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Romains 3, 25

El «propiciatorio» era la cubierta o tapa del Arca, que estaba en el centro del Sancta Sanctorum del Templo (cfr Ex 25, 17-22). El propiciatorio era de oro macizo, con las figuras de dos querubines en sus extremos, uno en frente del otro. Tenía dos misiones: una la de ser como el trono de Dios (cfr Ps 80, 2; 99, 1), desde donde hablaba a Moisés en la época del éxodo de Egipto (cfr Num 7, 89; Ex 37, 6). La otra misión era la de implorar a Dios el perdón de los pecados mediante el rito del sacrificio expiatorio en la fiesta del «gran día de la expiación» (cfr Lev 16); en ese día, el Sumo Sacerdote rociaba el propiciatorio con la sangre de los animales sacrificados como víctimas para el perdón de los pecados del sacerdote y del pueblo.

San Pablo afirma que Dios ha puesto a Jesús como el verdadero propiciatorio, del cual era simple figura el propiciatorio del Antiguo Testamento.

Ni ángel ni hombre podían reparar la inmensa malicia que constituye el pecado, la ofensa a la infinita majestad de Dios. La Trinidad Beatísima decidió «que la virtud infinita del Hijo de Dios, revistiéndose de la flaqueza de nuestra carne, quitase la gravedad infinita del pecado, y nos reconciliase con Dios por medio de su sangrienta muerte» (Catecismo Romano I, 3, 3).

Este sacrificio expiatorio, prefigurado en los ritos sacrificiales cruentos del Antiguo Testamento (cfr Lev 16, 1 ss.), había sido enunciado por Juan el Bautista al señalar a Cristo como el Cordero de Dios (cfr Ioh 1, 29 y nota); al sacrificio de la Cruz se había referido el mismo Cristo al afirmar que el Hijo del Hombre había venido al mundo a «dar su vida en redención por muchos» (Mt 20, 28).

En la Santa Misa se renueva a diario este sacrificio, uno de cuyos fines, el expiatorio, lo expresa así la liturgia de la Iglesia: «Este sacrificio, Señor, nos purifique de todo pecado, pues es el mismo que en el ara de la Cruz quitó los pecados del mundo» (Misal Romano, en la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, oración sobre las ofrendas).

 

Romains 3, 26

En todo el tiempo anterior a la venida de Cristo los pecados de los hombres quedaban sin satisfacer, ya que tanto los ritos con que el hombre intentaba aplacar la ira divina, como aquellos establecidos por Dios mismo en la Antigua Ley, no eran en absoluto suficientes, pues la ofensa infinita a Dios que el pecado entraña no podía ser expiada por tales medios. Por tanto, aquellos justos del Antiguo Testamento realmente lo eran en virtud de la fe en el futuro Mesías, manifestada en la observancia de los ritos establecidos por Dios.

Durante todo ese tiempo el Señor difería el castigo «tolerando los pecados». Ese «tiempo de la paciencia de Dios» duró hasta que llegó la era mesiánica, «el tiempo presente», es decir, el comprendido entre la primera y la segunda venida de Cristo o parusía. Sobre Dios justo y justificador cfr nota a Rom 1, 17.

 

Romains 3, 27-31

Estas palabras están dirigidas al mismo interlocutor imaginario del comienzo del capítulo. Dios, aun siendo Señor de todos los pueblos, manifestó una especial predilección por el pueblo de Israel. Apoyándose en este hecho los judíos pensaban falsamente que sólo ellos podían llegar a la bienaventuranza porque gozaban del favor divino. De aquí se seguía una actitud de orgullo que les llevaba a despreciar a los demás pueblos. Después de la venida de Cristo el motivo que dio ocasión a este orgullo quedó excluido; no es que haya sido destruido o anonadado, explica San Juan Crisóstomo, sino que ha envejecido, ha sido superado (cfr Hom. sobre Rom, 7), ya que Dios ha establecido un único camino de salvación para todos los hombres: la «ley de la fe» de que habla el Apóstol. Este nuevo camino exige de los judíos que olviden su antiguo orgullo y que adopten una disposición de humildad, puesto que Dios ha querido abrir las puertas de la salvación a todos los hombres.

