El hombre «debe tener por bueno y honrar a su propio cuerpo, como criatura de Dios que ha de resucitar en el último día (...). La propia dignidad humana pide, pues, que glorifique a Dios en su cuerpo (cfr 1 Cor 6, 13-20) y no permita que lo esclavicen las inclinaciones depravadas de su corazón» (Gaudium et spes, n. 14). Además, en los bautizados, se añade una nueva dignidad: nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo (cfr 1 Cor 6, 19-20).
«Impureza»: La palabra del texto original, en el griego más clásico, habría que traducirla por «fornicación»; pero ya en tiempos de San Pablo servía para designar cualquier satisfacción sexual fuera del matrimonio o al margen de sus fines. De otra parte, la palabra que hemos traducido por «cuerpo» significa literalmente «vaso», y puede referirse tanto al «cuerpo» como a la propia «mujer». En el segundo supuesto habría que interpretar este pasaje como una exhortación a la fidelidad conyugal y a la rectitud en las relaciones matrimoniales. En cualquier caso, el texto sagrado enseña que la santidad a la que Dios nos llama exige mantener el dominio del propio cuerpo en santidad y honor, lo cual supone una recta ordenación del cuerpo y de todas sus funciones según lo establecido por Dios. El Señor de la vida ha confiado a los hombres la misión de conservarla y transmitirla de modo digno del hombre. «La índole sexual del hombre y la facultad generativa superan admirablemente lo que de esto existe en los grados inferiores de vida; por tanto, los mismos actos propios de la vida conyugal, ordenados según la genuina dignidad humana, deben ser respetados con gran reverencia» (Gaudium et spes, n. 51).
Por eso —comenta San Josemaría Escrivá—, al recordaros ahora que el cristiano ha de guardar una castidad perfecta, me estoy refiriendo a todos: a los solteros, que han de atenerse a una completa continencia; y a los casados, que viven castamente cumpliendo las obligaciones propias de su estado. Con el espíritu de Dios, la castidad no resulta un peso molesto y humillante. Es una afirmación gozosa: el querer, el dominio, el vencimiento, no lo da la carne ni viene del instinto; procede de la voluntad, sobre todo si está unida a la voluntad del Señor. Para ser castos —y no simplemente continentes u honestos—, hemos de someter las pasiones a la razón, pero por un motivo alto, por un impulso de Amor (Amigos de Dios, n. 177).
A las razones aducidas para vivir la virtud de la castidad, añade el Apóstol el castigo de Dios a los transgresores en esta materia. «Estos crímenes que comentamos —dice San Juan Crisóstomo— no quedarán ni mucho menos impunes. El deleite que nos producen causa menos encantos que dolores traerán consigo los sufrimientos con que serán castigados» (Hom. sobre 1 Thes, ad loc.).
I Thessaloniciens 4, 9-10
«El mandamiento supremo de la ley es amar a Dios de todo corazón y al prójimo como a sí mismo (cfr Mt 22, 37-40). Ahora bien. Cristo hizo suyo este mandamiento de la caridad hacia el prójimo y lo enriqueció con nuevo sentido, al querer identificarse con los hermanos como objeto de la caridad cuando dijo: ‘Cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis’ (Mt 25, 40). Asumiendo la naturaleza humana, unió a sí como familia a todo el género humano con una cierta solidaridad sobrenatural, e hizo de la caridad el distintivo de sus discípulos con estas palabras: ‘En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor entre vosotros’ (Ioh 13, 35). Así como en sus comienzos la Iglesia santa, juntando el ágape a la Cena Eucarística, se manifestaba toda unida en torno a Cristo por el vínculo de la caridad, igualmente en todo tiempo se la reconoce por este signo de amor» (Apostolicam actuositatem, n. 8). La caridad con los demás miembros de la Iglesia es una caridad «fraterna», esto es, un amor entre hermanos, pues la Iglesia es una gran familia. Los tesalonicenses no sólo la practicaban entre sí, sino también con todos los demás fieles que vivían en Macedonia, fomentando de ese modo la unidad, pues la caridad fraterna es condición imprescindible para la unidad de los cristianos.
