Capitulo 20
San Juan nos va presentando en estas últimas visiones la destrucción de los adversarios del Cordero. La Roma pagana ha sido destruida y quemada por la misma Bestia y los reyes de la tierra (c.18). Después son vencidas por la espada del Verbo y arrojadas al lago de fuego las dos Bestias (19:19-21). Pero todavía quedaba con vida el Dragón, el instigador a la lucha contra Cristo y su Iglesia, del cual eran instrumentos los demás enemigos del reino de Dios. El vidente de Patmos se propone describirnos ahora la derrota final del Dragón (20:1-10). En esta visión, el autor sagrado prosigue la narración lógica, interrumpida en el capítulo 12:9, con la inserción de cierto número de visiones particulares. El Dragón es vencido también, encadenado y encerrado durante mil años. Con esto llega la paz del milenio. Al final del milenio es soltado de nuevo el Dragón, que intenta destruir otra vez a la Iglesia. Se da una gran batalla de Satanás contra la Iglesia, en la que el Dragón es definitivamente derrotado y encerrado por siempre en el infierno (20:7-10). El capítulo 20 termina con el juicio final delante del trono de Dios (20:11-15) 1.
El reino de mil años, 20:1-6
1 Vi un ángel que descendía del cielo, trayendo la llave del abismo y una gran cadena en su mano. 2 Cogió al dragón, la serpiente antigua, que es el diablo, Satanás, y le encadenó por mil años. 3 Le arrojó al abismo y cerró, y encima de él puso un sello para que no extraviase más a las naciones hasta terminados los mil años, después de los cuales será soltado por poco tiempo. 4 Vi tronos, y sentáronse en ellos, y fueles dado el poder de juzgar, y vi las almas de los que habían sido degollados por el testimonio de Jesús y por la palabra de Dios, y cuantos no habían adorado a la bestia, ni a su imagen, y no habían recibido la marca sobre su frente y sobre su mano; y vivieron y reinaron con Cristo mil años. 5 Los restantes muertos no vivieron hasta terminados los mil años. Esta es la primera resurrección. 6 Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección; sobre ellos no tendrá poder la segunda muerte, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo y reinarán con El por mil años.
En esta sección del capítulo 20 tenemos dos cuadros distintos: el encadenamiento de Satanás en el abismo (v.1-3) y el reino de mil años de Cristo y de los elegidos (v.4-6) Condenadas al lago de fuego y azufre las encarnaciones humanas del Dragón, va a ser aprisionado ahora, finalmente, el mismo Dragón.
El vidente de Patmos contempla un ángel que desciende del cielo con las llaves del abismo y una gran cadena en su mano (v.1). Viene preparado para la misión que Dios le ha encomendado en favor de su Iglesia. Va a hacer prisionero al Dragón, encadenándolo y encerrándolo por cierto tiempo en el abismo. En Isaías 24:21-22 se dice que Dios castigará a los reyes de la tierra en el "día de Yahvé," "y serán encerrados, presos en la mazmorra, encarcelados en la prisión, y después de muchos días serán visitados." La idea de Isaías se parece bastante a la de San Juan. El Abismo en el cual será encerrado el Dragón es el lugar en que se encuentran las potencias infernales. Dios tiene el poder de abrir y cerrar este abismo 2, pues posee la llave del hades y de la muerte 3. De ahí que pueda mandar al ángel con la llave para encerrar en él al Dragón. Y, en efecto, el ángel cogió al Dragón y lo ató con la cadena durante mil años (v.2).
El autor sagrado identifica expresamente al Dragón encadenado con Satanás, o lo que es lo mismo, con el Diablo y la serpiente antigua 4. Esta última expresión alude al reptil seductor de nuestros primeros padres 5. Fue el que introdujo la desobediencia en el mundo. Y con la desobediencia entró el pecado y la muerte, como dice muy bien el libro de la Sabiduría: "Por envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los que le pertenecen." 6 Se le llama serpiente antigua porque ya aparece en los albores de la humanidad.
La prisión del Dragón en el Abismo durará mil años. Este período de tiempo tiene una importancia especial en esta sección, en donde se repite hasta cinco veces 7. Es el tema peculiar de esta primera parte del capítulo 20. El número mil años indica un tiempo muy largo, pero indefinido. Y, por largo que sea, en comparación con la eternidad resulta sólo un pequeño lapso de tiempo.
Una vez que el ángel encadenó al Dragón, lo arrojó al abismo y lo cerró con la llave, poniendo sobre él el sello de Dios, para que no pudiera salir y extraviar a las naciones (ν.3). Durante la prisiσn, que durará mil años, el Dragón no podrá seguir seduciendo a las naciones contra la Iglesia de Cristo. De este modo, los cristianos se verán libres de sus más fieros enemigos, que les perseguían a muerte. Y podrán gozar de paz durante todo este tiempo. Pasados los mil años, se le dará suelta al Dragón un poco de tiempo para que ponga en ejecución su postrera hazaña, a la que seguirá la derrota definitiva.
La prisión en la que es encadenado y encerrado el Dragón es distinta del lago de fuego, al que fueron arrojados la Bestia y el seudoprofeta, y en el que será arrojado luego el mismo Dragón 8. El lago es el lugar de tormento en el que expían sus pecados los condenados; el abismo, en cambio, es una prisión provisional de detenidos, en el que el Dragón sufrirá un castigo preliminar antes de su derrota definitiva. Sin embargo, no hay que tomar demasiado al pie de la letra las palabras de un libro como el Apocalipsis, en que tanto abunda el lenguaje figurado.
El encadenamiento del Dragón durante mil años significa la limitación de los poderes subversivos del demonio. Es la neutralización de su poder, de su actividad, disminuyendo aún más la libertad que se le había dejado en 12:9. Este encadenamiento del Diablo ha de entenderse en el mismo sentido que el del fuerte atado de Mt 12:29 9· San Agustín explica también nuestro pasaje en el sentido de una neutralización parcial del poder diabólico 10.
La expresión mil años es un número redondo, que designa, como ya dejamos dicho, un tiempo muy largo, de duración casi infinita. San Jerónimo y San Agustín, con la mayor parte de los exegetas que dependen de ellos, creen que estos mil años designan el período de tiempo existente entre la primera venida de Cristo y la consumación final. El corto período en que será librado Satán lo identifican con el período de tres años y medio de actividad del anticristo.
El Imperio romano idolátrico, hasta aquí animado por el espíritu de Satanás, reconocerá al fin su error, cesará de perseguir el nombre de Cristo, dará la paz a la Iglesia y se confesará él mismo cristiano. La mayor venganza de Dios está en que sus enemigos se conviertan a El reconociendo su error. Así se vengó el Señor de Saulo (San Pablo) cuando tan encarnizadamente le perseguía. Llegamos, pues, al día de la victoria y de la paz. ¿Cuánto durará esta paz? Los profetas no le ponen término. Tanto como el sol y la luna, dicen Jeremías H y el salmo 12. San Juan señala la duración de mil años, es decir, un espacio de tiempo muy largo, una eternidad. ¿Había de ser el profeta del Nuevo Testamento menos optimista que los del Antiguo Testamento? De ninguna manera. Sin embargo, los profetas del Antiguo Testamento nos presentan el mesianismo, o sea el reino de Dios, realizado en la tierra, mientras que, para el vidente de Patmos, esta realización sobre la tierra es tan sólo transitoria. Su realización definitiva será en el cielo, gozando de la vida eterna, que es la vida de Dios. Allí es donde tendrán pleno cumplimiento las palabras del ángel a la Santísima Virgen: "Y su reino no tendrá fin." 13
San Juan continúa describiéndonos su visión: ve que se colocan tronos y sobre ellos se sientan ciertos personajes para juzgar (v.4). Según el estilo apocalíptico, no dice quién coloca esos tronos. Tampoco se dice si es en la tierra o en el cielo. A la verdad, lo mismo puede ser abajo que arriba, pues los que en ellos se han de sentar son del cielo, mas, por su influencia, estarán también en la tierra. Los personajes que se sientan en los tronos lo hacen en función de jueces. Juan tampoco nos dice quiénes eran los que se sentaron en los tronos. En el Nuevo Testamento se dice de los doce apóstoles: "En verdad os digo que vosotros, los que me habéis seguido, en la regeneración, cuando el Hijo del hombre se siente sobre el trono de su gloria, os sentaréis también vosotros sobre doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel," 14 Pero también se dice de todos los cristianos que se sentarán en tronos y juzgarán al mundo: "¿Acaso no sabéis — dice San Pablo — que los santos han de juzgar al mundo? ¿No sabéis que hemos de juzgar aun a los ángeles?" 15 El vidente de Patmos, siguiendo esta misma doctrina, presenta a los fieles cristianos participando ya de la potestad regia y judicial de Jesucristo.
Entre todos estos cristianos ocupan un lugar preeminente los mártires que habían sido degollados por el testimonio de Jesús y los que no habían adorado a la Bestia ni habían recibido su marca. Estos son los que ve San Juan sentarse sobre los tronos preparados para juzgar. Todos éstos, es decir, los mártires y confesores, vivirán y reinaran con Cristo por espacio de mil años. El autor sagrado no nos dice dónde reinarán, si en el cielo o en la tierra. Pero parece que San Juan se refiere a un reinado de los fieles cristianos de índole espiritual. Una vez que el instigador a la guerra fue aprisionado, la paz reinará en la tierra por un tiempo indefinido. Es la duración del reinado del Príncipe de la paz 16. Los cristianos fieles a Cristo vivirán reinando, es decir, ejerciendo funciones de reyes. ¿Qué significa esto? Ante todo hemos de advertir que reinar con Cristo es participar de su autoridad soberana de rey. Jesucristo, como dice San Pablo, en premio de su obediencia hasta la muerte de cruz, recibió la suprema autoridad de Señor, de Soberano, sobre los cielos, la tierra y los infiernos 17. San Juan, por su parte, dice de Jesús que es Rey de reyes y Señor de señores 18. Esta es la realeza que el Salvador confesó poseer ante Pilato. ¿En qué consiste el ejercicio de esa realeza? Pues consiste en distribuir a los hombres la gracia que con su pasión nos mereció, de suerte que con ella unos alcancen la vida eterna y otros justifiquen la conducta de Dios al ser excluidos de ella. El Señor prometió a los apóstoles, como premio por haberle seguido, que se sentarían en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. Juzgar es igual que gobernar, que reinar sobre el pueblo de Dios, sobre la Iglesia. Lo que se promete a los apóstoles por haber seguido a Cristo, lo atribuye ahora el autor sagrado a los que en medio de las persecuciones le siguieron sin temor a la muerte. Dios hace justicia a los santos en cuanto que les concede la gracia de reinar en lugar de sus perseguidores.
La fe católica confiesa que el Señor honra a los santos del cielo otorgándoles influencia en el mundo por medio de su intercesión. Además, gusta de tomarlos como ministros suyos en la comunicación de su gracia, no porque de ellos tenga necesidad, sino para honrar a los que le honraron en la tierra. En esto consiste precisamente ese reinar de los fieles con Cristo por mil años. Entre todos ocupará el primer lugar la Virgen Madre, la Reina de los mártires, con su esposo, San José; después los apóstoles, según la promesa del Señor, y luego cuantos superaron las pruebas, cada uno según sus merecimientos. Esta gloria que los santos reciben después de su muerte es la primera resurrección, en la cual no toman parte los demás muertos (v.5). ¿Quiénes son estos muertos? Pues todos los demás que no han pasado por el fuego de la persecución. El vidente de Patmos parece mirar aquí principalmente a los que se mantuvieron fieles en la presente persecución, pues su propósito es alentar a los fieles a soportarla. Pero el motivo formal de su afirmación parece exigir que en esta categoría se incluyan también los que en tiempos anteriores pasaron por las mismas pruebas y los que habían de pasar en el futuro. Algunos autores, en cambio, interpretan la expresión los restantes muertos de los que adoraron a la Bestia. Estos idólatras no participarán con Cristo del reinado espiritual por espacio de mil años. Continuarán muertos hasta la resurrección corporal de todos los difuntos, y entonces resucitarán para ser castigados en el infierno 19. Según esto, el autor del Apocalipsis contrapondría la resurrección espiritual, por medio de la gracia, en este mundo, que tendrá su plena expansión en el cielo, y la corporal, al fin del mundo. La resurrección primera es la que se ejecuta ya en la vida presente mediante la gracia; la resurrección segunda tendrá lugar al fin del mundo, cuando resuciten corporalmente todos los muertos.
San Juan llama bienaventurados a los que tengan parte en esta primera resurrección, porque, si se mantienen fieles a la gracia, tienen ya asegurada la vida eterna; y la segunda muerte, es decir, la muerte eterna, no tendrá poder sobre ellos (v.6). El vidente de Patmos quiere consolar a los cristianos y animarlos para que se mantengan firmes en su fe. El que esto haga será dichoso y santo, en cuanto que será en el cielo lo que eran los sacerdotes en el templo de la tierra, que vivían cerca de Dios y en su presencia, presentándole las ofrendas y los sacrificios. Tendrá una relación más íntima, una especial vinculación con Dios, como la que tenían los reyes y los sacerdotes de la Antigua Ley. Será, como Jesucristo, rey, con poder para juzgar, y sacerdote, con potestad para ofrecerle las oraciones y los sacrificios de toda la Iglesia y de la humanidad 20.
Todo esto durará mil años. El que tenga parte en la primera resurrección, propia de los mártires y de los que han padecido por el nombre de Cristo, reinarán con Cristo por mil años y tendrán asegurada la resurrección final, porque el Señor ha afirmado: "Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque suyo es el reino de los cielos." 21
Este período de mil años tiene poca importancia en el conjunto del Apocalipsis. Sin embargo, en esta sección (20:1-6) se insiste varias veces en dicho lapso de tiempo. Todo el interés del Apocalipsis pasa directamente de los tres años y medio de persecución a la vida de la nueva Jerusalén, que durará por siempre.
