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Philippiens 1, 21

El morir es «una ganancia», pues la muerte, para una persona que está en gracia de Dios, supone la entrada en el gozo del Señor, verlo cara a cara (cfr 1 Cor 13, 12) y disfrutar de aquello que «ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó por el corazón del hombre, las cosas que preparó Dios para los que le aman» (1 Cor 2, 9). El deseo de gozar de Dios en el Cielo hacía cantar a Santa Teresa de Jesús:

«Vivo sin vivir en mí

y tan alta vida espero

que muero porque no muero» (Poesías, 2).

«Cristo mismo, el maestro de nuestra salvación, enseña cuánto aprovecha dejar esta vida; cuando sus discípulos se entristecían porque Él había dicho que ya se iba a marchar, les habló diciendo: ‘Si me amarais os alegraríais de que vaya al Padre’ (Ioh 14, 28), enseñando y mostrándoles que, cuando las personas queridas salen de este mundo, debemos alegrarnos más que dolernos» (San Cipriano, De mortalitate, 7). A la luz de la fe, la muerte es en definitiva el paso a la vida eterna. Sin embargo, para aguardar con esperanza ese tránsito, no debemos olvidar que nuestro «vivir es Cristo», también en esta tierra. De una parte, porque la vida sobrenatural es la vida de la gracia y ésta nos ha sido ganada por Cristo; de otra, porque amar y dar a conocer a Cristo ha de constituir la razón de ser de nuestra vida. Un cristiano tiene que procurar que su vida dé abundantes frutos de santidad, aprovechando su trabajo y todas las circunstancias ordinarias de su existencia para acercar a otros a Cristo.

«Si habéis encontrado, pues, a Cristo —exhorta Juan Pablo II—, ¡vivid para Cristo, vivid con Cristo!, y anunciadlo en primera persona, como auténticos testigos: ‘Para mí, el vivir es Cristo’. He aquí también la verdadera liberación: proclamar a Jesús libre de ataduras, presente en unos hombres transformados, hechos nueva creatura» (Homilía Catedral Santo Domingo).

 

Philippiens 1, 27

El término griego traducido por «llevéis una vida» tiene un significado más preciso: «viváis como dignos ciudadanos». Los habitantes de Filipos gozaban del derecho de ciudadanía romana y estaban muy orgullosos de su dignidad (cfr Introducción a la Epístola a los Filipenses). Pero los cristianos, junto con la posición que ocupan en la sociedad, tienen una ciudadanía en los cielos (cfr Phil 3, 20). Por eso han de llevar «una vida digna del Evangelio de Cristo», como buenos ciudadanos del Reino de Dios, cuyo rey es Cristo (cfr Ioh 18, 37), obedeciendo fielmente sus leyes: la ley nueva de la gracia que se contiene en el Evangelio.

Sin embargo, la ciudadanía celestial y la terrena no son excluyentes: «El reconocimiento de Dios no se opone en modo alguno a la dignidad humana, ya que esta dignidad tiene en el mismo Dios su fundamento y perfección. Es Dios creador el que constituye al hombre inteligente y libre en la sociedad. Y, sobre todo, el hombre es llamado como hijo a la unión con Dios y a la participación de su felicidad. Enseña además la Iglesia que la esperanza escatológica no merma la importancia de las tareas temporales, sino que más bien proporciona nuevos motivos de apoyo para su ejercicio» (Gaudium et spes, n. 21).

Una vida auténticamente cristiana en medio del mundo es un testimonio ante todos los hombres, cristianos o no, de la presencia de Dios y de sus planes de salvación para toda la humanidad. Además, «contribuye mucho a esta manifestación de la presencia de Dios el amor fraterno de los fieles, que con un mismo espíritu colaboran en la extensión de la fe del Evangelio y se alzan como signo de unidad» (Gaudium et spes, n. 21). Esto es imprescindible en la lucha por implantar el Reino de Dios, pues «todo reino dividido contra si mismo quedará desolado» (Lc 11, 17). Los primeros cristianos aprendieron bien esta lección, ya que se comportaban teniendo «un solo corazón y una sola alma» (Act 4, 32).

