La única manera de amar como amó Jesús es salir continuamente del egoísmo e ir al servicio de los demás. Porque el amor cristiano es amor concreto, porque es concreta la presencia de Dios en Jesucristo. Todo el que se propasa y no permanece en la doctrina de Cristo no posee a Dios. Por tanto, ojo a quien se propasa de la doctrina de la carne, de la Encarnación, porque ni está en la doctrina de Cristo, ni posee a Dios. Sobrepasarse es salir del Misterio de la Encarnación del Verbo, del Misterio de la Iglesia. Porque la Iglesia es la comunidad en torno a la presencia de Cristo. Del que se propasa nacen todas las ideologías: ideologías sobre el amor, ideologías sobre la Iglesia, ideologías que quitan a la Iglesia la Carne de Cristo. ¡Esas ideologías desencarnan la Iglesia! ‘Sí, yo soy católico; sí soy cristiano; yo amo a todo el mundo con un amor universal’. Pero eso es tan etéreo. Un amor es siempre concreto y no se sale de la doctrina de la Encarnación del Verbo.
Quien no ama como Cristo ama a su Esposa, la Iglesia, con su carne y dando la vida, ama ideológicamente. Porque el modo de hacer de las teorías, de las ideologías y de las propuestas de religiosidad que quitan la Carne a Cristo, que quitan la Carne a la Iglesia, arruinan la comunidad, destrozan la Iglesia. Si empezamos a teorizar sobre el amor llegaremos a transformar lo que Dios quiso con la Encarnación del Verbo, y llegaremos a un Dios sin Cristo, a un Cristo sin Iglesia y a una Iglesia sin pueblo.
Pidamos al Señor que nuestro caminar en el amor nunca haga de nosotros un amor abstracto, sino que el amor sea concreto, con obras de misericordia, que toque la Carne de Cristo, de Cristo Encarnado. Por eso, el diácono Lorenzo dijo: ¡Los pobres son el tesoro de la Iglesia! ¿Por qué? ¡Porque son la carne de Cristo que sufre! Pidamos esta gracia de no sobrepasarnos ni entrar en ese proceso —que seduce a tanta gente— de intelectualizar, de ideologizar ese amor, desencarnando la Iglesia, desencarnando el amor cristiano. Y no llegar al triste espectáculo de un Dios sin Cristo, de un Cristo sin Iglesia y una Iglesia sin pueblo.