Este segundo discurso de San Pedro tiene dos partes: en la primera (vv. 12-16), el Apóstol explica que el milagro se ha realizado en el nombre de Jesús y por la fe en su nombre; en la segunda (vv. 17-26), mueve a penitencia a la multitud reunida, culpable en alguna medida de la muerte de Jesús.
Estas palabras apuntan a la misma finalidad que las pronunciadas el día de Pentecostés: mostrar el poder de Dios manifestado en Jesucristo, hacer ver a los judíos la gravedad de su crimen y moverles a penitencia. En ambos discursos se da también la referencia a la segunda venida del Señor y sobre todo se resalta la importancia del testimonio sobre la Resurrección de Jesús, de la que el Colegio Apostólico se presenta como testigo.
Actes 3, 13
El término original griego (pais) equivale en latín a puer («esclavo, siervo») y filius («hijo»). Al usar esta palabra, San Pedro tiene presente sin duda la profecía de Isaías sobre el Siervo de Yahwéh: «He aquí que prosperará mi Siervo, será enaltecido, levantado y ensalzado sobremanera. Así como muchos se asombraron de él —pues tan desfigurado tenía el aspecto que no parecía hombre, ni su apariencia era humana—, otro tanto se admirarán muchas naciones» (52, 13-15).
San Pedro identifica a Jesús con el Siervo de Yahwéh, que a causa de su carácter sufriente no era interpretado por los judíos como figura mesiánica. Jesucristo, que es el Mesías, une en Sí tanto el dolor como la gloria.
Actes 3, 14
San Pedro se refiere a Jesús con términos fáciles de entender por judíos en un sentido mesiánico. La expresión Santo de Dios se emplea ya como predicado o título mesiánico de Jesús en Mc 1, 24 y Lc 4, 34. Recuerda el lenguaje del Antiguo Testamento (cfr. Ps 16, 10).
El Justo es también el mismo Mesías, que ha sido anunciado por los profetas como modelo y realizador de la verdadera justicia (cfr. Act 7, 12). «Santo» y «Justo» son palabras equivalentes, como lo son también aquí santidad y justicia.
Actes 3, 15
Cuando San Pedro recuerda a sus oyentes la elección que hicieron de un homicida —Barrabás—, en vez de elegir a Jesús, autor de la vida, podemos pensar que no se refería sólo a la vida física sino también a la espiritual, a la vida de la gracia. Cada vez que el hombre peca —el pecado es la muerte del alma— se vuelve a repetir esta elección. «El Señor fue quien al principio hizo al hombre, y le dejó en manos de su propio albedrío. Si tú quieres, guardarás los mandamientos; permanecer fiel es cosa tuya. Él te ha puesto delante fuego y agua, adonde quieras puedes llevar tu mano. Ante los hombres está la vida y la muerte; lo que prefiera cada cual se le dará» (Eccli 15, 14-18).
Actes 3, 16
El texto original tiene una redacción muy característica de la lengua judaica, que resulta notoriamente oscura para nuestros modos de expresión. Una de las causas es el empleo de «nombre» en vez de expresar claramente la persona. En el pasaje, «nombre» equivale a «Jesús». Según esto, el versículo puede ser interpretado así: mediante la fe en Jesús, el cojo de nacimiento, a quien conocen y han visto, ha sido curado; es el mismo Jesús quien ha realizado la curación completa e instantánea.
Actes 3, 17-18
El pueblo judío obró por ignorancia, dice San Pedro. Ya Jesús había dicho en la cruz: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen» (Lc 23, 34). El pueblo no sabía que Jesús era el Cristo, el Hijo de Dios. Se dejó llevar por los sacerdotes y los principales del pueblo. Estos, que conocían las Escrituras, deberían haberlo reconocido, pero ofuscaron su mente y por malicia y envidia le crucificaron.
A todos se ofrece el perdón de Dios. San Pedro «les dice que la muerte de Cristo era consecuencia de la voluntad y decreto divinos (...). ¡Ved este incomprensible y profundo designio de Dios! No es uno, son todos los Profetas a coro quienes habían anunciado este misterio. Pero aunque los judíos habían sido, sin saberlo, la causa de la muerte de Jesús, esta muerte había sido determinada por la Sabiduría y la Voluntad de Dios, sirviéndose de la malicia de los judíos para el cumplimiento de sus designios. El Apóstol no les dice: Aunque los profetas hayan predicho esta muerte y vosotros la hayáis hecho por ignorancia, no penséis estar enteramente excusados; Pedro les dice en tono suave: ‘Arrepentíos y convertíos’. ¿Con qué objeto? Para que sean borrados vuestros pecados. No sólo vuestro asesinato, en el cual interviene la ignorancia, sino todas las manchas de vuestras almas» (Hom. sobre Act, 9).
