Parte Primera (1-23)
Naturaleza, Preceptos y Beneficios de la Sabiduría
Sección 1. (1:1-3:11)
1. Dignidad, Principio y Frutos de la Sabiduría
Su origen e incomprensible grandeza (1:1-10)
l Toda sabiduría viene del Señor, y con El está siempre. 2 Las arenas del mar, las gotas de la lluvia y los días del pasado, ¿quién podrá contarlos? 3 La altura de los cielos, la anchura de la tierra, la profundidad del abismo, la sabiduría, ¿quién podrá medirlos? 4 Antes de todo fue creada la sabiduría, y la luz de la inteligencia existe desde la eternidad. 5/6 ¿A quién fue dada a conocer la raíz de la sabiduría y quién conoció sus secretos? 7/8 Sólo uno es el sabio y el grandemente terrible, que se sienta sobre su trono. 9 Es el Señor quien la creó y la vio y la distribuyó. 10 La derramó sobre todas sus obras y sobre toda carne, según la medida de su liberalidad, y la otorgó a los que le aman.
El autor comienza su obra con un elogio a la sabiduría, que toma en su sentido amplio, comprendiendo la divina y la humana. Afirma en primer lugar su origen divino, pues toda sabiduría proviene de Dios, que la ha derramado en las obras de la creación y la ha comunicado a los seres inteligentes. No obstante esa comunicación a las criaturas, permanece siempre en Dios; lo afirma más explícitamente en el v.41 la sabiduría fue creada antes que todo. Dado que se trata de la sabiduría de Dios y es expresión paralela con la siguiente (la luz de la inteligencia existe desde la eternidad), el sentido no puede ser que vino a la existencia por creación, sino simplemente que existe desde la eternidad. Es la misma idea que expresa el autor de Proverbios cuando dice: "El Señor me poseyó antes de todas las cosas, es decir, desde la eternidad."1 En los libros sapienciales encontramos las dos premisas del primer verso del prólogo de San Juan: eternidad de la Sabiduría y su existencia en Dios. Sólo faltaba el tercer miembro: y la Sabiduría era Dios. Tal conclusión estaba reservada al evangelista 2.
Su inmensa grandeza e incomprensibilidad por parte del hombre es puesta de relieve mediante imágenes clásicas que señalan otros tantos efectos insondables de la sabiduría y poder divinos. La inteligencia humana, incapaz de contar las arenas del mar, de medir la altura de los cielos, no podrá comprender la sabiduría en sí misma que dirigió a Dios en la creación de tan grandiosas obras 3. Nadie conoce la raíz de la sabiduría ni penetra sus secretos, porque la raíz es Dios mismo, y sus secretos son los secretos divinos. El conocimiento que de sí ha dado la sabiduría no alcanza su comprensión y la penetración de sus profundos misterios4. Sólo Dios, el Señor que dejó en el monte Sinaí profundamente impreso en el ánimo de los israelitas su terrible majestad y había castigado con dureza las prevaricaciones del pueblo, posee la sabiduría en sí misma, de modo que es infinitamente sabio. Y es El autor de toda la sabiduría que ha sido comunicada a las criaturas; la conoce, por lo mismo, perfectamente; sabe la misión y diversos oficios que le competen y la medida en que fue comunicada a las diversas obras de la creación. Hay entre éstas una en la que Dios dejó plasmada de un modo peculiar su sabiduría: el ser humano, creado a imagen suya, dotado de una inteligencia capaz de vislumbrar la sabiduría divina en las cosas. Y entre los hombres, un pueblo a quien le concedió con especial liberalidad, revelándole los designios mesiánicos: la nación hebrea, elegida por Dios para llevar a cabo la realización de los mismos. Las palabras con que termina la perícopa: la otorgo a los que le aman, evocan aquellas otras de Cristo, Sabiduría encarnada: "Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y en él haremos morada."5 La doctrina y realidad de la gracia realizan la afirmación en su sentido pleno.
El temor de Dios, principio de la sabiduría (1:11-40)
11 El temor del Señor es gloria y honor, prudencia y corona de gozo. i2 El temor del Señor regocija el corazón, da prudencia, alegría y longevidad. 13 Al que teme al Señor le irá bien en sus postrimerías, y el día de su fin hallará gracia. 19 El principio de la sabiduría es temer a Dios, y se les comunica a los fieles ya en el seno materno. Hizo de los hombres su morada para siempre, y será siempre fiel a la progenie humana. 20 La plenitud de la sabiduría es temer al Señor; embriaga con sus frutos a quien la tiene. 21 Llena sus casas de bienes, y de sus frutos hinche sus graneros. 22 El temor del Señor es la corona de la sabiduría y hace florecer la paz y la salud; 23 la una y la otra son don de Dios y el Señor las ve y las distribuye. 24 Como lluvia derrama El la ciencia, el conocimiento, inteligencia, y levanta la gloria de los que le place. 25 La raíz de la sabiduría es temer al Señor; y sus ramas, la longevidad. 26-27 El temor del Señor aleja el pecado, y quien con él persevera evita la cólera. 28 El violento arrebato no tiene disculpa, la cólera furiosa lleva a la ruina. 29 El hombre magnánimo espera su tiempo, pero al fin triunfa. 30 Retiene la palabra hasta que llega su tiempo, y los labios de los fieles celebran su prudencia. 31 En los tesoros de la sabiduría hay sabias sentencias. 32Pero la piedad para con Dios es execrable al pecador. 33¿Deseas la sabiduría? Guarda los mandamientos y el Señor te la otorgará, 34 pues la sabiduría y la disciplina son el temor de Dios; 35 y su complacencia, la fe y la mansedumbre. 36 No seas rebelde al temor de Dios y no te llegues a El con corazón doble. 37No seas hipócrita delante de los hombres y pon atención a tus palabras. 38No te engrías, pues caerás y echarás sobre ti la infamia; 39y el Señor descubrirá tus secretos y te derribará en medio de la asamblea 40 por no haberte dado al temor del Señor y estar tu corazón lleno de engaño.
Apenas concluido el primer elogio de la sabiduría, va a señalar el principio para conseguirla, que es el temor de Dios. En el Antiguo Testamento, Dios se presenta al pueblo, no como el Dios-Amor que envía a su hijo unigénito para redimir a los seres humanos, sino como el Dios todopoderoso, que se hace preceder de rayos y truenos en sus apariciones; el Padre, que castiga con la muerte, con la cautividad, los pecados de sus hijos. Esto provoca en el pueblo israelita un temor que los llevaba a la guarda de los mandamientos. Pero los israelitas tenían conciencia de que Yahvé era el Padre del pueblo que se había elegido, y ellos su nación primogénita y predilecta. Por lo que aquel temor, que provenía en un principio del miedo, se fue convirtiendo en un temor reverencial y filial, con lo que la expresión "temor de Dios" vino a designar la religión, la piedad, tanto que temeroso y justo vinieron a ser términos equivalentes.
Este temor, anticipa el autor, reporta numerosos beneficios. Los temerosos de Dios pueden gloriarse de la amistad y protección de Dios 6, de poseer el principio de la sabiduría 7, por lo que viene a ser para ellos una fuente de alegría intensa y desbordante de orden religioso, como indica el término empleado por el sabio 8. El temor los defiende de obrar mal y los induce a la práctica del bien, lo que les proporciona una gran paz y gozo interior. No podía faltar la promesa de la longevidad, adjunta al cuarto mandamiento y repetida muchas veces en el A.T. 9; se trata de esa vida feliz fruto de la obediencia y amor mutuo de padres e hijos, que la hace a veces incluso más larga. Y al final de ella hallarán gracia (v.1s). ¿Se tratará de la felicidad en el más allá? Ben Sirac no habla al menos claramente de ella, ni la utiliza como estímulo para el cumplimiento de sus enseñanzas, por lo que parece no la conoció, si bien parece intuirla. Poco después la afirmaría con toda claridad el autor de la sabiduría; por eso se contenta con afirmar que al temeroso de Dios espera un final feliz como premio a sus virtudes, pero sin determinación alguna 10.
Y ese temor es el "principio de la sabiduría," porque induce al cumplimiento de su voluntad de Dios, que se manifiesta en la Ley, en el cual consiste la verdadera sabiduría. Tan arraigado lo lleva el alma israelita fiel, que parece haberle sido infundido en el mismo seno materno. Los padres buenos suelen transmitir a sus hijos, juntamente con la vida, esa inclinación a la piedad y a la virtud, ese temor de Dios, que viene así a ser algo congénito que ha establecido en ellos su morada 11. Y no sólo es el principio de la sabiduría, sino también su plenitud, en cuanto que dispone perfectamente al hombre para alcanzar la sabiduría práctica, la cual colma de bienes a sus seguidores, viniendo a ser, por lo mismo, corona de la misma. Entre los beneficios que ella otorga, Ben Sirac enumera: los frutos del campo, tantas veces prometidos a los justos en el A.T. 12; la paz que lleva consigo el obrar bien y la prosperidad material; la salud misma al instruir sobre los medios de conservarla, dones que Dios concede a quien quiere (v.23); el conocimiento intelectual de los principios sapienciales y la ciencia práctica, que discierne lo que hay que hacer y lo que hay que evitar, y una gran estima entre los mortales, que admirarán su sabiduría y envidiarán los frutos con que le distingue. La sabiduría viene a ser, en la mente del autor, como un frondoso árbol, cuya raíz es el temor de Dios y cuyas ramas son esa vida larga y feliz de la práctica de la virtud y bienes que a aquél conduce 13.
