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Sección 4. (14:21-16:23)
Elogio de la Sabiduría
Hay que buscarla con diligencia (14:21-27)
21-22 Dichoso el hombre que medita la sabiduría y atiende a la inteligencia; 23 que estudia en su corazón sus caminos e investiga sus secretos· Sal en pos de ella, como siguiéndole los pasos, y ponte al acecho en sus caminos. 24 Mira por sus ventanas y escucha a sus puertas. 25 Vigila cerca de su casa y en sus muros fija las cuerdas de su tienda; planta su tabernáculo junto a ella y habita en su buena morada; 26 pone sus hijuelos entre su follaje y mora bajo sus ramas. 27 Se protege allí, a su sombra, del calor y descansa en sus habitaciones.
Después de exponer cómo el avaro no es feliz con sus riquezas al no saber aprovecharse de ellas y de indicar que éstas pueden dar cierta felicidad si se emplean en los fines indicados, el autor del Eclesiástico enseña en esta sección que hay algo que hace al hombre mucho más feliz que ellas: la posesión de la sabiduría, que consiste en el cumplimiento de la ley de Dios, que ha creado al hombre.
Una vez más proclama dichoso al que hace objeto de su estudio y profunda meditación la sabiduría, es decir, las santas Escrituras, donde se encierra la forma del bien vivir, y lleva a la práctica sus dictámenes. Sigue una insistente exhortación a su búsqueda a través de una serie de metáforas, con las que el autor intenta expresar la diligencia con la que ha de buscarse la sabiduría, la atención que ha de poner en escuchar sus enseñanzas, la amistad inseparable y convivencia con ella, la disposición a escuchar en todo momento su voz y obrar en consecuencia con ella. De este modo percibirán, él y también sus hijos, como frutos del árbol de la sabiduría, el gozo y prosperidad d e que va a hablar en el capítulo siguiente.
1 3:2.6. — 2 Citado por A Lapide, o.c., 3.14:7 ti p.412. — 3 2:14; 3:12-13.22; 5:17-19; 8:15; 9:7-9. — 4 O.c., a.14:3-7 P-369. — 5 Citado en Spicq, o.c., 3.14:8-10 p.369. — 7 21:10-11; 41:7. — 8 48:5. — 9 22:90; 30:17; 38:23; 46:19. — 10 22:9a. — 11 14:17. — 12 17:23. — 13 San Jerónimo, Epist, 139 ad Cyprianwn. — 14 Job 14:5. — 15 Gomo antítesis al v.20, la Vulgata añade el 21: Pero todas las obras escogidas serán aprobadas y el que las ha hecho sera honrado en ellas. Las obras santas, fruto del amor a Dios, persistirán, y quien las hizo obtendrá gloria en la otra vida.
15. La Sabiduría y el Pecado
Beneficios de la sabiduría (15:1-10)
1 Así hará quien terne al Señor, y quien se adhiere a la Ley logrará la sabiduría" 2 Como madre le saldrá al encuentro, y como esposa virginal le acogerá. 3 Le alimentará con el pan de la inteligencia y le dará a beber el agua de la sabiduría. 4 En ella se apoyará y no vacilará, a ella se adherirá y no será confundido. 5 Le levantará por encima de sus compañeros, en la asamblea le abrirá la boca. 6 Hallará en ella gozo y corona de alegría, recibirá en herencia nombre eterno. 7 Los insensatos no la logran, ni la verán los pecadores. 8 Se aleja de la soberbia, y los mendaces no se acuerdan de ella. 9 No puede alabarla el malvado, porque Dios no le dio parte en ella; 10 porque la alabanza ha de estar en la boca del sabio, y el que la posee será maestro en ella.
Busca la sabiduría con las disposiciones mencionadas en la pe-rícopa precedente quien posee el temor de Dios. Este lleva al cumplimiento de la Ley, y en la observancia de sus mandamientos radica la verdadera sabiduría 1.
A quien así se conduce, ella viene a su encuentro con el amor solícito y protector de una madre, con la ternura con que la esposa que no ha conocido otro amor desde su juventud acoge al esposo 2. Al enseñarle sus consejos de vida, se constituye en el alimento espiritual del hombre y en el agua que sacia su sed. El agua aparece ya en los babilonios como símbolo de sabiduría, y en la Biblia como expresión de ricas bendiciones 3. En la literatura rabínica posterior se menciona con frecuencia el "pan" y el "agua" de la Ley 4. Fortalecido con este alimento, el discípulo de la sabiduría se mantendrá firme en el camino de la virtud frente a los asaltos del demonio y contrariedades de la vida. En los tiempos mesiánicos, la Sabiduría encarnada se constituiría en el alimento de las almas bajo los accidentes del pan y del vino. A sus discípulos — continúa Ben Sirac (ν.5) — los constituye doctores sobre los demás, y en las mismas reuniones públicas les dará el hablar con eficacia al instruir al pueblo en sus enseñanzas. Todo lo cual le granjeará gran estima y gloria entre las muchedumbres y aun, siendo joven, honor entre los ancianos5. La Iglesia ha tomado para el introito de la misa de doctores este verso 5 con la adición de la Vulgata, que dice: "Llenándolo del espíritu de sabiduría y de inteligencia y lo revestirá de un manto de gloria." En fin, hará sentir esa paz interior y alegría íntima que da Dios a quienes cumplen sus mandamientos, preludio del gozo y alegría eternos, y una fama y prestigio que hará correr su nombre de boca en boca aun después de su muerte, como ocurrió con Salomón y ocurre con los santos6.
Si el temor de Dios es condición indispensable para alcanzar la sabiduría, no podrán poseerla los pecadores. "Nada hace a los hombres tan necios como la malicia — escribe San Jerónimo —, nada tan sabios como la virtud."7 Y tampoco los soberbios, que excluyen a Dios, constituyéndose a sí mismos en el centro de su vida, y los mentirosos, que o no se preocupan de las enseñanzas de la sabiduría o las detestan como contrarias a sus engaños y mentiras 8. Solamente aquel a quien Dios ha dado la sabiduría — dice Ben Sirac — puede hacer cumplidamente su elogio, el cual no caería bien en la boca del pecador, que haría con su conducta deshonor a sus palabras. Por eso exclama el salmista: "Dice Dios al impío: ¡Cómo! ¿Te atreves tú a hablar de mis mandamientos, a tomar en tu boca mi alianza, teniendo luego en aborrecimiento tus enseñanzas y echándote a las espaldas mis palabras?" 9 San Juan Crisóstomo observa que las Sagradas Escrituras, y especialmente David, invita a todos los animales y a todas las criaturas, hasta a las serpientes y dragones, a alabar al Señor, pero jamás invita a los pecadores 10.
El pecado no viene de Dios (15:11-21)
11 No digas: "Mi pecado viene de Dios," que no hace El lo que detesta. 12 No digas que El te empujó al pecado, pues no necesita de gente mala. 13 El Señor aborrece toda abominación y evita que en ella incurran los que le temen. 14 Dios hizo al hombre desde el principio y le dejó en manos de su albedrío. 15-16 Si tú quieres, puedes guardar sus mandamientos, y es de sabios hacer su voluntad. 17 Ante ti puso el fuego y el agua; a lo que tú quieras tenderás la mano. 18 Ante el nombre están la vida y la muerte; lo que cada uno quiere le será dado. 19 Porque grande es la sabiduría del Señor; es fuerte, poderoso y todo lo ve. 20 Sus ojos se posan sobre los que le temen y conoce todas las obras del hombre. 21 A ninguno manda obrar impíamente, a ninguno da permiso para pecar.
Los pecadores no poseen la sabiduría, porque ésta es incompatible con sus pecados n. Pero ¿quién es el responsable de éstos? No Dios, como se sentiría tentado a decir el malvado, sino él mismo, que, siendo libre para escoger entre el bien — que cuesta — y el mal — que halaga —, se inclina por éste.
Dios.no es la causa del pecado ni puede inducir a él al hombre. Sería blasfemo afirmarlo 12. El pecado es la negación de Dios, una insolencia contra sus mandatos, y por lo mismo lo aborrece. Los cristianos que hemos contemplado a su Hijo unigénito expiándolo en la cruz, y aprendido de la revelación el castigo eterno que espera a los no arrepentidos, sabemos hasta que punto lo detesta. Por lo demás, es todopoderoso, y no precisa del mal para llevar a cabo sus planes. Más aún, El da al ser humano las gracias convenientes para que pueda evitar el pecado, y cuantos prestan su colaboración lo evitan. Esto hacen cuantos llevan en su corazón sentimientos de piedad, amor y reverencia a Dios, que los hace detestar lo que Dios aborrece 13.
El pecado tiene su origen en el mal uso que del don de la libertad ha hecho el ser humano. Dios creó al hombre, dotándole de la libertad, en virtud de la cual puede escoger entre el bien y el mal y es responsable de sus actos. La Vulgata recoge el dato del Génesis subsiguiente a la creación, diciendo que le impuso mandatos y preceptos 14, lo que no hubiera podido hacer si no lo hubiera creado libre. El pecado original "debilitó" sus facultades y le dejó cierta propensión al mal, pero el ser humano no perdió su libre albedrío 15, de modo que está en su mano el guardar los mandamientos o no guardarlos, siendo sólo él responsable de su pecado, sin que ello excluya, claro está, la necesidad de la gracia para hacer el bien y vencer la concupiscencia, que nos lleva al mal16.
El Señor ha puesto ante el hombre cosas tan contrarias como el agua, que refrigera, y el fuego, que abrasa; al que tú quieras puedes extender tu mano (v.1y). El agua y el fuego son aquí símbolo de cosas tan contrarias como el cumplimiento de los mandamientos divinos y la inobservancia de los mismos; del premio y del castigo respectivamente; de la vida y de la muerte 17. Él don de la libertad del hombre es una de las mas hermosas creaciones de la sabiduría divina y que en más estima tiene el hombre. Ella le hace merecedor de la felicidad o responsable al castigo. Y Dios, infinitamente sabio, que conoce todas y cada una de las obras del hombre con sus más íntimas intenciones, e infinitamente poderoso para dar a cada uno según su merecido, premiará las acciones buenas de los que le temen, a quienes mira con ojos de complacencia, y castigará los pecados de los impíos 18. El ser humano, al cumplir libremente los mandamientos, escoge, por lo mismo, el premio que Dios le ha establecido, y al negar la obediencia a los mismos, escoge implícitamente el castigo que le es debido.
La conclusión de toda la narracion es que Dios no sólo no manda pecar, sino que ni siquiera da permiso para ello, castigando además a quien lo comete. No puede en modo alguno atribuírsele a El el pecado. Dios únicamente permite el pecado, en cuanto que respeta la libertad del ser humano, tratándole conforme a su naturaleza libre. Es el hombre el único responsable del pecado que comete al abusar de la libertad, que le fue dada, no para que pudiese escoger impunemente, a su libre albedrío, el bien o el mal, sino para que, pudiendo escoger entre ambos, eligiese libremente el bien, que de ordinario cuesta, y renunciase al mal, que tantas veces halaga 19.
1 1:11-40; Jn 3:21; 1 Cor 4:20. — 2 51:13-21; Prov 7:4; Sab 8:2,0. — 3 Dt 32:2; 15 12:3; Jer 2:13; Ez 47:1-12, etc. — 4 Así en Midrashim, Sifré 843; Shír Rabba I 2; Bereshíth Rabba LXX. Y en el talmud, Shabbáth 1203. — 5 Sab 8:10; Mt 10,19; Jn 16:13. — 6 Is 56:5; 62:12; Sab 8:13. — 7 Hom. 40 in lo. Cf. Prov 8:13; Sab 1:4. — 8 La Vulgata añade al v.8: y los hombres veraces se encontraran con ella y tendrán éxito hasta la visita de Dios. Irán de bien en mejor y en el juicio del Señor obtendrán la felicidad eterna. Cf. Sab 3:13. — 9 50:16-17. — 10 Cf. Dan 3:57-88, Sal 98.148:150 — 11 Sab 4:1. — 12 Cf. Gong. Trio., s.6 c.6: Denz. 798. 13 Sant 1:13-14. — 14 El ν.15 de la Vulgata dice: Le dio, ademas, sus mandamientos y preceptos. — 15 Cf. Gong. Araus. II: Denz. 199; Gong. Trio., s.6 c.i: Denz. 793. — 16 Cf. San Agustín, De gratia et libero arbitrio 0.15. — 17 Dt 11:26; 15:30; 15:19; Jer 21:8. — 18 Sal 33:18; 34:16; Prov 15:3. — 19 Cf. Oesterley, Ecclesiasticus (Cambr. Bibl.) p.LVI-LXIX.
16. Virtud, Justicia, Sabiduría
No son una bendición los hijos impíos (16:1-6)
1 No te agrades de tener muchos hijos inútiles para el bien, ni te complazcas en hijos malvados. Por muchos que tengas, no te alegres de ello, si no tienen temor del Señor. 2 No confíes en ellos ni tengas esperanza en su posteridad, 3 porque más vale uno bueno que mil malos, 4 y más morir sin hijos que tenerlos impíos. 5 Porque por un solo sensato prospera una ciudad, y una tribu de inicuos la devasta. 6 Mucho de esto he visto con mis ojos, y aun cosas más graves oyeron mis oídos.
Los judíos consideraban una bendición de Dios la prole numerosa i. El autor del libro precisa que es así cuando los hijos son virtuosos. Los hijos impíos, por numerosos que sean, no son una gloria para su padre, sino deshonor y fuente de disgusto. Ni se puede poner en ellos confianza; con frecuencia Dios acorta la vida y elimina de la tierra a los pecadores 2. Y en el caso de que viviesen en los días de tu ancianidad, con una posteridad semejante a ellos tal vez no podrás esperar de ellos otra cosa que amarguras y sufrimientos por sus maldades.
Es preferible la calidad al número. Es "mejor uno que cumple la voluntad de Dios a diez mil pecadores," como dice San Jerónimo 3. Da más alegrías, más gloria y suele ser más útil a los padres un solo hijo bueno y virtuoso que muchos malos e impíos. La misma historia de Israel ofrecía ejemplos palpitantes. Abraham tuvo un hijo virtuoso y abnegado, que le dio una gran gloria y numerosa descendencia4. Acab tuvo una numerosa prole, y ninguno desús hijos subió al trono. Jehú dio muerte a todos ellos5. Más aún, la misma esterilidad, con todo el oprobio que esto significa para un matrimonio hebreo, que, por lo mismo, había de renunciar a la gloria tan anhelada de contarse en la descendencia del Mesías, es mejor, afirma el autor del Eclesiástico, a tener hijos malvados. Con ello da a entender hasta qué punto estima la virtud y el honor que de ella deriva por encima de otras glorias humanas acompañadas de impiedad e ignominia.