El reino milenario de Cristo 22 ha recibido diversas explicaciones en el decurso de la historia. Para unos sería un reinado de Cristo con los suyos sobre la tierra; para otros, en cambio, se trataría de un reinado espiritual, bien en este mundo o bien en el otro. En el Antiguo Testamento, el reino glorioso del Mesías se coloca en la tierra, ya que la teología hebrea no llegó a descubrir la retribución en la vida futura hasta el siglo u a. C. 23 A partir de esta época, la etapa mesiánica se desdobla en dos fases: la terrena, sobre cuya duración no concuerdan los doctores judíos. Para Rabbi Aquiba sería de una duración de cuarenta años, en conformidad con el tiempo que estuvieron los hebreos en el desierto. Para el 4 de Esdras 7:28, la duración sería de cuatrocientos años, según el tiempo de la cautividad egipcia. Rabbi Eliezer (s.I d.C.) extiende la duración de la fase terrestre del mesianismo a mil años 24. San Juan parece seguir esta misma opinión, que debía de estar bastante extendida por los ambientes judíos palestinenses en el siglo I d.C. La otra fase del reino mesiánico era la celeste y ultraterrena, que sería la continuación de la etapa terrena. La doctrina judía sobre la etapa terrestre del mesianismo, es decir, sobre el milenarismo, debió de penetrar en los ambientes cristianos del siglo i. En las ideas de Cerinto encontramos ya vestigios de la doctrina milenarista, que se extenderá bastante entre los escritores cristianos de aquella época. Una antigua creencia judía, atestiguada en el Diálogo con Trifón (80-81), de San Justino, afirmaba que el reino mesiánico inauguraría el séptimo milenio del mundo. Jerusalén sería restaurada, resucitarían los patriarcas, los profetas y todos los santos, y vivirían en una gran prosperidad y paz. Esta creencia fue aceptada por diversos escritores cristianos de los primeros siglos, los cuales esperaban que Cristo reinase mil años en Jerusalén (cf. v.5) antes del último juicio. El autor de la Epístola de Bernabé (15:4-9) admite este milenarismo 25. Para él, el séptimo milenio sería el sábado del mundo, que precedería al octavo día, o sea a la eternidad, que ha de comenzar con el juicio final. Papías también creía en el reino de mil años, que tendría lugar después de la resurrección de los muertos. Cristo reinaría visiblemente sobre la tierra con los elegidos por espacio de un milenio. Durante este tiempo, la fecundidad de la tierra sería algo prodigioso 26. San Justino se inclina de igual modo en favor del milenarismo. Según él, después que el anticristo sea encadenado, Jerusalén será reedificada y habitada por los cristianos, en compañía de Cristo, durante mil años. Y estas ideas las atribuye al autor del Apocalipsis 27. También San Ireneo admite la creencia milenarista como una verdad de fe, principalmente porque muchos de los que la negaban rechazaban al mismo tiempo la resurrección de la carne 28. Lo mismo pensaron Tertuliano, siguiendo a los montañistas 29, y San Hipólito Romano, que defendió el milenarismo en contra del presbítero Cayo, el cual negaba la autenticidad joánica del Apocalipsis para combatir más de raíz el milenarismo. Se cuentan, además, entre los partidarios del milenarismo, Metodio de Olimpo, Apolinar de Laodicea, Lactancio, Victorino de Pettau.
Sin embargo, no hay que pensar que la creencia milenarista constituyese un dogma de la Iglesia primitiva. Muchos otros grandes escritores y santos del cristianismo primitivo, como San Clemente Romano, Hermas, Clemente Alejandrino, San Cipriano, San Dionisio de Alejandría 30, San Efrén, ignoran o combaten claramente el milenarismo. Orígenes escribió en contra de esta creencia milenarista, tratándola de necedad judía 31. San Jerónimo, siguiendo a Triconio, en numerosos pasajes de sus obras interpreta el milenarismo en sentido espiritual; aunque, por otra parte, se muestra bastante indulgente con las ideas milenaristas 32. Pero será San Agustín, después de algunas incertidumbres iniciales 33, el que dará la interpretación que se hará clásica en la Iglesia 34.
La interpretación espiritual dada por San Agustín consiste en lo siguiente: el milenio abarcaría todo el tiempo comprendido entre la encarnación de Cristo y su retorno glorioso al fin de los tiempos. Durante este tiempo, la actividad del Diablo será coartada y restringida. Cristo reinará con la Iglesia militante en la tierra hasta la consumación de los siglos. La primera resurrección ha de entenderse, por lo tanto, espiritualmente, y designa el bautismo, o sea el nacimiento a la vida de la gracia 35. La vida regenerada del cristiano es llamada primera resurrección, en contraposición a la resurrección general o segunda. Como la muerte primera, que es la separación del cuerpo y del alma, se opone a la segunda muerte o condenación eterna, comenzada en la tierra por el pecado; del mismo modo la primera resurrección se opone implícitamente a una segunda resurrección, que seguirá a la par usía y será corporal y general 36. Los tronos del v.4 significarían para San Agustín la jerarquía católica, que tiene el poder de atar y desatar. Por aquí se ve que San Agustín insiste principalmente sobre la Iglesia militante. Sin embargo, no hay que pensar que excluya la Iglesia triunfante, pues San Juan asocia íntimamente la una con la otra. Los bienaventurados, sobre todo los mártires, así como todos los fieles en general, reinan con Cristo ya antes de la par usía. Unos reinan mediante la vida de la gracia, los otros mediante la vida en la gloria. Por consiguiente, el milenio viene a ser como un cuadro de la vida de la Iglesia, tanto en su estadio provisorio como en el estadio definitivo. Los bienaventurados (mártires, confesores, etc.) reinan con Cristo en el cielo, y los fieles que vienen a este mundo reinan con Cristo mediante la vida de la gracia. "La profecía del milenio — dice el P. Alio —, que forma un cuerpo perfecto con las otras profecías del libro, es simplemente la figura del dominio espiritual de la Iglesia militante unida a la Iglesia triunfante, después de la glorificación de Jesús, hasta el fin del mundo" 37.
Algunos autores modernos sugieren otra interpretación: "La resurrección de los mártires simbolizaría la renovación de la Iglesia después de la persecución de Roma, como la resurrección de los huesos en Ezequiel 37:1ss simbolizaba la renovación del pueblo israelita después de la dispersión del destierro." 38
El milenarismo, después de San Agustín, fue perdiendo importancia, hasta desaparecer casi completamente. Sin embargo, ha dejado curiosos vestigios, como las oraciones para obtener la gracia de la primera resurrección, contenidas en antiguos libros litúrgicos de la Iglesia de Occidente 39. Y en diversas épocas han ido apareciendo obras que defienden las ideas milenaristas o muestran simpatía hacia ellas. La Iglesia no las ha condenado como heréticas, pero sí como erróneas, poniendo en el índice de libros prohibidos varios trabajos modernos.
Ultima batalla escatológica de Satanás contra la, Iglesia, 20:7-10
7 Cuando se hubieren acabado los mil años, será Satanás soltado de su prisión 8 y saldrá a extraviar a las naciones que moran en los cuatro ángulos de la tierra, a Gog y a Magog, y reunirlos para la guerra, cuyo ejército será como las arenas del mar. 9 Subirán sobre la anchura de la tierra, y cercarán el campamento de los santos y la ciudad amada. Pero descenderá fuego del cielo y los devorará. 10 El diablo, que los extraviaba, será arrojado en el estanque de fuego y azufre, donde están también la bestia y el falso profeta, y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos.
Pasados los mil años en que el Diablo estuvo encadenado, será soltado, y entonces se dedicará a seducir al mundo y a juntar fuerzas para dar el último asalto contra Dios (v.7). Como el Imperio romano y el sacerdocio pagano, simbolizados por las dos Bestias, ya habían desaparecido aniquilados por Jesucristo y su ejército, Satanás busca aliados y colaboradores en las hordas bárbaras de los escitas de Gog y Magog. Para la redacción de este último episodio de la lucha entre Cristo y Satanás, San Juan se ha inspirado en Ezequiel (v.38-39), en donde se habla de la invasión de Gog. Los pueblos escitas, a los que pertenecían Gog y Magog, se hicieron célebres en la literatura judía después de su invasión en Asia (630 a. C.) por su ferocidad. Ezequiel nos presenta a Israel recientemente restaurado, que habita en su tierra tranquilo y confiando más en la protección del Señor que en la fortaleza de sus ciudades, desprovistas de murallas. De las regiones del aquilón llega una invasión feroz de pueblos desconocidos, los cuales, atraídos por la fácil presa que Israel les ofrece, pretenden acabar con él. Pero el Señor interviene en favor de su pueblo, siembra la discordia en el campo de los invasores y unos a otros se destrozan totalmente.
Jesucristo también nos habla de que al fin de los tiempos las luchas perpetuas entre la ciudad del mundo y la ciudad de Dios se agravarán 42. Y San Pablo, escribiendo a los tesalonicenses, también dice que llegará un tiempo en que el hombre de iniquidad será dejado libre, y "entonces se manifestará el inicuo, a quien el Señor Jesús matará con el aliento de su boca, destruyéndole con la manifestación de su venida." 43
Pues lo que el Salvador y su Apóstol nos exponen en esta forma, San Juan nos lo va a declarar inspirándose, como ya dijimos, en Ezequiel. Al Diablo, una vez suelto, se le permitirá desarrollar su labor ordinaria, que es extravían a las naciones que moran en los cuatro ángulos de la tierra (v.8), es decir, en las fronteras del Imperio romano. Las organizará en torno a sus aliados Gog y Magog 44, formando con ellos un ejército numeroso como las arenas del mar, Gog era para los judíos y cristianos de los primeros siglos un conductor de hordas bárbaras contra Palestina y Jerusalén, como lo sería más tarde para el mundo cristiano Atila con sus ejércitos. Gog, por instigación diabólica, reunirá una inmensa horda salvaje y bárbara al fin de los siglos para destruir a la Iglesia de Cristo, que, como Israel después de la restauración, vivía tranquila en torno a su Señor. Y esa horda feroz, como los ejércitos de Gog en Ezequiel, subirá por la llanura 45 de la Tierra Santa para asediar el campamento de los santos y la ciudad amada (v.g), que es la Iglesia, y acabar con ella. Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento se emplea con frecuencia la expresión subir para indicar la ida a Palestina, y sobre todo a Jerusalén 46. Y, en efecto, la tierra de que nos habla San Juan designa Palestina; y la llanura debe de ser la de Esdrelón, lugar obligado de paso de los ejércitos invasores. Estas hordas invasoras deben de ser las mismas que juntaron los reyes de la tierra en Harmagedón para luchar contra Dios y el Cordero 47. Luego cercan el campamento de los santos, es decir, a los cristianos, que constituyen el verdadero pueblo de Dios, y a la ciudad amada, la Sión del Antiguo Testamento, que aquí representa la nueva Jerusalén, la Iglesia de Cristo. Pero Dios acudirá en auxilio de los suyos. Como en Ezequiel 48 y como en la literatura apocalíptica, la victoria se obtiene sin necesidad de lucha 49. El Señor hará descender fuego del cielo y los devorará. Con esto, el ejército invasor quedará totalmente destrozado. Satanás, que había tratado por todos los medios de destruir a la Iglesia, será definitivamente encarcelado. Ya no podrá volver a intentar la ruina de la nueva Jerusalén. Así terminarán las luchas seculares entre las dos ciudades: la de Dios y la del Diablo. Se trata, naturalmente, de las luchas de las naciones infieles y de las herejías contra la Iglesia, que al final de los tiempos se desencadenarán con redoblado encarnizamiento. Una vez vencido el Dragón en este combate final, será arrojado en el lago de fuego, en donde le habían precedido la Bestia y el seudoprofeta, y en donde serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos (v.10). La derrota de Satanás será definitiva. Ya no volverá a salir más del infierno, en donde se encontró con los emperadores que encarnaron a la Bestia, y los sacerdotes paganos y seudodoctores que combatieron el nombre de Cristo, tratando de seducir a los fieles 50. Allí serán atormentados sin fin, eternamente. El autor sagrado enseña claramente la eternidad de las penas del infierno. Y parece contemplar un período en que los enemigos de Dios y de su Iglesia desaparecerán totalmente. Tal vez se refiera al término del ciclo de la Iglesia perseguida y militante y al comienzo de la Iglesia triunfante. Se cierra el tiempo para dar principio a la eternidad 51.
Juicio final, 20:11-15
11 Vi un trono alto y blanco, y al que en él se sentaba, de cuya presencia huyeron el cielo y la tierra, y no dejaron rastro de sí. 12 Vi a los muertos, grandes y pequeños, que estaban delante del trono; y fueron abiertos los libros, y fue abierto otro libro, que es el libro de la vida. Fueron juzgados los muertos, según sus obras, según las obras que estaban escritas en los libros. 13 Entregó el mar los muertos que tenía en su seno, y asimismo la muerte y el infierno entregaron los que tenían, y fueron juzgados cada uno según sus obras. 14 La muerte y el infierno fueron arrojados al estanque de fuego; ésta es la segunda muerte, el estanque de fuego, 15 y todo el que no fue hallado escrito en el libro de la vida fue arrojado en el estanque de fuego.
El autor sagrado pone con esta escena punto final a todas las luchas y agitaciones terrestres. Toda oposición contra Cristo y su Iglesia es desterrada para siempre. De este modo se podrá volver a una paz y a una felicidad que superarán con mucho la paz y la felicidad de nuestros primeros padres en el paraíso terrenal 52. Será la felicidad ininterrumpida del cielo.
San Juan contempla a Jesucristo sentado en un trono, en disposición de juzgar al mundo. Es el juicio final, con el cual se pone término al drama terrestre. Dios va a asignar a cada uno la suerte que le han merecido sus obras por toda la eternidad. Dios mismo es el que juzga 53. El Juez supremo aparece sobre un trono. Y ante su presencia se produce un cataclismo, pues desaparecen el cielo y la tierra (v.11). El profeta Isaías también emplea una imagen bastante parecida: "La milicia de los cielos se disuelve, se enrollan los cielos como se enrolla un libro; y todo su ejército caerá como caen las hojas de la vid, como caen las hojas de la higuera." 54. A la apertura del sexto sello 55 se produjo una escena muy semejante, en la cual se debe de inspirar nuestro pasaje. Cuando Dios interviene en la historia, los elementos del cosmos se conmueven ante la presencia de su soberano Señor. La magnitud del cataclismo presente — el cielo y la tierra huyeron sin dejar rastro de sí — indica la importancia de la intervención divina.
El trono sobre el cual aparecía sentado Dios, el Juez supremo, era alto, para significar de algún modo la alta dignidad de quien se sienta en él 56. Su color era blanco, propio de los personajes celestes, y que simboliza la victoria, la santidad, la justicia y al mismo tiempo la misericordia 57. La majestad del que se sienta en el trono es tan grande, que los cielos y la tierra no pueden soportarla y desaparecen sin dejar ningún vestigio. Serán reemplazados por un cielo nuevo y una tierra nueva 58.
San Juan ve después delante del trono a los muertos que habían de ser juzgados (v.1a). Eran los hombres que habían muerto, pero que ahora habían vuelto a la vida. La multitud estaba compuesta de personajes que en el mundo fueron socialmente poderosos y grandes; pero tampoco faltaban los humildes y de condición baja. Todos estaban de pie delante del trono, esperando la sentencia del Juez supremo. Guando todos estuvieron reunidos, fueron abiertos varios libros. En unos estaban escritas las obras buenas y malas de cada uno de los hombres que habían de ser juzgados; pues, como dice el Libro de Henoc, "todo pecado es anotado día por día en el cielo en presencia del Altísimo." 59 Según lo que resultare de estos libros, recibirá cada uno la sentencia. Para unos será la bienaventuranza, para otros la condenación eterna. La Sagrada Escritura nos habla con frecuencia de los libros de Dios, como para indicar que en el juicio divino se sabrán todas las cosas que hicieron los mortales. Es un modo humano de concebir y expresar las cosas divinas, que de otra manera no podemos declarar. En realidad, como dice San Agustín 60, Dios no necesita de libros ni memoria para acordarse de lo que ha hecho cada uno. Su presciencia divina lo conoce todo y nada podrá escapar a su juicio infalible. Todos serán juzgados según sus obras. De donde se sigue que no basta la sola fe para salvarse, sino que son necesarias las obras buenas. En otro libro, es decir, en el libro de la vida 61, están escritos los nombres de los predestinados para la vida eterna. Cuantos no estén inscritos en este libro serán arrojados al conocido lago de fuego (v.15). Del libro de la vida se habla bastantes veces en la Biblia 62.
