La designación de presbíteros en cada iglesia significa la investidura de unos cristianos para un ministerio de dirección y culto, mediante un rito litúrgico de ordenación. Estos presbíteros participan en el ministerio sacerdotal y jerárquico de los Apóstoles, de quienes deriva el suyo.
«El ministerio de los presbíteros —enseña el Conc. Vaticano II— (...) participa de la autoridad con que Cristo mismo edifica, santifica y gobierna su Cuerpo» (Presbyterorum ordinis, n. 2). El sacerdocio ministerial de los presbíteros es indispensable para la vida de toda la comunidad cristiana, que se apoya en la Palabra de Dios y en los Sacramentos. Es un sacerdocio derivado del Señor y diferente en esencia del sacerdocio común de los fieles cristianos.
El presbítero es sacerdote del Nuevo Testamento debido a una llamada de Dios. «Nuestra vocación —decía Juan Pablo II en Filadelfia ante miles de sacerdotes— es un don del mismo Señor Jesús. Es llamada personal e individual: hemos sido llamados por el nombre como lo fue Jeremías» (Homilía Civic Center, 4-X-1979).
La vida sacerdotal constituye una tarea intransferible de quien ha recibido una magnífica vocación. Es una tarea que exige y, con ayuda de la gracia, consigue gradualmente la donación total a Dios. Implica, sin duda, una entrega de la persona para siempre, porque «no reclamamos el don una vez dado. No puede ser que Dios, que dio el impulso para decir sí, desee ahora escuchar un no (...).
»No debería sorprender al mundo que la llamada de Dios a través de la Iglesia siga ofreciéndonos un ministerio célibe de amor y servicio según el ejemplo de Nuestro Señor Jesucristo. El llamamiento de Dios sacudió hasta lo más profundo de nuestro ser. Y después de siglos de experiencia, la Iglesia sabe cuan oportuno es que los sacerdotes ofrezcan esta respuesta concreta en su vida, para manifestar la totalidad del sí que han dicho al Señor» (Ibid.).
«Como quiera que nadie puede salvarse si antes no creyere (cfr. Mc 16, 16), los presbíteros, como cooperadores que son de los Obispos, tienen por deber primero el de anunciar a todos el Evangelio de Dios» (Presbyterorum ordinis, n. 4). Para cumplir bien su misión, el presbítero necesita mantener una relación directa y continua con el Señor, «un encuentro personal, vivo, de ojos abiertos y corazón palpitante, con Cristo resucitado» (Homilía Catedral Santo Domingo, 26-I-1979).
Al recordar a los sacerdotes la especial tarea de ser testigos de Dios en el mundo moderno, el Papa les invita no sólo a pensar en el pueblo cristiano, del que han salido y al que deben servir, sino también a no ocultar su condición. «No dudéis en haceros reconocer e identificar por las calles como hombres que han consagrado su vida a Dios» (Discurso Maynooth, 1-X-1979).
Actes 14, 24-26
Pablo y Bernabé vuelven a Antioquía de Siria recorriendo de nuevo, en orden inverso, las ciudades visitadas durante el viaje: Derbe, Listra, Iconio, Antioquía de Pisidia, Perge. En el puerto de Atalia embarcan para Siria y llegan poco después a Antioquía. El viaje, comenzado hacia el año 45, ha durado unos cuatro años.
A pesar de la animosidad y persecución sufridas en esas ciudades, los dos misioneros no vacilan en visitarlas otra vez. Desean completar la organización de las nuevas iglesias y consolidar la fe de los discípulos. No les asusta los posibles peligros ni les preocupa que puedan repetirse los incidentes que amenazaron su vida.
«‘El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará’ (Mc 8, 35). Son éstas, palabras misteriosas y paradójicas —escribe Juan Pablo II—. Pero dejan de ser misteriosas si intentamos ponerlas en práctica. Entonces la paradoja desaparece y se manifiesta plenamente la profunda sencillez de su significado. Que a todos nosotros se nos conceda esta gracia en nuestra vida sacerdotal y en nuestro servicio lleno de celo» (Carta a todos los sacerdotes, 8-IV-1979, n. 5).
