Sin embargo, tener como prenda de eternidad el mismo cielo no evita que los cristianos resbalen al menos en un par de tentaciones. Primero, cuando queremos —no digo borrar— solo opacar la identidad. Es el cristiano tibio. Es cristiano, sí, va a misa el domingo, sí, pero en su vida la identidad no se ve. Incluso vive como un pagano: puede vivir como un pagano, pero es cristiano. Ser tibios, opacar nuestra identidad. Y el otro pecado, ese del que Jesús hablaba a los discípulos y hemos escuchado: Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía (Lc 12,1). Fingir, aparentar: finjo ser cristiano, pero no lo soy. No soy trasparente, digo una cosa —¡sí, sí, soy cristiano!— pero hago otra que no es cristiana.
En cambio, y el mismo Pablo lo recuerda en otro pasaje, una vida cristiana vivida según la identidad creada por el Espíritu Santo lleva en dote dones de mucha más profundidad: amor, gozo, paz, longanimidad, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza (Gal 5,22-23). Y ese es nuestro camino al Cielo, nuestra senda, que comienza con el cielo de aquí.
Para que tengamos esa identidad cristiana, hemos sido sellados por el Espíritu Santo. Pidamos al Señor la gracia de estar atentos a ese sello, a nuestra identidad cristiana, que no solo es promesa, no: ¡ya la tenemos a mano como prenda!