Todos los muertos tendrán que comparecer a juicio. Nadie se librará de él. Porque tanto el Mar, como la Muerte y el Infierno o Seol entregaron los muertos que tenían en su seno para que fueran juzgados según sus obras (v.15). El Mar, el Seol (Infierno) y la Muerte están aquí personificados como tres monstruos insaciables 63 o como poderosos carceleros que tenían a los muertos encerrados en remotísimas prisiones. Sin embargo, ante el mandato de Dios, tienen que entregar dócilmente las presas que consideraban suyas. En el salmo 139:8-9, el cielo, el mar y el seol son símbolos de los lugares más secretos e inaccesibles. Aquí significan que no hay lugar, por muy oculto que sea, que no tenga que restituir todos los muertos. Ni uno solo de ellos podrá librarse del juicio de Dios. El Seol (ó "Αιδης), que frecuentemente se traduce por infierno, no designa el lugar en donde los condenados serán atormentados por toda la eternidad. El seol, en el Antiguo Testamento, designaba una región tenebrosa, una especie de caverna adonde iban las almas de todos los hombres, buenos y malos, después de la muerte. En él no se daban ni premios ni castigos. Los muertos vivían en el Sheol en un estado de semiinconsciencia y eran considerados como sombras de la existencia terrena 64. Por consiguiente, el seol (6 "Αιδης), en el pasaje del Apocalipsis que estamos comentando, designa un lugar provisional que ha de desaparecer cuando Dios llame a juicio a los muertos.
La Muerte y el Seol, personificados, son castigados como culpables: fueron arrojados al estanque de fuego (v.14). Este castigo significa la ruina de su poder sobre la humanidad restaurada, es decir, sobre los elegidos. Su tiranía no se ejercitará ya más sobre los predestinados, sino sobre los réprobos. La victoria de Cristo sobre el pecado lleva consigo la victoria sobre la muerte, que nació del pecado 65. San Pablo nos dice que "el último enemigo reducido a la nada será la muerte." 66 En el mundo futuro no existirá la muerte, como sucedía en el paraíso terrenal antes del pecado original 67. Y, sin la muerte, el seol no tendrá ya más razón de ser.
El estanque de fuego, adonde fueron arrojados la muerte y el seol, es identificado con la segunda muerte, es decir, la condenación eterna. Se le llama segunda muerte por contraposición a la primera muerte, que se da cuando el hombre sale de este mundo. Esta segunda muerte, que supone la condenación eterna, es lo mismo que el infierno o estanque de fuego. En él serán arrojados todos los hombres culpables y en él padecerán eternos suplicios los que no están inscritos en el libro de la vida (v.15) 68. Son todos aquellos que no quisieron aprovecharse de las gracias que Jesucristo y su Iglesia les ofrecían. Esos tales serán arrojados al lago de fuego y de vida en premio de su buena conducta (Ex 32:32; Sal 69:29; 139:16). En dicho libro también están escritos los predestinados a la gloria (Fil 4:3; Ap 3:5; 13:8; cf. Le 10:20. Heb 12:23). azufre, al fuego eterno, en donde habrá llanto y crujir de dientes 69, fuego reservado para el Diablo y para cuantos le siguieron 70. Con esto termina la historia del mundo.
El autor del Apocalipsis hace hincapié, sobre todo, en la resurrección de los que no estaban inscritos en el libro de la vida. Después nos declarará la suerte dichosa de los justos en la nueva Jerusalén. Hay, pues, una resurrección final para buenos y malos. Pero para los buenos será resurrección para la vida; en cambio, para los malos será resurrección para la muerte eterna, para el juicio eterno 71.
1 Cf. P. Gaechter, The Original Sequence of Ap 20-22: Theological Studies 10 (1949) 485-521; M. C. Tenney, The Importance and Exegesis of Revelation 20:1-8: Bibliotheca Sacra ni (1954) 137-148; J. M. Kik, Revelation Twenty (Filadelña 1955) IX-92; R. Summers, Revelation 20. An Interpretation: Review and Expositor 57 (1960) 176-183. — 2 Ap 9:1. — 3 Ap 1:18. — 4 Cf. Ap 12:9. — 5 Cf. Gen 3:1-19. — 6 Sab 2:24. — 7 Ap 20:2.3.5.6.7. — 8 Ap 20:10. — 9 Cf. Me 3:27; Le ii,21. EnHenoc (18:12-16; 19:1-2; 21:1-6) se habla también del encadenamiento de los ángeles malos. — 10 "Alligatio diaboli — dice San Agustín — est non permitti exercere totam tentationem quam potest" (De chítate Dei 20:8:1). — 12 Sal 72:5-7· — 11 Jer 31:35- — 13 Le 1:33. — 14 Mt 19:28; Le 22.29-30. — 15 1 Cor 6:2-3; cf. Le 22:30. — 16 Is 9:6. — 17 Fil 2:7-11. — 18 Ap 19:16. — 19 M. García Cordero, o.c. p.204. — 20 Cf. Sal 110:4; Heb 5:9; 7:11.17. — 21 Mt 5:10. — 22 Del milenio ya hemos hablado en la Introducción p.31iss. Allí también se puede ver la bibliografía sobre este tema. — 23 El primer libro que nos habla en el Antiguo Testamento de la retribución en la vida futura es el de Daniel (12:2-3). Después también hablará el libro 2 de los Macabeos (7:9.14.23; 12:43-46) y el libro de la Sabiduría (3:1; 5:1.5.15.16). — 24 M. García Cordero, o.c. p.205-206. — 25 Cf. H. Bruders, La part de la Chronique ju'ive dans les erreurs de l'histoire universelle: NRTh 56 (1934) 937-939. — 26 Cf. Eusebio, Hist. Eccl. 39:11-13. — 27 Cf. San Justino, Dialogo con Trifón 80-81. — 28 San Ireneo, Adv. haer. 5:29:3ss; 5:31:1-2; 32:1; 35,i; 35:2: PG 7:1201-1221. — 29 Tertuliano, Adv. Marcionem 3:24: PL 2:355-356. — 30 Cf. eusebio, Hist. Eccl. 7:24. — 31 Cf. Proí. in Cant; De principiis 2:11:2. — 32 Cf. In haiam 18: PL 24:627. — 33 Serm. 259:2. — 34 De civitate Dei 20:7:1-2: PL 41:666-668. — 35 Rom 6:1-10; Gol 3:1-2; Fil 3:20; cf. Jn 5:25-28. — 36 E. B. Allo, o.c. p-324- — 37 E. B. Allo, o.c. p.328. — 38 M. E. Boismard, L'Apocalypse, en La Sainte Bible dejérusalem p.79. — 39 Cf. Dom Leclercq, Millénarisme, en Dicí. d'archéol. et liturgie XI 1192-1194. — 40 El P. Manuel de Lacunza y Díaz nació en Santiago de Chile en 1731. En 1747 entró en la Compañía de Jesús. Murió el 17 de junio de 1801. En los últimos quince años de su vida se dedicó al estudio del problema milenarista. El fruto de su estudio cristalizó en un libro cuyo título era La venida del Mesías en gloria y majestad. Cf. Beltrán Villegas, El milenarismo y el Antiguo Testamento a través de Lacunza: Dissertatio ad Laureara apud Pontif. Athenaeum "Angelicum" (Valparaíso 1951); A. F. Vaucher, Une célébrité oubliée: le P. Manuel de Lacunza y Díaz, S. I. (1731-1801) (Coilonges-sous-Saléve 1941). — 41 Cf. A AS 36 (1944) 212. Además de la bibliografía ya dada en las p. 31955, ofrecemos la que sigue sobre el milenarismo: E. B. Allo, L'Apocalypse de Sí. /ean 3 (París 1933) p.LXIU-LX1V.CXII-CXLIII; id., St. Paul et la double résurrection corporelle: RB 41 (1932) 187-209; W. A. Brown, Millenium, en A Dictionary ofthe Bible (Hastings) 3 (1900) 370-373; A. Har-Nack, Millenium, en TheÉncyclopedia Britannica n.a ed. 18 (1911) 460-463; T. de beláuste-gui, La conversión de los judíos y el fin de las naciones (Barcelona 1922); A. Colunga, Los sentidos de las profecías: Actas del Congreso Internacional de Apologética 2 (Vich 1910) p.63-81; H. Hopfl, De regno mulé annorum in Apocalypsi: VD 3 (1923) 206-210.237-241; ch. journet, La signification des prophéties touchant le royanme de Dieu: accord partiel d'un jésuite et d'un adventiste: Nova et Vetera 17 (1942) 438-451; J. B. frey, Le conflit entre le messianisme de Jesús et le messianisme des juifs de son temps: Bi 14 (1933) 133-149-269-293; O. Cullmann, Le Re-tour du Christ esperance de l'Église selon le Nouveau Testament: Coll Gahiers Théologiques de l'Actualité Protestante (París-Neuchátel 1948); C. H. Schaible, Las primeras ediciones de la obra de Lacunza: Revista Chilena de Historia y Geografía ni (1948) 205-271; R. Silva Castro, En torno a la bibliografía de Lacunza: ibid. 105 (1944) 167-182. — 42 Mt 24:21-22. — 43 2 Tes 2:3-8. — 44 Magog es citado en Gen 10:2 como hijo de Jefté. En Ez 38:2, Magog es el país o el reino del príncipe Gog. Este país estaba situado probablemente cerca del mar Caspio. En la literatura apocalíptica posterior, Gog y Magog designan claramente dos pueblos. Para el autor del Apocalipsis simbolizan las naciones paganas coligadas por el diablo contra la Iglesia. Cf. A. gelin, o.c. 658. — 45 Nácar-Colunga tienen la anchura; pero το ττλάτος tambiιn se puede traducir por la Ranura,'que parece estar más en conformidad con el pensamiento de San Juan. — 46 Cf. Le 2:4. — 48 Ez 38:22; 3 9:6. — 47 Ap 16:16. — 49 Cf. Ap 11:5. — 50 Ap 13:11-17. — 51 M. García Cordero, o.c. p.21o. — 52 Cf. J. H. Michael, A Vision ofthe Final Judgement, Ap 20:11-15: ExpTim 63 (1951' 1952) 199-201. — 53 En otros pasajes del N. T. es Jesucristo el juez del mundo (Mt 16:27; 25:31-46; Jn 5. 24; Act 17:31; 2 Cor 5>io), y ejecuta el juicio en nombre de Dios Padre (Jn 5:24; Act 17.3 1)· pues sólo Dios es juez (Mt 18:35; Rom 14:10). — 54 1834:4. — 55 Ap 6:12-14. — 56 Isó.i. — 57 Ap 6:2; 19:8. — 58 Ap 21:1. — 59 Libro de Henoc 98:7. — 60 De civitate Dei 20:14-15. — 61 Gf Ap 3:5; 13:8; 17:8; 21:27. A propósito de los libros en que estaban escritas las Dueñas y las malas acciones, cf. Is 65:6; Jer 22:30; Dan 7:10; Mal 3:16; Sal 139:16. — 62 En el libro de la vida tiene Dios escritos a sus amigos, a quienes se prometen largos años — 63 Ap 1:18; cf. Prov 27:20. — 64 Cf. J. Salguero, Antropología hebrea e incertidumbre sobre la otra vida: CultBib 19 (1962) 93-ss. — 65 Rom 5:12. — 66 1 Cor 15:26.54-50. — 67 Ap 21:4; cf. Is 25:8. — 68 Mt 25:41-45 — 69 Mt8,12; 13:42.50; 22:13. — 70 Ap 20:935. — 71 Jn5:29.
Capitulo 21
La nueva Jerusalén, 21:1-22:5
Después de haber descrito el exterminio de todos los enemigos de Dios y la desaparición del mundo del pecado, el vidente de Patmos pasa a describirnos el triunfo de la Iglesia 1. En una gloriosa visión que contrasta fuertemente con la de la destrucción y humillación de Babilonia (Roma) 2, San Juan nos presenta a la nueva Jerusalén. Contempla a ésta descendiendo del cielo, vestida como una novia, porque representa a la Iglesia, a la Esposa del Cordero. En Ap 19:6-9 ya se había hablado de las bodas del Cordero con su Esposa la Iglesia.
La fase terrestre de la Iglesia parece haber terminado en la perspectiva del hagiógrafo, y entramos en la eternidad. Lo que era objeto de esperanza — el vidente lo puso tantas veces ante los ojos de sus lectores para animarlos a sostener la lucha contra la Bestia — se ha convertido ya en una gloriosa realidad. Esta última parte del Apocalipsis desarrolla una visión trascendente, que insiste especialmente sobre la fase definitiva, eterna, de la Iglesia, pero sin omitir el aspecto espiritual y permanente de su fase de formación en este mundo. Ambas fases están, por lo demás, totalmente fundidas entre sí en la visión. Pero, en el conjunto, la visión prescinde completamente del fieri y del factura esse. El Apocalipsis siempre presenta en estrecha unión el aspecto militante y triunfante de la Iglesia 3.
Esta última sección del Apocalipsis viene a ser una especie de síntesis de todo el resto del libro 4.
Se puede dividir en los puntos siguientes: 1) La Jerusalén celeste (21:1-8). 2) Descripción de la Jerusalén futura, Esposa del Cordero (21:9-23). 3) En ella todos encontrarán abundantes bendiciones y la bienaventuranza eterna (21:24-22:5).
La Jerusalén celeste, 21:1-8
1 Vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido; y el mar no existía ya. 2 Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, del lado de Dios, ataviada como una esposa que se engalana para su esposo. 3 Oí una voz grande, que del trono decía: He aquí el tabernáculo de Dios entre los hombres, y erigirá su tabernáculo entre ellos, y ellos serán su pueblo y el mismo Dios será con ellos, 4 y enjugará las lágrimas de sus ojos, y la muerte no existirá más, ni habrá duelo, ni gritos, ni trabajo, porque todo esto es ya pasado. 5 Y dijo el que estaba sentado en el trono: He aquí que hago nuevas todas las cosas. Y dijo: Escribe, porque éstas son las palabras fieles y verdaderas. 6 Díjome: Hecho está. Yo soy el alfa y la omega, el principio y el fin. Al que tenga sed le daré gratis de la fuente de agua de vida. 7 El que venciere heredará estas cosas, y seré su Dios, y él será mi hijo. 8 Los cobardes, los infieles, los abominables, los homicidas, los fornicadores, los hechiceros, los idólatras y todos los embusteros tendrán su parte en el estanque que arde con fuego y azufre, que es la segunda muerte.
San Juan ha hablado en el capítulo anterior del estanque de fuego en donde serán atormentados eternamente los malos; pues bien, ahora, por una especie de contraposición, comienza a hablar con entusiasmo de la bienaventuranza de los elegidos en la creación restaurada. Una vez ejecutado el juicio final, se abre una nueva vida para los predestinados. Toda la naturaleza visible será renovada y transformada. Del mismo modo que, por el pecado del hombre, la naturaleza fue sometida a la maldición y a la corrupción 5, así también ahora, con la glorificación del hombre, será librada de la corrupción y pasará a un estado mejor 6.
