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Salmos 101-110

Tras el grupo de salmos que cantaban la realeza de Dios (Sal 93-100), viene un poema (Sal 101) en el que un rey terreno promete un buen gobierno. Este poema tiene cierta relación con Sal 110 en el que se canta la subida del rey al trono. Ambos salmos forman de este modo el marco inclusivo de un grupo en el que pueden apreciarse además otras correspondencias internas. En concreto, Sal 102, que presenta la súplica de un hombre enfermo, tiene su réplica en Sal 109, que recoge incluso la misma frase de Sal 102,12 —«como sombra que se alarga» (Sal 109,23)—; y también hay correspondencias entre Sal 103 y Sal 108, y entre Sal 104 y 107. Sal 101-110 forman así una unidad, cuyo orden interno se refleja a modo de inclusiones y cuyo centro son Sal 105 y 106. La ruptura de esa unidad al hacer concluir la Parte IV del libro de los Salmos en Sal 106 se debería a motivos editoriales: querer delimitar unos salmos en torno a Moisés (cfr Sal 90; 106,16-32).

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Salmo 101

Se escucha ahora la voz de un rey terreno —según el título es un «salmo de David»— que expone su programa de «hacer callar» a los malvados (v. 5). Es lo mismo que en otros salmos se pide que haga el Señor (cfr Sal 64; 69). El rey aparece así como instrumento por el que Dios va a ejercer su reinado cantado en los salmos anteriores.

Comienza con una alabanza a Dios y petición de ayuda para obrar con rectitud (vv. 1-2) y, a continuación, presenta la forma en la que el rey se propone actuar (vv. 3-8): aborreciendo a los que obran mal (vv. 3-5), uniendo a él a los que son fieles a Dios (v. 6) y no admitiendo en su casa ni en el país a los malvados (vv. 7-8). La mención del «Señor» abre y cierra el salmo.

Las promesas hechas por el rey en este salmo se cumplen plenamente en Jesucristo, quien, como Rey sentado en su trono de gloria, separará de Él y de su Reino a quienes no hayan obrado con misericordia (cfr Mt 25,31-46).

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Sal 101,1-2

Aunque el v. 1 pudiera ser una añadidura del salmista a la profesión originaria del rey con el fin de acomodar el salmo a la liturgia, en la composición actual indica el modelo divino que quiere seguir el rey en su gobierno. El verbo «discurrir» (v. 2) tiene aquí una connotación característica de la literatura sapiencial en el sentido de «obrar correctamente» o «poner atención»; pero también esto es algo que Dios otorga y por eso se anhela su «venida» para llevar a cabo una administración del reino —«casa»— según la Ley del Señor. Considerando las palabras del v. 1 San Bernardo comenta: «Instruido por la experiencia, no cantaré sólo al juicio o sólo a la misericordia, sino que te cantaré a Ti, oh Señor, misericordia y juicio; mientras dura este peregrinar mío, cantaré ambas cosas para que la misericordia prevalezca sobre el juicio, la miseria sea reducida al silencio y mi gloria te cante, al fin, sólo a Ti» (Sermones de tempore 6,9).

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Sal 101,3-5

La buena administración implica no hacerse cómplice del mal —«asuntos inicuos» o, literalmente, «palabra de Belial», es decir, del mal (cfr Sal 41,9; Ex 10,10)— ni tolerar a quienes lo realizan acusando falsamente al inocente. «Haré callar» (v. 5) tiene el sentido de «haré aniquilar».

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Sal 101,6

En cambio, favorecerá —«poner los ojos»— a los que se adhieren al Señor y cumplen sus leyes —«fieles»—, rodeándose de ellos.

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Sal 101,7-8

Excluirá de su administración —«casa»— a aquellos que no buscan la verdad, y en el momento de juzgar los asuntos, con constancia —«cada mañana» (cfr 2 S 15,2; Jr 21,12)—, liberará a todo el país y a Jerusalén de los que obran el mal (v. 8).

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Salmo 102

El salmo proclama que sólo Dios, que es eterno, exaltará a Jerusalén (Sal 102,13-14.22) y escuchará las súplicas de los necesitados (cfr Sal 102,18.21). Es como si se quisiese mostrar, tras haber oído las promesas del rey, la precariedad de su gobierno debida a la brevedad de su vida; en contraste se presenta la eternidad de Dios y su misericordia hacia Jerusalén.

Comienza pidiendo auxilio al Señor (vv. 2-3), y seguidamente expone su desgracia: se acaban sus días debido a su pecado (vv. 4-12). Después proclama la eternidad del Señor y su misericordia hacia Sión (vv. 13-18), y manifiesta su esperanza de que Él salvará y exaltará a su pueblo (vv. 19-23). Finalmente vuelve a presentar a Dios la brevedad de su vida comparada con la eternidad divina (vv. 24-28). Concluye con una breve petición por el futuro del pueblo (v. 29). Los vv. 13-23, en los que la atención se dirige a Jerusalén y al pueblo elegido, parecen insertados en lo que pudiera haber sido una composición anterior centrada en la brevedad de los días del salmista (vv. 4.12.24).

La eternidad de Dios contemplada en este salmo, y a la que apela el orante viendo en ella su salvación y la del pueblo, es realmente participada por Jesucristo, el Hijo de Dios. Cristo es el Hijo eterno de Dios rescatado de la muerte e inicio del nuevo pueblo creado para la alabanza del Señor (v. 19; cfr Ef 1,3-14).

La Iglesia tiene a este salmo como el quinto de los penitenciales (cfr Sal 6) y con él implora el perdón de Dios sobre ella misma (cfr v. 14).

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Sal 102,2-3

Las invocaciones son comunes a otros salmos (cfr Sal 27,9; 39,13; 69,18; etc.); están suponiendo que Dios escucha y protege.

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Sal 102,4-12

Con imágenes de gran fuerza expresiva se presenta el sufrimiento a causa de la enfermedad (vv. 4-6), de la soledad ante las acusaciones de los enemigos (vv. 7-9) y, sobre todo, del abandono por parte de Dios debido al pecado (vv. 10-12). La «sombra que se alarga» (v. 12) es señal de brevedad, pues pronto desaparece (cfr Sal 109,23).

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Sal 102,13-18

En contraste con la brevedad de la vida humana y el desprecio de parte de los adversarios, están la eternidad de Dios y la esperanza segura de la pronta reconstrucción de Jerusalén, tal como se contemplaría al final del destierro o en el tiempo de la vuelta (vv. 13-15; cfr Is 40,5; 52,10; 59,19; etc.). Ello llevará el reconocimiento universal de las acciones de Dios con su pueblo (vv. 16-18; cfr Is 2; 60; Za 14,16-19). «En el transcurso de los siglos, la fe de Israel pudo desarrollar y profundizar las riquezas contenidas en la revelación del Nombre divino. Dios es único; fuera de Él no hay dioses (cfr Is 44,6). Dios transciende el mundo y la historia. Él es quien ha hecho el cielo y la tierra: “Ellos perecen, mas Tú quedas, todos ellos como la ropa se desgastan…pero Tú siempre el mismo, no tienen fin tus años” (Sal 102,27-28). En Él “no hay cambios ni sombras de rotaciones” (St 1,17). Él es “El que es”, desde siempre y para siempre y por eso permanece siempre fiel a sí mismo y a sus promesas» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 212).

