Los errores no proceden solamente de extraños. Vienen también de miembros de la misma comunidad, que abusan o aprovechan su condición de hermanos, e incluso de pastores, para confundir a los fieles y sorprender su buena voluntad. «Son aquellos de quienes escribe Juan: ‘Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros’» (Super Act expositio, ad loc.).
Actes 20, 31
«Indica de este modo que ha enseñado la doctrina sin limitarse a enunciarla sólo una vez para tranquilizar su conciencia» (Hom. sobre Act, 44). Pablo no ha rehuido el trabajo que su responsabilidad pastoral le imponía y ha acompañado sus exhortaciones y enseñanzas con su conducta generosa y ejemplar. «Es necesario que quienes gobiernan la comunidad ejerciten dignamente las actividades de dirección (...). Existe el peligro de que algunos que se ocupan de otros y les dirigen hacia la vida eterna puedan destruirse a sí mismos sin notarlo. Es necesario que quienes supervisan trabajen más que el resto, sean más humildes que quienes están bajo ellos, les ofrezcan su propia vida como un ejemplo de servicio, y consideren a los súbditos como un depósito que Dios les ha confiado» (San Gregorio de Nisa, De instituto christiano).
Actes 20, 32
«No es conveniente que los hombres cristianos, atentos al esfuerzo humano, consideren que la entera corona depende de sus peleas, sino que es necesario refieran a la voluntad de Dios sus esperanzas en el premio» (San Gregorio de Nisa, De instituto christiano).
Actes 20, 33-35
«Las enseñanzas del Apóstol de las Gentes tienen (...) una importancia capital para la moral y la espiritualidad del trabajo humano. Son un importante complemento a este grande, aunque discreto, evangelio del trabajo que encontramos en la vida de Cristo y en sus parábolas, en lo que Jesús ‘hizo y enseñó’ (Act 1, 1)» (Laborem exercens, n. 26).
La frase final del Señor no aparece en los Evangelios. Sólo la conocemos por este texto.
Actes 20, 36
Para los cristianos toda ocasión y sitio son propicios para orar. «El cristiano reza en cualquier lugar —escribe Clemente de Alejandría— y reza en toda circunstancia, bien sea durante un paseo o cuando va en compañía de otros, o cuando reposa, o también al comienzo de una obra espiritual. Y cuando en el interior de su alma alimenta un pensamiento y con gemidos inenarrables invoca al Padre» (Stromata, VII, 7).
Actes 20, 37
Los besos a Pablo son una muestra de afecto y un signo de la honda emoción que embarga a los asistentes. No son el «beso de la paz» propio del culto litúrgico. Conviene tener también en cuenta que entre los orientales el beso como saludo es una muestra usual de amistad, o cortesía, de modo parecido a como en Occidente se da la mano.
Chapitre n°21
Actes 21, 4
Estos cristianos de Tiro eran fruto de la anterior evangelización en Fenicia (cfr. 11, 19). Ellos conocieron por comunicación del Espíritu las «cadenas y tribulaciones» (20, 23) que esperaban a Pablo en Jerusalén e intentaban disuadirle. Es una reacción lógica y una muestra de la fraternidad, unidad de afectos e intenciones, que animaba a los fieles cristianos. También nosotros nos debemos preocupar —sin perder la serenidad— por la salud física y espiritual de nuestros hermanos: Esas desazones que sientes por tus hermanos me parecen bien: son prueba de vuestra mutua caridad. —Procura, sin embargo, que tus desazones no degeneren en inquietud (Camino, n. 465).
Actes 21, 5
«Puestos de rodillas, en la playa, oramos»; Todo lugar es apto para elevar el corazón a Dios y hablar con Él. Que no falten en nuestra jornada unos momentos dedicados especialmente a frecuentar a Dios, elevando hacia Él nuestro pensamiento, sin que las palabras tengan necesidad de asomarse a los labios, porque cantan en el corazón. Dediquemos a esta norma de piedad un tiempo suficiente; a hora fija, si es posible. Al lado del Sagrario, acompañando al que se quedó por Amor. Y si no hubiese más remedio, en cualquier parte, porque nuestro Dios está de modo inefable en nuestra alma en gracia (Amigos de Dios, n. 249).
