Los Evangelios refieren que la presencia y la acción del diablo aparecen a lo largo de la actividad de Jesús (cfr. Mt 4, 1-11; Lc 22, 3; Ioh 8, 44; 12, 31; etc.). Satanás es el enemigo (Mt 13, 39), el Maligno (1 Ioh 2, 13). Santo Tomás de Aquino (cfr. Comentario sobre S. Juan, ad loc.) nos hace notar cómo, en este pasaje, por un lado se destaca la malicia de Judas que no se rinde ante tanta prueba de amor, y, por otro, se subraya la bondad de Cristo que supera esa maldad diabólica al lavar también los pies de Judas, a quien tratará como amigo hasta en el momento supremo de la traición (Lc 22, 48).
Jean 13, 3-6
Jesús, consciente de ser el Hijo de Dios, se humilla voluntariamente hasta realizar la tarea propia de los siervos de la casa. Este pasaje recuerda el himno cristológico de la carta de San Pablo a los Filipenses: «Cristo Jesús, siendo de condición divina, no consideró codiciable tesoro el ser igual a Dios, sino que se anonadó a sí mismo, tomando forma de siervo...» (Phil 2, 6-7).
Cristo había dicho que Él vino al mundo para servir y no para ser servido (Mc 10, 45). En esta escena nos enseña lo mismo con un hecho concreto, exhortándonos así a servirnos los unos a los otros con toda humildad y sencillez (cfr. Gal 6, 2; Phil 2, 3). Ante los discípulos, que discutían por motivos de soberbia y de vanagloria. Jesús se inclina y cumple gustosamente el oficio de siervo (...). A mí me conmueve esta delicadeza de nuestro Cristo. Porque no afirma: si yo me ocupo de esto, ¿cuánto más tendríais que realizar vosotros? Se coloca al mismo nivel, no coacciona: fustiga amorosamente la falta de generosidad de aquellos hombres.
Como a los primeros doce, también a nosotros el Señor puede insinuarnos y nos insinúa continuamente: exemplum dedi vobis (Ioh XIII, 15), os he dado ejemplo de humildad. Me he convertido en siervo, para que vosotros sepáis, con el corazón manso y humilde, servir a todos los hombres (Amigos de Dios, n. 103).
Pedro comprende de manera particular lo profundo de la humillación del Señor, y se rebela, como ya lo hizo en otras circunstancias, oponiéndose a la idea del sufrimiento de Cristo (cfr. Mc 8, 32 y par.). Comenta San Agustín: «¿Quién no se llena de estupor al ver sus pies lavados por el Hijo de Dios? (...). ¿Tú? ¿A mí? Más que explicadas merecen ser meditadas estas palabras, no vaya a ser que la lengua no sea capaz de expresar lo poco que nuestra mente puede comprender de su verdadero sentido» (In Ioann. Evang., 56, 1).
Jean 13, 7-14
Aquel gesto del Señor tenía un profundo significado que San Pedro no podía entender entonces, como tampoco había sospechado antes los planes salvíficos de Dios a través de la inmolación de Cristo (cfr. Mt 16, 22 ss.). Después de la Resurrección, los Apóstoles entenderán ese misterio del servicio del Redentor. Jesús, mediante el lavatorio de los pies, expresaba de modo sencillo y simbólico que no había «venido a ser servido, sino a servir». Su servicio, como ya les había dicho en otra ocasión, consiste sobre todo en «dar su vida en redención por muchos» (Mt 20, 28; Mc 10, 45).
Dice el Señor a los Apóstoles que ya están limpios, porque han aceptado sus palabras y le han seguido (cfr. 15, 3), a excepción de Judas que había decidido traicionarle. Así comenta este pasaje San Juan Crisóstomo: «Estáis limpios porque habéis recibido mi palabra, habéis recibido la luz, estáis, libres de los errores judíos. Dice el Profeta: ‘Lavaos, purificaos, arrojad de vuestras almas la perversidad’ (Is 1, 16) (...). Jesucristo llama puros a los Apóstoles, según lo que dijo el Profeta, porque ya han arrojado toda malicia de sus corazones y han vivido con su Maestro en pureza de espíritu y de corazón» (Hom. sobre S. Juan, 70, 3).