 

Philippiens 1, 28

Ahora, como en tiempos de San Pablo, no faltan los enemigos del Evangelio que procuran arrancar la fe del corazón humano. Los cristianos no han de dejarse intimidar por ellos, sino prestar mayor atención para mantenerse firmes en la fe. «Ante todo es necesario que cada uno entre en sí mismo, procurando con exquisita vigilancia conservar hondamente arraigada en su corazón la fe, precaviéndose de los peligros y, de modo especial, bien armado siempre contra varios sofismas engañosos. Para mejor poner a salvo esta virtud, juzgamos sobremanera útil y por extremo conforme a las circunstancias de los tiempos el esmerado estudio de la doctrina cristiana, según la posibilidad y capacidad de cada cual; empapando su inteligencia con el mayor conocimiento posible de aquellas verdades que atañen a la religión y por la razón pueden alcanzarse» (León XIII, Sapientiae christianae, n. 17).

Junto con la formación en la fe, es preciso que el cristiano sepa defenderla de los ataques que sufra: «Cada uno está obligado a propagar la fe delante de los otros, ya para instruir y confirmar a los demás fieles, ya para reprimir la audacia de los infieles» (Suma Teológica, II-II, q. 3, a. 2, ad 2). De nuevo León XIII, nos recuerda: «Ceder el puesto al enemigo, o callar cuando de todas partes se levanta incesante clamoreo para oprimir a la verdad, propio es, o de hombre cobarde, o de quien duda estar en posesión de las verdades que profesa. Lo uno y lo otro es vergonzoso e injurioso a Dios; lo uno y lo otro contrario a la salvación del individuo y de la sociedad: ello aprovecha únicamente a los enemigos del hombre cristiano, porque la cobardía de los buenos fomenta la audacia de los malos» (Sapientiae christianae, n. 18.

 

Philippiens 1, 29-30

A San Pablo no le fueron ahorrados ningún tipo de persecuciones ni dificultades en el cumplimiento de su misión. Los filipenses fueron testigos de la prisión que sufrió en su ciudad (cfr Act 16, 19-36), y ahora tenían noticias de su cautividad. Por eso les exhorta a seguir su ejemplo (cfr v. 30). Los padecimientos que sufran por Cristo son una gracia, un don de Dios (cfr v. 29).

El dolor, las contradicciones que podamos sufrir, la fatiga del trabajo, las dificultades en la lucha interior y en el apostolado, son ocasiones providenciales que nos permiten identificarnos más plenamente con Cristo, abrazándonos sin temor a su Cruz. ¡Con qué amor se abraza Jesús al leño que ha de darle muerte!

¿No es verdad que en cuanto dejas de tener miedo a la Cruz, a eso que la gente llama cruz, cuando pones tu voluntad en aceptar la Voluntad divina, eres feliz, y se pasan todas las preocupaciones, los sufrimientos físicos o morales?

Es verdaderamente suave y amable la Cruz de Jesús. Ahí no cuentan las penas; sólo la alegría de saberse corredentores con Él (Via Crucis, II).

 

Chapitre n°2

 

Philippiens 2, 1-4

El v. 1 comienza con una frase de construcción muy forzada. Algunas versiones, entre ellas la Neovulgata han optado por una versión literal: «Si hay, pues, algún consuelo en Cristo, algún aliento del amor...». Es claro que se trata de una oración condicional, retórica, que está en lugar de una frase afirmativa, cuyo sentido se esclarece en el v. 2.

San Pablo apela de modo afectuoso al buen sentido cristiano de los fieles; por el tono de sus palabras parece decir: si queréis proporcionarme un consuelo en Cristo, colmad mi gozo, y prestad atención a los consejos que siguen (cfr Santo Tomás de Aquino, Comentario sobre Phil, ad loc.).

Para vivir la unidad en la caridad (v. 2) el Apóstol recomienda actuar con rectitud de intención y humildad (vv. 3-4). Los cristianos corrientes, que tienen un trabajo profesional y están presentes en todos los ambientes de la sociedad, han de comportarse rectamente en todas sus acciones. Todas ellas, aun las que parecen más intrascendentes, han de hacerse con humildad, cara a Dios. Pero sin olvidar que su conducta tiene también una repercusión en los demás. No me olvidéis que estáis también en presencia de los hombres, y que esperan de vosotros —¡de ti!— un testimonio cristiano. Por eso, en la ocupación profesional, en lo humano, hemos de obrar de tal manera que no podamos sentir vergüenza si nos ve trabajar quien nos conoce y nos ama, ni le demos motivo para que se sonroje (Amigos de Dios, n. 66).