Actes 21, 8
Felipe es uno de los siete cristianos ordenados diáconos para servir a los necesitados, según el relato de 6, 5. Fue él quien ayudó eficazmente en la evangelización de Samaría (cfr. 8, 5 ss.), se enfrentó con Simón el mago (cfr. 8, 9 ss.) y bautizó al funcionario etíope (cfr. 8, 26 ss.).
Actes 21, 9
La virginidad es un don de Dios del que San Pablo hablará en sus cartas (cfr. 1 Cor 7, 25-40). Juan Pablo II, en su exhortación apostólica sobre la familia, ha dedicado un apartado a esta forma de entrega al Señor: «La virginidad y el celibato por el Reino de Dios no sólo no contradicen la dignidad del matrimonio, sino que la presuponen y confirman. El matrimonio y la virginidad son dos modos de expresar y de vivir el único Misterio de Alianza de Dios con su pueblo (...).
»Haciendo libre de modo especial el corazón del hombre (cfr. 1 Cor 7, 32 s.) (...), la virginidad testimonia que el Reino de Dios y su justicia son la perla preciosa que se debe preferir a cualquier otro valor aunque sea grande, es más, que hay que buscarlo como el único valor definitivo. Por esto la Iglesia, durante toda su historia, ha defendido siempre la superioridad de este carisma frente al del matrimonio, por razón del vínculo singular que tiene con el Reino de Dios (cfr. Sacra virginitas, n. 2).
»Aun habiendo renunciado a la fecundidad física, la persona virgen se hace espiritualmente fecunda, padre y madre de muchos, cooperando a la realización de la familia según el designio de Dios» (Familiaris consortio, n. 16).
Actes 21, 10-11
Agabo es el profeta cristiano que años antes había anunciado la penuria y el hambre próximos (cfr. 11, 27-28). Hace ahora su profecía con gestos simbólicos, que eran frecuentes en los profetas del Antiguo Testamento, especialmente Jeremías (cfr. Ier 18, 3 ss.; 19, 1 ss.; 27, 2 ss.). La acción de Agabo recuerda un tanto a la profecía del Señor sobre San Pedro en Ioh 21, 18: «En verdad, en verdad te digo: cuando eras más joven te ceñías tú mismo e ibas adonde querías; pero cuando envejezcas extenderás tus manos y otro te ceñirá y llevará a donde no quieras».
Actes 21, 12-14
Las palabras y avisos del Espíritu Santo (cfr. 20, 23; 21, 4) refuerzan en Pablo la prontitud para aceptar la voluntad de Dios y soportar las dificultades que se le anuncian (cfr. 20, 25. 27 ss.). La serenidad del Apóstol contrasta con la turbación, explicable por el afecto, de quienes le rodean. Una larga vida de entrega y olvido de sí mismo ha hecho posible la calma sobrenatural de estos momentos decisivos. «Está el todo o gran parte —escribe Santa Teresa de Jesús— en perder cuidado de nosotros mismos y de nuestro regalo, que quien de verdad comienza a servir al Señor lo menos que le puede ofrecer es la vida, pues le ha dado su voluntad, ¿qué teme?» (Camino de perfección, cap. 12).
La aceptación rendida de la Voluntad de Dios trae necesariamente el gozo y la paz: la felicidad en la Cruz. —Entonces se ve que el yugo de Cristo es suave y que su carga no es pesada (Camino, n. 758).
El ejemplo de Pablo logra impresionar a los discípulos y les mueve a aceptar lo que Dios haya dispuesto, con una expresión que recuerda las palabras de Jesús en Getsemaní (cfr. Lc 22, 42).