Por consiguiente, ningún hombre —ni siquiera el judío— es justificado por las obras de la Ley. Es la fe la que justifica; no la fe «sola», como sin razón interpretaba Lutero, sino la fe que obra por medio de la caridad (cfr Gal 5, 6); la fe que no es confianza presuntuosa de ser justificado por los propios méritos, sino una aceptación firme y viva de lo que Dios ha revelado, y que mueve a la esperanza en los méritos de Cristo y al arrepentimiento de los propios pecados. Será por tanto «en virtud de la fe» —y no por la circuncisión— como los judíos serán justificados, y será «por medio de la fe» como los incircuncisos conseguirán la salvación. Podría parecer que la Ley ha quedado anulada, pero no es así, sino que la fe ratifica la Ley dándole su verdadero sentido y llevándola a la perfección. Porque, como preparación que era del Evangelio, la Ley mosaica recibe de Cristo la plenitud que no tenía: el precepto de la caridad ilumina el sentido que Dios había dado a la Ley, pero que no se descubre hasta la manifestación de Cristo, pues «la caridad es la plenitud de la ley» (Rom 13, 10). San Pablo condensa de alguna manera toda esta doctrina en el v. 28, que viene a ser la afirmación fundamental del pasaje.

 

Chapitre n°4

 

Romains 4, 1-25

Termina aquí San Pablo de exponer lo que había comenzado a explicar en 1, 18: la justicia no viene ni por la naturaleza ni por la Ley, sino por la fe. Es lo que se denomina, por esta razón, «justicia de la fe».

El Apóstol confirma estas afirmaciones con la autoridad de las Escrituras, poniendo el ejemplo de Abrahán. Éste no fue justificado por las obras de la Ley sino por la fe (vv. 1-8), tal como lo dice Gen 15, 6 y lo confirma David en los Salmos (cfr vv. 6-8).

Hace notar también el Apóstol (vv. 9-12) que la justicia que recibió Abrahán no fue obra de la circuncisión, ya que recibió esa justicia (Gen 15, 6) cuando aún no se había circuncidado (Gen 17). Por tanto, según el plan de Dios, la circuncisión era sólo señal y no causa de esa justicia.

Pasa después San Pablo (vv. 13-17a) a señalar la relación entre el objeto de la fe de Abrahán, la promesa (es decir, la promesa que le hizo Dios de ser padre de muchas gentes y de que en su descendencia serían bendecidas todas las naciones de la tierra, cfr Gen 12, 1-3; 15, 5-6), y las obras realizadas según la Ley, poniendo de relieve el carácter absolutamente gratuito de aquella promesa. Concluye finalmente (17b-22) haciendo un elogio de la firmeza de la fe que tuvo el Padre de los creyentes, al confiar en el cumplimiento de una promesa que humanamente parecía imposible.

La fe de Abrahán es modelo de la fe cristiana. Lo que a él se le prometió se ha cumplido en nosotros al creer en Cristo, que murió y resucitó por nosotros (vv. 22-25).

 

Romains 4, 3

Las palabras de Gen 15, 5-6, que Dios dirige a Abrahán («Mira al cielo y cuenta las estrellas si puedes. Así será tu descendencia») dan la respuesta a un interrogante implícitamente contenido en los versículos anteriores de la carta; y son, a la vez, una introducción al relato de la vida de fe de Abrahán que el Apóstol desarrollará a continuación. Cabe preguntarse, en efecto, cuál fue el sentido de la vida del Patriarca, qué es lo que «encontró» el que es padre según la carne y según la fe del pueblo elegido, cuando obedeció a la llamada divina. La gloria de Abrahán, grande para todas las generaciones del pueblo de Israel (cfr Eccli 44, 19; Ioh 8, 33.39.53), no es una simple gloria humana, sino una gloria «ante Dios». Yahwéh, cuando el Patriarca, ya anciano, se veía próximo a la muerte sin poder tener hijos (cfr Gen 15, 2-3), le mandó salir de su tienda, mirar al cielo y contar, si podía, las estrellas. Dios le aseguró solemnemente que así de numerosa sería su descendencia. En aquel momento Abrahán «creyó a Dios» y Dios se lo contó «como justicia» (Gen 15, 6); recompensó la fe de Abrahán y, gracias a ella, le concedió la justificación.