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Sal 102,19-23

En visión profética, sin duda retrospectiva, se habla del pueblo surgido —«será creado» (v. 19)— a la vuelta del destierro, que es comparado a la muerte (v. 21), y se anuncia la paz universal en el reconocimiento del Dios único, como en los salmos de la realeza de Dios (v. 22; cfr Sal 96,3.7-10; 98,2-3; etc.; Is 60,3-11).

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Sal 102,24-28

El salmo retorna a la lamentación, resaltando ahora la muerte prematura del orante (vv. 24-25); pero, tras haberse contemplado la restauración de Jerusalén en los versículos anteriores, se puede ahora proclamar con más fuerza la eternidad de Dios (vv. 26-28). Tal eternidad se presenta como motivo para que Dios escuche la petición del v. 25. La Carta a los Hebreos entiende que las palabras de los vv. 26-28 fueron dichas sobre Jesucristo, y las cita literalmente para mostrar su superioridad sobre los ángeles, su divinidad (cfr Hb 1,10-12).

Las consecuencias que para la vida espiritual se derivan de la condición pasajera de este mundo frente a la eternidad de Dios, las pone de relieve San Juan de la Cruz al hilo de los vv. 27-28: «Ha, pues, el espiritual de purgar y oscurecer su voluntad en este vano gozo, advirtiendo que la hermosura y todas las demás partes naturales son tierra, y que de ahí vienen y a la tierra vuelven; y que la gracia y donaire es humo y aire de esa tierra; y que, para no caer en vanidad, lo ha de tener por tal y por tal estimarlo, y en estas cosas enderezar el corazón a Dios en gozo y alegría de que Dios es en sí todas esas hermosuras y gracias eminentísimamente, en infinito sobre todas las criaturas; y que, como dice David (Sal 102,27), todas ellas, como la vestidura, se envejecerán y pasarán, y sólo Él permanece inmutable para siempre. Y por eso, si en todas las cosas no enderezare a Dios su gozo, siempre será falso y engañado; porque de este tal se entiende aquel dicho de Salomón (Si 2,2), que dice hablando con el gozo acerca de las criaturas, diciendo: Al gozo dije: “¿Por qué te dejas engañar en vano?”; esto es, cuando se deja atraer de las criaturas el corazón» (Subida al monte Carmelo 3,21,2).

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Sal 102,29

La misma eternidad de Dios asegura el futuro del pueblo.

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Salmo 103

Tras la lamentación y súplica presentadas a punto de morir en el salmo anterior (cfr Sal 102,12.25), viene ahora el reconocimiento, la acción de gracias, porque el Señor ha devuelto la salud y librado de la muerte (Sal 103,3-4). Así va avanzando la oración. La manifestación de los sentimientos más íntimos del salmista y el amor de Dios a su pueblo volvemos a encontrarlos en Sal 108, que vendría a ser el correlativo al 103 en la colección formada por Sal 101-110.

La oración se inicia con la autoinvitación del salmista a bendecir al Señor (vv. 1-2), continúa exponiendo los motivos para hacerlo —cuerpo del salmo (vv. 3-19)—, y termina invitando a la bendición a los ángeles, a toda la creación y de nuevo a sí mismo (vv. 20-23). Los motivos de la bendición son: primero, lo que Dios ha hecho con el salmista (vv. 3-5); después, que ha manifestado su justicia (v. 6), perdonando a su pueblo (vv. 7-12), actuando como un padre con sus fieles (vv. 13-18) y reinando desde el cielo (v. 19). Todo el salmo está incluido en la autoinvitación del salmista (vv. 1.23), y va ampliando progresivamente el horizonte: el salmista (vv. 1-5), los israelitas (vv. 7-12), todo hombre que teme a Dios (vv. 13-18), los ángeles y la creación entera (vv. 20-22). El número de versículos, que coincide con el de las letras del alfabeto hebreo —veintidós, sin la repetición final—, refleja un arte refinado en la composición.

La bendición a Dios expresada en este salmo, una de las piezas más bellas y de espiritualidad más profunda dentro del Antiguo Testamento, es asumida, adquiriendo nuevas dimensiones, en la bendición del comienzo de la Carta a los Efesios. Ahí, en efecto, se alaba a Dios por colmarnos de toda clase de bendiciones en Cristo (Ef 1,2: Sal 103,3-5), porque nos ha redimido mediante su sangre de todos nuestros delitos (Ef 1,7; Sal 103,10), y porque no sólo nos ha tratado como hijos (Sal 103,13), sino que incluso nos ha hecho sus hijos de adopción (Ef 1,5). La Iglesia proclama este salmo en la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús expresando así el amor de Dios a los hombres manifestado a través de la humanidad de Cristo.

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Sal 103,1-2

El salmista desea bendecir al Señor con todo su ser, y por todos los beneficios recibidos, sin olvidar ninguno.

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Sal 103,3-5

La «misericordia y compasión» de Dios (v. 4), que resplandecen en la vida del salmista como una corona, son el motivo de fondo de todo el salmo (vv. 8.11.13.17).

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Sal 103,6

Es la afirmación central de la alabanza. La bondad y misericordia divinas se manifiestan como salvación —«justicia»— de los oprimidos.

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Sal 103,7-12

El recuerdo de lo que Dios ha hecho por el pueblo a lo largo de la historia, sintetizado en los vv. 8-10, concluye con la afirmación de la inmensidad de su misericordia (vv. 11-12).

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Sal 103,13-18

De igual modo, la consideración del cuidado que Dios tiene —«como un padre» (v. 13; cfr Dt 32,6; Os 11,1-11; etc.)—, hacia el hombre débil por naturaleza —«polvo» (v. 14; cfr Gn 3,19)— desemboca en la afirmación de la eternidad de su misericordia (vv. 17-18; cfr Sal 12,8). Estas bellas palabras revelan el inmenso amor que Dios tiene al hombre, precisamente viendo su pequeñez: «Tan espléndida es la gracia de Dios y su amor a nosotros, que hizo Él más por nosotros de lo que podemos comprender» (S. Tomás de Aquino, Expositio in Credum 61).

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Sal 103,19

Dios ejercita su misericordia y justicia desde el cielo como un rey que gobierna el mundo entero.

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Sal 103,20-23

De ahí que se invite a alabarlo no sólo a todos los seres celestes —«ángeles» y «fuertes guerreros» son aquí equivalentes como en Sal 148,2— por los que lleva a cabo sus decisiones (vv. 20-21), sino también a toda la humanidad y a la creación, obras suyas (v. 22).

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Salmo 104

Probablemente las frases inicial y final hayan sido introducidas al poner este salmo junto al anterior para darle estilo laudatorio y orientarlo a la liturgia. Sobre aquél, éste acentúa la alabanza específica por el gobierno divino sobre el mundo material y animal. Por otra parte, el salmo 107, que correspondería a éste en la estructuración concéntrica de los salmos 101-110, presenta asimismo una orientación didáctica sobre la forma de actuar de Dios: expone el dominio divino sobre las naves que surcan el mar (Sal 107,23-30; cfr Sal 104,26), y sobre las aguas de los manantiales (Sal 107,33-35; cfr Sal 104,10).