A los precedentes frutos de orden material añade uno precioso de moral. El temor de Dios, por lo que tiene de temor servil al castigo y por lo que encierra de amor a Dios Padre, lleva a evitar cuanto le desagrada, como es el pecado 14, y la ira, que da origen a muchos de ellos, la cual no tiene justificación alguna, pues la sabiduría, que la excluye totalmente, está al alcance de todos. El ser humano sabio ha de saber esperar sin impaciencia a que Dios le libre de la adversidad, ha de saber callar y guardar su palabra hasta el momento oportuno, lo que es indicio de dominio de sí mismo y de sabiduría. Pasada la prueba, sentirá gran gozo y alabanza de los demás, que admirarán una prudencia bajo la que late toda la grandeza de ánimo y fortaleza de voluntad que tal conducta requiere. Y es que la sabiduría comunica sentencias sabias y prudentes, que constituyen un verdadero tesoro para conducirse en la vida práctica sabia y prudentemente, del cual no goza el pecador, que detesta el temor de Dios y la verdadera sabiduría. "Todo el que obra mal — escribe San Juan — aborrece la luz y no viene a la luz por que sus obras no sean reprendidas."15
Después del elogio de la sabiduría y del temor de Dios señala el medio para conseguirla: la guarda de los mandamientos (v.33), que lleva a una vida conforme a la voluntad de Dios, en que consiste la verdadera sabiduría. Jesucristo dijo que quien guarda los mandamientos es quien le ama, y Dios establecerá en él su morada 16. Y a esa sabiduría o vida virtuosa y esa disciplina o cumplimiento de los mandamientos lleva el temor de Dios; son tres cosas íntimamente unidas, de modo que el crecimiento de una produce aumento en la otra 17. Entre las disposiciones agradables a Dios que predisponen, sin duda, a sus dones, enumera el autor la fe, que es aquí la fidelidad y constancia en la tentación y dificultades frente al cumplimiento de los mandamientos y la mansedumbre, docilidad interior por la que se acepta sin resistencia la voluntad de Dios.
Concluye con unos consejos en que se recomienda la sinceridad ante Dios, ante los seres humanos y la sencillez de corazón, maravillosas disposiciones para alcanzar la sabiduría. En efecto, quien quiera llegar a poseerla ha de evitar toda rebeldía y resistencia a las exigencias del temor de Dios, toda doblez de corazón frente al prójimo, como también los pecados de lengua, mentira, murmuración, detracción, con que se hiere la caridad para con él, y el orgullo respecto de sí mismo, que llevará a la humillación incluso pública, en medio de la sinagoga (Lc 14:20-11), que gozaba de jurisdicción sobre sus miembros, conforme a la máxima del Evangelio: "El que se ensalza será humillado."18
1 Prov 8:22. — 2 Jn 1:1; cf. Job 28:2; Prov 2:6; 3:19; 8:22; Sab 7:25, etc. — 3 El v.5, que falta en los más autorizados códices griegos, se lee así en la Vulgata: La fuente de la sabiduría es la palabra de Dios, y sus caminos los mandatos eternos. La palabra creadora de Dios es la fuente de la sabiduría derramada en las obras de la creación, y los caminos por los que viene el hombre es el cumplimiento de los mandatos de Dios, inscritos en la naturaleza humana o promulgados por la Ley, cuyo decálogo estará siempre en vigor. — 4 Cf. Job c.28.38 y 39. El v.7 se lee en la Vulgata: ¿A quién le fue manifestada la ciencia de la sabiduría y quién entendió sus planes? Falta en los mejores códices griegos. Es un duplicado del v.6. — 5 Jn 14:23. — 6 Dt 33:29; Jer 17:14; Sal 89:17-18. — 7 v.15; Prov 1:7. — 8 σγσλλίαμα; cf. 6:31; 15:6; Is 35:10; 51:3; Sal 51:14; Lc 1:47. — 9 Ex 20:12; Dt 5:6; Sal 20:5; 22:6; 54:42; Prov 3:2.16; 10:27, etc. — 10 2:3; 9:16-17; 51:38. Los v.14 y 15 de la Vulgata dicen: Él amor de Dios es sabiduría digna de honor: 15 y aquellos a quienes se muestra la aman apenas la han visto y considerado sus maravillas. Faltan en los más autorizados códices. Interrumpen el tema. Responden a la intención de recomendar, junto al temor, el amor a Dios. — 11 Cf. Prov 1:7; Sal 110:9. Los v.17-19, que faltan en el griego, se leen en la Vulgata: 17 El temor del Señor es la santificación de la ciencia. 18 Esta santificación guarda el corazón y lo hace justo, lo llena de alegría y gozo. 19 Eí que teme al Señor sera feliz y bendecido en la hora de la muerte. Repiten o explican lo que precede. — 12 Cf. Lev 26:3-13; Dt 28:21-24. — 13 El ν.17 se lee en la Vulgata: La inteligencia y la santificación de la ciencia se hallan en los tesoros de la sabiduría, pero la sabiduría es una execración para el pecador. Falta en el griego y es una compilación de los v.17.21 y 31. — 14 Cf. Tomás, 3-2 q.18 3.7. — 15 3:20. — 16 Jn 14:21.23. — 17 Prov 15:33. — 18 Mt 23:12; Lc 14:10-11.
2. Actitud Frente a la Tentación
Perseverancia en medio de la tentación (2:1-6)
1 Hijo mío, si te das al servicio de Dios, prepara tu ánimo a la tentación. 2 Ten recto corazón y soporta con paciencia y no te impacientes al tiempo del infortunio. 3 Adhiérete a El y no te separes, para que tengas buen éxito al fin. 4 Recibe todo cuanto El mande sobre ti, y ten buen ánimo en las vicisitudes de la prueba. 5 Pues el oro se prueba en el fuego, y los hombres gratos a Dios, en el crisol de la tribulación. 6 Confíate a El y te acogerá, endereza tus caminos y espera en El.
Después del elogio de la sabiduría y de la exhortación que hace a conseguirla, Ben Sirac da unos consejos prácticos para el momento de la tentación, con el amor del padre, que enseña y amonesta a sus hijos. Comienza con una preciosa advertencia: si quieres ser fiel a los mandatos de Dios, prepárate para la lucha. Todo hombre que quiera vivir conforme a la voluntad de Dios, habrá de prepararse a una lucha constante contra los enemigos de su alma. "No nos hagamos ilusiones — escribe Mons. Gay —. Quienquiera que seamos, adondequiera que vayamos, cualquier cosa que hagamos, la tentación nos sigue más que nuestra propia sombra. Viene de fuera por las adversidades, nos cae encima de lo alto..., está en el aire que respiramos..., se encuentra en aquello que hay más sagrado, como en lo más profano; está dentro de nosotros y salta de lo más íntimo de nosotros mismos como de una fuente inagotable, y así será hasta nuestro último suspiro."1 La advertencia vale especialmente para los judíos del tiempo de Ben Sirac, que debían de encontrar en las costumbres del mundo helénico una continua tentación. Por lo demás, Dios mismo gusta de probar a los suyos, porque la virtud se perfecciona en la contrariedad 2.
En seguida traza la conducta o normas a seguir cuando llega la prueba. La primera, sufrir con paciencia la contrariedad hasta que el Señor quiera librar de ella, sin manifestar disgusto ante su voluntad o quejarse contra su providencia. La segunda, una unión íntima con el Dios fuerte, unidos al cual, como diría el Apóstol, todo lo podemos; con ella es seguro el éxito al fin de la prueba, que proporcionará un crecimiento mayor en sabiduría 3. La tercera, aceptar como venida de Dios la adversidad 4, quien la ha permitido llevado de su amor y para nuestro bien. La cuarta, mantener en medio de ella firme el ánimo, sin dejarse llevar del desaliento ante el pensamiento de que en la tribulación se prueba la virtud como el oro en el crisol, y hace ver si es sólida y firme o una mera apariencia de virtud5. La quinta, y como conclusión, la confianza y esperanza en Dios basada en una conducta moral recta. El tiene cuidado de los justos y ordena sus pruebas, de las que un día los libera, a su mayor perfección 6.