«La altura a que nos eleva la caridad es inenarrable —enseña San Clemente Romano—. La caridad nos une con Dios, la caridad cubre la muchedumbre de los pecados, la caridad todo lo soporta, la caridad es paciente. Nada hay vil en la caridad, nada soberbio (...). En la caridad se perfeccionaron todos los elegidos de Dios. Sin caridad nada es agradable a Dios» (Ad Corinthios, I, 49).
I Thessaloniciens 4, 11-12
Todo hombre tiene una serie de obligaciones que derivan de su propio estado y condición, a las que debe atender con diligencia. Entre ellas ocupan un puesto importante el trabajo y los deberes familiares, que pueden ser ocasión de diálogo con Dios. Así lo enseña San Juan Crisóstomo: «Una mujer ocupada en la cocina o en coser una tela puede siempre levantar el pensamiento al cielo e invocar al Señor con fervor. Uno que va al mercado o viaja solo, puede fácilmente rezar con atención. Otro que está en su bodega, ocupado en coser los pellejos de vino, está libre para levantar su ánimo al maestro» (Hom. V de Anna, IV, 6). Además, el trabajo no sólo es una ocasión para hacer oración, sino que en sí mismo, hecho cara a Dios, con rectitud de intención y sentido cristiano, puede convertirse en oración.
El trabajo, por tanto, encierra un inmenso valor humano y sobrenatural, por ser medio habitual de santificación personal y de colaboración con los demás hombres. Sería indigno de un cristiano dedicarse a la holganza, y pretender vivir a expensas de la caridad de sus hermanos. San Pablo amonesta a trabajar de modo que cada cual pueda mantener su casa y «no necesitéis de nadie». Por eso se ordena lo siguiente en uno de los documentos cristianos más antiguos: «Si alguno quiere establecerse entre vosotros, que tenga un oficio, que trabaje y así se alimente. Y si no tiene oficio, proveed conforme a vuestra prudencia, de modo que no haya entre nosotros ningún cristiano ocioso. Caso de que no quiera trabajar, es un traficante de Cristo. Estad alerta contra los tales» (Didaché, XII, 3-5). Por tanto no puede considerarse buen cristiano quien no se empeña en trabajar bien, pues la vocación profesional es parte esencial, inseparable, de nuestra condición de cristianos. El Señor os quiere santos en el lugar donde estáis, en el oficio que habéis elegido (Amigos de Dios, n. 60).
Además de estos motivos —santificación personal y colaboración con los demás hombres—, el trabajo compromete al cristiano en la obra de la Redención. Como ha recordado Juan Pablo II: «El sudor y la fatiga, que el trabajo necesariamente lleva en la condición actual de la humanidad, ofrecen al cristiano y a cada hombre, que ha sido llamado a seguir a Cristo, la posibilidad de participar en el amor a la obra que Cristo ha venido a realizar (cfr Ioh 17, 4). Esta obra de salvación se ha realizado a través del sufrimiento y de la muerte de cruz. Soportando la fatiga del trabajo en unión con Cristo crucificado por nosotros, el hombre colabora en cierto modo con el Hijo de Dios en la redención de la humanidad. Se muestra verdadero discípulo de Jesús llevando a su vez la cruz de cada día (cfr Lc 9, 23) en la actividad que ha sido llamado a realizar» (Laborem exercens, n. 27).
I Thessaloniciens 4, 13
«Los que han muerto»: Literalmente, «los que duermen». Esta expresión, que ya utilizaban algunas veces los escritores paganos, fue muy empleada por los primeros cristianos para referirse a los que murieron en la fe de Cristo. En los escritos cristianos ese modo de expresarse adquiere todo su sentido a causa de la fe en la Resurrección de Jesús y en que todos resucitaremos. No es un mero eufemismo, sino un modo de dejar claro que la muerte no es el fin. «¿Por qué se dice que duermen —se pregunta San Agustín— sino porque en su día serán resucitados?» (Sermo 93, 6). Por todo ello: Cara a la muerte, ¡sereno! —Así te quiero. —No con el estoicismo frío del pagano; sino con el fervor del hijo de Dios, que sabe que la vida se muda, no se quita. —¿Morir?... ¡Vivir! (Surco, n. 876).