Por otra parte, cuando el Señor habla de la limpieza de los Apóstoles, en este momento inmediato a la institución de la Sagrada Eucaristía, está aludiendo a la necesidad de tener el alma limpia de pecado para recibirle. San Pablo repite esta enseñanza cuando dice: «Quien coma o beba el cáliz del Señor indignamente será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor» (1 Cor 11, 27). La Iglesia, basada en estas enseñanzas de Jesús y de los Apóstoles, establece que para comulgar es preciso confesarse previamente, si hay conciencia, o duda positiva, de pecado grave.
Jean 13, 15-17
Toda la vida de Jesús fue ejemplo de servicio a los hombres, cumpliendo la Voluntad del Padre hasta la muerte en la Cruz. Aquí nos promete el Señor que, imitándole a Él, el Maestro, en un servicio desinteresado que siempre implica sacrificio, encontraremos la verdadera felicidad que nadie nos podrá arrebatar (cfr. 16, 22; 17, 13). Os he dado ejemplo, insiste Jesús, hablando a sus discípulos después de lavarles los pies, en la noche de la Cena. Alejemos del corazón el orgullo, la ambición, los deseos de predominio; y, junto a nosotros y en nosotros, reinarán la paz y la alegría enraizadas en el sacrificio personal (Es Cristo que pasa, n. 94).
Jean 13, 18
Levantar el calcañar o talón del pie indica la acción de golpear brutalmente. De ahí el sentido metafórico de enemistad violenta. En la traición de Judas se cumplen las palabras del Ps 41, 10, donde el salmista se queja amargamente de la traición de un amigo. Una vez más el Antiguo Testamento prefigura las realidades que tienen su plenitud en el Nuevo.
El cristiano, por el Bautismo, ha sido hecho hijo de Dios y llamado a compartir los bienes divinos, no sólo en el Cielo, sino ya en la tierra; ha recibido la gracia, participa del Banquete eucarístico..., comparte con sus hermanos los cristianos la amistad de Jesús. Por eso, el pecado de quien ha sido regenerado por el Bautismo no deja de ser en cierto modo una traición semejante a la de Judas. Nos queda, sin embargo, el arrepentimiento que, confiando en la misericordia divina, nos encaminará a recobrar la amistad de Dios perdida.
Reacciona. —Oye lo que te dice el Espíritu Santo: ‘Si inimicus meus maledixisset mihi, sustinuissem utique’. —Si mi enemigo me ofende, no es extraño, y es más tolerable. Pero, tú... ‘tu vero homo unanimis, dux meus, et notus meus, qui simul mecum dulces capiebas cibos’ —¡tú, mi amigo, mi apóstol, que te asientas a mi mesa y comes conmigo dulces manjares! (Camino, n. 244).
Jean 13, 19
Jesús anuncia de antemano a los Apóstoles la traición de Judas. Así ellos, cuando vieron verificadas las predicciones de Cristo, pudieron comprender que tenía ciencia divina y que, efectivamente, en Él se habían cumplido las Escrituras del Antiguo Testamento (cfr. Ioh 2, 22). Sobre la expresión «yo soy» véase nota a Ioh 8, 21-24.
Jean 13, 21
El dolor de Cristo es proporcionado a la gravedad de la ofensa. Judas era uno de los elegidos por Jesús para ser Apóstol: durante tres años había tenido un trato familiar e íntimo con Él, le había seguido a todas partes, había visto sus milagros, oído su doctrina divina y experimentado la ternura de su corazón... Y después de todo esto, en el momento decisivo. Judas no sólo abandona al Maestro sino que le traiciona y le vende. La traición de un íntimo es mucho más dolorosa y cruel que la de un extraño porque supone una falta de lealtad. También la vida espiritual del cristiano es verdadera amistad con Cristo; por eso se asienta sobre la lealtad, la honradez y la fidelidad a la palabra dada.
Judas había decidido entregar a Jesús y se puso de acuerdo con los príncipes de los sacerdotes (cfr. Mt 26, 14; Mc 14, 10-11; Lc 22, 3-6). La tentación, consumada ya en el corazón de Judas, venía preparándose tiempo atrás, como vemos en la unción de Betania cuando protestó contra el gesto de amor de María; San Juan comenta entonces que lo hizo no por amor a los pobres sino porque era ladrón (cfr. Ioh 12, 6).
