El culto del Señor incluye la oración, pero se refiere preferentemente a la celebración de la Sagrada Eucaristía, centro de los ritos cristianos. El texto establece indirectamente un paralelismo entre la Misa y el culto sacrificial de la Ley mosaica. La Eucaristía alimenta la vida del cristiano y su celebración «edifica y hace crecer a la Iglesia de Dios» (Unitatis redintegratio, n. 15). Es significativo que se asocie la Eucaristía con el inicio de una nueva etapa en el crecimiento de la Iglesia.
Pablo y Bernabé reciben directamente del Espíritu Santo una tarea misional, y la comunidad de Antioquía con una señal exterior —la imposición de manos— pide en la oración que Dios les acompañe y bendiga. El Espíritu no se limita a impulsar desde lejos la expansión de la Iglesia. Cada paso, cada movimiento, de este progreso continuo por el mundo es asignado con toda verdad a la iniciativa permanente del Paráclito. Es como si Dios ratificara una y otra vez sus planes de salvación y quisiera demostrar sobreabundantemente la fidelidad absoluta con que lleva a cabo sus promesas. «La misión de la Iglesia se cumple por la operación con la que, obediente al mandato de Cristo y movida por la gracia y la caridad del Espíritu Santo, se hace presente en acto pleno a todos los hombres y pueblos» (Ad gentes, n. 5).
Realizado bajo la moción del Espíritu Santo, el envío de Pablo y Bernabé es al mismo tiempo un acto eclesial, es un encargo de la Iglesia, que concreta los designios de Dios y actualiza la vocación personal de los dos enviados.
El Señor, «que me eligió desde el vientre de mi madre —escribirá Pablo— y me llamó por su gracia (...) para que le anunciara entre los gentiles» (Gal 1, 15-16), dispone ahora, a través de la Iglesia, el comienzo de esta misión.
Ayuno y oración constituyen la preparación más adecuada para la empresa espiritual que Pablo y Bernabé se disponen a iniciar. Primero, oración; después, expiación; en tercer lugar, muy en ‘tercer lugar’, acción (Camino, n. 82). Saben bien que no van a realizar una tarea meramente humana y que todo el fruto debe venir de Dios. La oración y la penitencia que acompañan al apostolado no buscan solamente mover al Señor para conseguir sus dones. Quieren sobre todo que la gracia esté presente en sus corazones limpios y en sus labios purificados, de modo que el Señor les acompañe y no deje «caer en tierra ninguna de sus palabras» (1 Sam 3, 19).
13, 4-14, 28. San Pablo, acompañado por San Bernabé, realizó su primer viaje apostólico por tierras de Chipre y Galacia meridional, en Asia Menor. Partió de Antioquía en la primavera del año 45 y volvió a esa ciudad casi cuatro años más tarde, después de haber llevado el mensaje de Cristo a los judíos y gentiles de los pueblos por donde pasó.
El relato de San Lucas, que ocupa los capítulos 13 y 14, es algo esquemático, pero permite seguir el recorrido y la actividad de Pablo y Bernabé con exactitud. Se embarcaron en Seleucia —que era el puerto de Antioquía, de la que distaba 35 km—, con rumbo a Chipre, la mayor isla del Mediterráneo oriental, patria de Bernabé. Y desembarcaron en Salamina, ciudad y puerto principal de toda la isla. Allí acudieron varios sábados a las sinagogas de los judíos.
En el v. 6 se dice que atravesaron toda la isla hasta Pafos, en el extremo occidental. Esto les debió llevar varios meses, pues aunque la distancia en línea recta es de 150 km, las ciudades con población judía eran numerosas, y al detenerse en cada una los pocos sábados necesarios para evangelizar, los meses transcurrieron deprisa. Nada se dice del resultado de estos meses de trabajo entre Salamina y Pafos, pero podemos imaginar que dieron buenos frutos porque Bernabé volverá más tarde a Chipre, en compañía de Marcos (cfr. 15, 39), para consolidar los resultados obtenidos en esta primera misión. La Nueva Pafos, llamada oficialmente Sebaste, era entonces la residencia del Procónsul.
Desde allí se embarcaron de nuevo con dirección al norte y, tras una corta travesía, arribaron probablemente a Atalia. Después de una docena de kilómetros llegaron a Perge de Panfilia, región árida e inhospitalaria situada al pie de la cordillera del Tauro, donde Marcos se separó de sus compañeros.
