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Actes 4, 36-37

Se menciona a Bernabé por su generosidad y porque va a desempeñar un papel destacado en la difusión del Evangelio. Bernabé será quien presente a Saulo, recién convertido, a los Apóstoles (9, 27). Más tarde será enviado por éstos a Antioquía a raíz de la primera predicación del Evangelio a los gentiles (11, 22). Será el compañero de Pablo en el primer viaje (13, 2) y subirá también con él a Jerusalén para tratar sobre la circuncisión de los gentiles convertidos (15, 2). San Pablo alabará el celo y desinterés de Bernabé en la causa del Evangelio (cfr. 1 Cor 9, 6).

 

Chapitre n°5

 

Actes 5, 1-11

Ananías fingió hipócritamente que había dado todo el dinero del campo para las necesidades de la comunidad, cuando en realidad se guardó una parte para él, de acuerdo con su mujer. Nadie estaba obligado a vender sus bienes o a entregarlos a los Apóstoles y quienes lo hacían obraban libre y espontáneamente. Ananías era libre de vender o no el campo, y también de conservar el precio o darlo total o parcialmente para las necesidades de sus hermanos. Pero no podía disfrazar de caridad su avaricia e intentar mentir a Dios y a la Iglesia.

El castigo de Dios contra Ananías y Safira se produjo —dice San Efrén— «no sólo porque hicieron un robo y lo escondieron, sino porque no temieron y quisieron engañar a aquellos en quienes moraba el Espíritu Santo que todo lo conoce» (Catena armenia sobre Act, ad loc.). Con su actitud hipócrita, Ananías y su mujer manifiestan su avaricia y sobre todo su vanagloria, y el castigo fue de una comprensible severidad en un momento fundacional lleno de auxilio divino y de especial responsabilidad.

«No se podía pasar ligeramente la falta —explica San Juan Crisóstomo—. Era necesario eliminar la gangrena antes de que infectara todo el cuerpo. Incluso hay una ventaja para el culpable, al que se ha impedido ir más lejos en el mal, a la vez que todos los demás discípulos se disponían a una mayor vigilancia» (Hom. sobre Act, 12). Algunos Padres (cfr. San Agustín, Sermo 148) opinan que el castigo de Dios fue simplemente el de la muerte temporal, y no la reprobación eterna.

Este relato es una prueba más de cómo detesta Dios la hipocresía. Ante ella se aprecia por contraste el valor de la virtud de la veracidad, que tiende a la fiel manifestación de la verdad, para que ésta reine siempre y en todas partes, y se eviten la falsedad y la mentira. La veracidad inclina a los hombres a que sus palabras y toda su actuación estén en armonía con sus conocimientos y convicciones, y a que sus acciones respondan fielmente a sus palabras. Tiene una estrecha relación con la virtud de la fidelidad, que inclina al cumplimiento de la promesa dada (cfr. Suma Teológica, II-II, q. 80, a. 1). Sólo el hombre veraz, sólo el hombre fiel puede cumplir el precepto del Señor: «Sea, pues, vuestro modo de hablar: Sí, sí, o no, no» (Mt 5, 37).

 

Actes 5, 12-16

San Lucas se refiere especialmente en este tercer sumario al poder milagroso de los Apóstoles (cfr. los otros dos sumarios en Act 2, 42-47 y 5, 12-16). Los milagros que obran confirman ante el pueblo que ha llegado en verdad el Reino de Dios. Sobreabunda la gracia y sus beneficios se manifiestan en la penitencia de los corazones y la curación de los cuerpos. Son «milagros y prodigios» que no se hacen para provocar admiración o mover la curiosidad, sino para despertar la fe.

Los milagros acompañan siempre la Revelación de Dios a los hombres y forman parte de ella. No son una simple alteración de las leyes naturales, sino una especie de adelanto de la glorificación del mundo que ocurrirá al fin de los tiempos. Así como un pecador que se convierte obedece a Dios sin dejar de ser libre, también la materia es capaz de transformarse ante la voz del Creador, sin negar o destruir sus propias leyes.

