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Luc 22, 19

Nótese lo rotundo de la frase del Señor: no dice aquí está mi cuerpo, ni esto es el símbolo de mi cuerpo, sino esto es mi cuerpo; es decir, este pan ya no es pan sino mi cuerpo. «Algunos, no dando suficiente importancia a estas palabras —afirma Santo Tomás—, estimaron que el cuerpo y la sangre de Cristo no estaban en este Sacramento más que como en un símbolo. Esto ha de rechazarse como herético, ya que es contrario a las palabras de Cristo» (Suma Teológica, III, q. 75, a. 1). Refuerzan también el sentido realista de estas palabras de Jesús aquéllas pronunciadas en la promesa de la Eucaristía: «Yo soy el pan vivo que he bajado del cielo. Si alguno come de este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo (...). El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día» (Ioh 6, 51.54).

«Haced esto en memoria mía»: El Magisterio solemne de la Iglesia nos enseña el sentido y el alcance preciso de estas palabras: «Si alguno dijere que con las palabras: Haced esto en memoria mía, Cristo no instituyó sacerdotes a sus Apóstoles, o que no les ordenó que ellos y los otros sacerdotes ofrecieran su cuerpo y su sangre, sea anatema» (De SS. Missae sacrificio, can. 2).

 

Luc 22, 24-30

No era la primera vez que entre los Apóstoles surgía la cuestión de quién sería el mayor. Ya en el camino hacia Cafarnaún, después del segundo anuncio de la Pasión, habían discutido por el mismo motivo. En aquella circunstancia Jesús les puso como ejemplo de humildad a un niño (cfr. Mt 18, 1-5; Mc 9, 33-37; Lc 9, 46). Poco después, con ocasión de la petición de la madre de Juan y Santiago, volvió a surgir la misma cuestión: los demás Apóstoles se indignaron con los hijos de Zebedeo. El Señor intervino para calmarles y se puso a Sí mismo como ejemplo: «El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en redención por muchos» (Mc 10, 45; cfr. Mt 20, 25-27).

Los Apóstoles no acababan de entender las explicaciones de Jesús. Cegados por su visión humana vuelven ahora a la misma discusión. Jesús les había llamado a una mayor responsabilidad en la entrega mediante el anuncio de la traición de uno de ellos (vv. 21 y 22) y mediante el mandato de renovar el Sacrificio Eucarístico (v. 19). Como en otras ocasiones cuando los Apóstoles ponen de relieve sus méritos personales, Jesús les recuerda de nuevo el ejemplo de su misma vida: Él era el mayor entre ellos, porque era Maestro y Señor (cfr. Ioh 13, 13), y, sin embargo, actuaba como el menor y les servía. Para corresponder a la llamada divina hace falta humildad, una humildad que se manifieste en espíritu de servicio. ¿Quieres que te diga todo lo que pienso de ‘tu camino’? —Pues, mira: que si correspondes a la llamada, trabajarás por Cristo como el que más: que si te haces hombre de oración, tendrás la correspondencia de que hablo antes y buscarás, con hambre de sacrificio, los trabajos más duros...

Y serás feliz aquí y felicísimo luego, en la Vida (Camino, n. 255).

La recompensa que Jesús promete a los que le permanecen fieles supera con creces toda ambición humana: los Apóstoles participarán de la amistad divina en el Reino de los Cielos y se sentarán sobre doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. En todo caso, el ejemplo y las palabras de Cristo son norma fundamental de gobierno en la Iglesia; con las siguientes palabras explica el Concilio Vaticano II el mandato del Salvador: «Los Obispos, como vicarios y legados de Cristo, rigen las iglesias particulares, que les han sido encomendadas, con sus exhortaciones y con sus ejemplos, pero también con su autoridad y sagrada potestad, de la que usan únicamente para edificar su grey en la verdad y en la santidad, recordando que quien es mayor ha de hacerse como el menor, y el que ocupa el primer puesto, como el servidor (cfr. Lc 22, 26-27)» (Lumen gentium, n. 27).