Un hombre virtuoso y sensato basta para hacer prosperar toda una nación. Abraham, Jacob y José; Moisés, Josué y David, Judas Macabeo, son algunos nada más de los ejemplos que ofrece la historia de Israel. Los impíos, en cambio, provocan la ira de Dios y llevan a los pueblos a la ruina. También sobre este particular abunda en ejemplos la historia bíblica, algunos de los cuales mencionará en la perícopa siguiente.
Dios castiga los pecados (16:7-15)
7 En la asamblea de los pecadores se encenderá el fuego y en la nación rebelde se inflama la ira. 8 No perdonó a los antiguos gigantes, que, confiados en su fuerza, se rebelaron. 9 Ni perdonó a los convecinos de Lot, que se atrajeron la cólera por sus abominaciones. 10 No se compadeció del pueblo destinado a la ruina, de los que por sus pecados fueron exterminados. 11 Ni de los seiscientos mil infantes que se dejaron llevar de su corazón rebelde. Uno solo que endurezca su cerviz, será maravilla si queda impune; 12 porque hay en él misericordia y cólera; aguanta y perdona, mas sobre los impíos derrama su ira. 13 Como es grande su misericordia, así es severo su castigo, y juzgará al hombre según sus obras. 14 No escapará el pecador con sus rapiñas, ni se frustrará la esperanza del justo. 15 Recompensa a todos los misericordiosos, y cada uno recibirá según sus obras.
Con hechos tomados de la historia de Israel, el autor confirma cómo se enciende la ira de Dios contra los malvados y los castiga con todo rigor. El v.7, si bien parece tener una perspectiva general y servir de introducción a los episodios que enumera, en sus expresiones parece alusión a las murmuraciones del pueblo y a la rebelión de Coré, Datan y Abirón, castigada por Dios con el exterminio de Coré y sus partidarios 6. Los cuatro episodios modelo de castigo de Dios para con los impíos son: el diluvio, que anegó en sus aguas a los habitantes prediluvianos, que se habían entregado a toda clase de desórdenes 7; la destrucción por el fuego de la ciudad de Sodoma a causa de la corrupción y orgullo de sus habitantes, que clamaba al cielo 8; el exterminio de los pueblos cananeos, condenados por Yahvé a la destrucción a causa de tan horribles pecados como los sacrificios humanos 9; el castigo de los mismos israelitas a causa de sus murmuraciones en el desierto, por lo que todos perecieron, sin entrar en la tierra prometida, excepto José y Caleb 10. Y si Dios no se detiene en castigar, y con dureza, a ciudades y naciones, menos dejará de hacerlo cuando se trata de uno solo. Dios es infinitamente misericordioso e infinitamente justo, y como perdona los más grandes pecados cuando hay arrepentimiento sincero, así castiga con todo rigor la obstinación en los mismos. Tan atributo divino es uno como el otro. Y como Dios todo lo ve y todo lo puede U, no dejará sin castigo las acciones malas de los impíos ni defraudará la esperanza de los justos. Pero ocurre que muchas veces Dios difiere el premio y el castigo, cuando a nosotros nos agrada verlo realizado en seguida. Entonces es preciso ejercitarse en la paciencia. Dios obra sabiamente, y dilata el premio para aumentar los méritos con la paciente espera, y retrasa una y otra vez el castigo para dar al pecador lugar a penitencia.
Dios lo ve todo (16:16-23)
16 No digas: "Me esconderé del Señor; allá en las alturas, ¿quién se acordará de mí? 17 Entre tantos pasaré inadvertido; ¿qué soy yo en medio de todos?" 18Mira, el cielo y los cielos de los cielos, el abismo y la tierra tiemblan en su presencia. 19 Igualmente los montes y los cimientos de la tierra se estremecen cuando los mira EL 20 Nadie reflexiona sobre estas cosas, y ¿quién pone atención a mis caminos? 21 Si yo peco, ojo ninguno me ve; o, si yo miento en secreto, ¿quién lo sabrá? 22 Las obras justas, ¿quién las anunciará? ¿O qué esperanza voy a tener? Pues lejos está ya la alianza. 23 Así piensan los faltos de juicio, de esta manera piensa el hombre necio.
Podría venir al pecador la tentación de pensar que Dios tiene su morada allá en las alturas de los cielos, y no ve las acciones que él comete aquí abajo en los lugares escondidos de la tierra, o que en medio de la muchedumbre de los hombres puedan pasarle inadvertidas. El mismo lenguaje emplean los impíos en el libro de Eze-quiel12 y pone el autor de Job 13 en boca, de los malvados, que quisieran a toda costa sustraerse al castigo de sus impiedades.
El autor advierte al insensato que Dios lo ve todo y conoce todo y que ante su poder omnipotente tiemblan los cielos y la tierra, recordando los dos atributos divinos, omnisciencia y omnipotencia, que con frecuencia ponen de relieve las Sagradas Escrituras. "Si dijere — exclama el salmista —: 'Las tinieblas me ocultarán, será la noche mi luz en torno mío', tampoco las tinieblas son densas para ti, y la noche luciría como el día, pues tinieblas y luz son iguales para ti. Porque tú formaste mis entrañas, tú me tejiste en el seno de mi madre... Del todo conoces tú mi alma. No se te ocultaban mis huesos cuando secretamente era formado^ y en el misterio me plasmaban. Ya vieron tus ojos mis obras; escritas están todas en tu libro, y todos mis días aun antes de ser el primero de ellos." 14 Dios, pues, presente en todo, ve todas y cada una de las obras del hombre, y, omnipotente, puede premiarlas y castigarlas, y lo hará, como afirmó en la perícopa precedente.
Sección 5. (16:24-23:37)
Elogio de la Sabiduría
Su papel en la creación (16:24-31)
24 Óyeme, hijo mío, y aprende sabiduría y pon dentro de tu corazón mis palabras. 25 Expondré con sensatez mis pensamientos, ponderadamente mi doctrina. 26 Cuando el Señor desde el principio hizo sus obras, desde el principio las distinguió. 27 las ordenó para siempre y les asignó su oficio según su naturaleza. No pasan hambre ni se fatigan y no interrumpen su trabajo. 28 Ninguno molesta al otro 29 y jamás desobedecerán sus mandatos. 30 Después de esto miró el Señor a la tierra, y la llenó de sus bienes. 31 Cubrió la superficie de la tierra de animales de toda especie, que a ella han de volver.
Corno todas las demás secciones, comienza también ésta con una recomendación de la sabiduría, que es esta vez brevísima, y se reduce a llamar la atención del lector sobre las enseñanzas en torno a la creación del universo y del hombre en particular en la perícopa siguiente, en las que resplandece maravillosamente la sabiduría divina. Tal vez fue sugerida por los razonamientos de los insensatos aducidos en la perícopa precedente. Frente a ellos afirma que Dios ha creado todas las cosas, y también al hombre, sobre quien dispensa una providencia especial y a quien ha impuesto mandamientos, con lo que queda asentado su poder, su ciencia, su bondad, su justicia 15.
Al principio del tiempo, antes del cual nada existía, sino sólo Dios, el Señor, con un acto de su voluntad soberana, creó aquella masa caótica, separó la luz de las tinieblas, las aguas superiores y las inferiores, separadas por el firmamento, según la concepción de los antiguos 16, y la tierra de los mares, con lo que quedó terminada la obra de separación. A cada una de esas regiones señaló sus respectivos habitantes, asignándoles una finalidad conforme a su naturaleza. Al firmamento lo pobló con los astros en multitud inmensa, que, girando con movimientos contrarios y rapidísimos, jamás se obstaculizarán en su marcha, observando cada uno de ellos con fidelidad inquebrantable las leyes que en el principio les imprimió el Creador, en las que resalta su sabiduría y poder. Isaías pone en boca de Yahvé: "¿A quién, pues, que me iguale me asemejaréis? Alzad a los cielos vuestros ojos y mirad... ¿Quién los creó? El que hace marchar su bien contado ejército y a cada uno llama por su nombre, y ninguno falta; tal es su inmenso poder y su gran fuerza."17
Después el Señor se ocupó de la tierra, haciendo también en ella manifestación de su poder y sabiduría, que pregonan los continentes y los mares, los montes y los valles, los ríos, las plantas y los animales de toda especie, que se van ininterrumpidamente renovando. Es preciso exclamar con el salmista: "¡Cuántas son tus obras, oh Yahvé, y cuan sabiamente ordenadas! Está llena la tierra de tus beneficios."18
1 Dt 28:4; Sal 127:3; 128:3-4; Prov 17:6; Ecl 6:3. — 2 Job 24:24; Sal 54:24; Sab 3:6. — 3 Hom. 39 111 Genesim. — 4 Gen 15:5. — 5 2 Re 10. — 6 Núm 11:1; 16:1. Cf. Sal 72:21; 106:18. — 7 Gen 6:4; Sab 14:6. — 8 Gen 19:13-15; Ez 16:49. — 9 Ex 23:23; 33:2; Dt 7:1; Sab 12:3-6. — 10 Ex 12:37; Núm 14:15.23-30; 16:21; 21:5; Eclo 46:10. Sobre la cifra 600.000 cf. comentario a Ex 12:37. Se trata de una hipérbole, género literario muy del gusto de los orientales, que idealizan con fines religiosos los datos históricos. — 11 15:19- — 12 9:9 — 13 22:14. — 14 139:8-16; cf. Jer 23:24; Job 9:5ss; Sal 17:7; 57:9; 103:32; Prov 16:9. — 15 Cf. 6:24; Sab 2:1; 3:1, etc. — 16 Gen 1; Job 37:18; Sal 148:4. — 17 40:25-26. — 18 104:24.
17. Dios, Creador del Hombre y Misericordioso
Dios creó al hombre (17:1-8)
1 El Señor formó al hombre de la tierra. 2 Y de nuevo le hará volver a ella. 3 Le señaló un número contado de días y le dio el dominio sobre ella. Le vistió de la fortaleza a él conveniente y le hizo según su propia imagen. 4 Infundió el temor de él en toda carne y sometió a su imperio las bestias y las aves. 5 Diole lengua, ojos y oídos y un corazón inteligente. 6 Llenóle de ciencia e inteligencia y le dio a conocer el bien y el mal. 7 Le dio ojos para que viera la grandeza de sus obras, 8 para que alabara su nombre santo y pregonara la grandeza de sus obras.
Finalmente, Dios crea al hombre como rey y señor de la creación. Así como, cuando un gran señor se acerca a una ciudad, ésta se engalana para recibirle, así fueron creadas, primero que el hombre, todas las cosas, para que, dispuestas ya y ordenadas, recibieran a su rey. Lo formó del polvo de la tierra, y, perdido el don preternatural de la inmortalidad, a ella le hace volver una vez transcurrido el número de días de la vida del hombre, a que Dios ha puesto un límite, que nadie podrá traspasar l. Y lo creó a su imagen y semejanza, confiriéndole una naturaleza racional dotada de entendimiento y voluntad, dones que lo elevan muy por encima del reino animal y lo acercan a Dios. Y en esa naturaleza racional radica el poder que le ha dado sobre las cosas terrestres, cuyos profundos misterios penetra cada día más y cuyas energías va descubriendo y utilizando para su propio provecho, y el dominio sobre los mismos animales, espiritual más bien que físico, en el que es inferior a muchos de ellos, que le fue conferido el día de su creación y ratificado después del diluvio, como hermosamente expone, afirma y determina el autor del Génesis cuando dice: "que os teman y de vosotros se espanten todas las fieras de la tierra y todos los ganados y todas las aves del cielo, todo cuanto sobre la tierra se arrastra y todos los peces del mar; los pongo todos en vuestro poder. Cuanto vive y se mueve os servirá de comida" 2. El dominio concedido al hombre en el paraíso fue debilitado por el pecado, pero no enteramente privado de él.
Le concedió además dones singulares: ojos, para que pudiera contemplar la grandeza inmensa de las obras de la creación; inteligencia, para descubrir a través de ella al Creador y para que conociese la ciencia moral, el bien que lleva consigo la virtud y el mal que supone el pecado, y lengua, para que alabe el santo nombre de Dios, es decir, a Dios mismo 3, y cante agradecido las maravillas del universo, que creó para el hombre.
Dios da la Ley a Israel y perdona al arrepentido (17:9-20)
9 Y añadióle ciencia, dándole en posesión una Ley de vida. 10 Estableció con ellos un pacto eterno y les enseñó sus juicios. 11 Contemplaron sus ojos la grandeza de su gloria, y sus oídos oyeron su majestuosa voz, y les dijo: "Guardaos de toda iniquidad." 12 Y les dio mandatos acerca de su prójimo. 13 El mira siempre sus caminos y nada se esconde a sus ojos. 14 Dio a cada nación un jefe; 15 pero Israel es la porción del Señor. 16 Todas sus obras están ante El como está el sol, y sus ojos están de continuo sobre sus caminos. 17 Sus injusticias no se le ocultan, y todos sus pecados están delante del Señor. 18 La misericordia del hombre es como sello ante El, y tiene cuenta del beneficio hecho al hombre como de la propia pupila. 19 Luego se alzará para darle su recompensa, y echará sobre la cabeza de cada uno el pago de sus obras. 20 Sin embargo, perdona a los que se arrepienten y consuela a los que pierden la esperanza.
Del hombre en general pasa Ben Sirac a los hebreos; de la ley natural, a la ley mosaica. Por el pecado original, el hombre perdió su amistad con Dios y los dones preternaturales. El Señor, en el paraíso mismo, les prometió la redención. Para llevarla a cabo escogió a Israel, con la misión de preparar los caminos al Mesías Redentor. Sobre los beneficios antes enumerados, a este pueblo Dios le dio la Ley, cuya fiel observancia le haría digno de las promesas divinas, y estableció con ellos una alianza o pacto bilateral; Dios se comprometió a llevar al pueblo a la tierra prometida, símbolo de la patria celestial, y el pueblo se comprometió al cumplimiento de los mandamientos en ella contenidos. Pacto escrito en piedra, que sería sustituido por otro escrito en los corazones de los hombres, rubricado con la sangre del Cordero inmaculado. En el monte Sinaí, los israelitas contemplaron el resplandor de la gloria de Dios y oyeron la voz del Señor, que descendió sobre la montaña en medio de una nube de fuego y una tormenta aparatosa, como queriendo inculcar al pueblo la idea de la majestad de Dios e infundirles un saludable temor que les llevase al cumplimiento de la Ley y les mantuviese alejados de la iniquidad4.
