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Éphésiens 1, 15-16
La solicitud de San Pablo constituye un admirable ejemplo, especialmente para los responsables de la formación cristiana. Como él, han de pedir en sus oraciones por quienes dependen de ellos, deben dar gracias a Dios por los progresos de sus almas, y han de rogar al Espíritu Santo que les sea concedido el don de sabiduría e inteligencia. «Desempeña el cargo que ocupas con toda diligencia de cuerpo y espíritu —exhorta San Ignacio de Antioquía—. Preocúpate de la unidad, pues no existe nada mejor que ella. Llévalos a todos sobre ti como a ti te lleva et Señor. Sopórtalos a todos con espíritu de caridad, como ya lo haces. Dedícate sin pausa a la oración. Pide mayor inteligencia de la que ya tienes. Permanece alerta, como espíritu que desconoce el sueño. Habla a los hombres del pueblo al estilo de Dios» (Carta a Policarpo, I, 2-3).
La «fe en el Señor Jesús», no significa aquí creer en Jesucristo, sino que expresa cuál es el fundamento de la vida de fe. Viene a decir que quienes han recibido el don de la fe, viven en Cristo, y esa vida con Cristo hace que su fe sea realmente viva, y se manifieste en «la caridad hacia todos los santos». Por la fe se descubre que cada uno de los bautizados es hijo de Dios y, así, el amor fraterno entre los cristianos aparece como una consecuencia lógica.
 
Éphésiens 1, 17
El Dios a quien San Pablo se dirige es «el Dios de nuestro Señor Jesucristo», es decir, el Dios que se ha revelado a través de Cristo y al cual Jesús mismo en cuanto hombre, ora en petición de ayuda (cfr Lc 22, 42). El mismo Dios que antes —en el AT— era designado como «el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob» ahora es definido como «el Dios de nuestro Señor Jesucristo». Es el Dios personal, a quien se le reconoce por su relación con Cristo, el Hijo, que como mediador de la Nueva Alianza, obtiene de Dios Padre todo cuanto le pide. Y lo mismo nosotros si nos unimos a Él, según lo prometió: «si algo pedís al Padre en mi nombre, os lo concederá» (Ioh 16, 23; 15, 16). El Fundador del Opus Dei recuerda que Jesús es el Camino, el Mediador; en Él, todo; fuera de Él, nada. En Cristo, enseñados por Él, nos atrevemos a llamar Padre nuestro al Todopoderoso: el que hizo el cielo y la tierra es ese Padre entrañable (Es Cristo que pasa, n. 91).
El Apóstol llama también a Dios: «Padre de la gloria». La gloria de Dios significa su grandeza, poderío, plenitud de riqueza que al manifestarse suscita la admiración y el reconocimiento por parte del hombre. Así se había revelado Dios ya en la historia de Israel, mediante las acciones salvadoras en favor de su pueblo. Pedir a Dios que glorifique su nombre equivale a pedirle que se muestre salvador e intervenga con sus beneficios (cfr Ex 39, 25-29). La manifestación máxima de la gloria de Dios, o de su poder, ha sido, sin embargo, la resurrección de Jesucristo, y la del cristiano con Él (cfr Rom 6, 4; 1 Cor 6, 14). San Pablo en este pasaje invoca a Dios como «Padre de la gloria» para pedir que conceda a los cristianos una sabiduría sobrenatural con la que puedan reconocer la grandeza de los beneficios que les ha otorgado a través de su Hijo, es decir, para que puedan conocerle como Padre y origen de la gloria. El «espíritu de sabiduría y de revelación», que pide el Apóstol, es la concesión de dones especiales: por una parte, se trata de aquella sabiduría, don del Espíritu Santo, que penetra los misterios de Dios; «¿Quién hubiera conocido tu voluntad, si tú no le hubieses dado la sabiduría, y no le hubieses enviado de lo alto tu Espíritu Santo?» (Sap 9, 17). Esta sabiduría que ha sido dada a la Iglesia (cfr Eph 1, 8), pueden recibirla algunos fieles de una manera especial, como un don particular del Espíritu Santo. Por otra parte, el Apóstol pide que Dios les conceda espíritu «de revelación», es decir, la gracia —el carisma— de revelaciones personales, como le fue concedido a él (cfr 1 Cor 14, 6) y a otros fieles (cfr 1 Cor 14, 26). Se trata, no de revelación o conocimiento de nuevas verdades, sino de luces especiales del Espíritu Santo para que conozcan más profundamente la verdad de fe, o la voluntad de Dios en una circunstancia determinada.