No obstante esta esperanza, es comprensible que la separación de las personas queridas nos produzca dolor. Esa tristeza, si es moderada, es una manifestación de piedad, pero «afligirse en exceso por la muerte de los amigos es actuar como un hombre al que no anima la esperanza cristiana. Y de hecho, quien no tiene fe en la resurrección y mira la muerte como un aniquilamiento total, tiene razón en llorar, lamentarse y gemir por sus gentes aniquiladas para siempre. Pero vosotros, cristianos, que creéis en la resurrección, que vivís y morís en la esperanza, ¿por qué os lamentáis con exceso?» (Hom. sobre 1 Thes, ad loc.).
I Thessaloniciens 4, 14
«Está establecido que los hombres mueran una sola vez» (Heb 9, 27). Sin embargo, para quien tiene fe, la muerte no es sólo el límite de sus días sobre la tierra. Nuestro Señor Jesucristo murió y resucitó, y su Resurrección es prenda de la nuestra, de modo que la muerte «en Cristo» es la culminación de una vida en unión con Él, y pórtico de entrada en la Gloria. Por eso dice San Pablo al escribir a Timoteo: «Si morimos con él, también viviremos con él; si perseveramos, también reinaremos con él» (2 Tim 2, 11-12).
La resurrección del cristiano no guarda sólo una relación de semejanza con la del Señor, sino también de dependencia, pues la Resurrección de Cristo es causa de la nuestra. Así lo explica Santo Tomás: «Cristo es ejemplo de nuestra resurrección porque tomó carne y resucitó en ella. Pero no sólo es ejemplo, sino también causa eficiente porque cuanto ha sido realizado por la humanidad de Cristo, no sólo ha sido realizado conforme al poder de la humanidad, sino por el poder de la divinidad a ella unida. De donde, como su tacto curaba al leproso en cuanto instrumento de la divinidad, así la resurrección de Cristo es causa de nuestra resurrección» (Comentario sobre 1 Thes, ad loc.). Aunque en este pasaje de la carta no se diga de modo explícito, se entiende que resucitaremos con nuestro cuerpo, de igual manera que resucitó Jesucristo.
I Thessaloniciens 4, 15-17
La instrucción de los tesalonicenses había quedado incompleta debido a la precipitada salida de San Pablo. Una de las dudas que les quedaban podría formularse con la siguiente pregunta: ¿Los difuntos tendrán alguna desventaja frente a los que estemos vivos, cuando llegue la Parusía del Señor? El Apóstol responde en dos pasos: primero afirma que no los aventajaremos en nada (vv. 15-18); después aclara que no sabemos cuándo ocurrirá ese acontecimiento (5, 1-2).
En su respuesta no habla explícitamente de la resurrección universal, sino sólo de la de aquellos que murieron «en Cristo». Distingue dos grupos, conforme a la situación en la que se encuentren en el día de la segunda venida del Señor: 1º) Los que vivan, que serán «arrebatados», es decir, transformados (cfr 1 Cor 15, 51; 2 Cor 5, 2-4) en virtud del poder de Dios, de manera que pasarán del estado de corruptibilidad y mortalidad al de incorrupción e inmortalidad. 2º) Los que ya hubieran muerto, que resucitarán.