Al decir «le fue contado», Dios aparece como un Señor que anota en un libro las deudas, es decir, los méritos y deméritos de sus siervos. Pero en el caso de Abrahán, Dios anotó en la columna de los méritos, no sus obras, sino su confianza, y por esto se dice que esta confianza se le contó como justicia, como un sueldo debido. De esta forma se resalta el carácter gratuito de la justificación, pues, como en el caso de Abrahán, la fe se cuenta como justicia por puro favor divino. Toda la historia de Abrahán, y en concreto el episodio de la promesa que Dios le hizo, es un ejemplo de cómo actúa Dios: saca al alma humana de la ignorancia, la lleva luego a la fe y la impulsa al cumplimiento de una misión sobrenatural de alcance insospechado. Dios no hace acepción de personas, como nos repite insistentemente la Escritura. No se fija, para invitar a un alma a una vida de plena coherencia con la fe, en méritos de fortuna, en nobleza de familia, en altos grados de ciencia (...). La vocación es lo primero; Dios nos ama antes de que sepamos dirigimos a Él y pone en nosotros el amor con que podemos corresponderle. La paternal bondad de Dios nos sale al encuentro (Es Cristo que pasa, n. 33).

 

Romains 4, 5

El acto de fe es el primer paso para alcanzar la justificación, el estado de gracia. El Magisterio de la Iglesia afirma que, de ordinario, los que se encaminan hacia la fe se disponen para la justicia misma, en el sentido de que, movidos y ayudados por la divina gracia, se orientan libremente hacia Dios porque creen en la verdad de la Revelación, y, en primer lugar, que Él, por su gracia, justifica al impío «mediante la redención que está en Cristo Jesús» (Rom 3, 24). Este primer acto de fe mueve al reconocimiento y dolor de los pecados cometidos; a confiar en la misericordia de Dios y a amarle sobre todas las cosas; al deseo de los sacramentos y al propósito de una vida santa (cfr De iustificatione, cap. 6). Dios tiene en cuenta esa fe «como justicia», es decir, como merecedora de un premio. No son, por tanto, las obras buenas las que producen la justificación, sino que es la justificación la que hace que las obras sean buenas y meritorias cara a la vida eterna. La fe abre delante de nosotros perspectivas nuevas.

 

Romains 4, 9-12

Dios prescribió la circuncisión como sello de la Alianza entre Él y Abrahán y la descendencia de éste: «Dijo Dios a Abrahán: Guarda mi alianza, tú y tu descendencia, de generación en generación. La alianza que habéis de guardar conmigo, tu descendencia también, es ésta: todos vuestros varones serán circuncidados. Os circuncidaréis la carne del prepucio, y eso será la señal de la alianza entre vosotros y Yo» (Gen 17, 9-11). La circuncisión reviste una singularísima significación en el pueblo elegido, aunque otros pueblos de la antigüedad y del presente la practican. Por este rito religioso se efectúa la incorporación al pueblo elegido. Era una figura de la purificación y de la justificación que obraría el Bautismo cristiano cuando llegara la plenitud de los tiempos.

 

Romains 4, 13-14

Dios hizo a Abrahán la promesa de una descendencia innumerable (cfr Gen 15, 5-6) varios siglos antes de que la Ley mosaica fuese dada al pueblo de Israel por medio de Moisés. Por tanto, la promesa hecha a Abrahán no estaba vinculada a la Ley, sino a la fe del Patriarca. De ahí que los herederos de la promesa sean quienes siguen la fe de Abrahán.

 

Romains 4, 15

La Ley Antigua, dando al hombre un conocimiento más exacto de la ley natural, sin darle la ayuda especial que confiere la gracia para cumplirla, «produce la ira» de Dios, porque el pecado se comete al quebrantar la sola ley natural; pero cobra carácter de «transgresión», por el desprecio de una ley explícita de Dios.

 

Romains 4, 24-25

La fe de la que habla San Pablo incluye, como verdades fundamentales, la Muerte redentora de Cristo y su Resurrección, pues ambos acontecimientos están indisolublemente unidos, como dos aspectos de la manifestación de la justicia y de la misericordia de Dios.