Confianza y abandono en Dios (2:7-23)
7 Los que teméis al Señor esperad en su misericordia y no os descarriéis, pues vendríais a caer. 8 Los que teméis al Señor confiad en El, y no quedaréis defraudados de vuestra recompensa. 9 Los que teméis al Señor esperad la dicha, el gozo eterno y la misericordia. 10/11 Considerad las generaciones antiguas y ved: ¿Quién confió en el Señor que fuese confundido, 12 o quién perseveró en su temor y fue abandonado, o quién le invocó y se sintió defraudado? 13 Porque piadoso y compasivo es el Señor: perdona los pecados y salva en el tiempo de la tribulación. 14 ¡Ay de los corazones tímidos y de las manos flojas, y del pecador que va por doble camino! 15 ¡Ay del corazón cobarde! Porque no tiene fe, por eso no hallará defensa. 16 ¡Ay de vosotros los impacientes! 17 Pues ¿qué haréis cuando el Señor os visite? 18 Los que temen al Señor no son indóciles a sus palabras; los que le aman siguen sus caminos. 19 Los que temen al Señor procuran agradarle; los que le aman se complacen en su Ley. 20 Los que temen al Señor tienen preparado el corazón y se humillan ante El. 21/22 Caigamos en las manos del Señor y no en las manos de los hombres; 23 pues cuanta es su grandeza, tanta es su misericordia.
Hecha mención de la confianza en Dios en el último verso de la perícopa precedente, continúa haciendo diversas recomendaciones en torno a ella. Se dirige en primer lugar a los que temen al Señor, a quienes exhorta a confiar en la misericordia de Dios. Pero con una confianza basada en el cumplimiento fiel de los deberes, principalmente de los que se refieren a Dios. Nadie que tal hiciera quedará defraudado, sino que recibirá las recompensas prometidas a los justos: la misericordia de Dios y un gozo inmenso y duradero. La expresión gozo eterno del texto es hiperbólica7. Ben Sirac no conoció la revelación sobre la felicidad eterna del más allá 8.
Para convencerles más de la bondad y misericordia de Dios para con quienes le temen, apela a la historia del pueblo hebreo. La conducta de Dios con los patriarcas, los profetas y los reyes ha confirmado con cuánta razón Moisés invocaba a Yahvé como "Dios misericordioso y clemente, tardo a la ira, rico en misericordia y fiel, que mantiene su gracia por mil generaciones y perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado" 9. Bien pudo el justo exclamar: "Fui joven,-soy ya viejo, y jamás vi abandonado al justo"10. Dios jamás abandona, si no es primero abandonado. La razón es que Dios conoce las debilidades de nuestra naturaleza caída y no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva; por eso no abandona al justo en la tribulación, ni al pecador en su pecado 11.
El autor hace una severa amonestación a los que en medio de la prueba se dejan vencer del desaliento, a los que no se esfuerzan y luchan por practicar el bien, a los que tan pronto van por la senda recta como por caminos tortuosos, intentando servir a dos señores; al cobarde que carece de la fe, que une con Dios, de quien tiene que venir la victoria, y de la confianza, sin la cual no es posible agradarle, por lo que la Sabiduría encarnada la exigiría siempre para conceder beneficios incluso de orden humano. La última imprecación se dirige contra los impacientes, que, en lugar de perseverar en la lucha, pierden la esperanza; contra aquellos judíos, tal vez, que, afligidos por Ptolomeo Lagi, perdían la paciencia y abandonaban la fe judía, Ben Sirac les recuerda el día en que el Señor les pedirá cuenta de su conducta, y les advierte que serán castigados si no cambian de actitud 12. San Juan, al final de su Apocalipsis, dice que "los cobardes, los infieles, los abominables..., tendrán su parte en el estanque de fuego y azufre, que es la segunda muerte"13. Frente a las imprecaciones contra los cobardes y los impacientes, constata las exigencias del temor de Dios. Le temen y le aman los que cumplen sus mandamientos, los que siguen el sendero que su voluntad les traza, los que procuran agradar a Dios en el cumplimiento de la Ley. Y los temerosos de Dios, advierte en seguida, tienen que preparar su corazón a las pruebas y contrariedades; son ellas en la actual economía de salvación quienes hacen crecer en el temor de Dios, y el Señor quiere que el que es santo se santifique más y el que es justo se justifique más 14. Concluye con un hermoso pensamiento para aquellos que ante la persecución y los sufrimientos sienten la tentación de claudicar: es preferible estar a bien con Dios, aunque ello suponga pruebas y sufrimientos, que estarlo con los hombres poderosos, aunque esto libre de la persecución y proporcione bienes terrenos. Aquéllas pasan y Dios las premia; a la apostasía, en cambio, espera duro castigo 15. El buen israelita ha de estar dispuesto a ser fiel a la Ley aun a costa de sufrimientos y persecuciones.
1 Citado en Girotti, I Sapienziali (M. Sales-Ü. Girotti, La Sacra Biblia VI) 2:1 p.358. — 2 Prov 3:12; 2 Cor 12:9; 2 Tim 2:5, — 3 Otros entienden "al fin de la vida" (1:13). — 4 Job 2:10. — 5 Tob 12:13; Zac 13:19; Prov 17:3; 27:21; Sab 3:6. — 6 Jer 17:7-8; Sal 37:3.5; Prov 3:5-6. — 7 Is 35:10; 51:11; 61:7; Bar 4:22. — 8 El v.10 dice en la Vulgata: Los que teméis al Señor, amadle, y vuestros corazones serán iluminados. Completa el número de las virtudes teologales y presenta el temor de Dios como fundamento de todas ellas. El amor a Dios señala al justo el camino que ha de seguir. — 9 Ex 34:6-7. — 10 Sal 37:25. — 11 2 Par 30:9; Neh 9:17; Jl 2:13; Jon 4:2; Sal 103:8; 145:8. — 12 Sof 1:14-18; Sab 4:20. — 13 21:8. — 14 Ap 22:11: El v.21 de la Vulgata dice: Los que temen al Señor guardan sus mandamientos y aguardarán hasta que ponga en ellos sus ojos. La segunda parte responde al v.16. — 15 Sab 4:16-20.
3. Piedad Filial y Humildad
Deberes para con los padres (3:1-18)
1/2 Escuchad, hijos míos, que soy vuestro padre, y obrad de modo que alcancéis la salud. 3 Pues Dios honra al padre en los hijos y confirma en ellos el juicio de la madre. 4 El que honra al padre expía sus pecados. 5 Y como el que atesora es el que honra a su madre. 6 El que honra a su padre se regocijará en sus hijos y será escuchado en el día de su oración. 7 El que honra a su padre tendrá larga vida. Y el que obedece al Señor es consuelo de su madre. 8 El que teme al Señor honra a su padre y sirve como a señores a los que le engendraron. 9 De obra y de palabra honra a tu padre. 10 Para que venga sobre ti su bendición; 11 porque bendición de padre afianza la casa del hijo, y maldición de madre la destruye desde sus cimientos. 12 No te gloríes con la deshonra de tu padre, que no es gloria tuya su deshonra; 13 porque la gloria del hombre procede de la honra de su padre y es infamia de los hijos la madre deshonrada. 14 Hijo, acoge a tu padre en su ancianidad y no le des pesares en su vida. 15 Si llega a perder la razón, muéstrate con él indulgente y no le afrentes porque estés tú en la plenitud de tu fuerza; que la piedad con el padre no será echada en olvido; 16 y en vez del castigo por los pecados, tendrás prosperidad. 17 En el día de la tribulación, el Señor se acordará de ti, y como se derrite el hielo en día templado, así se derretirán tus pecados. 18 Como un blasfemo es quien abandona a su padre, y será maldito del Señor quien irrita a su madre.
Después de haber recomendado el temor y la confianza en Dios, expone los deberes para con los padres, que la Ley coloca inmediatamente después de aquellos que miran directamente a Dios. El ν. ι de la Vulgata, si bien no es autιntico, presenta una buena introducciσn a la sección presente al afirmar que la obediencia y el amor son como el constitutivo esencial de la congregación de los justos1.
El autor, consciente de que es mejor educador el amor que la reprensión, da, como el autor de Proverbios, un tono paternal a sus exhortaciones y anuncia ya la recompensa que obtendrá el hijo obediente. Dios ha querido que el ser humano honre a sus padres, por medio de los cuales El le ha comunicado la vida, y son, por tanto, sus representantes; de modo que al honrarlos a ellos honra a Dios mismo. La rebelión contra ellos era considerada como delito que se castigaba con la pena de muerte 2. El autor del Eclesiástico, como el de los Proverbios, reclama el mismo honor y reverencia para la madre que para el padre 3. La distinción que se hace a veces en esta perícopa, haciendo en unas cosas referencia a la madre, en otras al padre, pertenece al género literario; lo que se dice de la obediencia a uno vale igualmente respecto del otro.
