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Chapitre n°4
 
II Timothée 4, 1
El último capítulo de la carta, que resume las ideas principales, viene a ser como el testamento de San Pablo: y, como tal, tiene a la vez el carácter solemne de los primeros versículos (vv. 1-5), la sinceridad de su vida entregada (vv. 6-8) y el tono entrañable de los encargos finales (vv. 9-22).
Comienza con una fórmula severa, que había empleado también en 1 Tim 5, 21, inspirada en los protocolos grecorromanos de sucesión, que obligaba a los herederos a cumplir la voluntad del testador: «Te conjuro», que se ha traducido por «te advierto seriamente». De ahí, los imperativos que vienen a continuación. La invocación de Dios Padre y de Jesucristo como testigos refuerza la solemnidad del requerimiento, reconociéndolos como garantes del compromiso que los herederos adquieren. El conjuro es un acto propio de la virtud de la religión, porque se reconoce a Dios como supremo Juez, ante quien rendiremos cuenta de nuestros actos.
«Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y muertos», es una expresión catequética y gráfica (cfr Act 10, 42; 1 Pet 4, 5), que expresa la verdad de fe de que todos los hombres sin excepción recibirán la sentencia definitiva del único y supremo Juez, Jesucristo. Esta fórmula ha pasado al «credo» o «símbolo de fe»; el Santo Padre Pablo VI la desarrolló, en una profesión solemne de fe, del modo siguiente: «Subió al Cielo y vendrá de nuevo, esta vez con gloria, para juzgar a vivos y muertos, a cada uno según sus méritos: quienes correspondieron al Amor y a la Piedad de Dios irán a la vida eterna; quienes los rechazaron hasta el fin, al fuego inextinguible» (Credo del Pueblo de Dios, n. 12).
 
II Timothée 4, 2
«Predica la palabra», es decir, el mensaje evangélico, que abarca las verdades que hay que creer, los mandamientos que hay que cumplir y los sacramentos y demás medios sobrenaturales que hay que frecuentar. En la vida de la Iglesia tiene particular importancia el ministerio de la palabra, como medio para hacer partícipes del Evangelio a todos los hombres, según el plan previsto por Dios; de modo especial los sacerdotes son urgidos a cumplirlo: «El Pueblo de Dios es reunido, en primer lugar, por la palabra de Dios vivo, que con absoluto derecho hay que esperar de la boca de los sacerdotes. Ya que no puede salvarse nadie que antes no haya creído, los Presbíteros, en cuanto colaboradores de los Obispos, tienen el deber primordial de predicar a todos el Evangelio de Dios para que, al cumplir el mandato del Señor —‘Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura’ (Mc 16, 15)— instauren y aumenten el Pueblo de Dios» (Presbyterorum ordinis, n. 4).
«Con ocasión y sin ella», es decir, también cuando las circunstancias sean adversas (v. 3), o parezca que los oyentes no están bien dispuestos para acoger el mensaje cristiano. Timoteo, y con él todos los ministros sagrados, deben portarse con los fieles de acuerdo con las exigencias de la doctrina y de la vida cristiana. En palabras de Mons. Álvaro del Portillo: «¿Qué quieren, qué esperan los hombres del sacerdote, ministro de Cristo, signo viviente de la presencia del Buen Pastor? Nos atrevemos a afirmar que necesitan, que desean y esperan, aunque muchas veces no razonen esa necesidad y esa esperanza, un sacerdote-sacerdote, un hombre que se desviva por ellos, por abrirles los horizontes del alma, que ejerza sin cesar su ministerio, que tenga un corazón grande, capaz de comprender y de querer a todos, aunque pueda a veces no verse correspondido; un hombre que dé con sencillez y alegría, oportunamente y aun inoportunamente, aquello que él sólo puede dar: la riqueza de gracia, de intimidad divina, que a través de él Dios quiere distribuir a los hombres» (Escritos sobre el sacerdocio, pp. 121-122).


