Este breve pasaje, con que se cierra el Evangelio según San Mateo, es de extraordinaria importancia. Los discípulos viendo al Resucitado le adoran, se postran ante Él como ante Dios. Su actitud parece indicar que al fin son conscientes de lo que ya, mucho antes, tenían en el corazón y habían confesado: que su Maestro era el Mesías, el Hijo de Dios (cfr Mt 16, 18; Ioh 1, 49). Les sobrecoge el asombro y la alegría ante la maravilla que sus ojos contemplan, que parece casi imposible, si no lo estuvieran viendo. Pero era realidad, y el pasmo dejó paso a la adoración. El Maestro les habla con la majestad propia de Dios: «Se me ha dado todo poder en el Cielo y en la tierra». La Omnipotencia, atributo exclusivo de Dios, es también atributo suyo: está confirmando la fe de los que le adoran. Y, a la vez, enseña que el poder que ellos van a recibir para realizar su misión universal, deriva del propio poder divino.
Recordemos ante estas palabras de Cristo que la autoridad de la Iglesia, en orden a la salvación de los hombres, viene de Jesucristo directamente, y que esta autoridad, en las cosas de fe y moral, está por encima de cualquier otra de la tierra.
Los Apóstoles allí presentes, y después de ellos sus legítimos sucesores, reciben el mandato de enseñar a todas las gentes la doctrina de Jesucristo: lo que Él mismo había enseñado con sus obras y sus palabras, el único camino que conduce a Dios. La Iglesia, y en ella todos los fieles cristianos, tienen el deber de anunciar, hasta el fin de los tiempos, con su ejemplo y su palabra, la fe que han recibido. De modo especial reciben esta misión los sucesores de los Apóstoles, pues en ellos recae el poder de enseñar con autoridad, «ya que Cristo resucitado antes de volver al Padre (...) les confiaba de este modo la misión y el poder de anunciar a los hombres lo que ellos mismos habían oído, visto con sus ojos, contemplado y palpado con sus manos, acerca del Verbo de la vida (1 Ioh 1, 1). Al mismo tiempo les confiaba la misión y el poder de explicar con autoridad lo que Él les había enseñado, sus palabras y sus actos, sus signos y sus mandamientos. Y les daba el Espíritu para cumplir esta misión» (Catechesi tradendae, n. 1). Por tanto, las enseñanzas del Papa y de los Obispos unidos a él, deben ser recibidas siempre por todos con asentimiento y obediencia.
También comunica allí Cristo a los Apóstoles y a sus sucesores el poder de bautizar, es decir, de admitir a los hombres en la Iglesia, abriéndoles el camino de su salvación personal.
La misión que, en definitiva, recibe la Iglesia en este final del Evangelio de San Mateo, es la de continuar por siempre la obra de Cristo: enseñar a los hombres las verdades acerca de Dios y la exigencia de que se identifiquen con esas verdades, ayudándoles sin cesar con la gracia de los sacramentos. Una misión que durará hasta el fin de los tiempos y que, para llevarla a cabo, el mismo Cristo Glorioso promete acompañar a su Iglesia y no abandonarla. Cuando en la Sagrada Escritura se afirma que Dios está con alguno, se quiere indicar que éste tendrá éxito en sus empresas. De ahí que la Iglesia, con la ayuda y asistencia de su Fundador Divino, está segura de poder cumplir indefectiblemente su misión hasta el fin de los siglos.
NOTAS al Evangelio según San Marcos (EUNSA)
Marc 1, 1
Con estas palabras San Marcos nos da el título del libro. Al mismo tiempo pone de relieve que Jesús es el Mesías anunciado por los Profetas y el Hijo único del Padre por naturaleza. En esto queda resumido el contenido del segundo Evangelio: Jesucristo, Dios y Hombre verdadero.