El himno se introduce con la afirmación de la grandeza de Dios a quien se alaba (v. 1). Se proclama después su morada celeste y su dominio sobre los elementos atmosféricos (vv. 2-4) y luego su obra de separar la tierra del abismo de las aguas (vv. 5-9). A continuación se describe cómo otorga el agua a la tierra y los efectos saludables que ésta produce (vv. 10-18), cómo rige la vida en la tierra mediante las estaciones y el día y la noche (vv. 19-23) y cómo determina con sabiduría lo que hay en el mar y los animales que pueblan la tierra (vv. 24-26). Se añade el reconocimiento de que Dios da a todos ellos el alimento y la vida (vv. 27-30). Como conclusión se proclama la gloria del Señor y su poder sobre la tierra (vv. 31-32), y el salmista expone sus sentimientos (vv. 33-35).

La alabanza a Dios por sus obras creadoras y providentes que se canta en este salmo se extiende en el Nuevo Testamento a Jesucristo. Él es el Verbo de Dios por el que fueron creadas todas las cosas (Jn 1,3), y por el que todo se mantiene en su ser —«Él es antes que todas las cosas y todas subsisten en él» (Col 1,17)—. La Iglesia emplea este salmo en la liturgia de la solemnidad de Pentecostés, día en que celebra la venida del Espíritu Santo como Persona divina, con la que culmina la nueva creación obrada por la Encarnación de Cristo y se manifiesta a la Iglesia.

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Sal 104,1

La grandeza de Dios es contemplada en la creación, y en el orden que tiene, debido al acto creador y a la constante providencia divina; refleja su gloria.

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Sal 104,2-4

El salmista utiliza con gran libertad el relato de la creación del primer capítulo del Génesis. La luz (v. 2) fue lo primero que Dios creó, y viene considerada como un elemento con entidad propia (cfr Gn 1,3-5). Después se contempla el firmamento (cfr Gn 1,6) comparado en el salmo, según la cosmogonía antigua (cfr Is 40,22; Sal 19,2-7), a una enorme tienda de campaña (v. 2). La afirmación de que Dios está sobre las aguas superiores (v. 3; cfr Gn 1,7) quiere resaltar su trascendencia, aunque utilice una terminología mítica. Lo mismo sucede con el «hacer de las nubes su carroza» (cfr Dt 33,26; Is 19,1; Sal 68,5), y el servirse de los vientos y de los relámpagos —«fuegos llameantes» (v. 4)—. En la Carta a los Hebreos se cita el v. 4 —si bien en una versión, la de los Setenta, que dice: «Él hace a sus ángeles vientos y a sus ministros llama de fuego»— para contrastar la naturaleza de los ángeles con la de Cristo, el Hijo de Dios, Dios verdadero (Hb 1,7).

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Sal 104,5-9

Glosando la separación de las aguas y la aparición de la tierra seca que se narra en Gn 1,6-10, y el caos originario que aparece en Gn 1,2, el salmista proclama el poder de Dios frente a las aguas marinas consideradas como fuerzas amenazadoras.

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Sal 104,10-18

La parte central del salmo la ocupa la descripción, llena de rasgos poéticos, de cómo Dios, mediante las fuentes y la lluvia, calma la sed de los animales salvajes, proporciona el alimento a los ganados y a los hombres, y hace crecer grandes árboles —«árboles del Señor» (v. 16). La tierra parece el paraíso. La frase del v. 10 «a través de los montes…» fue meditada muchas veces por San Josemaría Escrivá. A partir de la versión de la Vulgata, que utiliza un futuro para expresar la acción de las aguas, empleaba estas palabras del salmo invitando a levantar el ánimo ante las dificultades: «Crécete ante los obstáculos. —La gracia del Señor no te ha de faltar: inter medium montium pertransibunt aquae! —¡pasarás a través de los montes! ¿Qué importa que de momento hayas de recortar tu actividad si luego, como muelle que fue comprimido, llegarás sin comparación más lejos que nunca soñaste?» (Camino n. 12). Otras veces el mismo San Josemaría refería tales dificultades a los obstáculos del apostolado: «Algunos podrán parecer insuperables…, mas inter medium montium pertransibunt aquae —las aguas pasarán a través de las montañas: el espíritu sobrenatural y el ímpetu de nuestro celo horadarán los montes, y superaremos esos obstáculos» (Forja, n. 283).

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Sal 104,19-23

De nuevo resuena el relato del Génesis, ahora sobre la creación del sol y la luna (cfr Gn 1,14-18), pero resaltando que ellos marcan el orden en el que se desarrolla la actividad de las fieras y del hombre (vv. 20-23). El hombre está llamado a realizar su trabajo en ese marco de la creación (v. 23) y en él puede santificar su tarea realizándola conforme a los planes divinos.

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Sal 104,24-26

Toda la creación y todas las criaturas reflejan la sabiduría de Dios, tanto en la tierra como en el mar. Incluso el «Leviatán», monstruo marino mitológico (cfr Jb 3,8), pierde su carácter terrible (v. 26). «La Sabiduría unigénita y personal de Dios es creadora y hacedora de todas las cosas. Todo —dice, en efecto, el salmo— lo hiciste con sabiduría, y también: La tierra está llena de tus criaturas. Pues, para que las cosas creadas no sólo existieran, sino que también existieran debidamente, quiso Dios acomodarse a ellas por su Sabiduría; imprimiendo en todas ellas en conjunto y en cada una en particular cierta similitud e imagen de Sí mismo, con lo cual se hiciese patente que las cosas creadas están embellecidas con la Sabiduría y que las obras de Dios son dignas de Él» (S. Atanasio, Contra arianos 2,78).

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Sal 104,27-30

Dios cuida, como un padre, de todos los seres vivos proporcionándoles alimento hasta que se sacian, y manteniéndoles vivos con su «espíritu»; el mismo espíritu que hizo al hombre un «ser vivo» al comienzo (cfr Gn 2,7). Las palabras del v. 30 las repite la Iglesia cuando pide a Dios que envíe el Espíritu Santo. Las recita también en la liturgia de Pentecostés y las glosa en la Secuencia de la Misa de ese día para anhelar la acción del Espíritu en el mundo y en el hombre: «Ven Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo. (…) Entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos. Mira el vacío del hombre si Tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado cuando no envías tu aliento. Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero» (Misal Romano, Secuencia de Pentecostés).

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Sal 104,31-32

El salmista desea que esa «gloria del Señor», es decir, el orden de la creación como reflejo de la acción continuada de Dios —«sus obras»— dure por siempre.

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Sal 104,33-35

El poema finaliza con el voto del salmista de dedicar toda su vida a la alabanza del Señor mediante el canto de sus obras, como ha hecho en el salmo (vv. 33-34), y con una imprecación contra los pecadores como si éstos perturbaran el orden del mundo que acaba de cantar (v. 35). La expresión «Aleluya» que aparece aquí según el texto hebreo —en los Setenta viene al final del salmo siguiente— responde sin duda a motivos litúrgicos.

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Salmo 105

A la alabanza a Dios por su obra creadora, motivo del salmo anterior, sigue ahora la alabanza por su obra redentora hacia Israel. Si la creación refleja la gloria de Dios eternamente (cfr Sal 104,31), eternamente también mantiene Él su Alianza con su pueblo (Sal 105,8). Él, que domina toda la tierra (cfr Sal 104,32) y cuida de todas sus criaturas (cfr Sal 104,27-30), dio la tierra de Canaán a su pueblo (Sal 105,11) y llena de alegría a sus elegidos (Sal 105,43). La bondad de Dios con su pueblo cantada en este salmo contrasta con el pecado del mismo pueblo presentado en el salmo siguiente. Pero en ambos se proclama que Dios se acordó de su Alianza (Sal 105,42; cfr 106,45). Así, ambos salmos, que contienen las mismas ideas que Sal 78, forman el centro del grupo constituido por Sal 101-110.