Éphésiens 1, 18-19
Junto al conocimiento profundo de Dios, San Pablo pide para los cristianos el conocimiento pleno y vital de la esperanza, pues ambas realidades —Dios y nuestra esperanza— van inseparablemente unidas. Ya conoce la fe y la caridad de los fieles a los que escribe (cfr 1, 15); ahora pide que brille para ellos la esperanza: que Dios les ilumine interiormente para que descubran las consecuencias que tiene haber sido elegidos —llamados— a formar parte del pueblo santo de Dios, la Iglesia. La esperanza, por tanto, es un don de Dios: «La esperanza es una virtud sobrenatural, infundida por Dios en nuestra alma, con la cual deseamos y esperamos la vida eterna que Dios ha prometido a los que le sirven, y los medios necesarios para alcanzarla» (Catecismo Mayor, n. 893).
El fundamento de la esperanza es el amor y el poder de Dios que se ha manifestado en la Resurrección de Cristo. Ese mismo poder de Dios actúa en el cristiano. Como el proyecto de nuestra santidad es eterno, el mismo que nos ha llamado nos introducirá en una vida celeste e inmortal. Que el poder de Dios actúe en nosotros (cfr Rom 5, 5) no significa que nos veamos libres de dificultades. Recuerda San Josemaría Escrivá que mientras peleamos —una pelea que durará hasta la muerte—, no excluyas la posibilidad de que se alcen, violentos, los enemigos de fuera y de dentro. Y por si fuera poco ese lastre, en ocasiones se agolparán en tu mente los errores cometidos, quizá abundantes. Te lo digo en nombre de Dios: no desesperes. Cuando eso suceda —que no debe forzosamente suceder; ni será lo habitual—, convierte esa ocasión en un motivo de unirte más con el Señor; porque Él, que te ha escogido como hijo, no te abandonará. Permite la prueba, para que ames más y descubras con más claridad su continua protección, su Amor (Amigos de Dios, n. 214).


Éphésiens 1, 20-21
El Apóstol se admira profundamente de las maravillas que el poder de Dios Padre ha obrado en Cristo Jesús. De esta manera Cristo aparece como principio y modelo para nuestra esperanza. «Pues como la vida de Cristo configura y es ejemplo de nuestra santidad, así la gloria y exaltación de Cristo conforma y es ejemplo de nuestra gloria y exaltación» (Santo Tomás, Comentario sobre Eph, ad loc.)
Estar sentado a la «derecha» del Padre significa aquí, lo mismo que en otros lugares del NT (cfr Act 7, 56; Heb 1, 3; 1 Pet 3, 22), que Cristo resucitado participa en el poder regio de Dios. El Apóstol se sirve de una imagen muy conocida en las asambleas públicas de la época, en las que el emperador gobernaba sentado en un trono. El trono ha sido siempre el símbolo del poder supremo. Por esto explica el Catecismo Romano que, «estar sentado no significa en este lugar, situación y figura del cuerpo, sino que expresa la posesión firme y estable de la regia y suprema potestad y gloria que (Cristo) recibió del Padre» (I, 7, 3).
La preeminencia de Cristo es absoluta: sobre la creación entera, tanto material como espiritual, terrestre y celeste. «Todo Principado, Potestad, Virtud y Dominación»: Son los espíritus angélicos (cfr nota a Eph 3, 10), a quienes los falsos predicadores querían presentar como superiores a Cristo. San Pablo subraya, por el contrario, que Jesucristo en su Resurrección ha sido exaltado por Dios por encima de todos los seres.


Éphésiens 1, 22-23
En otras cartas anteriores, San Pablo había enseñado que la Iglesia es como un cuerpo (cfr Rom 12, 4 s.; 1 Cor 12, 12 ss.). Ahora, lo mismo que en Col 1, 18, profundiza más en esa comparación y afirma que la Iglesia es el cuerpo de Cristo, y Cristo Cabeza de la Iglesia. Esta enseñanza se repite, una y otra vez, en las Cartas de la Cautividad (cfr Col 1, 18; Eph 5, 23 s.). La imagen del cuerpo y la cabeza resalta la función vitalizadora y salvífica de Cristo sobre la Iglesia, a la vez que su supremacía sobre ella (cfr Santo Tomás, Comentario sobre Eph, ad loc.; véase también la nota a Col 1, 18). Esta realidad colma de alegría a los cristianos, quienes al estar incorporados a la Iglesia por el Bautismo, son realmente miembros del Cuerpo de nuestro Señor. «No es orgullo —hacía considerar Pablo VI—, no es presunción, no es obstinación, no es locura, sino luminosa certeza y gozosa convicción la que tenemos de haber sido constituidos miembros vivos y genuinos del Cuerpo de Cristo, de ser auténticos herederos del Evangelio de Cristo» (Ecclesiam suam, n. 33).
Esta imagen manifiesta, además, la fuerza de la unión de Cristo con su Iglesia y su amor profundo: la «amó tanto —observa San Juan de Ávila—, que aunque ordinariamente vemos que uno pone su brazo para recibir el golpe por salvar la cabeza, este bendito Señor, siendo Cabeza, se puso delante del golpe de la justicia divina, y murió en la cruz por dar la vida a su cuerpo, que somos nosotros. Y después de habernos vivificado, mediante la penitencia y los sacramentos, nos regala, defiende y mantiene como a cosa tan suya, que no se contenta con llamarnos siervos, amigos, hermanos o hijos, sino que para mostrar mejor su amor y damos más honra, nos pone su nombre. Porque, por esta inefable unión de Cristo, Cabeza, con la Iglesia, su Cuerpo, Él y nosotros somos llamados un Cristo» (Audi, filia, cap. 84).
A la Iglesia, Cuerpo de Cristo (cfr 1 Cor 12, 12), la designa también el Apóstol con la palabra «plenitud» (véase nota a Col 1, 19). Significa que, mediante la Iglesia, Cristo se hace presente y llena todo el universo, y a todo él se extienden los frutos de su obra redentora. Al ser instrumento de Cristo en la administración universal de su gracia, la Iglesia no se reduce, como el antiguo Israel del AT, a un pueblo o raza determinados, ni delimita sus fronteras a un área geográfica concreta. Por ser ilimitada en su gracia, lo es también en la llamada que dirige a todos los hombres para que, en Cristo, alcancen la salvación. Desde hace siglos la Iglesia está extendida por todo el mundo —comenta el Fundador del Opus Dei—; y cuenta con personas de todas las razas y condiciones sociales. Pero la catolicidad de la Iglesia no depende de la extensión geográfica, aunque esto sea un signo visible y un motivo de credibilidad. La Iglesia era católica ya en Pentecostés; nace Católica del Corazón llagado de Jesús, como fuego que el Espíritu Santo inflama (...). ‘La llamamos Católica, escribe San Cirilo, no sólo porque se halla difundida por todo el orbe de la tierra, de uno a otro confín, sino porque de modo universal y sin defecto enseña todos los dogmas que deben conocerlos hombres, de lo visible y de lo invisible, de lo celestial y de lo terreno. También porque somete al recto culto a toda clase de hombres, gobernantes y ciudadanos, doctos e ignorantes. Y, finalmente, porque cura y sana todo género de pecados, sean del alma o del cuerpo, poseyendo además —con cualquier nombre que se le designe— todas las formas de virtud, en hechos y en palabras y en cualquier especie de dones espirituales’ (Catechesis, 18, 23) (Lealtad a la Iglesia).
Toda la gracia le llega a la Iglesia por Cristo. El Conc. Vaticano II nos recuerda: «Él mismo conforta constantemente a su Cuerpo que es la Iglesia, con los dones de los ministerios, por los cuales, con la virtud derivada de Él, nos prestamos mutuamente los servicios para la salvación, de modo que viviendo la verdad en caridad, crezcamos por todos los medios en Él» (Lumen gentium, n. 7). Por esto San Pablo llama a la Iglesia «cuerpo» de Cristo; y, en este sentido, ella es «plenitud» (plêrôma) de Cristo, no porque la Iglesia complete a Cristo, sino porque es ella la que está llena de Cristo, formando con Él un solo cuerpo, un solo organismo espiritual, cuyo principio unificador y vivificante es Cristo-Cabeza. Se resalta, así, la absoluta supremacía de Cristo, cuyo flujo, a la par vivificador y unificante, se extiende de Dios a Cristo, de Cristo a la Iglesia, y de ésta a todos los hombres. Jesucristo es, en realidad, quien lo llena todo en todas las cosas (cfr Eph 4, 10; Col 1, 17-19; 2, 9 s.).
El hecho de que la Iglesia sea Cuerpo de Cristo es una razón más para amarla y servirla. Por eso, enseña el Papa Pío XII: «Para que este amor sólido e íntegro more en nuestras almas y aumente de día en día, es necesario que nos acostumbremos a ver en la Iglesia al mismo Cristo. Porque Cristo es quien vive en su Iglesia, quien por medio de ella enseña, gobierna y confiere la santidad; Cristo es también quien de varios modos se manifiesta en sus diversos miembros sociales» (Mystici Corporis, n. 43).


