Sin el Espíritu no logramos ser testigos. El testigo es quien es coherente con lo que dice, con lo que hace y con lo que ha recibido, es decir, con el Espíritu Santo. Esa es la valentía cristiana, ese es el testimonio. Es el testimonio de nuestros mártires de hoy —tantos— expulsados de su tierra, desplazados, asesinados, perseguidos: tienen el valor de confesar a Jesús hasta el momento de la muerte; es el testimonio de esos cristianos que viven su vida en serio y dicen: Yo no puedo hacer esto, no puedo hacer mal a otro; no puedo engañar; no puedo llevar una vida a medias, tengo que dar mi testimonio. Y el testimonio es decir lo que en la fe ha visto y oído, o sea a Jesús Resucitado, con el Espíritu Santo que ha recibido como don.
En los momentos difíciles de la historia se oye decir: la patria necesita héroes. Y es verdad, es justo. ¿Y qué necesita hoy la Iglesia? ¡Testigos, mártires! Son precisamente los testigos, es decir, los santos, los santos de todos los días, los de la vida ordinaria, pero con coherencia, testigos hasta el final, hasta la muerte. Ellos son la sangre viva de la Iglesia; los que sacan la Iglesia adelante; los que atestiguan que Jesús ha resucitado, que Jesús está vivo, y lo atestiguan con la coherencia de su vida y con el Espíritu Santo que han recibido como don.