La Ley, después de los preceptos que miran al amor y reverencia debidos al Dios, se ocupa de los deberes para con el prójimo, recomendando el honor y obediencia a los padres, defendiendo de toda injusticia los bienes materiales, la fama, la mujer. En el amor al prójimo se resumen los mandamientos de la segunda tabla, Y Dios no se ha limitado a dar unos preceptos. El lo ve todo y observa la conducta de los israelitas, y, como Dios justo y omnipotente, premiará sus buenas obras y castigará las malas. La providencia de Dios se extiende a todos los pueblos; a cada nación ha dado sus príncipes para que la gobiernen. Los judíos decían que Dios los gobierna por medio de los ángeles 5, pero se reservó para sí el gobierno de la nación israelita, su pueblo escogido, dispensándole una solicitud y protección especiales y dándole leyes apropiadas a sus destinos mesiánicos6. Dios, omnisciente, ve las acciones de todas las gentes, pero sigue de un modo especial los pasos de su pueblo predilecto. Todas las ingratitudes con que respondió a las predilecciones de Dios están patentes a sus ojos como el sol al universo, que ilumina, las cuales no fueron capaces de quebrantar la fidelidad de Dios y su alianza 7. Su venganza fue una alianza más perfecta, reservada a los tiempos mesiánicos. Ve también las buenas obras, entre las que hay unas que le son singularmente gratas: las obras de misericordia, que llevan, por lo mismo, la garantía más firme de que el Señor las premiará. Jesucristo dijo consideraría como hechas a su persona tales obras y les daría bienaventuranza eterna8.
A su debido tiempo, Dios juzgará las obras de los seres humanos, y dará a cada uno según su merecido: los buenos recibirán el premio o recompensa de sus acciones; los malos, el castigo de sus pecados: "recaerá sobre su cabeza su maldad, y su crimen sobre su misma frente," dice el salmista 9, si antes no se han arrepentido de sus pecados. Dios, que no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva, está siempre dispuesto a perdonar al pecador arrepentido y olvidar sus pecados, e incluso socorre con su gracia y perdona a quienes, considerando su miseria y sus pecados, se sentirían tentados a caer en el desaliento y en la desesperación y perder toda esperanza en el perdón.
Conviértete y confía en el Señor (17:21-31)
21 Vuélvete al Señor y deja los pecados. 22 Suplícale y enmienda las ofensas. 23 Conviértete al Altísimo y apártate de la iniquidad, y aborrece de corazón todo lo abominable. En el hades, ¿quién alabará al Altísimo 24-25 por los vivos que le tributan alabanzas? 26 El muerto, como el que no existe, ya no alaba; 27 el vivo y el sano, ése alabará al Señor. 28¡Cuán grande es la misericordia del Señor y su piedad para los que se vuelven a El! 29 Pues no es del todo perfecto el hombre ni es inmortal el hijo del hombre. 30 ¿Qué más refulgente que el sol? Y aun él se eclipsa. ¿Cuánto más el hombre, cuya fuerza es carne y sangre? 31 El sol preside al ejército de los altos cielos, pero el hombre es polvo y ceniza.
Después de hacer mención de la misericordia de Dios para quienes se arrepienten de sus pecados, hace una apremiante exhortación a convertirse al Señor. Una conversión sincera supone la renuncia a todo pecado, que el convertido deberá aborrecer; el retorno al Señor, a quien el pecador abandonó para convertirse a las criaturas. Además, es necesaria la oración a Dios para obtener el perdón de los pecados y perseverar en la amistad divina, y preciso apartarse de los obstáculos u ocasiones que llevan al pecado. Las expresiones indican que la conversión constituye un cambio radical respecto de la precedente conducta.
Los motivos que Ben Sirac pone ante los ojos del pecador son el pensamiento del hades, en el cual ya no se alaba a Dios. El ser humano debe alabar y agradecer a Dios Creador los beneficios que le ha concedido con una vida justa, conforme a sus mandatos, sin lo cual no hay oración y sacrificio que le sean agradables. Pues bien, si no cumple en esta vida con ese deber de gratitud, en la otra no podrá cumplirlo, ya que en el hades los muertos viven en un estado de inanición o somnolencia en el que se preocupan de alabar a Dios. Ben Sirac participa de las ideas de los autores precedentes 10. Los autores de vida espiritual advierten la dificultad que para alabar a Dios se siente en los años de la vejez; exhortan a alabar a Dios en los años de la juventud, los más hermosos de la vida, a la vez que insisten en lo peligroso que es esperar a arrepentirse a la hora de la muerte. "Temo — dice San Agustín — que la penitencia de un hombre enfermo sea también ella enferma." 11
Otro motivo (v.28) que debe estimular al pecador a la penitencia es la consideración de la inmensa misericordia de Dios para con los pecadores. San Pablo dice que el Hijo de Dios se asemejó en todo a los hombres a fin de hacerse pontífice misericordioso 12, y San Lucas se complace en poner de relieve con preciosas parábolas la misericordia de Dios, que encuentra una de sus causas en la flaqueza de la naturaleza humana, debilitada por el pecado original. Dios lo sabe perfectamente, y es, por lo mismo, comprensivo y misericordioso para con él. El hombre es un ser mortal, sujeto a la corrupción, inclinado a la concupiscencia, y los vicios desde su adolescencia 13. La comparación con el sol quiere poner de relieve la pequenez y debilidad del hombre: el sol, astro el más brillante a nuestros ojos, que preside el ejército de las estrellas, se eclipsa y no percibimos su luz, ¡cuánto más el hombre, que no es más que polvo por razón de su origen, ceniza por razón de su fin, compuesto de elementos tan frágiles como la carne y la sangre, destinado a la corrupción, será débil y sucumbirá ante la tentación! De ahí que todos incurrimos en pecado y necesitamos de la misericordia de Dios 14.
1 Gen 2:7; 3.I9Í Job 14:5 — 2 9:1-3. — 3 Cf. Prov 18:10; 30,4; R. criado, Valor hipostático del nombre divino en el A.T.: EstBíb 12 (i953); 273-316.345-376. — 4 Ex 19:11; 20,18.22. — 5 Dt 32:8 (LXX); Dan 10,21; Heb 2:5. Cf. Hagkpill. L'angélologie juive a l'époque néo-testamentaire: RB (1902) 546. — 6 Ex 19:5; Dt 7:6; 32:9; Is 19:25. — 7 Rom 3:3-4. — 8 Mt 25:31-40. — 9 7:17 jer 23:19; Ez 22:31; Jl 2:2-3. — 10 Cf. 14:12-17; Is 38:12.19; Sal 6:6; 113:18. — 11 Cf. en A Lapide, o.c., t.i p.494, otros preciosos testimonios de San Basilio y San Ambrosio. — 12 Heb2:17. — 13 Gen 8:21. — 14 i Jn 1:8. Esta es también la doctrina de los rabinos cf. Bonsirven, o.c., t
18. Dios y el Hombre, Moderación
Grandeza de Dios y miseria del hombre (18:1-14)
1 El que vive eternamente creó juntamente todas las cosas, Sólo el Señor es justo. 2 Nadie puede dignamente dar a conocer sus obras. 3 ¿Quién investigará sus grandezas? 4 El poder de su majestad, ¿quién lo cantará? ¿Y quién podrá enumerar sus misericordias? 5 Nada hay que quitar a su obra, nada que añadir, y nadie es capaz de investigar las maravillas del Señor. 6 Cuando el hombre cree acabar, entonces comienza, y cuando se detiene, se ve perplejo. 7 ¿Qué es el hombre y de qué sirve? ¿Qué tiene de bueno y qué de malo? 8 El número de los días del hombre, a más tirar, cien años; como una gota de agua en el mar, como un grano de arena, así son sus pocos años a la luz del día de la eternidad. 9 Por eso el Señor es magnánimo con ellos y derrama sobre ellos su misericordia. 10 Ve y conoce que su fin es desventurado. 11 y por eso multiplica sus piedades. 12 La misericordia del hombre es para con su prójimo; la del Señor, para con toda carne. 13 Arguye, instruye y enseña, reduce como pastor a su rebaño. 14 Bienaventurados aquellos que esperan en su misericordia y aceptan sus mandamientos.
Continuando las ideas precedentes, Ben Sirac va a contraponer la grandeza inmensa de Dios creador frente a la pequenez y flaqueza del hombre. El Señor, que no ha recibido de nadie su existencia, es eterno; ha dado, en cambio, la existencia a todos los seres sin excepción, de modo que la creación entera pregona el poder, la sabiduría y la bondad de Dios 1. El último inciso del v.1: sólo el Señor es justo, ha de interpretarse en el sentido de perfectísimo, exento de todo defecto o flaqueza, en distinción al hombre.
El entendimiento humano, con su capacidad limitada, no puede comprender perfectamente las obras maravillosas de Dios: las energías de la naturaleza, los misterios del reino animal. Los descubrimientos asombrosos de nuestro siglo nos dicen cuántas cosas estuvieron ocultas a los antepasados y nos hacen sospechar cuántas sorpresas experimentarán las generaciones futuras que permanecerán ocultas para nosotros. Pero "entre los atributos — comenta Jansenio — que nunca podrán ser suficientemente ponderados, hay sobre todo dos signos de admiración: su poder y su misericordia... A su poder no se une (como ocurre en los hombres) la crueldad, ni falta a su misericordia el poder para socorrer a aquellos de quienes se compadece. La fortaleza exige que lo temamos; la misericordia, que los amemos de verdad." 2
Las obras de Dios son tan perfectas, que nada les falta ni les es superfluo; tan sublimes, que la inteligencia humana no las puede abarcar. "Es grande el Señor — exclama el salmista —; su grandeza es inconcebible" 3. Y en otra parte: "Es grande Yahvé, grande su poderío, y su inteligencia es insondable"4. E Isaías pone en boca de Dios: "¿No sabes tú... que Yahvé es eterno, que creó los confines de la tierra... y que su sabiduría no hay quien la alcance?" 5 Cuando el hombre, poniendo en juego todos sus recursos intelectuales, se entrega de lleno a la investigación de los misterios de la naturaleza, de los atributos de Dios, se da cuenta de lo mucho que ignora, y se siente perplejo ante el inmenso campo, siempre en aumento, que queda por explorar. Y en el camino de la virtud, que es la sabiduría práctica, ocurre lo mismo; cuanto más avanza el alma, más comprende lo lejos que aún queda la perfección.
Si ponemos al humano en parangón con la majestad de Dios y la grandiosidad de sus obras (v.7-8), ¡qué cosa tan insignificante resulta! Todo el bien que él pueda hacer, ¿qué es comparado con la santidad perfectísima del Señor, con la inmensidad de sus maravillosas obras? Y el mal, por grande que sea, ¿qué puede perjudicar a Dios o a ese orden maravilloso que preside las obras de la creación? ¿Qué es el ser humano en la inmensidad del universo, creado por Dios? Y en cuanto al número de sus días, ya lo dijo el salmista: "los días de nuestros años son setenta años, y ochenta en los más robustos"6. Y eso, ¿qué es en comparación con la eternidad, que no tuvo principio ni tendrá fin? "Mil años — dice también el salmista — son a tus ojos como el día de ayer, que ya pasó; como una vigilia de la noche." 7 Con razón exclamaba Bossuet: "Si echo una mirada ante mí, ¡qué espacio infinito, en el cual yo no me encuentro! si me vuelvo hacia atrás, ¡qué fuga aterradora de años, en que ya no estoy! ¡Qué poco espacio ocupo en este abismo inmenso del tiempo! No soy nada; un intento tan pequeño no puede distinguirme de la nada." 8
Esta limitación y flaqueza del hombre, el fin tan triste que le espera: una muerte pronta y penosa, a la que sucede la vida sin pena ni gloria del seol, lejos de provocar la aversión y el desprecio en Dios respecto del hombre, le hace sentir más la misericordia y la compasión hacia él. "¿Qué es el hombre para que de él te cuides? pregunta el salmista a Yahvé. ¿Qué es el hijo del hombre para que pienses en él? Es el hombre, se contesta a sí mismo, semejante a un soplo; sus días son como sombra que pasa" 9. Pero es su nada y su miseria lo que atrae y engrandece la misericordia de Dios para con los pecadores, y mostró siempre predilección por los débiles, por los menesterosos, por los que sufren.
Para poner más de relieve y exaltar más y más la misericordia divina, la compara con la misericordia humana (v.1a). El hombre la practica con sus semejantes, y entre éstos la limita a sus connacionales, a sus amigos. Dios, en cambio, practica su misericordia con seres infinitamente inferiores y de quienes nada precisa, y la extiende a todos los hombres, no sólo a los justos, que cumplen su ley, sino también a los pecadores; también sobre éstos hace lucir el sol y hace caer la lluvia benéfica. Y mientras haya sobre la tierra un hombre, estarán abiertas las puertas de la misericordia divina, que no se cerrarán ante el arrepentimiento del más empedernido pecador. El Señor es como el maestro, que enseña el camino del bien vivir para conseguir una vida larga y feliz, y como el pastor bueno, que conduce a sus ovejas a los pastos saludables y las aparta de las hierbas venenosas, dando las gracias y medios para cumplir los preceptos y amenazando con duro castigo el incumplimiento de los mismos. Preciosa imagen esta del buen pastor, expresiva como la que más del amor misericordioso y cuidados solícitos divinos, que Jesucristo se apropió para poner de relieve su amor y solicitud por los pecadores 10.
El último verso de la perícopa concluye, según la versión siríaca, que preferimos por dar un sentido más conforme con el contexto, proclamando bienaventurados a quienes esperan con confianza en la misericordia de Dios, a que se hacen más acreedores con el diligente cumplimiento de sus preceptos.
Haz el bien de buen ánimo (18:15-18)
15 Hijo mío, tus beneficios no los acompañes de reproches, ni tus obsequios de palabras amargas. 16 El rocío refresca los ardores del sol, y así la buena palabra es mejor que el don. 17 Una buena palabra es mejor que un obsequio, pero el hombre benéfico une la una al otro. 18 El necio hace groseros reproches, y el don del envidioso hace mal a los ojos.