Jean 13, 23
En aquel tiempo en las ocasiones solemnes solían comer recostados sobre una especie de diván llamado triclinio. Se apoyaban sobre el costado izquierdo para comer con la mano derecha. De este modo era fácil reclinarse en el que estaba a la izquierda y hablar de forma confidencial. Lo que leemos en este versículo es un detalle que indica la intimidad y confianza que el Maestro y el discípulo amado tenían entre sí (cfr. Ioh 19, 27; 20, 2; 21, 23), modelo del amor de Jesús por todos sus verdaderos discípulos, y de éstos por el Maestro.
Jean 13, 26-27
El bocado que le ofrece Jesús es muestra de amistad y, por tanto, invitación a enmendar sus perversas maquinaciones. Judas, sin embargo, desecha esta oportunidad. «Bueno es lo que recibió —comenta San Agustín—, pero lo recibió para su perdición, porque el que era malo recibió con mala disposición lo que era bueno» (In Ioann. Evang., 61, 6). La entrada de Satanás indica que desde ese momento Judas se abandona completamente a la tentación diabólica.
Jean 13, 29
«Todos estos detalles se han conservado para decirnos: si se os ultraja, no os indignéis. Pensad en el culpable y llorad su violencia natural. El que daña el bien de otro, el calumniador, ¿qué intereses hiere primero? Los suyos propios, sin duda (...). Jesucristo llena de sus beneficios a Judas el traidor, lava sus pies, le reprocha sin acritud, le censura con discreción, busca ganar su corazón, le honra hasta comer con él, hasta abrazarle; e incluso cuando Judas no recapacita, Jesucristo no cesa en su buen empeño» (Hom. sobre S. Juan, 71, 4).
Jean 13, 30
La indicación de que «era de noche» no es sólo una simple referencia cronológica, sino que alude a las tinieblas como imagen del pecado, del poder tenebroso que en aquel instante iniciaba su hora (cfr. Lc 22, 53). El contraste entre luz y tinieblas, oposición del mal al bien, es muy frecuente en la Biblia, especialmente en el cuarto Evangelio, donde, ya desde el Prólogo, se nos dice que Cristo es la Luz verdadera que las tinieblas no recibieron (cfr. Ioh 1, 5).
Jean 13, 31-32
Esta glorificación se refiere sobre todo a la gloria que Cristo recibirá a partir de su exaltación en la Cruz (Ioh 3, 14; 12, 32). San Juan subraya que la muerte de Cristo es el comienzo de su triunfo; tanto es así que la misma crucifixión se podría considerar como el primer paso de la subida hacia el Padre. Al mismo tiempo es glorificación del Padre, pues Cristo, aceptando voluntariamente la muerte por amor, como acto supremo de obediencia a la Voluntad divina, realiza el mayor sacrificio con el que el hombre puede dar gloria a Dios. El Padre corresponderá a esta glorificación que Cristo le tributa glorificándole a Él, como Hijo del Hombre, es decir, en su Santísima Humanidad, a través de la Resurrección y exaltación a su diestra. De esta forma la gloria que el Hijo da al Padre es a la vez gloria para el Hijo.
Así también el discípulo de Cristo encontrará su mayor motivo de gloria en la identificación con la actitud obediente del Maestro. San Pablo lo enseña claramente al decir: «Lejos de mí gloriarme sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (Gal 6, 14)
Jean 13, 33
A partir de este versículo el Evangelista relata lo que suele llamarse el discurso de la Cena. En él pueden distinguirse tres partes. En la primera el Señor comienza proclamando el Mandamiento Nuevo (vv. 33-35) y anuncia las negaciones de Pedro (vv. 36-38). Les explica después que su Muerte va a ser el tránsito hacia el Padre (cap. 14), con quien es uno por ser Dios (vv. 1-14). También les anuncia que después de su Resurrección les enviará el Espíritu Santo, que les guiará enseñándoles y recordándoles cuanto les había dicho (vv. 15-31).
La segunda parte del discurso está contenida en los capítulos 15 y 16. Promete Jesucristo que quienes crean tendrán una nueva vida de unión con Él, tan íntima como la que tienen los sarmientos con la vid (15, 1-8). Para alcanzar esa unión es necesario practicar el Mandamiento Nuevo del Señor (vv. 9-18). Les previene de las contradicciones que habrán de sufrir, y les anima con la promesa del Espíritu Santo que les defenderá y consolará (vv. 18 27). La acción del Paráclito o Consolador les conducirá eficazmente al cumplimiento de la misión que Jesús les ha encomendado (16, 1-15). Fruto de la presencia del Espíritu Santo será la plenitud del gozo (vv. 16-33).