La palabra «evangelio» indica el feliz anuncio, la buena nueva que Dios comunica a los hombres por medio de su Hijo. El contenido de esa buena nueva es en primer lugar el mismo Jesucristo, sus palabras y sus obras. «Durante el Sínodo (se refiere al Sínodo de los Obispos de 1974), los obispos han recordado con frecuencia esta verdad: Jesús mismo, Evangelio de Dios (cfr. Mc 1, 1; Rom 1, 13), ha sido el primero y el más grande evangelizador. Lo ha sido hasta el final, hasta la perfección, hasta el sacrificio de su existencia terrena» (Evangelii nuntiandi, n. 7). Los Apóstoles, escogidos por el Señor para ser fundamento de su Iglesia, cumplieron el mandato de presentar a judíos y gentiles, por medio de la predicación oral, el testimonio de lo que habían visto y oído: el cumplimiento en Jesucristo de las profecías del Antiguo Testamento, la remisión de los pecados, la filiación adoptiva y la herencia del Cielo ofrecidas a todos los hombres. Por esto, también la predicación apostólica puede llamarse «evangelio».
Finalmente los evangelistas, movidos por el Espíritu Santo, pusieron por escrito parte de esta predicación oral. De este modo, por la Sagrada Escritura y la Tradición apostólica, la voz de Cristo se perpetúa por todos los siglos y se hace oír en todas las generaciones y en todos los pueblos.
La Iglesia, continuadora de la misión apostólica, tiene la tarea de dar a conocer el «evangelio». Así, por ejemplo, lo hace por medio de la Catequesis: «El objeto esencial y primordial de la catequesis es, empleando una expresión muy familiar a San Pablo y a la teología contemporánea, ‘el Misterio de Cristo’ (...). Se trata por lo tanto de descubrir en la Persona de Cristo el designio eterno de Dios que se realiza en Él. Se trata de procurar comprender el significado de los gestos y de las palabras de Cristo, los signos realizados por Él mismo, pues ellos encierran y manifiestan a la vez su Misterio. En este sentido, el fin definitivo de la catequesis es poner a uno no sólo en contacto sino en comunión, en intimidad con Jesucristo: sólo Él puede conducirnos al amor del Padre en el Espíritu y hacernos partícipes de la vida de la Santísima Trinidad» (Catechesi tradendae, n. 5).
Marc 1, 2-3
Tal vez el Evangelio destaca a Isaías por ser el profeta más importante en el anuncio de los tiempos mesiánicos. Por esta causa San Jerónimo llamó a Isaías el Evangelista del Antiguo Testamento.
Marc 1, 4
San Juan Bautista se presenta ante el pueblo después de varios años pasados en el desierto. Invita a los israelitas a prepararse con la penitencia para la venida del Mesías. La figura de Juan señala la continuidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento: es el último de los Profetas y el primero de los testigos de Jesús. Su particular dignidad consiste en que, mientras los demás Profetas habían anunciado a Cristo desde lejos, Juan Bautista lo señala ya con el dedo (cfr. Ioh 1, 29; Mt 11, 9-11).
El bautismo del Precursor no era todavía el Bautismo cristiano, sino un rito de penitencia; pero prefiguraba las disposiciones para recibir el Bautismo cristiano: fe en Cristo, el Mesías, fuente de toda gracia, y apartamiento voluntario del pecado.
Marc 1, 5
«Confesando sus pecados»: El hecho de acercarse al bautismo de Juan suponía reconocer la propia condición de pecador, puesto que tal rito significaba precisamente eso: anunciaba, pues, el perdón de los pecados por la conversión del corazón, y facilitaba la remoción de los obstáculos de cada uno ante el advenimiento del Reino (Lc 3, 10-14).
Esta confesión de los pecados es distinta del sacramento cristiano de la Penitencia. Sin embargo era agradable a Dios al ser signo del arrepentimiento interior y estar acompañada de frutos dignos de penitencia (Mt 3, 7-10; Lc 3, 7-9). En el sacramento de la Penitencia, la confesión oral de los pecados será un requisito esencial para recibir el perdón de Dios. En este sentido se pronunciaba Juan Pablo II: «Tened presente que todavía está vigente y lo estará por siempre en la Iglesia la enseñanza del Concilio Tridentino acerca de la necesidad de la confesión íntegra de los pecados mortales (sess. XIV, cap. 5 y can. 7); está vigente y lo estará siempre en la Iglesia la norma inculcada por San Pablo y por el mismo Concilio de Trento, en virtud de la cual, para la recepción digna de la Eucaristía debe preceder la confesión de los pecados, cuando uno es consciente de pecado mortal (sess. XIII, cap. 7 y can. 11)» (Discurso a la Sacra Penitenciaría Apostólica, 30-I-1981).