A continuación enumera algunos frutos de la obediencia. En primer lugar, la expiación de los pecados (v.4); dado que para la remisión de los pecados se requiere el arrepentimiento, ésta había que entenderla de que quien cumple los mandamientos se hace grato a Dios y lo dispone al perdón de los mismos, o que con tal conducta repara o satisface por los mismos. En segundo lugar, consigue un tesoro de méritos ante Dios, que premiará el cumplimiento de un precepto tan inculcado por Dios y que impone un deber sagrado. Quien obedece a sus padres recogerá los frutos en la obediencia que, por lo mismo, a él le prestarán sus hijos, verdad confirmada cada día por la experiencia, la cual enseña que como los hijos se portan con sus padres, así suelen portarse luego los suyos con ellos. En sus oraciones tendrá una buena carta de recomendación ante el Señor, a quien agrada sobremanera la obediencia a los padres, y recibirá de El la vida feliz prometida por Dios a este mandamiento, y que resulta de esa paz y armonía que reina en la familia en que todos cumplen con sus deberes, los hijos con el de amar y obedecer a sus padres. Ello proporciona consuelo y gozo a los padres, en particular de la madre, que, además de sufrir más en la generación y procreación de los hijos 4, es más sensible a los sentimientos de alegría o tristeza.
Señala de paso (v.8b) que el temor de Dios conduce a la obediencia a los padres, pues es uno de los preceptos del Decálogo, a cuyo cumplimiento lleva aquél, e indica que quienes cumplen con ese precepto honran a sus padres como a señores, pues representan a Dios, que les ha comunicado por su medio la vida y les ha dado autoridad sobre ellos. Acto seguido exhorta a los hijos a honrar a sus padres de palabra, hablando siempre de ellos con amor y cariño, con respeto y alabanza, y de obra, con una obediencia pronta y sincera, con el trabajo y ayuda que ellos precisen. Con ello obtendrán la bendición de los padres, fuente de bienestar y bienes terrestres, a que los antiguos atribuían tanta importancia y eñcacia 5, y evitarán su maldición, tantas veces fuente de desgracia6, que se pone aquí en boca de la madre, porque quien obliga a la madre a maldecir a sus hijos, bien merece el más grande castigo. "Bendición y maldición — escribe Spicq — son eficaces como un rito sacramental, y reciben una realización durable; es que Dios mismo, por la palabra irrevocable de los padres, bendice o maldice a los hijos, o al menos ratifica los deseos de los padres tocante a ellos. El sanciona por su omnipotencia y su justicia la autoridad y los derechos del padre y de la madre, habilitándolos, por su virtud divina, a producir tales efectos 7.
Siguen unos consejos prácticos, que señalan algunos deberes que el cuarto precepto impone a los hijos respecto de los padres. El primero, no gloriarse de la deshonra de los padres (v. 12-13). La familia forma un conjunto unido por los más estrechos lazos, en el que la gloria o deshonra de unos repercute en el honor o infamia de los otros miembros de la misma. No ensalza a los hijos la deshonra de los padres; con razón escribe Sófocles: "Para mí, tu prosperidad, padre mío, es el bien más precioso. ¿Qué honor más grande para los hijos que la gloria de un padre bienaventurado, y para un padre que la gloria de sus hijos?"8 Aun en el caso de deshonra de los padres, el hijo ha de conservar su compasión y respeto, su amor y cariño, a quienes, a pesar de todo, debe la vida.
Una segunda recomendación a los hijos es no ser ocasión de pesar para sus padres. Es algo que tocio hijo educado debe evitar, y será, por lo demás, una manera de agradecerles de algún modo lo que nunca se puede pagar suficientemente, como es la vida, que de ellos se ha recibido, y los sacrificios que por ellos se han impuesto. En dos ocasiones ha de mostrar el hijo su amor y respeto hacia sus padres: en los días de su ancianidad y cuando fallan sus facultades mentales (v. 145). Como necesitan los hijos en su infancia de los padres, pueden éstos necesitar de aquéllos en su ancianidad; con el cariño y solicitud con que los padres cuidan de sus hijos pequeños, deben los hijos cuidar de sus padres ancianos9. Puede ocurrir que entonces pierda parcial o totalmente el uso de la razón, precisamente cuando el hijo se encuentra en la plenitud de sus facultades; pudiera tratarse de la chochez en que con frecuencia incurren los ancianos, haciéndose pesados e impertinentes a los demás. El consejo del sabio en este caso sería que los hijos no deben entonces impacientarse con ellos; muchas veces esas cosas son provocadas precisamente por las fatigas que hubieron de imponerse por ellos.
Tal conducta no quedará sin recompensa por parte de Dios, quien la computa por el castigo merecido por los pecados, como afirmó antes, y obtendrá la prosperidad prometida a los buenos hijos 10. Concluye comparando el que abandona a sus padres con el blasfemo, y augurando a quienes así obran la maldición de Dios 11. "Aquellos que no tienen cuidado de sus padres — escribe Filón —, sepan que son condenados por un doble tribunal; son condenados por impiedad en el tribunal divino, porque no tratan como deben a aquellos que son, después de Dios, autores de su existencia; son condenados por inhumanidad en el tribunal humano; pues ¿a quién harán el bien los que no sienten respeto a tan próximos y beneméritos parientes, a quien ningún beneficio se puede hacer que no sea inferior a los recibidos?"12
Modestia y misericordia (3:19-34)
19 Hijo mío, pórtate con modestia, y serás amado más que el dadivoso. 20Cuanto más grande seas, humíllate más, y hallarás gracia ante el Señor. 21Porque grande es el poder del Señor, y es glorificado en los humildes. 22Lo que está sobre ti no lo busques y lo que está sobre tus fuerzas no lo procures. 23 Atente a lo que está a tus alcances y no te inquietes por lo que no puedes conocer. 24 No te obstines en hacer lo que no puedes. 25 Pues mucho es ya lo que ante sí está que podrás entender. 26 A muchos extravió su temeridad, y la presunción pervirtió su pensamiento. 27 El que ama el peligro caerá en él, y el corazón duro parará al fin en la desgracia. 28/29 El corazón duro se verá aplanado, y el obstinado añadirá pecados a pecados. 30 La desgracia del soberbio no tiene remedio, porque arraigó en él la maldad. 31 El corazón del discreto medita sentencias y da oído atento a la doctrina del sabio. 32/33 El agua apaga la ardiente llama, y la limosna expía los pecados. 34 El que agradece los beneficios se prepara otros nuevos y en el día de la caída hallará apoyo.
La segunda parte del capítulo contiene unas recomendaciones sobre la modestia y misericordia. Comienza advirtiendo los beneficios de una conducta impregnada de humildad y mansedumbre, de paciencia y docilidad; en primer lugar, la estima de las gentes, que saben apreciar los sentimientos nobles y delicados del alma por encima de los bienes materiales. "Es increíble — dice San Ambrosio — el afecto que se conquista la gracia cuando va acompañada de la mansedumbre y de la sencillez de costumbres"13. En segundo lugar, gracia ante el Señor en grado tanto mayor cuanto más profunda sea la humildad. El mejor comentario a estas palabras, cuyo sentido repitió Jesucristo en la parábola del fariseo y publicano 14, y la Santísima Virgen en su Magníficat15, son la conducta de Jesucristo, que nace pobre y humilde, muere en la cruz, siendo por su obediencia exaltado a la diestra del Padre, y la de su Madre santísima, a quien llaman bienaventurada todas las generaciones, porque Dios se fijó en su humilde condición. Y la razón es la grandeza inmensa del Señor, de quien todo depende, y ante la cual no hay otra actitud lógica y natural en el hombre que el reconocimiento de su nada y pequenez ante El. Su poder resalta más en los humildes, que no ponen obstáculos a la acción de la gracia ni se arrogan o atribuyen a sí mismos los que corresponde al Señor, por lo que El suele escoger almas humildes para las grandes empresas.
A continuación aconseja la modestia y discreción en el afán de conocer las cosas que sobrepasan la capacidad de nuestro entendimiento, como son las obras y misterios de Dios y las razones de lo que El hace. El salmista califica a la omnisciencia divina de "ciencia sublime e incomprensible."16 San Pablo exhorta a sus fieles a no sentir por encima de lo que conviene sentir, sino sentir modestamente, cada uno según Dios le repartió la medida de la fe 17. La advertencia, que responde a una enseñanza frecuente en la Biblia, se dirige probablemente contra las especulaciones de la filosofía griega y la adquisición de la gnosis por la iniciación en los misterios religiosos, que acercaba gradualmente al conocimiento de verdades superiores y escondidas al vulgo, o contra las extravagancias cabalístico-teosóficas de algunos rabinos 18. El israelita, en lugar de darse a esas especulaciones inútiles y nocivas, deberá más bien poner su atención a lo que ha sido puesto a su alcance: la revelación dogmática, que abre un campo inmenso de estudio al entendimiento humano, el cual elabora, reflexionando sobre ella, su ciencia teológica y los preceptos morales de la Ley, que le manifiestan cuánto necesita para una vida recta conforme a la voluntad de Dios, en que se cierra la verdadera sabiduría.