II Timothée 4, 3-5
Con profundo dolor y con ironía, San Pablo desenmascara a quienes prefieren las apariencias a la verdad. Ya Cicerón repudiaba a ciertos griegos, artesanos de la palabrería, que procuraban halagar el oído aunque sus discursos fueran vacíos o erróneos. Pero tratándose de la doctrina cristiana, el daño que se puede causar a las almas es muy grave: No te asustes ni te asombres, ante la cerrazón de algunos. Nunca dejará de haber fatuos que esgriman, con alardes de cultura, el arma de su ignorancia (Surco, n. 934).
Frente a los discursos huecos, el Apóstol aconseja sobriedad en la enseñanza, perseverancia ante los contradictores y responsabilidad en el ejercicio del ministerio. También San Juan Crisóstomo exhortaba a la fidelidad en la presentación del mensaje evangélico: «Lo que hay que temer no es que se os maldiga, sino que aparezcáis envueltos en la misma hipocresía de los detractores. En este caso os volveríais insípidos y seríais pisoteados por la gente. Pero si presentáis con sobriedad la sal y por ello os maldicen, alegraos; porque ésa es la función de la sal, escocer y molestar a los corrompidos. Las maledicencias seguirán, pero no os perjudicarán, sino que serán prueba de vuestra firmeza» (Hom. sobre S. Mateo, 15, 7).


II Timothée 4, 6-8
Al contemplar la proximidad de su muerte, San Pablo expresa con rasgos líricos el balance de su vida entregada al Evangelio, el significado de la muerte y la esperanza del Cielo. Las imágenes ponen de manifiesto su propia experiencia y su fe profundamente vivida: la muerte es una ofrenda a Dios, semejante a las libaciones de aceite que se hacían sobre el altar de los sacrificios; es el inicio de un viaje, preparado con la minuciosidad de los marineros, levando anclas y desplegando velas, pues todo esto significa «el momento de mi partida».
La vida cristiana es como una magnífica competición contemplada y juzgada por Dios mismo. En Grecia los juegos atléticos estaban muy relacionados con el culto; San Pablo presenta la vida cristiana como un deporte sobrenatural: las «carreras» expresan el esfuerzo continuo por alcanzar la perfección (cfr Phil 3, 14); la preparación para la lucha atlética es imagen de la práctica de la mortificación (cfr 1 Cor 9, 26-27); el «combate» indica la lucha que se requiere para resistir al pecado, incluso aunque, en momentos de persecución, esto suponga perder la vida (cfr Heb 12, 4). Vale la pena participar en esta competición, pues, como observa San Juan Crisóstomo, «la corona que en ella se consigue no se marchita jamás. No está hecha con hojas de laurel, no nos la pone en la cabeza un hombre, no la hemos ganado ante un público de hombres, sino en un estadio abarrotado de ángeles. En las competiciones de la tierra uno lucha y se fatiga durante muchos días, y sus grandes esfuerzos son recompensados con una corona, que se marchita en menos de unas horas (...). No sucede aquí lo mismo, sino que la corona que se recibe es eternamente brillante, honorable y gloriosa» (Hom. sobre 2 Tim, ad loc.).
Esta visión esperanzada de la vida eterna no está reservada sólo para San Pablo, sino también «para todos los que desean con amor su venida», es decir para todos los cristianos que perseveran fieles: «Nosotros que conocemos los gozos eternos de la patria celestial —exhortaba San Gregorio Magno—, debemos darnos prisa para acercarnos a ella por el camino más corto» (In Evangelio homiliae, 1, 3).


II Timothée 4, 9-18
Los encargos, frecuentes en las cartas de San Pablo, adquieren aquí un tono entrañable, que deja traslucir su estado de ánimo a las puertas del martirio. Imita el ejemplo de Jesucristo: los amigos le abandonan (vv. 10-12.16), pero el Apóstol confía sólo en Dios (vv. 17.18); los enemigos le atacan con mayor crueldad, pero él perdona a todos (vv. 14.16); en medio de sus sufrimientos resplandece la glorificación de Dios (v. 18). Por otra parte, la mención de los distintos lugares —Tesalónica, Galacia, Dalmacia, Éfeso, Tróade, Corinto, Mileto— muestra con cuánta fuerza se agolpaban los recuerdos de los viajes y de las tierras donde quedó asentado el mensaje cristiano. Estos versículos son como una apretada síntesis biográfica.
La alusión nominal de tantos discípulos pone de manifiesto su grandeza de alma: con todos puso su empeño; unos fallaron, la mayoría permanecieron fieles; de algunos han conservado noticias el libro de los Hechos o las cartas, de otros sólo conocemos lo que aquí se dice. En cualquier caso, debían estar muy presentes en el corazón del Apóstol, que se hizo «todo para todos, para salvar de cualquier manera a algunos» (1 Cor 9, 22).
 