Actes 21, 18
Pablo y sus acompañantes son recibidos por Santiago el Menor, probablemente cabeza de la iglesia de Jerusalén por aquellos años (cfr. 12, 17; 15, 13; Gal 1, 19; 1 Cor 15, 7), y por los presbíteros que le asisten en el gobierno y atención espiritual de la comunidad. San Lucas suele distinguir entre presbíteros y Apóstoles. De aquí cabe pensar que los Apóstoles, incluido Pedro, habían abandonado la Ciudad Santa.
Aquí termina la narración en primera persona del plural, que no se reanuda hasta el relato del viaje a Roma (cfr. Act 27, 1). Esto indica que San Lucas acompañó a San Pablo hasta Jerusalén y luego desde Cesarea hasta Roma.
Actes 21, 19
El ministerio apostólico de Pablo entre los gentiles puede ser recibido sin recelos por los cristianos de la iglesia madre de Jerusalén, porque Dios ha manifestado de nuevo su carácter legítimo mediante la sorprendente fecundidad que ha querido concederle. La misión a los gentiles estaba guiada y planeada por Dios.
Al mismo tiempo, Pablo atribuye al Señor toda la eficacia de su trabajo misionero. «Ni el que planta es nada, ni el que riega, sino el que da el incremento, Dios» (1 Cor 3, 7). Es la convicción que ha dirigido sus pasos y que se ha reforzado en cada etapa de su ministerio. «A todo el que examine prudente e inteligentemente la historia de los Apóstoles de Jesús ha de resultarle patente —escribe Orígenes— que predicaron el cristianismo con poder divino, y por él lograron atraer a los hombres a la Palabra de Dios» (Contra Celso, I, 62).
Actes 21, 20
Los judíos celosos de la Ley mencionados por Santiago no deben confundirse con los zelotas. El ardiente seguimiento de las tradiciones patrias y la aversión a los romanos habían convertido a éstos en una secta violenta que fue un factor decisivo en la rebelión del año 66. La rebelión antirromana, narrada detalladamente por Flavio Josefo en la Guerra judaica —libro escrito del año 75 al 79—, terminó el año 70 con la total destrucción del Templo y de Jerusalén por los ejércitos de Vespasiano y Tito.
Actes 21, 21
Los rumores que los judíos observantes han oído sobre la predicación de Pablo tienen una base real, porque el Apóstol considera secundaria la Ley mosaica en orden a conseguir la salvación y no concede a la circuncisión carácter necesario o absoluto (cfr. Gal 4, 9; 5, 11; Rom 2, 25-30). Pero la acusación que los rumores contienen es injusta. Pablo nunca exhortó a los cristianos de origen judío a omitir la circuncisión de sus hijos, y él mismo se ocupó de que Timoteo fuera circuncidado (cfr. 16, 3). Se muestra en Corinto defensor de que las mujeres, según la costumbre judía, usen velo en las funciones de culto (cfr. 1 Cor 11, 2-16); y personalmente no tuvo inconveniente en emitir un voto de nazareato (cfr. 18, 18).
«Calumniaban a Pablo no los que entendían el espíritu con el que debían conservarse estas costumbres por los fieles judíos, es decir, como un homenaje a la autoridad divina y a la santidad profética de esos signos y no para lograr la salvación, que había sido revelada con Cristo y administrada mediante el sacramento del Bautismo. Los que le calumniaban eran aquellos que querían observar tales prácticas como si no hubiera sin ellas salvación para los creyentes en el Evangelio» (Super Act expositio, ad loc.).
Actes 21, 23-24
Se trata de un voto de nazareato (cfr. Num 6). El nazir se comprometía a abstenerse de ciertos alimentos y bebidas y a no cortarse el cabello durante el tiempo del voto, generalmente treinta días (cfr. nota a Act 18, 18). La terminación del voto se acompañaba con la ofrenda de un sacrificio en el Templo. Santiago propone que Pablo se haga cargo de los gastos de este sacrificio, según un acto habitual y reconocido de piedad judía. Manifestará de este modo ante todos los que le conocen, que mantiene una actitud respetuosa hacia la Ley y el Templo. Pablo lleva a la práctica en esta ocasión lo que había escrito a los cristianos de Corinto: «Con los judíos me hice como judío, para ganar a los judíos; con los que están bajo la Ley, como si estuviera bajo la Ley, aunque yo no lo estoy, para ganar a los que están bajo la Ley» (1 Cor 9, 20).