Los milagros recomiendan a los hombres el mensaje evangélico. Son acciones de Dios que apoyan la verdad de la predicación de sus mensajeros. «Sin obrar milagros y prodigios —dice Orígenes—, los discípulos de Jesús no habrían movido a sus oyentes a abandonar, por nuevas doctrinas y verdades, su religión tradicional y a abrazar con peligro de la vida las enseñanzas que les anunciaban» (Contra Celso, I, 46). Y San Efrén comenta: «Los milagros de los Apóstoles hicieron creíbles la Ascensión y Resurrección del Señor» (Catena armenia sobre Act, ad loc.).

Los milagros son un requerimiento de Dios dirigido a la inteligencia y a la voluntad de quienes los presencian. Son una gran invitación a creer, sin forzar la libertad ni disminuir el mérito de la fe. Los Apóstoles siguen los pasos del Señor, «que apoyó y confirmó su predicación con milagros para excitar y robustecer la fe de los oyentes, no para ejercer coacción sobre ellos» (Dignitatis humanae, n. 11). Los hombres de disposición recta no tendrán generalmente dificultades para reconocer y aceptar los milagros. El sentido común y sobre todo un instinto religioso les dicen que son posibles, porque todo vive y existe para Dios. Sólo el prejuicio y la resistencia a la conversión interior y al cambio de vida pueden cerrar los ojos y negar lo que para un hombre de buena voluntad resulta evidente.

«Como los Apóstoles permanecían en el mismo lugar, todos les traían a sus enfermos en lechos y camillas. Era maravilloso de todo punto: por parte de los fieles y de los que obtenían la curación; por la libertad de lenguaje y actuación de los Apóstoles y por la virtud de aquellos cuya fe se consolidaba. Porque todo no descansaba sólo en los milagros. Aunque, debido a su modestia, los Apóstoles atribuyesen los efectos a Cristo, en cuyo nombre actuaban, lo que ocurría era también consecuencia y fruto de la vida y virtudes de ellos» (Hom. sobre Act, 12).

 

Actes 5, 19

Los ángeles aparecen en la Sagrada Escritura como mensajeros de Dios y también como mediadores, custodios, protectores y ministros de la justicia divina. Abrahán envía a su siervo a la tierra de Jarán y le dice: «Dios enviará su ángel delante de ti para protegerte en el largo viaje y en tu delicada misión» (Gen 24, 7.40). Tobías, Lot y su familia, Daniel y sus compañeros, Judit, etc., experimentarán también la protección angélica. Los Salmos proclaman la confianza en los ángeles (cfr. Ps 34, 8; 91, 11-13), así como la permanente ayuda que dispensan a los hombres por mandato de Dios.

Este episodio de la liberación de San Pedro es uno de los ejemplos que se exponen en el Catecismo Romano para ilustrar «los innumerables beneficios que el Señor distribuye entre los hombres por medio de los ángeles, intérpretes y ministros suyos; no enviados solamente en algún caso particular, sino designados desde nuestro nacimiento para nuestro cuidado, y constituidos para defensa de la salvación de cada uno de los hombres» (IV, 9, 6).

Los ángeles deben ocupar, por tanto, un lugar en la piedad personal de los cristianos. Pido al Señor que, durante nuestra permanencia en este suelo de aquí, no nos apartemos nunca del caminante divino. Para esto, aumentemos también nuestra amistad con los Santos Ángeles Custodios. Todos necesitamos mucha compañía: compañía del Cielo y de la tierra. ¡Sed devotos de los Santos Ángeles! (Amigos de Dios, n. 315).

 

Actes 5, 29

La resistencia de los Apóstoles a obedecer los mandatos del Sanedrín no se debe, como es lógico, a orgullo ni a desconocer su propia situación de súbditos. Deriva sencillamente de que se les quiere imponer un mandato injusto que atenta contra la ley de Dios y la conciencia de ellos.

Los Apóstoles recuerdan a sus jueces, con humilde valentía, que la obediencia a Dios es lo primero. Saben que muchos sanedritas son hombres religiosos, buenos judíos capaces de entenderles; y no tratan tanto de defenderse de las acusaciones como de hacerles reaccionar. Piensan más en la salud espiritual de sus jueces que en sí mismos. «Dios ha permitido —comenta San Juan Crisóstomo— que los Apóstoles fueran llevados a juicio para que sus perseguidores fueran instruidos, si lo deseaban (...). Los Apóstoles no se irritan ante los jueces sino que les ruegan compasivamente, vierten lágrimas, y sólo buscan el modo de librarles del error y de la cólera divina» (Hom. sobre Act, 13). Están convencidos de que «no hay peligro para quienes temen a Dios sino para quienes no le temen» (Ibid.) y de que es peor cometer injusticia que padecerla.

