Ressources Catholiques Missel Romain

précédent

COMENTARIOS:
JEREMÍAS

 ▲ COMENTARIO

Jr 1,1-19

En el libro de Jeremías se agrupan muchos de sus oráculos en un orden más temático que cronológico, entremezclados con relatos de carácter biográfico acerca del profeta. En el encabezamiento (vv. 1-3), según es habitual en los libros proféticos, se presenta al protagonista y la época en que vivió. Seguidamente, como introducción al libro, se narra la vocación de Jeremías (vv. 4-10) junto con dos visiones que ilustran adecuadamente su misión (vv. 11-12 y 13-19).

 ▲ COMENTARIO

Jr 1,1-3

Anatot era una pequeña población del reino de Judá situada a 5 km. al nordeste de Jerusalén. Era una ciudad levítica (cfr Jos 21,18), adonde el sacerdote Abiatar había sido desterrado por orden del rey Salomón (1 R 2,26-27). La actividad profética de Jeremías comenzó el año 627 a.C., durante el reinado de Josías (639-609), y se prolongó hasta la deportación a Babilonia, el año 587 a.C., durante los reinados de Yoyaquim (608-598) y Sedecías (597-587). No se mencionan aquí los reinados de Joacaz (609) y Yoyaquín (597), probablemente porque fueron muy breves.

 ▲ COMENTARIO

Jr 1,4-10

El relato de la vocación de Jeremías muestra en profundidad el misterio de toda llamada divina, acto eterno y gratuito de Dios por el que se desvela a un alma el porqué y el para qué de su vida. El comienzo de toda persona humana nunca es simple resultado del azar, pues nada escapa a la divina providencia (v. 5). La acción de Dios en la gestación se expresa de manera gráfica —«plasmar» en el seno materno— mediante una palabra que designa la acción del alfarero que modela en el barro la forma de cada vasija. El «conocimiento» por parte de Dios alude a la elección para una misión determinada (cfr Am 3,2; Rm 8,29), pues Él tiene un proyecto para cada persona, y otorga a cada individuo unas características singulares, adecuadas para la tarea a que lo destina. A ello también se refiere la «consagración», es decir, la reserva de una persona o de una cosa para el servicio de Dios. Ese proyecto divino, bien determinado desde antes del nacimiento, se manifiesta al cabo del tiempo, cuando la persona ha alcanzado la edad adecuada para hacerse cargo de los designios que el Señor le ha preparado. San Juan Crisóstomo, glosando estas palabras, pone en boca de Dios: «Yo soy el que te he plasmado en el seno materno. No es obra de la naturaleza, ni de los sufrimientos. Yo soy la causa de todo, de modo que puedas obedecer con rectitud y ofrecerte a Mí». Y añade: «No dice primero te consagré, sino te conocí, y después te consagré. Con ello muestra la elección previa. Después de la elección previa, la especificación» (Fragmenta in Ieremiam 1).

Cuando el misterio de la vocación personal comienza a desvelarse, la primera reacción puede ser de miedo, puesto que se constatan las personales limitaciones para llevar a cabo la tarea a la que el Señor llama. Así sucede con Jeremías, que se excusa por su excesiva juventud (v. 6). No sabemos cuántos años tendría en ese momento, pues el término que emplea para designar su edad, na’ar, no es del todo preciso. Probablemente tan solo fuera un adolescente (cfr Gn 37,2; 1 S 2,18; 3,1-21). En cualquier caso, en la respuesta a la vocación hay que atender sobre todo a Dios mismo que llama, nunca abandona a sus elegidos y proporciona todo el apoyo necesario para realizar la misión que les encomienda (vv. 7-8).

El gesto simbólico del Señor, que extiende su mano para tocar la boca de Jeremías, como si la llenara con sus palabras, es análogo a otros gestos presentes en los relatos de vocación de algunos profetas (cfr Is 6,7; Ez 2,8-3,3; Dn 10,16). Constituye una invitación a la serenidad, con la confianza de que en el momento oportuno Dios pondrá en los labios la expresión adecuada. Es una promesa semejante a la que Jesús hace a sus discípulos, asegurándoles la asistencia del Espíritu Santo cuando tuvieran que dar testimonio de Él (cfr Mt 10,19-20).

La obra que le ha sido encomendada trae consigo una alta responsabilidad, y exige fortaleza para llevarla a cabo (v. 10). Se incluyen en primer lugar las tareas que aluden a la destrucción —arrancar, abatir, destruir, arruinar— y sólo después las relativas a la construcción —edificar, plantar—. San Gregorio Magno aplicará esta misma idea a la atención que requiere el cuidado pastoral de los fieles: «No se puede edificar con provecho rectamente sin destruir antes lo perverso. En efecto, en vano se sembrarían las palabras de una predicación muy santa si antes no se hubiesen arrancado los espinos del amor vano de los corazones de los oyentes» (Regula pastoralis 3,34).

 ▲ COMENTARIO

Jr 1,11-12

En hebreo, almendro se dice shéqued, que significa «vigilante, alerta», porque es el primer árbol que florece cuando el invierno declina. Se diría que está atento a señalar la proximidad de la primavera mientras que los demás árboles duermen el sopor invernal. La imagen de una rama de almendro simboliza la vigilancia del Señor, al que no se le escapa nada de lo que sucede a su pueblo, aunque éste se haya olvidado de Él. Por eso Dios ha elegido al profeta, para advertir a los suyos de lo que se les avecina. Santo Tomás de Aquino, comentando sobre el sentido de la rama, dice que «la vara es como si estuviera en la mano del Señor preparada para castigar (…). Otros entienden que la vara vigilante es la vara de los ladrones preparada para robar en las casas a través de las ventanas, mientras éstos [los ladrones] vigilan a los otros que duermen. Pero parece mejor lo primero» (Postilla super Jeremiam 1,4).

 ▲ COMENTARIO

Jr 1,13-19

Jeremías ve una olla hirviendo que empieza a derramarse (v. 13). De este modo se le muestra el sentido de las noticias inquietantes que llegan a Jerusalén y que hablan de los avances de ejércitos extranjeros que amenazan desde el norte a la ciudad santa (vv. 14-15). Vienen como una advertencia de Dios a su pueblo para que reconozca su infidelidad (v. 16). El Señor comienza así a anunciar un castigo, que se irá desarrollando en las páginas que siguen, a los hombres de Judá y de Jerusalén por no haber cumplido la Alianza. Jeremías deberá hablarles para recriminar sus pecados y explicar el sentido de los acontecimientos (vv. 17-18). Se trata de una misión difícil, pero cuenta con la fortaleza de Dios para llevarla a cabo (v. 19).

Se termina así de dibujar el marco en el que se sitúan los oráculos y narraciones contenidos en el libro. Dios no se olvida de los suyos y, en unos momentos críticos de su historia, cuando se acerca el fin del reino de Judá, elige y envía a Jeremías. El Señor lo escoge para hacer recapacitar al pueblo sobre los verdaderos motivos de las desgracias que se abaten sobre él y, cuando se consumen los desastres, para consolarlo con la certeza de que Él nunca abandona.

