y cohesión. Esta construcción es designada con diversos nombres: casa de Dios (1 Tim 3, 15), en donde habita su familia; morada de Dios en el Espíritu (Eph 2, 19-22), tabernáculo de Dios entre los hombres (Apc 21, 3) y, sobre todo, templo santo, que, representado por santuarios de piedra, es objeto de la alabanza de los Santos Padres, y en la Liturgia, con justo título, se le compara con la Ciudad Santa, la Jerusalén nueva. En efecto, estamos en ella aquí en la tierra como piedras vivas que forman parte del edificio (1 Pet 2, 5). Juan contempla esta ciudad santa que baja desde el cielo, de junto a Dios, en el momento en que se renovará el mundo, ataviada como una novia que se adorna para su esposo (Apc 21, 1 s.)» (Lumen gentium, n. 6).
El Señor quiere a los cristianos como piedras vivas en esa edificación, y los ha asociado con Él en la tarea redentora en la salvación de todos los hombres, de manera que —a la vez que son redimidos— sean corredentores con Él, completando «lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1, 24): Jesús ha querido hacer a cada hombre cooperador libre de su obra redentora (...). La salvación continúa y nosotros participamos en ella (...). Vale la pena jugarse la vida, entregarse por entero, para corresponder al amor y a la confianza que Dios deposita en nosotros. Vale la pena, ante todo, que nos decidamos a tomar en serio nuestra fe cristiana (Es Cristo que pasa, n. 129).
I Corinthiens 3, 10-11
San Pablo señala, con una introducción solemne —«según la gracia de Dios que me ha sido dada», y que le hizo idóneo para su ministerio—, cuál ha sido el cimiento que ha depositado en la comunidad y en cada uno de los fieles de Corinto: Jesucristo, fundamento necesario e insustituible de todo edificio espiritual. En efecto, como recuerda San Pedro, Él es la «piedra angular. Y en ningún otro está la salvación; pues no hay ningún otro nombre bajo el cielo dado a los hombres por el que hayamos de ser salvados» (Act 4, 11-12).
Por eso, lógicamente, toda catequesis auténtica ha de ser cristocéntrica, y su objeto fundamental ha de ser siempre Jesucristo, perfecto Dios y perfecto hombre, y sus enseñanzas. Al catequizar —explica el Papa Juan Pablo II— «se trata de descubrir en la Persona de Cristo el designio eterno de Dios que se realiza en Él. Se trata de procurar comprender el significado de los gestos y de las palabras de Cristo, los signos realizados por Él mismo, pues ellos encierran y manifiestan a la vez su Misterio. En este sentido, el fin definitivo de la catequesis es poner a uno no sólo en contacto sino en comunión, en intimidad con Jesucristo: sólo Él puede conducirnos al amor del Padre en el Espíritu y hacernos participes de la vida de la Santísima Trinidad.
»En la catequesis (...) se transmite no la propia doctrina o la de otro maestro, sino la enseñanza de Jesucristo, la Verdad que Él comunica o, más exactamente, la Verdad que Él es (cfr Ioh 14, 6). Así pues hay que decir que en la catequesis lo que se enseña es a Cristo, el Verbo encarnado e Hijo de Dios y todo lo demás en referencia a Él; el único que enseña es Cristo, y cualquier otro lo hace en la medida en que es portavoz suyo, permitiendo que Cristo enseñe por su boca» (Catechesi tradendae, nn. 5-6).