Chapitre n°15
Actes 15, 1-35
Se podría decir que este capítulo es el centro del libro de los Hechos, no sólo por el lugar que ocupa sino porque narra el episodio más decisivo para la extensión universal del Evangelio y su plena difusión entre los gentiles. Está relacionado directamente con la conversión del pagano Cornelio, de la que se extraen, con la ayuda del Espíritu Santo, todas las consecuencias.
Los cristianos de procedencia farisea —«algunos de los que estaban con Santiago» (Gal 2, 12)— llegados a Antioquía afirman categóricamente que no es posible la salvación a quien no se circuncide y practique la Ley de Moisés. Han aceptado (cfr. 11, 18) que los gentiles convertidos puedan bautizarse y formar parte de la Iglesia. Pero no han entendido bien las características de la nueva economía evangélica y piensan aún que son necesarios todos los preceptos y ritos mosaicos para alcanzar la salvación. Las graves afirmaciones de estos discípulos no sólo turban el ánimo de los cristianos antioquenos sino que comprometen la propagación de la Iglesia misma. Se plantea por lo tanto la necesidad de una suerte de apelación a los Apóstoles y presbíteros, que se encuentran en Jerusalén y llevan el gobierno de la Iglesia.
Actes 15, 2
Pablo y Bernabé son enviados una vez más a Jerusalén por la comunidad de Antioquía (cfr. 11, 30). Pablo dice en Gal 2, 2 que el viaje a la Ciudad Santa se debió a una especial revelación. Es posible que, movido por el Espíritu Santo, él mismo se ofreciera. «Pablo —escribe San Efrén—, para no modificar sin los Apóstoles nada de lo que éstos permitían observar quizá por la debilidad de los judíos, marcha a Jerusalén a fin de que allí sean abolidas ante los discípulos la Ley y la circuncisión, que sin contar con los Apóstoles, ellos (Pablo y Bernabé) no querían abolir» (Catena armenia sobre Act, ad loc.).
Actes 15, 4
No quiere decirse que estaban físicamente presentes en la recepción todos los miembros de la Iglesia. La Iglesia toda estaba moralmente presente en los hermanos que asistían a la reunión y especialmente en los Apóstoles y presbíteros.
Actes 15, 5
«Secta»: Tanto el texto griego como la Neovulgata dicen literalmente herejía. En cualquier caso, en este pasaje no es un término peyorativo. Es un lenguaje correcto y preciso por razón del exclusivismo y separación religiosos ejercidos por los fariseos, que se consideraban y eran de hecho los legítimos representantes del judaísmo postexilico (cfr. nota a Act 13, 15). Los fariseos mencionados aquí eran cristianos que prácticamente vivían aún en el judaísmo.
Actes 15, 6-21
Se reúne la Iglesia jerárquica, constituida por los Apóstoles y los presbíteros, para estudiar y decidir si los gentiles bautizados están o no obligados a la circuncisión y al cumplimiento de la Antigua Ley. Se trata de determinar e interpretar sin error un punto capital para la joven Iglesia cristiana. Bajo la dirección de San Pedro, los reunidos van a encontrar la respuesta tras una larga deliberación, pero ellos no van a crear ninguna verdad o principio nuevos. Se limitarán a interpretar correctamente, con la asistencia del Espíritu Santo, las promesas y los mandatos divinos relativos a la salvación de los hombres, y al modo en que los gentiles pueden formar parte del Nuevo Israel.
Se considera que esta reunión es el primer concilio general de la Iglesia, es decir, el prototipo de la serie a la que se ha sumado en nuestros días el Conc. Vaticano II. El concilio de Jerusalén presenta, en efecto, las notas de lo que serán después las asambleas conciliares ecuménicas en la historia de la Iglesia, a saber: a) es una reunión de quienes dirigen la Iglesia entera y no sólo de ministros de un lugar concreto; b) promulga unas normas que tienen carácter preceptivo y vinculante para todos; c) lo decidido versa sobre fe y costumbres; d) los mandatos se reflejan en un documento escrito, en orden a su promulgación formal a toda la Iglesia; e) Pedro preside la asamblea.
Según el nuevo Código de Derecho Canónico (can. 338-341), los Concilios ecuménicos son asambleas de Obispos y de algunas otras personas dotadas de jurisdicción que, convocadas y presididas por el Romano Pontífice, dictan resoluciones, que deben ser refrendadas y promulgadas por el Papa, sobre cuestiones referentes a la fe y a las costumbres.