Marc 1, 8
«Bautizar en el Espíritu Santo» se refiere al Bautismo que Cristo va a instituir, y marca su diferencia con el de Juan. En el bautismo de Juan sólo se significaba la gracia, como en los otros ritos del Antiguo Testamento. «Por el Bautismo de la Nueva Ley los hombres son bautizados interiormente por el Espíritu Santo, cosa que sólo hace Dios. En cambio, por el bautismo de Juan sólo era lavado con agua el cuerpo» (Suma Teológica, III, q. 38, a. 2 ad 1). En el Bautismo cristiano, instituido por Nuestro Señor, el rito bautismal no sólo significa la gracia, sino que la causa eficazmente, esto es, la confiere.
«El sacramento del Bautismo confiere la primera gracia santificante, por la que se perdona el pecado original, y también los actuales, si los hay; remite toda la pena por ellos debida; imprime el carácter de cristianos; nos hace hijos de Dios, miembros de la Iglesia y herederos de la gloria, y nos habilita para recibir los demás sacramentos» (Catecismo Mayor, n. 553).
Como todas las realidades pertenecientes a la santificación de las almas, los efectos del Bautismo cristiano se atribuyen al Espíritu Santo, el «Santificador». Es de advertir que, como todas las obras ad extra de Dios (es decir, que son exteriores a la vida íntima de la Trinidad Beatísima), la santificación de las almas es obra común de las tres Personas Divinas.
Marc 1, 9
La vida oculta del Señor se desarrolló (salvo el nacimiento en Belén y la estancia en Egipto), en Nazaret de Galilea, desde donde acude a recibir el bautismo de Juan.
Jesús no tenía por qué recibir este bautismo de conversión. Sin embargo, convenía que quien iba a establecer la Nueva Alianza reconociera y aceptara la misión de su Precursor, siendo bautizado con aquel bautismo, para mover a los hombres a prepararse y recibir el Bautismo necesario. Los Santos Padres comentan que el Señor fue a recibir este bautismo para cumplir toda justicia (cfr. nota a Mt 3, 15), para darnos ejemplo de humildad, para ser conocido por todos, para que todos creyeran en Él y para dar fuerza vivificante al agua del Bautismo.
«Desde el Bautismo de Cristo en el agua, ésta borra los pecados de todos» (San Agustín, Sermo 135).
«Deben notarse dos tiempos diversos del Bautismo: el uno, cuando el Salvador lo instituyó, y el otro, cuando se estableció la obligación de recibirlo. Respecto a lo primero, es evidente que Nuestro Señor instituyó este sacramento cuando, bautizado Él mismo por San Juan, dio al agua la virtud de santificar (...). Respecto a lo segundo, esto es, al tiempo en que se dio la ley acerca del Bautismo, no hay razón para dudar. Porque están conformes los Santos Padres en que fue cuando, después de la Resurrección del Señor, mandó a los Apóstoles: Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Catecismo Romano, II, 2, 20-21).
Marc 1, 10
La presencia visible del Espíritu Santo en forma de paloma señala el comienzo del ministerio público de Cristo. También aparecerá el Espíritu Santo, en forma de lenguas de fuego, en el momento en que la Iglesia inicia su camino entre las naciones el día de Pentecostés (cfr. Act 2, 3-21).
La paloma, según la interpretación más común en los Santos Padres, es símbolo de la paz y reconciliación entre Dios y los hombres. Aparece ya en el relato del diluvio (Gen 8, 10-11), indicando que cesaba el castigo divino sobre la humanidad. Su presencia al comienzo del ministerio público de Jesús viene a simbolizar la paz y reconciliación que Cristo venía a traer.