La conducta misericordiosa de Dios para con el hombre ha sugerido al autor del libro unas reflexiones sobre el modo como éste ha de practicar la misericordia para con sus semejantes. El obsequio o limosna no ha de ir acompañado de reproches, con los que el necio manifiesta el desagrado para con quien, tal vez importunamente, solicitó su misericordia; ni de palabras amargas, con las que el envidioso no puede menos de dar a entender el dolor profundo que le causa tener que desprenderse de algo, aunque sea en favor de los demás. Quien alivia a los demás en su pobreza, ha de hacerlo con amor hacia el necesitado, con gozo y alegría de hacerle el bien. Una palabra portadora de cariño y aliento es muchas veces más eficaz que el mismo don material. Por eso, el ser humano bueno une las dos cosas: el don, con que socorre el prójimo en su necesidad, y la palabra amable y confortadora, con que da ánimo a su espíritu, muchas veces oprimido por la desgracia. El Talmud de Babilonia dice: "Quien da una moneda a un pobre será bendecido seis veces, y quien añade las palabras será bendecido doce veces" 11
Prudencia y reflexión (18:19-29)
19 Antes de hablar, aprende, y antes de la enfermedad, cuídate. 20 Antes del juicio examínate a ti mismo, y en la hora de la visitación hallarás piedad. 21 Antes de enfermar, humíllate, y si pecas, conviértete. 22 No dejes de cumplir a su tiempo tus votos, no aguardes a la muerte para ello. 23 Antes de hacer un voto, míralo bien, no seas como quien tienta al Señor. 24 Acuérdate de la cólera del día postrero, del día de la venganza, cuando Dios aparta su rostro. 25 Al tiempo de la abundancia acuérdate del hambre, de la pobreza y de la necesidad en los días de la riqueza. 26 Como cambia el tiempo desde el amanecer hasta la tarde, así todo pasa rápidamente ante el Señor. 27 El hombre sabio está siempre alerta, y en el día de la tentación se guarda del pecado. 28 Del sensato es aprender sabiduría y alabar a quien la halla. 29 Los que escuchan sabias sentencias se hacen sabios y derraman como lluvia los proverbios oportunos.
Seguimos unos consejos sueltos, que señalan la prudencia y circunspección con que es preciso proceder en las diversas circunstancias de la vida. Cuando tengas que hablar, reflexiona primero sobre lo que has de decir, para que nunca tengas que arrepen-tirte de lo que inconsideradamente dijiste. Vela por tu salud cuando te encuentres sano, y no caerás tan fácilmente en la enfermedad, que es mejor prevenir que tener que curar el mal contraído. Y si éste aparece, aplica el consejo del poeta: pon remedio al principio; preparas tarde la medicina cuando diste tiempo a que los males se apoderaran de ti12.
Y si has de tener cuidado de tu cuerpo, mayor lo has de tener de tu alma. Antes de que llegue el día en que has de tener que dar cuenta de tu vida para recibir la recompensa o castigo de tus obras, prepárate con el examen de conciencia para ver si tu vida discurre conforme a los mandamientos divinos, de modo que puedas mirar con seguridad y optimismo el juicio que de tus obras hará Dios, o, si está en desacuerdo con ellos, para arrepentirte a tiempo y enderezar bien tu vida, de modo que en aquel día alcances misericordia. "Si nos juzgásemos a nosotros mismos, no seríamos condenados," dice San Pablo 13. El v.21 supone la concepción de los antiguos de que las enfermedades eran castigo del pecado. Por eso recomienda Ben Sirac, como medida preventiva, la humildad, fundamento de una vida virtuosa, como la soberbia es raíz de todos los vicios. Y si incurriste en pecado, arrepiéntete del mismo y conviértete al Señor 14, y El perdonará tu pecado. Por lo demás, la vida humilde y tranquila favorece la salud tanto del cuerpo como del alma."
Como Cohelet, Ben Sirac da un doble consejo respecto de los votos (v.22-23). El primero, no formularlo sin antes haberrefle-xionado sobre la oportunidad y conveniencia del mismo, y no obrar precipitada y temerariamente, lo que vendría a ser tentar a Dios, exigiéndole gracias especiales para vencer una situación en que inconsideradamente, sin ser su voluntad, te colocaste. El segundo, no diferir el cumplimiento de los votos emitidos, conforme a lo mandado en el Deuteronomio: "Cuando hicieres un voto a Yahvé, no retardes el cumplirlo; pues Yahvé, tu Dios, de cierto te pedirá cuenta de ello, y cargarías con un pecado"15. Es claro que la dilación expone al incumplimiento del mismo. De modo que es mejor no hacer un voto a hacerlo y no cumplirlo, como advierte Cohelet16. Los judíos emitían con frecuencia, votos sin la debida prudencia y luego buscaban mil escapatorias para eludir su cumplimiento. Todo un tratado del Talmud, el Nedarim, estaba orientado en este sentido 17. Para permanecer fieles en el cumplimiento de los deberes religiosos, Ben Sirac recomienda el recuerdo del día en que Dios dejará a un lado su misericordia para juzgar a los hombres con su justicia, y castigará terriblemente a los pecadores. Los maestros de vida espiritual siempre han propuesto la meditación de esta verdad eterna como medio eficacísimo para mantenerse alejados del pecado.
Recordar la pobreza y el hambre en los días de la abundancia será un acto de prudencia muy provechosa, que te hará vivir con sobriedad. Y con ello proveerás para el día de la desventura y no te verás reducido a la miseria. El pensamiento que ha de alentar tal recuerdo es la inconsistencia de los bienes terrestres, que de la noche a la mañana pueden perderse, especialmente en situaciones sociales poco seguras.
La conclusión de la perícopa es de sabor sapiencial. El que es sabio observa estas normas de prudencia práctica, reflexionando siempre antes de obrar. Con ello obra siempre bien, evita el pecado y puede esperar con confianza y optimismo el día del juicio, porque la sentencia le será favorable. Y el hombre prudente admira esa sabiduría y se esmera por alcanzarla. Ben Sirac le señala un camino: el contacto con los sabios, de cuyos labios la aprenderán e incluso se capacitarán para enseñarla en proverbios oportunos a los demás, que, como benéfica lluvia, les hará producir copiosos frutos de virtud. Es propio del verdaderamente sabio no esconder su sabiduría, sino comunicarla a los demás 18, como del realmente virtuoso hacer que lo sean los demás. La sabiduría práctica se confunde en los autores sapienciales con la virtud.
Moderación de la gula y lujuria (18:30/33-19:1/3).
30 No te dejes llevar de tus codicias y cohíbete tus deseos. 31 Si das a tu alma la satisfacción de tus apetitos, te harás la burla de tus enemigos. 32 No te des a la buena vida ni te entregues al placer. 33 No te des a córner y beber con dinero prestado cuando nada te queda en la bolsa. 19 1 El dado a la embriaguez jamás se hace rico; el que desprecia lo poco, poco a poco se precipitará. 2 El vino y las mujeres extravían a los sensatos. 3 El que frecuenta las meretrices se hará un desvergonzado; la corrupción y los gusanos serán su herencia, y el procaz va a la ruina.
Hay tres cosas que fácilmente apartan al hombre del camino de la sabiduría: los manjares, el vino y las mujeres. Ben Sirac, después de hacer una recomendación de aquélla, pone en guardia a sus discípulos frente a este triple peligro. Da primero una recomendación general de moderación en este triple campo de cosas, añadiendo en seguida un motivo que debe llevar a su fiel observancia: la incontinencia de las pasiones de la gula y lujuria lleva consigo serios males, que hacen a quienes a ellos se entregan objeto de humillación y desprecio, de que sus enemigos tomarán pie para hacer burla y escarnio de ellos.
Hace después aplicación, primero, a placeres gastronómicos, exponiendo una consecuencia a que se expone quien se da a la glotonería y a la embriaguez. Estos vicios, que comenzaron seguramente poco a poco, van creando en el organismo una exigencia a que aquél no sabe ya resistir, y para saciarla consume cuanto su trabajo rinde, sin posibilidad alguna de ahorro. La imprudencia es mucho mayor cuando tales vicios han de mantenerse con un dinero prestado, que con tus ahorros — ¿dóndo están? — no podrás devolver, exponiéndote a la ira del acreedor y quizás a la tentación de robar para evitarla. Los autores de vida espiritual hacen aplicación del primer pensamiento a los pecados veniales o imperfecciones voluntarias de la vida espiritual. Las faltas leves debilitan las energías del alma, dan vigor a las pasiones y disponen al pecado grave. Quien es negligente en rechazarlas por tratarse de cosas pequeñas, fácilmente, cuando la tentación del pecado grave arrecia, incurre
en él.
Con la gula va frecuentemente unida la lujuria. El vino extravía a quienes a él se dan por caminos de miseria y deshonor 19. La lujuria produce todavía más detestables consecuencias. Quien frecuenta el trato con meretrices, dada la concupiscencia humana, triste herencia del pecado original, terminará por hacerse un desvergonzado, que, no pudiendo dominar sus pasiones, buscará sin rubor alguno las ocasiones de saciarlas. Caerá en la corrupción más degradante, consumirá sus riquezas en el vicio y enervará las energías de su cuerpo, acelerando así la muerte y corrupción del sepulcro 20. Y, por supuesto, la ruina del alma, pues sus vergonzosas iniquidades lo alejan de Dios y la sabiduría no vive en él 21.
1 San Agustín se apoyaba en este texto para probar que Dios había creado todas las cosas a la vez y que la distinción del autor sagrado en seis días pertenecía al género literario (cf. De Gen. ad litteram 4:33-34; 5:23; 6:3: PL 34:3183.338.340). El griego κοινή, que corresponde al hebreo yajedáw, significa: del mismo modo, sin excepción. El autor quiere decir que todas las cosas fueron creadas por Dios (cf. gong. lat. IV y gong. vat. I: Denz. 428 y 1783). — 2 42:17; Is 40,28; Job 5:9; Sal 145:3. — 3 145:3. — 4 147:5. — 5 40:28. — 6 90:10. — 7 90:4. — 8 Discurso sobre la muerte. — 9 Sal 144:3-4. — 10 Is 40:11; Jer 31:10; Ez 34:11-22; Sal 23:1; 80:2; Jn 10:11. — 11 Baba Bathra 9,b. — 12 "Principiis obsta; sero medicina paratur cum mala per longas invaluere moras" (Ovioio). — 13 1 Cor 11:31. — 14 17:21. — 15 23:21. — 16 5:4- — 17 Cf. comentario a Ecl 5:3-4. — El v.23 admite también el sentido que le da la Vulgata: Antes de orar prepara tu alma. El verbo griego εύξασθαι puede significar hacer un voto y orar. La Vulgata, al escoger éste, recomienda ese recogimiento interior, tan recomendado por los maestros de la vida espiritual, que dispone a una oración atenta y devota. — 18 Cf. Arist., l.i Metaphys.i. — 19 Os 4:11; Prov 20:1; 31:3-7. — 20 prov 5:5.11; 7:26-27; 9:18. — 21 Sab 1:4.
19. Prudencia en el Hablar, Sabiduría en la Conducta
Discreción en el creer y en el hablar (19:4-17)
4 El que es fácil en creer de ligero, y en esto peca, a sí mismo se perjudica. 5-6 El que se goza en el mal será condenado, y el que lleva y trae chismes y cuentos está falto de sentido, 7 No esparzas la maledicencia; así nadie te afrentará. 8 No descubras tu corazón ni al amigo ni al enemigo, si puedes hacerlo sin incurrir en pecado. 9 Porque quien te oyere se pondrá en guardia contra ti y, llegada la ocasión, se te mostrará enemigo. 10 ¿Has oído algo? Pues quede sepultado en ti, y no temas, que no te hará reventar. 11 Al necio, eso le aflige, como la criatura a la parturienta. 12 Como flecha clavada en el muslo, así es una de esas cosas en el seno del necio. 13 Habla a tu prójimo, no sea que no lo haya hecho, y si lo hizo, que no lo repita. 14 Habla a tu amigo, no sea que no lo haya dicho, y si lo dijo, que no vuelva a decirlo. 15 Habla a tu amigo, que muchas veces se calumnia. 16 Y no creas de ligero cualquier cosa, que muchas veces se desliza uno, pero sin intención. 17 Porque ¿quién es el que no peca con su lengua? Amonesta al prójimo antes de reñirle y da lugar a la Ley del Altísimo.
También en el creer, pero sobre todo en el hablar, es necesaria mucha prudencia. Los autores sapienciales insisten mucho sobre este segundo tema. No pretende el autor que hayamos de desconfiar, sin más, de cuanto se nos diga, sino recomendar ese mínimum de prudencia que se requiere en un mundo falaz, puesto todo él bajo el poder del maligo 1, para no venir a ser objeto de engaño y de irrisión 2. Hay quienes no sólo hacen el mal, lo que ya es detestable, sino que se complacen en él, y quienes gozan llevando y trayendo comentarios sobre vidas ajenas. Lo primero es una estupidez digna de reproche y condenación. Lo segundo arguye al menos ligereza de ánimo; no cae en la cuenta del mal tan grande que con sus habladurías puede hacer, provocando enemistades y odios. El ser humano prudente dominará su lengua y se abstendrá de esparcir toda maledicencia, respetando la fama del prójimo; con ello conseguirá que los demás respeten la suya, absteniéndose de toda murmuración y juicio temerario contra él. No descubrirá los secretos íntimos de su corazón si un deber de justicia o de caridad no le obligan, con lo que evitará que un mal amigo se aproveche de sus confidencias para mal suyo. Dice un proverbio árabe que "posee su alma quien oculta su secreto al amigo." 3 Los antiguos decían que las cosas de los amigos son comunes, sin excluir las mas íntimas. Esto tiene sus límites, y hay cosas que uno solo habla con Dios o con quien hace sus veces. Si, pues, te has enterado de un secreto, sobre todo si se refiere, como precisa la Vulgata, a algo ofensivo para el prójimo, debes guardarlo en el corazón, de modo que nunca aflore a tus labios. Y no ser como el necio, que ansia la ocasión de comunicarlo, como la parturienta, afligida por los dolores del parto, desea dar a luz a su niño (v.11); y como aquel en cuyo muslo fue clavada una flecha, que anhela, obligado por el agudo dolor, le sea extraída.
Pero hay ocasiones en las que se debe hablar. Si de un amigo tuyo, de una persona con la que tienes confianza, has oído hablar mal, comunícaselo. Si realmente cometió la falta de que se le critica, harás muy bien en practicar para con él la caridad fraterna, sobre todo si lo haces con un amor entrañable de verdadero amigo. "Amonestar y ser amonestado es propio de la verdadera amistad," decía Cicerón4. Y San Juan Crisóstomo decía: "Me siento reconocido a aquellos que me reprenden, pues son verdaderos amigos; lo hagan justa o injustamente, no intentan reprocharte, sino procurar tu enmienda." 5 Ocurre muchas veces que no es cierta la falta de que se le acusa, y se murmura de él sin motivo ni fundamento, en cuyo caso, notificándoselo, podrás, juntamente con él, hacer verdad sobre el particular.