 ▲ COMENTARIO

Jr 2,1-25,38

En la primera parte del libro de Jeremías predominan los oráculos en verso, aunque ocasionalmente se intercalan algunos pasajes narrativos. Es posible que el primitivo rollo en el que se contenían los oráculos más antiguos, y que fue quemado el año 605 por orden del rey Yoyaquim (cfr 36,21-23), estuviese formado en su mayor parte por los poemas incluidos en esta primera parte del libro actual. Habrían sido agrupados atendiendo sobre todo a un orden lógico de argumentación, pero guardando también un cierto orden cronológico.

En los diez primeros capítulos, los oráculos giran en torno a los dos grandes temas apuntados en las dos visiones de la introducción. En primer lugar, relacionada con la visión de la rama de almendro (1,11-12), se ofrece una síntesis de los pecados que ha visto el profeta al ejercitar la tarea de vigilancia que el Señor le había encomendado: Israel y Judá han abandonado al Señor, por lo que el castigo es inevitable. Dios ha permanecido fiel, pero el pueblo ha rechazado a su Señor; el justo correctivo es inminente e inevitable si no hay un cambio profundo de actitud (2,1-4,4). En segundo lugar, en relación con la visión de la olla hirviendo que se vuelca desde el norte (1,13-19), se agrupan unos oráculos que amenazan con la destrucción que consumarán las potencias septentrionales (4,5-10,25).

A partir del cap. 11 van apareciendo con alguna frecuencia pasajes narrativos en prosa, y las acciones de Jeremías comienzan a tener mayor protagonismo. El profeta experimenta en su vida el sufrimiento, y su clamor desde la aflicción refleja la desgracia que se abate inexorable sobre el pueblo por su infidelidad a la Alianza (11,1-20,18). Como conclusión, se incluye un duro juicio sobre el comportamiento de los que deberían haber conducido al pueblo por el buen camino, los reyes y los profetas, y no lo han hecho (21,1-25,38).

Toda la primera parte del libro es una severa amenaza contra los habitantes de Jerusalén y de todo el reino de Judá. Sin embargo, se vislumbra la misericordia divina, que finalmente perdonará y salvará.

 ▲ COMENTARIO

Jr 2,1-4,4

Los oráculos contenidos en esta sección fueron pronunciados al comienzo de la actividad profética de Jeremías, durante el reinado de Josías, y posiblemente antes del comienzo de la reforma religiosa que éste llevó a cabo, ya que no se alude a ella en ningún momento. Habría que situarlos entre el 627 y 622 a.C. En ellos se aprecia aún con claridad la diferencia entre Israel, el reino del Norte, cuya capital era Samaría y que había sucumbido ante el poder de los asirios el año 722, y Judá, el reino del Sur, cuya capital era Jerusalén. Por aquellos años comenzaba la decadencia de Asiria, que había mantenido hasta entonces su dominio sobre Israel, y Josías, rey de Judá, buscaba restablecer la unidad social, política y religiosa de todo el pueblo. Este esfuerzo culminaría con la gran reforma religiosa emprendida a partir del año 622 y encaminada a centralizar en Jerusalén todo el culto dirigido al Señor.

Los oráculos aquí recogidos se enmarcan en este contexto histórico. Los más primitivos, aquellos que se conservan en verso, fueron pronunciados directamente por Jeremías y rezuman el vigor y el sufrimiento de quien es testigo inmediato. Posteriormente, al reescribirse el libro después de haber sido quemado (cfr 36,21-23), es posible que les fueran añadidos los pasajes que actualmente aparecen en prosa. Éstos son una llamada de atención sobre el pecado, el castigo consecuente y la necesidad de convertirse para alcanzar la salvación. En el texto actual queda claro que la desgracia que se había abatido sobre el pueblo de Israel fue consecuencia de su infidelidad a Dios (2,1-37). Con todo, el Señor llama a unos y otros a la conversión, y aguarda una respuesta positiva para llevar a cabo la restauración del pueblo en la unidad y la paz, disfrutando de la protección divina (3,1-4,4).

 ▲ COMENTARIO

Jr 2,1-37

Los oráculos del presente capítulo siguen el orden habitual en los pleitos que se planteaban en el antiguo Oriente Medio ante la ruptura de pactos o alianzas. Primero, se llama la atención del acusado y de los testigos acerca del tema en disputa. Después, se recuerdan los favores recibidos por el acusado, que le deberían haber llevado a mantener con fidelidad lo pactado en la alianza. A continuación, se presenta la lista de cargos, con frecuencia formulados en forma interrogativa, y, por último, se realiza el requerimiento urgente a rectificar. En el caso de que no se consiguiera un acuerdo, la declaración de guerra era inevitable.

La palabra de Dios no se expresa aquí como juez de lo sucedido, sino como una de las partes que pactaron la Alianza y que ha sido defraudada por la infidelidad de la otra. Las palabras del profeta comienzan por recordar los beneficios que el pueblo recibió de Dios mientras le permanecía fiel. En su juventud, en la peregrinación por el desierto vivía en una vinculación amorosa con el Señor, y Él cuidaba de ellos (vv. 1-3). Se alude así a las relaciones entre Dios e Israel después de que el Señor sacara a su pueblo de Egipto y lo condujera a través del desierto hasta la tierra que le había dado en heredad (cfr Os 1-3). Sin embargo, en vez de permanecer unidos al Señor, los israelitas se apartaron de Él y cayeron más bajo que las demás naciones —representadas por los pueblos del Egeo, «Quitim», y las regiones árabes, «Quedar»— (v. 10). Abandonaron su religión, centrada en el Dios personal que cuida con su providencia de los suyos, para dar culto a Baal y a dioses que nada valen (vv. 6-7). Por eso, la ayuda que buscaron en las alianzas con los poderes terrenos de nada les sirvió.

Incluso el lenguaje que emplea Jeremías refleja cómo Israel se ha ido alejando de Dios. En los primeros versos el Señor habla a su pueblo de «tú» (vv. 2-3), después pasa al «vosotros» (vv. 4-10), para continuar hablando de ellos en tercera persona (vv. 11-15). Sólo en la segunda parte de estos oráculos regresa al diálogo personal de tú a tú con el pueblo, reprendiéndolo, para que recapaciten (vv. 16-37).