Constata el autor cómo a muchos los extravió su temeraria presunción. Una pretensión desordenada de conocer verdades y misterios que superan la capacidad de nuestro entendimiento ha llevado a graves errores 19. "La historia de quienes buscaron fuera de la revelación la solución del gran problema de los destinos humanos confirma elocuentemente nuestro verso," advierte Girotti20.
Es una actitud peligrosa, y quien ama el peligro caerá en él, conforme a la sentencia del sabio, repetida por los autores espirituales a propósito de las tentaciones. La obstinación y la soberbia hacen al hombre aferrarse a su propio juicio y lo ciegan para encontrar la verdadera sabiduría. San Agustín expone lo primero en sus Confesiones cuando escribe: "Estaba aprisionado, no con grillos y cadenas exteriores, sino con la dureza y obstinación de mi propia voluntad, dura y resistente como el hierro. El enemigo se había hecho dueño de mi voluntad y había formado de ella una cadena, con que me tenía estrechamente atado. Porque de haberse la voluntad pervertido, pasó a ser dominada por el apetito desordenado de la lujuria; y de ser servido y obedecido, este apetito llegó a ser costumbre; y no siendo esta costumbre contenida y refrenada, se hizo necesidad como naturaleza."21 Lo segundo ocurre porque el soberbio, o es incapaz de ver su enfermedad para intentar ponerle remedio, o, si lo ve, no es capaz de ponerlo en práctica, porque la humillación le resulta insoportable de todo punto 22.
Al corazón duro y obstinado del soberbio opone el corazón dócil y humilde del sabio (ν.3ΐ). Este, en lugar de buscar su doctrina en fuentes extraρas, se da a la meditación de las sentencias de la Ley y demás libros sagrados y es dócil para dejarse instruir de los maestros que Dios ha dado a Israel. Si a ello añade la práctica de lo que en ellos aprendió, ha alcanzado la verdadera sabiduría 23.
Concluye el capítulo con dos sentencias sobre la limosna, que sirven de introducción a la perícopa siguiente. La primera pone de relieve el valor expiatorio de la misma, que es comparada a la acción del agua sobre el fuego 24. El sentido es el de la quinta bienaventuranza; la misericordia para con el prójimo atrae la misericordia de Dios, que perdona los pecados 25. Lesétre precisa una triple eficacia: borra los pecados leves que los mismos justos cometen, expía las reliquias de los pecados ya perdonados y obtiene la contrición de los pecados graves y puede servirles de satisfacción sacramental 26. La segunda indica que el agradecimiento le granjea nuevos beneficios. En efecto, cuando nos agradecen el beneficio que hacemos, nos sentimos dispuestos a conceder otros nuevos, y, si la desgracia sorprende un día al agradecido, otra vez estamos prontos a hacerle el bien 27.
1 Dice así: Los hijos de la sabiduría forman la congregación de los justos, e hijos suyos son la obediencia y el temor. Proviene, según algunos, de una recensión hebraica, pero no del texto original. — 2 Ex 21:15.17; Lev 20:9; Dt 27:1. — 3 Ex 20:12; Tob 4:4; Prov 1:8; 6:20. — 4 Tob 4:4. — 5 Gen 27:27; 28:1-6; Dt 33:1; Prov 11:11. — 6 Gen 9:25; Prov 20,20. — 7 O.c., 3:8-9 p.577. — 8 Antígona 703-704. — 9 Prov 23:22. — 10 Ex 20:12. — 11 Lev 20,9. — 12 De Decálogo. — 13 De Off. 2:7:29. — 14 Lc 18:14. — 15 Lc 2:52. — 16 139:6. — 17 Rom 12:3. — 18 Cf. J. Bonsirven, Le judaisme palestinien I p.isó; L. gry, Séjours et habitáis divins d'aprés les apocryphes de ΓΑ.Τ.: Rscphth (1910) 694-722. — 19 Cf. Tomás, 2-2 q.i67 a.i. — 20 A 3:26 p-304. — 21 VIII 5 ρ.122. El v.28 se lee en la Vulgata: Eν corazón que sigue dos caminos no tendrá éxito y el corazón depravado tropezará en ellos. No se puede servir a dos señores; cf. 2:14. — 22 Prov 13:1; 14:6; 17:16; 18:2; 32:9; 27:22. — 23 La Vulgata añade el v.32: El corazón sabio e inteligente se abstendrá del pecado y en las obras de justicia tendrá feliz éxito. Cf. Sai 1:3. — 24 La afirmación se repite en la S. E. (cf. 3:15; Dt 24:13; Tob 4:7-11; 12:9; Dan 4:24). — 25 Mt 5:7 — 26 Comentar, a 3:33. — 27 Otros traducen el texto griego: el que hace el bien lo encontrará sobre el camino y en el día de la caída encontrará apoyo. Pensamiento que repiten los sabios (cf. 40:24:26; Sal 37:24; 112:5-9; Prov 11:18-19:24-26; 19:17; 28:27).
4. Deberes Con los Pobres y Elogio de la Sabiduría
Deberes para con los pobres (4:1-11)
1 Hijo mío, no arrebates al pobre su sostén, no vuelvas tus ojos ante el necesitado. 2 Da al hambriento y satisfaz al hombre en su necesidad. 3No irrites al corazón ya irritado y no difieras socorrer al menesteroso. 4No desdeñes al suplicante atribulado y no vuelvas el rostro al pobre. 5 No apartes los ojos del necesitado y no des al hombre ocasión de maldecirte; 6 pues, si te maldice en la amargura de su alma, su Hacedor escuchará su oración. 7 Muéstrate afable con la congregación y humilla tu cabeza al potentado. 8 Inclina al pobre tu oído, y con mansedumbre respóndele palabras amables. 9 Arranca al oprimido del poder de su opresor y no te acobardes al hacer justicia. 10 Muéstrate padre para los huérfanos, cual marido para la madre de éstos. 11 Y serás como hijo del Altísimo y el hijo más amado de tu madre.
La perícopa contiene unas cuantas recomendaciones insistentes e insinuantes sobre los deberes de caridad y misericordia con los menesterosos, que encontramos con frecuencia en el Deuteronomio, en los profetas y en los libros sapienciales. San Agustín dice: " Lo que ahorra el rico es necesario al pobre, y roba cosas ajenas el que lo retiene para sí."1 "Las cosas en que algunos sobreabundan, por derecho natural deben ser entregadas para el sustento de los pobres" 2. Y Sacy comenta que "esta palabra hace ver que lo que se da a los pobres les pertenece, según la intención de Dios, y que les priva de lo que les es debido quien les niega la limosna; porque Dios ha dado los bienes a los ricos a fin de que fuesen legítimos dispensadores y no rehusasen su participación a quienes son, lo mismo que ellos, imagen y miembros de su Hijo" 3. Triste espectáculo, por lo demás, contra el que se rebela todo sentimiento humano, el que sufran hambre y necesidad, incluso extremas, unos seres humanos mientras a otros sobra lo que remediaría aquéllos. Ello exaspera con razón al pobre, ya irritado por su indigencia. Y como el hambre es mala consejera, y las masas hambrientas capaces de las mayores barbaridades, el incumplimiento por parte de los ricos de los deberes indicados dará pie a las revoluciones sociales, cuyas fatales consecuencias es fácil entrever. Ben Sirac afirma que tal actitud puede inducir al indigente a maldecir a los potentados en su exasperación, y Dios, Señor de todos, en quien repercute el desprecio al pobre4, escuchará su imprecación y hará sentir sobre ellos su justa ira divina 5. Por lo demás, quien cierra sus oídos al pobre, tampoco, cuando él clame, hallará respuesta6.
Intercala Ben Sirac una sentencia (v.7) en que recomienda la afabilidad en las relaciones sociales y el respeto humilde a los superiores, para continuar con normas más concretas respecto de algunas clases de menesterosos, después de insistir en la benevolencia con que hay que atender al pobre y la mansedumbre y amabilidad con que hay que responder a sus demandas de misericordia, evitando la indiferencia para con ellos, y especialmente toda aspereza y desprecio7. En particular recomienda — el consejo parece dirigido al juez — la protección al oprimido, cuyos derechos impulsa a defender frente al opresor con valentía, sin ceder al terror de perder la gracia del potentado, y al huérfano y a la viuda, tipo por excelencia de seres indefensos, cuyos derechos fácilmente son conculcados si los jueces son débiles 8.