Tú no creas, sin más, cualquier cosa desfavorable que oigas de tu prójimo. Piensa que muchas veces no ha habido la mala intención que se supone, sino simplemente inadvertencia o, en todo caso, un poco de imprudencia. Por lo demás, en cuanto a pecados de lengua, ¿quién no ha faltado alguna vez? "A la lengua — dice Santiago — nadie es capaz de domarla; es un azote irrefrenable y está llena de mortífero veneno"6. Por eso has de ser indulgente para quienes con ella faltan, pensando que también tú faltarás alguna vez. Tu conducta ha de ser no reprender o castigar en seguida, sino amonestar conforme a la Ley, que quiere además se haga una solícita investigación antes de castigar7. Jesucristo recomendó que, si tu prójimo pecaba contra ti, le corrigieras privadamente antes que denunciarle a la Iglesia 8, y San Pablo aconsejaba a los gálatas que, si alguno faltare entre ellos, lo corrigieran con espíritu de mansedumbre 9.
La verdadera y la falsa sabiduría (19:18-27)
18 Toda sabiduría consiste en el temor de Dios y está en el cumplimiento de la Ley. 19 No es sabiduría la ciencia de la maldad y no hay prudencia en los consejos de los pecadores. 20 Hay una sabiduría que es execrable, y hay necios que ni siquiera saben hacer el mal. 21 Mejor es con poca inteligencia temer a Dios que con mucha traspasar la Ley. 22 Hay una sutileza verdadera, pero que traspasa la justicia 23 y que pervierte el derecho para mostrar el ingenio. Hay quien va encorvado y enlutado, pero en su interior está lleno de engaño; 24 lleva la cabeza baja y se hace el sordo, pero cuando menos lo piensas se te echa encima. 25 Y aunque no tenga fuerzas para ello, en cuanto tenga ocasión te hará el mal. 26 Por su aspecto se descubre el hombre, y por su semblante el prudente. 27 El vestir, el reír y el andar denuncian lo que hay en él.
La mención de la Ley inspira al autor esta perícopa, que viene a ser como un contraste entre la verdadera sabiduría, que consiste en el temor de Dios y lleva consigo el dominio de la lengua en el hablar, y la falsa sabiduría del que no cumple la Ley de Dios y se basa en la hipocresía y en la mentira.
La sabiduría, conforme al pensamiento central de los autores sapienciales, es no sólo el conocimiento especulativo de las enseñanzas de los sabios, sino sobre todo el cumplimiento en la práctica de la Ley de Dios, que encierra sus mandamientos, al que llevan los sentimientos de piedad y temor reverencial al Padre 10. En consecuencia, el ingenio y habilidad del pecador para la realización de sus planes malvados y la cautela o circunspección que pretende recomendar en sus consejos en orden a tal fin, no son verdadera sabiduría, ni tampoco verdadera prudencia, virtud que ordena los medios a un fin recto, sino astucia y malicia, verdadera necedad e imprudencia. "Toda ciencia separada de la justicia — escribía Platón — y de las otras virtudes, es astucia más bien que sabiduría."1
Del hombre que abusa de su ingenio para el mal, y que es, por lo mismo, de todo punto execrable, distingue Ben Sirac al necio, que, más que por astucia y malicia, obra el mal por ignorancia, y que es más bien digno de compasión. Si la verdadera sabiduría consiste en el temor de Dios, en el cumplimiento de los preceptos de la Ley, será preferible el hombre rudo e ignorante, pero temeroso de Dios, al sabio, que investiga los secretos de la naturaleza; al mismo teólogo, que profundiza en los misterios divinos, pero que no cumplen con la Ley de Dios.
Carecen, en consecuencia, de la verdadera sabiduría, insiste Ben Sirac, el malicioso o astuto, que se sirve de medios malos para realizar sus fines, o emplea su ingenio en demostrar su habilidad para violar impunemente la Ley, lo que es una sabiduría diabólica, terrena, animalesca, como dice Santiago 12. Y también el hipócrita, que, simulando abatimiento y tristeza, se presenta en actitud humilde o como quien nada sabe, para encubrir perversas intenciones secretas, lo que los hace especialmente peligrosos. Comentando este versículo A Lapide, dice son numerosos en las cortes de los príncipes, donde reina la ambición, la envidia y la hipocresía. Por ello piensan algunos que el Siracida escribió esto en la corte de Ptolomeo, rey de Egipto, u otro príncipe. La simulación es aún hoy día muy frecuente en Oriente.
Pero el profundo observador puede, mediante ciertos indicios, descubrir al hipócrita y no dejarse engañar por su astucia. El primero asignado por el sabio es el semblante exterior; en efecto, en las facciones del rostro, en la mirada sobre todo, fácilmente se deja entrever la malicia o la bondad del ser humano, el crimen y la inocencia, la lujuria o el candor. También la manera de vestir, de andar, pueden reflejar un alma sencilla y humilde o un espíritu vanidoso, lleno de orgullo; una educación fina y delicada o unos modales poco cultivados. La misma manera de reír denota no pocas veces la astucia o la sinceridad, la doblez o la franqueza. Tiene razón Séneca cuando afirma que los más mínimos detalles descubren las costumbres de los hombres 13. Comentamos el v.28 con la perícopa siguiente.
1 Sal 16:11; 1 Jn 5:9. — 2 La Vulgata y el cód.A añaden el ν.5: Quien se complace en la iniquidad quedarα infamado;^ quien odia la corrección acorta su vida; quien aborrece la locuacidad extingue la maldad. acora su va; quen aorrece a ocuaca exngue a maa. — 3 El primer y tercer miembros coinciden con los versos siguientes. La razón del contenido del ja corregir viene a ser víctima de vicios que acortan su vida. — segundo es que quien no se dej 3 Centur. i n.6o. — 4 De amicitia. — 5 Hom. De ferendis reprehensionibus t.3. — 6 3:8. — 7 Dt 13:14-15; 17:4; 19:18 — 8 Mt 18:15-17. — 9 6:1. — 10 1:15.20.27; Job 28:28; Prov 1:7; 9:10. — 11 Menexene 2473. Cicerón lo cita en De Off. I 19: "Scientia, quae est remota a ius-titia, calliditas potius quam sapientia est appellanda." — 12 3:15. — 13 Ep., I 52.
20. Hablar Prudente y Sentencias Varias
Discreción en el responder y el hablar (19:28-20:1/22)
28 Hay quien reprende importunamente y hay quien calla mostrando su prudencia. Mejor es reprender que guardar rencor. Quien confiesa su culpa se ahorrará el daño. 2 Como eunuco que pretende desflorar a una doncella 3 es el que a la fuerza hace la justicia. 4 Bueno es que el corregido maní -fieste arrepentimiento; así huirá del pecado voluntario. 5 Hay quien callando se muestra sabio, y quien se hace odioso por su mucho hablar. 6 Hay quien calla porque no tiene qué responder, y hay quien calla esperando su vez. 7 El sabio se calla hasta el momento oportuno; el necio no sabe aguardar su tiempo. 8 El que mucho habla molesta, y el que en hablar no guarda medida se hace odioso. 9 Hay éxitos que para el hombre se convierten en mal, y hallazgos que le traen daño. 10 Hay dones que de nada sirven, y hay otros cuyo provecho es doble. 11 A veces la prosperidad origina la humillación, y la humillación hace erguir la caheza. 12 Hay quien compra muchas cosas por poco, y hay quien las paga siete veces. 13 El discreto en hablar se hace amable, pero las gracias del necio se desprecian. 14 Don de necio no te aprovechará, porque en vez de un ojo tiene siete. 15 Da poco y echa en cara mucho, y lo pregona a boca llena. 16 Hoy presta y mañana exigirá; semejante hombre es aborrecible. 17 Dice el necio: "Yo no tengo amigos, no hay gratitud para mis buenas obras; 18 los que comen mi pan son malas lenguas." ¡Cuántos y cuántas veces se burlarán de él! 19-20Mejor es caer en el suelo que caer por la lengua. La caída de los malos llega apresuradamente. 21 Es bocado sin sal gracia dicha a destiempo; está siempre en la boca de los insensatos. 22 La palabra del necio no es bien recibida, porque la dice fuera de tiempo.
Hay ocasiones en que no es prudente hacer una reprensión; por ejemplo, cuando el que ha de ser reprendido se encuentra bajo impresiones o circunstancias que harían la reprensión inútil y tal vez contraproducente, o cuando el que ha de reprender está dominado por la pasión de la ira, que priva de la mansedumbre precisa para no traspasar los linderos de la caridad, que ha de informar toda reprensión. San Agustín dice que aquélla le es necesaria como al cirujano la serenidad de espíritu para no cortar ni más ni menos que lo que el enfermo precisa. Platón dijo en una ocasión a un siervo cuya falta le indignó: "Te castigaría si no estuviera airado"; y en otra encomendó el castigo a un amigo, diciendo: "Yo no puedo castigarlo, porque estoy dominado por la ira."1 En estos casos será mejor callar hasta el momento oportuno, sin olvidar que a veces, como enseña la experiencia, el silencio, tan ponderado por los autores sapienciales, es la más prudente y eficaz reprensión. Pero hay ocasiones en que será preferible hacer la reprensión a guardar silencio. Es el caso en que bajo esta segunda actitud se encubre y fomenta uno de los sentimientos menos nobles del corazón humano y más opuestos, podemos decir nosotros, a la caridad cristiana. Entonces la prudencia recomienda hacer la reprensión, que, además de hacer bien al reprendido, si se hace de modo conveniente, lo hace al que reprende, al darle ocasión a desfogar la ira y evitar una enemistad tal vez perpetua. Si el reprendido reconoce su culpa, se hará mucho bien, ya que obtendrá misericordia, como afirma el autor de los Proverbios 2, pues predispone al superior en su favor. Dios es lo que exige, unido al arrepentimiento, para perdonar aun los más graves pecados. Dice San Beda: "La confesión de los males es principio de bienes." 3 Pero el reprensor y, en general, quien quiera hacer bien, no olvide que no se puede hacer a uno justo por la fuerza; una reprensión demasiado violenta produce contrariedad y puede quedar sin fruto, como pone de relieve la expresiva, aunque rara a nuestra sensibilidad, comparación del v.2.
Una de las cosas en que más se manifiesta la sabiduría es la prudencia en el hablar y en el callar. Indica un profundo dominio de sí mismo saber callar en el momento en que el afán de comunicar un secreto que debemos guardar nos acucia, cuando bajo los efectos de la ira diríamos palabras que después nos pesaría haber dicho. "Es más glorioso tolerar una injuria callando que vengarse respondiendo"4. Hasta el mismo necio, si calla, pasa por sabio5. "He visto caer a muchos en el pecado con su palabra, apenas alguno con el silencio; es más fácil hablar que callar" 6. Claro que no siempre el silencio es indicio de sabiduría y prudencia; hay quien calla porque no sabe qué hablar o qué responder. La virtud consiste en, sabiendo y pudiendo hablar, vencerse y callar hasta el momento oportuno7, lo que resulta poco menos que imposible para el necio, que habla irreflexivamente cuanto le viene a la mente, sin tener en cuenta la oportunidad de su palabra. Más aún, el que mucho habla, no sólo falta a la prudencia, sino que molesta a los demás, resultando a veces odioso a cuantos han de soportar su conversación.
También, en otros órdenes de cosas, las apariencias engañan (V.9-15); por lo que debemos proceder cautamente al formular nuestros juicios. Unas mismas cosas en manos del sabio o del necio pueden ofrecer resultados muy diferentes. Así, hay éxitos que conducen a gravísimos males, como ocurrió a Aman 8 y a muchos reyes de Israel, como Jehú, Acab y, en general, a cuantos la prosperidad llevó al pecado, con el consiguiente daño para sus almas. Hay dones que no te reportarán beneficio alguno, como el que haces a una persona ingrata o si lo haces con malas intenciones; mientras que otros te serán doblemente agradecidos, como es el don al pobre, al justo, en el que, además de su agradecimiento y estima por parte de los demás, obtendrás la recompensa del Altísimo 9. Y hay prosperidades que ensoberbecen, originando caídas y humillaciones, como ocurrió al invitado de la parábola y ocurre con frecuencia a príncipes absolutistas 10; y humillaciones que llevaron a las más elevadas dignidades, como ocurrió a José, David, porque en este mismo mundo se realizan muchas veces las palabras de Cristo: "El que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado." 11 La misma ley de que las apariencias no responden a veces a la realidad se verifica en la vida corriente de cada día en la adquisición de las cosas: a veces con poco dinero se compran muchas cosas, creyendo haber hecho un buen negocio; en realidad ha sido muy cara, como quiere indicar el siete veces en el simbolismo oriental12, pues muchas veces la mercancía más barata es en realidad la más cara.
Entre los dones que no aprovechan está el que hace el avaro (ν.13), porque éste no da sino para recibir con creces. El ojo es el órgano o parte del cuerpo donde más se refleja la codicia; al decir que tiene siete ojos, Ben Sirac quiere decir que es insaciable 13. Gomo dice dom Calmet, "el avaro es como el pescador, que pone en el anzuelo un pequeño cebo para sacar un gran pez." Es muy poco amigo de dar, y, cuando lo hace, exagera con insolencia el bien que hizo, con el fin de que le sea devuelto en mayor cantidad; por lo demás, siempre cree es mucho lo que él da y muy poco lo que en recompensa recibe. Su codicia no le permite esperar, y antes de tiempo, oportuna o importunamente, te reclamará lo que te prestó. Siempre se quejará de falta de gratitud por parte de los amigos; éstos no pretenden otra cosa más que aprovecharse de él; cuando están en su presencia, lo alaban; pero después piensa que hablan mal de él. Su conducta resulta despreciable por lo interesada, y ridicula por las actitudes a que la codicia le conduce 14.
Concluye la perícopa recomendando de nuevo la discreción en el hablar, dando a entender con comparaciones gráficas el daño que su ausencia puede ocasionar. Es preferible la caída del cuerpo a pecar con la lengua; aquélla puede hacer sólo un mal corporal, ésta produce daño moral a su propia alma y a la fama o bien de los demás. Y quienes con la lengua pecan, más pronto de lo que esperan recogen el justo castigo de las malas palabras y calumnias que esparcieron. A veces el necio puede pronunciar una sabia sentencia, pero le falla la oportunidad; de modo que, no obstante su tal vez maravillosa enseñanza, no resulta agradable en sus labios. Es como el bocado sin sal, y a veces como el espino en mano del borracho 15.