La metáfora de los aljibes agrietados (v. 13) es bien expresiva de la inutilidad de los pactos con las naciones. En efecto, en tiempos de Jeremías era objeto de debate la conveniencia o no de establecer pactos con asirios o con egipcios como medio de garantizar la propia subsistencia ante el empuje de las potencias enemigas. El profeta, además de considerar que tales alianzas no habrían sido realmente útiles, hace notar el peligro de idolatría que se podría derivar de la familiaridad con esos pueblos. De ahí las alusiones irónicas de los vv. 16-18. Menfis y Tafnes son dos ciudades egipcias en la zona del Bajo Nilo, y el Sijor es uno de los brazos en que se abre el Nilo al llegar al delta. El «Río», sin artículo en hebreo, designa al Éufrates. Este interés por las aguas y las tierras de Egipto y Asiria son un reflejo del atractivo que esas grandes potencias seguían ejerciendo sobre Israel. Dios había cuidado de su pueblo, les había dado una tierra excelente, pero Israel le había abandonado y se había vuelto hacia los ídolos. La infidelidad le llevó a Israel a caer en la esclavitud de la idolatría (vv. 4-27). Puesto que, a pesar de todo, no reconoce su extravío, el Señor acusa a Israel de sus delitos y advierte que si no cambia de actitud todos sus habitantes quedarán avergonzados (vv. 28-37).

 ▲ COMENTARIO

Jr 2,13

La imagen de los aljibes agrietados, que no pueden retener el agua, ha provocado un fuerte impacto en la literatura cristiana como ejemplo gráfico de la situación en que queda el hombre cuando, en vez de confiar en el Señor, se apoya en sí mismo o en los bienes terrenos. San Ireneo de Lyon, por ejemplo, invita a buscar apoyos verdaderamente sólidos: «Donde está la Iglesia, allí está el Espíritu de Dios; y donde está el Espíritu de Dios, allí está la Iglesia y toda la gracia. Pues el Espíritu es la verdad. Por eso, los que no tienen parte con Él no se nutren de los pechos de la madre para mantenerse en vida, no se acercan a la fuente limpísima que surge del cuerpo de Cristo, mas se cavan aljibes y beben agua turbia de fango. Se apartan de la fe de la Iglesia y no se conservan, rechazan el Espíritu y no son instruidos. Alejados de la verdad son arrastrados por todo error, no tienen solidez, a cada momento cambian de opinión sobre la misma realidad, no llegan a ninguna posición firme porque quieren ser antes maestros en la palabra que discípulos de la verdad. No están asentados sobre la única piedra, sino sobre arena» (Adversus haereses 3,24,1-2).

Por su parte, San Juan de la Cruz aplica la imagen a quienes despreocupándose de Dios se afanan por las riquezas de tal modo que nunca quedan saciados, «sino que antes su apetito crece tanto más y su sed cuanto ellos están más apartados de la fuente que solamente los podía hartar, que es Dios; porque de éstos dice el mismo Dios por Jeremías, diciendo: Dejáronme a mí, que soy fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas rotas, que no pueden tener aguas. Y esto es porque en las criaturas no halla el avaro con qué apagar su sed, sino con qué aumentarla. Éstos son los que caen en mil maneras de pecados por amor de los bienes temporales, y son innumerables sus daños» (Subida al monte Carmelo 3,19,7).

 ▲ COMENTARIO

Jr 3,1-5

Desde el capítulo anterior se ha venido aludiendo a la relación entre Dios y su pueblo en términos de vinculación amorosa (cfr 2,2). Ahora se sigue utilizando la imagen esponsal para explicar el rechazo de Israel por parte de Dios. Es significativa la frecuencia del verbo «volver», tanto en sentido físico (volver del destierro) como moral (convertirse).

La norma sobre la esposa repudiada (v. 1) alude a Dt 24,1-4, donde se establece que si una mujer es repudiada por su marido y se casa con otro, ya no puede regresar junto al primero; ni siquiera aunque el segundo también la despida y le entregue el libelo de repudio. Tal situación legal la aplica Jeremías a Israel para indicar que ha quedado totalmente desamparado como consecuencia de sus infidelidades a la Alianza; después de haberse apartado del Señor para dar culto a los ídolos, no podrá regresar a su primer amor. No tiene ningún derecho a reclamar el perdón de Dios, y aún menos cuando no da muestras de arrepentimiento ni deseos de cambiar (v. 5). En esta situación sólo una intervención gratuita del Señor podría dejarle volver.

 ▲ COMENTARIO

Jr 3,6-11

Este oráculo, probablemente tardío, desarrolla una comparación entre los dos reinos, Israel y Judá, como dos hermanas, queridas por Dios, pero perversas e infieles. Ezequiel desarrollará con amplitud esta imagen (Ez 16 y 23). Judá debería haber aprendido de la desgracia del reino de Israel, desaparecido hacía un siglo. Pero ha caído en los mismos pecados.

Como en otros muchos lugares de la Biblia (Ex 34,15-16; Lv 20,5; Dt 31,16; Os 1,2; 4,12-14; etc.), los actos idolátricos eran considerados prostitución o adulterio contra Dios en virtud de la Alianza que le une al hombre con Él, que tiene la fuerza del vínculo matrimonial (ver nota a 3,12-13). La piedra y el leño (v. 9) aluden a las estelas de piedra (massebot) que en el culto cananeo se erigían en honor de Baal y a los troncos de madera (aserot) que delimitaban espacios de culto a los dioses o que honraban a la diosa Astarté.

En los ambientes religiosos de Judá se juzgaba con dureza la infidelidad de Israel, tal y como el profeta la denunciaba en el oráculo anterior, pero no se reparaba en que en su mismo reino se daba una situación muy parecida. Por eso Jeremías les reprocha que la vuelta a Dios de Judá, llevada a cabo en la reforma de Josías, no ha sido verdaderamente sincera (v. 10). Se invita así a no justificar los propios pecados, a la vez que se ponderan los errores de los demás, del mismo modo que en el Nuevo Testamento lo enseñó Jesús con la imagen de la mota y la viga en el ojo (cfr Mt 7,3-5).

 ▲ COMENTARIO

Jr 3,12-13

Es probable que esta llamada a la conversión vaya dirigida a Judá y exprese en verso la misma invitación que recogen en prosa 3,14ss. Sería así la consecuencia de la parábola de las dos hermanas: ambas deben convertirse para alcanzar el perdón y la libertad. Aunque los derechos de Israel derivados de la Alianza habían desaparecido por completo como consecuencia de sus infidelidades (cfr 3,1-5), el Señor siempre permanece esperando con los brazos abiertos. Necesita, no obstante, que el pueblo acuda a Él, reconociendo humildemente los pecados para obtener su perdón. El amor a Dios no se satisface con palabras engañosas, sino que ha de manifestarse con hechos, y exige romper con todo lo que impida la comunión mutua que requiere la exclusividad del amor esponsal. Pero a la vez Dios siempre perdona si encuentra en el corazón del hombre el deseo de conversión, «principio y camino de su rehabilitación y condición para recuperar lo que con sus solas fuerzas no podría alcanzar: la amistad de Dios, su gracia y la vida sobrenatural, la única en la que pueden resolverse las aspiraciones más profundas del corazón humano» (Juan Pablo II, Incarnationis mysterium, n. 2).