Al responder, se adapta al tenor de la pregunta; así, cuando escribe «nosotros, los que vivamos, los que quedemos», no quiere decir que la Parusía sea inminente ni que permanecerá vivo hasta ese día (cfr Pontificia Comisión Bíblica, Respuesta De Parousia, 18-VI-1915). Si emplea la primera persona del plural es porque en aquel momento tanto él como sus lectores se encuentran vivos. No obstante, la frase fue mal interpretada por algunos de los tesalonicenses; precisamente por eso les escribió unos meses después la segunda epístola, donde les habla con más claridad: «Acerca de la venida de nuestro Señor Jesucristo y de nuestro encuentro con él, os rogamos, hermanos, que no se inquiete fácilmente vuestro ánimo, ni os alarméis (...), como si fuera inminente el día del Señor» (2 Thes 2, 1-2). Sin embargo, incluso en la primera carta hay indicios suficientes para mostrar que San Pablo no afirmaba que el momento de la Parusía estuviese próximo, pues él mismo da a entender que lo ignora (cfr 5, 1-2).
San Pablo describe los signos que acompañarán la venida del Señor con imágenes usuales en género apocalíptico: la voz del arcángel, el sonido de la trompeta, las nubes del cielo. Estas señales acompañan en el AT (cfr Ex 19, 16) a las teofanías o grandiosas manifestaciones de Yahwéh; en el día de la Parusía mostrarán, como en esas ocasiones, el dominio absoluto de Dios sobre todas las fuerzas naturales, así como su trascendencia y majestad.
Cuando aparezca Jesucristo con toda su gloria, los que murieron en el Señor —que ya gozaban de Dios en el cielo— y los que hayan sido transformados saldrán a su encuentro «en los aires», pues ya, tanto unos como otros, tendrán cuerpos gloriosos (cfr 1 Cor 15, 43), dotados del don de agilidad, «en virtud del cual el cuerpo se verá libre de la carga que ahora lo oprime; y tan fácilmente podrá moverse a donde quisiere el alma, que no será posible hallar nada más veloz que su movimiento» (Catecismo Romano, I, 12, 13).
Después del Juicio Universal, que tendrá lugar ese día, los justos pasarán a estar «siempre con el Señor». Precisamente en eso consiste el premio de los bienaventurados, en gozar para siempre, en cuerpo y alma, de la visión de Dios, y alcanzar esa felicidad que premia con creces todos los esfuerzos que se hayan realizado por conseguirla, pues «los padecimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria futura que se ha de manifestar en nosotros» (Rom 8, 18): Si alguna vez te intranquiliza el pensamiento de nuestra hermana la muerte, porque ¡te ves tan poca cosa!, anímate y considera: ¿qué será ese Cielo que nos espera, cuando toda la hermosura y la grandeza, toda la felicidad y el Amor infinito de Dios se viertan en el pobre vaso de barro que es la criatura humana, y la sacien eternamente, siempre con la novedad de una dicha nueva? (Surco, n. 891).
Chapitre n°5
I Thessaloniciens 5, 1-3
«El día del Señor» es una fórmula que aparece varias veces en la Sagrada Escritura referida a ese momento, en el que Dios interviene de modo decisivo e inapelable. Los profetas hablan del «día de Yahwéh», unas veces con acento de temor (cfr Am 5, 18-20), y otras como objeto de esperanza (cfr Is 6, 13). Jesús, en el sermón escatológico (cfr Mt 24; Mc 13; Lc 21), anunció la destrucción de Jerusalén con unos rasgos similares a los utilizados por los profetas (cfr Am 8, 9 ss.) para hablar del «día de Yahwéh». La ruina del Templo clausura la era judaica en la historia de la salvación, y prefigura la segunda venida de Cristo como Juez universal. En las cartas de San Pablo, lo mismo que en otros escritos del NT, el «día del Señor» es el día del Juicio Universal, cuando Cristo aparecerá en plenitud de gloria como Juez (cfr 1 Cor 1, 8; 2 Cor 1, 14). El Apóstol se sirve de algunos ejemplos utilizados por el Señor en su predicación sobre la ruina de Jerusalén y el fin del mundo —«el ladrón en la noche» (cfr Mt 24, 43), «los dolores de parto» (cfr Mt 24, 19)—, para prevenir acerca de lo inesperado de ese día, y con el fin de exhortar a estar preparados en todo momento.
