El pacto, por parte de Abrahán, consiste en haber obedecido siempre. Por parte de Dios, la promesa es ser padre de muchedumbre de pueblos. Ya no te llamarás Abrán, sino Abrahán, le dice el Señor. Y Abrahán creyó. Luego, en otro diálogo del Génesis, Dios le dice que su descendencia será numerosa como las estrellas del cielo y la arena de la orilla del mar. Y hoy podemos decir: Yo soy una de esas estrellas. Yo soy un grano de aquella arena. Así pues, entre Abrahán y nosotros, está la historia del Padre de los Cielos y de Jesús que, por eso, dice a los fariseos: Abrahán, vuestro padre, saltaba de gozo pensando ver mi día; lo vio, y se llenó de alegría. Este es el gran mensaje, y la Iglesia hoy invita precisamente a detenerse y mirar nuestras raíces, a nuestro Padre que nos hizo pueblo, cielo lleno de estrellas, playas llenas de granos de arena. Mirar la historia: yo no estoy solo, soy un pueblo. Vayamos juntos. La Iglesia es un pueblo. Pero un pueblo soñado por Dios, un pueblo que tuvo un padre en la tierra que obedeció, y tenemos un hermano que dio su vida por nosotros, para hacernos pueblo. Así podemos mirar al Padre, y agradecer; mirar a Jesús, y agradecer; y mirar a Abrahán y a nosotros, que somos parte del camino.
Hagamos de hoy un día de la memoria, porque en esa gran historia, de Dios y de Jesús, está la pequeña historia de cada uno de nosotros. Os invito a dedicar hoy cinco o diez minutos, sentados, sin radio, sin televisión; sentados, a pensar en la propia historia: bendiciones y desastres, todo; gracias y pecados: todo. Y ver la fidelidad de ese Dios que permanece fiel a su alianza, fiel a la promesa que hizo a Abrahán, fiel a la salvación que prometió en su Hijo Jesús. Estoy seguro de que, entre las cosas quizá feas –porque todos las tenemos, tantas cosas feas en la vida–, si hoy hacemos esto, descubriremos la belleza del amor de Dios, la belleza de su misericordia, la belleza de la esperanza. Y estoy seguro de que todos nos llenaremos de alegría.