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I Pierre 3, 19-20

«En él», es decir, «en el espíritu». Se ha mantenido en la traducción la ambigüedad del texto original, para dejar abierta la posibilidad de entenderlo de acuerdo con las interpretaciones propuestas: según unos, Jesucristo fue a predicar a los espíritus cautivos «con su alma», separada de su cuerpo; otros consideran que fue «en su condición gloriosa», lo cual no se opone a que la resurrección propiamente dicha se realizara después.

De cualquier manera, estos versículos resultan una de las referencias claras del Nuevo Testamento al descenso del Señor a los infiernos (cfr también Mt 12, 38-41; Act 2, 24-36; Rom 10, 6-7; Eph 4, 8-9; Apc 1, 18). Jesucristo, tras morir en la Cruz, fue a llevar su mensaje de salvación «a los espíritus cautivos»: muchos Padres y comentaristas se inclinan a pesar que se trata de los justos del Antiguo Testamento que —no pudiendo entrar en el Cielo antes del cumplimiento de la Redención— estaban retenidos en el seno de Abrahán, también llamado limbo de los justos (cfr Catecismo Romano, I, 6, 1-6).

La alusión a los contemporáneos de Noé se explica, probable-mente, porque entre los judíos de aquella época eran considerados —junto con los habitantes de Sodoma y Gomorra (cfr Mt 24, 36-39; Lc 17, 26-30)— como el exponente máximo de pecadores inveterados. San Pedro enseñaría con esta referencia el alcance universal de la Redención: incluso los contemporáneos de Noé, si se arrepintieron, han podido alcanzar la salvación en virtud de los méritos de Jesucristo.

 

I Pierre 3, 21-22

Las aguas del diluvio son figura de las del Bautismo: como Noé y su familia se salvaron en el Arca a través de las aguas, ahora los hombres se salvan a través del Bautismo, por el que son incorporados a la Iglesia de Cristo.

«Pedir firmemente a Dios una conciencia buena, en virtud de la resurrección de Jesucristo»: El sentido obvio es que el cristiano pide la perseverancia en la buena conducta iniciada en el Bautismo. Ahora bien, el término griego traducido por «pedir», es un sustantivo poco común que incluye la idea de «compromiso». Es posible que haga referencia a algún aspecto del rito bautismal, por ejemplo, a la profesión de fe que el neófito hacía y se comprometía a guardar. O quizás aluda a un efecto permanente del Bautismo por el que el cristiano participa «de la resurrección de Jesucristo»: no sería extraño que San Pedro estuviera pensando en lo que más tarde se denominará «carácter sacramental». De hecho el contexto sugiere algo permanente e indeleble: como la salvación de Noé fue definitiva y ya no habrá nuevo diluvio, así es definitiva la condición del cristiano; y si por su Resurrección, Jesucristo ya no puede morir (cfr Rom 6, 3), tampoco el bautizado puede volver a su antigua condición de pecado.

El v. 22 es un brevísimo resumen de la glorificación de Jesucristo, quizá tomado de un himno bautismal. Tras su descenso a los infiernos, resucitó y subió a los Cielos, donde «está sentado a la diestra de Dios»: con esta expresión, habitual ya desde la primitiva catequesis cristiana (cfr, p. ej., Mt 22, 41-46; Mc 16, 19; Act 2, 33), se significa que el Señor, siendo igual al Padre en cuanto Dios, ocupa junto a Él el puesto de honor sobre todas las criaturas también en cuanto hombre. Este señorío universal de Cristo queda subrayado con la afirmación de que le están sometidos todos los seres celestiales (cfr Phil 2, 10; Eph 1, 21); la mención de tres clases de ángeles indica, por el valor simbólico del número tres, la totalidad de ellos.

 

Chapitre n°4

 

I Pierre 4, 1-6

Continúa el Apóstol sus enseñanzas, posiblemente según el modelo de la catequesis bautismal: los cristianos han de identificarse con Cristo, muerto y resucitado, pues han muerto con Él, para resucitar con Él (cfr Rom 6, 3); su comportamiento no puede ser como antes del Bautismo, aunque ello pueda acarrearles incomprensiones y calumnias. Deben tener presente que al final comparecerán ante el Juez de vivos y muertos, Jesucristo.

