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Luc 10, 27

«Sí, nuestra única ocupación acá en la tierra es la de amar a Dios: es decir, comenzar a practicar lo que haremos durante toda la eternidad. ¿Por qué hemos de amar a Dios? Pues porque nuestra felicidad consiste, y no puede consistir en otra cosa, que en el amor de Dios. De manera que si no amamos a Dios, seremos constantemente desgraciados; y si queremos disfrutar de algún consuelo y de alguna suavidad en nuestras penas, solamente lo lograremos recurriendo al amor de Dios. Si queréis convenceros de ello, id a buscar al hombre más feliz según el mundo; si no ama a Dios, veréis cómo en realidad no deja de ser un gran desgraciado. Y, por el contrario, si os encontráis con el hombre más infeliz a los ojos del mundo, veréis cómo, amando a Dios, resulta dichoso en todos conceptos. ¡Dios mío!, ¡abridnos los ojos del alma, y así buscaremos nuestra felicidad donde realmente podemos hallarla!» (Sermones escogidos, Domingo duodécimo después de Pentecostés).

 

Luc 10, 29-37

En esta entrañable parábola, que sólo recoge San Lucas, el Señor da una explicación concreta de quién es el prójimo y de cómo hay que vivir la caridad con él, aunque sea nuestro enemigo.

San Agustín, siguiendo a otros Santos Padres (De verb. Dom. Serm., 37), identifica al Señor con el buen samaritano, y al hombre asaltado por los ladrones con Adán, origen y figura de toda la humanidad caída. Llevado de esa compasión y misericordia, baja a la tierra para curar las llagas del hombre, haciéndolas suyas propias (Is 53, 4; Mt 8, 17; 1 Pet 2, 24; 1 Ioh 3, 5). Así, en más de una ocasión, vemos cómo Jesús se compadece y se conmueve ante el sufrimiento del hombre (cfr. Mt 9, 36; Mc 1, 41; Lc 7, 13). En efecto, dice San Juan: «En esto se demostró el amor de Dios hacia nosotros, en que envió a su Hijo unigénito al mundo para que por Él tengamos la vida. Y en esto consiste su amor, que no es porque nosotros hayamos amado a Dios, sino porque Él nos amó primero a nosotros, y envió a su Hijo a ser víctima de propiciación por nuestros pecados. Queridos, si así nos amó Dios, también nosotros debemos amarnos los unos a los otros» (1 Ioh 4, 9-11).

Esta parábola deja claro quién es nuestro prójimo: cualquiera que esté cerca de nosotros —sin distinción alguna de raza, de amistad, etc. — y necesite de nuestra ayuda. De igual modo queda claro cómo hay que amar al prójimo: teniendo misericordia con él, compadeciéndonos de su necesidad espiritual o corporal; y esta disposición tiene que ser eficaz, concreta, debe manifestarse en obras de entrega y de servicio, no puede quedarse en sólo sentimiento.

Esa misma compasión y amor de Jesucristo hemos de sentir los cristianos, que debemos ser discípulos suyos, para no pasar nunca de largo ante las necesidades ajenas. Una concreción del amor al prójimo está plasmada en las Obras de Misericordia, que se llaman así porque no se deben por justicia. Son catorce, siete espirituales y siete corporales. Las espirituales abarcan: enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que lo ha menester, corregir al que yerra, perdonar las injurias, consolar al triste, sufrir con paciencia las adversidades y flaquezas de nuestros prójimos, y rogar a Dios por los vivos y los muertos. Las corporales son: visitar a los enfermos, dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, redimir al cautivo, vestir al desnudo, dar posada al peregrino, y enterrar a los muertos.

 

Luc 10, 31-32

Es muy probable que Nuestro Señor corrigiera también con esta parábola una de las deformaciones y exageraciones a las que había llegado la falsa piedad judaica entre sus contemporáneos. Según la Ley de Moisés el contacto con los cadáveres hacía contraer la impureza legal, que se reparaba con diversas abluciones o lavados (cfr. Num 19, 11-22; Lev 21, 1-4, 11-12). Esas disposiciones no estaban dadas para impedir el auxilio a los heridos o enfermos, sino para otros fines secundarios higiénicos y de respeto a los cadáveres. La aberración en el caso del sacerdote y del levita de la parábola consistió en que, ante la duda de si el hombre asaltado por los ladrones estaba muerto o no, antepusieron una mala interpretación de un precepto secundario y ritual de la Ley, frente al mandamiento más importante: el amor al prójimo y la ayuda que se le debe prestar.

