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Luc 18, 15-17

El episodio de Jesús y los niños viene a corroborar la doctrina sobre la humildad, expuesta en la parábola del fariseo y del publicano. «¿Por qué dice, pues, que los niños son aptos para el Reino de los Cielos? Quizás porque de ordinario no tienen malicia, ni saben engañar, ni se atreven a vengarse; desconocen la lujuria, no apetecen las riquezas y desconocen la ambición. Pero la virtud de todo esto no consiste en el desconocimiento del mal, sino en su repulsa; no consiste en la imposibilidad de pecar, sino en no consentir en el pecado. Por tanto, el Señor no se refiere a la niñez como tal, sino a la inocencia que tienen los niños en su sencillez» (Expositio Evangelii sec. Lucam, in loc.).

Recibir el Reino de Dios como niños, hacerse niños ante Dios es renunciar a la soberbia, a la autosuficiencia; reconocer que nosotros solos nada podemos, porque necesitamos de la gracia, del poder de nuestro Padre Dios para aprender a caminar y para perseverar en el camino. Ser pequeños exige abandonarse como se abandonan los niños, creer como creen los niños, pedir como piden los niños (Es Cristo que pasa, n. 143).

 

Luc 18, 15

El adverbio «también» hace suponer que en aquella ocasión las madres le presentaban sus niños pequeños, al mismo tiempo que otros le llevaban los enfermos.

«Para que los tocara»: A la vista de las curaciones de los enfermos, es muy comprensible que los familiares le acercaran a los niños para asegurar la buena salud de ellos por el contacto con Jesús; de una manera semejante pensaba la hemorroisa al tocar el manto del Señor (cfr. Mt 9, 20-22). En el texto paralelo de San Mateo se especifica un poco más: «Le presentaron unos niños para que les impusiera las manos y orase» (Mt 19, 13), es decir, para que los bendijera.

 

Luc 18, 18-27

Triste es la historia de este hombre, joven según detalla Mt 19, 20, que cambia su vocación de apóstol por los bienes materiales. También hoy, ante el Señor que llama a una entrega total, podemos responder que no y preferir nuestro dinero, nuestra honra, nuestra comodidad, nuestro prestigio profesional, en una palabra, nuestro egoísmo.

Me dices, de ese amigo tuyo, que frecuenta sacramentos, que es de vida limpia y buen estudiante. —Pero que no ‘encaja’: si le hablas de sacrificio y apostolado, se entristece y se te va.

No te preocupe. —No es un fracaso de tu celo; es, a la letra, la escena que narra el Evangelista: ‘si quieres ser perfecto, anda y vende cuanto tienes, y dáselo a los pobres’ (sacrificio)... ‘y ven después y sígueme’ (apostolado).

El adolescente ‘abiit tristis’ —se retiró también entristecido: no quiso corresponder a la gracia» (Camino, n. 807).

 

Luc 18, 22

La frase «ven y sígueme» es mucho más expresiva en el texto original. Quizás más exactamente podría traducirse: «Y, ¡hala! ¡sígueme!». Con ello Jesús le hizo no una suave invitación, sino una llamada imperiosa a su seguimiento inmediato.

 

Luc 18, 24-26

La imagen del camello y de la aguja es una hipérbole que describe la enorme dificultad de que un rico no desprendido de sus riquezas entre en el Reino de los Cielos.

Los bienes de la tierra no son malos; se pervierten cuando el hombre los erige en ídolos y, ante esos ídolos, se postra; se ennoblecen cuando los convertimos en instrumentos para el bien, en una tarea cristiana de justicia y de caridad. No podemos ir detrás de los bienes económicos, como quien va en busca de un tesoro; nuestro tesoro (...) es Cristo y en Él se han de centrar todos nuestros amores porque donde está nuestro tesoro allí estará también nuestro corazón (Mt VI, 21) (Es Cristo que pasa, n. 35).