Actes 21, 25
Santiago cita los preceptos del concilio de Jerusalén, que eran bien conocidos por Pablo. Parece dirigirse, por tanto, a los compañeros del Apóstol, que no fueron requeridos, como es lógico, a acompañar a Pablo en el Templo.
Actes 21, 27-29
La acción de Pablo, que debía pacificar el ánimo de los judíos, provoca precisamente lo contrario y desencadena la reacción violenta que cabía esperar del fanatismo y la ceguera espiritual. Judíos que han peregrinado a Jerusalén con motivo de la fiesta hebrea de Pentecostés atacan a Pablo como hombre vitando que —dicen— habla por todas partes contra el pueblo judío, la Ley y el Templo, y acaba de profanar el recinto sagrado.
Se repiten así las acusaciones lanzadas en su día contra el Señor (cfr. Mt 26, 61; 27, 40) y contra Esteban (cfr. Act 6, 11-14). Los gritos de los agresores soliviantan en pocos momentos a la multitud que llena el Templo, dispuesta sin duda, en sus prejuicios, a admitir cualquier afirmación desfavorable a Pablo. La falsa acusación de haber introducido gentiles en los atrios interiores del Templo revestía especial gravedad, pues la Ley judía castigaba con la muerte semejante acción y las autoridades romanas accedían generalmente a ejecutar en estos casos la pena capital. Se ha encontrado una de las piedras que advertían de la pena de muerte para cualquier gentil que traspasara el pequeño muro que limitaba el atrio de los Gentiles. El aviso está en griego y latín.
Actes 21, 30
No cerraron probablemente las puertas exteriores del Templo sino las que comunicaban los atrios interiores con el atrio de los Gentiles.
Actes 21, 31-36
La intervención de los soldados romanos libra a Pablo de una muerte cierta. La rápida llegada del tribuno y sus hombres se explica por la proximidad de la Torre Antonia, sede de la guarnición de Jerusalén, que estaba situada junto a una esquina del Templo y unida con el atrio de los Gentiles mediante dos grandes tramos de escalones.
Arrestado Pablo, que aparece ante los romanos como causa del tumulto, el tribuno decide, prudentemente, trasladarlo a la fortaleza. Comienza ahora una nueva sección del libro en la que San Lucas va a describir con detalle la prisión del Apóstol (cfr. Act 21, 33-22, 29), su procesamiento en Jerusalén y Cesarea (cfr. caps. 23-26), y el viaje a Roma (cfr. Act 27, 1-28, 16) para comparecer ante el tribunal imperial. A partir de este momento Pablo no será tanto el misionero y fundador infatigable de iglesias como el testigo encadenado del Evangelio. Pero también en las nuevas circunstancias continuará su tarea de anunciar a Cristo.
Actes 21, 38
El cabecilla egipcio es mencionado también por Flavio Josefo como un jefe de bandidos que intentó capturar Jerusalén y fue puesto en fuga por el gobernador Félix (cfr. Guerra judaica, II, 261-263).
Los sicarios recibían su nombre por ir armados con un puñal llamado en latín sica. Junto a los zelotas, desempeñaron un célebre y triste papel en la rebelión contra Roma.
Actes 21, 39
Pablo no menciona aún su condición de ciudadano romano. Se limita a afirmar su procedencia de Tarso, una ciudad que disfrutaba de autogobierno y a la que estaba orgulloso de pertenecer. Parece que desde tiempos de Claudio era posible tener simultáneamente la ciudadanía romana y otra ciudadanía local.