El cristiano, por tanto, debe vivir siempre vigilante, pues no sabe con certeza cuál será el último día de su vida. La segunda venida del Señor sorprenderá a los hombres en lo que estén haciendo, ya sea bueno o malo. De ahí que resulte temerario diferir el arrepentimiento para más tarde.
I Thessaloniciens 5, 4-6
El ladrón llega de noche, cuando amparado por las tinieblas puede sorprender desprevenido al dueño de la casa. También el Señor recurrió a esta metáfora, al decir que si el padre de familia supiera a qué hora vendrían a robarle, estaría entonces vigilando (cfr Mt 24, 43). Con ello se nos exhorta a vivir siempre en actitud de alerta, siempre en gracia de Dios, inmersos en la luz. De este modo, «si caminamos en la luz, del mismo modo que Él está en la luz, entonces tenemos comunión unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos purifica de todo pecado» (1 Ioh 1, 7).
En el mismo sentido nos enseña la Iglesia que «nuestros corazones se iluminan por medio de la fe» (Catecismo Romano, II, 2, 4). Vivamos, por tanto, una vida transparente, transida por la luz divina. Así «el día del Señor», que también se puede aplicar al día de la muerte de cada uno, no nos encontrará desprevenidos, aunque llegue de repente. El verdadero cristiano está siempre dispuesto a comparecer ante Dios. Porque, en cada instante —si lucha para vivir como hombre de Cristo—, se encuentra preparado para cumplir su deber (Surco, n. 875).
I Thessaloniciens 5, 7-8
«La embriaguez de la que San Pablo habla aquí —dice San Juan Crisóstomo— no es solamente la que resulta del vino, sino la que resulta del pecado. La riqueza, la ambición, la codicia y todo su cortejo de pasiones, esto es lo que causa la borrachera del alma. Pero ¿por qué se da al pecado el nombre de sueño? Porque el esclavo del pecado se encuentra sin energía, sin acción para las obras de virtud. Sumergido en las ilusiones y el encanto delirante del mal, sus obras no tienen nada de real, nada de sólido; se limita a correr tras unos fantasmas» (Hom. sobre 1 Thes, ad loc.).
Las palabras del Apóstol, especialmente con la mención del yelmo y la coraza, toman pie del armamento usual de la época. En su conjunto, el texto evoca el ambiente de lucha en el que se desenvuelve la vida del cristiano, cuyas armas principales para el combate son las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad, con las que se desarrolla la conducta sobria y austera, honesta y limpia del cristiano, que vive cara a Dios y cara a los hombres, a la luz del día, sin nada que ocultar o de que avergonzarse. Es una vida que supone esfuerzo, violencia contra uno mismo, según la enseñanza del Señor (cfr Mt 11, 12), guerra sin cuartel en esa milicia que es la vida (cfr Iob 7, 1). En este sentido aconseja también el Apóstol a Timoteo que actúe «como un noble soldado de Cristo Jesús» (2 Tim 2, 3). En esa batalla diaria es preciso ir armados con las defensas que Dios nos ha concedido ya en el Bautismo: la coraza de la fe y la caridad, y el yelmo —el casco—, de la esperanza (cfr también Eph 6, 11-17).
I Thessaloniciens 5, 9-10
La «ira» es la condenación de los que hayan muerto en pecado. Por «salvación», en cambio, se entiende en el NT la acción de ser protegido de un peligro, para disfrutar establemente de una situación feliz. Así, pues, ser salvado de la condenación tiene por resultado la felicidad eterna.