El viaje de Perge a Antioquía de Pisidia (v. 14) era entonces muy penoso. Recorrieron 160 km por caminos de montaña, hasta llegar a su destino, la ciudad homónima de la que habían partido, situada a 1.200 m de altura y en la que debía habitar una numerosa población judía, atraída por el comercio de pieles. Este intenso comercio favoreció después que la palabra del Señor se difundiera por toda la región (v. 49). Ante la mala acogida de un sector grande de los judíos, Pablo se dirige en su predicación a los gentiles.
Los apóstoles son expulsados y se dirigen a Iconio, a 130 km en dirección sudeste, donde permanecieron pocos meses, pues se produjo una revuelta contra ellos, y Pablo y Bernabé tuvieron que huir a la región de Licaonia, a dos ciudades poco importantes que se llamaban Listra y Derbe. En la primera debía haber muy pocos judíos y carencia de sinagoga. En vista de lo cual Pablo dirige su predicación a los licaonios del lugar, hablándoles al aire libre. Pero unos judíos llegados de Antioquía e Iconio apedrearon a Pablo, dándole por muerto. Quizá con la ayuda de Timoteo (cfr. 16, 1), consiguieron llegar a Derbe, ciudad en la que hicieron muchos discípulos y donde iniciaron el viaje de regreso, rehaciendo el camino en sentido inverso, para visitar otra vez Listra, Iconio y Antioquía de Pisidia. Con el tiempo, los ánimos se habrían calmado, los magistrados locales habrían sido cambiados, y todo se podía arreglar con un poco de prudencia. Fueron confirmando en la fe a esos primeros discípulos e instituyendo presbíteros en cada iglesia local. Bajaron hasta Perge y Atalia, donde se embarcaron directamente hacia Antioquía, a la que llegaron probablemente bien entrado el año 49, finalizando así este primer viaje misional.
Actes 13, 5
Será costumbre de Pablo comenzar la predicación del Evangelio en la sinagoga de cada ciudad visitada. No lo hace por táctica sino por coherencia con el designio salvador de Dios que le ha sido dado conocer. Se siente obligado —como Jesús— a anunciar primeramente el Reino a los «israelitas, de quienes es la adopción de hijos y la gloria y la Alianza y la legislación y el culto y las promesas; de ellos son los patriarcas y de ellos según la carne desciende Cristo» (Rom 9, 4-5). Los judíos tienen derecho a ser los primeros a los que se les predique el Evangelio, puesto que fueron también los primeros en recibir las promesas divinas (cfr. 13, 46).
Aunque muchos judíos cierran sus oídos y sus corazones a la Palabra de Dios y optan por no escucharla ni entenderla, son también muchos los que aceptan el Evangelio como plenitud que es del Antiguo Testamento. Millares de hombres y mujeres como Simeón y Ana, que esperan el Reino y sirven al Dios de sus padres con ayunos y oraciones (cfr. Lc 2, 25.37), recibirán, en toda la diáspora judía, la luz del Espíritu Santo, que les hará reconocer y abrazar como divina la predicación de Pablo.
Es verdad que las numerosas comunidades judías establecidas en todos los núcleos importantes del Imperio romano fueron muchas veces obstáculo para la difusión del Evangelio. Pero no debe olvidarse que contribuyeron también providencialmente a esa misma difusión, que pudo alcanzar en poco tiempo todos los lugares del Imperio.
Actes 13, 6-7
Chipre era desde el año 22 una provincia senatorial y estaba regida, como tal, por un gobernador con título de procónsul. Sergio Paulo era hermano de Séneca. Se le califica de hombre prudente, lo que equivale a una alabanza de su recta conciencia y sus disposiciones favorables para escuchar la Palabra de Dios. La prudencia del procónsul le conduce a resistir con energía y superar definitivamente la malvada influencia del falso profeta Barjesús.
Actes 13, 9
Se nos dice incidentalmente que Saulo ha cambiado su nombre y que ahora se llama Pablo. El cambio no obedece a una iniciativa de Dios, como en el caso de Abrahán (cfr. Gen 17, 5) o de Pedro (cfr. Mt 16, 18), para significar un nuevo encargo o misión divinos. Responde a la costumbre oriental de llevar y usar oportunamente un nombre romano. Pablo es el nombre romano de Saulo, que será a partir de ahora su único nombre.