La exhortación ocupa los primeros versículos, invitando ante todo a la alabanza (vv. 1-4), y después al recuerdo (vv. 5-7). Luego viene la motivación desarrollada a lo largo de todo el salmo (vv. 8-45): Dios recuerda la Alianza hecha a Abrahán y a los patriarcas, y la promesa de la tierra (vv. 8-11); entonces eran pocos y errantes (vv. 12-15); José les preparó la bajada a Egipto (vv. 16-22); bajaron, fueron oprimidos y Dios suscitó a Moisés y castigó a los egipcios con las plagas (vv. 23-36); salieron de Egipto y Dios los protegió en el desierto (vv. 37-41); por fin les dio la tierra como había prometido a Abrahán (vv. 42-45).

Este salmo proclama que las promesas del Señor a Abrahán, y su Alianza con él, se mantienen eternamente (vv. 8-10.42), aunque ya habían sido cumplidas al sacar a Israel de Egipto y darle la tierra prometida. Puesto que, incluso después de estos acontecimientos la promesa y la Alianza continuaban firmes, lo prometido ha tenido un nuevo cumplimiento, el definitivo, con la redención de Cristo (cfr Ga 3,17-18), en cuya sangre Dios ha establecido una Alianza nueva y eterna (cfr Mt 26,26-29 y par.). De esta forma Sal 105 se ha cumplido en Cristo y en la Iglesia.

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Sal 105,1-4

Las invitaciones iniciales van dirigidas a Israel (cfr v. 6) y, en concreto, a los que acuden al Templo (vv. 2.3), donde, según 1 Cro 16,8-22, se recitaban los quince primeros versículos de este salmo unidos a Sal 96 y 106,47-48. Las palabras del v. 3 son una invitación a vivir alegremente en el Señor: «Laetetur cor quaerentium Dominum —Alégrese el corazón de los que buscan al Señor. —Luz, para que investigues en los motivos de tu tristeza» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 666).

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Sal 105,5-7

El v. 7 es una profesión de fe que viene avalada por la narración contenida en el salmo, similar al resumen de Dt 26,3-10 (cfr Jos 24,2-13) con el que el pueblo confesaba su fe. Quizás este salmo era recitado también en la fiesta de las Semanas (cfr Lv 23,15-21), o en alguna otra de las que rememoraban la salida de Egipto (Pascua o Tabernáculos).

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Sal 105,8-11

Recordando la promesa de la tierra hecha por Dios a Abrahán (cfr Gn 15,1-2), a Isaac (cfr Gn 26,3) y a Jacob (cfr Gn 35,12), el salmista resalta el carácter permanente de aquella palabra del Señor. Ése es el motivo de la alabanza y, al mismo tiempo, de la esperanza del pueblo.

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Sal 105,12-15

Queda resumida la historia de los patriarcas, destacándose la protección divina sobre ellos (cfr Gn 12,10-20; 26,1-14). La designación de aquéllos como «mis ungidos» y «mis profetas» (v. 15) —designación que sólo se encuentra aquí— sirve para equipararlos en dignidad a los reyes y a los enviados de Dios.

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Sal 105,16-22

«Cortar todo sustento de pan» (v. 16). El texto dice literalmente: «Quebrar toda vara de pan». La vara puede aludir al palo en el que se cuelgan a veces en Oriente los panes en forma de rosco (cfr Lv 26,26), o al que se usaba para varear las espigas (cfr Is 28,27). La historia de José es contemplada a la luz de la providencia divina (v. 17) y del cumplimiento de la palabra del Señor (v. 19; cfr Gn 40; 41,9-13).

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Sal 105,23-36

Para resaltar la iniciativa de Dios se atribuyen a Él todas las acciones (cfr vv. 24-26), incluso el envío de las plagas (vv. 28-36), de las que son mencionadas ocho y en distinto orden del que aparecen en Ex 7-12. Otro recuerdo de las plagas se encontraba en Sal 78.

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Sal 105,37-41

Del desierto sólo se recuerdan los favores del Señor que los protegía del calor y de la oscuridad (v. 39), y les proporcionaba alimento —el maná es llamado «pan del cielo» (v. 40; cfr Sal 78,25)—, agua y alivio en el camino (vv. 40-41). Viendo en el «pan del cielo» una figura de la Eucaristía, comenta San Ambrosio: «Es, ciertamente, admirable el hecho de que Dios hiciera llover el maná para los padres y los alimentase cada día con aquel manjar celestial, del que dice el salmo: El hombre comió pan de ángeles (Sal 78,25). Pero los que comieron aquel pan murieron todos en el desierto; en cambio, el alimento que tú recibes, este pan vivo que ha bajado del cielo, comunica el sostén de la vida eterna, y todo el que coma de él no morirá para siempre, porque es el cuerpo de Cristo. Considera, pues, ahora qué es más excelente, si aquel pan de ángeles o la carne de Cristo, que es el cuerpo de vida. Aquel maná caía del cielo, éste está por encima del cielo; aquél era del cielo, éste del Señor de los cielos; aquél se corrompía si se guardaba para el día siguiente, éste no sólo es ajeno a toda corrupción; sino que comunica la incorrupción a todos los que lo comen con reverencia. A ellos les manó agua de la roca, a ti sangre del mismo Cristo; a ellos el agua los sació momentáneamente, a ti la sangre que mana de Cristo te lava para siempre. Los judíos bebieron y volvieron a tener sed, pero tú, si bebes, ya no puedes volver a sentir sed, porque aquello era la sombra, esto la realidad. Si te admira aquello que no era más que una sombra, mucho más debe admirarte la realidad» (De mysteriis 8,47).

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Sal 105,42-45

El canto termina proclamando que la promesa divina hecha a Abrahán se ha cumplido con la entrada en la tierra prometida (cfr vv. 8-11), pues era una promesa del Dios santo y fiel —«palabra santa» (v. 42)—. La donación gratuita de la tierra (v. 44) tenía como fin que también el pueblo fuese santo (v. 45). Esta constancia en el actuar de Dios con su pueblo manifiesta que «si el hombre puede olvidar o rechazar a Dios, Dios no cesa de llamar a todo hombre a buscarle para que viva y encuentre la dicha. Pero esta búsqueda exige del hombre todo el esfuerzo de su inteligencia, la rectitud de su voluntad, “un corazón recto”, y también el testimonio de otros que le enseñen a buscar a Dios» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 30).

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Salmo 106

Este salmo tiene una dimensión histórica similar a la del salmo anterior, pero si aquél presentaba las acciones de Dios en favor del pueblo desde los patriarcas hasta la entrada en la tierra, éste presenta las acciones del pueblo contra Dios en Egipto, en el desierto y ya en la tierra. En Sal 105 se proclamaba y se mostraba la fidelidad del Señor a su palabra (cfr Sal 105,8.42); en Sal 106, su misericordia (vv. 1.7.46). Así las dos características fundamentales del Dios de la Alianza quedan expuestas en la parte central del grupo de Sal 101-110.

