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II Timothée 2, 22-26

El pasaje incluye consejos valiosos para la labor pastoral, especialmente con quienes tienden a discutir todo y sembrar confusión entre los fieles. En líneas generales es una llamada a la paciencia y serenidad frente al error, para buscar el arrepentimiento y la rectificación, y evitar la ruptura, con el riesgo de pérdida definitiva de algunos miembros de la Iglesia.

San Juan Crisóstomo, en su homilía sobre este texto, exhorta a tener paciencia, aunque la reacción ante las correcciones y, en general, el fruto de la predicación o la enseñanza tarde en llegar: «Ocurre muy a menudo que con la continuidad en la enseñanza, las palabras penetran hasta el fondo del alma, como el arado en la tierra, y corta hasta la raíz la pasión que le impedía ser fértil. A fuerza de oír la palabra, se producirán sus efectos. No es posible que la palabra evangélica, continuamente escuchada, permanezca inactiva. Si uno no tiene esto en cuenta, podría sucederle que abandonara su esfuerzo en un momento de desánimo, y echara todo a perder» (Hom. sobre 2 Tim, ad loc.).

 

Chapitre n°3

 

II Timothée 3, 1-5

«Los últimos días»: En sentido estricto se refiere al tiempo inmediatamente anterior a la segunda venida del Señor; pero como el momento exacto no se nos ha revelado (cfr Mt 24, 3 ss.), puede considerarse que los últimos días abarcan el período entre la Encarnación (cfr Heb 1, 2) y la venida gloriosa del Señor. En ese período la humanidad sufrirá los vicios mencionados.

Se enumeran hasta dieciocho tipos de pecado. En otros lugares de las Cartas Pastorales (cfr 1 Tim 1, 9-10; 6, 4-5; Tit 3, 3; 2 Tim 3, 2-5) se hace más bien referencia a los vicios derivados de errores doctrinales; en cambio, los que aquí se mencionan son consecuencia del egoísmo, y revisten mayor gravedad porque niegan el fundamento del orden moral.

La moralidad de las acciones humanas se mide por su adecuación a la ley eterna de Dios, es decir, al orden fijado por el Creador, para que cada uno de los seres alcance su fin particular y el fin universal de la creación, que es la gloria de Dios. Cuando el hombre se deja arrastrar por sus pasiones y no respeta el orden querido por Dios, produce un grave daño a sí mismo y a la sociedad pues deja el camino abierto para todos los desordenes morales. El último que enumera el Apóstol es muy grave para la Iglesia: el de los hombres que se presentan como piadosos, aparentemente respetuosos con Dios y comprometidos en el servicio a los demás pero que están vacíos por dentro, desprovistos de la gracia y del amor a Dios.

 

II Timothée 3, 6-9

Entre los hombres cargados de vicios (vv. 2-5) resultan especialmente peligrosos los que se dedican a sembrar en todas partes doctrinas contrarias a la verdad y peligrosas para la fe. Se presentan como predicadores de novedades: disfrazados con una falsa erudición acaban corrompiendo a quienes los escuchan con una frívola curiosidad.

Yannes y Yambrés eran, según las tradiciones judías, los nombres de los magos egipcios que fueron llamados por el Faraón, para que imitaran con sus artes mágicas los prodigios que Moisés y Aarón realizaban en su presencia (cfr Ex 7, 11). Del mismo modo que éstos se opusieron a Moisés, los falsos doctores se oponen a la verdad del Evangelio, pero están destinados al fracaso, porque, como aquellos, sólo pueden oponer artimañas humanas a realidades sobrenaturales.

Esta sección está cargada de ironía: sólo llegan a convencer a pobres mujeres, débiles de voluntad y cortas de inteligencia; tienen la pretensión de hacer prodigios, pero quedan en ridículo, como aquellos magos egipcios. En definitiva, «no llegarán lejos» (v. 9); por tanto, Timoteo no tiene que dejarse llevar de ningún pesimismo; ante el mal y ante el error no cabe el apocamiento: A veces considero que unos pocos enemigos de Dios y de su Iglesia viven del miedo de muchos buenos, y me lleno de vergüenza (Surco, n. 115).