Marc 1, 11
En el momento de comenzar la vida pública se pone de manifiesto el misterio de la Santísima Trinidad: «El Hijo es bautizado, el Espíritu Santo desciende en forma de paloma y se oye la voz del Padre» (In Marci Evangelium expositio, in loc.). «Permanece en Él el Espíritu Santo —continúa el mismo autor—, pero no desde que fue bautizado, sino desde que se encarnó». Es decir, Jesús no recibe su filiación divina en el momento del bautismo, sino que es Hijo de Dios desde toda la eternidad. Tampoco es constituido Mesías en este momento, ya que lo es desde la Encarnación.
El bautismo es la manifestación pública de Jesús como Hijo de Dios y como Mesías, ratificada con la presencia de la Santísima Trinidad.
«El descenso del Espíritu Santo sobre Jesús guarda relación con el sacramento de todos los que después iban a ser bautizados, pues todos los que son bautizados con el Bautismo de Cristo reciben el mismo Espíritu Santo» (Suma Teológica, III, q. 39, a. 6 ad 3).
Marc 1, 13
San Mateo (4, 1-11) y San Lucas (4, 1-13) narran con más detalle las tentaciones de Jesús. Jesús quiso enseñarnos, sometiéndose a las tentaciones, que éstas no son de temer, sino que, al contrario, pueden ser la ocasión de un progreso en la vida interior. «Dios permite las tentaciones —comenta San Alfonso María de Ligorio— en primer lugar para que con ellas reconozcamos mejor nuestra debilidad y la necesidad que tenemos de la ayuda de Dios para no caer (...); en segundo lugar, Dios las permite para que uno aprenda a vivir desprendido de las cosas materiales y desee más fervorosamente llegar a la contemplación de Dios en el Cielo (...); y, en tercer lugar, para enriquecernos de méritos (...). En efecto, cuando el alma comienza a ser agitada de tentaciones y se ve en peligro de caer en el pecado, recurre entonces a Dios, recurre a la divina Madre, renueva el propósito de morir antes que pecar, se humilla y se abandona en brazos de la divina misericordia, y así logra alcanzar más fortaleza y se une a Dios más estrechamente, como atestigua la experiencia» (Práctica del amor a Jesucristo, cap. 17).
Por otro lado, como en el caso del Señor, nunca faltará en las tentaciones la ayuda divina: «Jesús ha soportado la prueba. Una prueba real (...). El demonio, con intención torcida, ha citado el Antiguo Testamento: Dios mandará a sus ángeles, para que protejan al justo en todos sus caminos (Ps XC, 11). Pero Jesús, rehusando tentar a su Padre, devuelve a ese pasaje bíblico su verdadero sentido. Y, como premio a su fidelidad, cuando llega la hora, se presentan los mensajeros de Dios Padre para servirle (...).
»Hemos de llenarnos de aliento ya que la gracia del Señor no nos faltará, porque Dios estará a nuestro lado y enviará a sus Ángeles, para que sean nuestros compañeros de viaje, nuestros prudentes consejeros a lo largo del camino, nuestros colaboradores en todas nuestras empresas» (Es Cristo que pasa, n. 63).
Marc 1, 14-15
«Evangelio de Dios»: Esta expresión la encontramos en San Pablo (Rom 1, 1; 2 Cor 11, 7; etc.) como equivalente a la de «Evangelio de Jesucristo» (Phil 1, 1; 2 Thes 1, 8; etc.), insinuándose de este modo la divinidad de Jesucristo. La inminente llegada del Reino exige una conversión auténtica del hombre hacia Dios (Mt 4, 17; 10, 7; Mc 6, 12; etc.). Ya los Profetas habían hablado de la necesidad de convertirse y volverse de los malos caminos que seguía Israel, lejos de Dios (Ier 3, 22; Is 30, 15; Os 14, 2; etc.). Tanto Juan Bautista como Cristo y sus Apóstoles insisten en que es preciso convertirse, cambiar de actitud y de vida como condición previa para recibir el Reino de Dios. El Papa Juan Pablo II recalca la importancia de la conversión de cara al Reino de Dios, expresión clara de su misericordia: «Por tanto, la Iglesia profesa y proclama la conversión. La conversión a Dios consiste siempre en descubrir su misericordia, es decir, ese amor que es paciente y benigno (cfr. 1 Cor 13, 4) a medida del Creador y Padre: el amor, al que ‘Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo’ (2 Cor 1, 3) es fiel hasta las últimas consecuencias en la historia de la alianza con el hombre: hasta la cruz, hasta la muerte y la resurrección de su Hijo. La conversión a Dios es siempre fruto del ‘reencuentro’ de este Padre, rico en misericordia.