Una amplia introducción, invitando a la acción de gracias a Dios por su eterna misericordia y recogiendo la petición personal del salmista (vv. 1-5), da paso al recuerdo de los pecados del pueblo y del perdón de Dios junto al Mar Rojo (vv. 6-12), en el desierto (vv. 13-33) y en la tierra de Canaán (vv. 34-43). Concluye con la afirmación de que Dios tuvo misericordia de los cautivos, la petición de salvación y la alabanza por parte del pueblo (vv. 44-48).

La alabanza cantada en este salmo vuelve a resonar en el canto de Zacarías, el Benedictus, que recoge algunas de sus expresiones: comienza con las palabras del v. 48 (cfr Lc 1,68) y proclama la salvación frente a los enemigos y todos los que nos odian (Lc 1,71; cfr Sal 106,10), porque Dios se acuerda de su Alianza (Sal 106,45a; cfr Lc 1,72). De esta forma el salmo 106 encuentra su cumplimiento en la venida de nuestro Señor Jesucristo preparada por el nacimiento del Bautista.

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Sal 106,1-5

Acción de gracias, alabanza y súplica se unen estrechamente en la introducción del salmo, lo mismo que se integran los sentimientos personales del salmista y la salvación del pueblo.

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Sal 106,6-12

La misericordia del Señor (cfr v. 1) se manifiesta precisamente frente al pecado, en el que es solidario todo el pueblo y que está presente a lo largo de toda su historia (v. 6). La rebelión junto al Mar Rojo que sirve de base a los vv. 7-12 no se menciona en Ex 14-15; tal vez aluda al rechazo del pueblo a Moisés cuando éste intenta poner paz entre los hebreos (cfr Ex 2,13-14).

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Sal 106,13-33

La descripción del pecado del pueblo en la protesta por falta de pan (vv. 13-15) presenta un progreso de menos a más: olvidar, no confiar, codiciar y tentar a Dios. Son los aspectos del pecado que van apareciendo también progresivamente al hilo del recuerdo de los distintos episodios del desierto: olvidar (v. 21), desconfiar (v. 24), comer (v. 28), irritar —tentar— (v. 32). Aunque Dios salva, no deja sin castigo, como indicaría la segunda parte del v. 15 —si bien los Setenta y la Neovulgata interpretan «hartura» en vez de «debilidad»—. La rebeldía contra Moisés y Aarón (vv. 16-18) está narrada en Nm 16. El episodio del becerro de oro (vv. 19-23) se recoge en Ex 32 (cfr Dt 9,7-21). «Su gloria» (v. 20) es en el texto hebreo más común «la gloria de ellos», aunque algunos manuscritos corrigen «la gloria de Él», pues la gloria sólo pertenece a Dios. En cualquier caso Dios es la «gloria de ellos». La murmuración en el desierto (vv. 24-27) se encuentra narrada en Nm 14,2-35; pero en el salmo el castigo se hace recaer no sólo sobre la generación del desierto (v. 26), sino sobre sus descendientes (v. 27) aludiendo al destierro (cfr v. 46). Al recordar los sucesos de Sitim (vv. 28-31) (cfr Nm 25,1-18) se alaba, como en el libro de los Números, el brutal acto de Fineás (o Pinjás) que dio muerte a un israelita y a la madianita que había tomado para sí. Trastocando el orden en el que aparecen los sucesos en el libro de los Números, termina la exposición de los pecados del pueblo en el desierto con el episodio de Meribá (vv. 32-33; cfr Nm 20,1-13; Ex 17,1-7), donde el pueblo «tentó a Dios» (Ex 17,7). El salmista muestra su empeño de disculpar a Moisés (v. 32), que por su especial relación con Dios es modelo de intercesor para el salmista (cfr v. 23): «De esta intimidad con el Dios fiel, tardo a la cólera y rico en amor (cfr Ex 34,6), Moisés ha sacado la fuerza y la tenacidad de su intercesión. No pide por él, sino por el pueblo que Dios ha adquirido. Moisés intercede ya durante el combate con los amalecitas (cfr Ex 17,8-13) o para obtener la curación de María (cfr Nm 12,13-14). Pero es sobre todo después de la apostasía del pueblo cuando “se mantiene en la brecha” ante Dios (Sal 106,23) para salvar al pueblo (cfr Ex 32,1-34,9). Los argumentos de su oración (la intercesión es también un combate misterioso) inspirarán la audacia de los grandes orantes tanto del pueblo judío como de la Iglesia. Dios es amor, por tanto es justo y fiel; no puede contradecirse, debe acordarse de sus acciones maravillosas, su gloria está en juego, no puede abandonar al pueblo que lleva su Nombre» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2577).

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Sal 106,34-43

El pecado del pueblo ya en la tierra viene presentado en su aspecto de desobediencia, ya que Israel no hizo allí lo que Dios le había mandado (vv. 34-35), y sí en cambio lo que les había prohibido (vv. 36-39). En estos versículos se resume el peor pecado de Israel, que queda generalizado a la época de los Jueces y de los Reyes, y que desemboca en el castigo del destierro (vv. 40-42). La relación de Dios con el pueblo en ese tiempo la resume el v. 43 según la visión deuteronomista (cfr Dt 4,21-31).

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Sal 106,44-46

En el momento final, sin embargo, Dios ha escuchado a su pueblo recordando la Alianza y actuando con misericordia.

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Sal 106,47-48

La forma de actuar de Dios con su pueblo motivaba la acción de gracias inicial (v. 1), y motiva ahora la petición por parte del pueblo (v. 47). La alabanza del v. 48 no sólo cierra este salmo sino la parte IV del libro. Posiblemente se trata de una adición de carácter editorial al hacer la agrupación final de los salmos en cinco «libros».

La misericordia de Dios hacia su pueblo, cantada en este salmo, ha llegado a su punto culminante y se ha hecho extensiva a todos los hombres en Jesucristo: «Éste es el Hijo de Dios, que en su resurrección ha experimentado de manera radical en Sí mismo la misericordia, es decir, el amor del Padre, que es más fuerte que la muerte. Y es también el mismo Cristo, Hijo de Dios, quien al término —y, en cierto sentido, más allá del término— de su misión mesiánica se revela a Sí mismo como fuente inagotable de la misericordia, del mismo amor que, en la perspectiva ulterior de la historia de la salvación en la Iglesia, debe confirmarse perennemente más fuerte que el pecado. El Cristo pascual es la encarnación definitiva de la misericordia, su signo viviente: histórico–salvífico y a la vez escatológico» (Juan Pablo II, Dives in misericordia, n. 8).

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Libro V: Salmos 107-150

Esta parte del libro recoge algunos grupos de salmos bien delimitados. Tras Sal 110, del que ya se ha hablado (cfr nota a Sal 101), viene una colección de cánticos de alabanza que se utilizaba en las liturgias de Pascua (Sal 111-118); después es insertado el grupo de «cantos de las subidas» (Sal 120-134); a continuación un grupo de oraciones atribuidas de nuevo a David (Sal 138-145) y, finalmente, cinco composiciones enmarcadas con el término «Aleluya» (Sal 146-150). La secuencia de estas series ha motivado seguramente la introducción de algunos otros salmos como nexo entre ellas. En esta parte predominan las expresiones y sentimientos de alabanza.