Los Apóstoles demuestran con su conducta lo profundo de las convicciones que la gracia de Dios y la fe en Jesucristo han despertado en ellos, y lo mucho que pesa en sus vidas el honor de Dios. Han comenzado por fin a amar y servir a Dios hasta el desprecio de sí mismos. Es la verdadera madurez cristiana. Ese grito —‘serviam’— es voluntad de ‘servir’ fidelísimamente, aun a costa de la hacienda, de la honra y de la vida, a la Iglesia de Dios (Camino, n. 519).

La Iglesia pide al Señor con frecuencia esta reciedumbre para todos sus hijos, amenazados a veces por la indiferencia y hasta por el peligro de una cierta apostasía práctica. «Concédenos, te rogamos, el espíritu de fortaleza —ora en la fiesta de San Sebastián—, para que, movidos con el ejemplo de este glorioso mártir, aprendamos a obedecerte a Ti antes que a los hombres» (Misal Romano, colecta de la Misa de San Sebastián).

El hombre debe acomodar su conducta a la ley de Dios, que es la vida de su vida. Debe cumplir y amar los preceptos divinos que le enseña la Iglesia, si quiere de verdad vivir conforme a su naturaleza de hombre. La ley divina no es una carga sino un camino de libertad, como proclama sin cesar la Sagrada Escritura: «Lo mío, Yahwéh, es guardar tus palabras. Con todo el corazón busco tu rostro; ten piedad de mí según tus promesas. He examinado mis caminos y quiero volver mis pies a tus mandamientos. Las redes de los malos me aprisionan, pero no olvido tus leyes. Me levanto a medianoche para agradecerte tus justos juicios. Deseo ser amigo de los que te temen y observan tus caminos. De tu amor, Yahwéh, está llena la tierra. Enséñame tus preceptos» (Ps 119, 57-64).

La conciencia descubre gradualmente al hombre la ley de Dios, que habla en lo más hondo de la persona. «El hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente (cfr. Rom 2, 15-16). La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla (...). Es la conciencia la que de modo admirable da a conocer esa ley (...). Cuanto mayor es el predominio de la recta conciencia, tanto mayor seguridad tienen las personas y las sociedades para apartarse del ciego capricho y someterse a las normas objetivas de la moralidad» (Gaudium et spes, n. 16).

El bien y el mal moral existen realmente y pueden ser conocidos por el hombre. Hay acciones buenas y hay acciones que siempre serán malas y deberán por tanto ser evitadas. La bondad o maldad de las acciones humanas no depende esencialmente de las circunstancias, aunque a veces se vean influidas por éstas en alguna medida.

Igual que el ojo humano, la conciencia está hecha para ver, pero necesita la luz de un sol superior —la ley divina y las orientaciones de la Iglesia— que le permita descubrir y apreciar con claridad las verdades morales y religiosas. De otro modo, el hombre se agota en la búsqueda y contemplación de sí mismo, se olvida de la verdad y del bien, y su conciencia se oscurece con la tiniebla del pecado y del oportunismo moral.

«Con respecto a la conciencia —enseña Pablo VI— puede surgir una objeción: ¿no basta ella para establecer la norma de nuestra conducta? ¿No deroga la conciencia los decálogos, los códigos que nos son impuestos desde fuera (...)? Cuestión actualísima y delicada. Repetimos ahora simplemente que la conciencia subjetiva es la norma primera e inmediata de nuestra conducta, pero necesita luz, necesita ver cuál es la norma a seguir, especialmente cuando la acción no lleva en sí misma la evidencia de las propias exigencias morales. Necesita ser instruida y entrenada sobre la opción mejor y más correcta por el magisterio de una ley» (Audiencia general Pablo VI, 28-III-1973).

La conciencia recta, que va muy unida a la prudencia moral, ayudará al cristiano a cumplir las leyes como buen ciudadano y le permitirá también tomar posición, personal o colectiva, respecto a las normas injustas que pudieran alguna vez promulgarse. El Estado no es jurídicamente omnipotente. No puede ordenar o permitir cualquier cosa y por lo tanto no todo lo legal es lícito o justo. El respeto debido a la autoridad —predicado por el Evangelio e inculcado desde siempre por la Iglesia— no impide que los cristianos y hombres de buena voluntad puedan y deban resistir a legisladores y gobernantes cuando legislan y gobiernan contra la ley de Dios y consiguientemente contra el bien común. Esta resistencia legítima deberá ejercerse, como es lógico —cuando sea necesaria—, con medios lícitos.