A la vez, la consideración de Jesucristo como fundamento del edificio espiritual, lleva también a concluir la necesidad para el cristiano de estar «no sólo unidos a Jesucristo, advierte San Juan Crisóstomo, sino adheridos, como pegados a Él; por poco que uno se separe, perece (...). Escuchad por cuántas semejanzas quiere el Apóstol hacernos entender esta estrecha unión. Jesucristo es la cabeza, nosotros el cuerpo, pues entre el cuerpo y la cabeza no puede haber vacío. Él es el fundamento y nosotros el edificio; Él es el tallo de la viña y nosotros las ramas; Él es el esposo y nosotros la esposa; Él es el pastor y nosotros el rebaño; Él es el camino por el que vamos; nosotros somos el templo, y Él el Dios que lo habita; Él es el primogénito, nosotros sus hermanos. Él es el heredero y nosotros compartimos con Él; Él es la vida y nosotros vivimos por Él; Él es la resurrección y nosotros los hombres resucitados; Él es la luz y nuestras tinieblas son disipadas por Él» (Hom. sobre 1 Cor, 8, ad loc.).
I Corinthiens 3, 12-13
Desarrollando la metáfora de la edificación. San Pablo apela a la responsabilidad de los ministros y enseña la existencia del juicio divino.
Más adelante (v. 17) se refiere a quienes positivamente destruyen la Iglesia; aquí se dirige a los ministros dedicados al servicio de los fieles; los distintos materiales, unos más nobles (oro, plata...) otros menos nobles (heno, paja) significan la intención más o menos recta de quienes predican, y el contenido doctrinal más o menos íntegro. Los Santos Padres y los Doctores descubren en estos versículos la gravedad del pecado venial: unos buscan desordenadamente los bienes materiales y se crean estorbos para acercarse a Dios; otros pretenden apoyarse en las cosas espirituales para su propio provecho; o bien enseñan doctrinas que, sin ser erróneas, contienen elementos inútiles o no son suficientemente claras, o apenas están probadas (cfr Comentario sobre 1 Cor, ad loc.).
«Aquel día»: El Apóstol se refiere al último día, cuando Cristo Jesús aparezca como Juez; otras veces dice expresamente «el día de nuestro Señor Jesucristo» (cfr 1 Cor 1, 8; 1 Thes 5, 2). Aunque San Pablo no menciona explícitamente más que el Juicio Final en el que Jesucristo «vendrá a juzgar a vivos y muertos» (Símbolo de los Apóstoles), es evidente —y así lo ha creído siempre la Iglesia— que hay también un juicio «inmediatamente después de la muerte» (Benedictus Deus). Se denomina juicio particular porque «cuando cada uno de nosotros sale de esta vida, al instante es presentado ante el tribunal de Dios y allí se hace averiguación exacta de todas las cosas que haya hecho, dicho o pensado en cualquier tiempo» (Catecismo Romano, I, 8, 3).
El fuego que aquí menciona el Apóstol hay que entenderlo dentro de la metáfora de la edificación que viene usando; significa que el juicio divino es definitivo e inapelable, porque como el fuego pone de manifiesto la solidez de los materiales de un edificio, así el juicio de Dios manifestará la autenticidad de las obras de cada uno. Además, no puede olvidarse que el fuego suele acompañar a las teofanías que narra la Biblia (cfr Ex 3, 2; 19, 18; 2 Thes 1, 8); es, por tanto, un modo de enseñar que solamente Dios, no los hombres, puede juzgar. Por otra parte, es significativo que San Pablo, al hablar de la retribución, mencione el fuego; algunos Santos Padres han visto una alusión a los graves tormentos del infierno y del Purgatorio.
I Corinthiens 3, 14-15
Sobre la recompensa de los que trabajan en la edificación de la Iglesia, San Pablo escribe en el mismo tono figurativo de todo el pasaje. Una cosa es clara: cada uno recibirá su salario según sus obras; si los materiales son sólidos, es decir, si hay intención recta y doctrina segura, el premio está garantizado. En cambio, si los materiales son deleznables, es decir, si hay intención torcida o la doctrina no concuerda con la fe de la Iglesia, no habrá premio.