 

Luc 10, 38-42

El Señor iba hacia Jerusalén (Lc 9, 51), y unos tres kilómetros antes pasó por Betania, la aldea de Lázaro, Marta y María, tres hermanos a los cuales el Señor amaba entrañablemente, como se ve en otros lugares del Evangelio (cfr. Ioh 11, 1-45; 12, 1-9). El diálogo de Jesús con Marta tiene un tono familiar lleno de confianza, que nos hace pensar en la gran amistad del Señor con los tres hermanos.

San Agustín comenta esta escena de la siguiente manera: «Marta se ocupaba en muchas cosas disponiendo y preparando la comida del Señor. En cambio, María prefirió alimentarse de lo que decía el Señor. No reparó en cierto modo en el ajetreo continuo de su hermana y se sentó a los pies de Jesús, sin hacer otra cosa que escuchar sus palabras. Había entendido de forma fidelísima lo que dice el Salmo: ‘Descansad y ved que yo soy el Señor’ (Ps 46, 11). Marta se consumía, María se alimentaba; aquélla abarcaba muchas cosas, ésta sólo atendía a una. Ambas cosas son buenas» (Sermo 103).

Marta ha venido a ser como el símbolo de la vida activa, mientras que María lo es de la vida contemplativa. Sin embargo, para la mayoría de los cristianos, llamados a santificarse en medio del mundo, no se pueden considerar como dos modos contrapuestos de vivir el cristianismo: una vida activa que se olvide de la unión con Dios es algo inútil y estéril; pero una supuesta vida de oración que prescinda de la preocupación apostólica y de la santificación de las realidades ordinarias tampoco puede agradar a Dios. La clave está, pues, en saber unir esas dos vidas, sin perjuicio ni de una ni de la otra. Esta unión profunda entre acción y contemplación puede vivirse de muy diversos modos, según la vocación concreta que cada uno recibe de Dios.

El trabajo, lejos de ser obstáculo, ha de ser medio y ocasión de un trato afectuoso con Nuestro Señor, que es lo más importante.

El cristiano corriente, siguiendo esta enseñanza del Señor, debe esforzarse en lograr la unidad de vida: vida de piedad intensa y actividad exterior orientada hacia Dios, hecha por amor a Él y con rectitud de intención, que se manifestará en el apostolado, en la tarea profesional, en los deberes de estado. Debéis comprender ahora —con una nueva claridad— que Dios os llama a servirle en y desde las tareas civiles, materiales, seculares de la vida humana: en un laboratorio, en el quirófano de un hospital, en el cuartel, en la cátedra universitaria, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar de familia y en todo el inmenso panorama del trabajo, Dios nos espera cada día. Sabedlo bien: hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir (...). No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca. Por eso puedo deciros que necesita nuestra época devolver —a la materia y a las situaciones que parecen más vulgares— su noble y original sentido, ponerlas al servicio del Reino de Dios, espiritualizarlas, haciendo de ellas medio y ocasión de nuestro encuentro continuo con Jesucristo (Conversaciones, n. 114).

 

Lc 11

 

Luc 11, 1-4

El texto que nos presenta San Lucas de la oración dominical o Padrenuestro es algo más breve del que se contiene en San Mateo (6, 9-13). Allí se especificaban siete peticiones; en San Lucas sólo cuatro. Por otro lado, el contexto de San Mateo es el del Sermón de la Montaña y, más concretamente, la explicación sobre el modo de orar; el de San Lucas es uno de los momentos en que Jesús ha estado orando. Los dos contextos difieren. No es extraño que Nuestro Señor enseñara lo mismo en diversas ocasiones y con palabras no literalmente idénticas ni con la misma extensión, insistiendo sin embargo en los puntos fundamentales. Como es lógico, la Iglesia recogió la oración dominical en su forma más completa, que es la de San Mateo.

«Cuando los discípulos pidieron al Señor Jesús: ‘Enséñanos a orar’, Él respondió pronunciando las palabras de la oración del Padrenuestro, creando así un modelo concreto y al mismo tiempo universal. De hecho, todo lo que se puede y se debe decir al Padre está encerrado en las siete peticiones que todos sabemos de memoria. Hay en ellas una sencillez tal, que hasta un niño las aprende, y a la vez una profundidad tal, que se puede consumir una vida entera en meditar el sentido de cada una de ellas. ¿Acaso no es así? ¿No nos habla cada una de ellas, una tras otra, de lo que es esencial para nuestra existencia, dirigida totalmente a Dios, al Padre? ¿No nos habla del ‘pan de cada día’, del ‘perdón de nuestras ofensas, puesto que también nosotros perdonamos’, y al mismo tiempo de preservarnos de la ‘tentación’ y de ‘librarnos del mal’?» (Audiencia general Juan Pablo II, 14-III-1979).