 

Luc 22, 25-27

Secundar las enseñanzas de Jesús sobre la humildad y el espíritu de servicio posibilita la verdadera fraternidad entre los hombres. Así lo señalaba S.S. Pablo VI en el discurso pronunciado ante la ONU: «Permitidme que os lo digamos como representante de una religión que opera la salvación por la Humanidad de su divino Fundador: es imposible ser hermano si no se es humilde, ya que es el orgullo, por muy inimitable que éste pueda parecer, el que provoca las tensiones y las luchas por el prestigio, por el predominio, por el colonialismo, por el egoísmo; es el orgullo el que rompe la fraternidad» (Discurso Naciones Unidas, n. 4).

 

Luc 22, 31-34

Nuestro Señor había anunciado a Pedro que iba a tener una misión especialísima entre todos los Apóstoles: la de ser piedra de apoyo, fundamento de la Iglesia futura. «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que significa Piedra)» (Ioh 1, 42), le dijo Jesús a orillas del Jordán. Más tarde, en Cesárea de Filipo, después de su profesión de fe en la divinidad del Redentor, Cristo volvió a hablarle de ser piedra, de su misión de fortalecer a la Iglesia: «Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Mt 16, 18). Ahora, en este momento tan importante, cuando se acerca ya su muerte y acaba de instituir el Sacrificio de la Nueva Alianza, el Señor renueva a Pedro la promesa del Primado: la fe de Pedro, a pesar de su caída, no puede desfallecer porque está apoyada en la eficacia de la oración del mismo Señor.

Jesucristo concede a Pedro un privilegio que es al mismo tiempo personal y transmisible. Pedro negará públicamente al Señor en casa del sumo sacerdote, pero no perderá su fe. Es como si el Señor dijera a Pedro, comenta San Juan Crisóstomo: «No he rogado para que no me niegues, sino para que no desfallezca tu fe» (Hom. sobre S. Mateo, 82, 3). Y Teofilacto añade: «Porque aunque San Pedro había de sufrir grandes agitaciones, tenía, sin embargo, escondida la semilla de la fe (...) y prosigue: ‘Y tú, cuando te conviertas, confirma a tus hermanos’, como diciendo: ‘Después que me hayas negado, llorarás y te arrepentirás; confirma entonces a tus hermanos, puesto que te he constituido jefe de los Apóstoles: esto es lo que te toca a ti, que eres junto conmigo la fortaleza y piedra de mi Iglesia’. Esto debe entenderse no sólo respecto de los discípulos que estaban allí presentes, para que fuesen fortalecidos por Pedro, sino también respecto de todos los fieles que hasta el fin del mundo habrán de existir» (Enarratio in Evangelium Lucae, in loc.). Efectivamente, con la oración del Señor, Pedro no desfalleció en su fe y se levantó de su caída; confirmó a los hermanos y fue la piedra angular de la Iglesia.

La oración de Jesús se cumplió no sólo en Pedro sino también en sus sucesores: su fe no desfallecerá. Esta indefectibilidad de la fe del Romano Pontífice, sucesor de San Pedro, se manifiesta en la permanencia inviolable de la verdadera fe, que está garantizada por el carisma de la infalibilidad: «La sede de San Pedro permanece siempre intacta de todo error, según la promesa de nuestro divino Salvador hecha al príncipe de sus discípulos (...); así, pues, este carisma de la verdad y de la fe nunca deficiente fue divinamente conferido a Pedro y a sus sucesores en esta cátedra, para que desempeñaran su excelso cargo para la salvación de todos» (Pastor aeternus, cap. 3). «Esta infalibilidad, que el divino Redentor quiso que tuviese su Iglesia cuando define la doctrina de fe y costumbres, se extiende a cuanto abarca el depósito de la Revelación, que debe ser custodiado santamente y expresado con fidelidad. El Romano Pontífice, Cabeza del Colegio Episcopal, goza de esta misma infalibilidad en razón de su oficio, cuando, como supremo Pastor y Doctor de todos los fieles, que confirma en la fe a sus hermanos (cfr. Lc 22, 32), proclama de una forma definitiva la doctrina de fe y costumbres» (Lumen gentium, n. 25). Por eso, cuando el Romano Pontífice habla ex cathedra (cfr. Pastor aeternus, cap. 4), «goza de aquella infalibilidad de que el Redentor divino quiso que estuviera provista su Iglesia (...) y por tanto las definiciones del Romano Pontífice son irreformables por sí mismas» (vid. también comentario a Mt 16, 13-20).