El premio que el autor promete a los que observen tal conducta es el honor de ser hijos del Altísimo, pues que imitan a Dios en aquel atributo que más resplandece en el Antiguo Testamento 9, Obtendrán, además, una predilección especial por parte de su madre, que sabrá estimar la grandeza de alma de su hijo. Clemente de Alejandría dice que el hombre que hace el bien a los otros hombres es imagen de Dios 10, y San Gregorio Nacianceno: "Ninguna cosa tiene el hombre de divino como el hacer el bien." 11
"Esta doctrina, aplicada a las relaciones para con los pobres — como advierte Eberharter —, eleva la sabiduría israelita a una altura hasta entonces desconocida y podía bien tener por fin demostrar su superioridad sobre las concepciones helenistas."12
Sección 2. (4:12-6:17)
Elogio de la Sabiduría
Estimables ventajas de la misma (4:12-22)
12 La sabiduría exalta a sus hijos y acoge a los que la buscan. 13 El que la ama, ama la vida, y los que madrugan para salir a su encuentro, serán llenos de alegría. 14 El que la abraza heredará la gloria, y en su casa entrará la bendición del Señor. 15Los que la sirven, sirven al Santo, y el Señor ama a los que la aman. 16 El que la escucha juzgará a las naciones, y el que se allega a ella habitará confiado. 17Si te confías a ella, la tendrás por heredad, y tus descendientes la poseerán; 18porque en la tentación caminará con él, y le elegirá entre los primeros. 19Traerá sobre él el miedo y el temor; en su infancia le azotará hasta que se le confíe y le pruebe en sus preceptos. 20 Pero de nuevo se volverá a él I y le alegrará, 21 y le revelará sus secretos. 22 Mas, si se extraviase, le abandonará y le entregará a la ruina.
Un nuevo elogio de la sabiduría sirve de introducción a la presente sección. Expone los frutos que reporta a quienes la buscan y está destinada a suscitar su ardiente deseo en los hombres en orden al cumplimiento de sus enseñanzas.
En primer lugar, acogiendo benignamente a quienes buscan su instrucción, ya que ella tiene sus delicias en estar con los hijos de los hombres 13, da honor y autoridad a sus discípulos, ennobleciéndolos ante los demás. Amarla es amar la vida, porque ella es árbol de vida 14 que confiere la vida feliz y próspera 15, y los que se afanan por su consecución se verán llenos de alegría, porque ella trae consigo, además del honor y la gloria, el bienestar y las riquezas 16, porque Dios bendice la casa en que entra la sabiduría.
Los que la sirven sirven al Santo, título con que muy frecuentemente designa Isaías a Dios, y que vino a ser muy usado en la literatura rabí nica. La expresión se emplea hablando del sacerdocio levítico 17. El culto de la sabiduría viene a ser como una función sacerdotal; el sabio, en consecuencia, cuando enseña la sabiduría y practica sus dictámenes, ejercita una especie de sacerdocio. La razón es que la sabiduría está en Dios, y servirla a ella es servir a Dios. Y así, quien la ama es digno del amor de Dios. Juzgarán con verdad (v.16), porque la sabiduría les enseña a discernir entre lo bueno y lo malo y, además, a obrar conforme a ese conocimiento, y quien obra así puede vivir confiado, porque se conduce conforme a la voluntad de Dios, lo que le asegura el auxilio y protección 18. Y si te entregas plenamente a ella, de modo que venga a penetrar tu vida y dirigir todos tus pasos, y colocas en ella toda tu esperanza, vendrá a ser una herencia inamisible que transmitirás a tus descendientes. La experiencia dice que los padres buenos suelen transmitir a sus hijos, juntamente con la vida, una inclinación instintiva al bien y a la virtud, que es la mejor herencia que les pueden proporcionar.
Los últimos versos de la perícopa muestran la conducta que la sabiduría sigue con quienes a ella se confían, y que interesa conocer de antemano para no ser después desconcertados. Al principio conduce a su discípulo por sendas difíciles y tortuosas, sometiéndolo a pruebas y tentaciones, ante las cuales sentirá temor y miedo. Se mostrará severa y dura, como el padre y el educador, que no ahorran el castigo en la educación de su hijo. La razón de esta conducta la repiten con frecuencia los sabios: la virtud se purifica en la prueba, como el oro en el crisol. Quien en medio de ella ama sinceramente la sabiduría y persevera firme en sus enseñanzas y mandatos, obtendrá su confianza y le manifestará sus arcanos misterios, haciéndolo rico en tesoros de ciencia y prudencia, y le dará paz y felicidad. Pero, si el hombre no es fiel en la prueba, la sabiduría lo abandonará a su suerte, y sin su protección, que es la protección de Dios, la ruina es segura.
La perícopa, importante para la personificación de la sabiduría, especialmente en la forma del hebreo, donde la sabiduría habla en primera persona dirigiéndose a sus discípulos, pone de manifiesto su dignidad y autoridad divina. Servirla es servir a Dios, y su comunicación a los hombres sigue los caminos de Dios y de su gracia.
Consejos varios (4:23-36)
23 Espera tu tiempo y guárdate del mal. 24 Y no tendrás que avergonzarte de ti mismo. 25 Pues hay una confusión que es fruto del pecado y una confusión que trae consigo gloria y gracia. 26 No tengas respetos que sean en perjuicio de tu alma. 27 Y no te avergüences para ruina tuya. 27 No retengas la palabra salvadora y no ocultes tu sabiduría; 29 pues en el hablar se da a conocer la sabiduría, y la doctrina en las palabras de la lengua. 30 No hagas contradicción a la verdad y no te avergüences de tu falta de doctrina. 31 No te avergüences de confesar tus pecados] y no nades contra la corriente. 32 No te sometas al hombre necio y no tengas acepción por la persona del poderoso. 33 Lucha por la verdad hasta la muerte, y el Señor Dios combatirá por ti. 34 No seas duro en tus palabras, ni perezoso ni remiso en tus obras. 35 No seas como león en tu casa, ni te muestres caprichoso con tus servidores. 36 No sea tu mano abierta para recibir ni cerrada para dar.
Expuestas las ventajas de la sabiduría, pasa a dar consejos sobre diversos temas. Comienza con una advertencia general: presta atención al tiempo y mira cómo emplearlo en cada instante, de modo que te guardes siempre del mal. Si obras así, jamás sentirás la confusión y vergüenza que sigue al mal obrar.
Hay dos clases de vergüenza o confusión: una, la del que por respetos humanos quebranta la ley de Dios, anteponiendo la criatura al Creador; otra, la del que prefiere sufrir el desprecio de los hombres antes que desagradar al Señor. Aquélla, al fin, traerá confusión; ésta, gloria y honor. "A quien me confesare ante los hombres — ha dicho Jesucristo —, también lo confesaré delante de mi Padre, que está en los cielos; pero a todo el que me negare delante de los hombres, yo le negaré también delante de mi Padre, que está en los cielos." 19 El discípulo de la sabiduría debe ser siempre fiel a la ley que la conciencia le transmite, y jamás traicionar a la ley de Dios por agradar a los hombres. Ha de procurar siempre obedecer a Dios antes que a los hombres 20. Jamás deberá negar, por respetos o consideraciones humanas, su palabra en defensa del prójimo, a quien su sabiduría puede librar de la acusación que se le hace y poner de manifiesto su inocencia.
Sobre todo, el sabio ha de hacer honor a la verdad y por nada deberá contradecirla (ν.30); si por ignorancia o falta de reflexión incurrió en error, reconocerlo es también sabiduría. Ni deberá avergonzarse de reconocer sus faltas o pecados en que haya incurrido; pretender ocultarlos con mentiras es como intentar detener la corriente; se consigue durante unos instantes; después el remanso de agua irrumpe y aquélla continúa su curso; durante cierto tiempo se detiene la verdad; después aquélla triunfa, con la consabida vergüenza para quien intentó ocultarla.
Sería un deshonor para el sabio adoptar por respetos humanos la conducta del necio, cuyo trato deberá evitar si no quiere incurrir en sus necedades, o dejarse llevar de preferencias por el poderoso por la utilidad que su amistad puede reportar, llegando tal vez a faltar al cumplimiento del deber para con los demás por complacerlos a ellos. La conducta del sabio ha de ser reflejo de la de Dios, que no tiene acepción de personas; y si por alguien las siente, ha de ser, como el Señor, por el pobre, el huérfano, el desvalido, que no tiene dónde poner su corazón ni en quién poder confiar. El sabio ha de ser paladín de la verdad y ha de rendirle honor en todo momento, y por su causa ha de estar dispuesto a dar la vida mi sma. Así lo hicieron los Macabeos, y la Iglesia cuenta en el cielo con miles de hijos suyos que prefirieron la muerte antes que traicionar la verdad y justicia de su fe.
La verdad se entiende en sentido amplio, de modo que comprende la fe, la práctica de la religión y sus virtudes. El Señor ayuda y combate con los valientes, como lo prometería después Jesucristo y lo realizaría con sus dones el Espíritu Santo 21.