Lo primero que nos enseña a pedir el Señor es la glorificación de Dios y la venida de su Reino. Esto es lo que realmente importa, el Reino de Dios y su justicia (cfr. Mt 6, 33). También quiere el Señor que le pidamos, confiados en que nuestro Padre Dios atenderá a nuestras necesidades materiales, pues «bien sabe vuestro Padre Celestial que de todo eso estáis necesitados» (Mt 6, 32). De todos modos, el Padrenuestro nos hace aspirar especialmente a los bienes del espíritu y nos invita a pedir perdón con la exigencia de perdonar, y a apartarnos del peligro de pecar. Finalmente, el Padrenuestro resalta la importancia de la oración vocal: ‘Domine, doce nos orare’ —¡Señor, enséñanos a orar! — Y el Señor respondió: cuando os pongáis a orar, habéis de decir: ‘Pater noster, qui es in coelis...’ —Padre nuestro, que estás en los cielos...

¡Cómo no hemos de tener en mucho la oración vocal! (Camino, n. 84).

 

Luc 11, 1

Jesús se retiraba con frecuencia para hacer oración (cfr. Lc 6, 12; 22, 39 ss.). Esta práctica del Maestro suscita en los discípulos el deseo de aprender a orar. Jesús les enseña lo que Él mismo hace. En efecto, cuando el Señor hace oración, comienza con la palabra «¡Padre!»: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23, 46; véanse también Mt 11, 25; 26, 42.53, Lc 23, 34; Ioh 11, 41; etc.). No constituye realmente una excepción de esta norma la oración «Dios mío, Dios mío...» (Mt 27, 46), que el Señor recita en la cruz, supuesto que se trata del Salmo veintidós, que es la oración final del justo perseguido.

Se puede, por tanto, decir que lo primero que ha de tener la oración es la sencillez del hijo que habla con su Padre. Me has escrito: ‘orar es hablar con Dios. Pero, ¿de qué?’ —¿De qué? De Él, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias..., ¡flaquezas!: y hacimientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio.

En dos palabras: conocerle y conocerte: ‘¡tratarse!’ (Camino, n. 91).

 

Luc 11, 2

«Santificado sea tu Nombre»: En esta primera petición del Padrenuestro «pedimos que Dios sea conocido, amado, honrado y servido de todo el mundo y de nosotros en particular». Esto quiere decir que «los infieles vengan al conocimiento del verdadero Dios, los herejes reconozcan sus errores, los cismáticos vuelvan a la unidad de la Iglesia, los pecadores se conviertan y los justos perseveren en el bien». Con esta primera petición, el Señor nos enseña que «hemos de desear más la gloria de Dios que todos nuestros intereses y provechos». Esta gloria de Dios que pedimos se procura «con oraciones y buen ejemplo, y enderezando a Él todos nuestros pensamientos, afectos y acciones» (cfr. Catecismo Mayor, nn. 290-293).

«Venga tu Reino»; «Por Reino de Dios entendemos un triple reino espiritual: el Reino de Dios en nosotros, que es la gracia; el Reino de Dios en la tierra, que es la Iglesia Católica, y el Reino de Dios en el Cielo, que es la bienaventuranza... En orden a la gracia, pedimos que Dios reine en nosotros con su gracia santificante, por la cual se complace en morar en nosotros como rey en su corte, y que nos conserve unidos a Él con las virtudes de la fe, esperanza y caridad, por las cuales reina en nuestro entendimiento, en nuestro corazón y en nuestra voluntad (...). En orden a la Iglesia, pedimos que se dilate y propague por todo el mundo para salvación de los hombres (...). En orden a la gloria, pedimos ser un día admitidos en la bienaventuranza para la cual hemos sido creados, donde seremos cumplidamente felices» (Catecismo Mayor, nn. 294-297).