La asamblea de Jerusalén tuvo probablemente lugar el año 49 ó 50.
Actes 15, 7-11
El breve pero determinante discurso de Pedro sigue a una laboriosa discusión en la que se habrían expuesto los argumentos en favor y en contra referentes a la necesidad de la circuncisión de los cristianos procedentes de la gentilidad. El texto de San Lucas no recoge los argumentos de los cristianos judaizantes, que se apoyarían sin duda en una interpretación literal del pacto hecho por Dios con Abrahán (cfr. Gen 17) y en la idea de la perennidad de la Ley.
Una vez más, Pedro es factor decisivo en la unidad de la Iglesia. No sólo actúa como unificador de las diversas posturas legítimas que en esta ocasión buscan la verdad, sino que señala además con su palabra el lugar donde la verdad se encuentra. Fundado en la experiencia personal que Dios le ha transmitido con motivo del bautismo de Cornelio (cfr. cap. 10), Pedro resume las discusiones y presenta una tesis que coincide con la de San Pablo: no salva la Ley sino la gracia, y por lo tanto la circuncisión y la Ley misma han quedado superadas por la fe en Jesucristo. El razonamiento del discurso de Pedro no se basa en la severidad de la Ley antigua ni las dificultades prácticas que los judíos encontraban para cumplirla. Lo decisivo de su argumentación es que la Ley de Moisés se ha hecho irrelevante y superflua para la salvación, una vez anunciado el Evangelio. Lo que Pedro niega es que sea necesario obedecer la Ley para salvarse. Asunto diferente y secundario es que pueda o deba cumplirse por otros motivos.
Como glosa de las palabras de Pedro, escribe San Efrén que «todo lo que Dios nos ha dado mediante la fe y la Ley lo ha concedido Cristo a los gentiles mediante la fe y sin la observancia de la Ley» (Catena armenia sobre Act, ad loc.).
Actes 15, 11
San Pablo afirma lo mismo en la Carta a los Gálatas. «Nosotros somos judíos por nacimiento, y no pecadores procedentes de los gentiles; y sin embargo, como sabemos que el hombre no es justificado por las obras de la Ley, sino por medio de la fe en Jesucristo, también nosotros hemos creído en Cristo Jesús, para ser justificados por la fe en Cristo y no por las obras de la Ley, ya que por las obras de la Ley ningún hombre será justificado» (2, 15 s.).
«Nadie puede santificarse después del pecado —dice Santo Tomás— si no es por Cristo (...). Como los antiguos padres se salvaron por la fe de Cristo que había de venir, así nosotros nos salvamos por la fe de Cristo que nació y padeció» (Suma Teológica, III, q. 61, a. 3 y 4).
«Absolutamente necesario es aquello sin lo cual nadie puede conseguir la salvación: así ocurre con la gracia de Cristo y con el sacramento del Bautismo, por el cual se renace en Cristo» (Ibid., q. 84, a. 5).
Actes 15, 13-21
Santiago el Menor —a cuya autoridad habían apelado los judaizantes— se adhiere a las palabras de Pedro. Menciona al Apóstol con su nombre semítico —Simón— y acepta sus juicios como una interpretación correcta de lo anunciado por Dios a través de los profetas. Al decir que Dios se ha procurado «entre los gentiles un pueblo para su Nombre» parece abandonar la costumbre judía, que usaba el término de pueblo sólo para los israelitas (Ex 19, 9; Dt 7, 6; 14, 2), en contraste con los paganos. Ahora se dice que el Pueblo de Dios incluye también a los gentiles. Es de nuevo el mensaje central de Pablo, según el cual los paganos bautizados pertenecen también al pueblo de la promesa: «Ya no sois extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios» (Eph 2, 19).
La sintonía de Santiago con las palabras de Pedro y el acuerdo de ambos con los principios fundamentales de la predicación paulina sugieren la actividad iluminadora del Espíritu Santo, que permite a todos encontrar el recto sentido de los anuncios divinos contenidos en la Sagrada Escritura. «Pienso que no pueden explicarse las riquezas de estos inmensos acontecimientos —escribe Orígenes— si no es con ayuda del mismo Espíritu que fue autor de ellos» (In Ex hom., IV, 5).