No es fácil saber con certeza si San Pablo habla aquí del Purgatorio; en todo caso se puede interpretar que a él se refiere en la frase «se salvará, pero como a través del fuego». El dogma católico de la existencia del Purgatorio está basado en muchos textos bíblicos (2 Mach 12, 39-46; Mt 12, 31-32; 5, 25-26; 1 Cor 15, 29, etc.) y en la ininterrumpida tradición de rezar por los difuntos: « La Iglesia católica, asistida por el Espíritu Santo, basándose en la Sagrada Escritura y en la tradición antigua de los Padres enseña (...) que existe el Purgatorio y que las almas allí detenidas son ayudadas por los sufragios de los fieles, especialmente por el aceptable sacrificio del altar» (Conc. de Trento, De Purgatorio).
Muchos Santos Padres, especialmente a partir de San Agustín, han explicado la doctrina del Purgatorio al hilo de este versículo 15: «Algunos se salvarán por un fuego purificador; tanto más tarde o más pronto cuanto más o menos se apegaron a los bienes perecederos» (EB, I, cap. 68).
I Corinthiens 3, 16-17
Estas palabras se aplican tanto a cada cristiano, como a la Iglesia entera (cfr nota a 1 Cor 3, 9). La imagen del cristiano como templo de Dios, utilizada con frecuencia por San Pablo (cfr 1 Cor 6, 19-20; 2 Cor 6, 16), manifiesta la inhabitación en el alma en gracia de la Santísima Trinidad. En efecto, recuerda el Papa León XIII, «por medio de la gracia de Dios inhabita en el alma justa como en un templo, de un modo íntimo y singular» (Divinum illud munus, n. 10). Aunque a veces se atribuye al Espíritu Santo (cfr Ioh 14, 17; 1 Cor 6, 19), realmente tiene lugar por la presencia de toda la Trinidad, ya que todas las operaciones divinas que terminan fuera del mismo Dios deben referirse a la única naturaleza divina.
El mismo Jesucristo ha revelado este misterio sublime que nunca hubiéramos podido sospechar: «El Espíritu de la verdad (...) permanece a vuestro lado y está en vosotros (...). Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará y vendremos a él y haremos morada en él» (Ioh 14, 17-23). Aunque se trata de algo que, mientras estemos en la tierra, no se puede entender ni expresar con plena claridad, ayuda a obtener alguna luz el considerar que «las Personas divinas inhabitan en cuanto que, estando presentes de una manera inescrutable en las almas creadas dotadas de entendimiento, entran en relación con ellas por el conocimiento y el amor (cfr Suma Teológica, I, q. 43, a. 3), aunque de un modo completamente íntimo y singular, absolutamente sobrenatural» (Pío XII, Mystici Corporis, Dz-Sch, n. 3815).
La consideración de esta maravillosa realidad ayuda a caer en la cuenta de la trascendencia que tiene el vivir en gracia de Dios, y el profundo horror que ha de tenerse al pecado mortal, que «destruye el templo de Dios», privando al alma de la gracia y amistad divinas.
Además, mediante esta inhabitación, la criatura humana comienza a gozar un anticipo de lo que será la visión beatífica del Cielo, ya que «esta admirable unión sólo en la condición y estado se diferencia de aquella en que Dios llena a los bienaventurados beatificándolos» (Divinum illud munus, n. 11).
La presencia de la Trinidad en el alma en gracia invita a procurar un trato más personal y directo con Dios, al que en todo momento podemos buscar en el fondo de nuestras almas: Frecuenta el trato del Espíritu Santo —el Gran Desconocido— que es quien te ha de santificar.
No olvides que eres templo de Dios. —El Paráclito está en el centro de tu alma: óyele y atiende dócilmente sus inspiraciones (Camino, n. 57).
I Corinthiens 3, 18-20
Como aplicación de la enseñanza sobre la auténtica sabiduría, San Pablo enseña a los cristianos que la mayor insensatez es creerse sabios sin serlo. Con dos citas bíblicas (Iob 5, 13; Ps 94, 11) queda rubricada la verdad de que los planteamientos exclusivamente humanos desembocan en el fracaso más rotundo.
