COMENTARIOS:
JONÁS
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Jon 1,1-2,11
La primera parte del libro es como una introducción a la segunda, que es donde se expone y desarrolla el mensaje más importante. La lectura de estos dos primeros capítulos nos informa acerca de dos aspectos trascendentales de la narración, referentes a la acción y a los personajes. En cuanto a la acción, los episodios explican cómo los designios de Dios se cumplen inexorablemente: Jonás no quiere cumplir la voluntad de Dios, pero la cumple a pesar de sí mismo, ya que al final (cfr 3,1-2) está como al principio (cfr 1,1-2); además, unos marineros han aprendido a invocar al Señor, el único Dios.
Pero esta parte sirve sobre todo para presentar a los personajes de la narración: Dios, los paganos y Jonás. El Señor, Dios de Israel, como bien sabe Jonás, es el «Dios de los cielos, que hizo el mar y la tierra firme» (1,9), y es, además, el Justo, que no imputa sangre inocente, y que hace todo según su beneplácito (1,14). Su dominio sobre los elementos animados (2,1.11) e inanimados (1,4.15), y sobre el destino (cfr 1,7) no hace sino corroborar con hechos estas afirmaciones.
Los marineros, paganos, son ejemplo de religiosidad y humanidad (cfr nota a 1,4-16).
Y, finalmente, Jonás es el personaje que da ilación al relato. Al principio se puede recibir una primera impresión negativa acerca de él si nos fijamos sólo en que huye del Señor (1,3). Sin embargo, el texto no ahorra las notas positivas del profeta: Jonás no tiene reparo en confesar, con obras (1,12) y con palabras (1,9), que adora al Señor, el Dios del cielo y la tierra (1,9). Es también un hombre piadoso: desde el vientre del pez reza al Señor (2,2) con oraciones propias de un israelita agradecido (2,2-10). Sobre todo, lo que define a Jonás, a juicio del autor sagrado, es la incongruencia: ahora (1,9) confiesa que el Señor es el que domina el mar y la tierra y, sin embargo, quiere escapar de su presencia; después confesará que es misericordioso (cfr 4,2), pero pedirá para los ninivitas castigo y no misericordia.
Hay un último rasgo que define a Jonás. A pesar de su desobediencia al mandato de Dios, Jonás tiene algo de lo que carecen los marineros paganos: sólo él conoce al verdadero Dios y, por tanto, sólo él posee la solución cuando se presenta el peligro (1,12.15). Si tenemos en cuenta que el nombre de Jonás significa «paloma» —un apelativo con el que otros lugares de la Biblia (Os 7,11; 11,11; etc.) designan a Israel—, podemos pensar que si los marineros simbolizan a los paganos, Jonás representa en cierta manera a Israel. El libro habla pues de la función de Israel en el mundo. Dice San Jerónimo a este propósito: «Los doce profetas, encerrados en un único volumen, prefiguran cosas distintas de aquellas que revelan cuando son interpretados sólo a la letra (…). Jonás, paloma bellísima, prefigura la pasión del Señor; llama al mundo a la penitencia, y bajo el nombre de Nínive, anuncia la salvación a los gentiles» (Epistulae 53).
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Jon 1,1-3
Comienza el libro con el envío fallido de Jonás. Los lugares y las circunstancias descritas no pueden ser más expresivos: Jonás es enviado a Nínive —la ciudad de la gran perversidad (cfr v. 2), como es conocida en la tradición bíblica (cfr Na 3,1-4)—, pero se dirige al extremo opuesto, a Tarsis. Es posible que aquí con ese nombre el texto se refiera a Tartesos, colonia fenicia, al sur de España, pero puede también indicar alguna otra región del occidente lejano (ver nota a Is 23,1-18). Si Nínive está al oriente de Israel, Tarsis está al occidente, pero, sobre todo, está «lejos de la presencia del Señor» (v. 3).