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Salmo 107

Como sucedía en Sal 1, Sal 73 y Sal 90, con los que se iniciaban las partes I, III y IV, Sal 107 tiene un marcado tono sapiencial. Quizá por eso, además de la razón señalada antes (cfr Sal 90), se hizo comenzar aquí la parte V en la recopilación final de los salmos. Sal 107 guarda una relación clara con Sal 104 en cuanto que ambos presentan la acción providente y amorosa de Dios sobre sus criaturas: en aquél sobre los animales, en éste sobre los hombres. Ambos salmos sirven de marco inmediato a Sal 105 y Sal 106 que cantan la fidelidad y la misericordia del Señor con su pueblo. Por el lugar que ocupa Sal 107 viene además a mostrar cómo Dios ha reunido a los cautivos (cfr Sal 106,46; Sal 107,2-3) y ha socorrido a su pueblo (cfr Sal 106,44; 107,33-41). De esta forma el lector puede aprender ahora a clamar ante el Señor y a darle gracias.

Comienza con la invitación a dar gracias dirigida a aquellos que han experimentado la misericordia del Señor (vv. 1-3) y, a continuación, presenta cuatro grupos de personas que pasaron por situaciones angustiosas, clamaron al Señor y Él las libró (vv. 4-32): los perdidos en el desierto (vv. 4-9); los prisioneros tras la derrota por haber pecado (vv. 10-16); los enfermos a causa de sus culpas (vv. 17-22); y los que estuvieron a punto de zozobrar en el mar (vv. 23-32). La súplica de cada grupo (vv. 6.13.19.28) y la invitación que se les hace a dar gracias al Señor (vv. 8.15.21.31) se presentan a modo de estribillos. Después se introduce una enseñanza sobre cómo Dios cambia las situaciones para socorrer a los hambrientos (vv. 33-38) y levantar de la miseria al pobre (vv. 39-42). Concluye invitando a ser sabios y a entender (v. 43).

El cambio de las situaciones debido al querer de Dios, que se describe a lo largo de este salmo, se ha manifestado de manera eminente en la Encarnación de nuestro Señor Jesucristo, y en su anuncio del Reino de Dios (cfr Mt 4,13-17). Así lo proclama la Santísima Virgen después de la Anunciación, reconociendo que Ella, humilde sierva del Señor, ha sido agraciada con el don de ser la madre del Mesías. Dios ha actuado con Ella según la forma de proceder descrita en el v. 9: «Colmó de bienes a los hambrientos» (Lc 1,53).

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Sal 107,1-3

Comienza con una introducción litúrgica (cfr Sal 118) y, probablemente, los estribillos introducidos a continuación reflejan respuestas del pueblo o del coro en la acción cultual. Los reunidos de los cuatro puntos cardinales (v. 3) incluyen a los dispersados —a sus descendientes— en las invasiones asiria y babilónica.

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Sal 107,4-9.10-16

El salmista habla de forma poética. Las menciones a los errantes por el desierto (vv. 4-9) y a los prisioneros cautivos (vv. 10-16; cfr Is 42,7) recuerdan indirectamente situaciones por las que pasó el pueblo de Dios en el desierto, en la tierra (cfr Is 9,2) y en la cautividad. Sin embargo, aquí se generaliza, incluyendo a todos los hombres (vv. 8.15; etc.), que sufrieron situaciones semejantes.

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Sal 107,17-22

Vuelve a aparecer aquí la relación entre enfermedad y pecado (cfr Sal 6), presentando la curación como consecuencia de un oráculo divino (v. 20) que, quizá pronunciado por el sacerdote o por el profeta (cfr 2 R 20,4-6), la anunciaba.

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Sal 107,23-32

Entre los que se hacen a la mar para comerciar podían contarse también los judíos (cfr 1 R 9,26-28; 10,23). En el mar se muestra el poder de Dios sobre las aguas caóticas (cfr Sal 104,6-7.25-26).

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Sal 107,33-38.39-42

La forma de actuar Dios, aunque se expresa en afirmaciones de tipo general, puede reflejar la historia del pueblo que, castigado con sequías (vv. 33-34; cfr 1 R 17,1-7; 2 R 8,1) y bendecido con lluvias (v. 35; cfr 1 R 18,44-45), cuando ya había prosperado (vv. 36-38) fue humillado y llevado al destierro (vv. 39-40), y luego nuevamente favorecido por Dios (v. 41). Las imágenes son parecidas a las que se emplean en el libro de Isaías (cfr Is 35,6-7; 41,18; 43,19-20; etc.), que bien pudo influir en la composición de esta segunda parte del salmo que concluye con el v. 42.

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Sal 107,43

Este verso final hace de conclusión a todo el salmo, presentándolo como una lección de sabiduría acerca de la misericordia del Señor por la que se le ha dado gracias (cfr v. 1). Y San Agustín comenta: «¿Por qué [el sabio] retiene estas cosas? Porque entenderá las misericordias del Señor, no sus méritos, sus propias fuerzas, su propio poder. (…) ¿Cómo las retendrá? Por la humildad» (Enarrationes in Psalmos 106,15).

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Salmo 108

Este salmo, por el lugar que ocupa, viene en cierto modo a secundar la invitación con la que se cerraba el salmo anterior: «Quién sea sabio… entienda las misericordias del Señor» (cfr Sal 107,43). Las entiende el salmista, y las proclama (Sal 108,5). Los «pobres» (cfr Sal 107,41) o «predilectos» (Sal 108,7) del Señor gozan de su salvación. Se trata de la misericordia divina que, en correspondencia a como se canta en Sal 103 con el que el 108 guarda un paralelismo en el conjunto de Sal 101-110, es más grande que los cielos (cfr Sal 103,11; 108,5), mientras que del hombre poco puede esperarse (cfr Sal 103,14-16; 108,13).

El orante comienza expresando ante Dios su disposición a la alabanza (vv. 2-5) y continúa con la petición de que Dios actúe (v. 6) y salve a su pueblo (v. 7). A continuación presenta el oráculo de salvación pronunciado por el Señor (vv. 8-10) y expresa su confianza en que Él le llevará de nuevo a la victoria (vv. 11-14). La alabanza y la primera parte de la petición (vv. 2-6) reproducen Sal 57,8-12; la segunda parte de la petición y el resto del salmo (vv. 7-14) son copia de Sal 60,7-14. Se han unido dos piezas que encontramos en esos dos otros salmos para componer una nueva oración de alabanza que cante la manifestación de la misericordia de Dios con su pueblo dándole la victoria sobre los enemigos.

La alabanza a Dios por su misericordia, al librar al pueblo de sus enemigos para que pueda realizar proezas (v. 14), vuelve a resonar en el cántico de Zacarías ante el inminente nacimiento del Salvador, cuando el padre de Juan Bautista bendice a Dios por concedernos «que, libres de la mano de los enemigos, le sirvamos sin temor, con santidad y justicia en su presencia todos los días de nuestra vida» (Lc 1,73-74).

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Sal 108,2-5

La invocación a Dios, en vocativo, del v. 2 aparece en los vv. 6 y 12, dando así unidad al salmo. La alabanza que se tributa litúrgicamente en el Templo se considera contemplada por todas las naciones.

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Sal 108,6

La petición va encaminada en primer lugar a que la gloria de Dios sea reconocida universalmente.

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Sal 108,7

La manifestación de la gloria divina se realiza precisamente salvando a su pueblo.

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Sal 108,8-10

Los «pueblos» y las «naciones» del v. 4 hallan su concreción en los mencionados en el v. 10. La petición del v. 6 se concreta ahora en la súplica de victoria militar sobre los pueblos enemigos de Israel (v. 10), porque la gloria de Dios se alza sobre toda la tierra. En estas correspondencias se muestra la unidad de la composición.