«Quien padeció en la carne ha roto con el pecado» (v. 1): Parece un proverbio jurídico, según el cual quien ha sufrido la pena de muerte ha pagado todas sus culpas (cfr Rom 6, 7). San Pedro lo habría acomodado, dándole un sentido teológico: el cristiano, al morir místicamente con Cristo en el Bautismo, ha quedado absuelto de sus pecados, y no tiene sentido vivir todavía en ellos (cfr Rom 6, 1 ss.; 1 Ioh 3, 9; 5, 18).

La nueva conducta de los fíeles es causa de tribulaciones provocadas por los paganos, sorprendidos ante su abandono de los vicios en que ellos siguen inmersos. Algunos de los pecados que se mencionan —poco frecuentes entre los judíos— y la referencia a los vituperios por parte de los gentiles, da pie a suponer que la carta estaba destinada de modo inmediato a cristianos provenientes en su mayoría del paganismo. La reacción de los paganos ante el comportamiento de los recién convertidos, que constituye un reproche moral para su vida pecaminosa, no es ninguna novedad: ¿por qué mató Caín a Abel?, se pregunta San Juan; y responde: «Porque sus obras eran malas, mientras que las de su hermano eran buenas» (1 Ioh 3, 12). Tal actitud se ha repetido siempre.

Con este motivo recuerda el Apóstol la proximidad del Juicio (cfr nota a 4, 7), que esclarecerá todas las cosas. El que «está pronto para juzgar a vivos y muertos» (v. 5) es Jesucristo; en otros muchos pasajes del Nuevo Testamento se dice «que vendrá a juzgar...» (cfr 5, 4; Act 10, 42; 2 Tim 4, 1): debía ser una fórmula habitual en la primera catequesis cristiana, que pasó al Símbolo Apostólico.

 

I Pierre 4, 6

«Fue anunciado el evangelio incluso a los muertos»: El texto resulta de difícil interpretación. Es posible que aluda al descenso del Señor al seno de Abrahán (cfr 3, 19-20). Puede pensarse, sin embargo, que se refiere a los cristianos que ya habían muerto sin ver en esta vida el triunfo final de Jesucristo: la predicación que recibieron del Evangelio y su vida conforme a él, motivo de sinsabores y condenas por parte de sus contemporáneos, no han sido inútiles.

En cualquier caso, San Pedro estaría hablando de los que han permanecido fieles a Dios, cuyo paso por esta tierra parece un desatino para quienes carecen de visión sobrenatural. Este pasaje evoca las palabras del libro de la Sabiduría: «La vida de los justos está en manos de Dios, por lo cual no les alcanzará el tormento. La gente necia pensaba que morían, consideraba su salida de este mundo como desgracia, y su partida de entre nosotros como destrucción, pero ellos viven en la paz. Aunque a juicio de los hombres sufrieran castigo, ellos esperaban plenamente la inmortalidad» (Sap 3, 1-4).

 

I Pierre 4, 7-11

«El fin de todas las cosas está cerca»: Con la Encarnación de Jesucristo han comenzado los últimos tiempos, que se extienden hasta el fin del mundo y el Juicio Final (cfr nota a 1 Ioh 2, 18). Por esta razón, la última etapa de este mundo «está cerca» o, como traducen algunos, «ha llegado ya».

Ante la inminencia del fin (cfr 4, 5), San Pedro urge la práctica de la oración, de la caridad —«mandamiento nuevo» de Cristo (cfr Ioh 13, 34-35)— y también de la hospitalidad, tan apreciada por los semitas y recomendada entre los cristianos (cfr p. ej., Rom 12, 13; 1 Tim 3, 2; 5, 10).

Tal actitud, que lleva a poner a disposición de los demás los dones recibidos de Dios, hará que «en todas las cosas Dios sea glorificado por Jesucristo». El pasaje termina con una doxología o himno de alabanza a Cristo; quizá era una fórmula de la liturgia primitiva, conocida por los primeros fieles. Como en otros lugares del Nuevo Testamento, la doxología no figura al final de la carta (cfr, p. ej., Rom 1, 25; 9, 5; Gal 1, 5; Eph 3, 21): de hecho, sólo hay tres epístolas que terminen con una doxología (Rom, Ids y 2 Pet). Por tanto, no significa que aquí concluyera el escrito inicialmente; puede indicar que San Pedro ha querido seguir hasta ahora el esquema habitual de una catequesis bautismal. Los temas que expone después, el estilo, y hasta el vocabulario utilizado, son razones que inclinan a pensar en un autor único.