La suprema potestad del Romano Pontífice y su infalibilidad, cuando habla ex cathedra, no son una invención humana: se basan en la explícita voluntad fundacional de Cristo (...). Nadie en la Iglesia goza por sí mismo de potestad absoluta, en cuanto hombre; en la Iglesia no hay más jefe que Cristo; y Cristo ha querido constituir a un Vicario suyo —el Romano Pontífice— para su Esposa peregrina en esta tierra (...). El amor al Romano Pontífice ha de ser en nosotros una hermosa pasión, porque en él vemos a Cristo (Lealtad a la Iglesia).

 

Luc 22, 36-38

Jesús anuncia su Pasión aplicándose la profecía de Isaías sobre el Siervo de Yahwéh (Is 53, 12) —fue contado entre los malhechores— y señalando el cumplimiento en Él de todas las demás profecías sobre los dolores del Redentor. Se acerca el momento de la prueba y el Señor emplea un lenguaje figurado: hacer provisiones y comprar armas para resistir. Los Apóstoles interpretan las palabras de Cristo al pie de la letra, y esto produce en el Señor un gesto de cierta comprensión indulgente: «Ya basta». «Como cuando nosotros —dice Teofilacto— hablamos a otro, si vemos que no nos comprende decimos: Está bien, déjalo» (Enarratio in Evangelium Lucae, in loc.).

 

Luc 22, 39-71

La Pasión del Señor es la prueba suprema del infinito amor de Dios a los hombres: «Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca sino que tenga vida eterna» (Ioh 3, 16); y, al mismo tiempo, es la prueba definitiva del amor de Cristo, Dios y Hombre verdadero, por nosotros, según Él mismo dijo: «Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos» (Ioh 15, 13).

¿Quieres acompañar de cerca, muy de cerca a Jesús? ...Abre el Santo Evangelio y lee la Pasión del Señor. Pero leer sólo, no: vivir. La diferencia es grande. Leer es recordar una cosa que pasó; vivir es hallarse presente en un acontecimiento que está sucediendo ahora mismo, ser uno más en aquellas escenas.

Entonces, deja que tu corazón se expansione, que se ponga junto al Señor. Y cuando notes que se escapa —que eres cobarde, como los otros—, pide perdón por tus cobardías y las mías (Via Crucis, IX, n. 3).

 

Luc 22, 39-40

Jesús solía retirarse al huerto de Getsemaní, en el monte de los Olivos, para hacer oración. Así aparece señalado por San Juan (Ioh 18, 1) y por San Lucas (Lc 21, 37). Esto explica que Judas conociera el lugar (Ioh 18, 1-2).

Al llegar al huerto el Señor se dispone a vivir la hora suprema de su agonía. Antes de alejarse un poco para orar, pide a sus discípulos que perseveren también en oración. Se avecina para ellos una grave tentación de escándalo al ver que es apresado el Señor (cfr. Mt 26, 31). Jesús lo ha anunciado durante la Última Cena (Ioh 16, 32); ahora les advierte que si no permanecen vigilantes y orando no resistirán la prueba. Quiere el Señor además que los Apóstoles le acompañen mientras Él sufre. Por eso al volver y encontrarlos dormidos pronuncia la doliente queja: «¿Ni siquiera habéis sido capaces de velar una hora conmigo?» (Mt 26, 40).