El Conc. Vaticano II indica cuál debe ser la actitud de los cristianos ante el pueblo judío, así como ante las demás religiones no cristianas: respeto y celo prudente para atraerlos a la fe. «Aunque las autoridades de los judíos y sus seguidores reclamaron la muerte de Cristo (cfr. Ioh 19, 6), sin embargo, lo que en su Pasión se hizo no puede ser imputado indistintamente a todos los judíos que entonces vivían ni a los judíos de hoy. Si bien la Iglesia es el Nuevo Pueblo de Dios, no se debe señalar a los judíos como réprobos de Dios y malditos (...). Gran parte de los judíos no aceptaron el Evangelio, e incluso no pocos se opusieron a su difusión. No obstante, según San Pablo (cfr. Rom 11, 28-29), los judíos son todavía muy amados a causa de sus padres, porque Dios no se arrepiente de sus dones y de su vocación» (Nostra aetate, n. 4). No se pueden olvidar las prerrogativas del pueblo judío (cfr. Rom 9, 4-5) y que de él procede Cristo según la carne, así como su Madre, la Virgen María, y los Apóstoles, fundamento y columnas de la Iglesia, y muchos de los primeros discípulos que anunciaron al mundo el Evangelio de Cristo.
La Iglesia, movida por la caridad, ruega al Señor por la conversión espiritual del pueblo hebreo: «Cristo, Dios y hombre, que eres Señor de David y de sus hijos, te suplicamos que en cumplimiento de las profecías y de las promesas, Israel te reconozca como Mesías» (Liturgia de las Horas, Preces de Laudes, 31 de diciembre).
Actes 3, 19
Efecto de la compunción es el anhelo de reparación por el mal causado. El día de Pentecostés muchos judíos, movidos por la gracia, preguntaron a los Apóstoles qué debían hacer para reparar el crimen cometido. También en esta ocasión San Pedro les mueve a un cambio de vida sincero y eficaz hacia Dios. Esta penitencia o conversión que Pedro predica es el mismo mensaje con el que se inició el anuncio del Reino (cfr. Mc 1, 15; 13, 1-4). «Significa cambio de mentalidad, y se refiere al estado del hombre pecador, necesitado de cambiar de vida y dirigirse hacia Dios y deseoso de levantarse de las propias faltas, de arrepentirse y de invocar la misericordia divina» (Pablo VI, Hom. 24-II-1971).
Explicaba Pablo VI en otra ocasión que la palabra conversión podría traducirse en la práctica llamándola reforma interior. «A esta reforma estamos llamados y ella nos hará ver muchas cosas. La primera se refiere al análisis interior de nuestra alma (...): debemos examinarnos sobre cuál es la verdadera dirección principal de nuestra vida, cuál es el movimiento habitual que predomina en nuestro modo de pensar y de actuar, cuál es nuestra razón de vivir (...). ¿Se dirige el timón de nuestra ruta hacia la meta exacta o quizá su dirección necesita ser rectificada? (...). Tras este examen sobre nosotros mismos (...) encontraremos pecados, o al menos debilidades que necesitan penitencia y reforma profunda» (Audiencia general Pablo VI, 21-III-1973).
Actes 3, 20
Se refiere a la parusía o segunda venida de Cristo como Juez de vivos y muertos (cfr. nota a 1, 11).
Actes 3, 22-24
San Pedro desea demostrar que en Jesús se cumplen las profecías del Antiguo Testamento, por ser descendiente de David (2, 30), por su condición de profeta (cfr. Dt 18, 15), sus sufrimientos (2, 23), su función de piedra angular (4, 11) y su resurrección y exaltación a la diestra del Padre (2, 25-34).
Chapitre n°4
Actes 4, 1-4
Sobre la secta de los «saduceos», véase la nota a Mt 3, 7.
San Lucas narra en este capítulo el primer conflicto de los Apóstoles con las autoridades de Jerusalén. A pesar del accidentado final del discurso de Pedro, sus palabras son un eficaz instrumento de la gracia, que hace crecer la fe en las almas de los oyentes, y cautiva el amor de sus corazones.