Sentencias varias (20:23-33)
23 Hay quien de pobre no puede ni pecar, y no es perturbado en su reposo. 24 Hay quien por respetos humanos pierde su alma, y se da por perdido ante la mirada de un necio. 25 Hay quien por respeto humano promete al amigo, y por una nonada se le hace enemigo. 26 Es infamia en el hombre la mentira, que se halla siempre en los labios de los insensatos. 27 Es preferible el ladrón al mentiroso; uno y otro tendrán por heredad la perdición. 28 El fin del embustero es la deshonra, y lleva siempre encima su deshonor. 29 El sabio en palabras crecerá en dignidad, y el hombre prudente agradará a los magnates. 30 El que cultiva la tierra aumentará sus parvas, y el que agrada a los grandes, de tuerto hará derecho. 31 Regalos y dones ciegan los ojos de los sabios y son como bozal en la boca para la reprensión. 32 Sabiduría oculta y tesoro escondido, ¿de qué sirven la una y el otro? 33 Mejor hombre el que esconde su necedad que el que oculta su sabiduría.
El peligro de pecar, sobre todo con la lengua, es menor en el pobre, que ha de pasarse la vida en sus quehaceres para ganar su sustento, retirado muchas veces de la compañía de los demás, que en el rico, a quien las riquezas proporcionan muchos ratos de ocio y muchos medios para darse a la vida de pecado, de que carece el pobre. Platón afirmaba "que el rico es más infeliz que el pobre, porque el pobre sólo tiene la voluntad de pecar; el rico, además, la facultad." 16
Otra de las cosas que más caídas originan, y sobre la que, en consecuencia, el sabio tiene que llamar con insistencia la atención, son los respetos humanos. La experiencia dice con qué frecuencia, por un qué dirán, se falta a una palabra dada, se deja de hacer el bien a los demás, se hace traición a un amigo, hasta se vende la propia alma. "Y lo que hace de hecho más despreciable el respeto humano es que ordinariamente se ejercita frente a hombres que no merecen título alguno de estima." 17 Por lo que a los deberes religiosos toca, Jesucristo dijo que "a quien le confesare delante de los hombres le confesará El delante de su Padre celestial, y a quien le negare delante de los hombres, lo negará El delante de su Padre, que está en los cielos." 18
Otro defecto frecuentemente fustigado por los autores sapienciales, que perturba muchas veces las relaciones sociales, es la mentira (v.20-28). El autor de los Proverbios la enumera entre las cosas odiosas a Dios 19, que, por lo mismo, castigará con la perdición 20 y el estanque de fuego 21. Aristóteles la considera como vicio de esclavos y almas bajas, y todo el mundo como vicio de cobardes 22. Ben Sirac pone comparación entre el mentiroso y el ladrón, declarando a aquél más detestable que a éste. Y en verdad éste hace daño en los bienes materiales, a cuyo robo tal vez le obliga la necesidad; aquél mancilla de ordinario la fama y el honor.
Frente a las desventajas y al deshonor de la necedad, Ben Sirac evoca algunas ventajas de la sabiduría: la dignidad y prestigio de que el sabio goza en grado cada día mayor, la estima que de él hacen los grandes, que le conceden un puesto de honor. Y entonces, como el agricultor cultivando bien sus tierras aumenta la magnitud de sus parvas en la era, quien se ha ganado la simpatía de los príncipes puede obtener grandes favores de ellos, hasta hacerles cambiar de decisión, como consiguieron José en la corte de Faraón, Mardoqueo en la del rey Asuero, Daniel en la de Nabucodonosor. Pero han de ponerse en guardia frente a un gran peligro: el dejarse sobornar con dones o regalos para que interpongan su valimiento ante los príncipes en favor del sobornante. Tales dones, dice expresivamente Ben Sirac, son como un bozal que se pone a la boca del que debe reprender y le impide hacer la reprensión. Gomo dice Cayetano, los dones cambian el afecto y hacen que, si no especulativamente, al menos prácticamente, parezca digno de favor o de excusa aquel de quien se recibió el don 23.
Una recomendación final. El sabio no deberá esconder su sabiduría, sino que deberá hacer el bien con ella a los demás. Dios que da los talentos, pedirá rigurosa cuenta de los frutos que deben producir 24. Obra mejor quien oculta su necedad, pues no hace daño con ella, no comete el pecado de omisión del primero.
1 Citado en A Lapide, o.c., t.i p.544. — 2 28:13. — 3 Proverb. — 4 San Beda En Proverb. — 5 Prov 17:28. — 6 Citado en A Lapide, o.c., t,1 p.548. — 7 Prov 15:23. — 8 Est 7:10. — 9 13:2. — 10 Lc 14:16. — 11 Lc 14:11. — 12 V.7 7:3, etc. — 13 14:9. — 14 El ν. 19 de la Vulgata, que falta en el hebreo y se halla en los cσdices griegos secundarios, seρala un nuevo desatino del necio: No sabe distribuir ni lo que debía reservar ni lo que debía gastar. — 15 Prov 26:9. — 16 Citado en A Lapide, o.c., t.i p.555· — 17 Lebétrb, o.c., 20:24. — 18 Mt 10:32-33. — 19 6:17. — 20 Sal 5:7. — 21 AP 21:8. — 22 EnEthicis. — 23 Ex 23:8; Dt 16:19; Prov 15:27; 17:8.23; 21:14. — 24 Mt 25:25.
21. Pecado y Sabiduría
Exhortación a huir del pecado (21:1-11)
1 Hijo, ¿has pecado? No vuelvas a pecar más y ora por los pecados anteriores. 2 Como de la serpiente, huye del pecado, porque, si te acercas, te morderá. 3 Dientes de león son los suyos, que dan muerte a los hombres. 4 Toda iniquidad es como espada de dos filos; no hay medicina para su llaga. 5 La violencia y la soberbia aniquilan la hacienda, y así será asolada la casa del orgulloso. 6 La queja del pobre va de su boca al oído de Dios, y el juicio viene prestamente contra el opresor. 7 El que aborrece la reprensión va por los pasos del pecador; el que reconoce su yerro se convierte de corazón. 8 Desde lejos se conoce al lenguaraz en el hablar; el discreto encubre las faltas. 9 El que levanta su casa con los bienes ajenos, es como el que amontona piedras para su sepultura. 10 Montón de estopa es banda de impíos; la llama del fuego será su fin. 11 El camino de los pecadores está enlosado, pero su fin es la sima del hades.
En la perícopa precedente, Ben Sirac hizo varias veces mención del pecado. La presente sección tiene por objeto apartar al hombre del mismo poniendo ante los ojos sus desastrosos efectos.
La sabiduría es incompatible con el pecado. Quien quiera hacerse su discípulo tiene que romper radicalmente con él. Respecto de los pecados ya cometidos, Ben Sirac recuerda una doble conducta: oración al Señor para obtener su perdón y expiar el reato de culpa y pena que dejan los pecados perdonados, y el firme propósito de nunca más volver a cometerlos, teniendo en cuenta que la recaída ofende mucho más al Señor y hace cada vez más difícil el arrepentimiento. Ben Sirac manifiesta que debemos huir del pecado con el mismo horror con que huimos de la serpiente, cuya mordedura venenosa sabemos nos haría morir; con la misma diligencia con que escaparíamos del león, cuyas garras nos destrozarían. Si esos animales causarían la muerte del cuerpo, el pecado mata la vida del alma; por eso los cristianos dejaban despedazar sus cuerpos por las fieras antes que mancillar sus almas por el pecado. Es el pecado — advierte también el sabio (v.4) — como una espada de dos filos, cuya herida no se puede curar con medicina alguna. Solamente Dios, con su infinita misericordia, la puede curar, y para llevarlo a cabo exigió nada menos que la muerte en la cruz de su Hijo hecho hombre.
Después de haber hablado del pecado en general, Ben Sirac se refiere a algunos en particular. Y en primer lugar de la soberbia (v.5), fuente de todos los vicios, especialmente de la violencia de que suele ir acompañada, y cuyos desastrosos efectos ponen los autores sapienciales con frecuencia de relieve. Dios humilla a los soberbios y los priva con frecuencia de sus bienes, que hace pasar a los pobres y humildes! "En sentido espiritual se puede decir — comenta Girotti — que, por más rico en virtud que parezca un hombre, si entra en él una presuntuosa complacencia de sí mismo, la que San Agustín llama una. injusticia y un ultraje que se hace a Dios, porque se apropia lo que sólo a El pertenece, el orgullo lo arruina y destruye hasta las raíces la gracia y la virtud que se encontraban en él."2 La soberbia tiene muchas veces como efecto la opresión del pobre y del indefenso, pecado que clama al cielo y no suele tardar en recibir el castigo merecido. "La dureza de su corazón — dice Bossuet — para con los pobres endurece el corazón de Dios contra él." 3 Consecuencia suya suele ser también la indocilidad frente a la reprensión, defecto de funestas consecuencias, porque quien aborrece la corrección se endurece en sus faltas, le irán dominando sus vicios, y vendrá a seguir los caminos del pecador. Los efectos contrarios obtiene el temor de Dios, que hace sensible a todo lo que ofende al Señor, y acepta, por lo mismo, la corrección con toda docilidad, convirtiéndose de todo corazón de su pecado y caminando por los senderos de la sabiduría, que cada día poseerá en un grado mayor.
Defecto, si no tan grave como los anteriores, pero sí muy frecuente, es el hablar demasiado, lo que origina los pecados de lengua, tan numerosos y a veces graves, que ofenden el precepto sagrado del amor. Los sapienciales ponen muchas veces en guardia respecto del uso de la lengua. De todo ello se libra el que es discreto en sus palabras; ni manifestará sus defectos ni los ajenos; unos y otros los encubre su silencio.
Junto a la soberbia se encuentra muchas veces la avaricia, pecado del que también tiene que huir quien no quiera exponerse a serias contrariedades y tal vez a muy graves males. Lo expresa gráficamente Ben Sirac: quien a base de bienes injustamente adquiridos hace su fortuna, la perderá a manos de quienes se sentirán con derecho a despojarle de sus bienes. Y tal vez éstos lo hagan, si el momento oportuno llega, de una manera tan violenta, que pudieran dar sentido real a la expresión de Ben Sirac: amontona piedras para la sepultura (V.9).
Concluye la perícopa con unas observaciones o advertencias sobre los impíos: son como estopa, materia sumamente inflamable, que en un instante puede quedar reducida a cenizas, que el fuego de la ira divina puede destruir en un momento 4. Es más fácil, constata Ben Sirac, la vida fácil y cómoda del pecador, que se entrega a los placeres de la tierra, que la vida austera y sacrificada del justo, que pone su corazón en el cumplimiento fiel de la Ley de Dios. Pero, al final, el pecador será sepultado en el olvido de las profundidades del hades 5, mientras que el justo será exaltado en el día de la muerte 6. Ben Sirac no tiene todavía ideas claras sobre la retribución ultraterrena. Parece entrever el castigo del impío en la otra vida al mencionar sólo ocasionalmente la profundidad del mundo de los infiernos, en que precipitará al pecador. Pero, por lo que a la felicidad futura del justo respecta, nada sabe, pues les aconseja esperar la recompensa en esta vida, sin hacer en sus consejos referencia alguna a la eternidad7.
Sabiduría y necedad (21:12-31)
12 El que guarda la Ley es dueño de sí. 13 Y el fin del temor de Dios es la sabiduría. 14 No es educado el que no es prudente; 15 pero hay una prudencia que acarrea mucha amargura. 16 La ciencia del sabio crece como una inundación, y su consejo es como una fuente de vida. 17 El corazón del necio es como un vaso roto, no retiene la sabiduría. 18 El hombre sabio oirá una palabra discreta, la alabará y le añadirá algo más; pero la oye el descontentadizo, y mostrará su desagrado y se la echa a las espaldas. 19 La conversación del necio es como carga en el camino, pero en los labios del prudente se halla complacencia. 20 El parecer del prudente es requerido en la asamblea, y a lo que dijere pondrán mucha atención. 21 Como casa en ruina es la sabiduría para el necio; y la ciencia para el insensato es palabra ininteligible. 22 Grillos en los pies es la disciplina para el insensato, y como esposas en su mano derecha. 23 El necio, cuando ríe, ríe estrepitosamente; el discreto apenas sonríe por lo bajo. 24 Como joya de oro es para el prudente la disciplina, como brazalete en su brazo derecho. 25 Los pies del necio son ligeros para entrar en las casas, pero el varón discreto se recela de entrar. 26 El necio desde la puerta curiosea, el prudente se detiene fuera. 27 Es una grosería escuchar a las puertas; el prudente se avergüenza de hacerlo. 28 Los labios de los necios dicen necedades, las palabras del prudente pesan en la balanza. 29 En la boca del necio está su corazón; mas el corazón del sabio es su boca. 30 Cuando el impío maldice a su enemigo, se maldice a sí mismo. 31 Mancha su alma el murmurador y es aborrecido en la vecindad.
En esta extensa perícopa, el autor continúa la comparación, que interrumpió la sección precedente, entre el sabio y el necio, poniendo de relieve sus diversas actitudes en las diferentes circunstancias de la vida.
El primer paso, advierte antes, para la conquista de la sabiduría es el dominio de sí mismo, que controla los instintos que inclinan al mal. San Pablo, en su carta a los Romanos, habla de la inclinación de la concupiscencia, que obstaculiza el cumplimiento de lo que la mente me declara ley de Dios8. Y el temor de Dios, que lleva a ese cumplimiento de la ley de Dios, conduce, por lo mismo, a la verdadera sabiduría, que no consiste en el mero conocimiento de los mandamientos divinos, sino en la práctica de los mismos. Este dominio de sí mismo es un acto maravilloso de prudencia. Pero hay dos clases de prudencia: una que consiste en adaptar los actos de la vida práctica a los postulados de la sabiduría y de la educación; otra que es la habilidad que tienen los malos para llevar a cabo sus perversos planes, astucia que les lleva muchas veces al castigo por parte de los hombres, y siempre por parte de Dios 9.
Ben Sirac advierte entre el sabio y el necio numerosas discrepancias. La primera, en cuanto a la sabiduría misma. Si el sabio oye una enseñanza, pone en ella su atención, la medita en su interior, con lo cual progresa en el conocimiento de la sabiduría, y puede presentar a los demás una doctrina cultivada, perfecta, viniendo a ser para ellos con sus consejos como una fuente de aguas vivas que le proporciona una vida larga y feliz 10. Si la oye el necio, como es incapaz de apreciarla o, si la comprende, ve que está en desacuerdo con sus inclinaciones, no hará caso e incluso la despreciará, asemejándose a una cisterna rota, que no retiene las aguas 11.