Una de las misiones más importantes de los pastores de la Iglesia es la de vigilar que no se difundan entre los fieles doctrinas que pueden ser perjudiciales para la fe. En este sentido, escribía San Ignacio de Antioquía a San Policarpo: «Que no te desconcierten aquellos que parecen dignos de toda confianza y, sin embargo, enseñan doctrinas extrañas. Mantente firme, como yunque golpeado por el martillo. A un gran atleta corresponde vencer a pesar de los golpes. Sopórtalo todo por Dios, para que también Él nos soporte. Sé todavía más diligente de lo que eres» (Carta a Policarpo, III, 1).

 

II Timothée 3, 10-13

En contraste con los que se oponían a las enseñanzas de San Pablo, Timoteo es alabado por su fidelidad, y ayudado con consejos prácticos para afrontar las dificultades.

Los retazos autobiográficos de San Pablo, bien conocidos de Timoteo, que era natural de Listra, sirven para animarle. Ya lo había advertido en la primera epístola que escribió (cfr 1 Thes 3, 2-3, y nota), y ahora lo recuerda: «Todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús serán perseguidos». Gracias al sufrimiento podemos participar en el triunfo de Cristo. «Cristo ha vencido definitivamente al mundo con su resurrección; sin embargo, gracias a su relación con la pasión y la muerte, ha vencido al mismo tiempo este mundo con su sufrimiento (...). A través de la resurrección manifiesta la fuerza victoriosa del sufrimiento, y quiere infundir la convicción de esta fuerza en el corazón de los que escogió como sus Apóstoles y de todos aquellos que continuamente elige y envía» (Salvifici doloris, n. 25).

 

II Timothée 3, 14-15

«Permanece firme en lo que has aprendido y creído»: Sabio consejo éste: que no abandone Timoteo la verdad que aprendió de labios de su madre y del Apóstol. «La naturaleza de la religión exige que todo sea transmitido a los hijos con la misma fidelidad con la cual ha sido recibido de los padres, y que, además, no nos es lícito llevar y traer la religión por donde nos parezca, sino que más bien somos nosotros los que tenemos que seguirla por donde ella nos conduzca» (Commomtorio, 5).

La meditación asidua de la Palabra de Dios y la reflexión acerca de las circunstancias de la vida a la luz de la fe, enriquecen y hacen profundizar en la verdad revelada; el sentido fundamental de las verdades de fe no cambia, porque Dios no se contradice a Sí mismo. El progreso de la teología consiste en profundizar en el conocimiento del contenido de la Revelación, y desarrollarlo de modo congruente con las necesidades y las aportaciones de los hombres en cada época y cultura. A este propósito escribía Pablo VI: «Insistíamos sobre la grave responsabilidad que nos incumbe, que compartimos con nuestros hermanos en el Episcopado, de guardar inalterable el contenido de la fe católica que el Señor confió a los Apóstoles: traducido a todos los lenguajes, este contenido no debe ser recortado ni mutilado. Por el contrario, revestido de símbolos propios de cada pueblo, explicitado por expresiones teológicas que tienen en cuenta los diversos medios culturales, sociales y raciales, el contenido de la fe católica debe seguir siendo tal y como el Magisterio eclesial lo ha recibido y lo transmite» (Evangelii nuntiandi, n. 65).

 

