San Pablo compara el cuerpo mortal a un vestido, que a su vez ha de ser revestido en la vida eterna de gloria e inmortalidad. Este pensamiento hace que el Apóstol espere con ansia el momento de vivir junto al Señor. Años más tarde, escribiendo a los filipenses sobre este deseo suyo de estar con el Señor, les hablará de la tensión que experimenta en su alma, al considerar que sigue siendo necesario su trabajo de apóstol: «Me siento apremiado por ambas partes: por una anhelo la muerte para estar con Cristo, lo que es mejor para mí; por otro lado continuar viviendo, lo que juzgo más necesario para vosotros» (Phil 1, 23-24).
A la vez, San Pablo manifiesta la repugnancia natural del hombre ante la muerte, y cómo desearía no tener que morir —ser desnudado de su cuerpo (cfr vv. 3-4)—, de forma que ese revestimiento de inmortalidad se produjera sin necesidad de pasar por la muerte, porque la venida gloriosa de Cristo le encontrara vivo. Por otra parte, ante la posibilidad de vivir junto al Señor, San Pablo da por bien empleado el paso previo de que su alma salga del cuerpo (v. 8).
II Corinthiens 5, 3
La Neovulgata, siguiendo algunos manuscritos griegos, lee así este versículo: «Si de verdad, una vez que nos hayamos despojado, no nos encontraremos desnudos». Expresa la esperanza de San Pablo de que, una vez despojado de este cuerpo mortal, no se encontrará sin cuerpo alguno (desnudo), sino sobrevestido del cuerpo glorioso.
Los principales manuscritos griegos, sin embargo, así como muchas versiones antiguas, incluida la Vulgata, leen literalmente: «Si es que entonces nos encontráramos vestidos, y no desnudos».
II Corinthiens 5, 5
Vuelve a comparar el Apóstol al Espíritu Santo con las «arras» (cfr 1, 22). En este caso referido a nuestro destino eterno: el Espíritu Santo, que inhabita en el alma mediante la gracia (cfr 1 Cor 3, 16; 6, 19), constituye las arras, es decir, la garantía o el anticipo de la vida inmortal, porque así como intervino en la Resurrección de Cristo, así también nuestros cuerpos resucitarán por medio del Espíritu Santo (cfr Rom 8, 1).
«Dios primero ha creado al hombre para este fin (la gloria eterna) —explica San Juan Crisóstomo—. Ha seguido y confirmado su deseo regenerándonos en el bautismo. Y la prenda o fianza que nos ha dado de ello es de un precio inestimable, ya que es el mismo Espíritu Santo derramado en nuestras almas» (Hom. sobre 2 Cor, 10).
II Corinthiens 5, 6
San Alfonso María de Ligorio recuerda en relación con este versículo: «Esta tierra no es nuestra patria; estamos en ella como de paso, cual peregrinos (...). Nuestra patria es el cielo, que hay que merecer con la gracia de Dios y nuestras buenas acciones. Nuestra casa no es la que habitamos al presente, que nos sirve tan sólo de morada pasajera; nuestra casa es la eternidad» (Sermones abreviados, XVI).
Por otra parte, como el mismo San Pablo pone de manifiesto en otros lugares (cfr Act 16, 16-40; 22, 22-29; Rom 13, 1-7; 2 Thes 3, 6-13), este «destierro» no implica que el cristiano deba despreocuparse por la edificación de la ciudad terrestre y desinteresarse por lo que ocurre en este mundo, o estar ausente de los grandes problemas de los hombres. Al contrario: debe colaborar con todas sus fuerzas en construir un mundo cada vez más conforme a los planes divinos. En este sentido, el Conc. Vaticano II «exhorta a los cristianos, ciudadanos de la ciudad temporal y de la ciudad eterna, a cumplir con fidelidad sus deberes temporales, guiados siempre por el espíritu evangélico. Se equivocan los cristianos que, pretextando que no tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura (cfr Heb 13, 14), consideran que pueden descuidar las tareas temporales, sin darse cuenta de que la propia fe es un motivo que les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas, según la vocación personal de cada uno (cfr 2 Thes 3, 6-13; Eph 4, 28) (...). El cristiano que falta a sus obligaciones temporales, falta a sus deberes con el prójimo, falta, sobre todo, a sus obligaciones con Dios y pone en peligro su eterna salvación. Siguiendo el ejemplo de Cristo, que ejerció el artesanado, alégrense los cristianos de poder ejercer todas sus actividades temporales, haciendo una síntesis vital del esfuerzo humano familiar, profesional, científico o técnico, con los valores religiosos, bajo la altísima ordenación de los cuales todo coopera a la gloria de Dios» (Gaudium et spes, n. 43).