Chapitre n°2
Éphésiens 2, 1-10
La realidad de la Iglesia suscita inmediatamente en el pensamiento de San Pablo la consideración de los miembros que la integran: judíos y gentiles. Ahora se detiene en explicar cómo en unos y otros, a pesar de la situación de pecado en que se encontraban (vv. 2-3), ha actuado el poder misericordioso de Dios (vv. 4-5), haciéndoles semejantes a Cristo en su triunfo glorioso (vv. 6-7). Y todo esto se ha realizado mediante el don gratuito de la fe (vv. 8-10).


Éphésiens 2, 1-2
«Vosotros»: Se refiere a los cristianos venidos de la gentilidad, en contraposición al «nosotros» del v. 3 que incluye los cristianos procedentes del judaísmo.
La situación del hombre en el paganismo antes de su conversión a Cristo es como un camino hacia la muerte, es decir, está abocado a la condenación por causa del pecado. Éste comprende tanto el pecado original, como el derivado del comportamiento humano que se acomoda a los principios del mundo, en oposición a Dios. Tal es el significado que aquí tiene la expresión «este mundo», que el Apóstol ve sometido al poder del demonio (cfr nota a Ioh 1, 10).
La expresión «príncipe del poder del aire», utilizada para nombrar al diablo, refleja la concepción, muy extendida en la antigüedad, de que los demonios habitaban en la atmósfera terrestre, desde la que desplegaban su poder infernal sobre los hombres (cfr Mt 12, 24; Ioh 12, 31). San Pablo utiliza esa terminología usada en su tiempo, sin que por ello quiera enseñar cuestiones cosmológicas. Su enseñanza es teológica, y el demonio es identificado como el que actúa en los «hijos de la rebeldía» o «los rebeldes». En efecto, lo característico de Satanás es la rebeldía contra Dios; y su actuación sobre el hombre se manifiesta en la rebeldía humana, que, en vez de reconocer al Creador, se complace únicamente en las criaturas o en las obras que el hombre mismo lleve a cabo. San Pablo veía esta situación en el paganismo de su tiempo (cfr Rom 1, 18-23); de hecho, se da en todas las épocas de la historia cuando el hombre se niega a reconocer a Dios: «Creado por Dios en la justicia, el hombre, sin embargo, por instigación del demonio, en el propio exordio de la historia, abusó de su libertad, levantándose contra Dios y pretendiendo alcanzar su propio fin al margen de Dios. Conocieron a Dios, pero no le glorificaron como a Dios. Oscurecieron su estúpido corazón y prefirieron servir a la criatura, no al Creador (cfr Rom 1, 21-25) (...). Al negarse con frecuencia a reconocer a Dios como su principio, rompe el hombre la debida subordinación a su fin último, y también toda su ordenación, tanto por lo que toca a su propia persona como a las relaciones con los demás y con el resto de la creación» (Gaudium et spes, n. 13).
 