 

I Pierre 4, 8

«El amor cubre la multitud de los pecados»: Esta cita del Antiguo Testamento (Prv 10, 12; cfr Iac 5, 20), puede entenderse tanto referida a los pecados ajenos —que la caridad comprende, perdona y disculpa— como a los propios. El Señor, tras enseñar a rezar en el Padrenuestro: «Perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores», añade: «Si perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre Celestial» (Mt 6, 12.14). Y al perdonar a la mujer pecadora dice: «Le son perdonados sus muchos pecados, porque ha amado mucho» (Lc 7, 47).

La Iglesia enseña que el amor a Dios —cuando es perfecto— obtiene el perdón de los pecados, aunque aclara que ese amor incluye el deseo de recibir el sacramento de la Penitencia, ya que no se puede amar a Dios sin querer lo que Él ha dispuesto: «Enseña además el Santo Concilio que, aun cuando alguna vez acontezca que esta contrición sea perfecta por la caridad, y reconcilie al hombre con Dios antes de que de hecho se reciba este sacramento, no debe atribuirse la reconciliación a la misma contrición sin el deseo del sacramento que en ella se incluye» (De Paenitentia, cap. 4).

 

I Pierre 4, 10-11

El cristiano recibe de Dios determinados carismas, es decir, gracias concedidas principalmente para utilidad de los demás: no puede guardarlas para sí mismo, sino que debe ejercitarlas en beneficio de los otros hombres.

Al hablar de la actuación apostólica de los fíeles, el Concilio Vaticano II recuerda que «el Espíritu Santo, que santifica al pueblo de Dios mediante el ministerio y los Sacramentos, entrega también a los fieles dones peculiares (cfr 1 Cor 12, 7), que ‘distribuye a cada uno según quiere’ (1 Cor 12, 11), para que ‘cada uno ponga al servicio de los demás el don que ha recibido’, de manera que sean ‘como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios’ (1 Pet 4, 10), para edificar todo el cuerpo en la caridad (cfr Eph 4, 16). De la recepción de estos carismas, incluso de los más sencillos, nace para cada uno de los creyentes el derecho y la obligación de ejercitarlos en la Iglesia y en el mundo para bien de los hombres y edificación de la Iglesia» (Apostolicam actuositatem, n. 3).

 

I Pierre 4, 12-19

Se vuelve al tema central de esta sección (3, 13-4, 19): los sufrimientos injustos que los cristianos padecen por seguir a Cristo (cfr 1, 6-7; 2, 18-25; 3, 13-17). No deben ser motivo de extrañeza ni de vergüenza, sino de alegría y glorificación a Dios: porque si participan de los padecimientos de Cristo también participarán de su gloria. San Juan de Ávila escribía: «Dios quiere abrir nuestros ojos, para considerar cuántas mercedes nos hace en lo que el mundo piensa que son desfavores, y cuan honrados somos en ser deshonrados por buscar la honra de Dios, y cuan alta honra nos está guardada por el abatimiento presente, y cuan blandos, amorosos y dulces brazos nos tiene Dios abiertos para recibir a los heridos en la guerra por Él, que sin duda exceden sin comparación en placer a toda la hiel que los trabajos aquí pueden dar» (Carta, 58).

Además, «el Espíritu de Dios» reposará sobre ellos (v. 14): el Señor había garantizado la especial asistencia del Espíritu Santo a los cristianos perseguidos y llevados a juicio por su fe (cfr Mt 10, 19-20); el Apóstol le llama aquí «Espíritu de la gloria», porque su inhabitación en el cristiano supone una garantía y anticipo de la gloria eterna que recibirá (cfr 2 Cor 1, 22).

Ante el inminente juicio divino —otro de los temas frecuentes en la carta— nadie puede presentarse seguro (vv. 17-18). Las duras advertencias del Apóstol recuerdan las de Jesús, camino del Calvario, a las mujeres de Jerusalén: «Si en el leño verde hacen esto, ¿qué se hará en el seco?» (Lc 23, 31). Sin embargo, es indudable que haber padecido por Cristo en esta vida ayuda a afrontar el juicio con mayor confianza (cfr Mt 5, 11-12; 10, 32).