Es grande la responsabilidad; nuestro comportamiento puede servir de estímulo y de buen ejemplo a los demás. «Tratemos, pues, hermanos —dice San Agustín—, no sólo de vivir bien, sino de portarnos bien delante de los demás. Procuremos que no tenga que reprendernos nada nuestra conciencia, y, además, teniendo en cuenta nuestra fragilidad, poniendo todo el cuidado que podamos, evitemos que pueda pensar mal el hermano menos formado» (Sermo 47, 14).

 

Philippiens 2, 3-11

El v. 3 exhortaba a considerar a los otros como superiores. Nuestro Señor, siendo superior a todos, no consideró su naturaleza divina como motivo para gloriarse delante de los hombres (v. 6). Al contrario, se humilló y se anonadó a Sí mismo (vv. 7-8) —no movido «por rivalidad ni por vanagloria» (v. 3), ni buscando «el propio interés» (v. 4)—, y obedeció «hasta la muerte» (v. 8) cumpliendo así el plan de salvación que el Padre había determinado en favor de los hombres. Contemplando este modelo se podrá entender que padecer por Cristo es signo de salvación (cfr 1, 28-29), pues Él, tras los sufrimientos de su Pasión y Muerte, fue públicamente glorificado ante todas las criaturas (cfr vv. 9-11).

Nuestro Señor ofrece el más perfecto ejemplo de humildad. «El cetro de la majestad de Dios, el Señor Jesucristo —comenta San Clemente Romano— no ha venido con jactancia y arrogancia, aunque lo hubiera podido hacer, sino con humildad (...). Ved, hermanos amadísimos, qué ejemplo se nos da: si el Señor se ha humillado tanto, ¿qué hemos de hacer nosotros, que por Él, nos hemos puesto bajo el yugo de su caridad?» (Ad Corinthios, 13).

 

Philippiens 2, 3-4

En cualquier hombre —escribe Santo Tomás de Aquino— existe algún aspecto por el que los otros pueden considerarlo como superior, conforme a las palabras del Apóstol ‘llevados por la humildad, teneos unos a otros por superiores’ (Philip. II, 3). Según esto, todos los hombres deben honrarse mutuamente (Suma Teológica, II-II, q. 103, a. 2-3). La humildad es la virtud que lleva a descubrir que las muestras de respeto por la persona —por su honor, por su buena fe, por su intimidad—, no son convencionalismos exteriores, sino las primeras manifestaciones de la caridad y de la justicia.

La caridad cristiana no se limita a socorrer al necesitado de bienes económicos; se dirige, antes que nada, a respetar y comprender a cada individuo en cuanto tal, en su intrínseca dignidad de hombre y de hijo del Creador (Es Cristo que pasa, n. 72).

 

Philippiens 2, 5

La recomendación del Apóstol, «tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús, exige a todos los cristianos que reproduzcan en sí, en cuanto al hombre es posible, aquel sentimiento que tenía el Divino Redentor cuando se ofrecía en Sacrificio —nos enseña Pío XII—, es decir, que imiten su humildad y eleven a la suma Majestad de Dios, la adoración, el honor, la alabanza y la acción de gracias. Exige, además, que de alguna manera adopten la condición de víctima, abnegándose a sí mismos según los preceptos del Evangelio, entregándose voluntaria y gustosamente a la penitencia, detestando y expiando cada uno sus propios pecados. Exige, por fin, que todos nos ofrezcamos a la muerte mística en la Cruz junto con Jesucristo, de modo que podamos decir como San Pablo: Con Cristo estoy crucificado (Gal 2, 19)» (Mediator Dei, n. 22).

 

Philippiens 2, 6-11

Al hablar de Jesucristo, el Apóstol no se limita a ofrecer un simple ejemplo. Transcribiendo quizá un himno litúrgico utilizado por los primeros cristianos, con algunos retoques personales, expone —bajo la inspiración del Espíritu Santo— la doctrina cristológica con una profundidad extraordinaria. De este modo, enseña a vivir las virtudes cristianas a la luz de las verdades más sublimes de la fe.

Éste es uno de los textos más antiguos del Nuevo Testamento que revelan la divinidad de Jesucristo. La epístola fue escrita hacia el año 62, o quizá antes, hacia el 55, y si pensamos que el himno de Phil 2, 6-11 ya era utilizado con anterioridad, este pasaje es un testimonio claro de que los cristianos proclamaban, ya en aquellos primeros años, que Jesús, nacido en Belén, crucificado, muerto y sepultado, el mismo que resucitó, era verdaderamente Dios y hombre a la vez.