II Corinthiens 5, 7
San Pablo habla aquí de la fe como la luz que nos alumbra mientras caminamos en esta vida hacia la eterna. En la patria celestial, sin embargo, no necesitaremos de la luz de la fe, porque Dios mismo y Cristo serán nuestra luz (cfr Apc 21, 23).
II Corinthiens 5, 8-10
«Volver junto al Señor»: Las palabras del Apóstol ponen de manifiesto su firme convicción de que se encontrará con el Señor nada más morir.
En otros pasajes de la Sagrada Escritura se afirma esta misma verdad (cfr Lc 16, 22-23; 23, 43), que ha sido definida por el Magisterio de la Iglesia, señalando que las almas reciben el premio o castigo eternos inmediatamente después de su muerte, o de su paso previo por el purgatorio, en el caso de las almas que lo necesiten antes de pasar al Cielo (cfr Benedictus Deus).
Esta sentencia de premio o castigo —recibida en el juicio particular y ratificada en el juicio universal al final de los tiempos—, depende de los merecimientos del alma durante su vida en la tierra, ya que con la muerte termina el tiempo y la posibilidad de merecer. Con el pensamiento en ese juicio San Pablo nos exhorta a esforzarnos en esta vida por ser gratos al Señor. ¿No brilla en tu alma el deseo de que tu Padre-Dios se ponga contento cuando te tenga que juzgar? (Camino, n. 746).
II Corinthiens 5, 11-21
Tras exponer las pruebas y la paciencia que comporta el ministerio apostólico, y la esperanza en la Resurrección que ayuda a sostener esas pruebas (cfr 4, 7-5, 10), San Pablo explica el motivo fundamental de su actuación: el amor de Cristo (v. 14), que en la forma de expresarse del Apóstol puede entenderse tanto del amor de Cristo a los hombres, como de éstos a Cristo.
Al explicar ese amor, San Pablo hace un apretado resumen del contenido de la Redención: Dios ha reconciliado a los hombres con Él por medio de Jesucristo, que cargó sobre sí los pecados del mundo, y murió por todos los hombres, de manera que a éstos ya no les son imputados aquellos pecados. Además, Dios ha constituido a los Apóstoles en embajadores de Cristo para llevar a los hombres «la palabra de la reconciliación» (v. 19), exhortándoles a recobrar la amistad con Dios.
II Corinthiens 5, 11-12
Estos vv. sirven de unión con la sección anterior, que San Pablo terminaba hablando del juicio de Dios. Ahora aclara que su deseo al explicar su forma de actuar no es convencer a Dios, qua ya le conoce perfectamente, sino a los corintios. Con estas explicaciones no persigue su propia gloria, sino dar a los fieles de Corinto los argumentos necesarios para refutar a sus detractores: aquellos judaizantes que se gloriaban de lo exterior —posiblemente de su origen judío o de su trato con los Apóstoles (cfr caps. 10-12)— pero estaban faltos de obras auténticas.
