Pero Jesús tranquiliza a la gente: No temáis, afirma, porque nada hay cubierto que no llegue a descubrirse, nada hay escondido que no llegue a saberse. Como diciendo que esconderse no ayuda, aunque la levadura de los fariseos lleve a la gente a amar más las tinieblas que la luz. Esa levadura es un virus que enferma y te acaba matando. ¡Cuidado! Esa levadura te lleva a las tinieblas. ¡Atención! Pero hay uno que es más grande que todo esto: es el Padre que está en el Cielo. ¿No se venden cinco gorriones por dos cuartos? Pues ni de uno solo se olvida Dios. Hasta los pelos de vuestra cabeza están contados. Y luego, la exhortación final: No tengáis miedo: no hay comparación entre vosotros y los gorriones. Ante todos esos miedos que nos meten acá y allá, y que nos da el virus y la levadura de la hipocresía farisaica, Jesús nos dice: Hay un Padre, un Padre que os ama, un Padre que cuida de vosotros.
Y solo hay un modo para evitar el contagio. Es el camino indicado por Jesús: rezar. Es la única solución para no caer en esa actitud farisaica, que no es ni luz ni tinieblas, sino que está a mitad de un camino que jamás llegará a la luz de Dios. Recemos, y recemos mucho. Señor, protege a tu Iglesia, que somos todos nosotros: protege a tu pueblo, ese que se había reunido y se pisaba entre sí. Protege a tu pueblo, porque amas la luz, la luz que viene del Padre, que viene de tu Padre, que te envió para salvarnos. Protege a tu pueblo para que no se vuelva hipócrita, para que no caiga en el sopor de la vida. Protege a tu pueblo para que tenga la alegría de saber que hay un Padre que nos quiere mucho.