 ▲ COMENTARIO

Jr 3,14-18

Tras la caída de la ciudad ante los ejércitos de Nabucodonosor y las sucesivas deportaciones a Babilonia (año 587 a.C.) se consumó la desgracia de Judá, a la que había llegado por sus repetidas infidelidades al Señor. Como en el oráculo anterior se repite la disposición de Dios a acoger a Israel y Judá en cuanto estén dispuestos a buscar su perdón (3,12-13).

El oráculo es una llamada llena de esperanza, pues el futuro no tendrá nada que envidiar al pasado. Se producirá una situación nueva. Hasta ese momento se había considerado el Arca de la Alianza como testimonio privilegiado de la presencia de Dios. Según los relatos bíblicos el Arca había sido fabricada en el desierto por encargo de Moisés respondiendo a la orden del Señor, para que fuese el centro del Santuario (cfr Ex 25,10-22). El Arca acompañó al pueblo hasta la tierra de Canaán y, después de haber estado en distintos lugares, fue depositada solemnemente por Salomón en el Templo de Jerusalén. Contenía la Alianza que el Señor había establecido con Israel cuando lo sacó del país de Egipto (cfr 1 R 8,21). Con la toma de Jerusalén por Nabucodonosor, y el saqueo del Templo, desaparecen las noticias sobre el Arca de la Alianza. Es el final de la antigua situación, parece decir el oráculo de Jeremías. En el futuro será la entera ciudad de Jerusalén el testimonio de la presencia de Dios (vv. 16-17). El culto a Dios no será algo simplemente ritual, circunscrito a un lugar concreto, sino que se hará realidad en la ciudad (v. 17).

Como sucede en otros oráculos de Jeremías, aunque aluden en primer lugar a la restauración de Judá después del destierro, sus palabras tienen un horizonte más amplio hacia el momento que habría de venir con la restauración mesiánica. La Alianza de la que el Arca era testimonio ha sido rota por las infidelidades de Israel (cfr 11,6-8), y será sustituida por una Nueva Alianza cuyo testimonio estará en el propio corazón de los hombres (cfr 31,31-37), y en la que habrá un nuevo sacerdocio («pastores») (v. 15).

 ▲ COMENTARIO

Jr 3,19-4,4

En estos oráculos se reiteran los requerimientos a la conversión y podrían ser prolongación de las acusaciones contenidas en 3,1-5. Se aguarda con esperanza que, en el momento en que el Señor llame (3,22a), Israel responda reconociendo el pecado de sus padres y de ellos mismos (3,22b-25) y vuelva a Dios (4,1-2). A su vez, mediante la imagen de la circuncisión del corazón, se espera el regreso interior y profundo, como fruto de la conversión sincera (4,3-4). La circuncisión era señal de la Alianza entre Dios y el pueblo. El profeta enseña que de nada vale si no va acompañada por la actitud de fidelidad en el corazón (cfr Dt 10,16; 30,6). La conversión sólo será sincera si produce un verdadero cambio interior. No se trata de un acto superficial que tenga efectos salvíficos automáticos, sino de una verdadera renovación que rompe con lo que estorba y transforma el corazón. La imagen de la circuncisión del corazón será empleada también por San Pablo para referirse al cumplimiento obediente de la ley de Dios «según el espíritu, no según la letra» (Rm 2,25-29; cfr Hch 7,51).

Leídos después de la deportación a Babilonia, estos oráculos enseñaban que el regreso de los deportados a la tierra que el Señor había prometido dar en heredad a sus padres exigía como condición previa un regreso personal a Dios. A la luz del Nuevo Testamento, el retorno a la tierra prometida es visto como anticipo de la peregrinación hacia la patria definitiva que Dios ha preparado en el Cielo para que la gocen quienes le aman. Así como para el regreso de los deportados de Israel y Judá se pidió una conversión profunda y un retorno a la Alianza, así, después de haber incurrido en la esclavitud del pecado, es necesario retornar a Dios mediante la conversión del corazón, que Cristo ha hecho posible. «El símbolo del cielo nos remite al misterio de la Alianza que vivimos cuando oramos al Padre. Él está en el cielo, es su morada, la Casa del Padre es por tanto nuestra “patria”. De la patria de la Alianza el pecado nos ha desterrado (cfr Gn 3) y hacia el Padre, hacia el cielo, la conversión del corazón nos hace volver (cfr Jr 3,19-4,1a; Lc 15,18.21). En Cristo se han reconciliado el cielo y la tierra (cfr Is 45,8; Sal 85,12), porque el Hijo “ha bajado del cielo”, solo, y nos hace subir allí con Él, por medio de su Cruz, su Resurrección y su Ascensión» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2795).

 ▲ COMENTARIO

Jr 4,5-10,25

En esta sección se recogen oráculos relacionados con la segunda visión de Jeremías narrada en el prólogo del libro: la olla hirviendo que se inclina desde el norte (1,13-19). Lo mismo que en la sección anterior, los oráculos primitivos en verso contenidos en esta nueva edición —redactada después de que el rey quemase la primera (cfr 36,21-23)— fueron completados con varias piezas en prosa. Algunas de éstas son muy breves, como la alusión de 5,18-19 al exilio que tendría lugar el año 597, o bien el párrafo de 9,12-14, donde se insiste en el incumplimiento de la Ley; otras, en cambio, son más extensas, como 7,1-8,3, que trata de las corruptelas introducidas en el culto.

 ▲ COMENTARIO

Jr 4,5-31

Como complemento de las exhortaciones al arrepentimiento y a la conversión de la sección anterior (2,1-4,4), se dibuja ahora un panorama muy sombrío, que corresponde a la situación histórica en que vivió Jeremías desde su juventud. La vida de las gentes de Judá se veía amenazada de continuo por el peligro de invasiones extranjeras, que culminaron con la que llevó a cabo el gran invasor babilónico.

Estos oráculos proceden de los primeros años de la predicación de Jeremías y en esos momentos se podrían referir tanto a la amenaza de los escitas, tribus nómadas que se instalaron al oeste del Mar Caspio y presionaban desde el norte, como al poderío de Asiria, a cuyo vasallaje estaba sometido de algún modo Judá desde hacía varias décadas. Pero los oráculos de nuevo recobrarían su actualidad hacia el año 605 a.C. cuando, coincidiendo con el declive del poder asirio, comenzaba a imponerse el poderío militar babilónico. Ya fuesen unos u otros los enemigos a los que se refieran, lo más importante es el hecho de que el Señor envíe al profeta a anunciar con tintes dramáticos lo que se le avecina a Judá si no se convierte (v. 14). Jeremías proclama a los suyos que en el fondo no es el poderío de los pueblos extranjeros lo que han de temer, sino al Señor que es el que hace venir la desgracia (v. 6b). Enseña que el verdadero culpable es el pueblo, y que la calamidad que se cierne sobre él es el pago de su acciones y de su rebelión contra el Señor (vv. 17-18). La admonición profética se cierra con una imagen simbólica. Israel, la esposa que ha sido infiel al Señor, se engalana con sus mejores joyas y vestidos pensando que sus encantos le permitirán salvar su vida. Sin embargo, su intento será vano (vv. 30-31). Con todo, entre tanta desolación como anuncia Jeremías hay un resquicio de esperanza: la aniquilación no será total (v. 27).

