Es la pedagogía que Jesús emplea para preparar los corazones de sus discípulos, y los corazones de la gente, para entender este Misterio de Dios. Es tanto el amor de Dios, y tan feo el pecado, que nos salva así: con la identidad de la Cruz. No se puede entender a Jesucristo Redentor sin la Cruz: ¡no se puede! Podemos incluso llegar a pensar que es un gran profeta, que hace cosas buenas, que es un santo. Pero a Cristo Redentor sin la Cruz no se le puede entender. Y los corazones de los discípulos, los corazones de la gente, no estaban preparados para entenderlo. No habían comprendido las profecías, ni que él era precisamente el Cordero para el sacrificio. No estaban preparados.
Solo el Domingo de Ramos Cristo permite a la muchedumbre decir, más o menos, su identidad, con aquel Bendito el que viene en nombre del Señor. Y eso porque si esta gente no grita, ¡gritarán las piedras! En cambio, solo después de su muerte la identidad de Jesús aparece en plenitud y la primera confesión viene del centurión romano. Paso a paso, Jesús nos prepara para entenderlo bien. Nos prepara para acompañarlo con nuestras cruces por su camino hacia la redención. Nos prepara para ser cireneos y ayudarle a llevar la Cruz. Nuestra vida cristiana, sin eso, no es cristiana. Será una vida espiritual buena: Jesús es el gran profeta que nos ha salvado. Pero Él, yo no’. ¡No, tú con Él! Haciendo el mismo camino. También nuestra identidad de cristianos debe ser protegida y no creer que ser cristianos es un mérito; es un camino espiritual de perfección. No es un mérito, es pura gracia.