Debemos seguir de cerca al Señor y acompañarle, aun en los momentos de dificultad y de tribulación; este mandato nos señala los medios que debemos emplear: la oración y la vigilancia.

 

Luc 22, 41

Jesús oraba puesto de rodillas. Son muchos los pasajes de los Evangelios que nos hablan de la oración del Señor, pero sólo esta vez se describe su actitud exterior, que debió de repetirse en otras ocasiones. La postura de rodillas es una manifestación de la actitud interior de humildad ante Dios.

 

Luc 22, 42

Jesucristo es perfecto Dios y perfecto Hombre: igual al Padre en cuanto Dios, menor que el Padre en cuanto hombre. Por esta razón en cuanto hombre podía y debía hacer oración. Así lo hizo durante toda su vida. Ahora, cuando el padecimiento espiritual es tan intenso que le hace entrar en agonía, el Señor se dirige a su Padre con una oración que muestra a la vez su confianza y su angustia: le llama con el entrañable nombre de «Abbá», Padre, y le pide que aparte de Él este cáliz de amargura. Atormenta al Señor el conocimiento de los inmensos dolores de la Pasión que acepta voluntariamente; pesan sobre Él todos los pecados del género humano, la infidelidad del pueblo elegido y el escándalo de sus discípulos. Todas estas causas de congoja eran captadas en toda su intensidad por el alma de Cristo. La angustia de nuestro Redentor es tal que llega a sudar sangre. Este fenómeno extraordinario es prueba de la aflicción extrema del Señor; su naturaleza humana aparece aquí en toda su capacidad de sufrimiento.

A este propósito comenta Santo Tomás Moro: «El miedo a la muerte o a los tormentos nada tiene de culpa, sino más bien de pena: es una aflicción de las que Cristo vino a padecer y no a escapar. Ni se ha de llamar cobardía al miedo y horror ante los suplicios. Sin embargo, huir por miedo a la tortura o a la misma muerte en una situación en la que es necesario luchar, o también, abandonar toda esperanza de victoria y entregarse al enemigo, esto, sin duda, es un crimen grave en la disciplina militar. Por lo demás, no importa cuan perturbado y estremecido por el miedo esté el ánimo de un soldado; si a pesar de todo avanza cuando lo manda el capitán, y marcha y lucha y vence al enemigo, ningún motivo tiene para temer que aquel su primer miedo pueda disminuir el premio. De hecho, debería recibir incluso mayor alabanza, puesto que hubo de superar no sólo al ejército enemigo, sino también su propio temor; y esto último, con frecuencia, es más difícil de vencer que el mismo enemigo» (La agonía de Cristo, in loc.).

Jesús persevera en la misma oración: «No se haga mi voluntad sino la tuya». Manifiesta así la realidad de su voluntad humana y su perfecta conformidad con la Voluntad divina. Esta oración del Señor es además una lección perfecta de abandono y de unión con la Voluntad de Dios, rasgos que deben acompañar siempre a nuestra oración, sobre todo en los momentos de dificultad. ¿Estás sufriendo una gran tribulación? —¿Tienes contradicciones? Di, muy despacio, como paladeándola, esta oración recia y viril:

‘Hágase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y amabilísima Voluntad de Dios. sobre todas las cosas. —Amén. —Amén’.

Yo te aseguro que alcanzarás la paz (Camino, n. 691).

 

Luc 22, 43

Repetidamente aparece en el Evangelio la intervención de los ángeles en la vida del Señor. Un ángel anuncia a la Santísima Virgen el misterio de la Encarnación (Lc 1, 26); coros angélicos alaban a Dios en el nacimiento de Jesús en Belén (Lc 2, 13); los ángeles le sirven tras las tentaciones en el desierto (Mt 4, 11); ahora Dios Padre envía un ángel para que le conforte en su agonía.