»El auténtico conocimiento de Dios, Dios de la misericordia y del amor benigno, es una constante e inagotable fuente de conversión, no solamente como momentáneo acto interior, sino también como disposición estable, como estado de ánimo. Quienes llegan a conocer de este modo a Dios, quienes lo ‘ven’ así, no pueden vivir sino convirtiéndose sin cesar a Él. Viven pues in statu conversionis; es este estado el que traza la componente más profunda de la peregrinación de todo hombre por la tierra in statu viatoris» (Dives in misericordia, n. 13).
Marc 1, 16-20
El Evangelista narra en estos versículos la llamada de Jesús a algunos de los que formarían parte del Colegio Apostólico (3, 16 ss.). El Mesías, desde el comienzo de su ministerio público en Galilea, busca colaboradores para llevar a cabo su misión de Salvador y Redentor. Y los busca habituados al trabajo, acostumbrados al esfuerzo y lucha constantes, sencillos de costumbres. La desproporción humana es patente, pero ello no constituye un obstáculo para que la entrega sea generosa y libre. La luz encendida en sus corazones fue suficiente para abandonarlo todo. La simple invitación al seguimiento bastó para ponerse incondicionalmente a disposición del Maestro.
Es Jesús quien elige; se metió en la vida de los Apóstoles, como se mete en la nuestra, sin pedir permiso: Él es nuestro Señor. Cfr. nota a Mt 4, 18-22.
Marc 1, 21
Sinagoga quiere decir reunión, asamblea, comunidad. Así se llamaba —y se llama— el lugar en el que los judíos se reunían para escuchar la lectura de la Sagrada Escritura y rezar. Parece que las sinagogas tuvieron su origen en las reuniones cultuales que celebraban los judíos cautivos en Babilonia, aunque no se extendieron hasta más tarde. En tiempo de Nuestro Señor las había en todas las ciudades y pueblos de Palestina de cierta importancia; y fuera de Palestina allí donde había una comunidad de judíos suficientemente numerosa. La sinagoga constaba principalmente de una sala rectangular, construida de tal forma que los asistentes, sentados, mirasen hacia Jerusalén. En la sala había una tribuna o estrado donde se leía y se explicaba la Sagrada Escritura.
Marc 1, 22
Aparece aquí cómo Jesús mostraba su autoridad al enseñar. Incluso cuando tomaba como base la Escritura, como en el Sermón de la Montaña, se distinguía de los demás maestros, pues hablaba en nombre propio: «Pero yo os digo» (cfr. nota a Mt 7, 28-29). El Señor, en efecto, habla de los misterios de Dios y de las relaciones entre los hombres; explica con sencillez y con potestad, porque habla de lo que sabe y da testimonio de lo que ha visto (Ioh 3, 11). Los escribas enseñaban también al pueblo —comenta San Beda— lo que está escrito en Moisés y en los Profetas; pero Jesús predicaba al pueblo como Dios y Señor del mismo Moisés (cfr. In Marci Evangelium expositio, in loc.). Además, primero hace y después dice (Act 1, 1) y no es como los escribas que dicen y no hacen (Mt 23, 1-5).
Marc 1, 23-26
Los Evangelios presentan varios relatos de curaciones milagrosas. Entre ellas destacan las de algunos endemoniados. La victoria sobre el espíritu inmundo, nombre que se daba corrientemente al demonio, es una clara señal de que ha llegado la salvación divina: Jesús, venciendo al Maligno, se revela como el Mesías, el Salvador, con un poder superior al de los demonios: «Ahora es el juicio de este mundo. Ahora el príncipe de este mundo va a ser arrojado fuera» (Ioh 12, 31). A lo largo del Evangelio se hace patente la lucha continua y victoriosa del Señor contra el demonio.