El vidente de Patmos contempla un cielo nuevo y una tierra nueva (v.1). Esta idea es un tema apocalíptico 7 que tiene también grandes resonancias en las esperanzas mesiánicas. El profeta Isaías anuncia para los tiempos mesiánicos la creación de "cielos nuevos y una tierra nueva" 8. Y los apócrifos judíos hablan también de la aparición de un mundo nuevo que saldrá del caos del mundo antiguo 9. El Libro de Henoc afirma claramente: "Y después de esto, en la semana décima., tendrá lugar el gran juicio eterno. Y el primer cielo desaparecerá y pasará, y un cielo nuevo aparecerá, y todas las potestades del cielo brillarán eternamente siete veces más. Y después de esto vendrán semanas numerosas, que transcurrirán innumerables, eternas, en la bondad y en la justicia, y desde entonces el pecado no volverá a ser nombrado nunca más" 10. Esta misma concepción se encuentra en el Nuevo Testamento. En este sentido nos dice la 2 Pe: "Nosotros esperamos otros cielos nuevos y otra tierra nueva, en que tiene su morada la justicia, según la promesa del Señor." 11 El Apocalipsis, lo mismo que la 2 Pe 3:13, entienden esta transformación de los últimos tiempos. Es algo parecido a la palingenesia, o nuevo estado de cosas, esperado por la literatura judía bajo el influjo de ciertos textos proféticos 12. Sin embargo, el Apocalipsis no enseña una destrucción o renovación real y material del mundo físico, sino que permanece en el campo del simbolismo. Lo que quiere decir San Juan es que, con el juicio divino — purificador más poderoso que el mismo fuego —, los cielos y la tierra quedarán tan puros que verdaderamente parecerán otros. Quedarán totalmente libres de los impíos y de los malvados, perseguidores de la Iglesia. Por consiguiente, los cielos y la tierra serán nuevos, porque quedarán purificados.
El apóstol San Pedro, naciendo alusión a la historia del Génesis 1:9, dice que la tierra salió del agua, y luego con el agua del diluvio fue purificada 13. Pero "los cielos y la tierra actuales están reservados por la misma palabra para el fuego en el día del juicio y de la perdición." 14 El fuego es el elemento de mayor energía purificadora, y, siendo tal la corrupción de los cielos, mancillados con el culto idolátrico que les rinden los hombres, y de la tierra, manchada con tantas iniquidades como en ella se cometen, necesitan un elemento de una gran fuerza purificadora para limpiarlos 15.
San Pablo también espera una especie de nueva creación por la cual suspiran las criaturas, sintiendo como dolores de parto mientras llega la regeneración espiritual del hombre 16.
El mar, a imitación de la tierra, desaparecerá del mundo nuevo que surgirá después de la gran purificación del juicio final. La desaparición del mar es también un rasgo apocalíptico que se encuentra en la literatura judía. Los Oráculos sibilinos afirman: "Y sucederá en el último período que el océano se secará." 17. El mar, resto del caos primitivo acuático, Tehom-Tiamat 18, morada de los monstruos marinos Tannim, Leviatan, Rahab y la Serpiente 19, que tan peligroso resultaba para los que tenían que atravesarlo, tenía mala fama entre los antiguos. El Dragón del capítulo 12 se apostó en la playa, junto al mar 20; y la Bestia de siete cabezas y diez cuernos salía del mar 21. Moisés, a la salida de Egipto, secó el mar Rojo para que pasase el pueblo de Israel. En el mundo nuevo que surgirá al final de los tiempos ya no existirá el mar.
Esta completa renovación del mundo exige que la nueva capital, la Jerusalén nueva, sea totalmente celeste. Por eso el autor sagrado dice que vio la ciudad santa descender del cielo del lado de Dios (v.2).
La presenta personificada bajo la figura de una novia ricamente ataviada. Se le llama ciudad santa porque en ella surgía el templo del único Dios verdadero. Y al mismo tiempo será nueva porque en ella ya no habrá ninguna cosa impura o profana. Jerusalén era el símbolo de la alianza de Dios con el pueblo escogido. La literatura rabínica habla de la existencia de un modelo de la ciudad de Jerusalén junto a Dios antes de que fuera fundada en la tierra 22. San Juan se sirve de esta creencia judía de una Jerusalén preexistente, que se manifestaría en los tiempos escatológicos, para describirnos una nueva Jerusalén totalmente espiritual, mansión de los elegidos. Hacia esta ciudad futura, ideal, se dirigían las miradas y las esperanzas, de los israelitas — lo mismo que en Ezequiel 40-48 — especialmente después de la destrucción de Jerusalén en el año 70. Jerusalén, en cuanto capital de la nación hebrea, viene a ser frecuentemente como la expresión del mismo pueblo. Y como Israel — según la concepción de los profetas — está íntimamente ligado con Yahvé por un vínculo conyugal, por eso se le llama Esposa de Yahvé 23. Esto mismo explica que en nuestro pasaje se dé a Jerusalén el nombre de esposa, en cuanto que representa al pueblo de Dios. En esta concepción profética se funda San Pablo para decir que Jerusalén es nuestra madre, porque representa al pueblo de los hijos de Dios, de los que creyeron en Jesucristo y aprendieron de El a llamar a Dios Padre. El mismo San Pablo considera a la Iglesia como Esposa de Cristo 24. Pues bien, San Juan extiende a la Iglesia triunfante lo que San Pablo dice de la Iglesia militante. Esta es la razón del lenguaje empleado en este pasaje, donde el autor sagrado ve a la Jerusalén glorificada que desciende del cielo ataviada como novia en el día de sus bodas. Con esta imagen se quiere expresar la alianza íntima e indisoluble del Cordero con su pueblo, con la Iglesia. Esta alianza íntima e indisoluble de Cristo con su Iglesia ya ha sido representada en el Apocalipsis bajo la imagen de unas bodas 25, pues Jesucristo es comparado en el Nuevo Testamento a un esposo 26, y la Iglesia a una esposa. 27 La esposa del Cordero que ve San Juan viene ataviada con sus mejores galas de novia, es decir, con la gracia y con las buenas acciones de los santos. Se dice, además, que la nueva Jerusalén baja del cielo porque ha de ocupar el sitio de antes en la nueva tierra una vez purificada de todas las impurezas que antes la tenían manchada 28.
Al mismo tiempo que ve esto San Juan, oye una voz fuerte que salía del mismo trono de Dios, pronunciada probablemente por algún querubín, que dice: He aquí el tabernáculo de Dios entre los hombres. (ν.3). Es una alusiσn a la tienda o tabernáculo fabricado por Moisés en el desierto, dentro del cual habitaba Dios 29. La idea cumbre de la religión mosaica era la presencia de Yahvé en medio de su pueblo. Esta presencia de Dios se hace mucho más íntima en el Nuevo Testamento por la gracia de Jesucristo y por los sacramentos. El autor sagrado nos dice que Dios plantará su tienda (σκηνώσει) entre ellos, haciendo un juego de palabras entre el término griego skéné, tienda, y la palabra hebrea Sekinah 30, que era el símbolo de la presencia de Yahvé en medio de su pueblo 31. La presencia de Dios entre los hombres expresa la idea de morada y de actividad que había comenzado a manifestarse por medio de la alianza de Yahvé con Israel en el Sinaí 32. La encarnación de Cristo mostró de un modo más pleno esa presencia de Dios entre los hombres y la espiritualizó 33. Pero todavía será más perfecta, definitiva y consumada al fin de los tiempos, cuando Dios habite y reine en medio de los elegidos en el cielo. Entonces sí que se podrá considerar a los bienaventurados como su pueblo, y a Dios llamarlo Dios con ellos, aludiendo a la profecía del Emmanuel, Dios con nosotros 34. Ezequiel también nos dice, hablando en nombre de Yahvé: "Pondré en medio de ellos mi morada, y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo" 35. Y el mismo profeta, después de haber visto cómo Dios abandonaba el templo profanado por los babilonios 36 y la vuelta de Yahvé a su morada de Sión 37, nos dice que el nombre de la ciudad será Yahvé Sammak, Yahvé esta allí 38.
En el Antiguo Testamento se repite con frecuencia que Yahvé será el único Dios de Israel e Israel será el pueblo predilecto de Yahvé. Si Israel cumple los preceptos del Señor, Yahvé le defenderá de los enemigos y lo llenará de felicidades 39. Pero si el pueblo pecaba y se apartaba de Yahvé, entonces Dios se retiraba de en medio de su pueblo 40. En la nueva Jerusalén, Dios habitará indefectiblemente en medio de los elegidos, que no provendrán únicamente de Israel, sino de todas las naciones de la tierra. En adelante ya no habrá distinción entre judío y gentil, sino que todos podrán entrar a formar parte del pueblo de Dios mediante la fe 41. La presencia continua e indefectible de Dios en medio de los elegidos traerá como consecuencia la exclusión absoluta de toda suerte de penalidades. Lo expresa el autor sagrado con expresiones muy gráficas: enjugara las lagrimas de sus ojos y la muerte no existirá más, ni habrá duelo, ni gritos, ni trabajo, porque todo esto es ya pasado (v.4). Este texto se inspira en el profeta Isaías, el cual dice: "Y destruirá a la muerte para siempre, y enjugará el Señor las lágrimas de todos los rostros, y alejará el oprobio de su pueblo, lejos de toda la tierra" 42. Un nuevo orden de cosas será inaugurado. En él cesará toda miseria, y los elegidos serán colmados de felicidad en la nueva Jerusalén, porque la primera condición de la bienaventuranza es la exclusión de todo mal. Con esto comienza el reino de la alegría y de la felicidad. El Libro de Henoc también nos describe la felicidad del reino mesiánico en estos términos: "Y la tierra quedará limpia de toda corrupción, de todo pecado, de todo castigo y de todo dolor, y no enviaré más (estos azotes) sobre la tierra hasta las generaciones y hasta la eternidad." 43
Después el mismo Dios toma la palabra para dirigirse al vidente (v.5). Es la primera vez que en el Apocalipsis se dice expresamente que Dios toma la palabra. Esta intervención suprema de Dios se explica bien si tenemos en cuenta la gravedad de las últimas revelaciones con que termina el libro. Dios declara que todo será renovado: He aquí que hago nuevas todas.las cosas. De este modo anuncia la grande restauración de todas las cosas en Cristo 44. La renovación será tal y tan definitiva, que hará olvidar todo lo pasado. Así se realizarán las antiguas promesas hechas al vidente de Patmos en sus visiones pasadas 45. Esta promesa de la renovación total del orden humano y espiritual es ciertísima, pues así lo asegura el mismo Dios, cuyas palabras son fieles y verdaderas 6. Y aunque el hecho todavía no se ha realizado, es tan cierto que se llevará a efecto, que ya se considera como realizado. Por eso, los designios de Dios son presentados como ya cumplidos, pues el alfa y la omega, el principio y el fin (v.6), ejecutará todo lo prometido desde la primera letra hasta la última. Dios es el que dirige la historia, y, por consiguiente, sabrá ordenar todas las cosas a su fin primario, que es a su misma glorificación y a la exaltación de su Iglesia. Todo comienza y termina en Dios, porque El es el Creador de todos las cosas, y todos los seres convergen ininterrumpidamente hacia El como a su centro y a su fin.
A los cristianos que se hayan mostrado valientes y hayan salido vencedores en las luchas pasadas 47, y a todo el que tenga sed, Dios les concederá bondadosamente derecho a la inmortalidad bienaventurada al lado de Jesucristo. Esto es lo que significa dar de beber gratis de la fuente de agua de vida. El que tenga sed designa a aquellos que sienten ansias de felicidad espiritual y cumplen los requisitos establecidos por Cristo y la Iglesia para obtenerla. Dios concede esa felicidad bienaventurada gratuitamente, en cuanto que es un don gratuito de Dios, y porque se conseguirá sin fatiga y sin sufrimientos en el cielo. Cristo apagará todos los deseos de los elegidos, dándose El mismo a ellos como fuente de bienaventuranza eterna. Esto se cumple ya en parte en este mundo cuando los cristianos reciben la gracia y los sacramentos 48; pero Dios los saciará todavía mucho más perfectamente en el cielo. Aquí alcanzará la promesa divina su más sublime realización cuando Dios comunique a sus fieles la vida feliz de que El goza. Entonces se realizará la perfecta adopción de los cristianos como hijos de Dios (v.v) que Cristo nos comunica ya en este mundo 49. Porque en el cielo es donde entramos en posesión de aquella divina herencia, la cual sólo poseemos en esperanza en este mundo 50. Pero únicamente la obtendrán los vencedores en las persecuciones y en las dificultades de la presente vida y aquellos que hayan renunciado a todo lo de este mundo por amor de Cristo 51. Éstos tales recibirán una magnífica recompensa en el cielo, y Dios será todo para ellos y ellos serán sus hijos 52. Esta promesa tantas veces anunciada en la Sagrada Escritura adquiere aquí su realización escatológica y definitiva.
Esta es la suerte feliz que aguarda a los cristianos vencedores. En cambio, los cristianos cobardes, que no se atrevieron a enfrentarse con la persecución, los infieles, los idólatras y, en una palabra, todos los malos serán terriblemente castigados (v.8). San Juan nos da una lista de aquellos que, habiendo cometido acciones abominables a los ojos de Dios, serán arrojados al estanque de fuego. En primer lugar se refiere a los cristianos remisos y cobardes que, al sobrevenir la persecución, no supieron luchar contra la Bestia y renegaron de Cristo. Vienen a continuación los infieles que han rehusado la fe, cerrando los ojos a la luz de la verdad y de la revelación 53. Muchos de éstos se han hecho abominables a los ojos de Dios por haberse entregado a vicios execrables e impuros, especialmente a los vicios contra la naturaleza 54. La perversión moral de estos viciosos viene a causar como mareo en aquellos que perciben su intolerable hedor. También los homicidas o asesinos, los fornicadores, los hechiceros que en sus artes mágicas se sirvieron del engaño, los idólatras y todos los embusteros, es decir, todos los mentirosos y falsos doctores que enseñaron doctrinas erróneas 55, serán castigados por Dios con la muerte eterna en el estanque de fuego y azufre. Esta muerte eterna es llamada aquí la segunda muerte por contraposición a la muerte primera o corporal, que se da cuando el hombre sale de este mundo.
Este pasaje del Apocalipsis puede considerarse como el eco de aquella afirmación de San Pablo en su 1 Cor: "¿No sabéis que los injustos no poseerán el reino de Dios? No os engañéis: ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los ebrios, ni los maldicientes, ni los rapaces poseerán el reino de Dios." 56
Descripción de la Jerusalén futura, 21:9-23
9 Vino uno de los siete ángeles que tenían las siete copas, llenas de las siete últimas plagas, y habló conmigo y me dijo: Ven y te mostraré la novia, la esposa del Cordero. 10 Me llevó en espíritu a un monte grande y alto, y me mostró la ciudad santa, Jerusalén, que descendía del cielo, de parte de Dios, que tenía la gloria de Dios. π Su brillo era semejante a la piedra más preciosa, como la piedra de jaspe pulimentada. 12 Tenía un muro grande y alto y doce puertas, y sobre las doce puertas doce ángeles y nombres escritos, que son los nombres de las doce tribus de los hijos de Israel: 13 de la parte de oriente, tres puertas; de la parte del norte, tres puertas; de la parte del mediodía, tres puertas, y de la parte del poniente, tres puertas. 14 El muro de la ciudad tenía doce hiladas, y sobre ellas los nombres de los doce apóstoles del Cordero. 15 El que hablaba conmigo tenía una medida, una caña de oro, para medir la ciudad, sus puertas y su muro. 16 La ciudad estaba asentada sobre una base cuadrangular, y su longitud era tanta como su anchura. Midió con la caña la ciudad, y tenía doce mil estadios, siendo iguales su longitud, su latitud y su altura. 17 Midió su muro, que tenía ciento cuarenta y cuatro codos, medida humana, que era la del ángel. 18 Su muro era de jaspe, y la ciudad oro puro, semejante al vidrio puro; 19 y las hiladas del muro de la ciudad eran de todo género de piedras preciosas: la primera, de jaspe; la segunda, de zafiro; la tercera, de calcedonia; la cuarta, de esmeralda; 20 la quinta, de sardónica; la sexta, de cornalina; la séptima, de crisólito; la octava, de berilo; la novena, de topacio; la décima, de crisoprasa; la undécima, de jacinto, y la duodécima, de amatista. 21 Las doce puertas eran doce perlas, cada una de las puertas era una perla, y la plaza de la ciudad era de oro puro, como vidrio transparente. 22 Pero templo no vi en ella, pues el Señor, Dios todopoderoso, con el Cordero, era su templo. 23 La ciudad no había menester de sol ni de luna que la iluminasen, porque la gloria de Dios la iluminaba y su lumbrera era el Cordero.