Ante el alboroto de la muchedumbre que se había congregado en torno a San Pedro con ocasión de la curación del cojo, acude el «jefe de la guardia del Templo», que era un sacerdote principal —el segundo en dignidad después del sumo sacerdote— encargado especialmente de mantener el orden. Los sacerdotes que aquí nombra San Lucas eran los que estaban de turno semanal, y atendían directamente el normal funcionamiento del Templo.
Actes 4, 5-7
Los tres grupos señalados constituyen el gran Sanedrín, el mismo tribunal que poco antes había juzgado y condenado al Señor (cfr. nota a Mt 2, 4). Se cumplen ya las palabras de Jesús: «No es el siervo más que su señor. Si me han perseguido a mí, también a vosotros os perseguirán» (Ioh 15, 20).
En realidad Anás ya no era sumo sacerdote en aquel momento, pero se le aplica este título juntamente con Caifás, por la excepcional autoridad que conservó después de su mandato, pues tuvo por sucesores en ese cargo a cinco hijos, además de su yerno Caifás (cfr. Antiquitates iud., 20, 198 s.).
Actes 4, 8-12
La seguridad y la alegría que manifiestan los Apóstoles es impresionante, así como la libertad y audacia con que afirman: «No podemos dejar de hablar lo que hemos visto y oído» (v. 20)». Ésta es la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Los cristianos amilanados —cohibidos o envidiosos— en su conducta, ante el libertinaje de los que no han acogido la Palabra de Dios, demostrarían tener un concepto miserable de nuestra fe. Si cumplimos de verdad la Ley de Cristo —si nos esforzamos por cumplirla, porque no siempre lo conseguiremos— nos descubriremos dotados de esa maravillosa gallardía de espíritu (Amigos de Dios, n. 38).
Los cristianos están obligados a confesar su fe cuando el silencio supondría su negación implícita, el desprecio de la religión, la ofensa a Dios o el escándalo del prójimo. Por eso exhorta el Conc. Vaticano II: «Los cristianos, comportándose sabiamente con aquellos que no tienen fe, esfuércense por difundir ‘en el Espíritu Santo, con caridad sincera, con la palabra de la verdad’ (2 Cor 6, 6-7) la luz de la vida con toda confianza y fortaleza apostólica, incluso hasta el derramamiento de sangre (cfr. Act 4, 29). Porque el discípulo tiene la obligación grave con Cristo Maestro de conocer cada día más la verdad que de Él ha recibido, de anunciarla fielmente y de defenderla con valentía...» (Dignitatis humanae, n. 14).
El Papa Pablo VI pedía en el año de la Fe un examen sobre algunos puntos débiles que pueden ofender la fe y disminuir su vitalidad; entre ellos se encuentran la ignorancia y los respetos humanos, «es decir, la vergüenza o el miedo en profesar la propia fe. No hablamos de la discreción o reserva que en una sociedad pluralista y profana como la nuestra prescinde de manifestaciones de índole religiosa frente a los demás. Nos referimos a la debilidad, a la omisión en la confesión de las propias ideas religiosas por temor al ridículo, a la crítica o a la reacción de los otros (...) y que es la causa —quizá la principal— del abandono de la fe para quien se conforma con el ambiente nuevo en el que se encuentra» (Audiencia general Pablo VI, 19-VI-1968).
Actes 4, 8
En estos primerísimos pasos del cristianismo se hace realidad la predicción de Jesús: «Guardaos de los hombres, porque os entregarán a los tribunales (...). Pero cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo o qué habéis de hablar; porque en aquel momento os será dado lo que habéis de decir. Pues no sois vosotros los que vais a hablar, sino el Espíritu de vuestro Padre quien hablará en vosotros» (Mt 10, 17-20).
Actes 4, 10
«A quien Dios resucitó»: San Pedro vuelve a dar testimonio de la Resurrección de Jesús, verdad central de la predicación apostólica, y lo hace con las mismas palabras que el día de Pentecostés. Esta expresión no está en desacuerdo con nuestra confesión de que Jesús «resucitó por su propio poder al tercer día» (Credo del Pueblo de Dios, n. 12). El poder por el que Cristo resucitó es el de la Persona divina, a la que permanecieron unidos tanto el cuerpo como el alma del Señor, después de su separación por la muerte. «Uno mismo es el poder divino y la operación del Padre y del Hijo y de aquí se sigue que Cristo resucitó por el poder del Padre y el suyo propio» (Suma Teológica, III, q. 53, a. 4).