II Timothée 3, 16

Dada la concisión de la lengua griega, que omite con frecuencia el verbo copulativo ser, este versículo admite también la traducción siguiente: «Toda la Escritura inspirada por Dios es útil...». Conviene señalar que en el texto original los dos adjetivos inspirada y útil se refieren al sintagma ‘toda la Escritura’. Por tanto, aquí se afirma de manera explícita que todos los libros de la Biblia están inspirados por Dios y que, por esa razón, son muy útiles para la realización de los fines de la Iglesia. En efecto, los libros de la Sagrada Escritura gozan de una peculiar autoridad, porque «la revelación divina, contenida y expresada en los escritos de la Sagrada Escritura, fue consignada por inspiración del Espíritu Santo. La Santa Madre Iglesia, en virtud de la fe apostólica, considera sagrados y canónicos todos los libros íntegros del Antiguo y del Nuevo Testamento, con todas sus partes, porque, escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios por autor, y como tales han sido entregados a la Iglesia. Para componer los libros sagrados, Dios escogió y se sirvió de unos hombres que usaban todas sus facultades y talentos; de este modo, obrando Dios en ellos y por ellos, como verdaderos autores, pusieron por escrito todo y sólo lo que Dios quería. Por lo tanto, como se debe considerar que todo lo que los autores inspirados o hagiógrafos afirman es el Espíritu Santo quien lo ha afirmado, se ha de profesar también que los libros de la Escritura enseñan firmemente, con fidelidad y sin error la verdad que Dios, para nuestra salvación, quiso consignar en las Letras Sagradas» (Dei Verbum, n. 11).

Por eso, el uso de la Biblia es muy provechoso y conveniente en la predicación y la enseñanza, en la investigación teológica, y para el progreso espiritual propio y de otras personas. Tratando de la formación de los futuros sacerdotes, el Concilio Vaticano II recomienda: «Se debe formar a los alumnos, con una diligencia especial, en el estudio de la Sagrada Escritura, que debe ser como el alma de toda la teología» (Optatam totius, n. 16).

San Gregorio Magno resalta la utilidad que tiene «para enseñar»: «Quien se prepara para pronunciar una predicación verdadera, es preciso que tome de las Sagradas Escrituras los argumentos, para que todo lo que hable se fundamente en la autoridad divina» (Moralia, 18, 26). E insiste este Santo Padre en otro lugar: «¿Qué es la Sagrada Escritura sino una especie de carta de Dios omnipotente a su criatura?... Estudia, pues, por favor, y medita cada día las palabras de tu Creador. Aprende lo que es el corazón de Dios penetrando en las palabras de ese Dios, para que anheles con más ardor las realidades eternas y tu alma se encienda en deseos más vivos de los gozos celestiales» (Epistola ad Theodorum medicum, V, 31).

También sirve «para argumentar», como escribe San Jerónimo: «Lee muy a menudo las divinas escrituras, o, por decirlo mejor, que nunca la lectura sagrada se te caiga de las manos. Aprende lo que has de enseñar, mantén firme la palabra de fe que es conforme a la doctrina, para que puedas exhortar con doctrina sana y convencer a los contradictores» (Ad Nepotianum, 7).

 

II Timothée 3, 17

«Hombre de Dios»: Véase nota a 1 Tim 6, 11. Esta denominación expresa el fundamento de la dignidad del sacerdote. «La vocación de sacerdote aparece revestida de una dignidad y de una grandeza que nada en la tierra supera. Santa Catalina de Siena pone en boca de Jesucristo estas palabras: ‘no quiero que mengüe la reverencia que se debe profesar a los sacerdotes, porque la reverencia y el respeto que se les manifiesta, no se dirige a ellos, sino a Mí, en virtud de la Sangre que yo les he dado para que la administren. Si no fuera por esto, deberíais dedicarles la misma reverencia que a los seglares, y no más (...). No se les ha de ofender: ofendiéndolos, se me ofende a Mí, y no a ellos. Por eso lo he prohibido, y he dispuesto que no admito que sean tocados mis Cristos’ (El Diálogo, cap. 116).

Algunos se afanan por buscar, como dicen, la identidad del sacerdote. ¡Qué claras resultan esas palabras de la Santa de Siena! ¿Cuál es la identidad del sacerdote? La de Cristo (Sacerdote para la eternidad).

 

Chapitre n°4

 

II Timothée 4, 1

El último capítulo de la carta, que resume las ideas principales, viene a ser como el testamento de San Pablo: y, como tal, tiene a la vez el carácter solemne de los primeros versículos (vv. 1-5), la sinceridad de su vida entregada (vv. 6-8) y el tono entrañable de los encargos finales (vv. 9-22).