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Sal 108,11.12-14

cfr Sal 60,11-14. La total confianza en Dios expresada en estos salmos la vive el cristiano desde la fe en Jesucristo: «No pongamos la esperanza sino en Dios sólo. No digamos: “Si me ocurriera esto o aquello, ¿de qué viviré?”. Yo te contesto: “Si se desata la persecución, cosa bien grave, ¿de qué vivirás?”. El cristiano siempre está en tiempo de persecución y siempre tiene delante la indigencia total. Por tanto nadie puede tenerse como señor de su propia vida, nadie debe tener miedo y nadie debe decir: “Si envejezco, ¿de qué viviré?, si enfermo, ¿con qué podré subsistir?”. ¿Tú posees ya a Cristo y tienes miedo? Si alimenta a los pájaros del cielo, ¿dudas de que puede alimentarte a ti? El diablo alimenta a sus adeptos, y Cristo ¿va a dejar de alimentar a sus siervos? (…) Alejemos pues de nuestros corazones todas las preocupaciones y digamos: con Dios haremos proezas» (S. Jerónimo, Breviarium in Psalmos 107,14).

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Salmo 109

Situado en este lugar, el salmo 109 completa la súplica por la salvación del pueblo (cfr Sal 108,7) con la petición por la salvación del salmista (Sal 109,26). Dios se alza para salvar a uno y a otro (cfr Sal 108,6; 109,31). Como en Sal 102, al que corresponde en el orden inclusivo de este grupo de salmos, Sal 109 pide la misericordia de Dios sobre un miembro del pueblo en situación de angustia (cfr Sal 102,14; 109,26).

Comienza con la apelación a Dios de un hombre acusado y odiado injustamente (vv. 1-5) y, a continuación, expresa sus deseos de un castigo divino a los impíos (vv. 6-15), y expone las malas acciones que merecen tal castigo (vv. 16-20). Después, el salmista pide para él, pobre y necesitado, la misericordia del Señor (vv. 21-25). Concluye con la petición de socorro para el orante y de venganza para sus enemigos (vv. 26-29), y con la promesa de alabar a Dios (vv. 30-31).

Una forma de entender este salmo y su estructura es suponer que los deseos expresados en los vv. 6-19 pertenecen a la acusación levantada contra el salmista y el v. 20 a su respuesta. Se evita así atribuir al autor del salmo los sentimientos expresados en esos versículos. Pero también puede entenderse que los vv. 6-15 son pronunciados ante un tribunal por algún enemigo del salmista (cfr vv. 2.4.28-29), y que éste responde (vv. 16-20) poniendo al descubierto la maldad de aquél. En este caso las palabras del salmista, que emplea frases comunes para indicar el castigo del Señor y desea que tal castigo se realice, reflejan la mentalidad de una época en la que todavía no se había llegado a la plenitud de la Revelación con Cristo y se actuaba conforme a la ley del talión.

El dolor del inocente perseguido sin razón y a pesar de su amor (vv. 3.4), lo experimentó en grado supremo nuestro Señor Jesucristo cuando gritó: «Mi alma está triste hasta la muerte» (Mt 26,38). Pero la actitud del Señor hacia sus perseguidores muestra cuál es la nueva ley del amor: pide a Dios el perdón para aquéllos, porque no saben lo que hacen (cfr Lc 23,34).

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Sal 109,1-5

Con la forma inicial de invocar a Dios —«Dios de mi alabanza»— se expresa ya confianza en Él (cfr v. 30) y se indica que Dios es el mismo a quien se viene alabando en los salmos anteriores (cfr Sal 108,4; etc.). El salmista aduce su inocencia (v. 4; cfr Sal 7,4-6) y expone ante Dios el contraste entre la actitud de sus acusadores y la suya propia que ha sido de amor hasta ese momento (vv. 3-5).

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Sal 109,6-15

Quizá ha de entenderse que los acusadores son los propios familiares del orante. Aun viendo en los vv. 6-15 los deseos del salmista —es la interpretación más probable, ya que comienza a modo de oración (v. 6) y concluye nombrando al Señor (v. 15)—, tales deseos no son otra cosa que reflejo exacto de los que tienen contra él sus enemigos (vv. 7.17). Se desea que sufran tres males contados entre los peores: un juicio en el que no puedan defenderse dada la maldad del juez —«un impío»— y la saña del acusador —en hebreo «satán»— (vv. 6-7); que mueran y los suyos sufran las consecuencias del abandono (vv. 8-10), y que desaparezcan sus bienes y su descendencia (vv. 11-15). San Lucas ve cumplidas las palabras del v. 8 —«que su cargo lo ocupe otro»— en la muerte de Judas Iscariote y en la elección de San Matías (cfr Hch 1,20).

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Sal 109,16-20

A modo de argumentación para justificar tales deseos se apela a la ley del talión: maldición completa (vv. 18-19), ya que no sólo no fue misericordioso con el pobre, sino que lo quiso eliminar (vv. 16-17). El salmista espera que Dios actúe aplicando esa ley a sus acusadores (v. 20). Debido a estas duras imprecaciones, en la liturgia actual de la Iglesia no se recita este salmo. Con todo, la Iglesia ha subrayado el carácter medicinal de estas expresiones: «En cuanto a las maldiciones de varones santos (cfr Sal 6; 79 y 109), pronunciadas contra impíos, es manifiesto, según la doctrina de los Santos Padres, que son o predicciones de males que habían de sucederles, o que eran dirigidas contra el pecado para destruir los efectos de la culpa, dejando a salvo las personas» (Catecismo Romano 4,5,7). En cualquier caso, para el lector cristiano las palabras de este salmo son, por contraste, una llamada a cambiar en perdón todo deseo de venganza: «También nosotros debemos perdonar a los que nos ofenden, ya que todos estamos bajo la mirada de nuestro Dios y Señor y todos compareceremos ante el tribunal de Dios, y cada uno dará cuenta a Dios de sí mismo» (S. Policarpo de Esmirna, Ad Philippenses 6,2).

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Sal 109,21-25

El orante se presenta ante Dios como «pobre y necesitado» (v. 22), que espera en la misericordia divina (v. 21), ya que no encuentra misericordia en sus acusadores (vv. 16.25) en el momento en que se siente enfermo de muerte (vv. 23-24).

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Sal 109,26-29

La petición pone en contraste lo que los acusadores del salmista hicieron con él y lo que espera que Dios haga por él.

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Sal 109,30-31

La protección divina es el mejor testigo de la inocencia del salmista.

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Salmo 110

Con este salmo se cierra el grupo de Sal 101-110 que se abría con la presentación de un gobierno justo por parte del rey (cfr Sal 101). La atención a la figura del rey sirve de marco a una colección de súplicas y acciones de gracias en cuyo centro está la contemplación de la fidelidad de Dios a su Alianza (Sal 105) y de su misericordia hacia su pueblo (Sal 106). En el lugar que ocupa, Sal 110 muestra además, frente a la debilidad del salmista suplicante en el salmo anterior (cfr Sal 109), la dignidad y el éxito que el rey tiene porque Dios se los otorga (cfr Sal 2; 72).

El salmo presenta un primer oráculo en el que Dios hace al rey su lugarteniente (v. 1) y luego se comentan las consecuencias para los enemigos y para el pueblo (vv. 2-3). A continuación se declara, en otro oráculo, el sacerdocio del rey (v. 4) y se hace un comentario sobre su dominio universal (vv. 5-7).