«Por el nombre de Resurrección —aclara el Catecismo Romano— no debe entenderse únicamente que Cristo resucitó de entre los muertos, lo cual fue común a otros muchos, sino que resucitó por su propio poder, lo cual fue exclusivo y singular en Él. Porque ni la naturaleza permite, ni se le ha concedido a ningún hombre, poder volver de la muerte a la vida por propia facultad. Esto está reservado a la suma potestad de Dios (...). Y si bien leemos alguna vez en las Escrituras que Cristo fue resucitado por el Padre, esto se le ha de aplicar en cuanto hombre; así como, por otra parte, se refieren a Él mismo en cuanto Dios aquellos textos en que se dice que resucitó por su propio poder» (I, 6, 8).
Actes 4, 11
San Pedro aplica a Jesús el Ps 118, 22, recordando sin duda que ya el Señor había dicho de Sí mismo que era la piedra rechazada por los constructores y había llegado a ser la piedra angular, la piedra clave del arco que sostiene y fundamenta todo el edificio (cfr. Mt 21, 42 y par.).
Actes 4, 12
La invocación del nombre de Jesús es omnipotente porque es el nombre propio del Salvador (cfr. nota a Mt 1, 21). El Señor mismo se lo garantizó a los Apóstoles: «Si algo pedís al Padre en mi nombre, os lo concederá» (Ioh 16, 23), y ellos, confiados en esta promesa, obran conversiones y milagros «en el nombre de Jesús». El poder de este Nombre también ahora —como siempre— obrará prodigios en nosotros y en las almas por quienes le invocamos. Aconseja San Josemaría Escrivá: Pierde el miedo a llamar al Señor por su nombre —Jesús— y a decirle que le quieres (Camino, n. 303). Y la Liturgia de la Iglesia nos invita a pedir: «Oh Dios, que nos llamas en aquella hora en que los Apóstoles subieron al Templo a orar, concédenos que la oración que con sincero corazón te dirigimos en el nombre de Jesús, consiga la salvación de todos los que te invocan en ese nombre» (Heb I, feria II ad nonam).
Actes 4, 13
Los miembros del Sanedrín se asombran con razón de la seguridad de San Pedro, y del empleo que hombres poco versados en la Ley hebrea hacen de la Sagrada Escritura. «Es admirable —dice el Crisóstomo— contemplar a los Apóstoles, pobres y sin armas terrenas, entablar combate contra enemigos perfectamente armados; y luchar, débiles y pobres, contra príncipes llenos de poder y autoridad. Ignorantes y de escasa oratoria, entran en discusión con expertos en retórica y en el lenguaje de las academias» (Hom. sobre Act, 4).
Actes 4, 18-20
Juan Pablo II nos ofrece en una de sus homilías un comentario práctico de este pasaje, que ayuda a establecer una auténtica jerarquía de valores y coloca las cosas de Dios en primer lugar. «Mientras los ancianos de Israel exigen a los Apóstoles silencio sobre Cristo, Dios, en cambio, no les permite callar (...). En las pocas frases que pronunció Pedro encontramos un testimonio total y completo de la Resurrección del Señor (...). La palabra de Dios vivo dirigida a los hombres nos obliga más que cualquier mandato o intención humana. Esta palabra comporta la elocuencia suprema de la verdad, comporta la autoridad de Dios mismo (...).
»Pedro y los Apóstoles están ante el Sanedrín. Tienen plena y absoluta certeza de que Dios mismo ha hablado en Cristo, y ha hablado definitivamente con su Cruz y Resurrección. Pedro y los Apóstoles, a quienes fue dada directamente esta verdad —como también aquellos que en su día recibieron el Espíritu Santo— deben dar testimonio de ella.
»Creer quiere decir aceptar la verdad que viene de Dios con toda la convicción del entendimiento, apoyándose en la gracia del Espíritu Santo ‘que Dios ha dado a todos los que le obedecen’ (Act 5, 32) aceptar lo que Dios ha revelado y que llega continuamente a nosotros mediante la Iglesia en su transmisión viva, es decir, en la tradición. El órgano de esta tradición es la enseñanza de Pedro y de los Apóstoles y de sus sucesores.