La tercera parte (cap. 17) recoge la oración sacerdotal de Jesús en la que ruega al Padre por su glorificación a través de la Cruz (vv. 1-5). Pide también por sus discípulos (vv. 6-19) y por todos los que por medio de ellos creerán en Él, para que, permaneciendo en el mundo sin ser del mundo, esté en ellos el amor de Dios y den testimonio de que Cristo es el enviado del Padre (vv. 20-26).
Jean 13, 34-35
Cristo, después de anunciar su partida (v. 33), resume sus preceptos en uno solo: el Mandamiento Nuevo. Volverá a repetirlo otras veces en el discurso de la Cena (cfr. Ioh 15, 12.17); y San Juan en su primera carta insistirá en la necesidad de vivir este mandato del Señor y en las exigencias que comporta (cfr. 1 Ioh 2, 8; 3, 7-21).
El amor al prójimo estaba ya mandado en el Antiguo Testamento (cfr. Lev 19, 18), y Jesús lo ratifica dándole el lugar que le corresponde en el conjunto de la Ley: el segundo mandamiento. Éste es semejante al primero: amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente (cfr. Mt 22, 37-40). Pero Jesús da al precepto del amor fraterno un sentido y un contenido nuevos al decir «como yo os he amado». El amor al prójimo que se pedía en la Antigua Ley alcanzaba también de algún modo a los enemigos (Ex 23, 4-5); sin embargo, el amor que predica Jesús es muchísimo más exigente e incluye devolver bien por mal (cfr. Mt 5, 43-44), porque la medida del amor cristiano no está en el corazón del hombre, sino en el corazón de Cristo, que entrega su vida en la Cruz por la redención de todos (cfr. 1 Ioh 4, 9-11). En esto consiste la novedad de la enseñanza de Jesús, y bien puede decir el Señor que es su mandamiento, expresión de su última voluntad, la cláusula principal de su testamento.
No puede separarse el amor al prójimo del amor a Dios: «El mandamiento supremo de la ley es amar a Dios con todo el corazón y al prójimo como a sí mismo (cfr. Mt 22, 37-40). Cristo hizo suyo este mandamiento del amor al prójimo y lo enriqueció con un nuevo sentido al querer identificarse él mismo con los hermanos como objeto único de la caridad, diciendo: ‘En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis’ (Mt 25, 40). Cristo, pues, al asumir la naturaleza humana, unió consigo mismo, con cierta solidaridad sobrenatural, a todo el género humano como una sola familia y estableció la caridad como distintivo de sus discípulos con estas palabras: ‘En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor entre vosotros’» (Apostolicam actuositatem, n. 8).
Siendo Cristo la misma pureza, la sobriedad, la humildad, sin embargo no pone como distintivo para sus seguidores ninguna de estas virtudes, sino la caridad: El anuncio y el ejemplo del Maestro resultan claros, precisos. Ha subrayado con obras su doctrina. Y, sin embargo, muchas veces he pensado que, después de veinte siglos, todavía sigue siendo un mandato nuevo, porque muy pocos hombres se han preocupado de practicarlo; el resto, la mayoría, ha preferido y prefiere no enterarse. Con un egoísmo exacerbado, concluyen: para qué más complicaciones, me basta y me sobra con lo mío.
No cabe semejante postura entre los cristianos. Si profesamos esa misma fe, si de verdad ambicionamos pisar en las nítidas huellas que han dejado en la tierra las pisadas de Cristo, no hemos de conformarnos con evitar a los demás los males que no deseamos para nosotros mismos. Esto es mucho, pero es muy poco, cuando comprendemos que la medida de nuestro amor viene definida por el comportamiento de Jesús. Además, Él no nos propone esa norma de conducta como una meta lejana, como la coronación de toda una vida de lucha. Es —debe ser, insisto, para que lo traduzcas en propósitos concretos— el punto de partida, porque Nuestro Señor lo antepone como signo previo: en esto conocerán que sois mis discípulos (Amigos de Dios, n. 223).