El himno se puede dividir en tres partes. La primera (vv. 6 y principio del 7), trata de la humillación de Cristo al hacerse hombre. La segunda (final del v. 7 y v. 8), constituye el centro de todo el pasaje, y proclama hasta qué límite llegó su humildad: en su condición de hombre aceptó por obediencia morir en la cruz. La tercera (vv. 9-11), describe su gloriosa exaltación. San Pablo tiene presente la divinidad de Jesús, en virtud de la cual existía desde toda la eternidad. Centra su atención, no obstante, en la muerte de cruz como ejemplo supremo de humildad. Su humillación no consistió solamente en hacerse hombre, como nosotros, ocultando la gloria de su Divinidad en su Humanidad santísima, sino que además llevó una vida de sacrificios y sufrimientos, que alcanzarían su consumación en la cruz, en la que fue despojado de todo, como un esclavo. Pero, una vez cumplida su misión, vuelve a manifestarse con toda la gloria que en virtud de su naturaleza divina le corresponde, y que su naturaleza humana había merecido.

El Hombre-Dios, Jesucristo, culmina su existencia terrena en la cruz, y, por la cruz, entra en su gloria, como Señor y Mesías. Este acontecimiento pone a todo el universo en camino de salvación.

Jesucristo nos da una admirable lección de humildad y obediencia. Aprendamos de esta actitud de Jesús —recuerda San Josemaría Escrivá—. En su vida en la tierra, no ha querido ni siquiera la gloria que le pertenecía, porque teniendo derecho a ser tratado como Dios, ha asumido la forma de siervo, de esclavo (cfr Phil II, 6-7). El cristiano sabe así que es para Dios toda la gloria; y que no puede utilizar como instrumento de intereses y de ambiciones humanas la sublimidad y la grandeza del Evangelio.

Aprendamos de Jesús. Su actitud, al oponerse a toda gloria humana, está en perfecta correlación con la grandeza de una misión única: la del Hijo amadísimo de Dios, que se encarna para salvar a los hombres (Es Cristo que pasa, n. 62).

 

Philippiens 2, 6-7

«Siendo de condición divina»: Literalmente se podría traducir «subsistiendo en forma de Dios». La «forma» es el aspecto que ofrece al exterior una cosa, y que manifiesta su naturaleza íntima. Tratándose de Dios, que es invisible, no puede referirse a unas apariencias sensibles; la «forma de Dios» es un modo de designar a la naturaleza divina. Lo primero que deja claro San Pablo es que Jesucristo es Dios, y lo era antes de la Encarnación. En efecto, nuestro Señor Jesucristo es «el Hijo unigénito de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero» (Símbolo Niceno-Constantinopolitano).

«No consideró como presa codiciable el ser igual a Dios»: El término griego que hemos traducido por «igual a» no se refiere directamente a la igualdad de naturalezas, sino a la igualdad de derechos y tratamientos que lleva consigo el reconocimiento de una dignidad. Cristo era Dios y no podía perder su naturaleza divina; por tanto, tenía derecho a ser tratado como tal y a manifestarse con todas las prerrogativas de su gloria. Sin embargo, no se aferró a esa dignidad suya como a una fortuna poseída de hecho y de derecho, la cual se retiene ávidamente para hacer alarde de ella. En consecuencia, tomó la «forma de siervo». Podría haberse hecho hombre sin dejar de manifestar su gloria —como ocurrió momentáneamente en la Transfiguración (cfr Mt 17, 1 ss.)—, pero quiso ser en todo, menos en el pecado, «semejante a los hombres», para lo cual tomó nuestra naturaleza humana. Así pudo, como profetizó Isaías en el Poema del Siervo de Yahwéh, llevar nuestras enfermedades y soportar nuestros dolores (cfr Is 53, 4).

«Se anonadó»: Literalmente el verbo significa «vaciar», «despojarse». Pero Cristo no se despojó de su naturaleza divina, sino de la gloria externa que le correspondía y de la que lógicamente debía de haber disfrutado su humanidad. Desde toda la eternidad había existido en cuanto Dios, y a partir del momento de la Encarnación comienza a ser Hombre. Su anonadamiento no sólo ha consistido en que la divinidad haya unido a Sí en unidad de persona algo que es corporal y finito —una naturaleza humana—, sino que, además, en esa condición de hombre, no ha hecho ostentación de su gloria. No podía dejar de ser Dios, pero sí renunciar temporalmente al ejercicio de los derechos que se derivan de su condición divina, y así lo hizo.