El Señor, que es Dios, acepta este consuelo. El Creador de todo, que no necesitó nunca de la ayuda de sus criaturas, quiere sin embargo, en cuanto hombre, recibir el consuelo y la ayuda que ellas le pueden dar.

Además de asistir a Jesús en su obra redentora, los ángeles asisten de modo particular a la Iglesia. Así los vemos intervenir con frecuencia en los comienzos de la tarea apostólica que nos relata el libro de los Hechos (cfr. Act 5, 19; 7, 30; 8, 26; 12, 7; 27, 23; etc.). Dios, pues, ha encomendado a los ángeles la misión de acompañar y ayudar a los hombres en su camino por la tierra, a fin de llevarlos al Cielo. Los ángeles —dice el Papa Pablo VI— «interceden por nosotros y con su fraterna solicitud nos ayudan grandemente en nuestra flaqueza» (Credo del Pueblo de Dios, n. 29). Esta realidad gozosa de nuestra fe nos ha de mover a contar siempre con nuestro ángel custodio, a recurrir a él en nuestras necesidades y a venerarle con piedad.

 

Luc 22, 47-48

Judas, conforme a la señal que había dado (cfr. Mt 26, 48), se acerca a besar al Señor. Era un saludo habitual entre los judíos, que indicaba sentimientos amistosos. Al besar se pronunciaba la palabra shalom, «paz». El Señor, que contempla dolorido la traición del Apóstol, trata a Judas con suma delicadeza y al mismo tiempo le hace presente la malicia y fealdad de su traición. Las palabras de Jesús constituyen el último intento para que Judas desista de su pecado.

No hay límite en la bondad de un Dios misericordioso, y ni siquiera el pecador más grande ha de desesperar del perdón: «De hecho, comenta Santo Tomás Moro, incluso al mismo Judas ofreció Dios muchas oportunidades de volver en sí y arrepentirse. No le arrojó de su compañía. No le quitó la dignidad que tenía como Apóstol. Ni tampoco le quitó la bolsa, y eso que era ladrón. Admitió al traidor en la última cena con sus discípulos tan queridos. A los pies del traidor se dignó agacharse para lavar con sus inocentes y sacrosantas manos los sucios pies de Judas, símbolo de la suciedad de su mente (...). Finalmente, al acercarse Judas con la turba para prenderle, ofreció a Cristo un beso, un beso que era, de hecho, la muestra abominable de su traición, pero que Cristo recibió con serenidad y con mansedumbre (...).

»Después de ver de cuántas maneras mostró Dios su misericordia con Judas, que de Apóstol había pasado a traidor, al ver con cuánta frecuencia le invitó al perdón, y no permitió que pereciera sino porque él mismo quiso desesperar, no hay razón alguna en esta vida para que nadie, aunque sea como Judas, haya de desesperar del perdón. Siguiendo el santo consejo del Apóstol: ‘Rezad unos por otros para ser salvos’ (Iac 5, 16), si vemos que alguien se desvía del camino recto, esperamos que volverá algún día a él, y mientras tanto, recemos sin cesar para que Dios le ofrezca oportunidades de entrar en razón; para que con su ayuda las coja, y para que, una vez cogidas, no las suelte ni rechace por la malicia, ni las deje pasar de lado por culpa de su miserable pereza» (La agonía de Cristo, in loc.).

 

Luc 22, 51

San Lucas, que era médico (cfr. Col 4, 15), consigna en el Evangelio por inspiración divina este milagro, que es el último que realizó el Señor antes de su Muerte. Jesús, siempre misericordioso, restituye a Malco la oreja cortada por Pedro (cfr. Ioh 18, 10). Se manifiesta con este milagro que Jesús sigue manteniendo su señorío aun en medio de circunstancias tan adversas. Sin cuidarse de Sí mismo atiende a la curación de quien ha ido a prenderle. Por otra parte, el Señor que muere por obediencia a su Padre, se niega a que se emplee la violencia para defenderle. En cumplimiento de las profecías acepta la muerte sin oponer resistencia, como oveja que va al matadero (cfr. Is 53, 7).