Jonás desobedece al Señor y lo hace sin sutilezas de ningún tipo. Pero el autor sagrado sí es más sutil: de hecho las acciones de Jonás parecen la antítesis de las de Jeremías, el profeta de las naciones (cfr Jr 1,4ss.); y recuerdan más bien las de Caín: ambos, Jonás y Caín, se marchan «lejos de la presencia del Señor» (v. 3; cfr Gn 4,13.16) y se irritan contra Dios (cfr 4,1-4; Gn 4,4-7), aunque a la postre ambos son protegidos por Dios (cfr 2,1-2; Gn 4,15): «La huida del profeta puede ser referida en general también al hombre que, transgrediendo los mandamientos de Dios, se aleja de su presencia y se queda inmerso en el mundo, donde una tempestad de desdichas y los estragos del naufragio del mundo entero contra él, le obligan a advertir la presencia de Dios y a volver hacia Aquél del que había intentado huir» (S. Jerónimo, Commentarii in Ionam 1,4).
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Jon 1,4-16
La historia de Jonás en alta mar está dedicada a mostrar dos cosas: por una parte, descubre cómo el Señor puede ser también el Dios de los paganos; por otra, muestra de manera inequívoca las virtudes que adornan a estas personas aun sin conocer a Dios. El episodio presenta a los marineros como hombres religiosos: ante el peligro de zozobrar, no se limitan a aligerar la nave, sino que invocan a la divinidad. Pero esa religiosidad natural está llena de imperfecciones, y es sólo el camino para descubrir al verdadero Dios. Así lo presenta el hecho de que cada uno sea conminado a invocar a «su» dios (vv. 5.6), y la decisión de echar suertes para descubrir al que está en el origen de la desgracia (v. 7). Algunos autores paganos —como Horacio o Cicerón— testimonian esta creencia de la antigüedad, según la cual la presencia de un culpable en el barco era un peligro para el resto de los pasajeros (cfr v. 10). Pero los marineros no son sólo unos hombres religiosos, sino también humanitarios: cuando Jonás les propone que lo echen al mar para que se calme la tormenta (cfr v. 12), aquellos hombres no lo hacen e intentan ir a tierra firme remando (v. 13). Solamente cuando ya no tienen más remedio, echan a Jonás al mar (v. 15), no sin antes haber invocado al Señor para que no les tuviera en cuenta lo que les parecía un desatino (v. 14): «¡Grande es la fe de estos marineros! Se encuentran ellos mismos en peligro y piden por la vida de otro: saben que la muerte por el pecado es peor que la muerte física» (S. Jerónimo, Commentarii in Ionam 1,14).
El resultado de estas peripecias es la conversión de los marineros al Dios de Israel, y así pasan de rogar a «su» dios (vv. 5-6) a invocar al Señor (vv. 14-16); del simple temor (v. 10) al temor del Señor (v. 16). Además, acaban haciendo votos al Señor y ofreciéndole un sacrificio (v. 16), es decir, las mismas acciones que se propone Jonás cuando se ve salvo (cfr 2,10). Es fácil ver en todos estos rasgos un horizonte de salvación universal no disimulado: todos los hombres nobles pueden alcanzar la salvación de Dios; hasta en un barco se puede ofrecer un sacrificio al Señor.