Los cristianos son tanto más sabios cuanto más identifican sus deseos con los planes de Dios sobre cada uno; es decir, cuanto mayor visión sobrenatural ponen en su vida: Hemos de adquirir la medida divina de las cosas, no perdiendo nunca el punto de mira sobrenatural, y contando con que Jesús se vale también de nuestras miserias, para que resplandezca su gloria. Por eso, cuando sintáis serpentear en vuestra conciencia el amor propio, el cansancio, el desánimo, el peso de las pasiones, reaccionad prontamente y escuchad al Maestro, sin asustaros además ante la triste realidad de lo que cada uno somos; porque, mientras vivamos nos acompañarán siempre las debilidades personales (Amigos de Dios, n. 194).
I Corinthiens 3, 21-23
Consecuencia de la equivocada sabiduría de que San Pablo habla en los vv. anteriores, es el afán de los corintios de aferrarse a un maestro determinado. Olvidan que, en todo caso, los ministros están para servir a los fieles (v. 5). Todavía más, les dice el Apóstol: no sólo los maestros, sino que «todas las cosas son vuestras». Es una clara manifestación de la grandiosa dignidad del cristiano, que —al ser hijo adoptivo de Dios, hermano de Jesucristo— participa del Señorío universal de Cristo (cfr 1 Cor 15, 24-28), la creación entera le pertenece (cfr 2 Cor 6, 10) y sobre ella debe moverse con dominio, llamado a vivir en la libertad de la gloria de los hijos de Dios (cfr Rom 8, 21), ganada por Jesucristo (cfr Gal 4, 31). Las banderías y rencillas humanas surgidas entre los corintios suponen un olvido de todo esto, y, en consecuencia, un enorme empobrecimiento de su vocación. El cristiano sólo pertenece a Cristo. «Míos son los cielos y mía es la tierra —exclama San Juan de la Cruz—. Mías son las gentes, los justos son míos y míos los pecadores. Los ángeles son míos, y la Madre de Dios, y todas las cosas son mías. Y el mismo Dios es mío y para mí, porque Cristo es mío y todo para mí. ¿Pues qué pides y buscas, alma mía? Tuyo es todo esto, y todo es para ti. No te pongas en menos ni repares en migajas que se caen de la mesa de tu Padre» (Oración del alma enamorada).
A la vez, las palabras del Apóstol nos recuerdan el amor y respeto que el hombre ha de tener por las cosas creadas, entregadas a él por Dios (cfr Gaudium et spes, n. 37). El mundo no es malo —recuerda San Josemaría Escrivá—, porque ha salido de las manos de Dios, porque es criatura suya, porque Yaveh lo miró y vio que era bueno (cfr Gen 1, 7 y ss.). Somos los hombres los que lo hacemos malo y feo, con nuestros pecados y nuestras infidelidades (...). Necesita nuestra época devolver —a la materia y a las situaciones que parecen más vulgares— su noble y original sentido, ponerlas al servicio del Reino de Dios, espiritualizarlas, haciendo de ellas medio y ocasión de nuestro encuentro continuo con Jesucristo (...). Se comprende, hijos, que el Apóstol pudiera escribir: ‘todas las cosas son vuestras, vosotros sois de Cristo y Cristo es de Dios’ (1 Cor 3, 22-23). Se trata de un movimiento ascendente que el Espíritu Santo, difundido en nuestros corazones, quiere provocar en el mundo: desde la tierra, hasta la gloria del Señor (Conversaciones, nn. 114-115).
Chapitre n°4
I Corinthiens 4, 1-2
Las características que San Pablo señala aquí para todo apóstol —«ministros de Cristo», «administradores de los misterios de Dios»—, hacen que ese ministerio quede al margen y por encima de rencillas y discusiones banales.