Santiago propone acto seguido una decisión formal y solemne que proclama el carácter secundario de la Ley, y tiene en cuenta al mismo tiempo la sensibilidad religiosa de los judeo-cristianos. Sugiere a estos efectos cuatro prohibiciones, a saber: 1) no comer carne procedente de sacrificios ofrecidos a los ídolos; 2) evitar la fornicación, opuesta a la moral natural bien entendida; 3) abstenerse de comer carne de animales no sangrados; y 4) abstenerse de tomar sangre de animales.
Las prohibiciones se encuentran establecidas en el Levítico, cuyos preceptos deben tenerse en cuenta para interpretarlas adecuadamente. Consumir carne que había sido ofrecida a los ídolos suponía para los judíos participar de alguna manera en cultos sacrílegos (Lev 17, 7-9). Aunque San Pablo proclamaba la libertad absoluta del cristiano en este tema (cfr. 1 Cor 8-10) pedirá también a los discípulos el respeto debido a la conciencia de los más «débiles».
Las uniones irregulares —y otros atentados contra la moral sexual— son mencionados en Lev 18, 6 ss., y algunas de ellas serían más tarde recibidas como impedimentos en la legislación matrimonial de la Iglesia.
La abstinencia de toda sangre y de la carne de animales estrangulados (cfr. Lev 17, 10 ss.) se fundaba en la idea de que la sangre era la expresión de la vida y como tal sólo pertenecía a Dios. El judío había concebido hacia la consumición de sangre una repugnancia religiosa y cultural prácticamente insuperable.
Actes 15, 22-29
El decreto que recoge los mandatos del concilio de Jerusalén con arreglo a las sugerencias de Santiago manifiesta que los reunidos tienen conciencia de ser guiados en sus decisiones por el Espíritu Santo y que su palabra última es la de Dios.
«Nosotros —escribe Melchor Cano, en el siglo XVI— debemos entrar por el mismo camino que el apóstol Pablo estimó como el más adecuado para resolver toda cuestión sobre la doctrina de la fe (...). Podrían los gentiles pedir satisfacción al concilio de Jerusalén porque parecía privarles de la libertad concedida por Jesucristo, y porque imponía sobre los discípulos determinadas ceremonias como necesarias, cuando en realidad no lo eran, ya que la fe era el elemento apto para la salvación. Tampoco los judíos objetaron, siendo así que contra la resolución del concilio podrían haber invocado la Escritura santa, que parece afirmar la necesidad de la circuncisión para salvarse. Así pues, concediendo tanto honor al concilio nos dieron a todos la norma que debía observarse en todos los tiempos posteriores; es decir, depositar nuestra fe indeclinable en la autoridad de los sínodos confirmados por Pedro y sus legítimos sucesores. Así nos ha parecido, dicen, al Espíritu Santo y a nosotros. Luego la sentencia del concilio es la mismísima del Espíritu Santo» (De locis, lib. V, cap. 4).
Son los Apóstoles y presbíteros, con toda la Iglesia, los que envían a determinadas personas para comunicar el decreto, pero quien lo extiende y promulga es la Jerarquía. El texto comprende dos partes: una dogmática y moral (v. 28) y otra disciplinar (v. 29). La parte dogmática habla de no imponer más cargas que las indispensables y declara por lo tanto a los paganos convertidos libres de la obligación de la circuncisión y de la Ley mosaica, pero sujetos a la perenne moral evangélica en cuestiones referentes a la castidad.
Ésta es la parte inmutable y perenne del decreto conciliar, es decir, el precepto que conservará siempre su vigencia porque refleja un aspecto necesario de la voluntad salvadora de Dios.
La parte disciplinar del decreto establece prudencialmente normas de carácter mudable y consiguientemente temporal. Se pide a los cristianos procedentes de la gentilidad que, por caridad hacia los cristianos de origen judío, se abstengan de la carne sacrificada a los ídolos, de la sangre y de los animales estrangulados.
La promulgación del decreto significa que las normas disciplinares contenidas en él, aunque derivadas de la Ley mosaica, no obligan ya en virtud de esta Ley sino en virtud de la autoridad de la Iglesia que las hace suyas por un tiempo. Lo decisivo no es la palabra de Moisés, sino la de Jesucristo a través de la Iglesia. El concilio «parece conservar la Ley —escribe San Juan Crisóstomo— porque toma de ella varias prescripciones, pero en realidad la suprime, porque no las toma todas. Había hablado con frecuencia de estas prescripciones, pero buscaba respetar la Ley y establecer, sin embargo, estas normas como venidas no de Moisés sino de los Apóstoles» (Hom. sobre Act, 33).