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Jon 2,1-11
A lo largo del capítulo anterior se ha mostrado la Providencia de Dios en todas las acciones. Ahora se consuma esta providencia con Jonás, que es salvado del mar y conducido a tierra firme. Éste es el sentido del pasaje tanto en las vicisitudes que narra como en la oración de Jonás: el pez enorme (v. 1) no es un instrumento de castigo sino de salvación (vv. 3.7.10). En la tradición bíblica, el mar es presentado como lugar de las fuerzas enemigas del hombre, que sólo Dios puede dominar (cfr Jb 7,12; Sal 104,9; etc.), por eso en ocasiones se asimila también al seol (v. 3; cfr Jb 7,9), el reino de la muerte del que no se puede volver (v. 7). Teniendo presente esta significación, la aplicación que Jesús hace del signo de Jonás (Mt 12,40) para explicar su propia muerte y resurrección es mucho menos artificiosa de lo que podría parecer a primera vista: tampoco el seol, el reino de la muerte, pudo retener a Jesucristo en su seno más de tres días. Y la afinidad con el agua tal vez provocara que la historia de Jonás se utilizara en la liturgia bautismal. El cristiano también es sepultado en el agua bautismal y renace a la vida nueva en Cristo: «Para llegar a una vida perfecta, es necesario imitar a Cristo, no sólo en los ejemplos que nos dio durante su vida, ejemplos de mansedumbre, humildad y paciencia, sino también en su muerte (…). Mas, ¿de qué manera podremos reproducir en nosotros su muerte? Sepultándonos con Él por el bautismo. ¿En qué consiste este modo de sepultura, y de qué nos sirve el imitarla? En primer lugar, es necesario cortar con la vida anterior. Y esto nadie puede conseguirlo sin aquel nuevo nacimiento de que nos habla el Señor, ya que la regeneración, como su mismo nombre indica, es el comienzo de una vida nueva (…). ¿Cómo podremos, pues, imitar a Cristo en su descenso a la región de los muertos? Imitando su sepultura mediante el bautismo. En efecto, los cuerpos de los bautizados quedan, en cierto modo, sepultados bajo las aguas. Por esto el bautismo significa, de un modo misterioso, el despojo de las obras de la carne» (S. Basilio, De Spiritu Sancto 15,35).
La oración de Jonás en el vientre del pez (vv. 3-10) es como un mosaico de textos que se toman prestados de diversos salmos, con pequeñas variaciones. La estructura es la típica de los salmos de acción de gracias: recuerdo de las angustias pasadas, relato de la salvación, y promesa de ofrecer los sacrificios y cumplir los votos correspondientes. Colocada en este lugar, la oración puede desconcertar un poco pues parece que encajaría mejor después, una vez que Jonás esté ya salvo, en tierra firme. Con todo, el sentido de la oración es perfectamente congruente con el contenido del episodio. Por eso, comenta Orígenes: «Quien sabiendo de qué monstruo es figura el que engulló a Jonás (…), ese tal, si por una caída en la infidelidad, viene a parar al vientre del gran monstruo, que ore arrepentido, y saldrá otra vez de allí y una vez fuera, si persevera en observar los mandamientos de Dios, podrá (…) ser ocasión de salvación para los ninivitas de hoy día, que también están en riesgo de perecer, pues sintiéndose feliz por la misericordia divina, no querrá que Dios mantenga una actitud de dureza con los penitentes» (De oratione 13,4).
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Jon 3,1-4,11
La segunda parte del libro tiene una estructura semejante a la primera: Dios y Jonás (3,1-3; cfr 1,1-3), Jonás y los gentiles (3,4-10; cfr 1,4-16); Jonás y Dios (4,1-11; cfr 2,1-11). Sin embargo, el ánimo del lector está ya preparado para el posterior resultado de los acontecimientos: la efectiva predicación de Jonás y la conversión de los ninivitas. Por eso, el relato se dirige hacia el último capítulo, en el que se plantea y se resuelve la cuestión que lo provocó. El episodio es así una enseñanza práctica del alcance de la misericordia de Dios. Por tal razón fue evocado con ocasión de la polémica con los gnósticos que distinguían entre un Dios bueno, el revelado en el Nuevo Testamento, y el Dios revelado en el Antiguo Testamento: «Mira que ha puesto delante el mejor título de Dios, es decir, que es paciente con los malos y rico en misericordia y compasión con los que reconocen y lloran sus pecados, como hicieron entonces los ninivitas. Si tal ser es un Ser muy bueno, tú deberás (…) conceder que no puede concebir el mal y esto porque, tal como lo admite el mismo Marción, el árbol bueno no puede dar frutos malos» (Tertuliano, Adversus Marcionem 2,24).