Especialmente Phil 2, 6-8 puede sugerir en el lector cristiano el contraste entre Jesucristo y Adán. Éste, por tentación diabólica, aunque era mero hombre ambicionó ser como Dios (cfr Gen 3, 5). Al consentir en ese deseo desordenado de la propia excelencia —en eso consiste la soberbia—, y cometer el pecado de desobediencia a Dios (cfr Gen 3, 6), atrajo sobre sí y sobre toda la humanidad, que estaba en él como en un germen, las desgracias gravísimas, expresadas en el pasaje del Génesis por la expulsión del paraíso y la rebelión de las criaturas irracionales contra el hombre (cfr Gen 3, 16-24). Por el contrario, Jesucristo, que poseía toda la gloria divina desde la eternidad, «se anonadó a sí mismo»: elige el camino de la humildad frente a la soberbia de Adán(y antes la del diablo). La obediencia de Cristo repara así la desobediencia del primer hombre, y constituye a la humanidad en situación de poder recobrar con creces los bienes naturales y sobrenaturales que había recibido de Dios al ser creado. Por eso, el himno de Filipenses canta gozoso la exaltación de Jesucristo tras haber contemplado con asombro el misterio de su humillación o anonadamiento (Kénosis dice el texto griego).

La actitud de Cristo al hacerse hombre es pues un magnífico ejemplo de humildad. «¿Qué hay de más humilde —se pregunta San Gregorio de Nisa— en el Rey de los seres que el entrar en comunión con nuestra pobre naturaleza? El Rey de Reyes y Señor de Señores se reviste de la forma de nuestra esclavitud; el Juez del universo se hace tributario de príncipes terrenos; el Señor de la creación nace en una cueva; quien abarca el mundo entero no encuentra lugar en la posada (...); el puro e incorrupto se reviste de la suciedad de la naturaleza humana, y pasando a través de todas nuestras necesidades, llega hasta la experiencia de la muerte» (Oratio I de beatitudinibus).

Ese anonadamiento es una manifestación de la infinita bondad de Dios que ha querido salir al encuentro del hombre. Pasmaos agradecidos ante este misterio, y aprended: todo el poder, toda la majestad, toda la hermosura, toda la armonía infinita de Dios, sus grandes e inconmensurables riquezas, ¡todo un Dios!, quedó escondido en la Humanidad de Cristo para servirnos. El Omnipotente se presenta decidido a oscurecer por un tiempo su gloria, para facilitar el encuentro redentor con sus criaturas (Amigos de Dios, n. 111).

 

Philippiens 2, 8

Jesucristo se encarnó «por nosotros los hombres, y por nuestra salvación», confesamos en el Credo. Todos los acontecimientos de su vida tienen un valor salvífico, y entre ellos, la muerte en la cruz representa la culminación de su obra redentora, pues, como dice San Gregorio de Nisa, «no le llegó la muerte por haber nacido, sino que tomó sobre Sí el nacimiento a causa de la muerte» (Oratio catechetica magna, 32).

La obediencia de nuestro Señor a los planes salvíficos del Padre, aceptando morir en la cruz, nos ofrece la mejor lección de humildad. Pues, en palabras de Santo Tomás, «la obediencia es señal de humildad verdadera» (Comentario sobre Phil, ad loc.). En aquellos tiempos la muerte de cruz era la más infamante de todas, pues estaba reservada a los malhechores. De ahí que la máxima humildad de Jesús estuvo en obedecer «hasta la muerte, y muerte de cruz». Quien tenía pleno derecho a manifestarse con toda la plenitud de la gloria divina, renuncia a ella hasta el extremo de sufrir la muerte más ignominiosa.

Además, su obediencia no consistió simplemente en dejarse someter a la voluntad del Padre, porque, como indica San Pablo, fue Él mismo quien se hizo obediente: su obediencia es activa, asumió como propios los designios salvíficos y los medios previstos por el Padre para alcanzar la salvación del género humano. Quiso voluntariamente entregar su vida en la cruz para redimir a todos los hombres. «Abajarse a la fuerza no es humildad —explica San Juan Crisóstomo. Hay humildad cuando uno se abaja voluntariamente y sin estar obligado a ello» (Hom sobre Phil, ad loc.).

La humillación de Cristo y su obediencia hasta la muerte son una manifestación de su amor hacia los hombres, pues «nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos» (Ioh 15, 13). Su iniciativa amorosa merece recibir la correspondencia de nuestro amor, manifestado en el afán de estar unidos a Él, pues el amor busca la unión, identificarse con la persona amada: y, al unirnos a Cristo, nos atraerá el ansia de secundar su vida de entrega, de amor inmensurable, de sacrificio hasta la muerte. Cristo nos sitúa ante el dilema definitivo: o consumir la propia existencia de una forma egoísta y solitaria, o dedicarse con todas las fuerzas a una tarea de servicio (Amigos de Dios, n. 236).