»Creer quiere decir aceptar su testimonio en la Iglesia, que custodia este depósito de generación en generación, y luego —basándose en él— exponer la misma verdad, con idéntica certeza y convicción interior.
»En el curso de los siglos cambian los sanedrines que exigen el silencio, el abandono o la deformación de esta verdad. Los sanedrines del mundo contemporáneo son muchos y totalmente diversos. Estos sanedrines son cada uno de los hombres que rechazan la verdad divina; son los sistemas de pensamiento humano, del conocimiento humano; son las diversas concepciones del mundo y también los diversos programas del comportamiento humano; son también las varias formas de presión de la llamada opinión pública, de la civilización de masa, de los medios de comunicación social de tinte materialista, laico agnóstico, antirreligioso; son, finalmente, algunos sistemas de gobierno contemporáneos que —si no privan totalmente a los ciudadanos de la posibilidad de confesar la fe— al menos la limitan de diversos modos, marginan a los creyentes y los convierten como en ciudadanos de categoría inferior... y ante todas estas formas modernas del Sanedrín de entonces, la respuesta de la fe es siempre la misma: ‘Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres’ (Act 5, 29)» (Hom. 20-IV-1980).
Actes 4, 24-30
Esta plegaria de los Apóstoles y de la comunidad es para los cristianos un modelo de oración y de confianza en los medios sobrenaturales. Piden a Dios la fuerza necesaria para seguir anunciando con valentía la Palabra, sin dejarse amedrentar por las persecuciones, e imploran también la capacidad de obrar prodigios que acrediten su predicación.
La oración incluye unos versículos del Salmo 2, cuyas predicciones se cumplen en Jesucristo. Al principio el Salmo alude a la conspiración de los poderes mundanos contra la soberanía de Dios y de su Ungido. Este enfrentamiento, que ya experimentó Jesús, lo sufrían en ese momento los Apóstoles, y también ahora, como en toda la historia del cristianismo, el mundo se opone a Cristo. Ante el clamor unánime de las fuerzas del mal, que repiten: «Rompamos sus ataduras, arrojemos lejos de nosotros su yugo» (v. 3), los cristianos ponemos nuestra confianza en el Señor, que «se burla de ellos y en su tiempo les hablará encolerizado y les aterrará con su furor» (vv. 4-5); y hacemos lo posible para que llegue a todos el mensaje de Dios: «Ahora, reyes, comprended, corregíos los que juzgáis la tierra. Servid al Señor con temor y alabadle con temblor (...). Bienaventurados los que confían en Él» (vv. 10-12).
La meditación de este Salmo ha confortado en la lucha y en las adversidades a cristianos de todos los tiempos, y les ha llenado de confianza en la ayuda del Señor: «Pídeme y te daré las gentes por herencia, te daré en posesión los confines de la tierra» (v. 8).
Actes 4, 31
El Espíritu Santo quiso dar un signo externo de su presencia, para animar a la Iglesia naciente. El prodigio de que temblara el lugar donde estaban reunidos los Apóstoles «era un signo de aprobación —asegura San Juan Crisóstomo—. Es una acción de Dios para imprimir un santo temor en el espíritu de los Apóstoles, para consolidarlos frente a las amenazas de senadores y pontífices e inspirarles audacia para predicar el Evangelio. La Iglesia estaba en su comienzo y era necesario asistir la predicación con prodigios para persuadir mejor a los hombres. Era una necesidad, pero en adelante no se repite (...). Los temblores de tierra muestran unas veces la cólera celestial y otras son signos de su visita y de su amor lleno de providencia. En la muerte del Salvador la tierra tembló para mostrar que protestaba por la muerte de su autor (...). Pero el temblor donde estaban reunidos los Apóstoles era signo de la bondad divina, pues quedaron todos llenos del Espíritu Santo» (Hom. sobre Act, 11).
Actes 4, 32-37
He aquí un nuevo resumen de la vida de la primera comunidad cristiana que, presidida por Pedro y los demás Apóstoles, era la Iglesia, toda la Iglesia, de Jesucristo.
En Jerusalén se encontraba entonces, a modo de planta nueva, la Iglesia de Dios en la tierra. También ahora puede hablarse de la naturaleza eclesial de cualquier comunidad cristiana —aun la más pequeña— que guarde comunión de fe y obediencia con la Iglesia de Roma.