La salvación nos viene «por medio de nuestro Señor Jesucristo». El nombre de Jesús —«Dios salva»— expresa esta misión (cfr Mt 1, 21) que Él mismo se atribuyó: «El Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido» (Lc 19, 10). Cristo es el Salvador ya que «en ningún otro está la salvación; pues no hay ningún otro nombre bajo el cielo dado a los hombres por el que hayamos de ser salvados» (Act 4, 12). Él otorgará el perdón de los pecados (cfr Act 5, 31); para esto «murió por nosotros». Jesucristo, «mediante los sufrimientos» (Heb 2, 10), lleva a su perfección la misión que le había sido encomendada. Muriendo por obediencia al Padre «llegó a ser causa de salvación eterna» (Heb 5, 9). «Por eso hubo de asemejarse en todo a sus hermanos, a fin de ser misericordioso y Sumo Sacerdote fiel en las cosas que se refieren a Dios, para expiar los pecados del pueblo. Por haber sido puesto a prueba en los padecimientos, es capaz de ayudar a los que también son sometidos a prueba» (Heb 2, 17-18). De este modo, Jesús intercede por todos los fieles hasta el fin de los tiempos (cfr Heb 7, 25).
El cristiano, al recibir el sacramento del Bautismo, es objeto de una peculiar identificación con Jesucristo —Sumo y Eterno Sacerdote—, realizada mediante el carácter bautismal, de modo que está destinado a vivir junto con Él. Mientras peregrina por este mundo tiene la posibilidad de gozar, por la gracia, de un anticipo de la vida divina, de la que disfrutará definitivamente y con mayor plenitud en el cielo.
San Pablo hace de nuevo un juego de palabras. Ahora, a diferencia de los vv. 6-7, «dormir» equivale a «morir» (como en 4, 13); y, en consecuencia, «estar en vela» significa aquí «estar vivo». Para un cristiano, la muerte supone el paso a «vivir con Cristo» para siempre, en la bienaventuranza eterna.
I Thessaloniciens 5, 12-13
Quienes constituyen la jerarquía de la Iglesia desempeñan la misión, recibida del Señor, de cuidar espiritualmente, gobernar e instruir. Los puestos que ocupan no son títulos de gloria sino de servicio. Así lo explica San Agustín: «Los que mandan sirven a aquellos a quienes parecen mandar. La razón es que no mandan por afán de poder, sino porque tienen el ministerio de cuidar a los demás; no son los primeros por soberbia, sino por amor, para atenderles» (De civitate Dei, XIX, 14).
También San Juan Crisóstomo exhortaba a manifestar amor y reverencia a los pastores de la Iglesia: «¡Amadlos como un hijo ama a su padre! Por ellos recibís la señal de la regeneración sobrenatural y divina; ellos os abren las puertas del cielo, y por ellos recibís todos los bienes (...). Quien ama a Jesucristo, ama a su pastor, quienquiera que sea, pues por sus manos recibe los sagrados misterios» (Hom. sobre 1 Thes, ad loc.).
I Thessaloniciens 5, 14
El orden de la caridad pide que, después del amor a quienes tienen autoridad en la Iglesia (cfr vv. 12-13), esté el afán por ayudar a todos los hermanos en la fe a ser santos, «porque si tenemos obligación de apartar a los paganos de los ídolos e instruirlos en la fe —dice San Clemente Romano—, ¡cuánto más hemos de trabajar para que no se pierda un alma que ya conoce a Dios! Ayudémonos, por tanto, los unos a los otros en el empeño de conducir al bien a los débiles, a fin de que todos nos salvemos y unos a otros tratemos de convertirnos y corregirnos» (Ad Corinthios, II, 17).
Los primeros cristianos se prestaban esa ayuda mediante la corrección fraterna, siguiendo así las enseñanzas del Señor (cfr Mt 18, 15 ss.). Cuando uno observaba un error o defecto en otro se lo advertía con nobleza para que pudiera rectificar. San Clemente Romano, al hablar de esta costumbre, enseñaba a recibirla con agradecimiento: «Recibamos la corrección, por la que nadie, carísimos, ha de irritarse. La reprensión que mutuamente nos dirigimos es buena y sobremanera provechosa, pues ella nos une con la voluntad de Dios» (Ad Corinthios, I, 56).