 

I Pierre 4, 13

«A la perspectiva del Reino de Dios —enseña el Papa Juan Pablo II— va unida la esperanza de aquella gloria, cuyo comienzo está en la cruz de Cristo. La resurrección ha revelado esta gloria —la gloria escatológica— que en la cruz de Cristo estaba completamente ofuscada por la inmensidad del sufrimiento. Quienes participan en los sufrimientos de Cristo están también llamados, mediante sus propios sufrimientos, a tomar parte en la gloria» (Salvifici doloris, n. 22).

 

I Pierre 4, 16

Es uno de los tres lugares del Nuevo Testamento en que se designa a los discípulos de Cristo con el nombre de «cristianos» (cfr Act 11, 26; 26, 28). Como explica San Lucas en el libro de los Hechos, comenzaron a recibir ese nombre en Antioquía, capital de la provincia romana de Siria (cfr Act 11, 26).

Ser cristiano no puede convertirse nunca en motivo de vergüenza o de cobardía, sino de agradecimiento a Dios y de santo orgullo: Los cristianos amilanados —cohibidos o envidiosos— en su conducta, ante el libertinaje de los que no han acogido la Palabra de Dios, demostrarían tener un concepto miserable de nuestra fe. Si cumplimos de verdad la Ley de Cristo —si nos esforzamos por cumplirla, porque no siempre lo conseguiremos—, nos descubriremos dotados de esa maravillosa gallardía de espíritu, que no necesita ir a buscar en otro sitio el sentido de la más plena dignidad humana (Amigos de Dios, n. 38).

 

Chapitre n°5

 

I Pierre 5, 1-4

En muchos escritos del Nuevo Testamento los términos griegos presbýteros y epíscopos parecen equivalentes, utilizándose indistintamente para designar a los pastores de las comunidades locales (cfr, p. ej., Act 11, 30; 20, 28; y notas correspondientes). Desde el siglo II la terminología queda fijada: los epíscopoi (obispos) poseen la plenitud del sacramento del orden y gobiernan las iglesias locales; los presbýteroi (presbíteros) desempeñan el ministerio sacerdotal como colaboradores de sus obispos. Los Hechos de los Apóstoles nos dan noticia de que Pablo y Bernabé ordenaron presbíteros en diversas iglesias de Asia Menor (cfr Act 14, 23), a las que San Pedro escribe (1 Pet 1, 1).

El Príncipe de los Apóstoles se dirige a ellos con solemnidad. Aunque se presenta como uno más —literalmente: «copresbítero»—, se distingue porque es un testigo cualificado de los sufrimientos del Señor y «partícipe de la gloria que ha de manifestarse», aludiendo quizá a la Transfiguración, donde ya había gozado de un anticipo de esa gloria (cfr Mt 17, 1 ss.; 2 Pet 1, 16-18).

Las exhortaciones de San Pedro (vv. 2-3) recuerdan las del Señor hablando del Buen Pastor (Ioh 10, 1 ss.), y las que le dirigió tras su Resurrección: «Apacienta mis corderos... Apacienta mis ovejas» (Ioh 21, 15-17). El Magisterio de la Iglesia se ha inspirado con frecuencia en estas palabras, al recordar la misión de los pastores: «Deben cuidar como padres en Cristo a los fieles que han engendrado espiritualmente por el bautismo y por la doctrina (cfr 1 Cor 4, 15; 1 Pet 1, 23). Mostrándose gustosamente como modelos de su grey (cfr 1 Pet 5, 3), deben presidir y servir a su comunidad local de tal modo que ésta pueda llevar dignamente el nombre con el que se honra el único y total Pueblo de Dios: Iglesia de Dios (cfr 1 Cor 1, 2; 2 Cor 1, 1; y passim). Deben tener presente que han de mostrar la imagen de un ministerio verdaderamente sacerdotal y pastoral con su comportamiento diario y con la solicitud por los fieles y por los infieles, por los católicos y por los no católicos, y que a todos deben dar testimonio de la verdad y de la vida y buscar también, como buenos pastores (cfr Lc 15, 4-7), a aquellos que, estando bautizados en la Iglesia Católica, se han apartado de los sacramentos e incluso de la fe» (Lumen gentium, n. 28; cfr n. 41).