 

Luc 18, 27

El cristiano debe ser audaz en los caminos de su propia santificación y del apostolado. No ha de considerar sus propias fuerzas sino el poder infinito de Dios.

 

Luc 18, 28-30

Jesús responde plenamente a la inquietud de Pedro y de los demás discípulos. Las palabras de Cristo dan seguridad a quienes, después de haber entregado todo al Señor, pueden sentir en algún momento la nostalgia de lo que dejaron. La promesa de Jesús rebasa con creces lo que el mundo puede dar. El Señor nos quiere felices también en esta vida: quienes le siguen con generosidad obtienen, ya aquí en la tierra, un gozo y una paz que superan con mucho las alegrías y consuelos humanos. A este gozo y paz, que son también un anticipo de la felicidad del Cielo, hay que añadir aún la bienaventuranza eterna. Comentando este pasaje se dice en Camino (n. 670): ¡A ver si encuentras, en la tierra, quien pague con tanta generosidad!

Sobre la naturaleza de este premio prometido ver también Mc 10, 28-30 y la nota correspondiente.

 

Luc 18, 31-40

Las palabras de Jesús resultaban incomprensibles a los Apóstoles por la idea demasiado humana que tenían del Mesías, y se resistían a aceptar que Jesús había de ser entregado a la muerte. Cuando más tarde recibieron el Espíritu Santo comprendieron claramente que «Dios cumplió lo que había anunciado por boca de todos los profetas, que Cristo había de padecer» (Act 3, 18). Así pues, el dolor entra en los planes de Dios. Ésa es la realidad, aunque nos cueste entenderla (Es Cristo que pasa, n. 168). Debemos frecuentar el trato con el Espíritu Santo para que nos haga comprender el sentido del dolor y su alcance corredentor. Además, debemos pedirle que nos haga comprender que sólo cuando nos decidamos a colocar la Cruz en el centro de nuestra vida vendrán la paz y la alegría verdaderas a nuestra alma. Cfr. nota a Lc 14, 27.

Señala San Juan Crisóstomo que la Pasión de Cristo «había sido anunciada por Isaías cuando dijo: ‘He ofrecido mis espaldas a los azotes, mis mejillas a las bofetadas y no he apartado mi cara de los salivazos’ (Is 50, 6), y aun el mismo profeta predijo el suplicio de la Cruz con estas palabras: ‘Entregó su vida a la muerte, y fue considerado entre los inicuos’ (Is 53, 12). Y por eso añade el texto: ‘Y después de azotarlo, lo matarán’; pero David también había anunciado su resurrección cuando dijo: ‘No dejarás mi alma en el abismo’ (Ps 16, 10). En cumplimiento de ello añade el Señor: ‘Y al tercer día resucitará’» (Hom. sobre S. Mateo, 66).

 

Luc 18, 35-43

El ciego de Jericó aprovecha sin demora la ocasión del paso de Jesús. No se pueden desperdiciar las gracias del Señor porque no sabemos si las volverá a conceder. San Agustín formuló lapidariamente la urgencia de corresponder al don divino, al paso de Cristo, con la conocida frase: Timeo Jesum praetereuntem et non redeuntem, «temo que Jesús pase y no vuelva». Porque Jesús, alguna vez al menos, pasa por la vida de todos los hombres.

El ciego de Jericó confiesa a gritos que Jesús es el Mesías —le da el título mesiánico de Hijo de David—, y le pide lo que necesita: ver. Su fe es activa: grita, insiste, a pesar de los obstáculos de la gente. Y logra que Jesús le oiga y le llame. Dios ha querido que en el santo Evangelio haya quedado constancia del episodio de este hombre, ejemplo de cómo debe ser nuestra fe y nuestra petición: firme, sin dilaciones, constante, por encima de los obstáculos, sencilla, hasta conseguir llegar al corazón de Jesucristo.