Comienza con una fórmula severa, que había empleado también en 1 Tim 5, 21, inspirada en los protocolos grecorromanos de sucesión, que obligaba a los herederos a cumplir la voluntad del testador: «Te conjuro», que se ha traducido por «te advierto seriamente». De ahí, los imperativos que vienen a continuación. La invocación de Dios Padre y de Jesucristo como testigos refuerza la solemnidad del requerimiento, reconociéndolos como garantes del compromiso que los herederos adquieren. El conjuro es un acto propio de la virtud de la religión, porque se reconoce a Dios como supremo Juez, ante quien rendiremos cuenta de nuestros actos.

«Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y muertos», es una expresión catequética y gráfica (cfr Act 10, 42; 1 Pet 4, 5), que expresa la verdad de fe de que todos los hombres sin excepción recibirán la sentencia definitiva del único y supremo Juez, Jesucristo. Esta fórmula ha pasado al «credo» o «símbolo de fe»; el Santo Padre Pablo VI la desarrolló, en una profesión solemne de fe, del modo siguiente: «Subió al Cielo y vendrá de nuevo, esta vez con gloria, para juzgar a vivos y muertos, a cada uno según sus méritos: quienes correspondieron al Amor y a la Piedad de Dios irán a la vida eterna; quienes los rechazaron hasta el fin, al fuego inextinguible» (Credo del Pueblo de Dios, n. 12).

 

II Timothée 4, 2

«Predica la palabra», es decir, el mensaje evangélico, que abarca las verdades que hay que creer, los mandamientos que hay que cumplir y los sacramentos y demás medios sobrenaturales que hay que frecuentar. En la vida de la Iglesia tiene particular importancia el ministerio de la palabra, como medio para hacer partícipes del Evangelio a todos los hombres, según el plan previsto por Dios; de modo especial los sacerdotes son urgidos a cumplirlo: «El Pueblo de Dios es reunido, en primer lugar, por la palabra de Dios vivo, que con absoluto derecho hay que esperar de la boca de los sacerdotes. Ya que no puede salvarse nadie que antes no haya creído, los Presbíteros, en cuanto colaboradores de los Obispos, tienen el deber primordial de predicar a todos el Evangelio de Dios para que, al cumplir el mandato del Señor —‘Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura’ (Mc 16, 15)— instauren y aumenten el Pueblo de Dios» (Presbyterorum ordinis, n. 4).

«Con ocasión y sin ella», es decir, también cuando las circunstancias sean adversas (v. 3), o parezca que los oyentes no están bien dispuestos para acoger el mensaje cristiano. Timoteo, y con él todos los ministros sagrados, deben portarse con los fieles de acuerdo con las exigencias de la doctrina y de la vida cristiana. En palabras de Mons. Álvaro del Portillo: «¿Qué quieren, qué esperan los hombres del sacerdote, ministro de Cristo, signo viviente de la presencia del Buen Pastor? Nos atrevemos a afirmar que necesitan, que desean y esperan, aunque muchas veces no razonen esa necesidad y esa esperanza, un sacerdote-sacerdote, un hombre que se desviva por ellos, por abrirles los horizontes del alma, que ejerza sin cesar su ministerio, que tenga un corazón grande, capaz de comprender y de querer a todos, aunque pueda a veces no verse correspondido; un hombre que dé con sencillez y alegría, oportunamente y aun inoportunamente, aquello que él sólo puede dar: la riqueza de gracia, de intimidad divina, que a través de él Dios quiere distribuir a los hombres» (Escritos sobre el sacerdocio, pp. 121-122).

 

II Timothée 4, 3-5

Con profundo dolor y con ironía, San Pablo desenmascara a quienes prefieren las apariencias a la verdad. Ya Cicerón repudiaba a ciertos griegos, artesanos de la palabrería, que procuraban halagar el oído aunque sus discursos fueran vacíos o erróneos. Pero tratándose de la doctrina cristiana, el daño que se puede causar a las almas es muy grave: No te asustes ni te asombres, ante la cerrazón de algunos. Nunca dejará de haber fatuos que esgriman, con alardes de cultura, el arma de su ignorancia (Surco, n. 934).