El vidente de Patmos pasa ahora a describirnos el esplendor y la gloria de la nueva Jerusalén. La visión presente 57 es relacionada un tanto artificialmente con el septenario de las copas de Ap 17:155. Un ángel, probablemente el mismo que había mostrado a San Juan la gran Ramera y su ruina, le muestra ahora la Esposa del Cordero (v.q). Ambas figuras se oponen totalmente. Por un lado está la Esposa del Cordero, pura y virgen; por el otro esta la gran Ramera, llena de corrupción y de podredumbre. La Roma pagana, es decir, la gran Ramera, se vio de repente despojada de su soberanía y de su gloria humana y precipitada en la ruina; la nueva Jerusalén, o sea la Iglesia, fue, en cambio, levantada de la humillación en que la habían sumido las persecuciones a la gloria eterna. Esta será la Novia, la Esposa del Cordero que el ángel va a mostrar al vidente. Ya hemos dicho más arriba que en el Nuevo Testamento la Iglesia es llamada la Esposa de Cristo 58.
En esta visión, el simbolismo de la esposa es empleado de un modo un poco diverso del que encontramos en Ap 21:2-3. Mientras que en Ap 21:2-3 San Juan contempla a la nueva Jesuralén engalanada como una novia que va al encuentro de su novio, en Ap 21:9-10 se dice que la Esposa del Cordero es la ciudad santa de Jerusalén, que desciende del cielo. Y en los versículos siguientes se nos describe la hermosura de esta ciudad. Por consiguiente, en esta segunda visión se hace hincapié en la personificación de Jerusalén bajo la figura de una mujer. Se insiste en la idea de ciudad llena de hermosura; en cambio, en Ap 21:1-8, la nueva Jerusalén es considerada más bien como morada de felicidad para los que la habitan, pero sin insistir en la idea de ciudad en cuanto tal. En realidad, ambas visiones se completan mutuamente. Por eso no seguimos a la opinión de aquellos que consideran Ap 21:955 como un pasaje que no formaba parte primitivamente del capítulo 21 del Apocalipsis 59. La imagen de una mujer-ciudad se emplea también en 4 Esd 10:25-27. San Juan en adelante ya no volverá a hablar de Jerusalén como Esposa del Cordero, sino de Jerusalén como ciudad.
El vidente de Patmos es transportado, como Ezequiel 60, en espíritu a un monte grande y alto, y el ángel le mostró la ciudad santa de Jerusalén, que descendía del cielo (v.10). La nueva Jerusalén será edificada sobre ese monte elevado. La ciudad santa será como la acrópolis del mundo nuevo, de la tierra nueva, fundada para la eternidad, la cual atraerá hacia sí a todas las gentes 61. La descripción de esta ciudad, que viene a continuación, está inspirada en la descripción que hace Ezequiel de la Jerusalén ideal de los tiempos mesiánicos 62. Toda esta sección de Ap 21:9-22:5 contiene numerosas alusiones a Ez 40-48. El profeta Ezequiel es transportado también en espíritu a Jerusalén, edificada sobre un monte altísimo. Y un ángel, con instrumentos de medir, le fue mostrando todas las partes del templo. Describe sus puertas gigantes 63 y un manantial que salía del mismo templo 64. La diferencia que existe entre Ezequiel y San Juan está en que el Apocalipsis se detiene principalmente en la descripción de la nueva Jerusalén, mientras que a Ezequiel le interesa más el templo. La razón de esto nos la da el mismo San Juan al decirnos que no vio templo en la nueva Jerusalén, porque el Señor, como el Cordero, era su templo 65.
Juan ve la nueva Jerusalén bajar del cielo envuelta en la gloria de Dios y brillante como jaspe pulimentado (v.11). Esta claridad de la Jerusalén celeste es la claridad misma de Dios, es el fulgor de su presencia 66, pues Dios habita en ella y la ilumina 67. El resplandor, comparable al de las piedras más preciosas, proviene de esta divina presencia; es una participación de la gloria de Dios que en ella mora. La hermosura de todas sus partes es el reflejo de la belleza espiritua de todos los que la habitan. La ciudad tenia un muro grande y alto (v.1a), como todas las ciudades antiguas. No se podía concebir en aquellos tiempos una ciudad sin murallas que le sirvieran de protección. Sin embargo, en este caso, el muro es puramente ornamental, pues no habrá peligro de ataques por parte de fuerzas enemigas. El muro de la ciudad tenía doce puertas, que llevaban por nombre los de las doce tribus de Israel, como sucedía también en la Jerusalén de la visión de Ezequiel 68. Además, en cada puerta había un ángel, que tenía por misión vigilar la entrada y defenderla 69. Las puertas estaban distribuidas tres en cada uno de los puntos cardinales, de donde se infiere que la ciudad era cuadrada y que estaba perfectamente orientada (ν.13). El muro constaba de doce hiladas, o doce cimientos, sobre los cuales se levantaba la muralla y la ciudad. Tal vez habría que concebir estos cimientos dispuestos en hiladas superpuestas y quizá un poco salientes. Cada uno de los cimientos llevaba el nombre de uno de los apóstoles del Cordero (v.14). La nueva Jerusalén, que es la Iglesia, está edificada, pues, sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, como decía también San Pablo 70.
El esplendor de la descripción de la ciudad está en armonía con la descripción del trono de Dios y la corte celestial en Ap 4-5. San Juan se inspira en Ezequiel 48:30-35. Pero la descripción del Apocalipsis es más rica y más llena de colorido. Las doce puertas tienen relación, sin duda, con las doce tribus místicas que forman el Israel de Dios 71, el Israel espiritual, y expresan la idea de catolicidad. Los nombres de los doce apóstoles en las doce hiladas de los muros significan la parte que los apóstoles han tenido en la fundación de la Iglesia y destacan su apostolicidad. El autor sagrado ha querido mostrar con estas cifras y estas alusiones la unión existente entre el Antiguo y Nuevo Testamento. No son dos revelaciones, sino una sola y única revelación. Además, ha querido poner de relieve la universalidad, la catolicidad de la Jerusalén celeste.
A continuación San Juan describe las dimensiones de la Jerusalén celeste. La medición tiene por finalidad primordial el destacar la perfección acabada del plano de Dios y admirar su hermosura. Ezequiel nos ha dejado descritos los planos de la ciudad de Jerusalén de los tiempos mesiánicos y de toda la Tierra Santa 72. San Juan empieza, notando que el ángel que le hablaba tenia en sus manos una caña de oro para medir la ciudad (v.15). El intérprete de Juan tiene una caña de oro porque en la Jerusalén celeste no cabe otra cosa de menos valor. Tanto el profeta Ezequiel 73 como el profeta Zacarías 74 nos presentan sendos ángeles con cañas de medir en sus manos para medir la Jerusalén mesiánica. El plano de la Jerusalén celeste era cuadrangular, lo que es un signo de perfección. La medida de su longitud como de su anchura, realizada por el ángel, resultó ser de 12.000 estadios, o sea de unos 2.200 kilómetros (v.16). El estadio era una medida de longitud de unos 185 metros, que, multiplicado por 12.000 estadios, da la cifra de 2.200 kilómetros ya indicados. Estas dimensiones astronómicas no nos han de extrañar si tenemos presente que aquí se mide la Jerusalén celeste, en donde han de morar con el Señor todos los ángeles y santos, que suponen millones y millones. Las cosas del cielo han de aventajar en mucho a las de la tierra. La cifra de 12.000 estadios es evidentemente simbólica, y corresponde al número de las tribus de Israel — la Iglesia es el nuevo Israel —, multiplicado por mil en signo de multitud. El autor sagrado, dándonos estas proporciones gigantescas, quiere destacar la grandeza de la nueva Jerusalén.
Lo más curioso en esta descripción es que la altura, la anchura y la longitud de esta ciudad son iguales. Sería difícil concebir o imaginar una ciudad que tuviera la misma anchura, la misma altura y la misma longitud. Tendría la forma de un cubo perfecto, con 555 kilómetros de alto, lo cual no es imaginable para una ciudad. Pero si una ciudad en forma de cubo perfecto no es concebible para nosotros, resulta una imagen muy apta para expresar el concepto de estabilidad y de perfección. Tanto más cuanto que el santo de los santos del templo de Jerusalén formaba un cubo perfecto 75. Con lo cual parece querer indicarnos el hagiógrafo que la Jerusalén celeste será el templo de Dios. También podría concebirse su forma como la de los famosos zigutar babilónicos, es decir, en forma piramidal. De todas maneras es conveniente tener presente que también la literatura rabínica exorbita las proporciones de la Jerusalén de los tiempos mesiánicos: se elevaría sobre el Sinaí y llegaría hasta el cielo, pidiendo a Dios sitio arriba, porque no cabía en la tierra 76.
La altura del muro era de 144 codos, que viene a dar unos 72 metros, lo que resultaría demasiado desproporcionado con la elevación de la ciudad (v.17). La cifra 144 codos corresponde también al número de las doce tribus de Israel elevado al cuadrado (12 X 12). La medida con que medía el ángel era medida humana, es decir, medida ordinaria, común entre los hombres cuando escribía San Juan 77. Por consiguiente, aunque las medidas eran tomadas por un ángel, no obstante están computadas según los cálculos ordinarios de los hombres 78.
La nueva Jerusalén estaba construida con materiales riquísimos, que sirven para darnos una idea de su hermosura y esplendidez. La ciudad era de oro puro, transparente como el vidrio puro (v.18). Era, por lo tanto, como un bloque de oro resplandeciente y translúcido. Los fundamentos del muro de la ciudad estaban adornados de toda clase de piedras preciosas (v. 19-20). La idea de una construcción con piedras preciosas puede provenir del profeta Isaías, el cual nos describe la gloria de la Jerusalén mesiánica en estos términos: "Voy a edificarte sobre jaspe, sobre cimientos de zafiro. Te haré almenas de rubí y puertas de carbunclo, y toda una muralla de piedras preciosas 79. Cada una de las piedras preciosas de nuestro texto del Apocalipsis pudo tener en la mente de San Juan un sentido simbólico que hoy no se puede determinar con certeza. Los nombres de las piedras corresponden, en parte, a las que el sumo sacerdote judío llevaba en el pectoral 80 y a las que adornaban los vestidos del rey de Tiro según la descripción del libro de Ezequiel 81. El jaspe debe de ser el jaspe verde 82. El zafiro era una piedra preciosa de color celeste. Por la descripción de Plinio 83 y de otros autores antiguos, parece deducirse que respondía al actual lapislázuli. La calcedonia es una piedra verde y tornasolada como el cuello de los pichones. La esmeralda es una gema de color verde. La sardónica es una variedad del ónice en el que el blanco se mezcla con el rojo. La cornalina es una piedra preciosa de color rojo cárneo. El crisólito es una piedra del color de oro. El berilo es una especie de esmeralda de color ligeramente verde-amarillo. El topacio es de color verde-dorado. La crisoprasa es una especie de ágata de color verde. El jacinto es una piedra preciosa de color violeta o rojo-amarillo. La amatista es una gema de color violeta 84.
En toda esta profusión de piedras preciosas y de colores, producidos por la claridad que difundía la gloria de Dios, han visto los Santos Padres la diversidad de los dones de gracia y la multiplicidad de las virtudes de los bienaventurados. El alma de todo cristiano que está en gracia, y sobre todo la de los bienaventurados, por su perfección, refleja y manifiesta la perfección de la gloria divina 85.
El muro de la ciudad estaba flanqueado por doce puertas, tres a cada lado. Cada una de las puertas era una perla (v.21). La literatura rabínica nos habla de perlas con una anchura y una longitud de treinta álamos, que Dios emplearía para construir las puertas de Jerusalén de los tiempos mesiánicos 86. Las tales puertas no se cerraban ni de día ni de noche (v.25), porque allí no había peligro de enemigos. Sólo podían entrar y salir por ellas los que estaban escritos en el libro de la vida que tenía el Cordero 87. La plaza, que debía de estar en medio de la ciudad, era de oro puro, brillante como el cristal. Sobre esta maravillosa y refulgente pavimentación de la plaza se levantaba el trono de Dios. Sabido es que en el siglo i el cristal era considerado como un objeto precioso por ser muy escasa su fabricación. En el tabernáculo construido por Moisés y en el templo de Salomón no entraban sino materiales preciosos. Pero todavía será mucho más en la ciudad celeste, contruida para manifestar la magnificencia divina para con los elegidos.
Fin esta maravillosa ciudad, San Juan no vio templo alguno, porque el Dios todopoderoso, con el Cordero, era su templo (v.22). Sorprende un poco esta constatación del vidente de Patmos, ya que antes nos ha hablado de un templo y de un altar en el cielo, en donde sus siervos, los elegidos, le dan culto día y noche 88. Juan empleó esta imagen tradicional para simbolizar diversas realidades. Pero cuando quiere expresar la gran realidad de la vida gloriosa en el cielo, esta imagen ya no le parece apropiada. El templo era el signo de la presencia invisible de Dios en medio de su pueblo 89. Mas en la nueva Jerusalén, Dios y el Cordero estarán presentes visiblemente y los bienaventurados verán a Dios cara a cara 90. Por consiguiente, no es necesario un templo, porque todo el cielo es un templo. La gloria conjugada de Dios y del Cordero lo llena todo. La Jerusalén celeste está inundada de la presencia inmediata de Dios y del Cordero, que constituyen su verdadero templo 91. El autor sagrado tenía posiblemente en el pensamiento aquel texto de Isaías: "Ya no será el sol tu lumbrera, ni te alumbrará la luz de la luna. Yahvé será tu eterna lumbrera, y tu Dios será tu luz. Tu sol no se pondrá jamás y tu luna nunca se esconderá, porque será Yahvé tu eterna luz." 92
Dios y el Cordero son puestos en este pasaje en pie de igualdad como en otros lugares del Apocalipsis 93. De donde se deduce claramente que el Cordero es considerado por San Juan como una persona divina semejante al Padre. Los ciudadanos de la nueva Jerusalén están iluminados por el resplandor luminoso de Dios y del Cordero. Por eso, la ciudad no había menester de sol ni de luna que la iluminasen (v.23). Todas estas expresiones han de ser tomadas en sentido espiritual. Dios es el sol que ilumina toda la vida interior del cristiano y será la luz indefectible, la verdadera bienaventuranza de los predestinados.