El «temor del Señor» de que habla San Pablo no es un miedo servil, que empuja a trabajar por Dios ante el temor al castigo. Se trata de un don del Espíritu Santo, que impulsa a servir a Dios y a trabajar por Él, apartándose del pecado por ser algo que separa al hombre de su Padre Dios. Este don del Espíritu Santo hacía decir a Santa Teresa: «No podía haber muerte más recia para mí que pensar si tenía ofendido a Dios» (Libro de su vida, cap. 34, 9).
II Corinthiens 5, 13
Seguramente, sus enemigos acusaban a San Pablo de loco, porque no entendían su elevada doctrina, ni el entusiasmo con que la predicaba. Algo parecido le había sucedido al Señor (cfr Mc 3, 21; Ioh 10, 20), y volverá sucederle al Apóstol años más tarde (cfr Act 26, 24 ss.). No le importa a San Pablo que algunos le consideren loco —lo sufre por Dios—, ante «la locura» de su predicación (cfr 1 Cor 1, 18 ss.), o de su celo por las almas (cfr 2 Cor 11), ininteligibles con miras puramente humanas. No hagas caso —dice San Josemaría Escrivá—. —Siempre los ‘prudentes’ han llamado locuras a las obras de Dios. —¡Adelante, audacia! (Camino, n. 479).
Al hablar de su sensatez para con los corintios, es posible que San Pablo haga referencia a tantas explicaciones como tiene que darles sobre su modo de actuar.
II Corinthiens 5, 14-15
Con brevedad expone el Apóstol las consecuencias que la muerte de Cristo, sufrida por amor a los hombres, trae para éstos; en otros lugares de sus cartas se extiende en la misma doctrina (cfr Rom 6, 1-11; 14, 7-9; Gal 2, 19-20; 2 Tim 2, 11), estrechamente relacionada con la solidaridad existente entre Jesucristo y los hombres, miembros de su Cuerpo místico. Cristo, Cabeza de ese Cuerpo, ha muerto por todos sus miembros, que —místicamente— han muerto con Él y en Él al pecado. La muerte de Cristo es, además, el precio pagado por los hombres, como rescate y liberación de la esclavitud del pecado, del demonio y de la muerte. En consecuencia, ahora somos de Cristo, ya no nos pertenecemos (cfr 1 Cor 6, 19), y la vida nueva —en gracia y libertad— conseguida por Cristo ha de ser vivida por y para Él: «Pues ninguno de nosotros vive para sí mismo, ni ninguno muere para sí mismo; pues si vivimos, vivimos para el Señor; y si morimos, morimos para el Señor (...). Para esto murió y volvió a la vida Cristo, para dominar sobre muertos y vivos» (Rom 14, 7-9).
«¿Qué se sigue de esto? —comenta San Francisco de Sales—, Paréceme que oigo la voz del Apóstol como un trueno que exclama a las puertas de nuestro corazón: ‘Se ve claramente, cristianos, lo que Cristo ha deseado muriendo por nosotros. ¿Qué ha deseado sino que nos pareciésemos a Él? Para que —dice— los que viven ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos’. Muy fuerte es esta consecuencia en materia de amor. ‘Jesucristo murió por nosotros’, nos dio vida mediante su muerte; nosotros vivimos porque Él murió y Él murió para nosotros, a nosotros y en nosotros; nuestra vida ya no es nuestra, sino de Aquel que nos la adquirió con su muerte; ya no debemos vivir para nosotros, sino para Él; no en nosotros, sino en Él; no por nosotros, sino por Él» (Tratado del amor de Dios, lib. 7, cap. 8).
«La caridad de Cristo nos urge»; Así resume San Pablo el verdadero motor de su incansable actividad apostólica; el amor de Jesucristo, tan inmenso, que le arrastra a gastar su vida con urgencia en llevar ese mismo amor a todos los hombres. También a los demás cristianos el amor de Cristo debe impulsarnos a una decidida y urgente correspondencia, y ser un poderoso estímulo para los deseos de llevar a todas las almas la salvación ganada por Jesucristo. Nos urge la caridad de Cristo (cfr 2 Cor V, 14) —recuerda el Fundador del Opus Dei— para tomar sobre nuestros hombros una parte de esa tarea divina de rescatar las almas.