Las palabras del profeta acerca de la destrucción que se abate sobre Judá han sido leídas en la tradición cristiana como alusiones al poder destructor del pecado, cuyas consecuencias pesan gravemente sobre la paz y estabilidad, al romper el orden sapientísimo que Dios ha dejado impreso en la creación. Cuando el hombre no reconoce a su Dios (v. 22), la tierra vuelve al caos y vacío iniciales (cfr Gn 1,2), se oscurece la luz, tiemblan los montes y desaparecen aves y hombres (vv. 23-26). Quien pone su sola aspiración en las cosas creadas queda confundido y nunca podrá tener intimidad con Dios. «El que ama criatura —comenta San Juan de la Cruz—, tan bajo se queda como aquella criatura, y, en alguna manera, más bajo; porque el amor no sólo iguala, más aún sujeta al amante a lo que ama. Y de aquí es que, por el mismo caso que el alma ama algo, se hace incapaz de la pura unión de Dios y su transformación; porque mucho menos es capaz la bajeza de la criatura de la alteza del Criador que las tinieblas lo son de la luz: Porque todas las cosas de la tierra y del cielo, comparadas con Dios, nada son, como dice Jeremías por estas palabras: Aspexi terram, et ecce vacua erat et nihil; et caelos, et non erat lux in eis: Miré a la tierra, dice, y estaba vacía, y ella nada era; y a los cielos, y vi que no tenían luz (v. 23). En decir que vio la tierra vacía, da a entender que todas las criaturas de ella eran nada, y que la tierra era nada también. Y en decir que miró a los cielos y no vio luz en ellos, es decir que todas las lumbreras del cielo, comparadas con Dios, son puras tinieblas. (…) Y así como no comprehende a la luz el que tiene tinieblas, así no podrá comprehender a Dios el alma que en criaturas pone su afición; de la cual hasta que se purgue, ni acá podrá poseer por transformación pura de amor, ni allá por clara visión» (Subida al monte Carmelo 1,4,3).

 ▲ COMENTARIO

Jr 5,1-31

Una vez que Jeremías ha hecho presente en los oráculos anteriores el peligro que se cierne sobre Judá, explica que la situación en que ésta se encuentra es consecuencia de su rebeldía y de su obstinación en continuar pecando contra el Señor.

En la primera escena de estos oráculos se dibuja un tétrico cuadro de la extensión del pecado (vv. 1-3). La degeneración del sentido moral se declara con expresiones que recuerdan el episodio de Gn 18,23-32, en el que Abrahán regatea con el Señor para que no castigue a Sodoma, en atención al número de justos, aunque éstos fueran pocos. Sin embargo, Dios la castigó por causa de la depravación generalizada que allí se daba (cfr Gn 19,24-25). La situación en la que se encuentra Jerusalén es semejante. Dirigentes y pueblo (vv. 4-5) se han dejado llevar por toda clase de pecados, especialmente por los de lujuria (vv. 7-8), orgullo (vv. 12-13) e injusticia (vv. 26-29), de modo que ni siquiera queda un hombre justo (v. 1). En vez de convertirse y volver al Señor, lo que Jeremías observa es la autosuficiencia de los habitantes de Jerusalén y su indiferencia hacia Dios (v. 12). De ahí que se hayan hecho merecedores de la invasión de las potencias extranjeras que se cierne sobre ellos (vv. 14-19). El castigo no es algo querido por Dios ni una venganza. Es más, el deseo de evitarlo si el pueblo da señales de arrepentimiento es manifiesto (vv. 1.7). Precisamente por eso la destrucción no será total (vv. 10.18), para dejar abierta la posibilidad de que la conversión permita la restauración del pueblo.

A pesar de esta disposición de Dios, el profeta pone de manifiesto que hay pocas esperanzas de solución, pues el pueblo se obstina en su rebeldía, sin plantearse siquiera la perversidad de su comportamiento (vv. 20-31). Ahí está uno de sus grandes errores, en no darse cuenta del sentido que tiene lo que les está sucediendo, ni reparar en cuáles sean sus verdaderas causas. El profeta se esfuerza por mover a sus oyentes a la reflexión para que, a partir de lo que observan en las leyes de la naturaleza, puedan reconocer los designios del Señor creador y providente (vv. 22-24). Pero parecen empeñados en no hacerlo. Si en Dios está la rectitud y la verdad, en el pueblo infiel está la astucia y la falsedad. Son como cazadores que esconden sus trampas para engañar a sus víctimas y aprovecharse de ellas (vv. 25-28).

Las palabras del v. 21 fueron tomadas por nuestro Señor Jesucristo para reprochar a los Apóstoles su visión humana ante las obras que Él hacía y ellos podían ver. No entendían su misión salvífica y su poder (cfr Mc 8,18).

La obcecación en no reconocer el propio pecado y rectificar, es un obstáculo que, mientras se mantenga, imposibilita alcanzar el perdón. «La misericordia en sí misma, en cuanto perfección de Dios infinito, es también infinita —enseña Juan Pablo II—. Infinita, pues, e inagotable es la prontitud del Padre en acoger a los hijos pródigos que vuelven a casa. Son infinitas la prontitud y la fuerza del perdón que brotan continuamente del valor admirable del sacrificio de su Hijo. No hay pecado humano que prevalezca por encima de esta fuerza y ni siquiera que la limite. Por parte del hombre puede limitarla únicamente la falta de buena voluntad, la falta de prontitud en la conversión y en la penitencia, es decir, su perdurar en la obstinación, oponiéndose a la gracia y a la verdad especialmente frente al testimonio de la cruz y de la resurrección de Cristo» (Dives in misericordia, n. 13).