 

Chapitre n°5

 

Romains 5, 1-5

No puede dejar de conmovernos este texto, en el que se afirma que Dios nos ayuda, con las palabras del Apóstol, a contemplar el entramado divino de las tres virtudes teologales, que componen el armazón sobre el que se teje la auténtica existencia del hombre cristiano, de la mujer cristiana (Amigos de Dios, n. 205). La fe, la esperanza y la caridad se suceden actuando en nosotros, contribuyendo así al crecimiento de la vida de la gracia en el cristiano: En efecto, la fe nos hace conocer y es garantía de las cosas que esperamos (cfr Heb 11, 1); la esperanza nos da la seguridad de alcanzarlas y aviva en nosotros el amor de Dios; la caridad, por su parte, da fuerza y vigor al ejercicio de las otras dos virtudes teologales. El fruto definitivo de este crecimiento en el amor, en la fe y en la esperanza es la paz inalterable propia de la vida eterna.

Mientras estamos en esta vida, en cambio, gozamos de una cierta paz en medio de las tribulaciones. Por tanto, la paz alcanzable mientras vivimos en la tierra no puede consistir en la tranquilidad de quien no quiere tener problemas, sino en la firmeza llena de esperanza (la «virtud probada») de quien se sobrepone a las tribulaciones y se mantiene fiel mediante la paciencia. Las tribulaciones son necesarias porque a través de ellas es como crecen normalmente las virtudes (cfr Iac 1, 2-4; 1 Pet 1, 5-7); y, por eso, son llamadas providenciales (Phil 1, 19; Col 1, 24) y producen el gozo y la felicidad (1 Thes 1, 6).

«Quien espera algo con gran fuerza —comenta Santo Tomás— para conseguirlo está dispuesto a sufrir todas las dificultades y amarguras. Así, por ejemplo, un enfermo, si desea ardientemente la salud, toma de buena gana la medicina amarga que le sanará. Una señal, pues, de la ardiente esperanza que por mérito de Cristo poseemos es que no sólo nos gloriamos de la esperanza de la gloria futura, sino también de los males que sufrimos por alcanzarla» (Comentario sobre Rom, ad loc.).

Quien vive de fe, de esperanza y de caridad sabe que el dolor no es algo carente de sentido, sino un medio querido por Dios para su perfección. Perfección que consiste «en estar nuestra voluntad tan conforme con la de Dios que (...) queramos con toda nuestra voluntad y tan alegremente tomemos lo sabroso como lo amargo, entendiendo que lo quiere su Majestad (...). Pues esta fuerza tiene el amor, si es perfecto, que olvidamos nuestro contento por contentar a quienes amamos. Y verdaderamente es así, que aunque sean grandísimos trabajos, entendiendo contentamos a Dios, se nos hacen dulces» (Libro de las Fundaciones, cap. 5).

 

Romains 5, 5

El amor del que se habla aquí es, a la vez, el amor con que Dios nos ama —que se manifiesta en el envío del Espíritu Santo—, y el amor que Dios pone en nuestras almas para que le podamos amar. El Concilio II de Orange, citando a San Agustín, resume así esta enseñanza: «Amar a Dios es exclusivamente un don de Dios. El mismo, que, sin ser amado, ama, nos concedió que le amásemos. Fuimos amados cuando todavía le éramos desagradables, para que se nos concediera algo con que agradarle. En efecto, el Espíritu del Padre y del Hijo, a quien amamos con el Padre y el Hijo, derrama la caridad en nuestros corazones» (De gratia, can. 25; cfr In loann. Evang., 102, 5).

 

Romains 5, 6-11

A la amistad que reinaba en el Paraíso entre Dios y el hombre sucedió la enemistad introducida por el pecado de Adán. Dios, al prometer un futuro Redentor, ofreció de nuevo su amistad al género humano. La medida de este amor de Dios por nosotros se pone de manifiesto en la «reconciliación» de que habla el Apóstol, que tuvo lugar en la Cruz cuando Cristo, dando muerte en sí mismo a la enemistad, estableció la paz y nos reconcilió con Dios (cfr Eph 2, 15-16).