 

Luc 22, 52-53

Los «oficiales del Templo» constituían un cuerpo militar encargado de la guarda del recinto sagrado y estaban a las órdenes del sumo sacerdote. A ellos, junto con los sacerdotes y ancianos, se dirige el Señor.

«Ésta es vuestra hora», es decir, el tiempo en que vosotros y el príncipe de las tinieblas podréis desahogar contra Mí todo vuestro odio. Así indica el Señor que ha llegado el momento de su muerte. Las anteriores tentativas de prenderle fracasaron; ahora, en cambio, van a triunfar. El Señor explica la razón de esta victoria: les ha sido permitido de lo Alto. Es la hora, según la Voluntad del Padre, de que se cumpla la Redención del género humano, y por eso Jesús, libremente, se deja prender.

 

Luc 22, 55-62

Pedro, que sigue de lejos al tropel de gente que conduce al Señor, entra en la casa del sumo sacerdote. Mientras se desarrolla el primer juicio contra Jesús va a tener lugar la escena más triste de la vida del Apóstol. Los evangelistas la describen con viveza. Pedro está asustado e inquieto. En este ambiente era inevitable que surgiese varias veces el mismo tema de conversación: Jesús y sus discípulos.

Pedro dice por tres veces que no conoce a Jesús, que no es de sus seguidores. Sigue queriendo al Señor; pero esto no basta: tiene obligación, a pesar del riesgo evidente, de no disimular su condición de discípulo; por eso su negación constituye un grave pecado. No se puede negar ni disimular la propia fe, la condición de seguidor de Cristo, de cristiano.

Tras el canto del gallo se cruzan las miradas de Jesús y de Pedro. El Apóstol se conmueve: el gesto de Jesús, silencioso y lleno de ternura, es elocuente. Pedro comprende la gravedad de su pecado, y el cumplimiento de la profecía del Señor respecto a su traición. Saliendo fuera «lloró amargamente». Estas lágrimas son la reacción lógica de los corazones nobles, movidos por la gracia de Dios. Es el dolor de amor, la contrición del corazón, que, cuando es sincera, lleva consigo el firme propósito de poner por obra cuanto es necesario para borrar el pecado.

 

Luc 22, 66-71

Por la noche tuvo lugar un primer juicio contra el Señor, cuyo fin era fijar las acusaciones que se iban a presentar (Mt 26, 59-66; Mc 14, 53-64). Ahora, al amanecer, va a tener lugar el proceso ante el Sanedrín, ya que la costumbre judía prohibía tratar asuntos importantes por la noche y no reconocía valor legal a las decisiones tomadas. Se ha buscado contra Jesús un delito por el que pueda condenársele a muerte. Se pretende que sea el de blasfemia. Pero las acusaciones son tan inconsistentes que no pueden ofrecer un pretexto razonable para condenarlo. Por eso el Sanedrín sonsaca al Señor una declaración comprometedora.

Jesucristo —aun conociendo que con su respuesta ofrece a los fariseos el pretexto que buscan— afirma con toda gravedad, ante la indignación de los asistentes, no sólo que es el Mesías, sino que es el Hijo de Dios, igual al Padre, y subraya que se cumplen en Él las profecías (cfr. Dan 7, 13; Ps 110, 1). Los sanedritas captan la contestación del Señor en su profundidad y, rasgándose las vestiduras en señal de horror, piden su muerte: debe morir por blasfemo, ya que se ha puesto en el mismo lugar de Dios.

Reconocerle habría llevado a rectificar su conducta anterior frente a Jesús, y a humillarse ante el pueblo. Pero son demasiado soberbios para rectificar, y se cierran a la fe.