Actes 13, 11
La acción de Pablo sobre Barjesús-Elimas es uno de los pocos milagros punitivos del Nuevo Testamento. En realidad no se hace tanto para castigar al falso profeta como para convertirle. La ceguera que se le inflige tiene un sentido medicinal y pasajero. «Pablo desea convertirle con un milagro análogo al que sirvió para convertirle a él. La frase ‘hasta el tiempo señalado’ no es la palabra de uno que castiga sino de quien convierte. Si hubiera sido la palabra de quien castiga le habría dejado ciego para siempre. Sólo le castiga por un tiempo, y con vistas también a ganar al procónsul» (Hom. sobre Act, 28).
«Sabía el Apóstol, consciente de su propio caso —dice San Beda—, que la mente pueda elevarse a la luz desde las tinieblas de los ojos» (Super Act expositio, ad loc.).
El castigo de Elimas influye en la conversión de Sergio Pablo pero no representa un papel decisivo. El procónsul es convencido por la coherencia y grandeza de la doctrina cristiana, que tanto puede decir en favor de sí misma a los hombres de buena voluntad.
Actes 13, 15
El culto sinagogal durante el sábado, que procedía del tiempo postexílico (después de la cautividad de Babilonia, que duró del 586 al 539 a.C.), era ya en el siglo primero una institución sólidamente establecida. Consistía en la lectura de la Sagrada Escritura, la predicación y las oraciones públicas. No había nadie especialmente nombrado para dirigirlo, de modo que las funciones eran realizadas por los miembros de la comunidad a instancias del presidente o jefe de la sinagoga (cfr. 18, 8), que supervisaba los preparativos y desarrollo del culto.
Actes 13, 16-41
El discurso de Pablo en la sinagoga de Antioquía de Pisidia nos informa admirablemente sobre su manera de presentar el Evangelio a una congregación de judíos y prosélitos. El Apóstol enumera los beneficios dispensados por Dios al pueblo elegido desde Abrahán hasta Juan el Bautista (vv. 16-25), demuestra la mesianidad de Jesucristo, en quien se cumplen todas las profecías (vv. 26-37), y afirma finalmente, a modo de conclusión, que la justificación se opera por la fe en Jesús muerto y resucitado (vv. 38-41).
El discurso recoge los que eran temas principales de la predicación apostólica, a saber: iniciativa divina salvadora en la historia de Israel (vv. 17-22), referencia al Precursor (vv. 24-25), anuncio del Evangelio o kérygma propiamente dicho (vv. 26b-31a), mención de Jerusalén (v. 31b), argumentos de Sagrada Escritura (vv. 33-37), complemento de doctrina y tradición apostólica (vv. 38-39) y exhortación final de carácter escatológico —anuncio del futuro— (vv. 40-41). El texto presenta abundantes semejanzas con los discursos de San Pedro (cfr. 2, 14 ss.; 3, 12 ss.), especialmente en la proclamación de Jesús como Mesías y en las numerosas citas de la Sagrada Escritura que se aducen para interpretar el hecho decisivo de la Resurrección como garantía de la divinidad de Cristo.
Pablo describe un cuadro general de la Historia de la Salvación, donde finalmente sitúa a Jesús como Mesías esperado, en el que convergen todos los caminos de esta historia y todas las promesas de Dios. Las diversas etapas que conducen a Jesucristo, incluida la del Bautista, adquieren en la exposición un carácter transitorio. Lo antiguo y provisional debe hacerse a un lado para dejar paso en Cristo a lo nuevo y definitivo.
«Temerosos»; Vid. notas a Act 2, 5-11 y a 10, 2.
Actes 13, 28
Pablo presenta sin vacilación a sus oyentes judíos el hecho, hiriente y escandaloso pero salvador, de la Cruz, padecida voluntaria e inocentemente por Jesús. «Yo —dirá en otra ocasión—, cuando vine a vosotros, hermanos, no vine a anunciaros el misterio de Dios con sublime elocuencia o sabiduría, pues no me he preciado de saber otra cosa entre vosotros sino a Jesucristo, y éste crucificado» (1 Cor 2, 1 s.).