Frente a los discursos huecos, el Apóstol aconseja sobriedad en la enseñanza, perseverancia ante los contradictores y responsabilidad en el ejercicio del ministerio. También San Juan Crisóstomo exhortaba a la fidelidad en la presentación del mensaje evangélico: «Lo que hay que temer no es que se os maldiga, sino que aparezcáis envueltos en la misma hipocresía de los detractores. En este caso os volveríais insípidos y seríais pisoteados por la gente. Pero si presentáis con sobriedad la sal y por ello os maldicen, alegraos; porque ésa es la función de la sal, escocer y molestar a los corrompidos. Las maledicencias seguirán, pero no os perjudicarán, sino que serán prueba de vuestra firmeza» (Hom. sobre S. Mateo, 15, 7).

 

II Timothée 4, 6-8

Al contemplar la proximidad de su muerte, San Pablo expresa con rasgos líricos el balance de su vida entregada al Evangelio, el significado de la muerte y la esperanza del Cielo. Las imágenes ponen de manifiesto su propia experiencia y su fe profundamente vivida: la muerte es una ofrenda a Dios, semejante a las libaciones de aceite que se hacían sobre el altar de los sacrificios; es el inicio de un viaje, preparado con la minuciosidad de los marineros, levando anclas y desplegando velas, pues todo esto significa «el momento de mi partida».

La vida cristiana es como una magnífica competición contemplada y juzgada por Dios mismo. En Grecia los juegos atléticos estaban muy relacionados con el culto; San Pablo presenta la vida cristiana como un deporte sobrenatural: las «carreras» expresan el esfuerzo continuo por alcanzar la perfección (cfr Phil 3, 14); la preparación para la lucha atlética es imagen de la práctica de la mortificación (cfr 1 Cor 9, 26-27); el «combate» indica la lucha que se requiere para resistir al pecado, incluso aunque, en momentos de persecución, esto suponga perder la vida (cfr Heb 12, 4). Vale la pena participar en esta competición, pues, como observa San Juan Crisóstomo, «la corona que en ella se consigue no se marchita jamás. No está hecha con hojas de laurel, no nos la pone en la cabeza un hombre, no la hemos ganado ante un público de hombres, sino en un estadio abarrotado de ángeles. En las competiciones de la tierra uno lucha y se fatiga durante muchos días, y sus grandes esfuerzos son recompensados con una corona, que se marchita en menos de unas horas (...). No sucede aquí lo mismo, sino que la corona que se recibe es eternamente brillante, honorable y gloriosa» (Hom. sobre 2 Tim, ad loc.).

Esta visión esperanzada de la vida eterna no está reservada sólo para San Pablo, sino también «para todos los que desean con amor su venida», es decir para todos los cristianos que perseveran fieles: «Nosotros que conocemos los gozos eternos de la patria celestial —exhortaba San Gregorio Magno—, debemos darnos prisa para acercarnos a ella por el camino más corto» (In Evangelio homiliae, 1, 3).

 

II Timothée 4, 9-18

Los encargos, frecuentes en las cartas de San Pablo, adquieren aquí un tono entrañable, que deja traslucir su estado de ánimo a las puertas del martirio. Imita el ejemplo de Jesucristo: los amigos le abandonan (vv. 10-12.16), pero el Apóstol confía sólo en Dios (vv. 17.18); los enemigos le atacan con mayor crueldad, pero él perdona a todos (vv. 14.16); en medio de sus sufrimientos resplandece la glorificación de Dios (v. 18). Por otra parte, la mención de los distintos lugares —Tesalónica, Galacia, Dalmacia, Éfeso, Tróade, Corinto, Mileto— muestra con cuánta fuerza se agolpaban los recuerdos de los viajes y de las tierras donde quedó asentado el mensaje cristiano. Estos versículos son como una apretada síntesis biográfica.

La alusión nominal de tantos discípulos pone de manifiesto su grandeza de alma: con todos puso su empeño; unos fallaron, la mayoría permanecieron fieles; de algunos han conservado noticias el libro de los Hechos o las cartas, de otros sólo conocemos lo que aquí se dice. En cualquier caso, debían estar muy presentes en el corazón del Apóstol, que se hizo «todo para todos, para salvar de cualquier manera a algunos» (1 Cor 9, 22).