«Ministros de Cristo», es decir, servidores suyos, a los cuales ha confiado sus bienes —su doctrina y sus sacramentos— de manera que los custodien con fidelidad y, actuando como mediadores, los administren, trasmitan, y «dispensen» a los demás hombres (cfr Comentario sobre 1 Cor, ad loc.). Como destaca San Pablo, la característica fundamental que se desea en todo siervo y administrador es la fidelidad: «Son administradores infieles los que al dispensar los divinos misterios no buscan la utilidad del pueblo, ni el honor de Cristo, ni la utilidad de sus miembros (...). Son fieles los que en todo buscan el honor de Dios y la utilidad de sus miembros» (Ibid., ad loc.).
El Magisterio de la Iglesia ha aplicado con mucha frecuencia estas palabras al sacerdocio cristiano: «El Apóstol de las Gentes compendia con frase lapidaria la grandeza, la dignidad y las funciones del sacerdocio cristiano, con estas palabras: Así han de considerarnos los hombres: ministros de Cristo y administradores de los misterios de Dios (1 Cor 4, 1). El sacerdote es ministro de Cristo: es, pues, el instrumento del que se sirve el Divino Redentor para continuar su obra redentora en toda su mundial universalidad y divina eficacia, para construir aquella obra admirable que transformó el mundo. Más aún: el sacerdote, como justamente suele decirse, es alter Christus, otro Cristo, puesto que lo representa en persona: Como el Padre me envió así os envío yo (Ioh 20, 21). Y además el sacerdote prolonga la misión de su Divino Maestro, dando gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad (Lc 2, 14) (...). El sacerdote ha sido constituido dispensador de los misterios de Dios (cfr 1 Cor 4, 1), en favor de estos miembros del Cuerpo místico de Jesucristo, al ser ministro ordinario de casi todos los sacramentos, que son como canales a través de los cuales fluye la gracia del Redentor en beneficio de todos los hombres. Así en cualquier momento importante de su vida, el cristiano encuentra a su lado al sacerdote que ejerce la potestad recibida de Dios y le comunica o le acrecienta aquella gracia, que es el principio sobrenatural de la vida celestial» (Pío XI, Ad catholici sacerdotii, 20-XII-1935).
I Corinthiens 4, 3-5
El ministro, el que está al servicio de alguien, es ciertamente responsable de sus actos. Pero ¿ante quién? ¿Quién puede juzgarlo? Evidentemente sólo su señor, quien le ha confiado este ministerio. De ahí que, por lo que se refiere al ministro de Cristo, San Pablo afirme rotundamente que sólo es el Señor quien le juzga, puesto que a Él es a quien sirve. Esta enseñanza es valida en primer lugar para los ministros en la Iglesia, luego también para todos los fieles, ya que todos deben servir a Dios con sus talentos. En consecuencia, no nos corresponde a nosotros juzgar a los demás, a no ser que por una razón especial de oficio estemos obligados a ello. Y en cualquier caso, el juicio que hacemos de los demás sólo es válido si es conforme al querer de Dios; otra cosa sería dar cabida al juicio temerario, de tan funestas consecuencias.
Incluso el juicio que hacemos de nosotros mismos —el examen de conciencia, que San Pablo parece insinuar al decir que en nada le remuerde la conciencia— ha de ser hecho a la luz de Dios. No es una mera introspección subjetiva, sino una revisión abierta ante Dios. Cabría decir que no responde a la pregunta: ¿qué opinión me merecen mis actos?, sino a esta otra: ¿qué opinión merecen a Dios? Así, no pretenderá el cristiano calificar su conducta, sino más bien acogerse al Señor, rico en misericordia. Y la conclusión de su examen nunca coincidirá con la del fariseo —«no soy como los demás hombres»— sino con la del publicano: «Oh Dios, ten compasión de mí que soy un pecador» (Lc 18, 11.13).
Al exponer ante sus fieles su propia experiencia, el Apóstol deja traslucir la grandeza de su alma de Pastor: no son simples consejos o recriminaciones; entrañablemente habla de lo que previamente ha vivido.