La petición del Padrenuestro —«perdonamos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores»—, es una invitación a imitar esta conducta de Dios con nosotros, pues en el hecho de amar a nuestros enemigos se ve claramente cierta semejanza con Dios nuestro Padre, «que reconcilió consigo al género humano, muy enemigo y contrario suyo, redimiéndolo de la eterna condenación por medio de la muerte de su Hijo» (Catecismo Romano, IV, 14, 19).

 

Romains 5, 12-21

Cuatro enseñanzas importantes sobresalen en este pasaje: 1) el pecado de Adán y sus consecuencias, entre las que destaca la muerte (vv. 12-14); 2) el contraste entre los efectos del pecado original y los frutos de la Redención de Cristo (vv. 15-19); 3) el papel que desempeña la Ley de Moisés en relación con el pecado (especialmente vv. 13.20) adelantando así lo que se describirá más ampliamente en el cap. 7; 4) la victoria final del reino de la gracia (vv. 20-21). Las enseñanzas señaladas están estrechamente unidas por una idea: solamente Jesucristo puede justificarnos y llevarnos a la salvación. El Apóstol habla de Adán, por ser éste «figura del que había de venir», es decir, de Jesús, el Mesías, que es la verdadera cabeza del género humano; y subraya al mismo tiempo que Cristo, mediante su obediencia y sumisión a la voluntad del Padre, se contrapone a la desobediencia y rebeldía de Adán, devolviéndonos con creces la felicidad y la vida eterna que habíamos perdido por el pecado de nuestros primeros padres.

Asistimos al enfrentamiento de dos reinos: el reino del pecado y de la muerte, y el reino de la justicia y de la gracia. Estos reinos se establecieron por Adán y por Cristo y se extienden a toda la humanidad.

Al ser la sobreabundancia de la gracia de Cristo la afirmación de mayor relieve, el pecado de Adán es descrito sin detenerse en detalles. San Pablo lo supone como una verdad muy conocida. Todos los cristianos han leído o han escuchado el relato del Génesis (Gen 3), y han encontrado en varios textos de la Sagrada Escritura la confirmación y la explicación de lo que la experiencia universal manifiesta: todos los hombres son mortales, el género humano está sometido a una larga serie de penalidades (cfr Eccli 25, 33; Sap 2, 23-24; Ps 51, 7; Iob 14, 4; Gen 8, 21; etc.).

 

Romains 5, 12-14

La frase podría ser completada del siguiente modo: así como el pecado entró en el mundo por obra de un solo hombre, así también la justicia nos llega por un solo hombre: Jesucristo. Adán, el primer hombre, es figura del «nuevo Adán»; aquél encerraba en sí toda la humanidad que había de ser engendrada a partir de él; el «nuevo Adán» es «primogénito de toda la creación», es «cabeza del cuerpo de la Iglesia» (Col 1, 15.18) porque es el Verbo encarnado y redentor. Con Adán nos unen vínculos que vienen de la carne y de la sangre; con Cristo nos unen los vínculos de la fe y de los sacramentos.

Dios, en su infinita bondad, cuando elevó a Adán a la participación de la vida divina, decretó también que nuestro primer padre nos transmitiera su naturaleza humana con todos los dones que la perfeccionaban y con la gracia que la santificaba. Pero Adán cometió un pecado al quebrantar el mandamiento de Dios en el paraíso, y perdió inmediatamente la santidad y la justicia en que había sido constituido, e incurrió por la ofensa de esta prevaricación en la ira y la indignación de Dios y, por tanto, en la muerte con que Dios le había amenazado. Hecho mortal, caído bajo el poder del diablo, Adán «fue mudado en peor», según el cuerpo y el alma (cfr De peccato originali, can. 1). Desde entonces Adán y sus descendientes transmiten la naturaleza humana despojada de los dones sobrenaturales, en estado de enemistad con Dios, lo cual incapacita a los hombres para alcanzar la bienaventuranza eterna.

La existencia del pecado original es una verdad de fe, que ha reiterado solemnemente Pablo VI: «Creemos que todos pecaron en Adán; lo que significa que la culpa original cometida por él hizo que la naturaleza, común a todos los hombres, cayera en un estado tal en el que padeciese las consecuencias de aquella culpa (...). Así pues, esta naturaleza humana, caída de esta manera, destituida del don de gracia del que antes estaba adornada, herida en sus mismas fuerzas naturales y sometida al imperio de la muerte, es dada a todos los hombres; por tanto, en este sentido, todo hombre nace en pecado. Mantenemos, pues, siguiendo el Concilio de Trento, que el pecado original se transmite, juntamente con la naturaleza humana, por propagación, no por imitación, y que se halla como propio en cada uno» (Credo del Pueblo de Dios, n. 16).