II Timothée 4, 10
Demas acompañó a San Pablo en su primera cautividad romana (cfr Col 4, 14; Philm 24). Pero ahora que el Apóstol esta próximo a morir, y en una prisión más dura que la primera, lo ha dejado solo.
Me hace temblar aquel pasaje de la segunda Epístola a Timoteo cuando el Apóstol se duele de que Demas escapó a Tesalónica tras los encantos de este mundo... Por una bagatela, y por miedo a las persecuciones, traicionó la empresa divina un hombre, a quien San Pablo cita en otras epístolas entre los santos.
Me hace temblar, al conocer mi pequeñez; y me lleva a exigirme fidelidad al Señor hasta en los sucesos que pueden parecer como indiferentes, porque, si no me sirven para unirme mas a Él, ¡no los quiero! (Surco, n. 343).
 
II Timothée 4, 13
La prenda de abrigo a que se alude era un manto amplio, redondo y sin mangas, que protegía, al mismo tiempo, del frío y de la lluvia «Los libros» eran probablemente documentos menos importantes que solían escribirse en hojas de papiro, mientras que los pergaminos se utilizaban para escritos más importantes como la Sagrada Escritura. No sabemos el contenido de estos libros, pero el encargo muestra la afición de San Pablo al estudio y a la lectura. Por otra parte, los detalles tan nimios que aquí se recogen abogan por la autenticidad paulina de esta carta.


II Timothée 4, 16-17
San Pablo destaca el contraste entre el comportamiento de los hombres y el de Dios. Frente a las complicaciones que pudieran surgir por acompañar o defender a San Pablo, algunos de sus amigos, e incluso de sus más íntimos, lo dejaron solo. En cambio Dios no lo abandonó.
Buscas la compañía de amigos que con su conversación y su afecto, con su trato, te hacen más llevadero el destierro de este mundo..., aunque los amigos a veces traicionan. —No me parece mal.
Pero...¿cómo no frecuentas cada día con mayor intensidad la compañía, la conversación con el Gran Amigo, que nunca traiciona? (Camino, n. 88).
 
II Timothée 4, 18
«El Señor me librará de todo mal»: Literalmente, «de toda obra mala». No se refiere a que Dios le librará del martirio que el Apóstol vislumbra inminente. Expresa su confianza en que Dios le mantendrá firme en toda tentación, y finalmente le concederá la salvación en el Cielo. La perseverancia final es una gracia que el hombre no puede merecer (cfr De iustificatione, cap. 13); también es una verdad de fe que para llegar al Cielo es imprescindible estar en gracia y amistad con Dios en el momento de la muerte (cfr Mt 24, 13).


II Timothée 4, 19-21
Los saludos finales son más íntimos que en otras cartas paulinas: la mención por sus nombres de tantos discípulos; las noticias minuciosas sobre algunos, como la enfermedad de Trófimo; el consejo de viajar antes del invierno, cuando la navegación se hace más peligrosa; etc. Todo ello refleja cómo San Pablo se entregó en cuerpo y alma a su apostolado, y con cuánto aprecio consideraba a cada uno de los que seguían a Cristo.
 
II Timothée 4, 22
«El Señor esté con tu espíritu»: Con esta primitiva fórmula de salutación se pide la protección, el socorro, la bendición y la eficacia divina. Aunque la fórmula puede ser un semitismo que equivale a «El Señor esté contigo», algunos Santos Padres interpretaron que, en este contexto, podría aludir a la gracia recibida en el Sacramento del Orden: en este sentido habría pasado a la liturgia, donde sólo los ministros ordenados (obispo, sacerdotes y diáconos) dirigen el saludo «El Señor esté con vosotros», y se les responde «Y con tu espíritu» (no: «Y contigo»). Según esto, San Pablo invoca el auxilio divino para que asista a Timoteo en su labor ministerial.
El sacerdote tiene especial responsabilidad dentro de la Iglesia, como recordaba San Ignacio de Antioquía en una carta dirigida a San Policarpo: «Preocúpate de la unidad, el mayor de todos los bienes. Lleva a todos sobre ti, como tú mismo eres llevado por el Señor. Soporta a todo el mundo con espíritu de caridad, como ya haces. Ora sin descanso; pide una sabiduría mayor que la que tienes; vela, y que tu espíritu no duerma nunca. Habla a cada uno en particular, siguiendo el ejemplo de Dios. Carga sobre ti, como atleta completo, las enfermedades de todos» (Carta a Policarpo, II, 1).
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