No basta que los buenos cristianos profesen privadamente las doctrinas evangélicas y de la Iglesia acerca de la vida, la familia, la educación, la libertad, etc. Han de saber que son temas decisivos para el bien de su país y deben procurar, por todos los medios normales a su alcance, que se reflejen adecuadamente en el ordenamiento jurídico. La pasividad ante las ideologías y tomas de posición de otros ciudadanos en asuntos tan graves sería en realidad una lamentable claudicación y una omisión de contribuir al bien común.

 

Actes 5, 30

«Colgándolo de un madero»: La expresión recuerda el texto de Deuteronomio 21, 23: «No dejarás que el cadáver (de un hombre ajusticiado) pase la noche en el árbol; lo enterrarás el mismo día, porque un colgado es una maldición de Dios». Se refiere a la crucifixión, modo de ejecutar la pena capital originado en Persia, muy extendido en el oriente y adoptado más tarde por los romanos.

 

Actes 5, 32

Dios envía el Espíritu Santo a los que le obedecen, y a su vez los Apóstoles obedecen con total docilidad las indicaciones del Espíritu.

Para obedecer al Espíritu Santo y poner por obra lo que nos pide es necesario tratarle y escucharle. Frecuenta el trato del Espíritu Santo —el Gran Desconocido— que es quien te ha de santificar.

No olvides que eres templo de Dios. —El Paráclito está en el centro de tu alma: óyele y atiende dócilmente sus inspiraciones (Camino, n. 57).

 

Actes 5, 34-39

Gamaliel había sido maestro de San Pablo (cfr. 22, 3). Representaba una tendencia moderada dentro de la secta farisea. Era un hombre prudente, capaz de imparcialidad y dotado de reconocido sentido religioso. Los Padres de la Iglesia le suelen proponer como ejemplo de hombre recto que espera el Reino de Dios y se atreve a defender a los Apóstoles.

«Gamaliel no afirma que la obra sea divina o humana, sino que deja al tiempo la tarea de decidir y convencer (...). Al hablar en ausencia de los Apóstoles tenía más facilidad para ganarse a los jueces. La suavidad de su palabra y razonamientos, fundados sobre la justicia, los persuadieron. Casi predicaba el Evangelio. Más aún, su lenguaje tan recto parecía decirles: estáis bien convencidos de que no podéis destruir esta obra. ¿Por qué no habéis creído? El anuncio cristiano es tan grandioso que consigue incluso el testimonio de sus adversarios» (Hom. sobre Act, 14).

El comentario parece tener en cuenta las palabras del Señor: «El que no está contra nosotros, está con nosotros» (Mc 9, 39). La intervención de Gamaliel indica, en cualquier caso, que un hombre de recta intención es capaz de reconocer en la práctica la acción de Dios en los sucesos que presencia, o al menos investigarla con honradez, sin hacer preguntas con respuesta pagada.

Las insurrecciones de Teudas y Judas son recogidas por Flavio Josefo (cfr. Antiquitates iud., 18, 4-10; 20, 169-172), pero las fechas que atribuye a ambas insurrecciones son confusas; parece que deben situarse hacia el nacimiento de Jesús. Ambos, Teudas y Judas, reunieron a un gran número de adeptos que lucharon para que el pueblo judío, elegido por Dios, no tuviera que estar sometido y pagar tributo a gentes extranjeras, como Herodes o el Imperio romano.

 

Actes 5, 40-41

La mayoría de los sanedritas no quedan impresionados por la argumentación de Gamaliel, sino que se limitan a proceder con sagacidad y cálculo. No se atreven, en consecuencia, a decretar la muerte de los discípulos, pero —tercamente opuestos al mensaje evangélico— les mandan azotar como castigo, confiando en que así se retraerán de predicar. Pero consiguen justamente el efecto contrario.

«Es verdad que Jeremías fue también azotado a causa de la Palabra de Dios y que Elías y otros profetas se vieron amenazados, pero aquí los Apóstoles, como antes por los milagros, manifestaron el poder de Dios. No se dice que no sufrieron, sino que el sufrimiento les causó alegría. Lo podemos ver por la libertad que acto seguido usaron: inmediatamente después de la flagelación se entregaron a la predicación con admirable ardor» (Hom. sobre Act, 14).