Lo que la Revelación divina nos dice coincide con la experiencia personal: cuando examinamos nuestro corazón comprobamos esa inclinación al mal y nos sentimos anegados por muchos males, que no pueden tener origen en nuestro santo Creador (cfr Gaudium et spes, n. 13). El espectáculo que el mal presenta en el mundo y en nosotros nos convence de la profunda verdad contenida en la Revelación y nos mueve a luchar contra el pecado.

¡Cuánta miseria! ¡Cuántas ofensas! Las mías, las tuyas, las de la humanidad entera...

Et in peccatis concepit me mater mea! (Ps L, 7). Nací, como todos los hombres, manchado con la culpa de nuestros primeros padres. Después..., mis pecados personales: rebeldías pensadas, deseadas, cometidas...

Para purificarnos de esa podredumbre, Jesús quiso humillarse y tomar la forma de siervo (cfr Phil II, 7), encarnándose en las entrañas sin mancilla de Nuestra Señora, su Madre, y Madre tuya y mía. Pasó treinta años de oscuridad, trabajando como uno de tantos, junto a José. Predicó. Hizo milagros... Y nosotros le pagamos con una cruz.

¿Necesitas más motivos para la contrición? (Via Crucis, IV. n. 2).

 

Romains 5, 13-14

Tanto el mandamiento impuesto por Dios a Adán-como la Ley mosaica amenazaban con pena de muerte a sus transgresores. No puede decirse lo mismo para el periodo que va desde Adán hasta Moisés. En este tiempo los hombres también pecaron en contra de la ley natural inscrita en el corazón de todos (cfr 2, 12 ss.). Sin embargo, no pecaron con «una transgresión semejante a la de Adán», ya que la ley natural no amenaza explícitamente con pena de muerte. Si no obstante también ellos tenían que morir, esto prueba —concluye el Apóstol— que la muerte no se debe a los pecados personales sino al pecado original. Otra prueba que suelen añadir los Padres de la Iglesia es la muerte de los niños antes de llegar al uso de razón.

La muerte es consecuencia del pecado original, porque éste comportó la pérdida del don preternatural de la inmortalidad (cfr Gen 2, 17; 3, 19). Adán incurrió en ella al quebrantar, con un acto personal, un mandamiento preciso dado por Dios. Posteriormente, con la Ley mosaica, había también algunos preceptos cuya sanción para los transgresores era la muerte (cfr p. ej. Ex 21, 12 ss.; Lev 24, 16). Desde Adán hasta Moisés no existía ninguna ley que dijese: si tú pecas, morirás. Sin embargo, también en este periodo, todos los hombres morían, incluso quienes no habían pecado con «una transgresión semejante a la de Adán», es decir, con un pecado actual. Por tanto, la muerte es debida a un pecado —el pecado original—, que es propio de cada uno, y que, sin embargo, no es actual. Este pecado es la causa de la muerte, y la universalidad de ésta es prueba de la universalidad de aquél. Así resume esta enseñanza el Conc. Vaticano II: «La Iglesia, aleccionada por la Revelación divina, afirma que el hombre ha sido creado por Dios para un destino feliz situado más allá de las fronteras de la miseria terrestre. La fe cristiana enseña que la muerte corporal, que entró en la historia a consecuencia del pecado (Sap 1, 13; 2, 23-24; Rom 5, 21; 6, 23; Iac 1, 15), será vencida cuando el omnipotente y misericordioso Salvador restituya al hombre en la salvación perdida por el pecado. Dios ha llamado y llama al hombre a adherirse a Él con la total plenitud de su ser en la perpetua comunión de la incorruptible vida divina» (Gaudium et spes, n. 18).