Mirad: la Redención, que quedó consumada cuando Jesús murió en la vergüenza y en la gloria de la Cruz, escándalo para los judíos, necedad para los gentiles (1 Cor I, 23), por voluntad de Dios continuará haciéndose hasta que llegue la hora del Señor. No es compatible vivir según el Corazón de Jesucristo, y no sentirse enviado, como Él, peccatores salvos facere (1 Tim I, 15), para salvar a todos los pecadores, convencidos de que nosotros mismos necesitamos confiar más cada día en la misericordia de Dios. De ahí el deseo vehemente de considerarnos corredentores con Cristo, de salvar con Él a todas las almas (Es Cristo que pasa, nn. 120 s.).
II Corinthiens 5, 16-17
Por conocer «según la carne», San Pablo parece referirse al conocimiento basado en las simples apariencias exteriores y consideraciones humanas. Así es como juzgaban sus enemigos judaizantes, y como él mismo había conocido al Señor antes de su conversión. No puede deducirse de estas palabras que San Pablo hubiera conocido personalmente a Jesucristo durante su vida terrena —a continuación afirma que ahora ya no le conoce así—, sino que antes le había juzgado con sus prejuicios fariseos: como un impostor y un falsario. Ahora, en cambio, le conoce como Dios y salvador de los hombres.
En el v. 17 extiende este mismo contraste entre el antes y el después de su conversión, a lo que sucede a los cristianos con el Bautismo. En efecto, el bautizado es, mediante la gracia, incorporado al Cuerpo de Cristo, vive y «está en Cristo»; es, por tanto, una nueva criatura (cfr p. ej. Gal 6, 15; Eph 2, 10.15 s.; Col 3, 9 s.); la Redención trae consigo como una nueva creación. Al comentar este pasaje, Santo Tomás recuerda que la creación es el paso de no ser a ser, y que en el orden sobrenatural, tras el pecado original, «fue necesaria una nueva creación, por la cual fueran producidas (criaturas) en el ser de la gracia; esto ciertamente es una creación de la nada, porque los que carecen de la gracia son nada (cfr 1 Cor 13, 2) (...). Dice Agustín: ‘Porque el pecado es la nada, y nada se hacen los hombres cuando pecan’» (Comentario sobre 2 Cor, ad loc.).
«Ha llegado lo nuevo»; San Juan Crisóstomo señala el cambio radical que ha supuesto la Encarnación de nuestro Señor Jesucristo, y la diferencia consecuente entre el judaísmo y el cristianismo: «En lugar de una Jerusalén terrestre, hay una Jerusalén descendida del cielo; en lugar de un templo material y sensible, un templo espiritual que no aparece a nuestras miradas; en lugar de tablas de piedra, depositarias de la ley divina, son nuestros propios cuerpos los que han venido a ser el santuario del Espíritu Santo; en lugar de la circuncisión, el Bautismo; en lugar del maná, el Cuerpo del Señor; en lugar del agua que brotó de la roca, la sangre que salió del costado de Jesucristo; la cruz del Salvador reemplaza la vara de Aarón y Moisés, y el Reino de los Cielos a la tierra prometida» (Hom. sobre 2 Cor, 11).
II Corinthiens 5, 18-21
La reconciliación de los hombres con Dios —cuya amistad habíamos perdido por el pecado original— ha sido realizada mediante la muerte de Jesucristo en la Cruz. En efecto, Jesús —semejante a los hombres en todo «excepto en el pecado» (Heb 4, 15)— cargó sobre sí los pecados de los hombres (cfr Is 53, 4-12) y se ofreció en la Cruz como sacrificio expiatorio por todos esos pecados (cfr 1 Pet 2, 22-25), reconciliando así a los hombres con Dios: de esta manera, mediante el sacrificio expiatorio de Cristo en la Cruz por nuestros pecados, vinimos a ser justicia de Dios en Él, es decir, fuimos justificados, hechos justos delante de Dios (cfr Rom 1, 17; 3,2 4-26 y notas correspondientes). La Iglesia recuerda esta realidad en la fórmula de la absolución sacramental: «Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección de su Hijo (...)».