Éphésiens 2, 3
También los judíos estaban antes de la venida de Jesucristo, abocados al pecado y la condenación. San Pablo ya había tratado de ello en la Carta a los Romanos (cfr Rom 2, 1-3, 20). Ahora presenta brevemente las mismas ideas para concluir que a todos nos ha llegado la salvación por medio de Jesucristo (v. 5).
Los judíos habían conocido al verdadero Dios y gozado de la Ley; por lo cual, su situación de pecado no venía tanto por el engaño seductor del mundo y del príncipe de la rebeldía, sino por la concupiscencia y deseos de la carne. «Carne», en este contexto, no significa la fragilidad de la naturaleza humana sin más (cfr Ioh 1, 14), ni tampoco sólo los deseos de la lujuria, sino que se refiere a los deseos y apetitos de la naturaleza humana que no se somete a Dios, a la inclinación del hombre a hacer su voluntad y complacerse en ella, aun conociendo la Ley de Dios (cfr Rom 7, 5; 2 Cor 7, 1; Col 2, 13). Los judíos estaban sometidos a ese poder de la carne, ya que eran «hijos de la ira como los demás».
«Hijos de la ira»: La expresión, aplicada al estado de enemistad del hombre con Dios, no hace referencia a un estado anímico de Dios, sino a las consecuencias que se siguen del pecado: merecimiento del castigo de parte de Dios. En tal situación se encuentran los gentiles y los judíos por naturaleza.
El Apóstol está considerando la conducta de los gentiles y de los judíos, de ahí que la expresión «por naturaleza» no significa exactamente «por nacimiento», sino que más bien se refiere al propio ser del hombre, que, por sí mismo, es incapaz de evitar el pecado y, en consecuencia, de escapar a la ira de Dios. San Juan Crisóstomo, San Jerónimo y otros Santos Padres entienden las palabras «por naturaleza» como opuestas a «por gracia». En este sentido «por naturaleza» significa la existencia humana tomada tal como es en sí misma, sin la ayuda de la gracia, o sea una existencia bajo el pecado que merecería la ira de Dios. Pero la causa está en que la naturaleza humana ha sido herida por el pecado original y, en este sentido, otros Santos Padres, como San Agustín, ven en esta expresión de San Pablo una afirmación del pecado de origen. Lo cierto es que el Apóstol al menos insinúa aquí dicho pecado, como explica Santo Tomás de Aquino: «Dice éramos por naturaleza, esto es por el origen de la naturaleza, pero no ciertamente de la naturaleza en cuanto es naturaleza, porque así considerada es buena y viene de Dios, sino de la naturaleza en cuanto que ha sido viciada» (Comentario sobre Eph, ad loc.).
 
Éphésiens 2, 4
La misericordia de Dios es la mayor manifestación de su amor, pues refleja la gratuidad absoluta del amor divino proyectado al hombre pecador, y que, en vez de castigar, perdona y da la vida. La expresión «Dios rico en misericordia» tiene una enorme profundidad teológica y espiritual. En ella queda como condensada toda la enseñanza de San Pablo acerca de la actuación de Dios para con los hombres sometidos al dominio del pecado, y «por naturaleza hijos de la ira».
El Papa Juan Pablo II ha elegido estas palabras de la Escritura —dives in misericordia— como título de una de sus Encíclicas, precisamente aquella en la que desarrolla la dimensión divina del misterio de la Redención. Así resume el Papa la doctrina bíblica sobre la misericordia: «El concepto de misericordia tiene en el Antiguo Testamento una larga y rica historia (...). Es significativo que los profetas en su predicación pongan la misericordia, a la que recurren con frecuencia debido a los pecados del pueblo, en conexión con la imagen incisiva del amor por parte de Dios. El Señor ama a Israel con el amor de una peculiar elección, semejante al amor de un esposo (cfr p. ej. Os 2, 21-25; 15; Is 54, 6-8), y por esto perdona sus culpas e incluso sus infidelidades y traiciones. Cuando ve la penitencia, la conversión auténtica, devuelve de nuevo la gracia a su pueblo (cfr Ier 31, 20; Ez 39, 25-29). En la predicación de los profetas la misericordia significa una potencia especial del amor, que prevalece sobre el pecado y la infidelidad del pueblo elegido (...). El Antiguo Testamento anima a los hombres desventurados, en primer lugar a quienes padecen bajo el peso del pecado —al igual que todo Israel que se había adherido a la alianza con Dios— a recurrir a la misericordia y les concede contar con ella» (Dives in misericordia, n. 4).
También en el Nuevo Testamento son frecuentes las alusiones a la misericordia divina, unas veces con un tono entrañable, como en la parábola del hijo pródigo (cfr Lc 15, 11-32); otras, con tintes dramáticos, como en el sacrificio del Calvario, manifestación máxima del amor de Dios, que es más fuerte que la muerte y el pecado. «La cruz de Cristo, sobre la cual el Hijo, consustancial al Padre, hace plena justicia a Dios, es también una revelación radical de la misericordia, es decir, del amor que sale al encuentro de lo que constituye la raíz misma del mal en la historia del hombre: al encuentro del pecado y de la muerte» (Ibid., n. 8).