En la nueva Jerusalén todos encontraran la bienaventuranza eterna, 21:24-22:5
24 A su luz caminarán las naciones, y los reyes de la tierra llevarán a ella su gloria. 25 Sus puertas no se cerrarán de día, pues noche allí no habrá, 26 y llevarán a ella la gloria y el honor de las naciones. 27 En ella no entrará cosa impura ni quien cometa abominación y mentira, sino los que están escritos en el libro de la vida del Cordero. 22:1 Y me mostró un río de agua de vida, clara como el cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero. 2 En medio de la calle y a un lado y otro del río había un árbol de vida que daba doce frutos, cada fruto en su mes, y las hojas del árbol eran saludables para las naciones. 3 No habrá ya maldición alguna, y el trono de Dios y del Cordero estará en ella, 4 y sus siervos le servirán, y verán su rostro, y llevarán su nombre sobre la frente. 5 No habrá ya noche, ni tendrá necesidad de luz de antorcha, ni de luz del sol, porque el Señor Dios los alumbrará, y reinarán por los siglos de los siglos.
os v.24-27 están tomados de Isaías, el cual nos describe la gloria de la Jerusalén mesiánica con estas palabras: "Las gentes andarán en tu luz, y los reyes, a la claridad de tu aurora. Alza los ojos y mira en torno tuyo: Todos se reúnen y vienen a ti; llegarán de lejos tus hijos, y tus hijas son traídas a ancas. Guando esto veas resplandecerás, y palpitará tu corazón y se ensanchará. Vendrán a ti los tesoros del mar, llegarán a ti las riquezas de los pueblos. Te inundarán muchedumbres de camellos, de dromedarios de Madián y de Efa. Llegarán de Saba en tropel, trayendo oro e incienso y pregonando las glorias de Yahvé. En ti se reunirán los ganados de Gedar, y los carneros de Nebayot estarán a tu disposición. Extranjeros reedificarán tus muros, y sus reyes estarán a tu servicio, pues si en mi ira te herí, en mi clemencia he tenido piedad de ti. Tus puertas estarán siempre abiertas, no se cerrarán ni de día ni de noche, para traerte los bienes de las gentes con sus reyes por guías al frente; porque las naciones y los reinos que no te sirvan a ti perecerán y serán exterminados." 94 El autor del Apocalipsis, inspirándose en estas imágenes de Isaías, nos describe la riqueza y el esplendor de la nueva Jerusalén, es decir, de la Iglesia; y la representa como una ciudad que recibe el tributo de todos los pueblos. La Iglesia está compuesta de hombres de todas las naciones 95 que se han convertido o se convertirán a la fe cristiana. La iluminación de las naciones y el homenaje de los reyes de la tierra (v.24) son imágenes isayanas 96, que significan la vocación y la salvación de los gentiles y la parte que habían de tomar en la vida gloriosa de la nueva Jerusalén. Sus puertas estarán abiertas continuamente, como invitación a todos los pueblos para que vengan a ella, pues nadie será excluido de esta santa ciudad, a no ser los impuros, los mentirosos y los que cometen abominaciones (v.23-27). Los verdaderos ciudadanos de la Jerusalén celeste serán los que están inscritos en el libro de la vida del Cordero 97, es decir, los elegidos. A ella llevaran la gloria y el honor de las naciones, o sea todas las riquezas espirituales y todas las obras buenas de los que se salvan. Con estas imágenes, el autor sagrado quiere mostrarnos la universalidad o catolicidad de la Jerusalén celeste y, al mismo tiempo, su santidad, pues nada impuro, nada profano podrá entrar en ella 98.
La gloria que alumbra la ciudad de Dios no es otra cosa para San Juan que la lumbre de la gloria con que Dios se da a conocer a los santos y los beatifica. Y la luz que derrama el Cordero es la gloria que sobre los santos mismos derrama la humanidad glorificada de Jesucristo, la cual, después de la visión beatífica de la esencia divina, será lo que más aumente la gloria de los bienaventurados.
1 Ap 21:1-22:5. — 2 Ap 17:1-18:24. — 3 Cf. Ap 7:9-1?; 14:1-S; 15:2-4; 20:4-6. — 4 E. B. allo, o.c. p.339-340. — 5 Gen 3:17; Rom 8:19-23. — 6 Act 3:19-21; 2 Pe 3:7-13. Cf. M. sales, o.c. p.67Ó. — 7 Cf. Ap 2:7. — 8 Is 65:17; cf. 66:22. — 9 4 Esd 7:30-31. — 10 Libro de Henoc 91:16-17. — 11 2 Pe 3:13. — 12 Is 65:17; 66:22. Cf. Libro de Henoc 24:1-5; 39:4; 41:2; 45:4-5; 91:16; Jubileos 1:29; Apocalipsis de Baruc 32:6; 57:2; 4 Esd 7:31.' — 13 Gén6:6ss. — 14 2 Pe 3:5-7. — 15 Cf. W. Watson, The New Heaven and the New Earth: The Expositor 9 (1915) 165-179; A. Colunga, El cielo nuevo y la tierra nueva: Sal 3 (1956) 485-492; M. García Cordero, o.c. p.214. — 16 Rom 8:19-23. — 17 Oráculos sibil 5:15 — 18 Gen 1:2. — 19 Ap 12:3-4. — 20 Ap 12:18. — 21 Ap 13:1. — 22 Apocalipsis de Baruc 4:3-7; 4 Esd 7:26; 10:44-59. Cf. Libro de Henoc 90:28-29; A. Bail-Let, Fragments araméens de Qumrán: 2. Description de la Jérusalem Nouvelle: RB 62 (195S) 222-245. — 23 Os 1-3; Jer 2:2; 3:1-13; Ez 16. — 24 Ef 5:25-32. — 25 Ap 19:7-9; cf. 21:9. — 26 Mt 9:15; 22:2-14; Jn 3:29; 2 Cor 11:2. — 27 Ef 5:25SS. — 28 Cf. D. Yubero, La nueva Jerusalén del Apocalipsis, 21:15: CultBib 10 (1953) 359-362. Ex 40:34-35- — 30 La expresión Sekinah, muy empleada en la literatura judía, significa habitación, tienda, presencia. Proviene del verbo sakan: "habitar." — 31 M. García Cordero, o.c. p.21s; J. leal, La Sagrada Escritura. Nuevo Testamento. I. Evangelios (Madrid 1961) p.814-815. — 32 Ex 23:20-23; 40:34-38. — 33 Jn 1:14; 17:22. — 34 Is 7:14; 8:8. — 35 Ez 37:27. — 36 Ez 3:12; 11:23. — 37 Ez 43:1-5- — 38 Ez 48:35; cf. 2 Grón 6:18; Zac 2:9. — 39 Ex 6:7; Lev 26:11-12; Jer 38:33 (LXX); Zac 8:8. — 40 Ez 11:22-23. — 41 Rom 10:12-13; cf. Ap 5:10; 7:15-17. — 42 Is 25:8; cf. 35:10; 65:17-19. — 43 Libro de Henoc 10:22. — 44 2 Cor 2:17; cf. Rom 8:1-23. — 45 Cf. Ap 19:9; 22:6. — 46 Ap 3:14; 19:11. — 47 Ap 2:7.11.17.26; 3:5.12.21 — 48 Jn 4:10.14; 7:38. — 49 Rom 8:23. — 50 Rom 8:17; Gal 4:7. — 51 Mt 19:27; Mc 10:28; Lc 18:28. — 52 Sal 16:5-6;Mt 19:29; Lc 18:29; cf. 2Sam7,14; 1 Crón 17:13; 28:6. — 53 Cf. Ap 2:13; 3,14; 17:14. — 54 Rom 1:25-27. — 55 Ap 9:21; 22:15; cf. Jn 8:44. — 56 1 Cor 6:9-10. En el comentario que precede de Ap 21:1-8 hemos notado la relación existente entre ciertas imágenes de esta sección y algunas empleadas por el profeta Isaías. Hay ciertos autores que afirman — tal vez con alguna exageración — que la sección Ap 21:1-8 se inspira casi totalmente en el Deutero-Isaías. Con el fin de demostrar esta tesis, se establecen tablas comparativas que manifiestan bastantes coincidencias literarias: compárese Ap 21:1 conls 65:17; 51:6.10; Ap 21:2 conls 52:1; 61:10; 49:18; Ap 21:4 con Is 25:8; 65:19; Ap 21:5 con Is 43:19; Ap 21:6 con Is 44:6; 55:1; 49:10. Todos estos textos de Is aluden a la maravillosa restauración de la nueva Jerusalén. Igualmente en el Ap la sección 21:1-8 se refiere a la creación de la nueva Jerusalén después de las grandes pruebas de la persecución. — 57 La visión de Ap ai.gss parece como una repetición de Ap 21,2ss. De ahí que haya autores que llegan a suprimir Ap 21:9-10 (cf. J. Comblin, La Liturgie de la nouvelle Jérusalem, Ap 21:1-22:5: EThL 29 f1953] P-8). Para otros, Ap 21:935 no pertenecería originariamente al capítulo presente del Apocalipsis. Las razones en que se apoyan son: el hagiógrafo empieza hablando de la nueva Jerusalén, como si todavía fuera desconocida para el lector, siendo así que ya la había descrito con los mismos términos en Ap 21:2-3. La descripción de la Jerusalén celeste de Ap 21:9-22:2 se inspira en Ezequiel, y coloca la ciudad en una perspectiva terrestre; en cambio, Ap 21:1-8 parece inspirarse en Isaías, y la ciudad es colocada en una perspectiva celeste (cf. M. E. boismard, L'Apocalypse ou Les Apocalypses de Saint Jean: RB 56 [1949J p.525). Estas razones, aunque tengan su valor, no nos parecen suficientes para afirmar que la sección Ap 21:933 no está en su lugar primitivo. — 58 Cf. Ef 5:22-32. — 59 Ciertos autores consideran Ap 21:9-22:9 como la continuación inmediata de Ap 19:10. Sería, pues, la réplica de la visión de Babilonia (Roma), la gran Ramera de Ap 17:1-19, lo. Los argumentos aducidos en favor de esta hipótesis son los siguientes: ambos pasajes tendrían la misma estructura literaria: comienzan de manera idéntica (Ap 17:1-3 = 21, 9-10); los dos relatos muestran interés particular por las cifras y los detalles; la conclusión también es semejante (Ap 19:9-10 = 22:6-9). Tanto la visión de Babilonia (Roma) como la visión de la nueva Jerusalén se inspiran en Ezequiel (cf. M. E. boismard, a.c. 531-532). Apoyados en estas razones, ven en las dos visiones como un díptico que describiría el destino de las dos ciudades: de un lado, Babilonia, destinada a desaparecer; de otro, Jerusalén, que permanecerá por siempre. — 60 Cf. Ez 40:2. — 61 Is 2:2-3; Miq 4:1-3; Ez 17:22. Cf. E. B. Allo, o.c. p.344- — 62 Ez 40:2-43:12. — 63 Ez 48:30-35. — 64 Ez 47:1-12. — 65 Ap 21:22. — 66 Cf. Is 60:1-2.19; Ap 21:23. — 67 Is 58:8; 2 Cor 3:18. — 68 Ez 48:30-35. — 69 Is 62:6; Ez 48:31; cf. Gen 3:24. — 70 Ef 2:20. — 71 Ap 2:9-10; 7:4-8. — 72 ez 40-48. — 73 Ez 40:3-5. — 74 Zac 2:1-5. . — 75 1 Re6,19s. — 76 Cf. M. J. Lagrange, Le Messianisme chez lesjuifs p.199. — 77 Cf. M. Del Álamo, Las medidas de la Jerusalén celeste (Ap 21:16): CultBib 3 (1946) 136-138. — 78 Cf. Ap 13:18. — 79 Is 54:11-12; cf. Tob 13:17. — 80 Ex 28:17-21. — 81 Ez 28:13. Cf. A. Vanhoye, L'utüisation du livre d'Ezéchiel dans l'Apocalypse: Bi 43 (1962)436-476. — 82 Ap4:3;cf. IsS4,12. — 83 Hist.Nat.37- — 84 Cf. A. Lentini, U ritmo "Civis caelestis patriae" e il "De duodecim lapidibus" di Amato: Benedictina 12 (1958) 15-26; L. Thorndike, De lapidibus: Ambix 8 (1960) 6-26. Consúltese Rev. d'Hist. Eccl. 55 (1960) 353-354; 56 (1961) 275-276. — 85 Cf. 2Cor3:18. — 86 Cf. Strack-Billerbeck, o.c. III p.85is. — 87 Cf. Is52,i; Ap 13:8. — 88 Ap 5:12; 7:15; 8:3; 11:19; H.iSss; 15:5ss; 16:1.17. — 89 Ap 7:15-17. — 90 Ap 22:4. — 91 M. García Cordero, o.c. p.221. — 92 Is 60:19-20. — 93 Ap 7:9-12; 14:4; 22:1-3 — 94 Is 60:3-7.10-12; cf. Sal 72:10.15. — 95 Ap7:9. — 96 Is 65-66; cf. Zac 2:11; 8:23; Dan 7:14. — 97 Ap 20:12-15. — 98 Is 52:1; Me 7:2; Act 10:14.28; 11:8; Rom 14:14; Heb 10:29.
Capitulo 22
El autor sagrado continúa en el capítulo 22:1-5 la descripción de la Jerusalén celeste, y nos habla de la felicidad de sus habitantes, sirviéndose de las imágenes del agua y de la del árbol de la vida.
El agua escasea en Palestina. No hay en ella ninguna ciudad por medio de la cual corra un río que la alegre, como sucedía en Nínive con el Tigris, en Babilonia con el Eufrates, y como en el paraíso terrestre con aquella fuente que, dividida en cuatro brazos, lo regaba y alegraba todo. Por eso Ezequiel! en su descripción de la Jerusalén de la restauración, cuida de poner un río que fecundiza con sus aguas sus arrabales y da frescor y felicidad a la hermosa ciudad. El profeta nos describe un arroyo que sale del templo y corre hacia el oriente y va creciendo cada vez más. Su cauce desciende por el valle Cedrón hasta el mar Muerto, cuyas aguas sanea y endulza, convirtiéndolas en fuente de riqueza. A ambas orillas de ese río crecen árboles frutales de toda especie, que dan un fruto cada mes y sus hojas son medicinales 2.
Pues San Juan, para completar el cuadro de la Jerusalén del cielo, pone también en ella un río de agua de vida, clara como el cristal, que sale del trono de Dios y del Cordero (v.1) y corre por las calles de la ciudad. A un lado y a otro del río hay árboles plantados, árboles de vida, que dan doce frutos al año y sus hojas son saludables para las naciones (v.2). Todo, pues, en ella es salud y vida 3. Sus frutos son frutos de vida, como los del paraíso 4, y las mismas hojas son medicinales. El árbol de vida de la Jerusalén celeste da frutos continuamente para que todos puedan comer de ellos cuando lo deseen. Estos frutos perennes son el símbolo y, al mismo tiempo, significan el don de la inmortalidad. En dicha ciudad no habrá enfermedades ni muerte, porque las mismas hojas del árbol de vida servirán de medicina para las gentes. Se refiere a la conversión de los gentiles cuando comenzaron a \vislumbrar el triunfo de la Iglesia y la gloria de la Jerusalén celeste. Todas estas imágenes sirven para expresar la dicha de los moradores del cielo, que gozan de vida eterna sin temor alguno de enfermedad ni de muerte. Son símbolos para significar cómo Dios se comunica a los elegidos. El río, los árboles con sus frutos y sus hojas, simbolizan la abundancia de los dones y de las consolaciones de que gozarán los bienaventurados en el cielo, y especialmente la visión beatífica, por la cual Dios se comunica a los elegidos con todos sus bienes. La visión beatífica es el río que alegra la Jerusalén celeste, y en el cual beben los santos, logrando de esta manera la consolación de todas las aflicciones pasadas y la gloria e inmortalidad de los cuerpos.