I Corinthiens 4, 6
La frase citada por el Apóstol —«no ir más allá de lo escrito»— se presta a diversas interpretaciones: podría tratarse de un proverbio, familiar entre los corintios, para indicar la necesidad de no ir más allá de lo seguro, que en este caso sería lo que estrictamente corresponde al ministerio apostólico, tal y como San Pablo lo ha descrito. «Lo escrito» también podría referirse a toda la Sagrada Escritura, o a las citas de la misma que ha hecho anteriormente (cfr 1, 19.31; 3, 19). En cualquier caso San Pablo viene a decir a los corintios de una forma delicada que son ellos, los mismos corintios, los únicos responsables —por su inmadurez y su soberbia— de los conflictos surgidos, al exaltar a un predicador y menospreciar al otro. Pablo y Apolo se han comportado como debían y, por tanto, no han sido causantes de las divisiones.
I Corinthiens 4, 7
El Apóstol vuelve a insistir en lo señalado anteriormente (cfr 1, 26-31): no tienen ningún motivo de gloria por su vocación, ya que les ha sido dada por Dios gratuitamente. «La humildad es andar en verdad —decía Santa Teresa—; que lo es muy grande no tener cosa buena de nosotros, sino la miseria y ser nada; y quien esto no entiende, anda en mentira» (Moradas, VI, cap. 10). De ahí que la actitud del alma humilde, ante los bienes que percibe en sí misma, sea de profundo agradecimiento por esos dones de Dios. Así comenta San Juan de Ávila este versículo: «Si tienes la gracia de Dios con que le agradas, y haces obras muy excelentes, no te gloríes en ti, sino en quien te la dio, que es Dios. Y si te glorías de usar bien de tu libre albedrío, o en consentir con él a los buenos movimientos de Dios y su gracia, tampoco te gloríes en ti, sino en Dios, que hizo que tú consintieses, incitándote y moviéndote suavemente, y dándote el mismo libre albedrío con que tú libremente consientas. Y si te quisieses gloriar de que, pudiendo resistir al buen movimiento e inspiración de Dios, no lo resistes, tampoco te debes gloriar, pues eso no es hacer, mas dejar de hacer; y aun esto también lo debes a Dios, que ayudándote a consentir en el bien, te ayudó para no resistirlo. Y cualquier buen uso de tu libre albedrío en lo que toca a tu salvación, dádiva es de Dios (...). Sea, pues, toda tu gloria en sólo Dios, de quien tienes todo el bien que tienes; y piensa que sin Él no tienes de tu cosecha sino nada, y vanidad y maldad» (Audi, filia, cap. 66).
I Corinthiens 4, 8-13
El v. 8 resume unas reflexiones irónicas sobre el engreimiento de aquellos cristianos; Santo Tomás lo comenta con estas palabras: «Aquí el Apóstol considera cuatro especies de soberbia: la primera, cuando uno considera que no viene de Dios aquello que tiene (...); la segunda, semejante a la anterior, cuando uno piensa que lo ha alcanzado sólo con sus propios méritos; la tercera cuando uno se jacta de tener lo que no tiene (...); la cuarta, cuando uno, despreciando a los demás, sólo quiere mirarse a sí mismo» (Comentario sobre 1 Cor, ad loc.).
Con especial fuerza describe el Apóstol las penalidades que con gozo soportan los que siguen a Cristo: como los condenados a muerte en la arena de los anfiteatros, sirven de espectáculo a todos. En otras ocasiones repetirá los sufrimientos del apóstol (cfr 2 Cor 6, 3-10; 11, 23-33; 2 Tim 3, 11).
Las últimas palabras, «la basura del mundo, el desecho de todos», pueden estar tomadas de una costumbre inhumana que existía en algunas ciudades griegas: ante una calamidad pública, un ciudadano se prestaba, a cambio de ser tratado espléndidamente durante un tiempo, a ser sacrificado a los dioses; el día de su sacrificio el pueblo tenía derecho a proferir sobre él toda clase de insultos y de inmundicia; era «el desecho de todos». Tras su sacrificio, pensaban que la ciudad quedaba libre de los conjuros maléficos.