 

II Timothée 4, 10

Demas acompañó a San Pablo en su primera cautividad romana (cfr Col 4, 14; Philm 24). Pero ahora que el Apóstol esta próximo a morir, y en una prisión más dura que la primera, lo ha dejado solo.

Me hace temblar aquel pasaje de la segunda Epístola a Timoteo cuando el Apóstol se duele de que Demas escapó a Tesalónica tras los encantos de este mundo... Por una bagatela, y por miedo a las persecuciones, traicionó la empresa divina un hombre, a quien San Pablo cita en otras epístolas entre los santos.

Me hace temblar, al conocer mi pequeñez; y me lleva a exigirme fidelidad al Señor hasta en los sucesos que pueden parecer como indiferentes, porque, si no me sirven para unirme mas a Él, ¡no los quiero! (Surco, n. 343).

 

II Timothée 4, 13

La prenda de abrigo a que se alude era un manto amplio, redondo y sin mangas, que protegía, al mismo tiempo, del frío y de la lluvia «Los libros» eran probablemente documentos menos importantes que solían escribirse en hojas de papiro, mientras que los pergaminos se utilizaban para escritos más importantes como la Sagrada Escritura. No sabemos el contenido de estos libros, pero el encargo muestra la afición de San Pablo al estudio y a la lectura. Por otra parte, los detalles tan nimios que aquí se recogen abogan por la autenticidad paulina de esta carta.

 

II Timothée 4, 16-17

San Pablo destaca el contraste entre el comportamiento de los hombres y el de Dios. Frente a las complicaciones que pudieran surgir por acompañar o defender a San Pablo, algunos de sus amigos, e incluso de sus más íntimos, lo dejaron solo. En cambio Dios no lo abandonó.

Buscas la compañía de amigos que con su conversación y su afecto, con su trato, te hacen más llevadero el destierro de este mundo..., aunque los amigos a veces traicionan. —No me parece mal.

Pero...¿cómo no frecuentas cada día con mayor intensidad la compañía, la conversación con el Gran Amigo, que nunca traiciona? (Camino, n. 88).

 

II Timothée 4, 18

«El Señor me librará de todo mal»: Literalmente, «de toda obra mala». No se refiere a que Dios le librará del martirio que el Apóstol vislumbra inminente. Expresa su confianza en que Dios le mantendrá firme en toda tentación, y finalmente le concederá la salvación en el Cielo. La perseverancia final es una gracia que el hombre no puede merecer (cfr De iustificatione, cap. 13); también es una verdad de fe que para llegar al Cielo es imprescindible estar en gracia y amistad con Dios en el momento de la muerte (cfr Mt 24, 13).

 

II Timothée 4, 19-21

Los saludos finales son más íntimos que en otras cartas paulinas: la mención por sus nombres de tantos discípulos; las noticias minuciosas sobre algunos, como la enfermedad de Trófimo; el consejo de viajar antes del invierno, cuando la navegación se hace más peligrosa; etc. Todo ello refleja cómo San Pablo se entregó en cuerpo y alma a su apostolado, y con cuánto aprecio consideraba a cada uno de los que seguían a Cristo.

 

II Timothée 4, 22

«El Señor esté con tu espíritu»: Con esta primitiva fórmula de salutación se pide la protección, el socorro, la bendición y la eficacia divina. Aunque la fórmula puede ser un semitismo que equivale a «El Señor esté contigo», algunos Santos Padres interpretaron que, en este contexto, podría aludir a la gracia recibida en el Sacramento del Orden: en este sentido habría pasado a la liturgia, donde sólo los ministros ordenados (obispo, sacerdotes y diáconos) dirigen el saludo «El Señor esté con vosotros», y se les responde «Y con tu espíritu» (no: «Y contigo»). Según esto, San Pablo invoca el auxilio divino para que asista a Timoteo en su labor ministerial.