 

Luc 11, 3

Es interpretación común de la Tradición de la Iglesia que el pan a que se alude aquí no es meramente el pan material, ya que «no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios» (Mt 4, 4; Dt 8, 3). Quiere aquí Jesús que pidamos «a Dios lo que nos es necesario cada día para el alma y para el cuerpo (...). Para nuestra alma pedimos a Dios el mantenimiento de la vida espiritual, es decir, rogamos al Señor nos dé su gracia, de la que continuamente tenemos necesidad (...). La vida de nuestra alma se mantiene sobre todo con la divina palabra y con el Santísimo Sacramento del altar (...). Para nuestro cuerpo pedimos lo necesario para el mantenimiento de la vida temporal» (Catecismo Mayor, nn. 302-305).

La doctrina cristiana subraya dos ideas en esta petición del Padrenuestro: la primera es la confianza en la Providencia divina, que nos libra de la excesiva preocupación por amontonar bienes y dinero para el día de mañana (cfr. Lc 12, 16-21); la otra idea es que hemos de interesarnos fraternalmente por las necesidades de los demás, superando de este modo nuestra inclinación al egoísmo.

 

Luc 11, 4

«De tal manera exige Dios de nosotros el olvido de las injurias y el afecto y amor mutuo entre los hombres, que rechaza y desprecia las ofrendas y los sacrificios de los que no se hayan reconciliado amistosamente» (Catecismo Romano, IV, 14, 16).

«Cosa es ésta, hermanas, para que miremos mucho en ella; que una cosa tan grande y de tanta importancia como que nos perdone el Señor nuestras culpas, que merecían fuego eterno, se nos perdone con tan baja cosa como es que perdonemos; y aun de esta bajeza tengo tan pocas que ofrecer, que de balde me habéis, Señor, de perdonar. Aquí cabe bien vuestra misericordia. Bendito seáis vos, que tan pobre me sufrís» (Camino de perfección, cap. 36).

«Y no nos dejes caer en la tentación»; No es pecado sentir la tentación, sino consentir en ella. También es pecado ponerse voluntariamente en ocasión próxima de pecar. Dios permite que seamos tentados para probar nuestra fidelidad, para ejercitarnos en las virtudes y acrecentar, con la ayuda de la gracia, nuestros merecimientos. En esta petición rogamos al Señor que nos dé su gracia para no ser vencidos en la prueba, o que nos libre de ésta si no fuéramos a superarla.

 

Luc 11, 5-10

Una de las notas esenciales de la oración ha de ser la constancia confiada en el pedir. A través de este sencillo ejemplo y de otros parecidos (cfr. Lc 18, 1-7) nos anima el Señor a no decaer en nuestra petición constante a Dios. Persevera en la oración. —Persevera, aunque tu labor parezca estéril. —La oración es siempre fecunda (Camino, 101).

 

Luc 11, 9-10

«¿Veis la eficacia de la oración cuando se hace en las debidas condiciones? ¿No convendréis conmigo en que, si no alcanzamos lo que pedimos a Dios, es porque no oramos con fe, con el corazón bastante puro, con una confianza bastante grande, o porque no perseveramos en la oración cual debiéramos? Jamás Dios ha denegado ni denegará nada a los que le piden sus gracias debidamente. La oración es el gran recurso que nos queda para salir del pecado, perseverar en la gracia, mover el corazón de Dios y atraer sobre nosotros toda suerte de bendiciones del cielo, ya para el alma, ya por lo que hace a nuestras necesidades temporales» (Sermones escogidos, Quinto domingo después de Pascua).

 

Luc 11, 11-13

La paternidad humana que el hombre tiene ante la vista sirve al Señor como punto de comparación para volver a enseñarnos la realidad gozosa de que Dios es nuestro Padre, porque la verdad es que la paternidad de Dios es la fuente de toda paternidad en los Cielos y en la tierra (cfr. Eph 3, 15). El Dios de nuestra fe no es un ser lejano, que contempla indiferente la suerte de los hombres: sus afanes, sus luchas, sus angustias. Es un Padre que ama a sus hijos hasta el extremo de enviar al Verbo, Segunda Persona de la Trinidad Santísima, para que, encarnándose, muera por nosotros y nos redima. El mismo Padre amoroso que ahora, nos atrae suavemente hacia Él, mediante la acción del Espíritu Santo que habita en nuestros corazones (Es Cristo que pasa, n. 84).