Los apóstoles recordarían sin duda las palabras del Señor recogidas por San Mateo: «Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el Cielo: de la misma manera persiguieron a los profetas que os precedieron» (5, 11-12).

 

Actes 5, 42

Los Apóstoles y los primeros discípulos de Jesús no cesaban de predicar, de forma que en muy poco tiempo llenaron toda Jerusalén de su doctrina (cfr. v. 28). El vigor y el afán proselitistas de nuestros primeros hermanos en la fe es un ejemplo para los cristianos de todos los tiempos. El proselitismo, el hambre de perpetuar el apostolado, es una característica de los seguidores de Jesús y una consecuencia del amor a Dios y a los demás: Pequeño amor es el tuyo si no sientes el celo por la salvación de todas las almas. —Pobre amor es el tuyo si no tienes ansias de pegar tu locura a otros apóstoles (Camino, n. 796).

 

Chapitre n°6

 

Actes 6, 1-6

Comienza una nueva sección del libro, introducida mediante la presentación de dos grupos de discípulos entre los primeros cristianos, distinguidos según el estrato del que procedían antes de su conversión: helenistas y hebreos. A partir de este capítulo, se designa a los cristianos con el nombre de discípulos. Así pues, el nombre de «discípulos» se aplica ya no sólo a los Doce Apóstoles y a quienes siguieron de modo asiduo al Señor en su vida terrena, sino a todos los bautizados. En efecto, Jesús es el Señor de su Iglesia y el Maestro de todos: después de su Ascensión a los Cielos enseña, santifica y gobierna a los cristianos por el ministerio de los Apóstoles primeramente y, una vez que éstos murieron, por el ministerio de sus sucesores, que son el Papa y los Obispos, con la ayuda de los presbíteros.

Los helenistas eran judíos que habían nacido y vivido un tiempo fuera de Palestina. Hablaban griego y utilizaban sinagogas propias en las que se leían versiones griegas de la Sagrada Escritura. Poseían cierta cultura griega, a la que los hebreos no eran del todo ajenos. Los hebreos eran judíos nacidos en Palestina, que hablaban arameo y usaban la Biblia hebrea en el culto sinagogal. Esta distinción de grupos según su procedencia pervivió lógicamente durante un tiempo en la comunidad cristiana. Pero no debe hablarse de división, y menos aún de oposición entre dos fracciones del cristianismo primitivo. Antes de ser fundada la Iglesia existía ya en Jerusalén una comunidad judeo-helenística bien asentada, influyente y relativamente numerosa.

El capítulo narra la institución por los Apóstoles de los siete, que es el segundo grupo definido de discípulos —el primero está formado por los doce—, al que se encomienda un ministerio en la Iglesia.

Aunque San Lucas no presenta claramente en este capítulo la institución de un orden sacro, es evidente que los siete han recibido una función pública en la comunidad, que excede el simple servicio administrativo de las mesas. Veremos enseguida que Felipe y Esteban predican y bautizan. Participan de alguna manera en el ministerio de los Apóstoles y, como ellos, ejercen cura de almas.

San Lucas emplea la palabra diaconía (servicio), pero no llama diáconos a los siete discípulos elegidos para «servir las mesas». Los escritores antiguos tampoco relacionan con los siete a los diáconos —en sentido técnico posterior— que, junto a presbíteros y Obispos, constituirán pronto en la Iglesia el orden jerárquico. No sabemos, por lo tanto, con seguridad si el ministerio diaconal, tal como lo conocemos, deriva directamente de los siete. Crisóstomo, por ejemplo, manifiesta cierta duda a este respecto (cfr. Hom. sobre Act, 14). No debe descartarse, sin embargo, la posibilidad de que el ministerio aquí descrito haya contribuido a la institución del diaconado propiamente dicho.

En cualquier caso, el diaconado es en la Iglesia un ministerio sagrado de origen apostólico. Los diáconos aceptan en su ordenación la obligación de ejercer bajo la dirección del Obispo diocesano funciones propias en los campos de la evangelización, catequesis, organización del culto, iniciación cristiana de catecúmenos y neófitos y actividad caritativa y asistencial de la Iglesia.