Éphésiens 2, 5-6
El poder de Dios actúa en el cristiano de forma similar a como ha actuado en Cristo. San Pablo emplea casi las mismas expresiones que antes (cfr 1, 20), para mostrar el alcance que tiene en el hombre la salvación realizada por Jesucristo.
Así como un muerto no es capaz de darse a sí mismo la vida, así, quienes estaban muertos por el pecado no podían alcanzar por sí solos la gracia, la vida sobrenatural. Únicamente Cristo, mediante la Redención, proporciona esa vida nueva que comienza con la justificación y que tiene como fin la resurrección y la felicidad del Cielo. El Apóstol habla de esa vida de la gracia y, en consecuencia, de nuestra futura resurrección y glorificación con Cristo en los cielos; todo ello como si se tratara de algo ya realizado. La razón es ésta: Jesucristo es nuestra Cabeza y todos formamos con Él un solo cuerpo (cfr Gal 3, 28), de modo que, como miembros del cuerpo participamos de la condición de la Cabeza. Cristo, después de su Resurrección y Ascensión a los cielos está sentado a la derecha del Padre. «El cuerpo de Cristo, que es la Iglesia —comenta San Agustín—, ha de estar a la derecha, es decir, en la bienaventuranza, como dice el Apóstol: con él nos ha resucitado y hecho sentar en los cielos. Aunque nuestro cuerpo no esté allá todavía, ya tenemos allá la esperanza» (De agone christiano, XXVI).
La Resurrección y exaltación de Cristo es una realidad incoada ya en nosotros desde el momento mismo de nuestra incorporación a Cristo por el Bautismo. «Así, por el Bautismo —enseña el Conc. Vaticano II—, los hombres son injertados en el misterio pascual de Jesucristo: mueren con Él, son sepultados con Él y resucitan con Él (cfr Rom 6, 4; Eph 2, 6; Col 3, 1; 2 Tim 2, 11); reciben el espíritu de adopción de hijos, por el que clamamos: ¡Abbá, Padre! (Rom 8, 15) y se convierten así en los verdaderos adoradores que busca el Padre (cfr Ioh 4, 23)» (Sacrosanctum Concilium, n. 6). Cfr nota a Rom 6, 9-10.
La Redención ya ha sido consumada, y toda la gracia necesaria para alcanzar la salvación está a disposición del hombre, de modo que las puertas del Cielo han quedado abiertas; ahora, ya es responsabilidad de cada uno dar acogida a la gracia en su alma, servirse de ella para corresponder a la llamada del Señor, y alcanzar la bienaventuranza en la gloria. Por Jesucristo, «renacemos espiritualmente, pues por Él somos crucificados al mundo —comenta San Zósimo—. Por su muerte se rompe aquella cédula de muerte, introducida en todos nosotros por Adán y transmitida a toda alma; aquella sentencia cuya pena nos grava por descendencia, a la que no hay absolutamente nadie de los nacidos que no esté ligado, antes de ser liberado por el Bautismo» (Epist. «tractoria», Dz-Sch, n. 231).


Éphésiens 2, 8-9
La salvación es obra de Dios, realizada gratuitamente; es decir, tiene su origen en la misericordia divina. Esta salvación opera en el hombre mediante la fe, que es la aceptación, por parte del hombre, de la salvación que se le ofrece en Jesucristo. Ahora bien, incluso la fe, nos dice San Pablo, es un don de Dios, y el hombre no puede ni merecerla ni adquirirla con sus solas fuerzas naturales, no es obra de la propia y exclusiva libertad humana, sino que en el reconocimiento y asentimiento a Cristo Salvador está actuando, ya desde el primer momento, la gracia de Dios. Apoyándose en este pasaje de la Carta a los Efesios, y en otros lugares de la Sagrada Escritura, la Iglesia ha enseñado: «Y así, conforme a las sentencias de las Santas Escrituras (...) o las definiciones de los antiguos Padres, debemos, por bondad de Dios, predicar y creer que por el pecado del primer hombre, de tal manera quedó inclinado y debilitado el libre albedrío que, en adelante, nadie puede amar a Dios, como se debe, o creer en Dios u obrar por Dios lo que es bueno, sino aquel a quien previniere la gracia de la divina misericordia (...). Esta misma gracia, aun después de la venida del Señor, sabemos y creemos a la vez que a todos los que desean bautizarse no se les confiere por su libre albedrío, sino por la largueza de Cristo, conforme a lo que muchas veces hemos dicho ya y lo predica el Apóstol Pablo: A vosotros os ha sido concedida la gracia por Cristo, no sólo para que creáis en él, sino también para que padezcáis por él (Phil 1, 29); y aquello: Quien comenzó en vosotros la obra buena, la llevará a cabo hasta el día de Cristo Jesús (Phil 1, 6); y lo otro: Por gracia habéis sido salvados mediante la fe, y esto no procede de vosotros, puesto que es un don de Dios (Eph 2, 8); y lo que de sí mismo dice el Apóstol: como quien por la misericordia del Señor merece confianza (1 Cor 7, 25; 1 Tim 1, 13); no dijo: porque merecía, sino merece. Y aquello: ¿Qué tienes que no hayas recibido? (1 Cor 4, 7). Y aquello: Toda dádiva buena y todo don perfecto, de arriba es, y baja del Padre de las luces (Iac 1, 17). Y aquello: no puede el hombre apropiarse nada si no le es dado del cielo (Ioh 3, 27)» (De gratia, Conclusión).
Esta misma doctrina es explicada por el Conc. Vaticano II: «Por la fe el hombre se entrega entera y libremente a Dios», y que «para dar esta respuesta de la fe es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda, junto con el auxilio interno del Espíritu Santo, que mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede ‘a todos gusto en aceptar y creer la verdad’ (De gratia, can. 7; Dei Filius, Ibid.)» (Dei Verbum, n. 5).
Cuando San Pablo dice que la fe no procede de las obras (v. 9), se está refiriendo a las obras que el hombre pudiera realizar por sí mismo, con independencia de la gracia. Entonces el hombre tendría algo de qué gloriarse ante Dios, algo que le proporcionaría la salvación al margen de la obra de Cristo, lo cual es inadmisible, porque entonces ningún sentido tendría la cruz del Señor, ni la misma Encamación del Verbo, que se ha hecho «para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención, para que, como está escrito: El que se gloria, que se gloríe en el Señor» (1 Cor 1, 30-31).
Véanse las notas a Iac 2, 14; Rom 3, 20-31; 9, 31.
 