«Los indisciplinados»: Literalmente, los que rompen la formación. San Pablo se sirve de un término griego propio del lenguaje militar, aplicándolo a la vida cristiana. Estos han de ser ayudados con la corrección fraterna. En cambio los débiles y apocados han de ser animados y sostenidos con paciencia.
I Thessaloniciens 5, 15
En la Ley de Cristo no queda lugar a la venganza, ni siquiera en términos de igualdad. La ley del talión —«ojo por ojo y diente por diente»— ha sido superada por la ley de la caridad (cfr Mt 5, 38-39). El mal y la injusticia no se solucionan con ánimo vengativo, ni cometiendo nuevas injusticias. Siempre será conveniente recordar la enseñanza de San Pablo a los Romanos: «No te dejes vencer por el mal, sino vence el mal con el bien» (Rom 12, 21).
La actitud de perdón del cristiano y, en todo caso, la defensa serena de los propios derechos, servirá para acercar a Dios a quienes hayan podido cometer esas injusticias. Así lo enseñaba San Ignacio de Antioquía en los primeros años del siglo II: «Consentidles que al menos por vuestras obras, reciban instrucción de vosotros. A sus arrebatos de ira responded con vuestra mansedumbre. Oponed a sus blasfemias vuestras oraciones; a su extravío, vuestra firmeza en la fe; a su fiereza, vuestra dulzura, y no pongáis empeño alguno en comportaros como ellos. Mostrémonos hermanos suyos por nuestra amabilidad; en cuanto a imitar, sólo hemos de esforzarnos en imitar al Señor» (Ad Ephesios, X, 1-3).
I Thessaloniciens 5, 16
La paz con Dios y con los demás llena al hombre de gozo y serenidad. Entonces, incluso las mayores penas y dolores llevados con visión de fe no quitan la alegría. Los hijos de Dios ¿por qué van a estar tristes? La tristeza es la escoria del egoísmo; si queremos vivir para el Señor, no nos faltará la alegría, aunque descubramos nuestros errores y nuestras miserias. La alegría se mete en la vida de oración, hasta que no nos queda más remedio que romper a cantar: porque amamos, y cantar es cosa de enamorados (Amigos de Dios, n. 92).
Cuando el hombre se deja vencer por la tristeza, incluso la súplica a Dios se torna ineficaz, pues no va acompañada de la aceptación de su voluntad. Un célebre escrito cristiano anónimo del siglo II advertía: «¿Por qué no sube hasta el altar de Dios la súplica del hombre que sufre tristeza? (...) —Porque la tristeza mezclada con la súplica no deja subir a ésta, pura, hasta el altar de Dios. Porque así como el vino mezclado con vinagre no tiene el mismo sabor, así la tristeza, mezclada con el Espíritu Santo, no tiene la misma fuerza de súplica. Purifícate, pues, de esta tristeza mala, y vivirás para Dios. E igualmente vivirán para Dios todos los que arrojen de sí la tristeza y se revistan de toda alegría» (Pastor de Hermas, Mand. X, cap. 3, 3-4).
I Thessaloniciens 5, 17
Nuestro Señor Jesucristo inculcó en sus Apóstoles la necesidad de orar en todo tiempo, y subrayó esta enseñanza con su vida de oración (cfr Lc 18, 1). «El Apóstol nos manda orar siempre. Para los santos —dice San Jerónimo— el mismo sueño es oración. Sin embargo, debemos tener unas horas de oración bien repartidas de modo que, si estamos absorbidos por algún trabajo, el mismo horario nos amoneste a cumplir nuestro deber» (Epístola, 22, 37).
La vida cristiana debe ser vida de oración constante, procurando estar en la presencia del Señor de la mañana a la noche y de la noche a la mañana. El cristiano no es nunca un hombre solitario, puesto que vive en un trato continuo con Dios, que está junto a nosotros y en los cielos (...). En medio de las ocupaciones de la jornada, en el momento de vencer la tendencia al egoísmo, al sentir la alegría de la amistad con los otros hombres, en todos esos instantes el cristiano debe reencontrar a Dios (Es Cristo que pasa, n. 116).