La tradición judía entendió que en este salmo se habla directamente del rey Mesías, hijo de David; los cristianos, siguiendo la interpretación hecha por Jesús, vieron anunciadas en sus palabras la condición divina de Cristo, verdadero Hijo de Dios, y su sacerdocio eterno. Ha de leerse, por tanto, como una profecía.

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Sal 110,1

La atención que presta a los aspectos guerreros y militares lleva a situar este salmo en la primera época de la monarquía. La forma de introducir el primer oráculo —«Oráculo del Señor (Yhwh) a mi señor (adonay, el rey)— ha hecho pensar que fuera pronunciado por David, como un oráculo acerca de Salomón (cfr 2 S 23,1-3) al que reconoció como rey antes de morir (cfr 1 R 1,34.46-48). En realidad pudo componerse para cualquier rey de la dinastía davídica. Estar sentado a la derecha significa ocupar un lugar de honor y participar de una dignidad similar a la del personaje principal (cfr Sal 45,10 a propósito de la reina respecto al rey). Al ser leído el oráculo en la entronización del rey se reafirmaba la promesa de que Dios le ayudaría a vencer completamente a sus enemigos. Jesús empleó y citó expresamente este salmo cuando planteó a los judíos que si David, a quien todos atribuían el salmo sin dudar, llama «señor» al Mesías, ¿cómo puede éste ser un descendiente suyo? (cfr Mc 12,35-37 y par.). El Mesías es muy superior a David puesto que éste le llama «Señor». De esta forma Jesús mostraba el carácter trascendente de su mesianismo. El salmo por tanto se cumple en Jesucristo.

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Sal 110,2-3

Aunque es el rey quien ocupa visiblemente el trono en Jerusalén (Sión), en realidad es el Señor, que también reside en Jerusalén, en el Templo, quien da al rey el poder y la victoria. El comienzo del v. 3 dice, según el texto hebreo: «Tu pueblo viene voluntario el día de tu poder». Se expresaría así el reconocimiento del pueblo que se presenta voluntariamente para engrosar el ejército —«poder»— del rey; pero este sentido no es seguro. Los traductores del libro al griego, los Setenta, entendieron: «Para ti el principado en el día de tu poder», que significaría la permanencia del rey en el trono tras las victorias sobre los enemigos. Esta misma traducción sigue la Neovulgata. Asimismo, la segunda parte del v. 3, siguiendo el texto hebreo, sería: «Entre galas sagradas, desde el seno de la aurora, tienes el rocío de tu juventud». Expresaría el esplendor y la perenne juventud del rey, o que el rey cuenta con la adhesión cada mañana de abundantes jóvenes guerreros. Las versiones citadas lo comprenden de otra forma, tal como hemos traducido. Así significaría la filiación adoptiva del rey por parte de Dios como en Sal 2. En este sentido, sería asimismo parte del protocolo de la coronación del rey.

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Sal 110,4

Como otros reyes de la antigüedad, David y Salomón ejercieron el sacerdocio (cfr 2 S 6; 1 R 8). Aquí se dice «sacerdote eterno» porque Dios es fiel a sus promesas, y si prometió a David un trono firme para siempre (cfr 2 S 7,16), el de Jerusalén, a ese trono iba unida la dignidad sacerdotal de Melquisedec, antiguo rey de la ciudad, que bendijo a Abrahán cuando éste le presentó ofrendas (cfr Gn 14,18-20). Así el rey recibe el sacerdocio no por la vía de descendencia familiar, como los hijos de Aarón y de Leví, sino directamente de Dios. En la Carta a los Hebreos se explica con amplitud cómo este salmo se cumple en Jesucristo, el Hijo de Dios, en cuanto que Él es el sacerdote eterno según el orden de Melquisedec. Ya al comienzo de la carta, Cristo es presentado como superior a los ángeles, pues a ningún ángel se dijeron jamás, como a Jesús, las palabras del v. 1 «Siéntate a mi diestra» (Hb 1,13). Jesucristo no se apropió la gloria del sumo sacerdocio, sino que le fue otorgada por el Padre al decirle: «Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec» (v. 4; Hb 5,6). En Él, por tanto, tenemos el ancla de nuestra esperanza, pues aquello a lo que Dios se había comprometido con juramento (Sal 110,4) queda cumplido en Jesús, que entró en los cielos por nosotros como precursor hecho a semejanza de Melquisedec, Sumo Sacerdote para siempre (Hb 6,19-20). Jesús no pertenecía a la tribu de Leví, como tampoco el rey del que se habla en el salmo. Por eso el autor de la Carta a los Hebreos emplea también el v. 4 para mostrar que el sacerdocio de Jesucristo, otorgado directamente por Dios con juramento (Hb 7,20-22), significa que el sacerdocio levítico era algo transitorio que con Cristo ha dejado de tener validez.

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Sal 110,5-7

En virtud de la dignidad sacerdotal recibida se augura al rey la protección divina —«a tu derecha», empleando de otra forma la misma imagen del v. 1— que le va a otorgar un dominio universal (vv. 5-7). «Día de su ira» significa el momento en que intervenga y, según la literalidad del texto, se refiere a Dios que sería asimismo el sujeto de las frases que siguen (vv. 5b-7). Se trata de una acción divina presentada a modo de la acción de un rey guerrero que, tras vencer totalmente a los demás pueblos destruyendo sus ejércitos, impone su poder (v. 6) y recorre tranquilo y victorioso su camino (v. 7). Sin embargo, el sujeto de los versículos 6-7 podría ser el rey que, porque Dios le protege a él y expulsa a otros reyes (v. 5), obtiene dominio universal (v. 6), paz y gloria (v. 7). Se interpreten de una u otra forma estos versículos, se trata en definitiva del dominio ejercido por el rey, bien porque Dios se lo entrega, bien porque lo protege para obtenerlo. «Nuestro Salvador fue verdaderamente ungido, en su condición humana, ya que fue verdadero rey y verdadero sacerdote, las dos cosas a la vez, tal y como convenía a su excelsa condición. El salmo nos atestigua su condición de rey, cuando dice: Yo mismo he establecido a mi rey en Sión, mi monte santo. Y el mismo Padre atestigua su condición de sacerdote, cuando dice: Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec. Aarón fue el primero en la ley antigua que fue constituido sacerdote por la unción del crisma y, sin embargo, no se dice: “Según el rito de Aarón”, para que nadie crea que el Salvador posee el sacerdocio por sucesión. Porque el sacerdocio de Aarón se transmitía por sucesión, pero el sacerdocio del Salvador no pasa a los otros por sucesión, ya que Él permanece sacerdote para siempre, tal como está escrito: Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec. El Salvador es, por lo tanto, rey y sacerdote según su humanidad, pero su unción no es material, sino espiritual. Entre los israelitas, los reyes y sacerdotes lo eran por una unción material de aceite; no que fuesen ambas cosas a la vez, sino que unos eran reyes y otros eran sacerdotes; sólo a Cristo pertenece la perfección y la plenitud en todo, Él, que vino a dar plenitud a la Ley» (Faustino Luciferiano, De Trinitate 39).

Éste es uno de los salmos que la Iglesia utiliza en la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, para expresar que Jesús es el Sacerdote que nos ofrece el pan y el vino de su Cuerpo y de su sangre.

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