 

Philippiens 2, 9-11

«Dios lo exaltó»: Literalmente dice «superexaltó», expresión que da idea de la magnitud de la glorificación recibida. Así se cumplió en nuestro Señor lo que Él mismo había anunciado a todos los hombres: «El que se humilla será ensalzado» (Lc 14, 11).

En premio a la humillación de Cristo su Santísima Humanidad fue exaltada. En efecto, enseña el Magisterio de la Iglesia que tal exaltación se refiere sólo a su naturaleza humana, pues «en la forma de Dios el Hijo era igual al Padre, y entre el Genitor y el Unigénito no había ninguna separación en la esencia, ninguna diversidad en la majestad; ni por el misterio de la encarnación había perdido el Verbo algo que el Padre debiera devolverle como obsequio» (San León Magno, Promisisse me memini, cap. 8). La exaltación es la pública manifestación de la gloria que corresponde a la Humanidad de Cristo en virtud de su unión con la persona divina del Verbo. La unión con la «forma de siervo» (cfr v. 7) supuso un gran acto de humildad realizado por el Hijo, pero trajo consigo la exaltación de la naturaleza humana asumida.

Para los judíos el «nombre que está sobre todo nombre» es el nombre de Dios (Yahwéh) al que la Ley mosaica obligaba a tener un respeto extraordinario. Por otra parte, para ellos, el nombre que se impone, sobre todo si es Dios quien lo otorga, no es un simple modo de llamar a la persona, sino que expresa algo que es propio de ella. Por tanto la expresión Dios «le otorgó el nombre que está sobre todo nombre» quiere decir que Dios Padre concedió a la Humanidad de Cristo el poder manifestar la gloria de la divinidad que le corresponde en virtud de la unión hipostática, de forma que fuese adorada por todo el universo.

San Pablo describe la glorificación de Jesucristo con unas características similares a las que el profeta Daniel atribuye al Hijo del Hombre: «Se le concedió señorío, gloria e imperio, y todos los pueblos y naciones y lenguas le sirvieron; su señorío es un señorío eterno que no pasará, y su imperio no ha de ser destruido» (Dan 7, 14). El señorío de Cristo se extiende a todas las realidades creadas. Normalmente en la Sagrada Escritura basta con nombrar los cielos y la tierra para referirse a todo cuanto contiene el universo; en este texto, al nombrar también los abismos se resalta con particular vigor la grandeza de su señorío, al que nada escapa. Jesucristo cumple así la profecía de Isaías sobre la soberanía universal de Yahwéh: «Ante Mí se doblará toda rodilla, por Mí jurará toda lengua» (Is 45, 23). Todas las criaturas quedaron sometidas a su poder, y los hombres deberán confesar la verdad fundamental de la doctrina cristiana: «Jesucristo es el Señor». La palabra griega Kýrios empleada por San Pablo en esta fórmula es utilizada por la antigua versión griega llamada de los Setenta para traducir del hebreo el nombre de Dios (Yahwéh). Por tanto esa frase quiere decir: «Jesucristo es Dios».

El Cristo exaltado es el Hombre-Dios que nació y murió crucificado por nosotros. Alcanzó la gloria de la exaltación después de pasar por la humillación de la cruz. También en esto Jesucristo nos da ejemplo: no podemos alcanzar la gloria del Cielo si no apreciamos el valor sobrenatural de las dificultades, la enfermedad y el sufrimiento, que son manifestaciones de que la cruz de Cristo está presente en nuestra vida ordinaria. Hay que morir a uno mismo, para renacer a una vida nueva. Porque así obedeció Jesús, hasta la muerte de cruz, mortem autem crucis. Propter quod et Deus exaltavit illum (Phil II, 8). Y por esto Dios lo exaltó. Si obedecemos a la voluntad de Dios, la Cruz será también Resurrección, exaltación. Se cumplirá en nosotros, paso por paso, la vida de Cristo: se podrá asegurar que hemos vivido procurando ser buenos hijos de Dios, que hemos pasado haciendo bien, a pesar de nuestra flaqueza y de nuestros errores personales, por numerosos que sean (Es Cristo que pasa, n. 21).

 

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