La oposición del demonio a Jesús va apareciendo cada vez más clara: es solapada y sutil en el desierto; manifiesta y violenta en los endemoniados; radical y total en la Pasión, que es «la hora y el poder de las tinieblas» (Lc 22, 53). La victoria de Jesús es también cada vez más patente, hasta el triunfo total de la Resurrección.
El demonio es llamado inmundo —dice San Juan Crisóstomo— por su impiedad y alejamiento de Dios, y porque se mezcla en toda obra mala y contraria a Dios. Reconoce de alguna manera la santidad de Cristo, pero este conocimiento no va acompañado por la caridad. Además del hecho histórico concreto, podemos ver en este endemoniado a los pecadores que quieren convertirse a Dios, liberándose de la esclavitud del demonio y del pecado. La lucha puede ser larga, pero terminará con una victoria: el espíritu maligno no puede nada contra Cristo (cfr. nota a Mt 12, 22-24).
Marc 1, 27
La misma autoridad que Jesús ha mostrado en la enseñanza (1, 22) aparece ahora en sus hechos. Lo hace con sólo su querer, sin necesitar múltiples invocaciones y conjuros. Las palabras y los hechos de Jesús transparentan un algo superior, un poder divino, que llena de admiración y temor a quienes le escuchan y observan.
Esta primera impresión se mantendrá hasta el fin (Mc 2, 12; 5, 20.42; 7, 37; 15, 39; Lc 19, 48; Ioh 7, 46). Jesús de Nazaret es el Salvador esperado. Él lo sabe y lo manifiesta precisamente en sus hechos y en sus palabras, que forman una unidad inseparable según los relatos evangélicos (Mc 1, 38-39; 2, 10-11; 4, 39). Como enseña el Vaticano II (Dei Verbum, n. 2), la Revelación se hace con hechos y palabras íntimamente unidos entre sí. Las palabras esclarecen los hechos; los hechos confirman las palabras. De este modo Jesús va revelando progresivamente el misterio de su Persona: primero las gentes captan su autoridad excepcional, y los Apóstoles, iluminados por la gracia de Dios, reconocerán después la raíz última de esa autoridad: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 16).
Marc 1, 34
Los demonios poseen un saber sobrehumano, por eso reconocen a Jesús como el Mesías (Mc 1, 24). Por medio de los endemoniados, los demonios podían dar a conocer el carácter mesiánico de Jesús. Pero el Señor, con su poder divino, les manda guardar silencio. Lo mismo ordena en otras ocasiones a los discípulos (Mc 8, 30; 9, 9), y a los enfermos, después de su curación, les ordena no propagar la noticia (Mc 1, 44; 5, 43; 7, 36; 8, 26). Este proceder del Señor puede explicarse como pedagogía divina para ir enseñando que la idea que del Mesías tenían la mayoría de los contemporáneos de Jesús era demasiado humana y politizada (cfr. nota a Mt 9, 30). Por eso quiere primero despertar el interés con sus milagros, e ir aclarando el sentido de su mesianismo con sus palabras, para que los discípulos y todo el pueblo lo puedan comprender progresivamente.
También hay que pensar, con algunos Santos Padres, que Jesús no quiere aceptar en favor de la verdad el testimonio de aquel que es el padre de la mentira. Y por eso, aunque le reconocen, no les deja decir quién era. Cfr. nota a Ioh 8, 44.
Marc 1, 35
Son muchos los pasajes del Nuevo Testamento que refieren la oración de Jesús. Los evangelistas lo señalaron en los momentos más importantes del ministerio público del Señor: Bautismo (Lc 3, 21), elección de los Apóstoles (Lc 6, 12), primera multiplicación de los panes (Mc 6, 46), Transfiguración (Lc 9, 29), en el huerto de Getsemaní antes de la Pasión (Mt 26, 39), etc. Marcos, por su parte, refiere la oración de Jesús en tres momentos solemnes: al comienzo de su ministerio público (1, 35), en el medio (6, 46), y al final, en Getsemaní (14, 32).
