Jesús había recomendado a sus discípulos: “A vinos nuevos, odres nuevos”. La novedad del Evangelio, la novedad de Cristo no es solo transformar nuestra alma; es transformarnos por completo: alma, espíritu y cuerpo, todo, es decir, transformar el vino –la levadura– en odres nuevos. La novedad del Evangelio es absoluta, total; nos toma de lleno, porque nos transforma de dentro a fuera: el espíritu, el cuerpo y la vida ordinaria.
Los cristianos de Corinto no habían entendido la novedad totalizadora del Evangelio, que no es una ideología o un modo de vivir social que convive con las costumbres paganas. La novedad del Evangelio es la Resurrección de Cristo, es el Espíritu que nos envió para que nos acompañe en la vida. Los cristianos somos hombres y mujeres “de novedad”, no “de novedades”.
Y mucha gente intenta vivir su cristianismo “de novedades”. “Sí, hoy ya se puede vivir así…”. Y la gente que vive de las novedades que vienen propuestas por el mundo es mundana, no acepta toda la novedad. Hay un enfrentamiento entre “la novedad” de Jesucristo y “las novedades” que el mundo nos propone para vivir.
La gente que Pablo condena es gente tibia, es gente inmoral, es gente que simula, es gente hipócrita. La llamada de Jesús es una llamada a la novedad. Alguno podría decir: “Pero, padre, somos débiles, somos pecadores…”. – “Ah, eso es otra cosa”. Si aceptas ser pecador y débil, Él te perdona, porque parte de la novedad del Evangelio es confesar que Jesucristo vino para perdonar los pecados. Pero si tú, que dices ser cristiano, convives con esas novedades mundanas, ¡eso es hipocresía! Esa es la diferencia. Y Jesús nos dijo en el Evangelio: “Estad atentos cuando os digan: el Cristo está allí, está allá…”. Eso son las novedades: “no, la salvación es con esto, y con esto…”. Cristo es uno solo. Y Cristo es claro en su mensaje.
¿Cómo es la senda de los que viven “la novedad” y no quieren vivir “las novedades”? Recordemos cómo acaba el pasaje del Evangelio de hoy, con la decisión de escribas y doctores de la ley de matar a Jesús, de eliminarlo. La senda de los que asumen la novedad de Jesucristo es la misma de Jesús: la senda del martirio. Martirio no siempre cruento, pero sí el de todos los días. Estamos en camino y estamos vigilados por el gran acusador que suscita a los acusadores de hoy para pillarnos en contradicción. La invitación de la Iglesia hoy es tomar “la gran novedad”, toda, y no negociar con “las novedades”. En definitiva, no aguar el anuncio del Evangelio.