 

Chapitre n°6

 

Romains 6, 1-11

El reinado universal del pecado, que se estableció a partir de Adán, no es la única realidad presente en este mundo. Cuando el pecado fue colmado, es decir, cuando llenó su medida, la gracia traída por Jesucristo sobreabundó. Por medio del Bautismo esa gracia llega a cada uno de nosotros y nos libra del dominio del pecado. Al recibir este sacramento, los cristianos morimos, es decir, se destruye en nosotros la culpa, renunciamos definitivamente al pecado y nacemos a una nueva vida.

«El Señor —recuerda San Ambrosio a los recién bautizados—, que quiere que sus beneficios permanezcan, que los planes insidiosos de la serpiente sean disueltos y que sea eliminado al mismo tiempo aquello que resultó dañado, dictó una sentencia contra los hombres: ‘Tierra eres y a la tierra has de volver’ (Gen 3, 19), e hizo al hombre sujeto de la muerte (...). Le fue dado el remedio: el hombre moriría y resucitaría (...). ¿Me preguntas cómo? (...). Presta atención, pues para que también en este siglo fuera disuelto el lazo del diablo, fue instituido un rito por el que el hombre muriera estando vivo y resucitara también estando vivo... Gracias a la inmersión en agua, se borra la sentencia: ‘Tierra eres y a la tierra has de volver’» (De Sacramentis, II, 6).

Este pasaje, que revela las verdades fundamentales relativas al Bautismo, nos recuerda, al mismo tiempo, la profunda significación del rito establecido por Cristo, los efectos espirituales que produce en los fieles y las grandes consecuencias que conlleva la recepción de este sacramento para toda la vida cristiana. Al Bautismo, en efecto, se le puede aplicar lo que Santo Tomás comenta a propósito de todos los sacramentos: «Hay que tener presente que en la santificación se pueden distinguir tres aspectos: su causa propia, que es la Pasión de Cristo; su forma, que consiste en la gracia y virtudes; y su último fin, que es la vida eterna. Los sacramentos significan todas estas realidades. Por tanto, el sacramento es, a la vez, signo rememorativo de la Pasión de Cristo que ya pasó, signo manifestativo de la gracia que se produce en nosotros mediante esa Pasión, y anuncio y prenda de la gloria futura» (Suma Teológica, III, q. 60, a. 3, c.).

En el caso concreto del Bautismo, las diversas realidades que el sacramento significa adquieren un matiz específico: un nuevo nacimiento que supone antes una muerte simbólica. En nosotros se reproduce, por tanto, no sólo la Pasión, Muerte y sepultura de Cristo, representadas por la inmersión en el agua (vv. 3-4.6); sino también la nueva vida, la vida de la gracia, que se infunde en el alma como participación de la Resurrección de Cristo (vv. 4-5). La participación en la Resurrección del Señor a una vida inmortal es como una semilla que nos llevará en el futuro a la resurrección gloriosa de nuestros cuerpos.

El bautizado es, por tanto, una nueva criatura, un recién nacido a una vida nueva, un ser que acaba de pasar de las tinieblas a la luz. La vestidura blanca, símbolo de la inocencia y de la gracia, y la vela encendida, símbolo de la luz de Cristo, constituyen representaciones que la Iglesia emplea en la liturgia bautismal para significar estas realidades.

En efecto, en el Bautismo Dios «borra toda mancha de culpa tanto original como personal» (Ritual del sacramento de la Penitencia, praenot. n. 5), y remite también la pena debida por estos pecados. Al ser bautizado en el nombre de las tres divinas Personas, el cristiano recibe una manifestación del amor gratuito del Padre, una participación en el misterio pascual del Hijo, y una comunicación de la nueva vida en el Espíritu (cfr Instrucción sobre el Bautismo de los niños, 20-X-1980, n. 9). El Bautismo, que es llamado también «puerta de la vida espiritual», hace que el hombre quede unido a Cristo y a la Iglesia por medio de la gracia, por la que somos hechos hijos de Dios y herederos de su gloria. Finalmente, al bautizado se le conceden, además de las virtudes infusas y los dones sobrenaturales, «las gracias necesarias para vivir cristianamente, y se imprime en su alma el carácter sacramental que le hace cristiano para siempre» (Catecismo de la Doctrina Cristiana, n. 250).

El carácter bautismal es como el sello de nuestra vocación cristiana, y nos hace participar del sacerdocio de Cristo y nos transforma en sujetos capaces de recibir los demás sacramentos.

 

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