Así ocurría realmente entre los cristianos de los primeros siglos en medio de la sociedad pagana, de modo que, como escribe Tertuliano a fines del siglo II, todos podían decir al ver la vida de aquellos fieles: «Mirad cómo se aman» (Apologeticum, XXXIX).
Jean 13, 36-38
Una vez más Pedro habla a su Maestro con sencillez y sincera disposición de seguirle hasta la muerte. Pero aún no estaba preparado. El Señor, comenta San Agustín, «establece aquí una dilación; no destruye la esperanza, sino que la confirma diciendo ‘me seguirás más tarde’. ¿Para qué te apresuras, Pedro? Aun no te había fortalecido la piedra con la dureza de su entraña: no te desplomes ahora con tu presunción. Ahora no puedes seguirme, pero no desesperes, luego lo harás» (In Ioann. Evang., 66, 1). En efecto, en esos momentos el entusiasmo de Pedro es ardiente, pero poco firme. Más tarde adquirirá la fortaleza que se asienta en la humildad. Entonces, cuando no se considere digno de morir como su Maestro, morirá en una cruz, cabeza abajo, clavando en la tierra de Roma esa piedra sólida que pervive en los que le suceden y que es el fundamento sobre el que se edifica, indefectible, la Iglesia.
Las negaciones de Pedro, signo de su debilidad, fueron ampliamente compensadas por su profundo arrepentimiento. «Que cada cual tome ejemplo de contrición y si ha caído no se desespere, sino que siempre confíe en que puede hacerse digno del perdón» (S. Beda, In Ioann. Evang. expositio, in loc.).
Jean 14, 1-3
Al parecer, el anuncio de las negaciones de Pedro ha entristecido a los discípulos. Jesús les anima diciendo que se marcha para prepararles una morada en los Cielos, pues, a pesar de sus miserias y claudicaciones, finalmente perseverarán. La vuelta a la que se refiere Jesús incluye su segunda venida al fin del mundo o Parusía (cfr. 1 Cor 4, 5; 11, 26; 1 Thes 4, 16-17; 1 Ioh 2, 28) y el encuentro con cada alma tras la muerte: Cristo nos ha preparado la morada celestial mediante su obra redentora. Por ello, sus palabras pueden considerarse dirigidas no sólo a los Doce, sino a cuantos crean en Él a lo largo de los tiempos. El Señor llevará consigo hasta su gloria a cuantos han creído en Él y le han sido fieles.
Jean 14, 4-7
Los Apóstoles no entendían con profundidad lo que Jesús les estaba enseñando; de ahí la pregunta de Tomás. El Señor explica que Él es el camino hacia el Padre. «Era necesario decirles ‘Yo soy el Camino’ para demostrarles que en realidad sabían lo que les parecía ignorar, porque le conocían a Él» (In Ioann. Evang., 66, 2).
Jesús es el camino hacia el Padre: por su doctrina, pues observando su enseñanza llegaremos al Cielo; por la fe que suscita, porque vino a este mundo para que «todo el que crea tenga vida eterna en él» (Ioh 3, 15); por su ejemplo, ya que nadie puede ir al Padre sino imitando al Hijo; por sus méritos, con los que nos posibilita la entrada en la patria celestial; y sobre todo es el camino porque Él revela al Padre con quien es uno por su naturaleza divina.
«Los niños pequeños, a fuerza de oír hablar a sus madres y de balbucir vocablos con ellas, aprenden a hablar; nosotros, permaneciendo junto a nuestro Salvador, mediante la meditación, considerando sus palabras, sus acciones y sus afectos, aprenderemos, mediante su gracia, a hablar, a actuar y a querer como Él. —Es necesario detenerse aquí (...); no podremos llegar hasta Dios Padre sino por este camino (...); tampoco la Divinidad podría ser bien contemplada por nosotros en este bajo mundo si no se hubiese unido a la Humanidad sagrada del Salvador, cuya vida y muerte son el objeto más proporcionado, suave, delicioso y útil que podemos elegir para nuestras meditaciones» (Introducción a la vida devota, p. II, c. 1, 2).
