Recordar la propia vida es dar gloria a Dios; recordar nuestros pecados —de los que el Señor nos ha salvado— es dar gloria a Dios. Por eso, Pablo dice que solo se gloría de dos cosas: de sus pecados[1] y de la gracia de Dios Crucificado[2]. Al acordarse de sus pecados se gloría: Aunque he sido pecador, Cristo Crucificado me salvó; se gloría en Cristo. Esa es la memoria de Pablo. Y esa es la memoria a la que nosotros estamos invitados por el mismo Jesús. Cuando Jesús dice a Marta: Te afanas e inquietas por muchas cosas, pero solo una es necesaria. María ha escogido la mejor parte (Lc 10, 38-42), ¿qué quiere decir? Escuchar al Señor y hacer memoria. No se puede rezar cada día como si no tuviéramos historia; cada uno tiene la suya. Y con esa historia en el corazón, vamos a la oración, como María. Lo que pasa es que muchas veces estamos agobiados, como Marta, por el trabajo, por peso del día, por hacer lo que hay que hacer, y nos olvidamos de esa historia.
Nuestra relación con Dios no comenzó el día del Bautismo: ahí se selló. Empezó cuando Dios, desde la eternidad, nos miró y nos escogió[3]. En el corazón de Dios, ahí empezó. Recordemos nuestra elección, la que Dios hizo con nosotros[4]. Recordar nuestro camino de alianza. ¿Esa alianza ha sido respetada o no? ¡Pues no, porque somos pecadores! Recordemos nuestro pasado y también la promesa que Dios hace y nunca falla, que es nuestra esperanza. Esa es la verdadera oración. Recemos con el Salmo 138 (1-3): Señor, tú me sondeas y me conoces; me conoces cuando me siento o me levanto, de lejos penetras mis pensamientos; distingues mi camino y mi descanso. Eso es rezar: rezar es recordar nuestra historia ante Dios, porque nuestra historia es la historia de su amor por nosotros.[1] 2Cor 12,10: “Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte”.
[2] Gal 6,14: “Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo”.
[3] Ef 1,4: “Nos escogió antes de la creación del mundo, para que fuésemos santos...”.
[4] Jn 15,16: “No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros…”.