De acuerdo con su carácter valiente y el hondo sentido que posee de su misión, el Apóstol ha decidido hablar a la muchedumbre que le hostiga. No piensa tanto en eludir a sus adversarios como en convencerles. El suyo no es un combate desigual. Le asiste el vigor del Evangelio que predica y la rectitud con que procura servir a Cristo. «Nada hay más débil, en efecto, que muchos pecadores —comenta Crisóstomo— ni más fuerte que un hombre cumplidor de la ley de Dios» (Hom. sobre Act, 26). «Los soldados de Cristo, que son los que tratan oración —escribe Santa Teresa—, no ven la hora que pelear; nunca temen enemigos públicos; ya los conocen y saben que contra la fuerza que en ellos pone el Señor no tienen fuerza y que siempre ellos quedan vencedores y con ganancia y ricos» (Camino de perfección, cap. 66).
Pablo confía una vez más en su palabra llena de la fuerza de Dios, y no se conforma con reproches ni silencios, porque sabe que «la verdad no se predica con espadas y lanzas, ni por medio de soldados, sino con la persuasión y el consejo» (San Atanasio, Historia arrianorum, 33).
Actes 21, 40
«En lengua hebrea»; Seguramente en arameo, la lengua que, desde la vuelta de la cautividad babilónica, se fue imponiendo en el uso entre los hebreos, por influjo del imperio persa.
Chapitre n°22
Actes 22, 1-21
San Lucas recoge el discurso de Pablo a los judíos de Jerusalén, que es la primera de tres defensas personales (cfr. 24, 10-21; 26, 1-23) en las que el Apóstol procura mostrar respectivamente que el cristianismo no merece la hostilidad judía ni el recelo romano. En este caso Pablo se presenta a los oyentes hebreos como un judío piadoso, lleno de respeto hacia su pueblo y sus tradiciones sagradas. Desea vivamente que sus hermanos de raza comprendan que si ahora sigue a Jesús hay motivos decisivos e irresistibles que le han movido a ello. Confía en que un proceso espiritual semejante al experimentado por él pueda obrarse también en el alma de quienes le escuchan. El discurso no es, sin embargo, una apología propiamente dicha. Su intención principal no es responder a las acusaciones de sacrilegio, sino aprovechar la ocasión para dar testimonio de Jesucristo, cuyos mandatos legitiman la propia conducta. Las palabras de Pablo son en realidad un llamamiento a sus oyentes para que escuchen y obedezcan la voz del Señor.
Actes 22, 1
«Hermanos y padres»; El título de «padres» puede aludir a los miembros del Sanedrín presentes entre la multitud.
Actes 22, 3
Gamaliel (cfr. 5, 34) pertenecía a la corriente del rabino Hillel, que se caracterizaba por una interpretación de la Ley menos rígida que la practicada por Shammai y sus discípulos.
Actes 22, 4
La situación descrita por Pablo es confirmada por 1 Cor 15, 9: «Yo soy el menor de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol, ya que perseguí a la Iglesia de Dios»; Gal 1, 13: «Habéis oído mi conducta anterior en el judaísmo: que perseguía con saña a la Iglesia de Dios y la desolaba»; Phil 3, 6: «En cuanto a la Ley, fariseo; en cuanto al celo, perseguidor de la Iglesia»; y 1 Tim 1, 13: «Antes fui un blasfemo, un perseguidor y un insolente».
Actes 22, 6-11
Pablo describe con sus propias palabras lo que ocurrió en el camino de Damasco (cfr. 9, 3-9; 26, 6-16). El relato contiene algunas diferencias no contradictorias con las otras dos versiones, especialmente la del cap. 9, narrada en palabras de San Lucas.
Pablo añade que el suceso tuvo lugar al mediodía (cfr. 26, 13) y dice que Jesús se llama a sí mismo nazareno. Incluye también la pregunta «¿qué he de hacer, Señor?», que no figura en el cap. 9.
En cuanto a los efectos causados en los compañeros, se puede apreciar que ellos vieron la luz (Act 22, 9), pero no vieron a nadie (Act 9, 7), no vieron a Jesús glorificado; oyeron una voz (Act 9, 7), pero no oyeron la voz del que hablaba (Act 22, 9), esto es, no entendieron lo que decía.