Ego sum via: Él es la única senda que enlaza el Cielo con la tierra. Lo declara a todos los hombres, pero especialmente nos lo recuerda a quienes, como tú y como yo, le hemos dicho que estamos decididos a tomarnos en serio nuestra vocación de cristianos, de modo que Dios se halle siempre presente en nuestros pensamientos, en nuestros labios y en todas las acciones nuestras, también en aquéllas más ordinarias y corrientes.
Jesús es el camino. Él ha dejado sobre este mundo las huellas limpias de sus pasos, señales indelebles que ni el desgaste de los años ni la perfidia del enemigo han logrado borrar (Amigos de Dios, n. 127).
Las palabras de Jesús van más allá de la pregunta de Tomás al responder «yo soy el Camino, la Verdad y la Vida». Ser la Verdad y la Vida es lo propio del Hijo de Dios hecho hombre, del que San Juan dice en el Prólogo a su Evangelio que está «lleno de gracia y de verdad» (1, 14). Él es la Verdad porque con su venida al mundo se muestra la fidelidad de Dios a sus promesas, y porque enseña verdaderamente quién es Dios y cómo la auténtica adoración ha de ser «en espíritu y en verdad» (Ioh 4, 23). Él es la Vida por tener desde toda la eternidad la vida divina junto al Padre (cfr. Ioh 1, 4). y porque nos hace, mediante la gracia, partícipes de esa vida divina. Por todo ello dice el Evangelio: «Ésta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo a quien Tú has enviado» (Ioh 17, 3).
Con su respuesta, Jesús está «como diciendo: ¿Por donde quieres ir? Yo soy el Camino. ¿Adonde quieres ir? Yo soy la Verdad. ¿Dónde quieres permanecer? Yo soy la Vida. Todo hombre alcanza a comprender la Verdad y la Vida; pero no todos encuentran el Camino. Los sabios del mundo comprenden que Dios es vida eterna y verdad cognoscible; pero el Verbo de Dios, que es Verdad y Vida junto al Padre, se ha hecho Camino asumiendo la naturaleza humana. Camina contemplando su humildad y llegarás hasta Dios» (De verb. Dom. serm., 54).
Jean 14, 8-11
Las palabras del Señor siguen resultando misteriosas para los Apóstoles, que no acaban de entender la unidad del Padre y del Hijo. De ahí la insistencia de Felipe. Por eso Jesús «reprende al apóstol porque aún no le conoce, cuando resulta que sus obras eran propias de Dios: caminar sobre las olas, mandar a los vientos, perdonar pecados, resucitar a los muertos. Éste es el motivo de la reprensión: el no haber conocido su condición de Dios a través de su humana naturaleza» (De Trinitate, lib. 7).
Es cierto que la visión del Padre a que se refiere Jesucristo en este pasaje es una visión de fe, pues a Dios nadie le ha visto jamás tal cual es (cfr. Ioh 1, 18; 6, 46). Todas las manifestaciones de Dios o teofanías han sido mediatas, sólo un reflejo de la grandeza divina. La manifestación suprema de Dios Padre la tenemos en Cristo Jesús, el Hijo de Dios enviado a los hombres. «Él, con su presencia y manifestación, con sus palabras y obras, signos y milagros, sobre todo con su Muerte y gloriosa Resurrección, con el envío del Espíritu de la verdad, lleva a plenitud toda la Revelación y la confirma con testimonio divino, a saber, que Dios está con nosotros para librarnos de las tinieblas del pecado y la muerte, y para hacernos resucitar a una vida eterna» (Dei Verbum, n. 4).
Jean 14, 12-14
Antes de partir de este mundo, el Señor promete a los Apóstoles que les hará partícipes de sus poderes para que la salvación de Dios se manifieste por medio de ellos. Las obras que realizarán son los milagros hechos en el nombre de Jesucristo (cfr. Act 3, 1-10; 5, 15-16; etc.), y sobre todo, la conversión de los hombres a la fe cristiana y su santificación, mediante la predicación y la administración de los sacramentos. Se pueden considerar obras mayores que las de Jesús en cuanto que por el ministerio de los Apóstoles el Evangelio no sólo fue predicado en Palestina, sino que se difundió hasta los extremos de la tierra; pero este poder extraordinario de la palabra apostólica procede de Jesucristo que ha subido al Padre: después de pasar por la humillación de la Cruz, Jesús ha sido glorificado y desde el Cielo manifiesta su poder actuando a través de los Apóstoles.