Éphésiens 2, 10
El cristiano ha sido hecho nueva criatura —«somos hechura suya»— al ser injertado en Cristo por el Bautismo (cfr 2 Cor 5, 17). Una vez justificado en el Bautismo, el cristiano ha de ser coherente con su fe, es decir, con su nueva vida. Y precisamente la vida de la gracia le impulsa a realizar esas buenas obras que Dios aguarda ver realizadas —porque así lo había dispuesto previamente— para que se consume la salvación. La autenticidad de la fe se demuestra con las obras: «la fe, si no tiene obras, está realmente muerta» (Iac 2, 17). Sin esas obras —ejercicio de las virtudes teologales y morales— no sólo quedaría muerta la fe, sino que sería falso también el amor a Dios y al prójimo.
Ahora bien, para llevar a cabo esta renovación en cada hombre, Dios cuenta con que éste quiera corresponder a su gracia y realice «obras buenas».
La Tradición cristiana siempre ha enseñado que los frutos de la fe son muestra de su vitalidad. Así lo testifica por ejemplo el gozo de San Policarpo: «Me alegro porque la firme raíz de vuestra fe, celebrada desde antiguo, sigue viva y fructifica en nuestro Señor Jesucristo (...). Muchos anhelan penetrar en esa misma alegría porque saben que ‘por pura gracia estáis salvados y no por las obras’: habéis sido salvados por la voluntad de Dios por Jesucristo» (Carta a los Filipenses, cap. 1).


Éphésiens 2, 11-22
¿Qué significación tiene la llamada a los gentiles para formar parte de la Iglesia? Su situación anterior, lejanos de Cristo (vv. 11 -12), ha cambiado radicalmente merced a la obra redentora de Cristo en la cruz, por la que, de un lado, se ha realizado el acercamiento y la paz entre los dos pueblos (vv. 13-15), y de otro, puesto que ambos estaban bajo la enemistad, la reconciliación de uno y otro con Dios (vv. 16-18). La realidad nueva que surge de la Redención es la Iglesia, que San Pablo presenta con la imagen de un templo santo, edificado sobre el cimiento de los apóstoles y profetas (vv; 19-22).


Éphésiens 2, 11-12
Los gentiles, antes de la llegada del Mesías, llevaban en su propio cuerpo la señal del paganismo —no estaban circuncidados—, por lo que eran mirados con desprecio por los judíos. San Pablo, sin embargo, va más allá y plantea como señal distintiva entre judíos y gentiles no la circuncisión, sino lo que es del todo esencial: la gracia de la elección que antes sólo había recibido el pueblo judío. Es a éste a quien pertenecía «la adopción de hijos y la gloria y la Alianza y la legislación y el culto y las promesas; de ellos son los patriarcas» (Rom 9, 4-5). Tal gracia no la habían recibido antes los gentiles, ya que no pertenecían al pueblo de Israel, al que Dios había hecho la promesa del Mesías. Por ello no conocían al Dios verdadero aunque tuviesen muchos dioses.
De ahí que uno de los grandes frutos de la Redención realizada por Cristo y de la misericordia divina ha sido la admisión de los gentiles en las alianzas sucesivas hechas por Dios con los Patriarcas, que contenían la promesa de salvación por medio del Mesías (cfr nota a Rom 9, 4-6). De este modo se realizaba la promesa hecha a Abrahán de que en él serían bendecidos todos los linajes de la tierra (cfr Gen 12, 3). Los profetas lo anunciaron muchas veces (cfr Is 2, 1-3; 56, 6-8; 60, 11-14; etc.) y Jesucristo lo veía ya realizado, cuando anunciaba que muchos de Oriente y de Occidente vendrían para sentarse en la mesa del Reino junto con Abrahán, Isaac y Jacob (cfr Mt 8, 11).