La muerte de Jesús en la cruz resulta a veces un obstáculo para la fría razón. Pero es en sí misma un hecho elocuente y conmovedor que habla en favor del carácter divino del Evangelio y recomienda aceptar la fe cristiana. Con ayuda de la gracia, el hombre puede comprender de alguna manera que el Señor «se hiciera obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Phil 2, 8). Puede descubrir algunos de los motivos por los que Dios decidió un modo de Redención tan sobreabundante. «Fue muy conveniente —escribe Santo Tomás de Aquino— que Cristo padeciera muerte de cruz. Primero, para ser ejemplo de virtud (...). Además, porque este género de muerte era el más adecuado para satisfacer por el pecado del primer hombre (...): convenía que Cristo, para satisfacer por aquella falta, tolerase ser clavado en el madero, como si restituyese lo que Adán había arrebatado (...). También porque al morir en la cruz Jesús nos prepara la subida al Cielo (...). Y porque así convenía para la universal salvación del mundo entero» (Suma Teológica, III, q. 46, a. 4).
Por la muerte de Jesucristo en la cruz podemos conocer lo mucho que Dios nos ama y sentirnos movidos consiguientemente a amarle con todo nuestro corazón y todas nuestras energías. Sólo la Cruz del Señor, fuente inagotable de gracia, hace santos.
Actes 13, 29-31
El sepulcro vacío y las apariciones de Jesús resucitado a los discípulos fundamentan el testimonio de la Iglesia sobre la Resurrección del Señor e indican que resucitó verdaderamente. Jesucristo predijo que resucitaría al tercer día después de su muerte (cfr. Mt 12, 40; 16, 21; 17, 22; Ioh 2, 19). La fe en la Resurrección se apoya en el hecho del sepulcro vacío, porque era imposible que se hubiera robado el cuerpo del Señor, y en las numerosas apariciones, en las que el Señor habla con los discípulos, permite ser tocado, y come con ellos (cfr. Mt 28; Mc 16; Lc 24; Ioh 20, 21). San Pablo escribe a los corintios que «Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; y que fue visto por Cefas, y después por los Doce. Posteriormente se dejó ver por más de quinientos hermanos...» (1 Cor 15, 3-6).
Actes 13, 32-37
Pablo cita tres textos bíblicos que tienen correspondencias verbales: Ps 2, 7 («Tú eres mi Hijo»), Is 55, 3 («santas y firmes promesas hechas a David») y Ps 16, 10 («tu Santo»). Los tres señalan aspectos de la Resurrección del Señor. Juntos, se refuerzan e interpretan mutuamente y para un oyente conocedor de la Biblia y el modo de interpretarla en aquel tiempo, descubren todo el sentido encerrado en los textos centrales de las promesas hechas a David. Los Salmos 2 y 16 reciben aquí una interpretación que desborda la apreciación superficial y permite ver en ellos al rey mesiánico que, nacido de Dios, queda radicalmente exento de la corrupción del sepulcro.
Actes 13, 38-39
Este pasaje recuerda la doctrina de la justificación tal como Pablo la expone en la Carta a los Romanos. Leemos allí que Dios justifica «al que vive de la fe en Jesús» (3, 26). Explica el Concilio de Trento que «cuando el Apóstol dice que el hombre se justifica por la fe (...), esas palabras han de ser entendidas en el sentido de que (...) ‘la fe es el principio de la humana salvación’ (San Fulgencio, De fide ad Petrum, 1), el fundamento y raíz de toda justificación, ‘sin la cual es imposible agradar a Dios’ (Heb 11, 6)» (De iustificatione, cap. 8).
Recibida la fe, el hombre se dirige libremente hacia Dios con el impulso de la gracia, acepta como verdad todo lo que ha sido revelado, se reconoce pecador, confía en la misericordia divina y, dispuesto finalmente a recibir el Bautismo, decide guardar los mandamientos y comenzar una vida nueva (cfr. Ibid., cap. 6).
Es sin embargo la gracia santificante —con las virtudes y dones que la acompañan— la que obra propiamente la justificación, mediante la eliminación del pecado y la santificación de la persona.
Actes 13, 45
La resistencia de los judíos de la ciudad, que llenos de envidia contradicen a Pablo, caracteriza lo que será desde ahora en adelante el comportamiento habitual de la sinagoga respecto al Evangelio. Es una actitud de endurecimiento que se repetirá en todos los lugares visitados por el Apóstol, con excepción de Berea (cfr. 17, 10-12).
Actes 13, 46
Pablo esperaba quizá que el cristianismo florecería sobre el judaísmo, de modo que la sinagoga entera desembocara pacífica y religiosamente en el Evangelio, que era su natural culminación según los planes divinos. La experiencia le dio a conocer una realidad muy distinta y le enfrentó con el terrible misterio de la infidelidad de gran parte del pueblo elegido, que era su propio pueblo.