Actes 15, 34
Este versículo no viene en los más importantes manuscritos, ni lo incluye la Neovulgata. La antigua edición sixto-clementina de la Vulgata lo había conservado. Lo más probable es que se trate de una glosa aclaratoria y, por tanto, no pertenezca al texto auténtico del libro de los Hechos.
Actes 15, 35
En este periodo de tiempo debió tener lugar el llamado incidente de Antioquía, en el que San Pablo corrigió públicamente la conducta de San Pedro que se retraía y apartaba de los cristianos gentiles por temor a los «de la circuncisión» (cfr. Gal 2, 11-14).
Actes 15, 36-39
Pablo y Bernabé se separan con motivo de su diferencia sobre Marcos. «Pablo más severo y Bernabé más benigno, cada uno mantiene su punto de vista. Y, sin embargo, la discusión manifiesta un tanto la fragilidad humana» (San Jerónimo, Dialogus adversus pelagianos, II, 17). En cualquier caso ambos apóstoles actúan con intención recta y Dios dispone grandes bienes a partir de sus nuevos viajes de predicación. «Los dones de los hombres son diferentes —comenta San Juan Crisóstomo—, y es evidente que esta diferencia es ella misma un don (...). A veces se oye una discusión, pero todo es providencia de Dios y nada ocurre sino para colocar a cada uno en el lugar que le conviene (...).
»Notad que no hay mal alguno en que se separen si de este modo podían evangelizar a todos los gentiles. Era en realidad un gran bien. Si toman caminos diferentes con el fin de enseñar y convertir, no existe en ello ningún mal. No hay que resaltar lo que les diferencia sino lo que les une (...). Ojalá todas nuestras separaciones tuvieran como causa el celo por la predicación» (Hom. sobre Act, 34).
Este desacuerdo no significó distanciamiento. Pablo alabó siempre a Bernabé y a Marcos por su celo (cfr. 1 Cor 9, 6; Gal 2, 9) y admitió a éste más tarde como compañero de apostolado (cfr. Col 4, 10).
15, 40-18, 23. El motivo inicial de este segundo viaje apostólico es visitar de nuevo a los hermanos de las ciudades evangelizadas en el primero y confirmarles en la fe. El punto de partida es la ciudad de Antioquía, donde concluirá también la misión en la primavera del año 53.
San Pablo actúa ahora por sí mismo, sin encargo de ninguna comunidad. Le acompaña Silas, cristiano de Jerusalén y ciudadano romano, que como Pablo tenía dos nombres: Silas y Silvano. Es el mismo Silvano mencionado en 2 Cor 1, 19; 1 Thes 1, 1; 2 Thes 1, 1; 1 Pet 5, 12.
El relato del viaje ocupa casi tres capítulos del libro de los Hechos, hasta 18, 23, donde San Lucas comienza, sin solución de continuidad, la narración del siguiente viaje misional del Apóstol.
Pablo parte en los primeros meses del año 50, sin un itinerario preciso de las regiones paganas, todavía no evangelizadas, que pretendía visitar. Los dos apóstoles se dirigieron a Derbe desde Cilicia, la patria de Pablo, a través de la cordillera del Tauro y la llanura de Licaonia. Pasaron después a Listra, ciudad de Timoteo, quien se unió a los dos misioneros en su marcha hacia Iconio y Antioquía de Pisidia. Desde allí, dirigidos por el Espíritu, marcharon hacia el norte, a las regiones de Frigia y Galacia. Aquí sufrió Pablo una enfermedad que le debió detener algunos meses, y después de evangelizar a los gálatas, el Espíritu les hizo pasar a Macedonia, por lo que se dirigieron a Tróade para embarcar. En esta ciudad debió añadirse al grupo San Lucas, a quien el Apóstol llamará «el médico amado».
De Tróade a Neápolis hay 230 km de navegación, y casi a mitad de camino está la isla de Samotracia, donde los viajeros apenas se detuvieron. A unos 15 km al norte de Neápolis estaba Filipos, colonia romana en la que sucedieron los hechos narrados en el cap. 16. Desde allí fueron a Tesalónica, sede del gobernador de la provincia romana de Macedonia. Tras un nuevo tumulto, Pablo y sus compañeros hubieron de partir hacia Berea, y algunos discípulos acompañaron después al Apóstol a Atenas. Los sucesos ocurridos en esta ciudad completan el cap. 17.