El sacerdote tiene especial responsabilidad dentro de la Iglesia, como recordaba San Ignacio de Antioquía en una carta dirigida a San Policarpo: «Preocúpate de la unidad, el mayor de todos los bienes. Lleva a todos sobre ti, como tú mismo eres llevado por el Señor. Soporta a todo el mundo con espíritu de caridad, como ya haces. Ora sin descanso; pide una sabiduría mayor que la que tienes; vela, y que tu espíritu no duerma nunca. Habla a cada uno en particular, siguiendo el ejemplo de Dios. Carga sobre ti, como atleta completo, las enfermedades de todos» (Carta a Policarpo, II, 1).


 

 

NOTAS a la Epístola a Tito (EUNSA)

 

 

Chapitre n°1

 

Tite 1, 1-4

El encabezamiento de la carta es particularmente largo y solemne. Contiene, como es habitual (cfr Rom 1, 1-2; 1 Cor 1, 1-3; etc.), el nombre del remitente: Pablo; el destinatario: Tito; y el saludo: «Gracia y paz». Pero en este caso, se destaca con particular fuerza el título de Apóstol y las prerrogativas de su autoridad, a la vez que se invoca el mandato de predicar, recibido de Dios (v. 3). A partir de estos datos algunos autores quieren deducir que la epístola habría sido escrita por un discípulo de San Pablo, que pondría de relieve las prerrogativas del Apóstol, para que el documento quedara más autorizado. Pero es más lógico suponer que cuando San Pablo escribe la carta está pensando en Tito, y también en la comunidad de Creta a la que falsos maestros comenzaban a perturbar; el tono solemne y oficial viene motivado por la gravedad de los errores y por la necesidad de dotar a aquella iglesia de una organización adecuada.

Se ofrece una explicación muy condensada de la misión apostólica: su origen es Dios mismo. Salvador universal (vv. 1.3); el Apóstol es mandatario y representante de Dios (v. 3); su finalidad es transmitir la palabra de Dios, que es verdadera, que reclama la piedad (v. 1) y conduce a la vida eterna (v. 2). Los destinatarios son los fieles, a quienes, engendrados en la fe (v. 1), hay que llevar al Cielo (v. 2).

 

Tite 1, 1

«Siervo de Dios»: Servir a Dios en el lenguaje bíblico es tributarle el culto debido. Sin abandonar este sentido básico, el servidor de Dios es el que cumple los encargos de su Señor. San Pablo, como los profetas del AT —que se sabían depositarios de una misión sagrada e ineludible (cfr Am 3, 7; Ier 7, 25)—, se sabe enviado por Dios y no puede dejar de cumplir su tarea.

«Para instruir a los elegidos de Dios en la fe»: Dios envía a sus apóstoles para que formen a los hombres en la fe, de modo que puedan conocer la verdad salvífica y contemplar las realidades naturales, que constituyen el entramado de su vida ordinaria, desde una perspectiva sobrenatural. El Magisterio reciente de la Iglesia ha insistido en que la evangelización comienza por enseñar las verdades fundamentales que nos han sido reveladas. «No es superfluo recordarlo: evangelizar es, ante todo, dar testimonio, de una manera sencilla y directa, de Dios revelado por Jesucristo mediante el Espíritu Santo. Testimoniar que ha amado al mundo en su Hijo; que en su Verbo Encarnado ha dado a todas las cosas el ser, y ha llamado a los hombres a la vida eterna» (Evangelii nuntiandi, n. 26).

La verdad, «que entraña nuestra religión»: Una traducción al pie de la letra sería: «La verdad que es conforme a la piedad». Pero la virtud de la piedad mencionada en este texto abarca sobre todo la apertura del corazón a Dios, la docilidad a sus mandatos y el reconocimiento de su divinidad; en una palabra, la religión. La piedad y la verdad están íntimamente relacionadas: para adquirir una piedad sólida y bien fundamentada es preciso tener un conocimiento exacto de la verdad. Santa Teresa de Jesús explicaba así, con su peculiar estilo, que para tener auténtica vida interior es necesario conocer la buena doctrina: «Espíritu que no vaya comenzado en verdad, yo más le querría sin oración; y es gran cosa letras, porque éstas nos enseñan a los que poco sabemos y nos dan luz, y llegados a verdades de la Sagrada Escritura, habernos lo que debemos. De devociones a bobas nos libre Dios» (Libro de su vida, cap. 13,16).

 

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