Distintos son también los efectos que produce la conversación del necio y la del sabio. Aquélla resulta pesada e insoportable para toda persona seria, porque no suele contener una palabra edificante y provechosa, mientras abunda en necedades y sandeces. La del sabio, por el contrario, se hace agradable a sus oyentes, porque a su contenido lleno de sabiduría y aciertos suele añadir la gracia en el hablar, de modo que sus sentencias son "panal de miel, dulzura del alma y medicina de los huesos." 12 Por lo cual, su parecer es preguntado con todo interés en las asambleas públicas, donde se tratan los asuntos serios e importantes de la sociedad, o en las reuniones de la sinagoga los sábados 13, donde los oyentes le escuchan ávidamente y meditan en su corazón sus palabras para inspirar en ellas su vida.
Con expresivas comparaciones intenta el autor expresar lo que es para el necio la sabiduría y la disciplina. El necio no comprende las máximas de la sabiduría, por lo que le resultan tan inútiles como la casa en ruinas a su dueño, que no la podrá habitar. Y las normas de disciplina, tan molestas como al preso los grillos que sujetan sus pies y las esposas que privan de movimiento a sus manos; son para él como un freno que no le deja libertad de acción, que él desea para entregarse a sus caprichos y a los instintos e inclinaciones de su concupiscencia. El sabio, en cambio, las aprecia y sigue con gusto, porque le ayudan a conseguir la sabiduría, que le confiere una dignidad y estima en el orden moral semejante al que dan al cuerpo los más bellos adornos 14.
La misma manera de reír manifiesta al exterior la diferencia que entre ellos existe. El necio no controla su risa, ríe a destiempo y lo hace muchas veces inmoderadamente; el sabio, si bien considera más propia de su dignidad la seriedad — los sabios no deben ser amantes del reír, decía Platón —, cuando llega el momento, sabe reír, pero siempre en la forma educada que señala la prudencia.
La vida social ofrece numerosas ocasiones o circunstancias en que la actitud del necio y del sabio discrepan por completo. Así respecto de la casa del vecino. Aquél entra en ella sin reflexionar si su entrada resultará agradable o si su presencia molesta. En pocas cosas, por el contrario, se muestra el prudente tan cauto y reservado como en el visitar casas ajenas; aun invitado, no entrará en ellas muchas veces si no le fuere insistentemente rogado. Si el necio no puede entrar en seguida y ha de permanecer esperando en el umbral, se pone a escuchar a través de las ventanas o rendijas de las puertas lo que dentro pasa, indiscreción en que el sabio se avergonzaría incurrir. Como en Oriente las ventanas no tienen cristales ni hojas de ventana, sino simplemente celosías, no era difícil curiosear desde fuera lo que se hace dentro de una casa.
Pero lo que quizá revela más claramente la profunda diferencia entre el necio y el sabio es su conversación. Aquél no acierta a decir otra cosa que necedades, pues profiere con sus labios lo primero que impresiona sus sentidos o pasiones, sin hacerlo pasar por la reflexión de la inteligencia, de modo que parece tiene su corazón a flor de labios. El sabio, en cambio, pesa sus palabras antes de proferirlas, de modo que es el corazón, la inteligencia, la que habla por su boca. Al contrario que en el caso del necio, puede decirse que tiene ésta en el corazón.
Concluye el autor señalando dos vicios, con sus respectivas consecuencias, que suele tener el necio impío. Este murmura con toda facilidad de los demás y maldice por cualquier otro motivo a quienes no aguantan sus necedades. Ello hace patente su necedad e insensatez, con la consiguiente mengua de su estima y el daño que entraña su falta de caridad 15.
1 Prov 15:25; cf 1:52-53 — 2 O.c., 21:5 P-437. — 3 Cf. 31:21-26. — 4 8:13; Is 1:31; Mal 3:19. — 5 Prov 7:27; 9:18; 14:12. — 7 9:11; 11:26-28; 51:30. — 8 7:13-25. — 9 Cf. 19:19-23. — 10 Prov 10:11; 13:14; 16:22; 18:4. — 11 Jer 2:13; Neh 9:26; Sal 50,17. — 12 prov 16:24. — 13 Lc 2:16. — 14 6:24-32- — 15 La Vulgata dice en el v.30: Cuando el impío maldice al diablo..., que los exegetas interpretan en el sentido genérico de adversario, enemigo, y que para el impío no es otro que el hombre justo. Smend opina que σαταναν es una equivocaciσn del escriba por ουνετόν.
22. Pereza, Ineducación, Necedad, Amistad
El perezoso (22:1-2)
1 Se asemeja el perezoso a una pella de barro; todos silban sobre su infamia. 2 Se parece a una bola de estiércol; quien la toma se sacude las manos.
Estos dos versos intentan poner de manifiesto lo detestable y hasta repugnante que resulta al sabio la indolencia del perezoso. Ben Sirac lo compara a una piedra cubierta de fango y a una bola de estiércol, que repelen a quienes inadvertidamente las tocan. El libro de los Proverbios dice que el haragán es como vinagre a los dientes y humo a los ojos para quien le manda 2. Ben Sirac añade que todos silban sobre su infamia, manera de manifestar el desprecio que data de muy antiguo. Naturalmente, el sabio, diligente por naturaleza, rehuye de todo punto el trato con el perezoso, incapaz de cuanto suponga algún sacrificio.
El hijo mal educado (22:3-6)
3 Es deshonra del padre haber engendrado un hijo indisciplinado; una hija así le nace para su daño. 4 La hija prudente es un tesoro para su marido; la desvergonzada será fuente de disgustos para el que la crió. 5 La hija necia confunde a su padre y a su marido, y por ambos será despreciada. 6 La música en el duelo es cuento fuera de tiempo, pero los castigos y la disciplina son siempre oportunos.
El hijo mal educado es una deshonra para su padre, a quien se culpará de negligencia en la formación de los hijos. Antes afirmó que vale más un hijo bueno que mil malos, y más morir sin hijos que tenerlos impíos 3. Proverbios dice que quien engendra un hijo necio, para su mal lo engendra, pues los primeros que sufrirán las consecuencias de su indisciplina serán los mismos padres4. La afirmación del sabio se verifica sobre todo si la indisciplinada es la hija, porque a la deshonra que su ineducación entraña añadirá para el padre la dificultad en encontrarle un buen marido. Mientras que la hija virtuosa consigue la bendición de Dios y estima de los hombres, y con su prudencia proporciona prosperidad al hogar, y, por lo mismo, gloria a su marido 5, la necia y desvergonzada será el oprobio, primero de los padres y luego también de su marido, que, lejos de amarla con ternura, sentirá desprecio hacia ella. Un buen padre debe procurar evitar tal ignominia a su hija; lo conseguirá no con largas exhortaciones hechas a destiempo, que serían como música alegre en el duelo 6, sino con la disciplina, que templa la voluntad, y el castigo, que en su justa medida será oportuno y muchas veces, especialmente en los años de la infancia, necesario. Por eso aconseja el sabio: "no ahorres a tu hijo la corrección, que hiriéndole con la vara librarás su alma del sepulcro"7, pues "la necedad se esconde en el corazón del niño, y la vara de la corrección la hace salir fuera." 8
El necio (22:7-22)
7 Como quien compone un cacharro roto es el que enseña a un necio; 8 es despertar a un dormilón que duerme profundo sueño, 9 Es hablar con un dormido el hablar con un necio, que al fin acabará por decir: ¿Qué pasa? 10 Llora por un muerto, pues ya se extinguió su luz, y llora por el necio, pues se extinguió su inteligencia. 11 No llores demasiado por un muerto, pues ha logrado el reposo. 12 La vida del necio es peor que la muerte. 13 El duelo por un muerto dura siete días, pero el duelo del necio y del impío todos los días de su vida. 14 Con el necio no hables demasiado, ni vayas con el insensato* 15 Guárdate de él si quieres evitar el fastidio, y no te manchará con su contacto. 16 Apártate de él y tendrás descanso, y no tendrás que sufrir de su necedad. 17 Que es más pesado que el plomo; ¿y cómo llamarle sino necio? 18 La carga de arena, de sal, de hierro, son más fáciles de sobrellevar que un necio. 19 El maderamen bien ensamblado de un edificio no lo desencaja un terremoto; así el corazón afirmado en consejo bien maduro 20 no vacila en tiempo alguno. Corazón que se apoya en pensamiento sabio es como revoque mezclado con arena en muro liso. 21 Empalizada que no se hinca bien no se sostiene contra la fuerza del viento; 22 así el corazón tímido, apoyado en necios pensamientos, no resiste al temor.
Pretender enseñar al necio con consejos y exhortaciones es perder el tiempo. Su mente, dispersa en las mil cosas que ofrecen los sentidos, no sigue las enseñanzas del sabio, ni las quiere seguir, porque son contrarias a sus inclinaciones. Dormido en sus malos hábitos y entregado a sus pasiones, sólo la vara de la corrección le hará reaccionar. "En sentido espiritual — comenta Girotti —, las palabras del sabio pueden aplicarse a los pecadores, los cuales, mientras están dominados por el afecto al pecado, no tienen ojos para ver ni oídos para oír. Entonces lo más prudente no será quizá el hablar a ellos de Dios, sino a Dios de ellos, a fin de que El les diga en el interior de su corazón, según la expresión de San Pablo (Ef 5:14): 'Despertad vosotros que dormís; salid de la muerte en que os encontráis, y Jesucristo os iluminará'"9. Su condición es más digna de llanto que la muerte misma. El que partió de este mundo se halla ya libre de las miserias de esta vida; el necio está sujeto a la más terrible de todas ellas, que es el pecado; aquél ha muerto a la vida del cuerpo, éste a la vida del alma y amistad con Dios, de modo que, si por el difunto se hacen siete días de luto 10, por el necio pecador se debería hacer duelo todos los días de su vida en que permanece en pecado.
El sabio deberá adoptar la siguiente conducta para con el necio: tratar con él lo indispensable a fin de evitar el fastidio que su conversación produce u y el daño que el contacto con el pecador puede ocasionar; dada la propensión de nuestra naturaleza al mal y la lucha dura que muchas veces supone el bien 12, el "dime con quién andas y te diré quién eres" suele tener aquí frecuente realidad. Los autores sapienciales no se cansan de poner de manifiesto lo molesto que para el sabio resulta el necio, más que tener que soportar el peso de metales como el plomo; éstos imponen al cuerpo una carga que ciertos medios pueden aliviar; el trato con el necio afecta al espíritu, y las consecuencias del mismo con dificultad se evitan.
Por medio de comparaciones explica Ben Sirac la fortaleza del sabio, que se apoya en las enseñanzas de la sabiduría que ha asimilado mediante la reflexión, y la debilidad frente a las dificultades del necio, que carece de principios serios de conducta. El primero se mantiene firme ante toda adversidad, como resiste al terremoto el edificio cuyos muros están asegurados por un armazón de madera bien ajustada 13; sus principios son consistentes como el revoque mezclado con arena. El segundo, desprovisto de criterios firmes y voluntad fuerte, se rinde ante la dificultad, como el edificio sin fundamentos, que abate la tempestad 14.
La amistad (22:23-32)
23.24 Quien los ojos se frota saca lágrimas, y el que se punza el corazón descubre sus sentimientos. 25 Quien tira una piedra a los pájaros los espanta; el que afrenta al amigo rompe la amistad. 26 Si desenvainaste la espada contra el amigo, no desesperes, todavía hay remedio. 27 Si hiciste reproches al amigo, no temas, que hay lugar a la reconciliación. Pero ultrajar, revelar secreto, traicionar, son cosas que espantan a todo amigo. 28 Sé fiel al amigo en su pobreza, para que así goces de sus bienes en la prosperidad. 29 Permanece a su lado en el tiempo de la tribulación para que tengas parte de su ventura. 30 Antes del fuego sale por la chimenea el humo; a la sangre preceden los insultos. 31 No me avergonzaré de defender a mi amigo ni me ocultaré de él, que, si algún mal me sucede por él, 32 a él le echarán todos la culpa.
Termina el capítulo con una perícopa sobre el comportamiento, positivo y negativo, que es preciso observar en orden a conservar la amistad, y que puede considerarse como una aplicación práctica del paralelismo anteriormente expuesto entre la sabiduría y la necedad. Comienza advirtiendo lo delicada que es la amistad, comparable a la sensibilidad del ojo ante la acción de la mano que lo frota; a la del pájaro, que huye despavorido ante la piedra lanzada entorno suyo. También ella se resiente con las indelicadezas del amigo y desaparece, sobre todo si éstas llegan al juicio temerario y la injuria.
Hay entre amigos cosas que no rempen la amistad, pero las hay de todo punto intolerables, de modo que no puede con ellas subsistir. Si en una discusión te acaloraste y proferiste una palabra menos agradable, no hubo mala intención, y los amigos unidos por una sincera amistad se perdonan. Pero, si se profieren palabras injuriosas, se revelan secretos 15, se hace traición aprovechando la confianza dada, la amistad se destruye. Viene bien a este propósito la advertencia del v.3o: procura evitar las pequeñas manifestaciones de la ira, porque éstas pueden excitar los ánimos, se hace violenta la discusión, de las palabras se pasa a los hechos, y lo que en un principio fue una sencilla falta de caridad, puede al final hacer correr la sangre.
Tu conducta para con el amigo ha de estar basada en un amor y una fidelidad que no claudiquen ante su pobreza ni ante su tribulación. Es así como podrás estar a su lado el día de la prosperidad, porque con tu fidelidad en las circunstancias adversas diste pruebas de una amistad sincera y leal16. Y esto sin avergonzarte ante los demás de pasar por amigo suyo, dispuesto incluso a defenderlo si es injuriado. Si después él no te corresponde, el mal será para él, pues nadie en adelante confiará en él, mientras que tú serás admirado por todos.
1 El texto griego es más expresivo aún: "mancillada por los excrementos." — 2 10,26. — 3 16:3-4. — 4 17:21. — 5 Prov 12:4. — 6 Prov 25:20. — 7 Prov 23:13-14. — 8 Prov 22:15. — 9 O.C:, a 22:9 p-441. — 10 Esta debía de ser la costumbre o ley ordinaria. En el caso de Arón y Moisés se prolongó hasta un mes (Núm 20:20; Dt 34:8), y en el de Jacob dos (Gen 50:3). Cf. en 38:18 el parecer de Ben Sirac sobre el particular. — 11 21:19. — 12 Prov 29:9. — 13 1 Re 6:36. — 14 La Vulgata añade el v.23: Como el corazón del necio que siente miedo en sus pensamientos, así el que persevera siempre en los preceptos del Señor. La primera parte no está muy de acuerdo con el pensamiento precedente. La segunda contiene un pensamiento conocido que se repite en las adiciones de la Vulgata. — 15 8:17; 9:8-15. — 16 Cf. Lc 31:34.