«¡Señor, que vea!»: Esta jaculatoria sencilla debe aflorar continuamente a nuestros labios, salida de lo más hondo del corazón. Es muy útil repetirla en momentos de duda, de vacilación, cuando no entendemos los planes de Dios, cuando se ensombrece el horizonte de la entrega. Incluso es válida para quienes buscan a Dios sinceramente, sin que todavía tengan el don inapreciable de la fe. Cfr. también nota a Mc 10, 46-52.

 

Lc 19

 

Luc 19, 1-10

Jesucristo es el Salvador de los hombres; ha curado a muchos enfermos, ha resucitado a muertos, pero sobre todo ha traído el perdón de los pecados y el don de la gracia a los que se le acercan con fe. Como antes en el caso de la pecadora (cfr. Lc 7, 36-50), ahora Jesús trae la salvación a Zaqueo, puesto que la misión del Hijo del Hombre es salvar lo que estaba perdido.

Zaqueo pertenecía al oficio de los publicanos, odiados por el pueblo porque eran colaboradores del poder romano y abusaban frecuentemente en la recaudación de impuestos (cfr. nota a Mt 5, 46). El Evangelio deja entrever que también este hombre tenía de qué arrepentirse (cfr. vv. 7-10). Lo cierto es que quiere ver al Señor, sin duda movido por la gracia, y para ello pone todos los medios a su alcance. Jesús premia este esfuerzo de Zaqueo, hospedándose en su casa. Conmovido por la presencia del Señor inicia una vida nueva.

Quienes ven esta escena murmuran contra Jesús porque trata afectuosamente a un hombre a quien ellos estiman pecador. El Señor, en vez de excusarse, manifiesta claramente que ha venido precisamente a eso: a buscar a los pecadores. Este episodio hace realidad la parábola de la oveja perdida (cfr. Lc 15, 4-7), cuya enseñanza ya estaba profetizada en Ezequiel: «Buscaré la oveja perdida, tornaré a la descarriada, curaré a la herida y sanaré a la enferma» (34, 16).

 

Luc 19, 4

El sicómoro es un árbol semejante al moral, pero de más altura y de tronco más grueso.

Zaqueo quiere ver a Jesús. Para conseguirlo no tiene reparo en mezclarse con la muchedumbre. Como el ciego de Jericó salta por encima de los respetos humanos. Así ha de ser nuestra búsqueda de Dios: ni falsa vergüenza ni miedo al ridículo deben impedir que pongamos los medios para encontrar al Señor. Convéncete de que el ridículo no existe para quien hace lo mejor (Camino, n. 392).

 

Luc 19, 5-6

Estamos ante una clara manifestación de cómo actúa Dios para salvar a los hombres. Jesús llama individualmente, por su nombre, a Zaqueo pidiéndole que lo reciba en su casa. El Evangelio subraya que lo recibió prontamente y con alegría. Así debemos responder nosotros a las llamadas que Dios nos hace a través de su gracia.

 

Luc 19, 8

Zaqueo, en su inmediata correspondencia a la gracia, manifiesta el propósito de devolver el cuádruplo de lo que injustamente podría haber defraudado. Con esto va más allá de lo que ordena la Ley de Moisés (cfr. Ex 21, 37s.). Además, en una generosa compensación, entrega a los pobres la mitad de sus bienes. «Aprendan los ricos —comenta San Ambrosio— que no consiste el mal en tener riquezas, sino en no usar bien de ellas; porque así como las riquezas son un impedimento para los malos, son también un medio de virtud para los buenos» (Expositio Evangelii sec. Lucam, in loc.). Cfr. nota a Lc 16, 9-11.

 

Luc 19, 10

Este deseo ardiente de Jesús por buscar un pecador para salvarlo nos ha de llenar de la esperanza de alcanzar la salvación eterna: «Elige a un jefe de publicanos: ¿quién desesperará de sí mismo cuando éste alcanza la gracia?» (Expositio Evangelii sec. Lucam, in loc.).