 

Luc 11, 13

El Espíritu Santo es el don supremo de Dios, la gran promesa que Cristo hace a los discípulos (cfr. Ioh 15, 26), el fuego divino que desciende sobre los Apóstoles en Pentecostés y los llena de fortaleza y libertad para proclamar el mensaje de Cristo (cfr. Act 2). Yo rogaré al Padre —anunció el Señor a sus discípulos— y os dará otro Consolador para que esté con vosotros eternamente (Ioh XIV, 16). Jesús ha mantenido sus promesas: ha resucitado, ha subido a los cielos y, en unión con el Eterno Padre, nos envía el Espíritu Santo para que nos santifique y nos dé la vida (Es Cristo que pasa, n. 128).

 

Luc 11, 14-23

La obstinación de los enemigos de Jesús no cede ni ante la evidencia del milagro. Puesto que no pueden negar el valor extraordinario del hecho, lo atribuyen a artes demoníacas, con el intento de negar que Jesús es el Mesías. El Señor les replica con un razonamiento que no admite escapatoria: las expulsiones de demonios que hace son pruebas evidentes de que con Él ha llegado el Reino de Dios. El Concilio Vaticano II ha recordado de nuevo esta verdad: «Nuestro Señor Jesús dio comienzo a su Iglesia predicando la buena nueva, es decir, la llegada del Reino de Dios prometido desde los siglos en la Escritura (...). Los milagros de Jesús confirman que el Reino ya ha llegado a la tierra: Si yo expulso los demonios por el dedo de Dios, está claro que el Reino de Dios ha llegado a vosotros (Lc 11, 20; cfr. Mt 12, 28). Pero sobre todo, el Reino de Dios se manifiesta en la persona misma de Cristo, Hijo de Dios e Hijo del Hombre, que vino a servir y a dar su vida en redención por muchos (Mc 10, 45)» (Lumen gentium, n. 5).

El fuerte y bien armado es el demonio (v. 21), que con su poder tenía esclavizado al hombre; pero Jesucristo, más fuerte que él, ha venido, le ha vencido y le está desalojando de donde se había enseñoreado. San Pablo dirá que Cristo «ha despojado a los principados y potestades, los ha dado a público espectáculo triunfando sobre ellos» (Col 2, 15).

Tras la victoria de Cristo, el «más fuerte», las palabras del v. 23 son una seria advertencia a los que le escuchaban, y a toda la humanidad: aunque no lo quieran reconocer Jesucristo ha vencido, y en adelante no es admisible la neutralidad ante su causa: quien no esté con Él, contra Él está.

 

Luc 11, 18

El argumento de Cristo es claro. Uno de los mayores males que pueden sobrevenir a la Iglesia es precisamente la división entre los cristianos, la desunión de los creyentes. Hemos de hacer nuestra la oración de Jesús: «Que todos sean uno; como Tú, Padre, en mí y yo en Ti, que así ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que Tú me has enviado» (Ioh 17, 21).

 

Luc 11, 24-26

El Señor nos descubre cómo el demonio no descansa en su lucha contra el hombre; una vez rechazado por la gracia de Dios, de nuevo despliega sus asechanzas y ataques. Conocedor de todo esto, San Pedro nos recomienda vivir sobrios y vigilantes, «porque vuestro enemigo el diablo da vueltas alrededor de vosotros como un león rugiente buscando a quién devorar: resistidle fuertes en la fe» (1 Pet 5, 8-9).

Además, Jesús nos pone en guardia contra una nueva derrota a manos de Satanás, advirtiéndonos que esa nueva situación sería peor aún que la primera. Con razón dice el adagio latino que «corruptio optimi, pessima» (la corrupción de lo mejor es la peor). También San Pedro, con palabra inspirada, recrimina a los cristianos corrompidos, a quienes, con grave y expresiva frase, compara al «perro que se ha vuelto a lo que vomitó y la puerca lavada que se revuelca en el cieno» (2 Pet 2, 22).

 

Luc 11, 27-28

Estas palabras son la proclamación de la actitud fundamental del alma de la Virgen María. Así lo expone el Concilio Vaticano II: «A lo largo de la predicación de Jesús, recogió (María) las palabras con las que el Hijo, situando el Reino más allá de las consideraciones y de los vínculos de la carne y de la sangre, proclamó bienaventurados (cfr. Mc 3, 35; Lc 11, 27-28) a quienes escuchaban y guardaban la palabra de Dios, como Ella misma lo hacía con fidelidad (cfr. Lc 2, 19.51)» (Lumen gentium, n. 58). Por tanto, con esta respuesta Jesús no rechaza el encendido requiebro que esa buena mujer dedica a su Madre, sino que lo acepta y va más allá, explicando que María Santísima es bienaventurada sobre todo por haber sido buena y fiel en el cumplimiento de la palabra de Dios. Era el elogio de su Madre, de su fiat (Lc I, 38), del hágase sincero, entregado, cumplido hasta las últimas consecuencias, que no se manifestó en acciones aparatosas, sino en el sacrificio escondido y silencioso de cada jornada (Es Cristo que pasa, n. 172). Cfr. nota a Lc 1, 34-38.