Que el orgullo no nos impida reconocer nuestros errores y pecados.

 

Lc 23

 

Luc 23, 1-2

En el proceso contra Jesús se distinguen dos juicios: uno religioso, según el procedimiento judío; y otro civil, según el romano.

En el primero, las autoridades judías condenaron a Jesús a pena de muerte por motivos religiosos, por declararse Hijo de Dios. Pero no podían ejercutarla porque sus dominadores, los romanos, se habían reservado esta atribución. El Sanedrín inicia un nuevo juicio ante Pilato para arrancar de la autoridad romana la ejecución de esta sentencia. De este modo comienza a cumplirse la profecía de Jesús de que moriría a manos de los gentiles (Lc 18, 32).

Como los romanos eran muy tolerantes en cuestiones religiosas con los pueblos dominados y no se entrometían en estos asuntos mientras no hubiera alborotos de orden público, las autoridades judías cambian las acusaciones contra Jesús, que, a partir de ahora, se hacen políticas: instigación a la rebelión contra los romanos y pretensiones de erigirse en rey. Y además las presentan de manera que una sentencia favorable al reo pudiera interpretarse en Roma como un crimen de lesa majestad: «Si sueltas a ése no eres amigo del César, pues todo el que se hace rey va contra el César» (Ioh 19, 12).

 

Luc 23, 2

Para urdir las acusaciones con visos de verdad acuden al procedimiento de las medias verdades, sacadas de su contexto e interpretadas tendenciosamente. Jesucristo había enseñado: «Dad, pues, al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (Mt 22, 21; cfr. nota correspondiente), y había predicado que su condición de Mesías, además de Profeta y Sacerdote, incluía el ser Rey; pero el mismo Jesús había precisado reiteradas veces que esta realeza era espiritual y, en consecuencia, había rechazado con energía todos los intentos del pueblo por nombrarle rey (cfr. Ioh 6, 15).

 

Luc 23, 3-4

Jesucristo confiesa abiertamente que es y que se considera Rey; pero por el modo de decirlo y por las explicaciones con que esclarece la naturaleza espiritual de esta realeza (Ioh 18, 33-38) Pilato se convence (Ioh 18, 38; 19, 4) de que no hay en ello ningún delito y que todas las acusaciones son capciosas (Mt 27, 18). Sin embargo, en vez de tomar una resolución enérgica en defensa del inocente, contemporiza con los acusadores; pretende ganar popularidad a costa del reo y se contenta con manifestar su convencimiento de la inocencia de Jesús, como invitando a que desistan de su empeño. Esta debilidad da pie a que crezca la violencia de los acusadores y se agrave la situación.

Con esa conducta Pilato pasa a ser el prototipo de los conformistas: Un hombre, un... caballero transigente, volvería a condenar a muerte a Jesús (Camino, n. 393).

 

Luc 23, 7

Herodes Antipas solía subir a Jerusalén por las fiestas de Pascua y se hospedaba en el palacio de los Asmoneos, en el centro de la ciudad. Pilato, al enviarle a Jesús, intenta desentenderse de un pleito enojoso y negociar una amistad útil para su carrera política.

 

Luc 23, 8-11

La actitud del Señor ante Herodes Antipas va a ser muy distinta de la que tiene con Pilato. Herodes era un hombre supersticioso, sensual y adúltero. A pesar de su estimación por Juan el Bautista, lo había mandado decapitar atendiendo los ruegos de Salomé (cfr. Mc 6, 14-29). Ahora intenta servirse de Jesús para su entretenimiento. Quiere verle como quien desea presenciar una sesión de magia. Jesús no contesta a sus preguntas hechas con palabrería aduladora. La postura del Salvador es de sencillez y grandeza y, por otra parte, de severidad. Su silencio elocuente es el castigo ejemplar para este tipo de conductas. Herodes reacciona poniendo al Señor un vestido blanco en señal de burla.

 

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