 ▲ COMENTARIO

Jr 6,1-30

A la vista de la rebeldía que se acaba de denunciar (cfr 5,1-31), Jeremías hace una nueva y apremiante llamada para que Jerusalén se ponga a salvo, pues su destrucción parece inevitable. El profeta comienza por emplazar a sus conciudadanos, a los de Benjamín —que quizá ante la amenaza de los invasores del norte habían huido a Jerusalén—, a que se dispongan a huir hacia el sur (Tecoa) (vv. 1-3) y anuncia a los habitantes de Jerusalén que los enemigos están ansiosos de asaltarla (vv. 4-6a) y que, si no se arrepienten, su destrucción será inmediata (vv. 6b-8). A continuación muestra cómo la situación es desesperada. Señala que, incluso después de buscar con ahínco, no encuentra a nadie justo que pueda cambiar el juicio de Dios sobre Judá (cfr 5,1). Como todos, niños y ancianos, profetas y sacerdotes, se han llenado de maldad y no quieren ver el peligro (vv. 9-15), por eso, porque no se han arrepentido a pesar de los intentos que el Señor ha realizado en la historia por medio de sus profetas —«centinelas» (v. 17)—, el castigo será inevitable (vv. 16-21). De ahí que al final del oráculo (vv. 22-30), ante la desgracia que se avecina (vv. 22-23), Jeremías muestre su tristeza por la perversión de Jerusalén y su falta de arrepentimiento (vv. 24-28). Los intentos de purificación han fracasado (vv. 29-30).

Llama la atención la actitud de los dirigentes del pueblo condenada por el profeta (v. 14). En vez de alertar al pueblo de su descamino para que vuelva al Señor, no buscan más que satisfacer sus propios intereses (v. 13) como si no pasase nada (v. 14). San Jerónimo toma pie de este pasaje para mostrar lo absurdo de proporcionar a la gente una serenidad que es engañosa cuando no se apoya en la verdad: «No es noble reclamar la paz con palabras y destrozarla con los hechos. Se dice que se pretende una cosa, y se logra el efecto contrario. Se dice con la palabra: “Estamos de acuerdo”, pero de hecho, después se exige la sumisión del otro. También yo quiero la paz, y no sólo la quiero sino que la imploro. Pero busco la paz de Cristo, la paz auténtica, una paz sin residuos de hostilidad, una paz que no lleva larvada la guerra. No la paz que sojuzga a los adversarios, sino la que nos une en la amistad. ¿Por qué damos el nombre de paz a la tiranía? ¿Por qué no llamamos a las cosas por su nombre? ¿Hay odio? ¡Entonces digamos que hay enemistad! Sólo donde hay caridad digamos que hay paz» (Epistolae 3,82,1-2).

 ▲ COMENTARIO

Jr 7,1-20

En el cap. 26 se explican con más detalle las circunstancias en las que acaeció el episodio que se trata en estos versículos, y las consecuencias que tuvo. Por lo que se indica en ese lugar, el discurso de Jeremías en el Templo de Jerusalén fue pronunciado «al principio del reinado de Yoyaquim, hijo de Josías» (26,1), esto es, el año 608 a.C. Poco antes había muerto el rey Josías en una batalla (2 R 23,29-30; 2 Cro 35,19-24), después de haber realizado obras de consolidación y mantenimiento en el Templo, y de haber llevado a cabo una reforma religiosa basada en la centralización del culto en Jerusalén. Le sucedió Joacaz, que sólo reinó durante tres meses (cfr 2 R 23,31; 2 Cro 36,2), y a continuación su hermano Yoyaquim. En este nuevo reinado volvieron a ser toleradas las prácticas idolátricas que Josías había tratado de erradicar.

La población de Judá estaba convencida de que la presencia del Templo en su territorio era una garantía del favor divino y de su protección, y tras la experiencia del año 701, cuando las tropas asirias de Senaquerib detuvieron su ofensiva ante las murallas de Jerusalén sin entrar en la ciudad santa, tal convicción se había visto reforzada. Además, el protagonismo que había pasado a tener el Templo tras la reforma de Josías explica la confianza ciega de la gente en que no tenían nada que temer junto al Santuario. Así pues, en el momento en que Jeremías pronuncia estos oráculos, aunque el Templo se encontraba en todo su esplendor, la práctica religiosa no se correspondía con un cumplimiento fiel de lo mandado por el Señor. De ahí que el profeta inste a la conversión, a dar a Dios el verdadero culto, que se manifieste en la fidelidad al Señor, en la caridad y en la justicia (vv. 5-7). De nada sirven los ritos que allí se desarrollan si no se escucha la voz del Señor y se siguen cometiendo sin reparo toda clase de pecados. No basta una confianza ingenua en el Templo (v. 4). La seguridad depende de la obediencia a la Ley de Dios (vv. 8-10). El Santuario no tiene un poder mágico por sí mismo y correrá la misma suerte que el de Siló (v. 14), célebre lugar de culto donde había estado el Arca de la Alianza antes de ser trasladada a Jerusalén (Jos 18,1; Jc 21,19) y que probablemente fue destruido por los filisteos. Si no cambian, los habitantes de Jerusalén serán expulsados como los de Efraím, sus hermanos del reino del Norte (v. 15).

A pesar de su predicación, Jeremías comprueba que no se arrepienten. No sólo no le escuchan, sino que compaginan su seguridad en el Templo con ritos paganos en honor de Istar, «la Reina de los Cielos», diosa asiria de la fecundidad (vv. 16-18). Por eso, el juicio de Dios será inevitable (vv. 19-20).

La expresión «cueva de ladrones» (v. 11), con la que describe Jeremías la situación del Templo frecuentado por quienes están muy lejos de la obediencia al Señor, sería utilizada por Jesucristo para expresar el dolor que le produjo el tumulto de los mercaderes en el Templo y la falta de respeto al lugar sagrado (Mt 21,12-13 y par.). Jeremías no condena el culto en el Templo de Jerusalén, como tampoco lo hizo Jesús, sino que denuncia el que se haya vaciado de sentido. En cualquier caso, el culto al Señor, después de la venida de Cristo, ya no se limita a los ritos o acciones externas en un determinado lugar, sino que se puede hacer con el corazón en cualquier lugar en el que uno se encuentre. Por eso escribe San Jerónimo: «Los que van repitiendo: Éste es el Templo del Señor, el Templo del Señor, el Templo del Señor, deberían oír al Apóstol: ¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? (1 Co 3,16). ¿Estás en Jerusalén? ¿Estás en Bretaña? No importa. La Presencia celeste la tienes delante, abierta, porque el reino de Dios está dentro de nosotros» (Epistolae 2,58,2).

 ▲ COMENTARIO

Jr 7,21-8,3

La predicación de Jeremías invitaba a reconocer los pecados y convertirse, pero no fue escuchada (7,21-28). Como consecuencia, el profeta entona un lamento (v. 29), porque la desolación será absoluta (7,34). Llegará un día en que los huesos de los que practicaban la idolatría serán desenterrados y expuestos a los elementos que ellos adoraban. En aquel día se preferirá la muerte a la vida (7,30-8,3).

El Tófet (7,31), que en hebreo significa «lugar donde se quema», era un «lugar alto», esto es, un terreno ligeramente elevado dedicado al culto idolátrico, donde se practicaban sacrificios de niños en honor de Baal-Moloc (cfr 2 R 23,10). Estaba situado en el valle de Ben-Hinom (también llamado gehenna, a través de la transcripción griega), un barranco al sur de Jerusalén, que más tarde, a partir de estos textos de Jeremías (cfr 19,1-15; 32,35), se convertirá en sinónimo de lugar de tormento (cfr Is 66,24; Mt 5,22.29-30; 18,9; Mc 9,43; etc.).