Concluye el capítulo con unos consejos prácticos referentes al trato con los demás. Recomienda a su discípulo cómo deberá ser riguroso consigo mismo y condescendiente con los demás, no como quien siempre está dispuesto a mandar con exigencia a los demás y luego él apenas hace algo. Deberá practicar la amabilidad con los de casa, evitando ese carácter duro y soberbio que ante cualquier cosa se aira o irrita, haciendo sufrir a los demás. Y esto también con los servidores, que están para servirle a él, no a sus caprichos; más aún, estas personas, seres humanos con corazón y exigencias como sus señores, por lo mismo que trabajan para ellos, teniendo que privarse de muchas de las satisfacciones de que éstos gozan, merecen una consideración especial. La última sentencia condena el ansia que para recibir siente el avaro y recomienda la liberalidad que ha de caracterizar la conducta del sabio, ya que, conforme a la sentencia del Señor, es mejor dar que recibir 22. Spicq cita a este propósito la observación curiosa de R. Meir citado por I. Lévy. "Guando el hombre viene al mundo, sus manos se cierran, como si quisiese decir: Todo el mundo me pertenece; y cuando muere, sus manos están extendidas, como si quisiese decir: No he tenido nada en posesión en este mundo" 23.
1 In Ps 147. — 2 2-2 q.66 a.7. — 3 Citado por Spicq, o.c., 4:1 p.s86. — 4 Prov 17:5. — 5 Cf. Ex 22:22. — 6 Prov 21:13 — 7 Como interpretado así el v.7 interrumpe el tema de la perícopa, algunos interpretan, en conformidad con el contexto, la primera parte de la congregación de los pobres, para con los que recomienda amabilidad; la segunda, de quienes, habiendo perdido su posición social — cosa fácil en circunstancias revueltas como las de la época de Ben Sirac —, eran tal vez objeto de desprecio, y para con éstos aconseja la debida consideración. — 8 El Dt recomienda mucho la misericordia para con ellos: 14:29; 16:11.14; 24:17.19-21; 26:12, etc.; Ex 22:22; Job 26:11-113; Sant 1:27. — 9 Cf. Is 49:15. — 10 Sírom. I. — 11 Or. 16. — 12 Spicq, o.c., 4:10 p.s88. — 13 Prov8:31. — 14 Sab 8:16. — 15 Prov3:18. — 16 1:20-21. — 17 Dt 10:8; 17:12; 21:5, etc. — 18 Sal q 1:1; Prov 28:1. El texto griego, en lugar de juzgara con verdad, lee: juzgará a las naciones, que no tiene aquí sentido. Significaría su dignidad (Sab 3:8), o que con su conducta recta condena la inicua de los impíos (1 Cor 6:2). — 19 Mt 10:32-33. — 20 Act 5:29. — 21 Ex 14:14; 2 Mac 13:14. — 22 Act 20:35. — 23 O.c. 4:31 p.593.
5. Temeridad y Sinceridad
La falsa seguridad (5:1-10)
1 No te apoyes sobre las riquezas y no digas: "Me basto a mí mismo." 2 No te apoyes en ti mismo y en tu fuerza para vivir según los deseos de tu corazón. 3No digas: "¿Quién me dominará?" porque sin duda te castigará el Señor. 4 No digas: "He pecado, ¿y qué me ha sucedido?" porque el Señor es paciente. 5 No vivas confiado en el perdón y no añadas pecados a pecados. 6Y no digas: "Grande es su misericordia; El perdonará mis muchos pecados." 7 Porque, aunque es misericordioso, también castiga, y su furor caerá sobre los pecadores. 8 No difieras convertirte al Señor y no lo dejes de un día para otro; 9 porque de repente se desfoga su ira, y en el día de la venganza perecerás. 10 No te apoyes en las riquezas mal adquiridas, porque nada te aprovecharán en el día de la ira.
En esta primera parte del capítulo, el sabio condena la falsa seguridad que con frecuencia el rico pone en sus riquezas, el poderoso en su fuerza, el pecador que no se arrepiente de sus pecados en la misericordia de Dios.
No es raro que el rico, orgulloso de sus riquezas, crea que con ellas puede bastarse a sí mismo, desprecie a los demás y abandone el trabajo, como quien nunca va a necesitar de él. El sabio desaconseja tal conducta. También el salmista recomienda que, si abundan las riquezas, no se apegue el corazón a ellas l. La razón es que son vanas y engañosas, de modo que en el momento que menos se espera, como declaraba Jesucristo 2, pueden perderse. La advertencia vale sobre todo en el caso en que las riquezas fueron injustamente adquiridas (v.10); éstas desaparecen más fácilmente después de haber merecido duro castigo para el día en que Dios descargue su ira sobre el pecador.
De la misma manera, el poderoso suele poner su apoyo y confianza en la fuerza, por la que se cree superior a los demás, abusando de ella para secundar las malas inclinaciones de su corazón. El sabio les advierte que hay por encima de él un superior, Dios, que les pedirá cuenta de su poder y que castigará el orgullo e insolencia de los poderosos, como hizo con Senaquerib, Nabucodonosor y otros muchos poderosos altivos e insolentes 3.
También el pecador, al ver que nada malo le ha ocurrido después de sus pecados, se siente tentado a perseverar en sus maldades. Ha de tener en cuenta que, si el Señor no lo ha castigado, no es por falta de poder ni porque vaya a dejar impune su pecado, sino porque es paciente, y quiere dar tiempo al impío a que se arrepienta de sus pecados y pueda otorgarle el perdón de los mismos. El no quiere la muerte del pecador, sino que se arrepienta y viva4. Más aún, no confíes demasiado en el perdón en el sentido de que te sientas inducido a añadir pecado sobre pecados5; que tal vez el Señor, si abusas de su misericordia, te envíe un inesperado y fulminante castigo. Quien juzga que los pecados le serán demasiado fácilmente perdonados y cuantas veces los cometiere, se predispone a cometerlos. Por el contrario, quien abriga una duda prudente y razonable sobre el perdón divino, no se sentirá tan tentado a cometerlos. Cierto que es grande la misericordia de Dios, el cual está siempre dispuesto a perdonar nuestros pecados si de ellos sinceramente nos arrepentimos. Pero es también justo, y no podrá menos de castigar al pecador, incluso con la muerte eterna, si no hace la debida penitencia. Y, desde luego, Dios, de quien nadie puede mofarse impunemente, hará sentir el peso de su justicia sobre quienes, abusando de su bondad y misericordia, se dan más libremente a una vida de impiedades.
La perícopa concluye con un sabio consejo: no difieras convertirte al Señor (v.8), y da la razón: no sea que se canse de esperarte con su misericordia y deje paso a su justicia, enviándote un mal irremediable o la misma muerte. San Agustín advierte que el Señor ha prometido que el día en que te conviertas a El se olvidará de tus pecados, pero nunca te ha prometido la vida del día siguiente... Y es una providencia de Dios, añade, el que el hombre ignore el día en que ha de morir. Nos deja incierto el último día de nuestra vida para que vivamos bien todos los días de la misma6. "¡Oh hombre! — exclama en otro lugar —, ¿por qué difieres la conversión de día en día, cuando tal vez hoy sea para ti el último día?" 7 Por lo que San Juan Crisóstomo recomienda: "No tardes en convertirte al Señor y no postergues de día en día la conversión. No sabes lo que el día siguiente traerá; hay peligro y miedo en la espera; salvación cierta y segura, por el contrario, si no hay espera alguna."8
Del buen uso de la lengua (5:11-6:1)
11 No te dejes llevar de todo viento y no camines por una senda cualquiera, que así es como obra el pecador de doble lengua. 12 Sé firme en tus juicios y no tengas más que una palabra. 13 Sé pronto para oír y lento para responder. 14 Si tienes que responder, responde; si no, pon la mano a la boca. 15 En el hablar está la gloria o la deshonra, y la lengua del hombre es su ruina. 16 Que nadie te llame chismoso y no tiendas lazos con tu lengua, 17 porque sobre el ladrón vendrá la confusión, y la condenación sobre el de corazón doble. 18 No ofendas a nadie ni en mucho ni en poco. 6/1 Y no te hagas enemigo al amigo; pues sobre el malo vendrá la confusión y el oprobio, y lo mismo sobre el pecador de doble corazón.
Comienza la nueva sección, sobre uno de los temas más frecuentemente tratados, recordados en el libro 9. Señala criterio y personalidad en el uso de la lengua y recomienda no imitar a quien habla, de una u otra manera, siguiendo sus propias invenciones aun a costa de la verdad misma y del bien de los demás. Frente a esa conducta exhorta la a firmeza y constancia en la decisión y en la palabra. Es preciso buscar la verdad, el camino recto; una vez que se ha hallado, hay que permanecer fieles a él aun a costa de los mayores sacrificios, sin dejarse vencer por respetos humanos y sobre todo evitando toda doblez.