El Señor ha confiado a los Apóstoles, para que lo hagan llegar a todos los hombres, ese ministerio de la reconciliación (v. 18), «la palabra de la reconciliación» (v. 19): en otros lugares del NT se la designa como «palabra de salvación» (Act 13, 26), «predicación de su gracia» (Act 14, 3; 20, 32), «palabra de vida» (1 Ioh 1, 1). Los Apóstoles han sido constituidos por tanto en embajadores del Señor ante los hombres, a los cuales San Pablo dirige —de parte de Cristo— una apremiante llamada: «Reconciliaos con Dios», es decir, aplicaos personalmente la reconciliación conseguida por Jesucristo, lo cual se realiza especialmente mediante los sacramentos del Bautismo y de la Penitencia. «El Señor Jesús instituyó en su Iglesia el sacramento de la Penitencia, para que quienes han cometido pecados después del Bautismo sean reconciliados con Dios, al que han ofendido, y con la Iglesia misma a la que han herido» (Juan Pablo II, Aperite portas, n. 5).
II Corinthiens 5, 21
«Lo hizo pecado»: Es evidente que en la mente de San Pablo no significa que Cristo fuera culpable de pecado; no utiliza el adjetivo «lo hizo pecador», sino el sustantivo «pecado». «Cristo no tuvo pecado alguno —dice San Agustín—; cargó con los pecados, pero no los cometió» (Enarrationes in Psalmos, 68, 1, 10).
Según el ritual de los sacrificios expiatorios (cfr Lev 4, 24; 5, 9; Num 19, 9; Mich 6, 7; Ps 40, 7) la palabra pecado, correspondiente al hebreo ‘ašam, significa la misma acción sacrificial o la víctima ofrecida. Por tanto el sentido de esta frase es «lo hizo víctima por el pecado» o «sacrificio por el pecado». Hay que tener en cuenta que, según las indicaciones del AT, nada impuro o defectuoso podía ofrecerse a Dios; la víctima no sustituye al pecador, sino que la ofrenda de un animal sin defecto obtenía de Dios el perdón del delito que se quería expiar. Siendo Jesucristo la víctima más perfecta ofrecida «por nosotros», nos alcanzó la expiación plena de todos los pecados. En la Carta a los Hebreos, al comparar el sacrificio de Cristo con el de los sacerdotes antiguos, se dice expresamente: «Y mientras todo sacerdote está de pie cada día oficiando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios que jamás pueden quitar los pecados, éste, después de ofrecer para siempre un solo sacrificio por los pecados, está sentado a la diestra de Dios, esperando, por lo demás, hasta que sus enemigos sean puestos como escabel de sus pies. Porque con una sola oblación ha perfeccionado para siempre a los santificados» (Heb 10, 11-14).
Por otra parte, en esta frase condensada resuena la doctrina sobre el sacrificio del Siervo de Yahwéh, profetizado por Isaías; en efecto, Cristo, cabeza del género humano, hace participes a los hombres de la gracia y gloria que alcanzó con sus padecimientos: «El precio de nuestra paz cayó sobre él y por sus llagas nos ha salvado» (Is 53, 5).