Ese río que nace en el trono en donde se sientan Dios y el Cordero representa a Dios en cuanto se comunica a los elegidos: simboliza al Espíritu Santo. Y en este sentido parece constituir una alusión trinitaria bastante clara, ya que los ríos de aguas vivas simbolizan en San Juan 5 el don del Espíritu Santo. De este modo, en la cumbre de la Jerusalén celeste vemos a toda la Trinidad: el Padre ilumina la entera ciudad con su gloria, el Cordero la ilustra con su doctrina y el Espíritu Santo la riega y la fecunda con toda clase de bienes espirituales 6.
Los v.3-5 precisan la naturaleza de la felicidad de los elegidos sirviéndose de expresiones ya encontradas anteriormente. Los bienaventurados no tendrán temor alguno de perder la bienaventuranza ni de ser arrojados del cielo, porque allí no puede tener cabida ninguna tentación, ni pecado, ni dolor. En el paraíso terrestre nuestros primeros padres fueron tentados, cayeron en el pecado, y con él perdieron todos los dones preternaturales que poseían. No sucederá así en la Jerusalén celeste: no habrá ya maldición alguna en ella, y el trono de Dios y del Cordero estará en ella (v.3). Entonces se cumplirá lo dicho por el profeta Zacarías acerca de la Jerusalén mesiánica: "Y morarán en ella, y ya nunca más será anatema y morarán en seguridad" 7. No habrá peligro de que la nueva Jerusalén sea condenada al anatema, herem, aniquilador, tan corriente en las guerras antiguas. Los elegidos, en el cielo, no temerán condenas, porque no habrá pecado. La bienaventuranza de los predestinados se caracterizará por una tranquilidad sin límites. Reinarán, sin ser turbados, sobre todo el universo por toda la eternidad. En el cielo verán a Dios cara a cara (v.4), con lo cual quedará satisfecho el más profundo anhelo del hombre, pues la visión de la esencia divina es lo que propiamente hace bienaventurados a los santos 8. La visión de Dios cara a cara, privilegio exclusivo del Hijo de Dios 9 y de los ángeles 10, será — según la promesa del Nuevo Testamento — la herencia de todos los hijos de Dios, coherederos con Cristo n. San Pablo también afirma que en el cielo veremos a Dios cara a cara: "Ahora vemos por un espejo y oscuramente — dice el Apóstol de las Gentes —, entonces veremos cara a cara. Al presente conozco sólo en parte, entonces conoceré como soy conocido" 12. Y el mismo San Juan enseña a su vez en su primera epístola: "Sabemos que cuando aparezca seremos semejantes a El, porque le veremos tal cual es 13. Esta idea de la visión beatífica, de la plena felicidad en el cielo, sin duda que sería de gran efecto para infundir nuevos alientos a los cristianos perseguidos. Los que se mantuvieron fieles a Dios en este mundo reinarían sin fin con El y con el Cordero en el cielo.
Los santos en el cielo llevarán el nombre de Dios sobre la frente para indicar que pertenecen eternamente a Dios y que siempre serán posesión de Dios 14. Reinarán por los siglos de los siglos (v.5) con Cristo y le servirán como sacerdotes en una liturgia eterna 15. No tendrán necesidad de luz de antorcha ni del sol, porque el Señor los iluminará con su presencia 16.
Aquí debería terminar la última profecía de la Biblia, la más sublime de todas. Pero San Juan añadió un epílogo que insiste sobre el cumplimiento próximo de la profecía.
Epílogo, 22:6-21
El epílogo con el que se cierra el Apocalipsis viene a resumir el contenido del libro. Comprende una serie de sentencias un tanto inconexas escritas en. un estilo entusiasta. Hablan en él alternativamente varios personajes: Juan, el ángel, Jesús y el Espíritu Santo. Las ideas dominantes de este epílogo son la insistente preocupación de autenticar las revelaciones que Juan nos ha ido exponiendo a lo largo de todo su libro, con el fin de que nadie se atreva a falsificarlas o a cambiarlas, y el anhelo que se manifiesta de la pronta venida de Cristo.
En el epílogo se pueden distinguir los siguientes puntos: Declaraciones de Cristo y de Juan que sirven para atestiguar la genuinidad del libro (v.6-9). Después se añaden ciertas advertencias de Cristo sobre el cumplimiento próximo de la profecía del Apocalipsis (v.10-16). Vienen a continuación un llamamiento amoroso del Espíritu Santo a los cristianos y a la humanidad (v.17), una amenaza de Juan contra los falsificadores (v. 18-19), la promesa de Jesús de su próxima venida (v.20) y, finalmente, la salutación epistolar en forma de bendición (V.21).
Las palabras de esta profecía son atestiguadas, 22:6-9
6 Y me dijo: Estas son las palabras fieles y verdaderas, y el Señor, Dios de los espíritus de los profetas, envió su ángel para mostrar a sus siervos las cosas que están para suceder pronto. 7 He aquí que vengo presto. Bienaventurado el que guarda las palabras de la profecía de este libro. 8 Y yo, Juan, oí y vi estas cosas. Cuando las oí y vi, caí de hinojos para postrarme a los pies del ángel que me las mostraba. 9 Pero me dijo: No hagas eso, pues soy consiervo tuyo, y de tus hermanos los profetas, y de los que guardan las palabras de este libro; adora a Dios.
El que habla parece que debe de ser el mismo ángel que había servido de intérprete a San Juan en la postrera sección 17. Pero las palabras que dice en el ν η sólo convienen a Cristo. El interlocutor asegura que cuanto se contiene en el libro se cumplirá, y pronto, porque las palabras del Señor son fieles y verdaderas (v.6). Esta garantía se refiere al conjunto del Apocalipsis, pues la referencia de los v.6-7 a Ap 1:1-3 es bastante clara. Por el estilo y las referencias se ve que el autor del epílogo fue el que escribió el prólogo y el resto del Apocalipsis. El que envía al ángel es llamado el Señor, Dios de los espíritus de los profetas, porque durante la economía antigua Yahvé les comunicó de su espíritu de profecía. Para entender todo el sentido de estas palabras es conveniente volvamos los ojos al Antiguo Testamento. Su contenido son multitud de promesas de Dios, cuyo cumplimiento se va retrasando cada vez más, de suerte que algunos ya dudaban de ellas. Pero la palabra de Dios no podía faltar, y Jesucristo vino a darle un cumplimiento muy por encima de cuanto podían los hombres esperar. Por eso, el Señor es llamado Fiel y Veraz en el Apocalipsis 18; y Cristo en el Evangelio dice de sí mismo que es la Verdad 19. La idea de que esas promesas se cumplirán pronto aparece muchas veces en el Apocalipsis. Sin embargo, hay que tener presente que esas promesas tienen muchos grados, los cuales se van desenvolviendo poco a poco. Y si bien la plenitud de ese cumplimiento se retrasa, no sabemos cuánto — eso es un secreto del Padre celeste —, no obstante, el tiempo, comparado con la eternidad, apenas es un momento, y al fin se cumplirán por encima de lo que el hombre puede esperar. El Dios de la revelación es el Dios de los espíritus de los profetas, expresión que hay que explicar por el texto de 1 Cor 14:32, en donde espíritu significa inspiraciones. Se trata, por consiguiente, de los dones profetices, cuya fuente está en Dios. El es el que envió sus inspiraciones a San Juan por ministerio de su ángel 20.
En el v.7 es el mismo Jesucristo el que toma la palabra para confirmar lo dicho por el ángel sobre la proximidad de su venida. La expresión vengo presto se lee otras dos veces en este epílogo 21, y también en los primeros capítulos del Apocalipsis 22. Parece como reflejar la tensión espiritual de Juan, que espera la llegada inminente de Cristo. Y quiere que los cristianos se preparen a su vez para el día de su par usía. La venida de Jesús aquí, como la venida de Yahvé en el Antiguo Testamento, puede tener lugar en diversos tiempos y según la obra que venga a realizar. Siempre que el Señor interviene en la historia de una manera especial, puede decirse que se ha producido una venida suya. Así, la venida puede ser más o menos pronta. Para cada cristiano en particular, la venida de Cristo tiene lugar en la muerte individual, pues con ella se decide su destino eterno 23. Por eso, el que vigile y el que esté atento a la llegada del Señor podrá ser llamado bienaventurado, porque Dios premiará la fidelidad con la gloria eterna. Si los cristianos guardan las palabras de la profecía del Apocalipsis siendo fieles, Dios será más fiel aún a las promesas hechas. Esta bienaventuranza es la sexta de las siete que cuenta el Apocalipsis 24. En ella se pone de relieve que, si el cristiano quiere obtener el cielo, ha de cumplir los preceptos divinos. La sola fe no basta para conseguir la felicidad eterna.
Después San Juan atestigua la verdad de todo lo expuesto en el Apocalipsis: Y yo, Juan, oí y vi estas cosas (v.8). Es una especie de firma puesta al libro. En el primer capítulo encontramos testimonios parecidos a éste 25. Y en el cuarto evangelio, el autor sagrado se expresa en términos muy semejantes 26. Todo lo cual nos demuestra que ha sido la misma mano la que ha compuesto estas obras. A continuación se nos describe una escena que es la repetición de Ap 19:10. Juan intenta hacer al ángel la cortesía de la adoración, tan común en los libros apocalípticos (v.8). Pero el ángel rehusa esa cortesía extremada, que tiene parecido con la adoración de latría, la cual sólo se debe a Dios. De sí mismo confiesa el ángel que es un consiervo del Señor, igual que Juan y sus hermanos en la fe (v.9). El ángel es consiervo de Juan en cuanto que éste tiene que transmitir el mensaje recibido del ángel, que a su vez lo transmite de parte de Dios. Como en Ap 1:1.3, el autor del Apocalipsis se coloca con toda sencillez en el rango de los profetas, porque, a imitación de los profetas del Antiguo Testamento, ha tenido que dar a conocer la revelación divina a los hombres. El ángel termina la frase diciendo: adora a Dios, que resume con fuerza el pensamiento de Juan y cuadra bien con el Apocalipsis, que es una protesta continua contra la idolatría.
Palabras de Cristo a toda la humanidad, 22:10-16
10 Y me dijo: No selles los discursos de la profecía de este libro, porque el tiempo está cercano. 11 El que es injusto continúe aún en sus injusticias, el torpe prosiga en sus torpezas, el justo practique aún la justicia y el santo santifíquese más. 12 He aquí que vengo presto, y conmigo mi recompensa, para dar a cada uno según sus obras. 13 Yo soy el alfa y la omega, el primero y el último, el principio y el fin. 14 Bienaventurados los que lavan sus túnicas para tener derecho al árbol de la vida y a entrar por las puertas que dan acceso a la ciudad. 15 Fuera perros, hechiceros, fornicarios, homicidas, idólatras y todos los que aman y practican la mentira. 16 Yo, Jesús, envié a un ángel para testificaros estas cosas sobre las iglesias. Yo soy la raíz y el linaje de David, la estrella brillante de la mañana.
Según el contexto, sería el ángel del v.9 el que continúa hablando; sin embargo, las palabras de los v.10-16 sólo pueden ser puestas en labios de Cristo a causa de la gravedad de las declaraciones que siguen. Jesucristo ordena a San Juan que no selle la profecía de este libro, porque su cumplimiento está cercano (v.10). El Apocalipsis está ordenado en gran parte a consolar y animar a los fieles, mostrándoles la especialísima providencia de Dios sobre ellos. Por eso, San Juan no debe sellar estos oráculos, para que en cualquier tiempo puedan los cristianos encontrar en ellos alivio y consuelo.
En contraste con la literatura apocalíptica, en donde se suele ordenar el mantener en secreto las visiones habidas 27, la revelación recibida por Juan no ha de permanecer oculta, sino que interesa manifestarla a la generación presente. Las profecías contenidas en ella comenzaban ya a cumplirse, y, por lo tanto, era urgente sacar provecho de ellas, preparándose para cuando llegasen los acontecimientos. Esta recomendación tenía particular interés para los contemporáneos de San Juan, que eran testigos de los hechos a los cuales alude en el Apocalipsis. Esto resulta particularmente claro por lo que se refiere a los capítulos 2-13 del Apocalipsis. Pero también el resto del libro se presenta íntimamente ligado con lo que precede en virtud del artificio literario llamado recapitulación, según el cual el Apocalipsis no expondría una serie continua y cronológica de sucesos futuros, sino que describiría los mismos sucesos bajo diversas formas. Para San Juan lo mismo que para los antiguos profetas, el futuro se presenta a su mente sin perspectiva propiamente temporal o cronológica. La venida del reino de Dios tendrá lugar después de la ruina de Roma, del mismo modo que el reino mesiánico es asociado en Isaías a la derrota de Asiría 28.
El plan de Dios se cumplirá de todas maneras. La mala voluntad de los hombres no podrá impedir el plan providencial divino. Por este motivo, el vidente de Patmos declara con cierta ironía que, mientras llega el cumplimiento de la profecía, cada uno considere lo que le conviene hacer: si trabajar en la obra de su santificación o dejarse llevar del pecado y del vicio (v.11). Es una figura retórica, la permisión, que se encuentra en diversos pasajes del Antiguo Testamento 29. El verdadero cristiano ha de trabajar por santificarse: el justo practique aún la justicia y el santo santifíquese mas. La persecución revelará las disposiciones íntimas de cada uno. Pero la venida de Cristo fijará a cada uno en la actitud que haya elegido libremente. Esta venida es anunciada como inminente por el mismo Jesucristo: He aquí que vengo presto 30 a dar a cada uno premio o castigo, según las obras que haya hecho (v.1a). Esto tendrá lugar al fin de la vida de cada uno, y de un modo especial al fin del mundo, cuando el hombre todo entero, en cuerpo y alma, recibirá la retribución merecida 31. El salario (6 μισ3όβ μου), premio o castigo que trae consigo el Señor, se dará a cada uno según las obras que haya practicado. El tema del salario o recompensa es frecuente en la Sagrada Escritura 32 e incluso en el mismo Apocalipsis 33. Jesucristo se presenta en este pasaje como Juez supremo, con lo cual se da a indicar que está en el mismo plano de igualdad con Dios Padre, pues en otros lugares del Apocalipsis Dios Padre era el juez 34.
Todas estas palabras de Cristo insisten en la inminencia de su venida y traen a la memoria las parábolas de la vigilancia, que tanto inculca Jesús en el Evangelio 35.