Normas de sabiduría y prudencia, repetidas en todas las literaturas reconocidas como tales por todas las gentes, son la diligencia para escuchar el consejo o parecer de los demás y la lentitud para responder, de modo que a la respuesta preceda siempre la deliberación oportuna. Es el mismo consejo que daba Santiago en su carta: "Todo hombre debe ser rapido para escuchar, lento para hablar." 10 Si con tu palabra debes o puedes salir en defensa de tu prójimo o le puedes hacer algún bien, habla en su favor. Si tienes alguna competencia sobre el tema tratado en la conversación, da tu opinión; de lo contrario, es preferible guardes silencio, pues la lengua fácilmente te expone a faltar. Dice un proverbio griego: "O decir algo que valga más que el silencio, u observar éste." 11 Según el diverso uso que se haga de la lengua, puede seguirse gran honor o deshonor. Si con tus palabras te muestras sabio o elocuente, si con tus consejos haces el bien, te granjeas estima y gloria. Pero si con ellas haces el mal, pueden conducirte a la misma ruina. Jesucristo dijo: "Por tus palabras serás declarado justo o por tus palabras serás condenado."12 Y Santiago consigna que "con ella (la lengua) bendecimos al Señor y Padre nuestro y con ella maldecimos a los hombres, que han sido hechos a imagen de Dios. De la misma boca proceden la bendición y la maldición." 13
No te dejes llevar de la chismorrería de la detracción para con los demás, susurrando al oído de los otros palabras ofensivas. Quien tal hace es un verdadero ladrón, que roba el honor y la fama, bienes más estimables que las riquezas materiales, y que difícilmente pueden repararse. De ahí que el detractor, lo mismo que el de corazón doble, que a la murmuración añade el cinismo, caerán en la vergüenza y serán condenados por los demás al ser descubierto su pecado. La norma del sabio ha de ser: no ofender a nadie con palabras ni siquiera en cosas pequeñas, procurando evitar incluso los más leves pecados de lengua. Es la práctica de la caridad en su sentido negativo y el respeto más perfecto a la fama de los demás.
Tal conducta hace gratos a Dios y granjea la confianza y estima de los hombres. Lo contrario convierte en enemigo al más amigo y hace correr la suerte ya indicada para el de ánimo doble.
1 62:11. — 2 Lc 12:19. — 3 Is 36:20; Dan 4:29. — 4 Sab 11:24; 2 Pe 2:9. — 5'La Vulgata entiende del pecado expiado. Según el concilio de Trento, el hombre "no puede, sin una revelación especial de Dios, tener certeza absoluta de estar en gracia de Dios y haber obtenido el perdón de los pecados." Y, en todo caso, el Señor puede exigir una expiación ulterior. — 6 Hom. 13. — 7 Serm. 202 "De Temp." — 8 Hom. 22 in Epist, II ad Cor. — 9 14:1; 19:6-18; 20:17-19; 22:25; 23:7-15; 25:8; 8:28:13-26. — 10 1:19. — 11 Cf. Job 21:5; 23:9; 40:4; Prov 30,32. La Vulgata añade al v.14: a fin de que no seas sorprendido en una palabra imprudente y te veas confundido. — 12 Mt 12:37. — 13 3:9-10.
6. Orgullo, Amistad, Sabiduría
El orgullo (6:2-4)
2 No te engrías en tus pasiones, no seas destrozado como un toro" 3 Si destrozas las hojas, echas a perder los frutos, y te quedarás como árbol seco" 4 El alma perversa se pierde a sí misma y será el ludibrio de sus enemigos.
Comentamos el verso primero en la perícopa precedente. Forman ésta unas sentencias enigmáticas que parecen referirse al orgullo, si bien cuadrarían muy bien a la lujuria. Recomienda el dominio de las pasiones, cuyas consecuencias pone el sabio de manifiesto con una expresiva comparación *. La pasión no dominada es comparable al toro furioso, que no admite rival y destroza cuanto se le pone delante. También ella acaba con cuanto de bueno y noble hay en el hombre, destruyendo su honor y dignidad, enervando las mismas energías físicas. En el orden espiritual, las pasiones sofocan las virtudes, y con ello los frutos de las mismas, viniendo a ser el hombre como un árbol seco, incapaz de dar frutos. Más aún, la pasión del orgullo termina por llevar a la perdición a aquellos a quienes domina. La historia está llena de ejemplos de hombres orgullosos que vinieron a ser objeto de ludibrio y desprecio, y hasta de horribles venganzas por parte de sus enemigos.
La verdadera y la falsa amistad (6:5-17)
5 La palabra suave multiplica los amigos, la lengua bien hablada es rica en afabilidad. 6 Si tuvieres muchos amigos, uno entre mil sea tu consejero. 7 Si tienes un amigo, ponle a prueba y no te confíes a él tan fácilmente; 8 porque hay amigos de ocasión, que no son fieles en el día de la tribulación. 9 Hay amigo que se torna enemigo y que descubrirá para vergüenza tuya tus defectos. 10 Hay amigos que sólo son compañeros de mesa y no te serán fieles en el día de la tribulación. 11 En tus días felices será otro tú y hablará afablemente de los tuyos; 12 pero, si te viere humillado, se volverá contra ti y te ocultará su rostro. 13 Apártate de tus enemigos y guárdate de tus amigos. 14 Un amigo fiel es poderoso protector; el que le encuentra halla un tesoro. 15 Nada vale tanto como un amigo fiel; su precio es incalculable. 16 Un amigo fiel es remedio saludable; los que temen al Señor lo encontrarán. 17 El que teme al Señor es fiel a la amistad, y como fiel es él, así lo será su amigo.
Uno de los temas en que más insiste el autor del Ecclesiástico es la amistad. La vida tal vez le enseñó mucho sobre el particular, y creyó oportuno recordar una y otra vez advertencias preciosas sobre la verdadera y la falsa amistad. Comienza indicando un medio de ganarse amigos, que es la palabra suave y amable. Cicerón decía: "Es difícil expresar cómo concilla los ánimos de los hombres la palabra delicada y afable" 2. Un santo dejó escrito que las palabras dulces edifican aun a los malvados, mientras que las ásperas escandalizan aun a los más santos" 3. Y A Lapide dice que la palabra suave fluye y se desliza como el azúcar en el oyente y lo penetra con su dulzura, lo llena, atrae y conduce a su amor4. El primer consejo advierte que, si bien se han de mantener relaciones amistosas con muchos, sólo a uno, de fidelidad probada, deberás manifestar tus íntimos secretos, con el fin de que sea tu consejero. La razón es que la amistad íntima supone una unión y compenetración de afectos que no es posible con muchos, y una confianza y lealtad que no siempre se encuentra. San Francisco de Sales aplica esta sentencia a la elección de un consejero espiritual. Bien será que, además de nuestros amigos, tengamos una persona de mayor experiencia a quien podamos acudir en busca de consejo en las dudas y problemas que afectan a nuestro espíritu.
Una segunda e importante advertencia indica que antes de confiarte a un amigo has de poner a prueba su fidelidad, y ésta se manifiesta con la abnegación para con el amigo, permaneciendo a su lado en medio de la adversidad. El amigo cierto se manifiesta en las situaciones inciertas. Y es que hay amigos que no buscan en la amistad más que su propio provecho, y por eso permanecen tales en el día de la prosperidad, presentándose incluso como tu mejor amigo, pero te abandonan en el día de la adversidad, en que ya no pueden percibir beneficio alguno de tu amistad; son compañeros en la mesa, pero no en la desgracia. No es raro que tales amigos, por cualquier motivo, se conviertan en enemigos, y entonces, cuanto más íntima y confidencial fue la amistad con él, tanto mayor será el mal que tal vez habrás de sufrir, pues conoce más a fondo tus defectos, que podrá descubrir a los demás. Decía Aristóteles que la verdadera amistad es aquella que engendra no la necesidad o la utilidad, sino la virtud o la bondad 5. "Esa es la amistad que ninguna adversidad rompe, que prevalece a todo intervalo de lugar y tiempo y que sobrevive a la misma muerte" 6. La conclusión práctica ha de ser: apartarte de los enemigos, ya que nada bueno de ellos puedes esperar, y ser prudente y cauto con los amigos, no confián-dote a ellos si antes no tienes garantías suficientes de su fidelidad, de su sinceridad, no sea que comiences a amar lo que después odiarás (ν.13) 7.
El verdadero amigo, fiel en todas las circunstancias, es un tesoro de incalculable valor. Preguntado Alejandro Magno dónde tenía sus tesoros, respondió que en los amigos 8. "¿Qué cosa más grata — exclama Séneca — que tener un amigo con el cual puedas tener confianza para todo, a quien creas como te creerías a ti, con quien hables como hablarías contigo?" 9 Entre los amigos ha de existir una confianza y un amor mutuo, que los ha de hacer cada día mejores, advirtiéndose mutuamente los defectos y ayudándose a corregirlos. La benéfica influencia de la amistad se dejará notar esencialmente en medio de las adversidades; el verdadero amigo permanece más unido que nunca al desventurado, y es con el aliento que le infunde, con su desinteresada ayuda, su mejor consuelo y tal vez único sostén.
Después de hacer el elogio del amigo fiel, indica quiénes encuentran tales amigos: don tan apreciable se concede a los que temen a Dios. Los justos, fieles a Dios en todas las circunstancias, lo son también al amigo, y sólo ellos permanecen fieles a la amistad en la desventura del amigo. Su fidelidad maravillará al amigo, que, a su vez, se esmerará en imitarla, con lo que existirá entre ellos la más noble y sincera amistad.