Si se comportan así, no tendrán nada que temer en el Juicio (v. 4): el Señor aparecerá para ellos como «el Pastor supremo» a quien han procurado imitar en sus desvelos por la grey, y recibirán «la corona de la gloria que no se marchita» (cfr nota a Iac 1, 12). Cuando llegue el momento de presentarse ante Dios, Jesucristo irá a su encuentro, para glorificar eternamente a quienes, en el tiempo, actuaron en su nombre y en su Persona, derramando con generosidad la gracia de la que eran administradores (Sacerdote para la eternidad).

 

I Pierre 5, 3

El pastor de almas, enseña San Gregorio Magno, «debe ser siempre el primero en obrar, para mostrar con su ejemplo a los súbditos el camino de la vida, y para que la grey que sigue la voz y costumbres del pastor camine guiada por los ejemplos más bien que por las palabras; pues quien, por deber de su puesto, tiene que decir cosas grandes, por el mismo deber viene obligado a mostrarlas; que más agradablemente penetra en los corazones de los oyentes la palabra que lleva el aval de la vida de quien, al mandar, ayuda con su ejemplo a que se cumpla el mandato» (Regla pastoral, II, 3).

 

I Pierre 5, 5-11

El Apóstol termina sus exhortaciones con una llamada a la humildad, que debe manifestarse en la docilidad ante las tribulaciones que Dios permite, abandonándose con total confianza en Él (vv. 6-7). Esta última recomendación aparece con frecuencia en la Escritura; «Descarga tu cuidado en Yahwéh y Él te sustentará» (Ps 55, 23); Jesús enseña también a poner la confianza en la Providencia paternal de Dios (cfr Mt 6, 19-34). «Así cuidas de cada uno de nosotros —exclama San Agustín— como si no tuvieras a otros que cuidar» (Confesiones, III, 11, 19).

Pero el abandono en Dios no supone dejadez, y San Pedro recuerda la necesidad de estar vigilantes contra los asaltos del diablo, atento al menor descuido para lanzarse sobre nosotros (v. 8).

La figura del diablo —nombre que etimológicamente significa calumniador, detractor (cfr Apc 12, 9-10)— como un león que ronda furioso «buscando a quién devorar», ha sido recordada con frecuencia por los Santos: «Anda alrededor de cada uno de nosotros —dice San Cipriano—, como un enemigo que tiene sitiada una plaza y explora las murallas y examina si hay alguna parte débil y poco segura por donde penetrar» (De zelo et livore, 2).

Los cristianos, «firmes en la fe», resistirán todos los ataques del enemigo. Las tribulaciones que han de padecer (cfr 1, 6-7; 4, 13; 5, 1-4) suponen un medio necesario de purificación y una garantía de la gloria que Dios les dará: «Porque la leve tribulación de un instante se convierte para nosotros, incomparablemente, en una gloria eterna y consistente» (2 Cor 4, 17). «Es tanto el bien que espero, que toda pena es para mí un placer» (San Francisco de Asís, en Consideraciones sobre las llagas, cons. 1).

 

I Pierre 5, 5

«Los jóvenes»: Resulta difícil precisar si se dirige sin más a los de esa edad, o a los fieles cristianos que no son presbíteros (este término literalmente significa «ancianos»).

«Dios resiste a los soberbios, y a los humildes da su gracia»: Es una cita del libro de los Proverbios (3, 34, según la versión griega de los Setenta; cfr Iac 4, 6 y nota correspondiente), que resume una idea constante en el Antiguo Testamento (cfr, p. ej., Iob 12, 19; Ps 18, 88; 31, 24) y en las enseñanzas de Jesucristo (cfr, p. ej.. Lc 14, 11). La Virgen Santísima proclama esta verdad en el Magnificat: «Derribó a los poderosos de su trono y ensalzó a los humildes» (Lc 1, 52).

La humildad «es la fuente y el fundamento de toda clase de virtudes, enseña el Santo Cura de Ars; es la puerta por la cual pasan las gracias que Dios nos otorga; ella es la que sazona todos nuestros actos, comunicándoles tanto valor, y haciendo que resulten tan agradables a Dios. Finalmente, ella nos constituye dueños del corazón de Dios, hasta hacer de Él, por decirlo así, nuestro servidor; pues nunca ha podido Dios resistir a un corazón humilde» (Sermones escogidos, Décimo domingo después de Pentecostés).

 

I Pierre 5, 8

Por tercera vez, San Pedro exhorta a los cristianos a la sobriedad: antes se ha referido a su importancia para poner la esperanza en los bienes celestiales (1, 13), y «para poder rezar» (4, 7). Ahora insiste en su necesidad para estar vigilantes ante las asechanzas del diablo.