El poder de los Apóstoles dimana, pues, de Cristo glorificado. El Señor lo expresa al decir: «Y lo que pidáis al Padre en mi nombre eso haré...». «No será mayor que yo el que en mí cree; sino que yo haré entonces cosas mayores que las que ahora hago; realizaré más por medio del que crea en mí, que lo que ahora realizo por mí mismo» (In Ioann. Evang., 72, 1).
Jesucristo es nuestro intercesor en el Cielo, por eso nos promete que todo lo que pidamos en su Nombre, Él lo hará. Pedir en su Nombre (cfr. 15, 7.16; 16, 23-24) significa apelar al poder de Cristo resucitado, creyendo que Él es omnipotente y misericordioso porque es verdadero Dios; y significa también pedir aquello que conviene a nuestra salvación, porque Jesucristo es el Salvador. Así «lo que pidáis» se entiende como lo que es bueno para el que pide. Cuando el Señor no concede lo que se pide es porque no conviene para nuestra salvación. De ese modo se muestra igualmente Salvador cuando nos niega lo que le pedimos y cuando nos lo concede.
Jean 14, 15
El auténtico amor ha de manifestarse con obras. «Esto es en verdad el amor: obedecer y creer al que se ama» (Hom. sobre S. Juan, 74). Por eso Jesús quiere hacernos comprender que el amor a Dios, para serlo de veras, ha de reflejarse en una vida de entrega generosa y fiel al cumplimiento de la Voluntad divina: el que recibe sus mandamientos y los guarda, ése es quien le ama (cfr. Ioh 14, 21). El mismo San Juan nos exhorta en otro pasaje a que «no amemos de palabra y con la lengua, sino con obras y de verdad» (1 Ioh 3, 18), y nos enseña que «el amor de Dios consiste en que cumplamos sus mandamientos» (1 Ioh 5, 3).
Jean 14, 16-17
El Señor promete a los Apóstoles en diversas ocasiones que les enviará el Espíritu Santo (cfr. 14, 26; 15, 36; 16, 7-14; Mt 10, 20). Aquí les anuncia que un fruto de su mediación ante el Padre será la venida del Paráclito. El Espíritu Santo, en efecto, vendrá sobre los discípulos tras la Ascensión del Señor (cfr. Act 2, 1-13), enviado por el Padre y por el Hijo. Al prometer aquí Jesús que por medio de Él el Padre les enviará el Espíritu Santo está revelando el misterio de la Santísima Trinidad.
Paráclito significa etimológicamente «llamado junto a uno» con el fin de acompañar, consolar, proteger, defender... De ahí que Paráclito se traduzca por Consolador, Abogado, etc. Jesús habla del Espíritu Santo como de «otro Paráclito», porque será dado a los discípulos en lugar suyo como Abogado o Defensor que les asista, ya que Él va a subir a los Cielos. En 1 Ioh 2, 1 se llama Paráclito a Jesucristo; «Abogado tenemos ante el Padre: Jesucristo, el Justo». Cristo, por tanto, es también nuestro Abogado y Mediador en el Cielo junto al Padre (cfr. Heb 7, 25). El Espíritu Santo cumple ahora el oficio de guiar, proteger y vivificar a la Iglesia, «porque, como sabemos —comenta el Papa Pablo VI—, dos son los elementos que Cristo ha prometido y otorgado, aunque diversamente, para continuar su obra (...): el apostolado y el Espíritu. El apostolado actúa externa y objetivamente; forma el cuerpo, por así decirlo, material de la Iglesia, le confiere sus estructuras visibles y sociales; mientras el Espíritu Santo actúa internamente, dentro de cada una de las personas, como también sobre la entera comunidad, animando, vivificando, santificando» (Discurso apertura Vaticano II, n. 3).
El Paráclito es nuestro Consolador mientras caminamos en este mundo en medio de dificultades y bajo la tentación de la tristeza. Por grandes que sean nuestras limitaciones, los hombres podemos mirar con confianza a los cielos y sentirnos llenos de alegría: Dios nos ama y nos libra de nuestros pecados. La presencia y la acción del Espíritu Santo en la Iglesia son la prenda y la anticipación de la felicidad eterna, de esa alegría y de esa paz que Dios nos depara (Es Cristo que pasa, n. 128).