 

Luc 19, 11

Los discípulos tenían una idea equivocada acerca del Reino de Cristo: pensaban que era inminente y de carácter temporal, y que Jesús, venciendo el poder opresor de Roma, lo instauraría pronto para entrar triunfalmente en la santa ciudad de Jerusalén; ellos esperaban que cuando llegase aquel momento tendrían un puesto de privilegio en el Reino. La opinión de los Apóstoles es una tentación de siempre para los cristianos que no entienden con claridad el carácter trascendente, sobrenatural, del Reino de Dios en este mundo, es decir, de la Iglesia, que «sólo pretende una cosa: el advenimiento del Reino de Dios y la salvación de toda la humanidad» (Gaudium et spes, n. 45).

El Señor nos enseña con la parábola de las minas que, aunque ya ha comenzado su reinado, la manifestación plena y total del mismo tardará en llegar. En el tiempo que queda es preciso trabajar con los medios que el Señor nos ofrece y con las gracias que nos da para merecer la recompensa.

 

Luc 19, 13

La mina no era moneda acuñada, pero sí una unidad contable; su valor equivalía a 35 gramos de oro. Esta parábola de las minas es semejante a la de los talentos, que relata San Mateo (cfr. 25, 14-30).

 

Luc 19, 14

La última parte de este versículo, aunque está en un contexto muy concreto, refleja la actitud de muchas personas que no quieren aceptar el suave yugo del Señor, y le rechazan como Rey. En la tierra hay millones de hombres que se encaran así con Jesucristo o, mejor dicho, con la sombra de Jesucristo, porque a Cristo no lo conocen, ni han visto la belleza de su rostro, ni saben la maravilla de su doctrina.

Ante ese triste espectáculo, me siento inclinado a desagraviar al Señor. Al escuchar ese clamor que no cesa y que, más que de voces, está hecho de obras poco nobles, experimento la necesidad de gritar alto: oportet illum regnare!, conviene que Él reine (1 Cor XV, 25) (Es Cristo que pasa, n. 179).

 

Luc 19, 17

Dios cuenta con nuestra fidelidad en las cosas pequeñas y su recompensa será mayor cuanto mayor sea nuestro esfuerzo: Porque fuiste ‘in pauca fidelis’ —fiel en lo poco—, entra en el gozo de tu Señor. —Son palabras de Cristo. —‘In pauca fidelis!...’—¿Desdeñarás ahora las cosas pequeñas si se promete la gloria a quienes las guardan? (Camino, n. 819).

 

Luc 19, 24-26

Dios exige de nosotros un serio empeño para hacer fructificar los dones que hemos recibido, y al mismo tiempo recompensa espléndidamente a quienes corresponden a su gracia. El rey de la parábola se muestra generoso con los siervos que supieron multiplicar las minas y es magnánimo en el premio. En cambio actúa con toda severidad con el siervo perezoso; éste también había recibido un don de su señor; no lo había dilapidado sino que lo había guardado cuidadosamente, y este modo de proceder indigna a su rey; el siervo no ha cumplido el mandato que se le había dado juntamente con la mina: Negociad hasta mi vuelta. Si sabemos apreciar los tesoros que el Señor nos ha dado —la vida, el don de la fe, la gracia—, pondremos un gran empeño en hacerlos fructificar: en el cumplimiento de nuestros deberes, en nuestro trabajo y en nuestro apostolado. Que tu vida no sea una vida estéril. —Sé útil. —Deja poso. —Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor.

Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores impuros del odio. —Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón (Camino, n. 1).

 

Luc 19, 28

De ordinario en los Evangelios, cuando se habla de ir a la Ciudad Santa se dice que se sube hacia Jerusalén (cfr. Mt 20, 18; Ioh 7, 8). Esto se debe a que geográficamente la ciudad está sobre el monte Sión. Por otra parte, al ser el Templo el centro político y religioso, subir a Jerusalén tenía un sentido sagrado de ascenso al lugar santo, donde se ofrecían sacrificios y ofrendas a Dios.