La siguiente ciudad evangelizada por San Pablo después de Atenas fue Corinto, donde permaneció más de año y medio. Quiso ir después a Jerusalén, antes de acabar su misión. En este viaje de vuelta hizo una breve escala en Éfeso, donde dejó al matrimonio Aquila y Priscila, que le habían acompañado desde el principio de la estancia en Corinto.
El viaje duró cerca de tres años, en los que San Pablo sufrió enfermedades, azotes, encarcelamiento y persecución, y en los que ganó para Cristo a habitantes de más de diez ciudades de Asia y Europa y de numerosos lugares que hubo de atravesar.
Chapitre n°16
Actes 16, 1-3
Llegado a Listra, ciudad que había evangelizado en el primer viaje (cfr. 14, 6), Pablo encuentra al joven cristiano Timoteo, de quien los discípulos le habrían dado excelentes referencias. Su madre judía Eunice y su abuela Loide eran cristianas y de ellas habría recibido Timoteo la fe.
Los proyectos apostólicos de Pablo respecto a Timoteo y el hecho de que, a pesar de ser judío por la condición materna, no había sido circuncidado, mueven a Pablo a que lo sea: su condición judía era bien conocida en la ciudad y podía ser fácilmente considerado por todos los practicantes de la Ley como un apóstata del judaísmo. Semejante estigma le incapacitaba para dirigirse a los judíos con una mínima probabilidad de anunciarles fructuosamente el Evangelio.
«Tomó a Timoteo —comenta San Efrén— y lo circuncidó. No sin deliberación lo hizo Pablo, que todo lo tuvo en cuenta para actuar prudentemente; pero dado que Timoteo se disponía a predicar el Evangelio por todas partes a judíos, y para evitar que a causa de su incircuncisión despreciaran su palabra, se decidió a circuncidarlo. No actuó así para confirmar la circuncisión —precisamente él, que la había eliminado—, sino para no perjudicar su Evangelio» (Catena armenia sobre Act, ad loc.).
Es evidente que, a diferencia del caso de Tito, a quien se negó a circuncidar (cfr. Gal 2, 3-5), Pablo no considera ahora la circuncisión un asunto de principio sino de prudencia pastoral y buen sentido. Tito era hijo de padres gentiles, y circuncidarle hubiera significado —en plena discusión con los judaizantes— una renuncia de Pablo a sus propios principios. Pero la circuncisión de Timoteo, efectuada más tarde, es en sí misma un acto irrelevante bajo el punto de vista cristiano (cfr. Gal 5, 6.15).
Timoteo llegará a ser uno de los más fieles discípulos de San Pablo, le acompañará y ayudará eficazmente en sus viajes (cfr. 17, 14 ss.; 18, 5; 19, 22; 20, 4; 1 Thes 3, 2; Rom 16, 21) y será destinatario de dos cartas del Apóstol.
Actes 16, 4
El texto permite suponer que las decisiones del concilio de Jerusalén fueron recibidas por todos los cristianos con espíritu de obediencia y alegría. Venían de la Iglesia a través de los Apóstoles y suponían la respuesta eficaz a una cuestión delicada. Los discípulos prestan a estos preceptos un asentimiento externo e interno, de modo que la aceptación exterior expresa la docilidad del corazón. Es ésta la acogida que merecen y exigen por parte del cristiano las disposiciones de cualquier concilio legítimo, que nos entregan, como enseña el Concilio de Trento, la «verdadera y saludable doctrina que Cristo enseñó, los Apóstoles transmitieron y la Iglesia Católica, con la inspiración del Espíritu Santo, siempre mantuvo, de modo que nadie se atreva después a creer, predicar o enseñar de otro modo» (De iustificatione, proemium).
Juan Pablo II exhortaba al acatamiento sincero de las normas conciliares cuando invitaba en ciudad de México a cumplir la letra y el espíritu del Vaticano II: «Tomad en vuestras manos los documentos conciliares, estudiadlos con amorosa atención, para ver lo que el Espíritu ha querido decir sobre la Iglesia» (Homilía Catedral México, 26-I-1979).