23. Oración Frente a los Pecados de Lengua y Sensualidad
Oración del sabio (22:33-23:1/6)
33 ¡Quién pusiera una guarda a mi boca y un sello de circunspección a mis labios para que por ellos no cayese y no me perdiera, preservando del mal mi lengua! 23 Señor, Padre, Soberano de mi vida, no permitas que por ellos caiga. 2 ¡Quién me diera que manejases el azote contra mis pensamientos, y contra mi corazón la disciplina de la sabiduría, compasión a mis faltas, para que no incurra en pecados de lengua, 3 a fin de que no se multipliquen mis yerros, y se acrecienten mis pecados, y venga a caer ante el enemigo, y éste se regocije al verlo! 4 Señor, Padre y Dios de mi vida, no me abandones a sus sugestiones. 5 No me haga altivo de ojos; aparta de mí toda mala inclinación1 6 No se adueñen de mí los placeres del vientre y de la sensualidad, y no me entregues al deseo lascivo.
Concluye Ben Sirac la sección quinta del libro con una preciosa oración en que implora a Dios le preserve de los pecados de lengua y sensualidad, a que todavía se referirá antes de pasar a la sección siguiente. Reconoce con ella que, dada la facilidad con que la lengua se desliza hacia ciertos pecados y la propensión de la naturaleza humana a los placeres sensuales, no bastan las meras normas sapienciales para mantenerse alejado de ellos, sino que es precisa una asistencia especial de Dios, que se consigue mediante la oración. La dirige a Dios, Padre y Soberano de su vida, lo que pone una nota de confianza y humildad, a la vez que indica relaciones más individuales del israelita con Dios que en tiempos pasados, en que Dios era más bien el Padre del pueblo elegido 1.
Siendo el Señor quien da la respuesta a los labios 2, y pudiendo éstos proferir bendición o maldición 3, el sabio pide al Señor un dominio tal de su lengua, que le permita hablar siempre conforme a los dictados de la sabiduría y evitar los pecados en que aquélla tan fácilmente incurre. Y como éstos provienen de los pensamientos malévolos de la mente y de los afectos incontrolados del corazón, Ben Sirac implora corrección y castigo respecto de uno y otra que le obliguen a poner junto a la gracia de Dios el castigo personal preciso para obtener la victoria y no venir a ser por sus pecados motivo de júbilo para sus enenvgos, que diría también el salmista en una oración parecida4. En la segunda parte, repetida la invocación a Dios Padre (v.4), solicita ayuda y protección para no caer en los pecados de sensualidad, que, juntamente con los de lengua, son de los más difíciles de evitar. Las sugestiones del v.5 se refieren al "corazón y pensamientos" del v.2, no al "enemigo" del v.3. La altivez de ojos, más bien que el orgullo, designa en este contexto la mirada concupiscente del que está dominado por la pasión impura 5. Los placeres del vientre, dado que no se trata en la perícopa de la intemperancia, designa seguramente los placeres de la carne. La invocación de la gracia de Dios no dispensa del esfuerzo humano. A su plegaria, Ben Sirac va a añadir unas normas de prudencia y unas exhortaciones encaminadas a dar luz a la mente y fortaleza a la voluntad en la lucha que sus discípulos han de sostener si quieren evitar los pecados mencionados.
El dominio de la lengua (23:7-20)
7 Escuchad, hijos míos, la disciplina de la lengua, que el que la guarde no será cogido en falta. 8 Que por los labios es cogido el pecador, y vienen a caer el maldiciente y el soberbio. 9 No te habitúes a proferir juramentos, 10 ni a pronunciar el nombre del Santo. 11 Pues como el esclavo puesto de continuo a la tortura no está libre de cardenales, así el que siempre jura y profiere el nombre de Dios no se verá limpio de pecados. 12 Hombre que mucho jura se llenará de iniquidades, y el azote no se apartará de su casa. 13 Si uno peca, el pecado pesará sobre él, y si no tiene cuenta, pecará doblemente. 14 El que jura en vano no está exento de culpa, y su casa estará llena de penas. 15 Hay modos de hablar que llevan a la muerte; lejos estén de la descendencia de Jacob. 16 Pues todo esto debe estar muy lejos del varón, y así no se verá enredado en el pecado. 17 No habitúes tu lengua a libertina disciplina, que va acompañada del hablar pecaminoso. 18 Acuérdate de tu padre y de tu madre cuando te sientes en medio de los grandes; 19 no sea que, olvidándote de ellos en su presencia, vengas a hacer el necio, y querrías entonces no haber nacido. 20 Hombre de hablar vituperable no llegará en su vida a la sabiduría.
Comienza recordando la necesidad de la disciplina de la lengua para evitar sus pecados, e indica que el hábito de murmurar y la soberbia son las más frecuentes causas de los mismos.
Ante todo es preciso una cautela especial respecto del juramento y del tener siempre en los labios el nombre de Dios. En la antigüedad era muy frecuente el juramento; mediante él se arreglaban muchas cosas en aquellas sociedades imperfectamente constituidas. Los judíos tenían ideas un poco raras respecto de él; sólo consideraban pecado grave el perjurio, y si el nombre de Dios no entraba en el juramento, no se creían obligados a su cumplimiento 6. Es muy difícil que quien está de continuo jurando o tiene en sus labios a cada momento el nombre de Dios, no lo haga alguna vez en vano, sin la debida reverencia en un momento de indignación, o en un momento de apuro no jure en falso. Por ello recomienda el sabio no habituarse al juramento ni a tomar, sin más, en los labios el nombre de Dios. Dice San Agustín que "jurar en falso es perdición, jurar lo verdadero es cosa peligrosa, no jurar es lo más seguro." 7
A los cristianos, Jesucristo dio esta norma ideal: entre los miembros del nuevo reino debe reinar tal confianza y sinceridad, que baste un sí o un no sencillos para ser creídos, sin necesidad de juramento alguno, el cual está indicando que aquéllas fallan8. Ben Sirac puntualiza que se puede faltar al juramento de tres maneras: jurando a la ligera, lo que era preciso expiar 9; no cumpliendo lo prometido conjuramento, que crea una obligación especial, y jurando en falso, profanación del nombre de Dios que no quedará sin castigo 10.
Pero hay un pecado de lengua más grave todavía que el juramento ; tan detestable, que Ben Sirac no quiere ni mencionarlo por su nombre: la blasfemia, que en la Ley se castigaba con la pena de muerte 11 y que los israelitas debían de todo punto aborrecer.
La sabiduría va más allá todavía en sus exigencias. Sus discípulos han de evitar no sólo los pecados graves de lengua, sino también cuanto desdice de su dignidad y decoro, como son las palabras y conversaciones torpes, que, si no están bien en otras gentes, mucho menos en boca de los israelitas, escogidos como pueblo predilecto por el Dios tres veces santo, que quiere también santo a su pueblo 12.
Los versos siguientes (18-19) se refieren a quien, habiendo tenido un origen humilde, llega después a ocupar un puesto destacado en la sociedad. Ben Sirac le recomienda que no incurra en el olvido de quienes le dieron el ser y se abstenga de toda palabra desdeñosa hacia ellos cuando se encuentre en medio de los grandes. Sería una falta contra el cuarto precepto, que Dios no dejaría sin castigo, y una falta de educación, que le granjearía el desprecio de los nombres. Ello le haría sentir confusión, y tal vez desesperado llegase a maldecir el día de su nacimiento 13. Concluye la perícopa con una advertencia: quienes se habitúan a los pecados de lengua, difícilmente se corrigen después, por lo que es preciso atacar este defecto en sus principios.
Los pecados de lujuria (23:21-37)
21 Dos suertes de hombres multiplican los pecados y una tercera atrae la cólera. 22 El que se abrasa en el fuego de sus apetitos, que no se apaga hasta que del todo le consume. 23 El hombre impúdico consigo mismo, que no cesará hasta que su fuego se extinga. 24 El hombre fornicario, a quien todo pan le es dulce, que no se cansará mientras no muera. 25 El hombre infiel al propio lecho conyugal, que dice para sí: "¿Quién me ve? 26 La oscuridad me cerca y las paredes me ocultan; nadie me ve, ¿qué tengo que temer? El Altísimo no se da cuenta de mis pecados." 27 Sólo teme los ojos de los hombres, 28 y no sabe que los ojos del Señor son mil veces más claros que el sol, y que ven todos los caminos de los hombres y penetran hasta los lugares más escondidos. 29 Antes que fueran creadas todas las cosas, ya las conocía El, y lo mismo las conoce después de acabadas. 30 Será aquél castigado en las plazas de la ciudad, y donde menos lo sospecha será ν cogido. 31.32 Así también la mujer que engaña a su marido, y de un extraño le da un heredero; 33 porque en primer lugar desobedeció a la Ley del Altísimo, y además pecó contra su marido; y en tercer lugar cometió adulterio, dándole hijos de varón extraño. 34 Esta será llevada ante la asamblea y recaerá sobre sus hijos la duda; 35 sus hijos no echarán raíces ni sus ramas darán fruto. 36 Dejará una memoria de maldición y su deshonra no se borrará. 37 Y los supervivientes conocerán que nada hay mejor que el temor del Señor y nada más dulce que atenerse a sus mandamientos.
De los pecados de lengua pasa a la otra clase de pecados que mencionó en su oración, para insistir en la gravedad del adulterio. Abre la sección una sentencia numeral, en que se enuncia el número total de las cosas a que se va a hacer referencia, menos una, que se enuncia a continuación con cierto misterio e intriga, y que excede a las precedentes en importancia. La primera clase de hombres que multiplica los pecados de lujuria son los que se dan al pecado solitario; su sensualidad es comparada al fuego, que arde hasta haber consumido y devorado todo, pues también ella no cede hasta haber agotado las mismas energías físicas del lujurioso. La segunda, los fornicarios, a quienes el fuego de la pasión lleva a pecar con toda mujer que les sale al paso, y cuya concupiscencia no se extingue más que con la muerte. "El hombre que se acostumbra a este vicio — escribe A Lapide — peca con cualquiera que le presente ocasión; toda mujer, esté dotada de belleza o carezca de ella, sea pobre o rica, sea joven o anciana, le parece buena para saciar su concupiscencia, como sabe dulce y sabroso al famélico el pan aunque sea moreno y duro. La concupiscencia y costumbre de fornicar es tan tenaz, que no envejece con los años, sino que subsiste, tiene vigor y arde hasta la misma muerte."14
La tercera clase son los adúlteros (v.25-30), los cuales piensan que Dios no presta atención a sus pecados, y procuran no ser descubiertos por los hombres a fin de evitar las penas con que se castigaba este pecado. Se equivocan al enjuiciar así la actitud de Dios. El conoce al hombre aun antes de que exista 15, sigue los pasos de cada uno de los vivientes, sin que uno solo escape a su providencia 16, y conoce las más profundas intenciones de la mente humana y los más íntimos sentimientos del corazón del hombre 17. "Dios — escribe A Lapide — prevé las acciones buenas y malas de los hombres antes de que vengan al mundo; las ve cuando están en el mundo y las juzgará cuando salgan del mundo."18 Pero el lujurioso vive abismado en sus pecados, y termina por hacerse en la práctica un ateo, y no es del parecer de Séneca, que, siendo gentil, exclamaba: "Aunque supiera que los hombres ignorarían su pecado y Dios lo desconociese, sin embargo, no pecaría por la torpeza y fealdad del mismo."19 También las precauciones del adúltero para que su pecado quede oculto a los hombres fallan con mucha frecuencia. Más de una vez, cuando el adúltero se creía más seguro, fue sorprendido en su delito, con la consiguiente infamia, a la que siguió un implacable castigo 20.
Y lo mismo ocurrirá a la adúltera (v.32). También ella será castigada con todo rigor por el triple pecado cometido con su acto lujurioso: ofensa a Dios desobedeciendo un mandamiento de la Ley 21; infidelidad para con su marido, cuya fe, prometida ante el Señor, ha violado 22, e injuria a los hijos legítimos, a los que añade un extraño con quien aquéllos habrán de compartir su herencia. Los cristianos, que sabemos que nuestros cuerpos son templos del Espíritu Santo, podríamos insistir en este nuevo motivo como poderoso estímulo para apartarse de tan grave pecado. Pero no sólo la adúltera sufrirá la pena de su delito, sino que sufrirán también las consecuencias sus hijos legítimos, sobre cuya legitimidad alguien formulará sospechas al ser descubierto su pecado, y por supuesto los ilegítimos, que quedaban excluidos de la comunidad religiosa 23 y expuestos a los males que menciona en su primera parte el libro de la Sabiduría 24. Quienes conozcan la infamia en que incurre la adúltera comprenderán cuánto mejor es el temor de Dios, principio de sabiduría que lleva a la práctica de la virtud 25, que seguir la concupiscencia de la carne.
1 1 Par 29:6; Is 63:16; Mal 2:10. — 2 Prov 16:1. — 3 Sant 3:9. — 4 Sal 38:17. — 5 26:9; Gen 39:7; Mt 5:28. — 6 Mt 5:33-37; Sant 5,ia. — 7 Serm. 28 D Verb. Apost. — 8 Mt 5:33-37. — 9 Lev 5:4-6. — 10 Ex 20:7; Lev 19:12; Dt 5:11. — 11 Lev 24:14. — 12 Cf. Lev. 0.17-27 (código de la santidad), e Isaías, el profeta de la santidad de Yahvé. — 13 Jer 20,14; Job 3:3, — 14 O.c., 23:23 t.1 p.606. — 15 Jer 1:5. — 16 Eclo 16:17. — 17 Prov 16:2.12; 24:21:2. — 18 O.c., 23:29 t.i p.610. — 19 Citado en A Lapide, o.c., 3.23:25 t.1 p.606. — 20 cf. 2 Sam 11. La Ley castigaba el adulterio con la pena de lapidación (Lev 20:10; Dt 22:22; Ez 16:40). En los días de Ben Sirac parece se aplicaba una pena menos rigurosa (cf. Prov 5:11-14; 6:35). La Vulgata añade que caerá en deshonra de todos, porque no conoció el temor de. ¿tos. Este le hubiera llevado a la disciplina de las pasiones y evitado caer en la tentación. — 21 Ex 20,14; Dt 5:17. — 22 Prov 2:17. — 23 Cf. Dt 23:3 — 24 Cf- 3:16-19; 4:3-6. — 25 La Vulgata añade el v.38: "Es una gran gloria seguir al Señor, porque de El se recibe largo número de días." Cf. Prov 3:2.
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