Enseña el Conc. Vaticano II que «en el grado inferior de la Jerarquía están los diáconos, que reciben la imposición de las manos ‘no en orden al sacerdocio, sino en orden al ministerio’. Confortados así con la gracia sacramental y en comunión con el Obispo y su presbiterio, sirven al Pueblo de Dios en el ministerio de la liturgia, de la palabra y de la caridad. Es oficio propio del diácono, según le fuere asignado por la autoridad competente, administrar solemnemente el Bautismo, reservar y distribuir la Eucaristía, asistir al matrimonio y bendecirlo en nombre de la Iglesia, llevar el viático a los moribundos, leer la Sagrada Escritura a los fieles, instruir y exhortar al pueblo, presidir el culto y oración de los fieles, administrar los sacramentales y presidir el rito de los funerales y sepultura» (Lumen gentium, n. 29).

 

Actes 6, 2-4

Los Doce establecen un principio que les parece categórico: el ministerio apostólico que tienen encomendado resulta de tal modo absorbente que se hace incompatible para ellos con otros menesteres. La atención espiritual de la comunidad no les permite ocuparse por más tiempo en el servicio de las mesas. Una tarea buena y noble en sí misma ha de ceder sitio ante otra más excelente aún, esencial para la vida de la Iglesia y de cada uno de sus miembros. «Hablan de no conveniencia —escribe San Juan Crisóstomo— para hacer ver que las dos obligaciones no se pueden conciliar en este caso» (Hom. sobre Act, 14).

La tarea principal de los Pastores en la Iglesia es predicar la Palabra divina, administrar los sacramentos y gobernar al Pueblo de Dios. Cualquier otro cometido ha de ser congruente con la cura de almas y ayudar a la realización más completa y profunda de ésta, según el ejemplo de Cristo, que curaba los cuerpos para llegar al alma y que predicaba la justicia y la paz como manifestaciones del Reino de Dios.

«He aquí un rasgo de nuestra identidad, que ninguna duda debería atacar, ni ninguna objeción eclipsar —dice Pablo VI en la Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi a los Obispos y sacerdotes de todo el orbe católico—. En cuanto Pastores, hemos sido escogidos por la misericordia del Supremo Pastor (cfr. 1 Pet 5, 4), a pesar de nuestra insuficiencia, para proclamar con autoridad la Palabra de Dios; reunir al pueblo de Dios que estaba disperso; alimentar a este pueblo con los signos de la acción de Cristo que son los sacramentos; ponerlo en el camino de la salvación; y mantenerlo en la unidad de la que somos, a diferentes niveles, instrumentos vivos y activos» (n. 68).

El sacerdote ha de estar hambriento de la Palabra de Dios —ha recordado asimismo Juan Pablo II—, abrazarla en su integridad, meditarla, estudiarla asiduamente, y difundirla con el ejemplo y la predicación (cfr. p. ej. Alocución 1-X-1979; Discurso 3-X-1979). La vida entera del sacerdote debe ser proclamación generosa de Cristo. Ha de evitar por ello la tentación del «liderazgo temporal, que fácilmente puede ser fuente de división, mientras que él debe ser signo y factor de unidad y fraternidad» (A los sacerdotes de México, 27-I-1979).

El pasaje permite apreciar la diferencia entre elección y nombramiento para un ministerio eclesial. La persona puede ser elegida o designada por los fieles. Pero el poder para desempeñar el oficio, que presupone una llamada de Dios, ha de serle comunicado por la ordenación que confieren los Apóstoles. «Los Apóstoles dejan al grupo de los discípulos la designación de los encargados, para que no parezca que favorecen a unos con preferencia a otros» (Hom. sobre Act, 14). Sin embargo, los designados para la ordenación no son representantes o delegados de la comunidad cristiana, sino ministros de Dios. Han recibido una vocación y con la imposición de manos obtienen de Dios, no de los hombres, un poder espiritual que les capacita para el gobierno de la comunidad, la confección y administración de los sacramentos y la predicación de la Palabra.

El ministerio pastoral cristiano, es decir, el sacerdocio del Nuevo Testamento en todos sus grados, no se origina mediante vínculos familiares, como le ocurría al sacerdocio levítico del Antiguo Testamento; ni deriva su existencia de apoderamiento por parte de la comunidad de los fieles. Responde a una iniciativa de la gracia de Dios, que llama a quienes quiere.

 

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