Éphésiens 2, 14-15
«Él es nuestra paz»: La división que existía en el género humano entre judíos y gentiles ha sido abolida por Cristo mediante su muerte en la Cruz. Los gentiles que «estaban lejos» de Dios, de su Alianza y de sus promesas (cfr v. 12) han llegado a ser partícipes, igual que los judíos, de la Nueva Alianza sellada con la sangre de Cristo. Por ello «Él es nuestra paz». En Él los hombres encuentran la tan deseada unidad, porque, mediante su entrega obediente hasta la muerte, Cristo ha reparado la desobediencia de Adán, causa de la división y la guerra entre los hombres (cfr Gen 3-4). «En efecto, el propio Hijo encarnado, Príncipe de la paz, ha reconciliado con Dios a todos los hombres por medio de su cruz y, reconstituyendo en un solo pueblo y en un solo cuerpo la unidad del género humano, ha dado muerte al odio (cfr Eph 2, 16; Col 1, 20-22) en su propia carne y, después del triunfo de su resurrección, ha infundido el Espíritu de amor en el corazón de los hombres» (Gaudium et spes, n. 78).
El proyecto de Dios para atraer a la humanidad hacia sí, y restablecer la paz incluía la elección del pueblo judío, en cuyo seno había de nacer el Mesías, en quien serían bendecidos todos los pueblos de la tierra (cfr Gen 11, 3). Él lleva el nombre de «Príncipe de la paz» (cfr Is 9, 5; Mich 5, 4). Pero, de hecho, muchos judíos habían llegado a considerar su elección con tal particularismo que les llevaba a establecer una barrera infranqueable entre ellos y los gentiles. Algunos rabinos del tiempo de nuestro Señor Jesucristo manifestaban desprecio, e incluso odio, a los gentiles. La separación entre ambos pueblos se reflejaba en el muro que había en el Templo de Jerusalén para separar el atrio de los gentiles del resto del recinto sagrado (cfr Act 21, 28). Pero la separación profunda radicaba en que los judíos se enorgullecían de poseer con exclusividad la Ley de Dios y de cumplirla con meticulosidad, mediante innumerables prescripciones.
Por su muerte en la Cruz, Jesucristo ha roto las barreras que ponían separación entre judíos y gentiles, y entre los hombres y Dios. San Pablo lo expresa metafóricamente al decir que Cristo «derribó el muro de la separación», aludiendo al muro del templo. Pero lo expresa de manera real sobre todo cuando escribe que Cristo ha anulado «en su carne la Ley de los mandamientos con sus preceptos». En efecto, Cristo, por su obediencia al Padre hasta la muerte (cfr Phil 2, 8), ha llevado la Ley a su plenitud (cfr Mt 5, 17 y nota a Mt 5, 17-19), de tal forma que Él es, desde ese momento, el camino de acceso al Padre abierto para todos los hombres. La Ley del AT, aunque buena y santa, resultaba también una barrera infranqueable entre Dios y el hombre, pues para éste era imposible cumplirla sólo con sus propias fuerzas (cfr notas a Gal 3, 19-20; 3, 21-25; y Act 15, 7-11). Cristo, mediante la gracia, ha creado un hombre nuevo que ya puede cumplir la Ley en su esencia más profunda: la obediencia y el amor.
El «hombre nuevo» del que aquí habla San Pablo es el mismo Jesucristo, en quien están representados judíos y gentiles, porque Él es el nuevo Adán, cabeza de una nueva humanidad: «creó en sí mismo de los dos un hombre nuevo». El «hombre nuevo —explica Santo Tomás de Aquino—, se refiere al mismo Cristo, a quien se llama ‘hombre nuevo’ por el modo nuevo de su concepción (...), por la novedad de la gracia que otorga (...) y por el nuevo mandamiento que trae» (Comentario sobre Eph, ad loc.).
El Hijo de Dios, al asumir la naturaleza humana, y realizar la obra de redención, se convierte en causa de salvación para todos los hombres, sin distinción de judío o griego, esclavo o libre, hombre o mujer (cfr Gal 3, 28). De ahí que la paz entre los hombres, superando todas las diferencias, sólo puede encontrarse a través de la gracia de Cristo. Así lo expresaba el Papa Juan XXIII, al final de su Encíclica Pacem in terris: La paz es «empresa tan gloriosa y excelsa que las fuerzas humanas, por más que estén animadas de la buena voluntad más laudable, no pueden por sí solas llevarla a efecto. Para que la sociedad humana refleje lo más posible la semejanza del Reino de Dios, es de todo punto necesario el auxilio del Cielo.
»Es, pues, exigencia de las cosas mismas, el que en estos días santos nos volvamos con oración suplicante hacia Aquél, que con sus dolorosos tormentos y con su muerte no sólo destruyó el pecado —fuente y principio de todas las divisiones, de todas las miserias y de todos los desequilibrios— sino que, al derramar su sangre, reconcilió al género humano con su Padre Celestial y trajo los dones de su paz: porque Él es nuestra Paz, el que de los dos (pueblos) ha hecho uno solo» (Ibid., nn. 168-169).
 
Éphésiens 2, 16
Cristo, mediante su muerte en la Cruz, restablece la amistad del hombre con Dios rota por el pecado. El Papa Juan Pablo II nos sugiere que: «La mirada fija en el misterio del Gólgota debe hacernos recordar siempre aquella dimensión ‘vertical’ de la división y de la reconciliación en lo que respecta a la relación hombre-Dios, que para la mirada de la fe prevalece siempre sobre la dimensión ‘horizontal’, esto es, sobre la realidad de la división y sobre la necesidad de la reconciliación entre los hombres. Nosotros sabemos, en efecto, que tal reconciliación entre ellos no es y no puede ser sino el fruto del acto redentor de Cristo, muerto y resucitado para derrotar el reino del pecado, restablecer la alianza con Dios y de este modo derribar el muro de separación que el pecado había levantado entre los hombres» (Reconciliatio et Paenitentia, n. 7). La obra redentora es por tanto obra de reconciliación con Dios (cfr Rom 5, 10; 2 Cor 5, 18), y afecta a todos los hombres, tanto judíos como gentiles, y a toda la creación (cfr Col 1, 20). Esa reconciliación se realiza en el cuerpo físico e individual de Cristo inmolado en la cruz (cfr Col 1, 22), y también en el Cuerpo místico, en el que el mismo Cristo agrupa y convoca a todos los que ha reconciliado con Dios por medio de su sacrificio redentor (cfr 1 Cor 12, 13 ss.). La expresión «en un solo cuerpo» puede entenderse en los dos sentidos: referida al cuerpo físico de Cristo en la Cruz, y al Cuerpo místico de Cristo que es la Iglesia.
El sacrificio del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, «memorial de la muerte y resurrección del Señor, en el cual se perpetúa a lo largo de los siglos el Sacrificio de la Cruz, es el culmen y la fuente de todo el culto y de toda la vida cristiana, por el que se significa y realiza la unidad del pueblo de Dios y se lleva a término la edificación del cuerpo de Cristo» (Código de Derecho Canónico, can. 897).
 