Si las palabras aluden a ese rito, el fondo es mucho más profundo: Cristo con su Cruz ha redimido al mundo; el apóstol ha de seguir las huellas del Maestro, consciente de que por los sufrimientos «suple en su carne lo que falta a la Pasión de Cristo por su cuerpo que es la Iglesia» (Col 1, 24). Por eso, no hay atisbos de rebeldía, sino de reconocimiento de que, a la luz de la Cruz del Señor, se vislumbra el valor del sufrimiento: Yo te voy a decir —señala San Josemaría Escrivá— cuáles son los tesoros del hombre en la tierra para que no los desperdicies: hambre, sed, calor, frió, dolor, deshonra, pobreza, soledad, traición, calumnia, cárcel... (Camino, n. 194).
I Corinthiens 4, 14-16
San Pablo ostenta la paternidad espiritual de los corintios, porque los ha engendrado a la fe. Desde esta perspectiva sus reprensiones adquieren mayor gravedad y sentido: no tienen como objeto provocar una vergüenza estéril, sino un aliento para adquirir las virtudes necesarias y hacer crecer la Iglesia, que ha sido instituida como «comunidad de vida, de caridad y de verdad» (Lumen gentium, n. 9).
«Sed imitadores míos»; Cuando el Apóstol se presenta como modelo para los fieles (cfr 1 Cor 11, 1; 2 Thes 3, 7; Phil 3, 17; Gal 4, 12) hace referencia a los sufrimientos que su apostolado conlleva. También los cristianos han de saber soportar los padecimientos que pueden sobrevenir (1 Thes 1, 6-7; 2, 14). De esta forma, se ayudan mutuamente hasta alcanzar los mismos sentimientos de Cristo Jesús (Phil 2, 5) y cumplir el mandato de seguirle cargando cada uno con su cruz .(Mt 16, 24).
Los santos han comprendido y enseñado que seguir a Cristo de cerca, supone afrontar grandes sufrimientos: «Siempre hemos visto —dice Santa Teresa de Jesús— que los que más cercanos anduvieron a Cristo nuestro Señor fueron los de mayores trabajos. Miremos los que pasó su gloriosa Madre y los gloriosos Apóstoles. ¿Cómo pensáis que pudiera sufrir San Pablo tan grandísimos trabajos? (...). Ya lo veis, que no tuvo día de descanso, a lo que podemos entender; y tampoco le debía de tener de noche, pues en ella ganaba lo que había de comer» (Moradas, VII, cap. 4).
I Corinthiens 4, 17
Timoteo es uno de los colaboradores más leales y eficaces de San Pablo al que llama con frecuencia hijo suyo queridísimo (cfr 1 Tim 1, 2; 2 Tim 1, 2; 2, 1). A partir del segundo viaje misional del Apóstol, Timoteo le acompaña fielmente (cfr Act 16, 1 ss.), trabajando con él en la edificación de las iglesias cristianas que va fundando. Tras acompañar a San Pablo en su primera cautividad romana, será dejado por éste en Éfeso al frente de la comunidad cristiana allí establecida (cfr 1 Tim 1, 3). En su segunda cautividad en Roma San Pablo le reclamará con urgencia, para que le acompañe en esa etapa final de su vida (cfr 2 Tim 4, 9.12).
En este momento —recordemos que estamos en el tercer viaje misional—, de manera semejante a como había sido enviado a Tesalónica para confirmar la fe de los fieles dejados allí e informar después a San Pablo (cfr 1 Thes 3, 1-5), Timoteo es enviado a Corinto, donde había ayudado al Apóstol en su predicación (cfr Act 18, 5 ss.; 2 Cor 1, 19). Se trata de recordarles la doctrina de San Pablo, que es la de Cristo, tal y como es enseñada «en todas las iglesias» por los Apóstoles y sus colaboradores: es una clara manifestación de la unidad de doctrina que se vive desde el primer momento en las distintas comunidades cristianas que van surgiendo.