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Jon 3,1-4
Se renueva la misión de Dios a Jonás. Si antes desobedeció, ahora obedece. Tal vez la promesa de cumplir los votos que hizo en el seno del pez (cfr 2,10) fuera ésta: acudir a predicar en Nínive. Por lo demás, el éxito de la misión está asegurado, porque no depende de Jonás sino del Señor: tres días hacían falta para cruzar Nínive (v. 3), pero en uno solo (v. 4) se consiguen ya los efectos buscados (cfr 3,5).
▲ COMENTARIO
Jon 3,5-10
El relato de la conversión de los ninivitas parece escrito sobre la falsilla de otros textos bíblicos, especialmente del profeta Jeremías: Jeremías es el «profeta de las naciones» (Jr 1,5) y Jonás es enviado a la cuidad prototipo de las naciones gentiles. También recuerdan al profeta de Anatot muchas expresiones de estos versículos: en el libro de Jeremías, Jerusalén es llamada «la gran ciudad», como aquí se denomina a Nínive (1,2; 3,2; cfr Jr 22,8-9), y en ambos libros se encuentran giros comunes: «que cada uno se convierta de su mala conducta», «hombres y animales», «del mayor al más pequeño» (3,5.8; cfr Jr 6,13; 8,10; 36,3.7), etc. El pasaje recuerda especialmente la llamada al ayuno que hace Jeremías en tiempos del rey Yoyaquim. En Jr 36 se relata cómo el profeta anuncia desventuras, y proclama el ayuno para la conversión (Jr 36,9), pero el rey Yoyaquim desoye el oráculo. También en Jonás se anuncian desventuras para Nínive, pero son los mismos ninivitas quienes, como si Dios hablara por ellos, convocan a un ayuno general (3,4). Incluso es el mismo rey quien, con un vocabulario que recuerda al de los profetas (vv. 7-9; cfr Jl 2,12-14), establece los ritos penitenciales. Pero hay todavía más: el rey de los ninivitas parece un buen conocedor de la doctrina bíblica, pues sabe (cfr Jr 36,3.9) que las muestras de penitencia no llevan consigo, de manera automática, el cambio de conducta de Dios; él se convierte sinceramente y está a la espera de lo que haga Dios (v. 9). Y Dios se echa para atrás de su decisión al ver que aquellos hombres cambian de vida (v. 10). El episodio es un buen ejemplo de la doctrina de Jeremías (cfr Jr 18,7-8).
El contraste entre los ninivitas y los israelitas está presente en el uso del texto que hace Jesús cuando compara a sus oyentes judíos con sus antepasados: «Los hombres de Nínive se levantarán contra esta generación en el Juicio y la condenarán: porque se convirtieron ante la predicación de Jonás, y daos cuenta de que aquí hay algo más que Jonás» (Mt 12,41). No es extraño por eso que, en la tradición cristiana, los ninivitas hayan quedado como modelo de penitencia: «Recorramos todos los tiempos, y aprenderemos cómo el Señor, de generación en generación, concedió un tiempo de penitencia a los que deseaban convertirse a él. Noé predicó la penitencia, y los que lo escucharon se salvaron. Jonás anunció a los ninivitas la destrucción de su ciudad, y ellos, arrepentidos de sus pecados, pidieron perdón a Dios y, a fuerza de súplicas, alcanzaron la indulgencia, a pesar de no ser del pueblo elegido» (S. Clemente Romano, Ad Corinthios 7,5-7).