Aunque todo Israel hubiese sido fiel a las promesas de Dios, también hubiese sido necesaria la predicación del Evangelio a los gentiles. La evangelización del mundo pagano no es una consecuencia del endurecimiento judío. Deriva, por el contrario, del carácter universal del cristianismo, que ofrece a todos los hombres la única gracia que puede salvar, perfecciona la Ley mosaica y supera los limites étnicos y geográficos del judaísmo.
Actes 13, 47
Pablo y Bernabé citan Is 49, 6 para apoyar su decisión de predicar a los gentiles. El texto de Isaías se refería a Cristo, como se confirma en Lc 2, 32. Pero ahora Pablo y Bernabé se lo aplican a sí mismos porque el Mesías es «luz de los gentiles» a través de la predicación de ambos apóstoles, pues son conscientes de que hablan en nombre y con la autoridad de Cristo. Por eso aquí el Señor probablemente no se refiera a Dios Padre, sino a Jesucristo.
Actes 13, 51
«Sacudir el polvo» es una expresión tradicional judía que considera impuro el polvo de todo lugar que no sea la tierra santa de Palestina. El Señor amplía el sentido de la frase cuando dice a los discípulos que envía a predicar: «Si alguien no os acoge ni escucha vuestras palabras, al salir de aquella casa o ciudad, sacudid el polvo de vuestros pies» (Mt 10, 14; cfr. Lc 9, 5). El gesto de Pablo y Bernabé es un eco de estas palabras de Jesús y equivale a «levantar acta» o dejar constancia de la infidelidad de los judíos de Antioquía.
Chapitre n°14
Actes 14, 4
«El que no está conmigo —dice el Señor en el Evangelio— está contra mí» (Mt 12, 30). Ante la Palabra de Dios, que es una llamada, una interpelación directa y personal, el hombre no puede permanecer indiferente o pasivo. Ha de tomar partido aunque no quiera; y de hecho lo toma. Muchos que persiguen o critican a la Iglesia y a los cristianos pretenden en realidad justificar sus infidelidades y resistencias íntimas a la gracia de Dios.
San Lucas denomina aquí apóstoles a Pablo y Bernabé (cfr. 14, 14). Aunque Pablo no pertenece al grupo de los Doce, para quienes Lucas suele reservar el nombre de Apóstoles, es considerado y se consideraba a sí mismo Apóstol por razón de su singular vocación (cfr. 1 Cor 15, 9; 2 Cor 11, 5) y su incansable predicación entre los gentiles. Cuando en los escritos de los Padres se menciona al Apóstol y no se concreta más, el término se refiere a San Pablo, pues es el más citado y comentado, debido a sus numerosas cartas.
Actes 14, 6
Listra era colonia romana, donde había nacido y vivía Timoteo (cfr. 16, 1-2).
Actes 14, 8-10
«Así como el hombre cojo curado por Pedro y Juan en la puerta del Templo prefigura la salvación de los judíos, también este tullido licaonio representa a los pueblos gentiles alejados de la religión de la Ley y del Templo, pero recogidos ahora por la predicación del apóstol Pablo» (Super Act expositio, ad loc.).
Se nos dice que Pablo advierte en el tullido «fe para ser salvado». Este hombre confía en la curación de su grave defecto corporal y parece esperar también que Pablo pueda curar su alma. Pablo responde a la fe del tullido y, como hizo el Señor con el paralítico de Cafarnaún (cfr. Mc 2, 1 ss.), endereza sus pies y limpia el pecado de su alma.
Actes 14, 11-13
La sorpresa de los paganos licaonios ante el milagro obrado por Pablo les hace pensar de momento en una antigua leyenda de la región frigia, según la cual los dioses Zeus y Hermes (Mercurio) habían visitado como caminantes aquella tierra y obrado prodigios en beneficio de quienes les habían acogido en sus casas. Piensan que la situación se ha repetido y se disponen a la exaltación religiosa de Pablo y Bernabé, a quienes creen dioses con figura humana (cfr. 10, 26).
Actes 14, 14
Los judíos acudían a la acción simbólica de rasgarse el vestido para indicar la conmoción interior ante una afirmación escandalosa, así como el repudio más enérgico posible de las palabras turbadoras. El gesto llegaba a ser en algunas ocasiones una mera forma que no expresaba verdaderos sentimientos religiosos, e incluso un modo de encubrir actitudes hipócritas (cfr. Mt 26, 65). Al rasgar sus vestiduras, Pablo y Bernabé manifiestan dramáticamente sus profundas convicciones y sentimientos religiosos, opuestos a toda sombra de idolatría.