Lo que motiva el fracaso del profeta es la dureza de corazón del pueblo, esto es, la falta de sensibilidad para examinar la propia situación interior, con ánimo de cambiar lo que sea necesario, y poder escuchar así la voz de Dios. La Sagrada Escritura suele llamar esta obstinación «dureza de corazón» o «corazón obstinado» (7,24; cfr Sal 81,13; Mc 3,5). Se trata de una situación de resistencia interior, como una impermeabilidad de la conciencia, un estado de ánimo consolidado en razón de una libre elección. «En nuestro tiempo a esta actitud de mente y corazón corresponde quizás la pérdida del sentido del pecado, a la que dedica muchas páginas la Exhortación Apostólica Reconciliatio et paenitentia (n. 18). Anteriormente el Papa Pío XII había afirmado que “el pecado de nuestro siglo es la pérdida del sentido del pecado” (Radiomensaje 26.X.46) y esta pérdida está acompañada por la “pérdida del sentido de Dios”. En la citada Exhortación leemos: “En realidad, Dios es la raíz y el fin supremo del hombre y éste lleva en sí un germen divino. Por ello, es la realidad de Dios la que descubre e ilumina el misterio del hombre. Es vano, por lo tanto, esperar que tenga consistencia un sentido del pecado respecto al hombre y a los valores humanos, si falta el sentido de la ofensa cometida contra Dios, o sea, el verdadero sentido del pecado” (n. 18). La Iglesia, por consiguiente, no cesa de implorar a Dios la gracia de que no disminuya la rectitud en las conciencias humanas, que no se atenúe su sana sensibilidad ante el bien y el mal» (Juan Pablo II, Dominum et vivificantem, n. 47).

 ▲ COMENTARIO

Jr 8,4-9,15

Comienza una larga serie de oráculos donde se terminan de exponer las razones por las que es inminente la llegada del castigo que viene desde el norte. El profeta acaba de señalar que no basta la presencia del Templo en Jerusalén para gozar del favor de Dios (cfr 7,1-8,3), y ahora expone que tampoco es suficiente contar con la Ley del Señor, ya que si no se cumple de nada vale (cfr 8,8).

De entrada, el autor sagrado denuncia la mentira en la que vive Judá. Sus habitantes no ven la realidad de las cosas porque viven de la falsedad y se engañan a sí mismos (8,4-7). Por eso son incapaces de arrepentirse, es decir, de «volver» a Dios, tema que centra esta breve sección: las aves son hábiles para discernir las estaciones y para saber cuándo llega el momento oportuno de marcharse y de regresar, de acuerdo con el orden marcado por Dios a las criaturas (8,7), pero los habitantes de Jerusalén no advierten los planes del Señor ni se comportan de acuerdo con ellos. No se refiere el profeta a los promotores de la reforma de Josías, sino a los que abusaban de la «letra» de la Ley del Señor y rechazaban la palabra de Dios proclamada por el profeta (8,8-9). Contra ellos se dirige también la condena implacable de 8,10-12 —que falta en la versión griega de los Setenta, quizá por ser repetición de 6,12-15—.

A continuación aparece de nuevo la imagen de la viña devastada y de la higuera. Los ciudadanos de Jerusalén no han dado los frutos que de ellos se esperaban (cfr Lc 13,7), por lo que es imposible que eviten su perdición. Los que vienen del norte están ya listos para atacar como serpientes (8,13-17).

Es tan dolorosa la situación que Jeremías no puede evitar un nuevo lamento, también quizá porque el Señor ha afligido a su pueblo con una carestía (cfr 14,1-6), y éste no ha aceptado esa «visitación» de Dios (cfr Am 3,14; Os 12,3; Is 13,11, etc.), como remedio que podía curarle (8,18-23). Así pues, el profeta siente el deseo de apartarse de su pueblo y huir al desierto (9,1). Querría encontrar el modo de hacerlos reaccionar, pero no sabe qué hacer con ellos, en quienes se acumulan toda clase de pecados de la lengua contra el prójimo y contra Él (9,2-8). Por eso, no queda más que lamentarse por la condena que se cierne (9,9-11) y de la que son culpables por haber abandonado a Dios (9,12-15).

 ▲ COMENTARIO

Jr 8,7

La imagen de las aves migratorias tiene aquí una fuerza especial, pues estimula a buscar sinceramente el bien, sin justificar la propia comodidad o pereza con movimientos engañosos: «¡Ay del que se adorna con la hojarasca de un falso apostolado, del que ostenta la frondosidad de una aparente vida fecunda, sin intentos sinceros de lograr fruto! Parece que aprovecha el tiempo, que se mueve, que organiza, que inventa un modo nuevo de resolver todo… Pero es improductivo. Nadie se alimentará con sus obras sin jugo sobrenatural. (…) Os recuerdo de nuevo que nos queda poco tiempo: tempus breve est (1 Co 7,29), porque es breve la vida sobre la tierra, y que, teniendo aquellos medios, no necesitamos más que buena voluntad para aprovechar las ocasiones que Dios nos ha concedido. Desde que Nuestro Señor vino a este mundo, se inició la era favorable, el día de la salvación (2 Co 6,2), para nosotros y para todos. Que Nuestro Padre Dios no deba dirigirnos el reproche que ya manifestó por boca de Jeremías: en el cielo, la cigüeña conoce su estación; la tórtola, la golondrina y la grulla conocen los plazos de sus migraciones: pero mi pueblo ignora voluntariamente los juicios de Yavé (Jr 8,7)» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, nn. 51-52).

 ▲ COMENTARIO

Jr 9,2-5

La mentira y el engaño no sólo ofenden a Dios y quebrantan la Alianza, sino que dañan gravemente la convivencia con los demás. La vida en sociedad sólo puede ser verdaderamente pacífica y serena si existe la confianza mutua entre las personas generada por el señorío de la verdad. La virtud de la veracidad implica honradez y discreción, y da al prójimo algo que le es debido en justicia. Santo Tomás dice que hay un deber moral de ejercitar esta virtud «puesto que por honestidad un hombre debe a otro la manifestación de la verdad» (Summa theologiae 2,100,a.3). Y añade: «Por ser sociable, el hombre debe a los demás cuanto es necesario para la conservación de la sociedad. Ahora bien, es necesario para la convivencia el dar mutuo crédito a las palabras y creer que nos dicen la verdad. En este sentido, la virtud de la veracidad implica un deber» (ibidem, a.3,ad 1).