Jesucristo, cargando con nuestros pecados y ofreciéndose en la Cruz como sacrificio por ellos, lleva a cabo la Redención: es la muestra suprema tanto de la justicia de Dios —que exige una reparación adecuada a la ofensa—, como de su misericordia —por la que amó tanto al mundo, «que le entregó a su Hijo Unigénito» (Ioh 3, 16)—: «En la pasión y muerte de Cristo —en el hecho de que el Padre no perdonó la vida a su Hijo, sino que ‘lo hizo pecado por nosotros’— se expresa la justicia absoluta, porque Cristo sufre la pasión y la cruz a causa de los pecados de la humanidad —recuerda el Papa Juan Pablo II—. Esto es incluso una ‘sobreabundancia’ de la justicia, ya que los pecados del hombre son ‘compensados’ por el sacrificio del Hombre-Dios. Sin embargo, tal justicia, que es propiamente justicia ‘a medida’ de Dios, nace toda ella del amor: del amor del Padre y del Hijo, y fructifica toda ella en el amor. Precisamente por esto la justicia divina, revelada en la cruz de Cristo, es ‘a medida’ de Dios, porque nace del amor y se completa en el amor, generando frutos de salvación. La dimensión divina de la redención no se actúa solamente haciendo justicia del pecado, sino restituyendo al amor su fuerza creadora en el interior del hombre, gracias a la cual él tiene acceso de nuevo a la plenitud de vida y de santidad, que viene de Dios. De este modo, la redención comporta la revelación de la misericordia en su plenitud» (Redemptor hominis, n. 7).
Chapitre n°6
II Corinthiens 6, 1-10
San Pablo concluye la larga defensa de su ministerio apostólico (cfr 3, 1-6, 10) refiriéndose a que ha procurado comportarse en todo momento como digno ministro de Dios. Tras hacer una llamada al sentido de responsabilidad de los corintios, para que no sea inútil la gracia de Dios en ellos (vv. 1-2), describe brevemente las múltiples tribulaciones que por llevar a cabo ese ministerio tiene que sufrir. Ya antes había hecho alguna referencia a este tema (cfr 4, 7-12), que expondrá de nuevo más adelante (cfr 11, 23-33).
II Corinthiens 6, 1-2
Exhorta San Pablo a los fieles a no recibir en vano la gracia de Dios, cosa que sucedería tanto si no hacen fructificar la fe y la gracia primera recibidas con el Bautismo, como si no secundan las sucesivas gracias que Dios les va enviando. La llamada de atención del Apóstol sigue siendo válida para todos los cristianos: «Nosotros recibimos ‘en vano la gracia de Dios’ cuando la recibimos a la puerta del corazón sin permitirle la entrada —señala San Francisco de Sales—. La recibimos sin recibirla; la recibimos sin fruto, pues de nada sirve sentir la inspiración si no se consiente en ella. Y como el enfermo que, teniendo la medicina en sus manos, sólo toma una parte, tan sólo en parte recibirá los efectos; cuando Dios nos envía una inspiración grande y eficaz para que nos excitemos a su amor, si no la aprovechamos en toda su amplitud, nos aprovechará parcialmente» (Tratado del amor de Dios, lib. 2, cap. 11).
El Apóstol urge a hacer fructificar la gracia recibida señalando, con una cita del profeta Isaías (49, 8), que ha llegado el tiempo propicio, el día de la salvación. Sus palabras recuerdan la predicación del Señor en la sinagoga de Nazaret (cfr Lc 4, 16-21). El «tiempo favorable» durará hasta la venida gloriosa de Cristo al final de los tiempos —en la vida personal de cada uno, hasta el momento de la muerte—; hasta entonces, cada uno de los días es «día de la salvación»: Ecce nunc dies salutis, aquí está frente a nosotros, este día de salvación. La llamada del buen Pastor llega hasta nosotros: ego vocavi te nomine tuo (Is XLIII, 1), te he llamado a ti, por tu nombre. Hay que contestar —amor con amor se paga— diciendo: ecce ego quia vocasti me (1 Reg III, 5), me has llamado y aquí estoy (...). Me convertiré, me dirigiré de nuevo al Señor, queriéndole como Él desea ser querido (Es Cristo que pasa, n. 59).