Actes 14, 15-18
Pablo y Bernabé no se limitan a evitar el intento idolátrico de los licaonios una vez que se dan cuenta de sus intenciones. Procuran explicarles las razones de su actitud, y les hablan del Dios vivo, Creador de todo cuanto existe y lleno de providente solicitud hacia los hombres.
«Ya desde la antigüedad y hasta nuestros días —enseña el Conc. Vaticano II—, se encuentra en los diversos pueblos una cierta percepción de aquella fuerza misteriosa que se halla presente en la marcha de las cosas y en los acontecimientos de la vida humana, y a veces también el conocimiento de la suma Divinidad e incluso del Padre. Esta percepción y conocimiento penetra toda su vida con un íntimo sentido religioso» (Nostra aetate, n. 2).
La breve exhortación de los dos apóstoles, que adelanta algunos temas del discurso de Pablo en Atenas (cfr. 17, 22-31), se apoya en nociones religiosas aceptadas por los paganos y trata de que los oyentes entiendan su pleno sentido. Los apóstoles les invitan a abandonar toda idolatría, para volverse hacia el Dios vivo, a quien ya vagamente conocen. Se les habla, por tanto, de un Dios verdadero, que está por encima del hombre, pero que se ocupa continuamente de él. La experiencia cotidiana suministrada por los sucesos de la historia, la rotación de las estaciones del año y la satisfacción de los nobles anhelos humanos son muestras de la providencia de un Dios que invita a ser descubierto en sus obras.
Este primer encuentro natural con Dios, anticipo de revelaciones mayores, exhorta ya sin embargo a la conversión interior, es decir, al cambio de vida, al repudio de las acciones que roban la paz espiritual e impiden la relación con el Creador.
La aceptación de que Dios existe está cargada de consecuencias prácticas para la vida del hombre y es el cimiento de la existencia nueva propuesta y hecha posible por el Evangelio. Cuando el hombre reconoce real y sinceramente a su Creador, que le habla en la naturaleza exterior y en el fondo de la conciencia, ha dado un paso gigantesco en su vida espiritual, porque ha dominado sus pretensiones de autonomía moral y de falsa independencia, para entrar por caminos de obediencia y de humildad. De ese modo se facilita el reconocimiento y aceptación de la Revelación sobrenatural, que siempre se hace bajo la moción de la gracia.
Actes 14, 19
Pablo menciona esta lapidación en la segunda Carta a los Corintios. «Cinco veces recibí de los judíos cuarenta azotes menos uno —escribe—; tres veces fui azotado con varas; una vez fui lapidado» (11, 24 s.).
Actes 14, 20-22
Si recibes la tribulación con ánimo encogido pierdes la alegría y la paz, y te expones a no sacar provecho espiritual de aquel trance (Camino, n. 696).
San Pablo no se amilana ante la persecución y el sufrimiento corporal. Su sentido interior le dice que esta crisis es el anuncio de cuantiosos frutos espirituales. Y son muchos efectivamente los que abrazan el Evangelio en aquellos lugares.
A pesar de que San Lucas muestra el progreso y la victoria de la Palabra de Dios, deja también muy claro que el camino de los predicadores es un camino de Cruz (cfr. 13, 14.50). En todas partes encuentra aceptación el Evangelio, pero en todas partes encuentra también oposición. «Donde muchas coronas, mucho combate. Te conviene —dice San Ambrosio— tener perseguidores, para que encuentres así más fácilmente el éxito de tus trabajos» (Expositio in Ps 118, 20, 43).
Los sucesos permiten a los apóstoles enseñar fácilmente a los discípulos que el dolor y las dificultades forman parte de la vida cristiana.
Cruz, trabajos, tribulaciones: los tendrás mientras vivas. Por ese camino fue Cristo, y no es el discípulo más que el Maestro (Camino, n. 699). Cada uno de nosotros ha experimentado alguna vez que servir a Cristo Señor Nuestro comporta dolor y fatiga. Negar esta realidad, supondría no haberse encontrado con Dios (...). Lejos de desalentarnos, las contrariedades han de ser un acicate para crecer como cristianos: en esa pelea nos santificamos, y nuestra labor apostólica adquiere mayor eficacia (Amigos de Dios, nn. 28.216).