El hombre debe utilizar los bienes de este mundo con mesura y templanza, para no vivir atrapado por ellos, olvidando así su destino eterno: Despégate de los bienes del mundo. —Ama y practica la pobreza de espíritu: conténtate con lo que basta para pasar la vida sobria y templadamente.

—Si no, nunca serás apóstol (Camino, n. 631).

 

I Pierre 5, 12

Silvano, llamado Silas en los Hechos de los Apóstoles (Act 15, 22), había acompañado a San Pablo en su segundo viaje apostólico por Asia Menor y Grecia (cfr Act 15, 3 6-18, 22): era por tanto bien conocido por los fieles a quienes se dirige la carta.

De la escueta referencia que hace San Pedro, no podemos deducir con seguridad si Silvano fue sencillamente el portador de la epístola, o actuó como amanuense que escribió al dictado del Apóstol, o como redactor de las ideas que éste le fue dando (en relación con este tema, cfr la Introducción a la carta).

 

I Pierre 5, 13

«Babilonia»: Es una manera figurada de designar a Roma, prototipo de ciudad idólatra y mundana en aquella época. Babilonia lo había sido algunos siglos antes, y los Profetas le dirigieron duros reproches y amenazas (cfr p. ej., Is 13; 47; Ier 50-51). En el libro del Apocalipsis también se designa a Roma con ese nombre (cfr p. ej., Apc 17-18).

Marcos es el autor del segundo Evangelio. La tradición le atribuye el oficio de intérprete de San Pedro en Roma. El Apóstol le da el título de hijo, no en el sentido físico, sino espiritual, indicando una antigua relación entrañable (cfr Sagrada Biblia, Santos Evangelios, pp. 459-461).

 

I Pierre 5, 14

«El ósculo de la caridad»: También San Pablo, al final de algunas de sus cartas, hace referencia al «ósculo santo» (cfr Rom 16, 16; 1 Cor 16, 20; 2 Cor 13, 12; 1 Thes 5, 26), señal de la caridad sobrenatural y de la unión en la misma fe. Con este sentido pasó a la liturgia eucarística más antigua (cfr nota a 1 Cor 16, 20).

El saludo final, «la paz sea con todos vosotros», es semejante al que utiliza San Pablo en muchas de sus cartas; la Iglesia lo ha recogido desde la primera época para las celebraciones litúrgicas. San Cirilo de Jerusalén, por ejemplo, termina así su catequesis bautismal: «Que el Dios de la paz os santifique totalmente y que vuestro cuerpo y vuestro espíritu se mantengan intactos hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén» (Catequesis Mistagógicas, V, 23).


 

 

NOTAS a la Segunda Epístola de San Pedro (EUNSA)

 

 

Chapitre n°1

 

II Pierre 1, 1-2

El saludo, semejante al de otros escritos del Nuevo Testamento y al de las cartas profanas de la época, contiene el nombre del remitente, el de los destinatarios y el saludo propiamente dicho.

«Simón»: El texto original griego dice Simeón, empleando la forma hebrea del mismo nombre (cfr Act 15, 14). A éste añade el de «Pedro», que el Señor había impuesto al Príncipe de los Apóstoles (cfr Ioh 1, 42).

Los destinatarios inmediatos de la carta posiblemente fueran los fieles de las comunidades de Grecia o Asia Menor (cfr la Introducción a la carta).

El saludo contiene los dos términos habituales, «gracia y paz» (cfr 1 Pet 1, 2 y nota), que resumen los bienes del cristiano. El correcto «conocimiento de Dios y de Jesús» es un punto de referencia frecuente en la epístola (cfr 1, 1.8; 2, 20; 3, 18). No se trata de un conocimiento meramente intelectual o científico, sino del que lleva consigo un trato constante con el Señor y un comportamiento coherente (cfr 1, 5-7). El autor hace hincapié desde el principio en este punto, porque quiere prevenir de enseñanzas falsas que enturbian la rectitud de la fe.

«La justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo»: Podría referirse a Dios Padre y a Jesús; pero, puesto que el texto griego únicamente aduce un artículo, es probable que sea un título de Jesucristo, a quien se le llama «Dios y Salvador», del mismo modo que en otros lugares se le denomina «Señor y Salvador» (1, 11; 2, 20; 3, 2.18). La divinidad de Jesucristo, proclamada en tantos textos del Nuevo Testamento, es abiertamente confesada en el inicio de la carta.