II Corinthiens 6, 3
San Pablo había prevenido anteriormente a los corintios sobre los peligros del escándalo (cfr 1 Cor 8, 8-13). Si esta advertencia sirve para todos los cristianos, resulta más urgente si cabe para quienes desempeñan funciones de mayor responsabilidad dentro de la Iglesia. El Apóstol se sentía urgido por ese deber de vivir siempre como «ministro de Dios», con una conducta totalmente concorde con lo que predica, evitando todo lo que pudiera dar la menor ocasión a un mal entendido (cfr 1 Cor 9, 12; 10, 32 s.).
II Corinthiens 6, 4-10
El Apóstol describe en estos vv., de manera sucinta y esquemática, las exigencias que lleva consigo su deseo de mostrarse en todo como fiel ministro de Dios. Pueden distinguirse en esta breve descripción cuatro partes: en la primera habla de los sufrimientos que, con gran paciencia, ha soportado (vv. 4 s.); en la segunda, de las virtudes que le ayudan a vencer tan duras pruebas (vv. 6-7a); en la tercera, de las armas que utiliza en un combate que ha de desarrollar en circunstancias tan difíciles (vv. 7b-8a); finalmente, mediante una serie de antítesis, expone el contraste entre los juicios humanos sobre él y sus colaboradores, y la realidad (vv. 8b-10). Estas palabras del Apóstol —comenta San Josemaría Escrivá— deben llenaros de alegría, porque son como una canonización de vuestra vocación de cristianos corrientes, que vivís en medio del mundo, compartiendo con los demás hombres, vuestros iguales, afanes, trabajos y alegrías. Todo eso es camino divino. Lo que os pide el Señor es que, en todo momento, obréis como hijos y servidores suyos.
Pero esas circunstancias ordinarias de la vida serán camino divino, si de verdad nos convertimos, si nos entregamos. Porque San Pablo habla un lenguaje duro. Promete al cristiano una vida difícil, arriesgada, en perpetua tensión. ¡Cómo ha sido desfigurado el cristianismo, cuando ha querido hacerse de él una vía cómoda! Pero también es una desfiguración de la verdad pensar que esa vida honda y seria, que conoce vivamente todos los obstáculos de la existencia humana, sea una vida de angustia, de opresión o de temor.
El cristiano es realista, con un realismo sobrenatural y humano, que advierte todos los matices de la vida: el dolor y la alegría, el sufrimiento propio y el ajeno, la certeza y la perplejidad, la generosidad y la tendencia al egoísmo. El cristiano conoce todo y se enfrenta con todo, lleno de entereza humana y de la fortaleza que recibe de Dios (Es Cristo que pasa, n. 60).
II Corinthiens 6, 4-5
La paciencia, con la cual soporta el Apóstol todas sus tribulaciones, es una virtud necesaria para la vida del cristiano, que ayuda a soportar sin tristeza ni desaliento, con firmeza y reciedumbre, los padecimientos físicos o morales, llevándolos siempre con paz y serenidad. Decía Santa Teresa: «Nada te turbe, / Nada te espante, / Todo se pasa, / Dios no se muda, / La paciencia / Todo lo alcanza; / Quien a Dios tiene / Nada le falta: / Sólo Dios basta» (Poesías).
II Corinthiens 6, 6-7
La longanimidad es una virtud que da ánimos para tender a un bien muy lejano a nosotros, en cuanto que su consecución se hará esperar mucho tiempo, y ayuda a soportar esa tardanza sin tristeza. San Pablo la enumera entre los frutos del Espíritu Santo (cfr Gal 5, 22).
«En el Espíritu Santo»: Es decir, conducido en su actividad apostólica por el Espíritu Santo, que le ilumina en su predicación, y remueve los corazones de los que escuchan, preparándoles para aceptar el Evangelio.
De la «palabra de la verdad» ya ha hablado anteriormente a los corintios, señalando la sinceridad de su predicación, sin engaños ni adulaciones (cfr 2, 17; 4, 2). La acogida de ese mensaje no depende de la habilidad del predicador, sino del «poder de Dios» (cfr 1 Cor 2, 4 s.).