De modo peculiar en el Evangelio de San Lucas se ve cómo toda la vida de Nuestro Señor es un continuo caminar y subir hacia Jerusalén, donde se consuma su entrega al sacrificio redentor de la Cruz. En este momento Jesucristo sube hacia Jerusalén, consciente de que se acerca el momento de su Pasión y Muerte.

 

Luc 19, 30-35

Jesús utiliza un borrico para su entrada en Jerusalén; cumple así un oráculo profético: «Alégrate con alegría grande, hija de Sión. Salta de júbilo, hija de Jerusalén. Mira que viene a ti tu rey, justo y salvador, montado en un asno, en un pollino hijo de asna» (Zach 9, 9).

El pueblo y sobre todo los fariseos conocían bien esta profecía. Por eso este acto, dentro de su sencillez, reviste una solemnidad que conmueve a los asistentes: enardece al pueblo e irrita a los fariseos. El Señor, al dar cumplimiento a la profecía, se presenta ante todos como el Mesías profetizado en el Antiguo Testamento.

Otros aspectos de este episodio han sido comentados a propósito de Mc 11, 3.

 

Luc 19, 38

Cristo es saludado con las palabras proféticas para la entronización del Mesías, escritas en el Salmo 118, 26: «¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!». Pero además es aclamado como Rey por el pueblo. Es la hora de la gran manifestación mesiánica. Los fariseos se indignan. En medio del júbilo se oye esta exclamación: «Paz en el Cielo y gloria en las alturas», como un eco del anuncio del ángel a los pastores en la noche de Navidad (cfr. Lc 2, 14).

 

Luc 19, 40

A los reproches de los fariseos, escandalizados por las aclamaciones del pueblo, el Señor responde con una frase de estilo proverbial: es tan evidente su dignidad mesiánica que si los hombres no la reconocieran sería proclamada por la naturaleza misma. De hecho, cuando por miedo callan sus conocidos en el Calvario tembló la tierra y se partieron las piedras (cfr. Mt 27, 51), estremecidas por su muerte. El Señor, que en otras circunstancias había impuesto silencio a quienes le querían aclamar como Rey y Mesías, ahora cambia de actitud: ha llegado el momento de la manifestación pública de su dignidad y de su misión.

 

Luc 19, 41-44

Cuando la comitiva llega a un lugar desde donde se domina la ciudad, su alegría se ve turbada por el inesperado llanto de Jesús. El Señor explica la razón de su dolor al profetizar la destrucción de la Ciudad Santa a la que tanto quería: no quedará piedra sobre piedra y sus moradores serán aplastados, profecía que se cumplió el año 70, cuando Tito arrasó la ciudad y destruyó el Templo.

En el desarrollo de los acontecimientos históricos se cumple un castigo: Jerusalén no ha conocido la visita que se le ha hecho, es decir, ha permanecido insensible ante la venida salvadora del Redentor. Jesús tuvo para los judíos un amor de predilección: fueron los primeros en recibir la predicación del Evangelio (cfr. Mt 10, 5-6); a ellos dedicó el Señor su ministerio (cfr. Mt 15, 24). Había mostrado con su palabra y sus milagros que era el Hijo de Dios y el Mesías anunciado en las Escrituras. Sin embargo, los judíos despreciaron la gracia que el Señor venía a traerles: los dirigentes de la nación judía arrastraron al pueblo hasta pedir la crucifixión.

Jesús nos visita a cada uno de nosotros, viene como nuestro Salvador, nos enseña por medio de la predicación de la Iglesia, nos da su perdón y su gracia en los Sacramentos. No debemos rechazar al Señor, no debemos permanecer insensibles a su visita.

 

Luc 19, 45-48

La indignación de Jesús manifiesta su celo por la gloria del Padre, que debe reconocerse ahora en el respeto al Templo. De modo enérgico echa en cara a los vendedores el ejercicio de unas funciones ajenas al culto divino (cfr. Mt 21, 12; Mc 11, 15). Los mismos sacerdotes permitían semejantes abusos, que también reportaban beneficios para ellos al cobrar unas tasas. Los vendedores realizaban unas funciones necesarias para el culto divino, pero las habían viciado por su afán de lucro, convirtiendo el Templo en un mercado.