Actes 22, 10
Pablo se dirige a Jesús con el título de Señor, que expresa significativamente su nueva experiencia y el conocimiento que ha adquirido sobre la divinidad de Aquél a quien perseguía.
La voz divina que le ordena levantarse del suelo es obedecida al instante por el futuro Apóstol de los gentiles. El movimiento físico por el que se alza de la tierra es como un símbolo del resurgir espiritual que se opera en su alma como efecto irresistible de la llamada de Dios. La gracia de Jesús vence a Pablo y consigue que su voluntad libre quiera exactamente lo que quiere Dios. «Una ayuda fue concedida al primer Adán —escribe San Agustín—, pero una gracia aún más poderosa fue dada al segundo (que es Cristo). La primera es aquella por la que un hombre obtiene la justicia, si quiere. La segunda hace más, porque mediante ella el hombre quiere también, y quiere tan intensamente y ama tan ardientemente, que vence la voluntad de la carne, opuesta a la del espíritu» (De correptione et gratia, cap. 11).
«Muchos —dice Orígenes— han venido al cristianismo como si fuera contra su voluntad, pues cierto espíritu, apareciéndoseles en sueños o despiertos, mudó súbitamente su mente, y de odiar al Verbo pasaron a morir por Él» (Contra Celso, I, 46).
La conversión de Pablo ejemplifica la acción poderosa de la gracia y el auxilio divinos en el corazón del hombre.
Actes 22, 12-16
El relato sobre Ananías y su papel en la conversión de Pablo se abrevia notablemente en comparación con el cap. 9 (cfr.. vv. 10-19). San Pablo se adapta en esta ocasión a su auditorio, formado por judíos, con el fin de hacerse entender bien. Presenta a Jesús como la figura en la que se cumplen las predicciones salvíficas del Antiguo Testamento. Como hicieron antes Pedro (cfr. 3, 13 s.) y Esteban (cfr. 7, 52), se refiere al «Dios de nuestros Padres» y al Justo, para hablar de Dios y de Jesucristo.
Actes 22, 17-18
El regreso de Pablo a Jerusalén tuvo lugar tres años después de su conversión. Pablo menciona deliberadamente su costumbre de orar en el Templo, que fue por un tiempo sitio normal de oración para los cristianos. Habla de un éxtasis no referido en otro lugar y de una visión de Jesucristo que recuerda la del Apocalipsis 1, 10.
Actes 22, 19
Las sinagogas no eran locales destinados exclusivamente a fines litúrgicos. Tenían también dependencias para usos diversos, como escuelas, sitios de reunión, etc. (cfr. Mt 10, 17; 23, 34; Mc 13, 9).
Actes 22, 20
La palabra testigo comienza a revestir el sentido de mártir tal como lo usa actualmente la Iglesia. El martirio es, en efecto, el testimonio más alto y excelente de la fe cristiana.
San Pablo refiere su presencia en el martirio de San Esteban para resaltar lo milagroso de su conversión.
Actes 22, 21
El envío de Pablo a los gentiles, prometido por el Señor, le constituye en Apóstol, semejante en todo a los Doce.
Actes 22, 22
Al mencionar la predicación a los gentiles se produce la interrupción violenta del discurso. El odio irracional y el fanatismo de los oyentes les incapacitan no sólo para asimilar sino también para escuchar con un mínimo de serenidad y atención las palabras de Pablo. Les sobran prejuicios y les faltan disposiciones.
Actes 22, 24
La práctica judicial romana preveía la aplicación de azotes, como medio de conseguir la confesión de sospechosos y esclavos.
Actes 22, 25
Como en Filipos (cfr. 16, 37), Pablo hace valer su condición de ciudadano romano, pero en esta ocasión se anticipa a las intenciones de sus captores y evita la flagelación.
Actes 22, 30
Parece que el Sanedrín no celebra una sesión judicial ordinaria. Se nos dice solamente que se reúne a instancias de Lisias. El tribuno pide simplemente una sesión informal para su propia documentación, debido quizás a que no podía acudir a la tortura de Pablo, romano, para conocer todo lo que necesitaba.
Chapitre n°23