 

Luc 11, 29-32

Jonás fue el profeta que llevó a los ninivitas a la penitencia porque en su predicación y en sus obras, en su persona y en su vida, reconocieron la señal de un enviado de Dios (cfr. nota a Mt 12, 41-42).

 

Luc 11, 33-36

Jesús está hablando en metáforas; el hombre que tiene la vista sana ve bien las cosas. De aquí hace una aplicación moral: la mirada pura, sencilla, sabe apreciar las cosas de Dios. Los que se oponían al Señor veían sus obras y oían sus palabras, pero su mirada no era limpia y no querían reconocer a Dios en Él. Es también un reproche para todos los que no quieren aceptar el Evangelio.

 

Luc 11, 39-52

En este pasaje —uno de los más duros del Evangelio— Jesucristo desenmascara de modo vehemente el vicio con el que el judaísmo oficial más se opuso a la aceptación de su doctrina: la hipocresía revestida de legalismo. Hay gentes que, so capa de bien, cumpliendo la mera letra de los preceptos, no cumplen su espíritu; no se abren al amor de Dios y del prójimo; se endurecen en su corazón y con apariencia de honorabilidad apartan a los hombres del camino de entrega fervorosa a Dios, haciendo intolerable la virtud. Jesucristo les desenmascara con tanta vehemencia porque son peores que los enemigos manifiestos; de éstos cualquiera puede defenderse; de aquellos es poco menos que imposible. De hecho los escribas y fariseos estaban cerrando el paso al pueblo que quería seguir a Jesús, constituyéndose en el obstáculo más taimado al Evangelio. Las invectivas contra los escribas y fariseos que San Lucas recoge aquí se encuentran también en el capítulo veintitrés de San Mateo, incluso con mayor amplitud. Cfr. nota a Mt 23, 1-39.

 

Luc 11, 40-41

El sentido de este texto no es fácil de captar. Probablemente nuestro Señor aprovecha el juego de palabras «lo de fuera» y «lo de dentro», con ocasión de la limpieza de vasos y platos, para dar una enseñanza acerca de la importancia primordial de lo interior del hombre sobre las meras apariencias, en contra del error común de los fariseos y de la tendencia frecuente de tantas personas. Así, con estas palabras Jesús nos amonesta diciendo que en vez de andar tan preocupados por las cosas «de fuera» nos deben preocupar sobre todo las «de dentro». Aplicado al caso de la limosna, lo que importa es dar generosamente de los bienes que guardamos de forma egoísta: esto es, no basta con dar unas monedas, que es algo que puede quedarse en la sola exterioridad, sino que hay que dar a los demás el amor, la comprensión, el trato delicado, el respeto a su libertad, la preocupación honda por su bien espiritual y material..., que son irrealizables sin unas disposiciones interiores de amor al prójimo.

El Papa Juan Pablo II explicaba así, en una alocución a los jóvenes, el significado genuino de la limosna: «Limosna, palabra griega, significa etimológicamente compasión y misericordia. Circunstancias diversas e influjos de una mentalidad restrictiva han alterado y profanado en cierto modo su primigenio significado, reduciéndolo tal vez a un acto sin espíritu y sin amor. Pero la limosna, en sí misma, se entiende esencialmente como actitud del hombre que advierte la necesidad de los otros, que quiere hacer partícipes a los otros del propio bien. ¿Quién diría que no habrá siempre otro que tenga necesidad de ayuda, ante todo espiritual, de apoyo, de consuelo, de fraternidad, de amor? El mundo está siempre muy pobre de amor» (Alocución a los jóvenes, 28-III-1979).

 

Luc 11, 42

Según la Ley de Moisés había que pagar el diezmo de las cosechas (cfr. Lev 27, 30-33; Dt 12, 22 ss.; etc.) para contribuir al sostenimiento del culto en el Templo. Los productos insignificantes no estaban sujetos a esta Ley.

La ruda es una planta amarga y medicinal que se usaba antiguamente entre los judíos. Se discutía entre ellos si la ruda debía entrar o no en el pago de los diezmos. Los fariseos, llevados de una extrema meticulosidad, enseñaban que debía pagarse.

 

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