«La Iglesia de Cristo —enseña el Conc. Vaticano II— está verdaderamente presente en todas las legítimas reuniones locales de los fieles, que, unidos a sus pastores, reciben también en el Nuevo Testamento el nombre de iglesias (...). En ellas se congregan los cristianos por la predicación del Evangelio de Cristo y se celebra el misterio de la Cena del Señor (...).
»En toda comunidad de altar, bajo el sagrado ministerio del Obispo, se manifiesta el símbolo de aquella caridad y ‘unidad del Cuerpo Místico, sin la cual no puede haber salvación’ (Suma Teológica, III, q. 73, a. 3). En estas comunidades, aunque frecuentemente sean pequeñas y pobres o vivan en dispersión, está presente Cristo, por cuya virtud se congrega la Iglesia una, santa, católica y apostólica» (Lumen gentium, n. 26).
Actes 4, 32
El texto insiste en la unidad, que es una virtud de los buenos cristianos y una nota de la Iglesia.
«Los discípulos daban testimonio de la Resurrección no sólo con la palabra sino también con sus virtudes» (Hom. sobre Act, 11). Brilla entre ellas la disposición alegre y sacrificada —fruto de la caridad— que busca la concordia, el perdón y la armonía entre los hermanos, hijos del mismo Padre. Sabe la Iglesia que esta armonía se ve frecuentemente amenazada por rencores, envidias, incomprensiones y actos orgullosos de afirmación personal. Al pedir, en oraciones e himnos como Ubi caritas, que «cesen las disputas malvadas y los conflictos, para que viva entre nosotros Cristo Dios», la Iglesia fija su mirada en la estampa de unidad y amor que nos ofrece la primera comunidad cristiana de Jerusalén.
Esta concordia y comprensión mutua entre los discípulos es un reflejo de la unidad interna y externa de la misma Iglesia, y una contribución a realizarla en el orden práctico.
La Iglesia de Jesucristo es una y única porque tiene «un solo Señor, una sola fe y un solo bautismo» (Eph 4, 5), así como una sola cabeza visible —el Papa— que representa a Cristo en la tierra. El modelo y principio último de esta unidad es la Trinidad de Personas divinas, que contiene «la unidad de un solo Dios Padre e Hijo en el Espíritu Santo» (Unitatis redintegratio, n. 2). Esta nota de la Iglesia se manifiesta visiblemente en la confesión de una sola fe, en la unidad del régimen, en la celebración de un mismo culto divino y en la concordia fraterna de toda la familia de Dios (cfr. Ibid.).
La unidad de la Iglesia, cuyo principio vital es el Espíritu Santo, tiene como factor principal a la Sagrada Eucaristía que consolida incesantemente, de manera misteriosa pero real, el Cuerpo místico del Señor.
Quiere Dios que todos los cristianos separados de la Iglesia, que están en posesión del bautismo y de fragmentos más o menos numerosos de verdad evangélica, encuentren de nuevo su sitio —mediante la renovación espiritual y la plegaria, la plenitud de la doctrina, el diálogo sincero y el estudio— en la única grey de Cristo.
Actes 4, 34-35
San Lucas recoge de nuevo el tema de la renuncia efectiva a las riquezas. Insiste sobre lo dicho en 2, 44 e introduce los dos ejemplos de diferente signo que narrará a continuación: el de Bernabé (4, 36 s.) y el de Ananías y Safira (5, 1 s.).
El desprendimiento de los discípulos no sólo denota solicitud hacia los necesitados. Demuestra también sencillez de corazón, deseo de pasar ocultos y confianza plena en los Doce. “Entregaban los bienes y manifestaban al hacerlo su respeto hacia los Apóstoles. Porque no se atrevían a ponerlos en sus manos, es decir, no los presentaban con ostentación, sino que los dejaban a sus pies y hacían a los Apóstoles dispensadores y dueños” (Hom. sobre Act, 11).
El texto sugiere que los cristianos de Jerusalén mantienen un sistema organizado de asistencia material a los pobres de la comunidad. El judaísmo conocía instituciones para la provisión de los indigentes y es probable que alguna de ellas sirviera de modelo para la Iglesia primitiva. Hay que pensar, sin embargo, que el sistema asistencial cristiano, que “repartía a cada uno según su necesidad”, presentaba rasgos propios, por la fuerza de la caridad que lo impulsaba y por la diferenciación gradual respecto a todo lo judío.