La oración de Jesús es oración de alabanza perfecta al Padre, es oración de petición por sí mismo y por nosotros, y es, finalmente, modelo para sus discípulos. Es alabanza y acción de gracias perfecta porque Él es el Hijo amado de Dios en quien el Padre se complace plenamente (cfr. Mc 1, 11). Es oración de petición, pues pedir cosas a Dios es el primer movimiento espontáneo del alma que reconoce a Dios como Padre. La oración de Jesús, según vemos por numerosos pasajes evangélicos (p. ej. Ioh 17, 9 y ss.), era una continua petición al Padre por la obra de la Redención, que Él debía realizar por medio del dolor y el sacrificio (cfr. notas a Mc 14, 32-42 y Mt 7, 7-11). El Señor quiere además enseñarnos con su ejemplo cuál ha de ser la actitud del cristiano: entablar habitualmente un diálogo filial con Dios, en medio y con ocasión de nuestras actividades ordinarias —trabajo, vida familiar, relaciones sociales, apostolado—, con el fin de dar a nuestra vida un significado y una presencia auténticamente cristianos, ya que, como señalará más tarde Jesús, «sin mí no podéis hacer nada» (Ioh 15, 5).
«Me has escrito: ‘orar es hablar con Dios. Pero, ¿de que?’ —¿De qué? De Él, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias..., ¡flaquezas!: y hacimientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio.
»En dos palabras: conocerle y conocerte: ‘¡tratarse!’» (Camino, n. 91) (cfr. notas a Mt 6, 5-6; 7, 7-11 y 14, 22-23).
Marc 1, 38
Jesucristo nos dice aquí que su misión es predicar, evangelizar. Para esto ha sido enviado (vid. también Lc 4, 43). Los Apóstoles, a su vez, han sido elegidos por Jesús para enviarlos a predicar (Mc 3, 14; 16, 15). La predicación es el medio elegido por Dios para llevar a cabo la salvación: «Plugo a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación» (1 Cor 1, 21). Por eso el mismo San Pablo dice a Timoteo: «Predica la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, vitupera, exhorta con toda paciencia y doctrina» (2 Tim 4, 1-2). La fe nos viene por el oído, dirá en Rom 10, 17, y, citando al profeta Isaías, exclama con entusiasmo: «¡Qué hermosos los pies de los que anuncian la Buena Nueva!» (Rom 10, 15; Is 52, 7).
La Iglesia destaca entre los oficios principales de Obispos y de presbíteros el de predicar el Evangelio. San Pío X llegó a decir que «el deber de predicar es el que más grave y estrictamente obliga al sacerdote» (Acerbo nimis). En el mismo sentido se ha pronunciado el Concilio Vaticano II: «El Pueblo de Dios se congrega primeramente por la palabra de Dios vivo (cfr. 1 Pet 1, 23; Act 6, 7; 12, 24), que con toda razón es buscada en la boca de los sacerdotes (cfr. Mal 2, 7; 1 Tim 4, 11-13; etc.). En efecto, como quiera que nadie puede salvarse si antes no creyere (cfr. Mc 16, 16), los presbíteros, como cooperadores que son de los Obispos, tienen por deber primero el de anunciar a todos el Evangelio de Dios (cfr. 2 Cor 11, 7), de forma que, cumpliendo el mandato del Señor: Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura (Mc 16, 15), formen y acrecienten el pueblo de Dios» (Presbyterorum ordinis, n. 4).
La predicación de Jesús no consiste sólo en palabras. Es una doctrina acompañada con la autoridad y eficacia de unos hechos (Mc 1, 27.39). Jesús hace y enseña (Act 1, 1). También la Iglesia ha sido enviada a predicar la salvación, y a realizar la obra salvífica que proclama. Esta obra la pone en práctica mediante los sacramentos y, especialmente, a través de la renovación del sacrificio del Calvario en la Santa Misa (Sacrosanctum Concilium, n. 6).
En la Iglesia de Dios, todos los fieles hemos de escuchar devotamente la predicación del Evangelio y todos hemos de sentir, a su vez, la responsabilidad de transmitirlo con palabras y con hechos. Por su parte, a la Jerarquía de la Iglesia corresponde enseñar auténticamente —con la autoridad de Cristo— la doctrina evangélica.