«Mi casa será casa de oración»; Con este texto de Isaías (56, 7; cfr. Ier 7, 11) Jesús subraya la finalidad del Templo. El gesto del Señor enseña el respeto que merecía el Templo de Jerusalén. Cuánta mayor veneración merecen nuestros templos, donde Jesús mismo está realmente presente en la Sagrada Eucaristía (cfr. notas a Mt 21, 12-13 y Mc 11, 15-18).

 

Lc 20

 

Luc 20, 1-40

El ministerio público de Jesús está llegando a su fin. Desde Jericó ha subido a Jerusalén en su último viaje. Ya no saldrá de la Ciudad Santa y sus alrededores hasta su muerte. Ha hecho su entrada como Mesías en el Templo y lo ha purificado. Y con la potestad de Mesías, predica ahora en los atrios del Templo. El Evangelista narra en este capítulo una serie de disputas originadas por fariseos y saduceos: sobre la potestad de Jesús (1-8), la licitud del tributo al César (20-26) y la resurrección de los muertos (27-40). Termina el capítulo con una contrarréplica del Señor acerca del Mesías, preguntándoles cómo entienden las palabras del Salmo 110, 1, y con la parábola de los viñadores-homicidas (Lc 20, 9-19). Los Apóstoles recordaron con especial emoción estos sucesos previos a la Pasión y Muerte del Salvador, que, a la luz de los acontecimientos de Pascua, adquirieron para ellos toda su trascendencia. El largo caminar de Jesús desde Galilea a Jerusalén llega a la meta: pero las autoridades de la Ciudad Santa rechazan al Mesías y Salvador. No obstante, allí se operará la Salvación del género humano merced al sacrificio del Hijo de Dios.

 

Luc 20, 1-8

Las preguntas de los príncipes de los sacerdotes y escribas son insidiosas, y las respuestas de Jesús son rápidas y apropiadas a la actitud de los interlocutores.

La pregunta «con qué potestad haces estas cosas» está relacionada con toda la actuación del Señor. Por eso el término técnico «potestad» ha de entenderse en toda su hondura: con qué poder, con qué autoridad actúa Jesús. El Señor, dada la mala intención de la pregunta, esquiva una respuesta explícita, haciéndoles una contrapregunta sobre el bautismo de Juan. Ante la respuesta evasiva de sacerdotes y escribas, el Señor zanja la cuestión: afirma que tiene esta potestad y se niega a decir cómo la ha recibido. Pocos días después, cuando reunido todo el Sanedrín se le formule solemnemente la pregunta de si es el Mesías e Hijo de Dios, contestará con toda claridad que lo es, poniendo de manifiesto con ello el fundamento de su potestad y el porqué de su actuación (cfr. Mt 26, 63-64 y Lc 22, 66-71).

 

Luc 20, 9-19

Acercándose los días de su Pasión, el Señor descubre a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas la gravedad del pecado que están cometiendo al rechazarle, y las terribles consecuencias que se seguirán. Con este fin expone una parábola, cuyo tema central es de larga raigambre en la Sagrada Escritura y muy conocido por los oyentes: el pueblo de Israel es la viña del Señor. De los muchos lugares en que esta comparación aparece en el Antiguo Testamento (Os 10, 1; Ier 10, 21; 12, 10; Ez 19, 10-14; Ps 80, 8-19), uno tiene especial resonancia: el cántico de la viña que en lugar de uvas dio agrazones (Is 5, 1-7); las palabras del Señor parecen evocar aquella queja profética: «¿Qué más se puede hacer ya a mi viña que no se lo haya hecho yo?». Cada personaje de la parábola del Evangelio ocupa su lugar con claridad: la viña es Israel; los colonos son los jefes del pueblo; los siervos que envía el Señor a la viña son los profetas tantas veces maltratados; el hijo es el mismo Jesucristo, Hijo unigénito del Padre. Jesús alude a su muerte en las afueras de la ciudad: los colonos le sacan fuera de la viña —Jerusalén— y le matan. El dueño de la viña es Dios. Los príncipes de los sacerdotes y los escribas comprenden el final de la parábola y se horrorizan, por eso gritan: «¡De ningún modo!». En efecto, según las palabras del Señor el dueño de la viña exterminará a esos colonos y se la dará a otros. Se trata de la reprobación de los jefes del pueblo. El Señor, para confirmar la enseñanza de la parábola, concluye aplicándose a Sí mismo las palabras del Salmo 118, 22: Él es la piedra angular rechazada por los arquitectos.

