Nosotros no vemos la guerra. Nos asustamos por cualquier acto de terrorismo, pero eso no tiene nada que ver con lo que sucede en aquellos países, en aquellas tierras donde día y noche las bombas caen y caen, y matan niños, ancianos, hombres y mujeres. ¿La guerra está lejos? ¡No! Está cerquísima, porque la guerra nos afecta a todos, la guerra comienza en el corazón. Que el Señor nos dé paz en el corazón, nos quite todo deseo de avaricia, de codicia, de lucha. ¡No! ¡Paz, paz! Que nuestro corazón sea un corazón de hombre o de mujer de paz. ¡Y eso por encima de las divisiones entre religiones!: ¡todos, todos, todos! Porque todos somos hijos de Dios. Y Dios es Dios de paz. No existe un dios de la guerra: el que hace la guerra es el maligno, es el diablo, que quiere matar a todos.
Ante eso no puede haber divisiones de fe. No basta dar gracias a Dios porque tal vez la guerra no nos toca. Sí, le agradecemos eso, pero pensemos también en los demás. Pensemos hoy no solo en las bombas, en los muertos, en los heridos, sino también en la gente –niños y ancianos– a la que no puede llegar la ayuda humanitaria para comer. No pueden llegar las medicinas. ¡Están hambrientos, enfermos! Porque las bombas lo impiden. Y, mientras nosotros rezamos hoy, sería bueno que cada uno sienta vergüenza. Vergüenza por eso: que los humanos, nuestros hermanos, sean capaces de hacer eso.
Hoy jornada de oración, de penitencia, de llanto por la paz; jornada para oír el grito del pobre. Ese grito que nos abre el corazón a la misericordia, al amor, y nos salva del egoísmo.