 ▲ COMENTARIO

Jr 9,16-25

En este punto Jeremías clama con palabras sobrecogedoras por la desolación que ve a su alrededor. La situación del pueblo es tan lastimosa que no hay a quien se pueda llamar para arreglarla, sólo a las plañideras para que lloren y se lamenten (vv. 16-19). No habrá más que destrucción y muerte (vv. 20-21). La personificación de la muerte reflejada en estos versículos es una imagen literaria que ha influido en la representación del esqueleto con la guadaña. Pero no es un ser real frente a Dios. Él es quien juzga: frente a los valores que los hombres aprecian —sabiduría, fuerza y riqueza— hay otros más importantes —misericordia, juicio y justicia— que se descubren al conocer a Dios (vv. 22-23). Lo importante no es apoyarse en las propias fuerzas sino en Dios. Así lo recordará San Pablo en 1 Co 1,31 y en 2 Co 10,17 al emplear las palabras de los vv. 22-23 para subrayar que la eficacia es del Señor, siendo absurdo tratar de gloriarse en uno mismo o en la propia capacidad. Y San Clemente Romano aprovechará estas mismas palabras de Jeremías para exhortar a la humildad: «Así pues, hermanos, tengamos sentimientos humildes, desprendiéndonos de toda jactancia, vanidad, insensatez e ira y hagamos lo que fue escrito (pues el Espíritu Santo dice: No se gloríe…), recordando sobre todo las palabras del Señor Jesús para enseñar la benignidad y la paciencia» (Ad Corinthios 13,1).

Judá ha perdido el rumbo y, aunque conserve algunas apariencias superficiales, en el fondo no tiene nada. Es como las otras naciones vecinas que también practicaban la circuncisión pero sólo como operación externa: ésta no llevaba aparejada la conversión del corazón (vv. 24-25). Judá no tendrá mejor suerte que esos pueblos (cfr nota a 25,15-38) —a los que se profetizan todo tipo de calamidades en los oráculos contra las naciones (cfr 46,1-51,64)— mientras no cambie a fondo, sin limitarse a prácticas superficiales. San Justino, explicando los vv. 24-25 a la luz del Nuevo Testamento, comenta: «¿Veis cómo no es esa circuncisión, que fue dada en señal, la que Dios quiere? Porque ni a los egipcios ni a los hijos de Moab y de Edom les sirve para nada. En cambio, aun cuando sea un escita o un persa, si tiene conocimiento de Dios y de Jesucristo y guarda la ley eterna, está circuncidado con la buena y provechosa circuncisión, y es amado de Dios, y Dios se complace en sus dones y ofrendas» (Dialogus cum Tryphone 28,4).

 ▲ COMENTARIO

Jr 10,1-11

Se piensa que estos versículos, debido al tono diferente con que el profeta se dirige a sus oyentes —ya no hay referencias a la apostasía completa de los versículos anteriores—, responden a la situación de los deportados en Babilonia. El triunfo de Nabucodonosor sobre Judá había supuesto una gran conmoción en las convicciones religiosas de parte del pueblo. ¿Es que el Señor era menos poderoso que Marduc y los dioses de Babilonia y por eso no había podido protegerlos? No, esa derrota militar no era debida a la debilidad del Dios de Judá, sino a las reiteradas infidelidades del pueblo. De ahí que se ridiculice ahora la idolatría de las otras naciones. Sus dioses no son nada, sólo figurillas fabricadas por artesanos, trozos de material inanimado, carentes de vida. En cambio, el Señor es el Dios verdadero (vv. 6-7.10). Es una locura confiar en los ídolos. Éstos desaparecerán y sólo el Señor juzgará a las naciones. Santo Tomás de Aquino entiende que este capítulo «muestra la dignidad del pueblo, para que de esta manera se vea que su culpa es más grave y su pena más justa. (…) Su dignidad se muestra en comparación con los otros pueblos, en cuanto que adoraban la palabra de Dios, y se les vaticina la pena porque rechazaron el culto a Dios por la idolatría» (Postilla super Jeremiam 10,1).

La frase con la que termina este pasaje (v. 11) está en arameo. Es como una fórmula que podrán recitar en voz alta los deportados para manifestar su fe en el Dios verdadero, de modo que sea comprendida también por los extranjeros.

 ▲ COMENTARIO

Jr 10,12-16

Este poema, repetido en 51,15-19, es una reflexión sapiencial acerca del dominio de Dios sobre todos los seres de la creación. El Señor, que ha hecho la tierra con su poder y la rige con sabiduría, dispondrá que se avergüencen quienes fabrican los ídolos y los que confían en ellos.

Las palabras de los vv. 14-15 muestran hasta qué punto es una necedad convertir algo material en un dios. Ampliando esta enseñanza del profeta, se puede pensar en aquellas circunstancias en que el hombre hace de su actividad un ídolo. Esa tentación ha estado presente de un modo u otro desde el principio de la humanidad, también en nuestro tiempo, y no pocas veces se ha sucumbido en ella. Por eso, en el Concilio Vaticano II se advierte: «En el decurso de la historia, el uso de los bienes temporales ha sido desfigurado con graves defectos, porque los hombres, afectados por el pecado original, cayeron frecuentemente en muchos errores acerca del verdadero Dios, de la naturaleza, del hombre y de los principios de la ley moral, de donde se siguió la corrupción de las costumbres e instituciones humanas y la no rara conculcación de la persona del hombre. Incluso en nuestros días, no pocos, confiando más de lo debido en los progresos de las ciencias naturales y de la técnica, caen como en una idolatría de los bienes materiales, haciéndose más bien siervos que señores de ellos. Es obligación de toda la Iglesia el trabajar para que los hombres se vuelvan capaces de restablecer rectamente el orden de los bienes temporales y de ordenarlos hacia Dios por Jesucristo» (Apostolicam actuositatem, n. 7).

 ▲ COMENTARIO

Jr 10,17-25

El castigo está llegando. «Recoger del suelo el equipaje» (v. 17) es una alusión clara al destierro. No se trata ya de una amenaza sino del anuncio de algo inminente (v. 22). El Señor, debido a la necedad de sus dirigentes —«pastores» (v. 21)—, pronto arrojará a su pueblo bien lejos de su tierra. Pero no se trata de una venganza, sino de un correctivo imprescindible para hacerlo reaccionar (v. 18). Por eso, se concluye con una súplica al Dios de misericordia —pues el pueblo no es del todo responsable de sus actos (vv. 22-24)— rogándole que castigue a los enemigos (v. 25).

Los padecimientos que, como los que se anuncian en estos oráculos, pueden llegar a los hombres como una punición, no los envía Dios para hacer sufrir sino que los permite para mover a recapacitar. «Hace falta que tú, pecador, experimentes una amargura mayor dispensada por Dios, para ser salvado después de la corrección. Como tú mismo reprendes a un siervo o a un hijo no, ciertamente, por el placer de atormentarlo sino para hacerlo volver mediante el castigo, así también Dios corregirá con las penas que vengan de aquellos padecimientos a quienes no se han dejado cuidar y no vuelven mediante la palabra» (Orígenes, Homiliae in Jeremiam 12,3).

suivant