Éphésiens 2, 18
Antes de Cristo, el hombre permanecía alejado de la casa del Padre, viviendo como esclavo y no como hijo (cfr Gal 4, 1-5). Pero al llegar la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo, para que recibiéramos el espíritu de filiación por medio del cual podemos llamar Padre a Dios (cfr nota a Rom 8, 15-17).
«Para los pecadores estaría cerrado el camino que conduce al trono de la gracia si Jesucristo no nos hubiera abierto la puerta. Él, en efecto, nos abre la puerta, nos introduce al Padre, y Él, por los méritos de su Pasión, nos obtiene del Padre el perdón de los pecados y cuantas gracias recibimos de Dios» (Reflexiones sobre la Pasión, cap. 10, 4).
Aquí aparece la intervención del Espíritu Santo en la obra de la salvación decretada por el Padre y realizada por el Hijo. La fórmula «en un mismo espíritu» además de referirse al camino de acceso al Padre, implica dos hechos fundamentales: de una parte, que la unión misteriosa y profunda, que viven los cristianos entre sí, recibe su fuerza vitalizadora y eficaz por la acción del Espíritu Santo (cfr San Cipriano, De oratione dominica, 23)» (Lumen inseparable del Hijo —y del Padre— por ser de la misma naturaleza divina, está siempre presente y actúa de continuo en la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo. «Consumada la obra que el Padre encomendó realizar al Hijo sobre la tierra (cfr Ioh 17, 4), fue enviado el Espíritu Santo el día de Pentecostés, a fin de santificar indefinidamente a la Iglesia, y para que de este modo los fieles tengan acceso al Padre por medio de Cristo en un mismo Espíritu (cfr Eph 2, 18) (...). Toda la Iglesia aparece ‘como un pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo’ (cfr San Cipriano, De oratione dominica, 23)» (Lumen gentium, n. 4).
Cristo ha realizado la salvación y, para que todos los hombres la alcancen, les llama a formar parte de su Cuerpo, que es la Iglesia. El Espíritu Santo es como el alma de este Cuerpo místico; Él es quien da la vida y mantiene la unidad entre los diversos miembros. «Si Cristo es la cabeza de la Iglesia, el Espíritu Santo es su alma: ‘Lo que el alma es en nuestro cuerpo, es el Espíritu Santo en el cuerpo de Cristo, que es la Iglesia’ (San Agustín, Sermo 187)» (Divinum illud munus, n. 8). El Espíritu Santo permanece inseparablemente unido a la Iglesia, pues, en palabras de San Ireneo, «allí donde está la Iglesia, allí está el Espíritu de Dios; y allí donde está el Espíritu de Dios, allí está la Iglesia y toda la gracia» (Adversus haereses, III, 24).
 
Éphésiens 2, 19
Después de describir la obra realizada por Cristo y actuada en la Iglesia por medio del Espíritu Santo, San Pablo llega a esta conclusión: los gentiles ya no son extraños, sino que pertenecen a la Iglesia de Cristo.
En el nuevo Israel, que es la Iglesia, han desaparecido los privilegios por razón de raza, cultura o nación. Ninguno de los bautizados, ya sea judío o griego, esclavo o libre, puede considerarse extraño o forastero en el nuevo Pueblo de Dios. Todos tienen carta de ciudadanía. El Apóstol lo explica con dos imágenes: la Iglesia, ciudad de los santos y casa o familia de Dios (cfr 1 Tim 3, 15). Ambas imágenes son complementarias: cada persona tiene su familia, y es a la vez ciudadano. En una casa, todos los miembros de la familia están unidos por lazos de filiación o fraternidad, y su trato está presidido por el amor; la vida familiar tiene carácter privado. En cambio la actuación como ciudadano presenta un carácter público; por su parte, los negocios y demás actividades públicas han de ajustarse a las leyes que velan para que en todas esas relaciones se respete la justicia. Pues bien la Iglesia tiene algo de familia y algo de ciudad (cfr Santo Tomás, Comentario sobre Eph, ad loc.). La Cabeza de la Iglesia es el mismo Cristo, y en ella se congregan los hijos de Dios, que han de vivir unidos por el amor, como hermanos. La gracia, la fe, la esperanza, la caridad y la acción del Espíritu Santo son realidades invisibles que establecen lazos de unión entre todos los miembros de la Iglesia. Ésta es a la vez una realidad bien visible: una sociedad, gobernada por el Sucesor de Pedro y por los Obispos (cfr Lumen gentium, n. 8), y organizada de acuerdo con unas leyes —las divinas y las eclesiásticas— a las que es necesario obedecer.

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