Jesucristo se aplica a sí mismo, corno en Ap 1:17; 2:8, los títulos divinos que ya antes 36 habían sido atribuidos a Dios. El es el alfa y la omega, el primero y el último, el principio y el fin (ν.13). Con lo cual pone de manifiesto que El es Dios, igual al Padre, y que, por lo tanto, tiene poder para mantener sus promesas y sus amenazas. Puede juzgar a los hombres como Señor soberano de toda la creación. De ahí que declare bienaventurados a los que lavan sus túnicas en la sangre del Cordero (v.14) 37, es decir, a los que han sabido aprovecharse de los efectos de la redención asimilándoselos. Estos son los únicos que podrán tener los vestidos limpios para ser admitidos al banquete celeste. El lavado de los vestidos de los elegidos solamente se podía llevar a cabo por medio de la sangre del Cordero 38. Esta bienaventuranza es la séptima y última del Apocalipsis 39. Los que se han purificado en la sangre del Cordero, o sea los que viven santamente, adquieren el derecho a comer de los frutos del árbol de la vida y a entrar por las puertas de la Jerusalén celeste 40 para permanecer en ella eternamente. Tener acceso al árbol de la vida y a la Jerusalén celeste es lo mismo que entrar en la gloria 41.
De esta ciudad santa serán excluidos los que no practican la ley de Dios y los que se han dejado arrastrar por los caminos de la inmoralidad 42. En primer lugar no tendrán parte en la felicidad eterna los perros (v.15), es decir, los sodomitas y todos los manchados con los vicios de los idólatras 43. El perro era considerado por los hebreos como animal impuro, y era tenido, por este motivo, en gran menosprecio. En el Antiguo Testamento, la expresión perros es empleada para designar a los hombres entregados a la prostitución y a los vicios de homosexualidad 44. Aquí simboliza a los hombres impuros y viciosos 45. Tampoco entrarán en el cielo los hechiceros, o sea los que se dedican a las artes mágicas, muy en boga en Asia Menor en el siglo 1; ni los fornicarios, que cometían toda suerte de inmoralidades 46; ni los homicidas, que derramaban la sangre inocente de los cristianos o de los pobres esclavos 47; ni de los idólatras, que, en lugar de adorar al Dios único y verdadero, daban culto a dioses falsos. Culto que muchas veces incitaba y conducía a la perversión moral. La lista se termina excluyendo de la Jerusalén celeste a todos los que aman y practican la mentira, es decir, a todos los que se oponen a la doctrina de Cristo, que es la única verdadera. Cristo es la misma Verdad 48. Por eso, el que practica la mentira se hace amigo de Satanás, que es el padre de la mentira 49, y no puede tener parte con Jesucristo, fuente de la Verdad.
El Apocalipsis comenzaba con una visión introductoria en la que aparecía Jesucristo escribiendo las cartas a las siete iglesias. Aquí el mismo Cristo da testimonio de la verdad de las revelaciones contenidas en dicho libro, y declara, como Señor de los ángeles, haber enviado un ángel para testificar todas estas cosas que van dirigidas a las iglesias (v.16) 50. Es, pues, un nuevo testimonio de la autenticidad del libro dado por el mismo Jesús (cf. v.6-7). El ángel de que nos habla el v.16 puede muy bien ser el último que habla al vidente de Patmos, o tal vez pudiera ser un nombre colectivo que abarca a todos los ángeles que aparecen en el Apocalipsis como intérpretes de Juan.
Cristo, que antes se declaraba principio y fin 51, ahora se dice la raíz y el linaje de David, o sea que Cristo se presenta a sí mismo con los caracteres del verdadero Mesías para que nadie sienta temor de caer en una ilusión 52. Jesucristo es, además, la estrella brillante de la mañana, que anuncia el despuntar de aquel día eterno al que no sucederá ninguna noche 53. Esta estrella es también el símbolo del principado de Cristo sobre todos los santos y sobre todos los reyes de la tierra. En el claro cielo de Oriente, el lucero de la mañana brilla sobre todos los astros. Por algo ocupó un lugar tan distinguido en la religión astral de los pueblos mesopotámicos. Pues a esta estrella se compara Jesucristo, que en el cuarto evangelio dice de sí que es la luz del mundo 54. Y de El dice el mismo San Juan que es la luz verdadera que viene a este mundo a iluminar a todo hombre 55.
El Espirita y la Iglesia le responden con un llamamiento insistente, 22:17
17 Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que escucha diga: Ven. Y el que tenga sed, venga, y el que quiera tome gratis el agua de la vida.
El Espíritu Santo, que habita en la Iglesia y que en el corazón de los fieles ora con gemidos inenarrables 56, dirige de continuo a Jesús la súplica del Padrenuestro: el adveniat regnum tuum. Es el Espíritu divino el que obra en el corazón de la Esposa, es decir, en el corazón de la Iglesia, mientras vive y lucha aún en la tierra, y le hace pedir al Señor, su Esposo, que acelere su venida para librarla de las tribulaciones. La Iglesia desea ardientemente su venida, porque será la señal de la liberación de la persecución. La Iglesia, a semejanza de San Pablo, que "deseaba ser desatado de los lazos del cuerpo para estar con Cristo" 57, suspira por poder unirse a su Esposo en la gloria. Iguales deseos y anhelos han de tener cuantos oyen la lectura del Apocalipsis, diciendo también: ¡Ven! Esta súplica que dirigen a Cristo es el Marana-tha, Señor, ven, fórmula aramea que se repetía durante las reuniones litúrgicas 5S. El Apocalipsis la presenta traducida al griego. San Juan, a su vez, dirigiéndose a todas las almas de buena voluntad, les invita, diciendo: el que tenga hambre y sed de justicia y de felicidad verdaderas, que venga y beba de la fuente de agua de la vida 59 que brota del templo y refresca la ciudad de Dios. El agua de la vida es el don actual de la gracia, de la unión espiritual con Cristo, de la cual participan las almas y que es garantía de la inmortalidad.
Juan prohibe alterar su libro, 22:18-19
18 Yo atestiguo a todo el que escucha mis palabras de la profecía de este libro que, si alguno añade a estas cosas, Dios añadirá sobre él las plagas escritas en este libro; 19 y si alguno quita de las palabras del libro de esta profecía, quitará Dios su parte del árbol de la vida y de la ciudad santa que están escritos en este libro.
En nombre de Dios, el vidente de Patmos prohibe severamente a los fieles el añadir u omitir algo de las profecías del Apocalipsis (v.18). Al que se atreviere a añadir algo, Dios añadirá sobre él las plagas escritas en este libro. La gravedad del castigo nos demuestra que el autor sagrado consideraba el mensaje del Apocalipsis como algo muy importante para la salvación de los hombres. Por eso quiere tomar sus precauciones contra los posibles falsificadores o correctores de su libro. Tales recomendaciones y conminaciones, encaminadas a proteger la integridad de un libro sagrado, no son nuevas, pues ya se encuentran en otros libros de la Biblia 60. San Juan se inspira aquí en las recomendaciones que suelen poner los escritores al final de sus obras rogando a los que copian que sean diligentes y corrijan con cuidado. La razón profunda de esta inmutabilidad del Apocalipsis se ha de buscar en la convicción que tenía Juan de su origen divino. El vidente parece que estaba seguro de que su libro era inspirado, lo que es de suma importancia para la historia del canon. Y precisamente por tratarse de una obra inspirada por el Espíritu Santo, amenaza con la ira de Dios al que se atreva a añadir o quitar algo. El que tal hiciere no tendrá parte en el árbol de la vida, ni será contado entre los ciudadanos de la Jeru-salén celeste, ni estará escrito en el libro de la vida (v.1g). Expresiones todas que indican la exclusión de la bienaventuranza eterna. Los falsificadores del mensaje de Cristo no irán al cielo.
Jesús promete su próxima venida, 22:20
20 Dice el que testifica estas cosas: Sí, vengo pronto. Amén. Ven, Señor Jesús.
De nuevo vuelve a hablar Jesucristo, el que testifica estas cosas (cf. v.16), y promete su próxima venida: Sí, vengo pronto. Es la respuesta del Señor a la llamada que le habían hecho el Espíritu, la Esposa y los lectores del libro 61. Es la séptima vez que repite la frase vengo pronto 62, y, como tal, constituye el sello definitivo con el cual se rubrica la esperanza ansiosa de los cristianos perseguidos. San Juan, en nombre suyo y de toda la Iglesia, implora con gran fe y expresa su ardiente deseo de que la venida del Señor se ejecute cuanto antes: Amén. Ven, Señor Jesús. El amén constituye un acto de fe en las promesas de Cristo y al mismo tiempo expresa el ansia de que se cumplan lo antes posible. La expresión Ven, Señor Jesús (ερχου κύριε Ιησού) debνa de ser una plegaria corriente entre los primeros cristianos, pues San Pablo nos ha conservado el original arameo, Marana-tha 63, que debían de emplear los fieles en las asambleas litúrgicas. La exclamación Marana-tha se encuentra también en la Didajé 64 y puede tener diferentes sentidos. El sentido que mejor cuadra aquí es el de simple deseo: / Ven, Señor Jesús! También pudiera tener el matiz de una señal secreta conocida sólo de los cristianos, que, a modo de rúbrica, garantizaría la autenticidad del libro 65.
San Juan cierra el Apocalipsis con esta hermosa frase, llena de fe y de esperanza: ¡Ven, Señor Jesús! Es como el resumen de todo el libro. Las angustias y persecuciones pasarán cuando Jesús venga a visitar a los suyos. Entonces enjugará todas las lágrimas de los afligidos cristianos.
Conclusión epistolar, 22:21
21 La gracia del Señor Jesús sea con todos* Amén.
El vidente de Patmos termina su libro como suelen terminar las cartas, deseando a todos la gracia del Señor Jesús para practicar el bien y huir del mal. El Apocalipsis comienza y termina en forma de carta, pues en realidad es una especie de epístola enviada a las iglesias cristianas del Asia Menor 66. La gracia que desea a sus lectores implica todos los favores divinos que dimanan de Cristo y que ayudan a conseguir la salvación eterna.
San Juan muestra en este saludo final su caridad, no sólo para con los fieles de Asia, sino también para con todos los cristianos, si seguimos la lección del códice Sinaítico (μετά των αγίων), ο, al menos, para con todos los que leyeren su libro (μετά πάντων, del cσdice Alejandrino y del Amiatinus). Les desea que la gracia los ilumine y los sostenga.
1 Ez 47:1-12. — 2 Cf. Jl 4:18; Jer 17:13; Zac 14:8; Sal 36:9. — 3 Ap 7:17. — 4 Gen 2,g; 3:22. — 5 Jn 7:38-39; cf. Ap 7:17; 21:6; 22:17· — 6 E. B. Allo, o.c. p.353. — 7 Zac 14:11. — 8 Sal 17:15; 41:3 — 9 Jn 1:18. — 10 Mt 18:10. — 11 Rom 8:17. — 12 1 Cor 13:12; cf. Mt 5:8; Heb 12:14. — 13 1 Jn 3:2; cf. Jn 3:11. — 14 Cf. Ap 13:16-17- — 15 Ap 1:6; 5:10; 20:6. — 16 Ap 21:23; cf. Núm 6:25; Sal 118:27. La doctrina escatolósica del Apocalipsis, aunque a primera vista parece bastante desarrollada y precisa, no lo es tanto en la realidad. Frecuentemente el autor sagrado repite las mismas imágenes e ideas. De todos modos, su aportación a la escatología neotestamentaria es bastante notable. En la interpretación del Apocalipsis hay autores que sólo ven historia y muy poco de escatología; otros, por el contrario, sólo ven en el Apocalipsis escatología y nada de historia. Recuérdese a este propósito la polémica entre el P. J. Huby (Apocalypse et histoire: Construiré 15 [1944l 80-100) y Η. Μ. Fιret (Apocalypse, histoire et eschatologie chrétiennes: Dieu Vivant 2 [1946] 115-134). Véanse también los trabajos de A. Vitti, L'interpretazione apocálittica escatologica del Nuavo Testamento: ScuolCat 69 (1931) 434-451; P. volz, Die Eschatologie der jüdischen Gemeinde imneutestamentlichenZeit-alter (Tübingen 1934); G. Kittel, "Εσχατος, en Theologisches Worterbuch zwn Ν. Τ. II (1935) 694-695; J. G. Mccall, The Eschatological Teaching of the Book of Revelation: Diss. Southern Baptist. Sem. (1948-1949); F. M. Braun, Oü en est I'eschatologie du Nouveau Testa-ment?: RB 49 (1940) 33-54; B. J. Le Frois, Eschatological Interpretation of the Apocalypse: GBQ 13 (1951) 17-20; F. Geuppens, Π problema escatologico nella esegesi, en Problemi e orien-tamenti di Teología Dommatica (Milán 1957) vol.2 p.1003-1011; S. B. frost, Visions of the End. Prophetic Eschatology: The Canadian Journal of Theology 5:3 (1959) 156-161. — 17 Ap 21:9. — 18 Ap 3:14; 19:11. — 19 Jn 14:6. — 20 Ap 1:1 Gf. A. Gelin, o.c. p.66s. — 21 Ap 22:12.20. — 22 Ap 2:16; 3:10. — 23 M. García Cordero, o.c. p.226. — 24 Ap 1:3; 14:13; 16:15; 19:9; 20:6; 22:7.14- — 25 Ap 1:1.9-11. Cf. G. Bardy, Faux et fraudes littéraires dans l'antiqwté chrétienne: Rev. d'Hist. Eccl. 32 (1936) 275-302. — 26 Jn 19:35- — 27 Cf. Dan 8:26; 12.4.9; Libro de Henoc 82:1; 104:11-13; Asunción de Moisés 1:16; 10:11; 11:1; 4 Esd 12:37; 14:26.47. — 28 159-11i. — 29 Is 6:9-10; Jer 15:2; Zac 11:9. — 30 Cf. Is 40:10. — 31 Ap 20:12. — 32 Is 40:10; Sal 62:13; Mt 16:27; Rom 2:6. — 33 AP2:23; 11:18. — 34 Ap l6:7; 19:2; 20:12. — 35 Mt 24:42-51; Mc 13:33-37; Lc 12:35-47- — 36 Ap 1:8; 21:6. — 37 La expresión en la sangre del Cordero (Vulgata) falta en los mejores códices griegos y debe de ser una glosa tomada de Ap 7:14. — 38 Ap 7:14. — 39 Cf. nota 24 de este capítulo. — 40 Ap 21:12-13.27. — 41 Ap 21:27; 22:1-2. — 42 Ap 21:8.27. — 43 Rom 1:26-32. — 44 Dt 23:18. — 45 Cf. Ap 21:8.27. — 46 Cf. 1 Cor 5:10. — 47 Cf. Mc 6:21; Rom 1:29; Sant 4:2; 1 Pe 4,15; Ap 9:21. — 48 Gf. Jn 1:17; 14:6; 17:17. — 49 Jn8:44. — 50 Cf. Ap 1:1; 2:28; 5:5· — 51 Ap 22:13. — 52 Cf. Aps,S. — 53 Ap 2:28; cf. 2 Pe 1:19. — 54 Jn 9:5. — 55 Jn 1:4-9. — 56 Rom 8:26. — 57 Fil 1:23. — 58 Cf. 1 Cor 16:22. — 59 Cf. Is 55:1. — 60 Cf. Dt 4:2; 13:1; 29:19; Prov 30:6. — 61 Ap 22:17. — 62 Ap 2:16; 3:10; 16:15; 22:7.12.17.20. — 63 1 Cor 16:22. — 64 Didajé 10:6. — 65 Cf. E. Hommel, Maran atha: ZNTW 15 (1914) 317-322; C. F. D. Moule, A Reconsideración of the Context ofMaranata: NTSt 6 (1960) 307-310. — 66 Cf. Ap 1:4.