Y otro texto de un gran Padre de Oriente comenta: «No consideres el poco espacio de tiempo que tienes, sino el amor del maestro. El pueblo de Nínive apartó de sí la gran ira de Dios en tres días. El poco espacio de tiempo que tenían no les disuadió, sino que sus almas ansiosas conquistaron la bondad del maestro y después fueron capaces de cumplir toda la obra» (S. Juan Crisóstomo, De incomprehensibile Dei natura 6).
▲ COMENTARIO
Jon 4,1-11
Los ninivitas se convierten y el Señor se retrae del mal que pensaba hacer. Aquí podría acabar el libro, si el mensaje se limitara a la llamada que el Señor dirige también a los gentiles. Sin embargo, con el diálogo entre Jonás y el Señor, la narración da un giro sorprendente y se enriquece con nuevas significaciones: se pone de relieve el alcance de la misericordia de Dios, se enseña por qué algunos oráculos proféticos no se han cumplido, a pesar de haber sido pronunciados por verdaderos profetas, y se explican, en fin, las razones de la actuación del Señor.
Lo mismo que en el resto del libro, también en este episodio la enseñanza se desprende de los personajes. El más curioso, como en todo el libro, es Jonás. Había predicado en Nínive, pero parece claro que no esperaba que sus palabras surtieran efecto. Es más, aunque ha visto que Dios ha decidido perdonar a Nínive, en el fondo quizás está convencido de que la situación no se mantendrá: o bien los ninivitas volverán a las andadas, o simplemente el castigo de Dios se ha aplazado. Por eso se instala en las afueras «a la espera de lo que sucediese en la ciudad» (v. 5). El enfado de Jonás (vv. 1-4.8-9), que en un primer momento nos parece casi grotesco, tiene su explicación. Para distinguir las profecías verdaderas de las que no lo eran, el Deuteronomio daba el siguiente criterio: «Si lo que dice el profeta en nombre del Señor no sucede ni se cumple, esa palabra no la ha pronunciado el Señor. El profeta ha hablado presuntuosamente: no le temas» (Dt 18,22). Por tanto, a los ojos de Jonás, el mandato del Señor y su posterior retractación lo han desautorizado como profeta.
El problema planteado es complejo y necesita algo más que una respuesta superficial; de ahí que el texto insista en la misericordia del Señor. Como antes —cuando Jonás pretendía huir de Dios, aunque sabía que el Señor era el creador de cielo y tierra (cfr 1,9)—, lo mismo ahora: Jonás sabe que la clemencia y la misericordia (v. 2) son las cualidades esenciales del Señor (cfr Ex 34,6-7), pero no quiere experimentarlo en las circunstancias de la vida. Por eso, Dios recurre al ricino con el que le proporciona a Jonás una doble explicación, teórica y práctica, de su misericordia. El ricino es en primer lugar una muestra más de la misericordia de Dios, un modo de librarle del malestar y aplacar su cólera (v. 6). Pero en un segundo momento, el episodio del ricino se convierte en una especie de parábola. Si Jonás se apiada de una planta que le ha proporcionado un poco de bienestar (v. 10), ¿por qué Dios no se va a apiadar de aquellos ninivitas? Se podría pensar, con Jonás, que todo tiene un límite y un simple gesto de penitencia no puede ocultar que Nínive ha sido siempre una ciudad perversa (cfr 1,2). Y es aquí cuando el Señor da una razón más a sus argumentos para el perdón. En realidad, los ninivitas obran mal por ignorancia moral, porque no saben distinguir lo que hay entre su derecha y su izquierda (cfr Qo 10,2), y son más de ciento veinte mil —literalmente doce veces diez mil—, es decir, una cifra simbólica que sugiere que los ninivitas son más parecidos al pueblo elegido de lo que podía pensar Jonás.
En este sentido, y a propósito del número de los ninivitas, comenta San Juan Crisóstomo: «No menciona este número tan grande sin un propósito determinado. Lo hace para que aprendas que cada oración, cuando se ofrece en unión de muchas voces, tiene un gran poder» (De incomprehensibile Dei natura 3).