La parábola contiene una enseñanza cuya aplicación es clara para todos nosotros: es un grave pecado rechazar al Señor, despreciar la gracia de Dios. Si nuestro corazón se endurece como el de aquellos sacerdotes y escribas, será inevitable que oigamos de labios del Señor parecidas palabras de reprobación.

El pasaje termina con una nota triste: heridos en su soberbia por la claridad de las palabras de Jesús, se endurecen todavía más hasta el punto de intentar matarle.

 

Luc 20, 20-26

Los jefes del pueblo buscan algún motivo para acusar a Jesús. Con este fin le plantean dos preguntas capciosas: sobre la legitimidad de la autoridad romana y sobre la resurrección de los muertos (vv. 27-39).

La pregunta de si es lícito pagar el tributo al César es maliciosa: si el Señor contesta que sí, podrán acusarle de que colabora con el poder romano, que los judíos odiaban puesto que era invasor; si contesta que no, podrán acusarle de rebelión ante Pilato, autoridad romana.

La respuesta del Señor sorprende por su sencillez, profundidad y prudencia. Pone de relieve un deber irrenunciable para todos los hombres: dar a Dios lo que es de Dios. Esta frase es la clave para entender la respuesta en toda su profundidad: por encima de todo está el reconocimiento de la soberanía divina.

Jesucristo, por ser Dios y hombre verdadero, tiene poder sobre todas las cosas, incluso sobre las realidades temporales, pero durante su vida en la tierra «se abstuvo por completo de ejercer semejante dominio y, como se despreocupó de la posesión y administración de las cosas humanas, así las dejó entonces a sus poseedores y se las deja ahora» (Quas primas). Actúa así el Señor con el fin de que su Reino —que es espiritual— no se confunda con un reino terreno.

Al mismo tiempo, con su respuesta da solución al problema de las relaciones entre la Iglesia y la comunidad política. Ambas han de tener sus respectivas independencia y esfera de actuación, a la vez que deberán mantener una colaboración eficaz para aquellos asuntos que por su naturaleza requieran la actuación de ambas potestades, como enseña el Concilio Vaticano II: «Cada una en su ámbito propio, son mutuamente independientes y autónomas. Sin embargo, ambas, aunque por título diverso, están al servicio de la vocación personal y social de unos mismos hombres. Tanto más eficazmente ejercerán este servicio en bien de todos, cuanto mejor cultiven entre ellas una sana colaboración» (Gaudium et spes, n. 76).

Jesús nos enseña aquí también el deber de cumplir con fidelidad nuestras obligaciones como ciudadanos. En este mismo sentido exhortaba San Pablo a los romanos: «Dad a cada uno lo debido: a quien tributo, tributo; a quien impuestos, impuestos; a quien respeto, respeto; a quien honor, honor» (Rom 13, 7).

Así lo vivieron también los primeros cristianos: «En cuanto a tributos y contribuciones, nosotros (los cristianos) procuramos pagarlos antes que nadie a quienes vosotros tenéis para ello ordenado, tal como Él (Jesús) nos enseñó» (Apología, 1, 17, 1).

 

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