 

II Pierre 1, 3-21

Esta primera parte de la epístola es una exhortación a mantenerse firmes en la fe y crecer en la vida cristiana. En primer lugar, se anima al empeño en la virtud con una argumentación sencilla y profunda a la vez (vv. 3-11): Dios, con su poder, ha elegido a los Apóstoles y les ha concedido gracias admirables de las que participan todos los fieles (vv. 3-4); a esa iniciativa divina hay que responder con la práctica de las virtudes, para alcanzar la meta y la plenitud a que el cristiano ha sido llamado (vv. 5-11).

A continuación (vv. 12-21) se recuerda que la esperanza en la parusía —la venida gloriosa de Jesucristo— está garantizada y pertenece al depósito de la fe: la Transfiguración del Señor fue un anticipo de su última venida (vv. 16-18); muchas profecías la han anunciado y nadie puede abrogarse el derecho de contradecirlas (vv. 19-21). Por tanto, la venida última del Señor es muy cierta y mantiene viva nuestra esperanza.

 

II Pierre 1, 3-4

En estos versículos se repite tres veces el mismo pronombre: «nos ha concedido... nos ha llamado... nos ha hecho merced...»: aunque podría incluir a todos los cristianos, es más probable que se refiera sólo a los Apóstoles.

El fundamento de la moral cristiana y de la práctica de las virtudes (vv. 5-9) es la iniciativa divina, que llama a los Apóstoles (v. 3) y les concede las gracias suficientes (v. 4) para que todos los cristianos seamos «partícipes de la naturaleza divina».

«Su divino poder»: Normalmente en la Biblia la llamada se atribuye a Dios Padre (cfr, p. ej., 1 Pet 1, 15; 2, 9; 5, 10); al subrayar aquí que es Jesucristo quien llama «por su propia gloria y potestad», se confiesa claramente su divinidad.

«Los preciosos y más grandes bienes prometidos» son las promesas hechas en el Antiguo Testamento, especialmente las que se refieren a la venida del Mesías y Salvador. En efecto, Jesucristo lleva a cabo la Redención, por la cual alcanza para todos los hombres los bienes sobrenaturales de los que hablaron los profetas.

«Partícipes de la naturaleza divina»: En esta breve fórmula se resumen los frutos que esos preciosos bienes —en especial, la gracia— producen en los cristianos. Esa participación es, al mismo tiempo, el inicio y la meta definitiva de la vida cristiana. Inicio, en cuanto que es incorporación a Cristo mediante el Bautismo, y lleva consigo —a través de la gracia y la filiación divina adoptiva— el participar de la misma vida de Dios. Meta definitiva, en cuanto que esa participación llegará a su plenitud y se perfeccionará definitivamente en el Cielo, al contemplar a Dios «tal cual es» (1 Ioh 3, 2; cfr nota correspondiente). De todos modos, la Santísima Trinidad inhabita —ya en esta vida— en el alma en gracia (cfr p. ej., Ioh 14, 17-23; 1 Cor 3, 16; 6, 19; y notas correspondientes). La fe nos dice que el hombre, en estado de gracia, está endiosado» (Es Cristo que pasa, n. 103).

La participación de la naturaleza divina es una nota fundamental de la vocación cristiana. El Papa Pío XII recuerda esta maravillosa realidad, estrechamente unida al misterio de la Encamación: «Si el Verbo ‘se anonadó a sí mismo tomando la forma de esclavo’ (Phil 2, 7), lo hizo para hacer partícipes de la naturaleza divina a sus hermanos según la carne (cfr 2 Pet 1, 4), tanto en este destierro por medio de la gracia santificante, cuanto en la patria celestial por la eterna bienaventuranza. Por esto el Hijo Unigénito del Eterno Padre quiso hacerse hombre, para que nosotros fuéramos conformes a la imagen del Hijo de Dios (cfr Rom 8, 29) y nos renovásemos según la imagen de Aquél que nos creó (cfr Col 3, 10)» (Mystici Corporis, n. 20).

Sobre la participación del cristiano en la naturaleza divina, véanse también las notas a Rom 8, 14-15 y Gal 4, 6.

 

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