A través de la obra redentora de Cristo, Dios no sólo ha otorgado el perdón de los pecados, sino que ha revelado que sus planes salvadores abarcan la totalidad de la historia y del mundo creado. Ese proyecto divino, que estaba oculto y que se ha desvelado en Jesucristo, San Pablo lo llama «el misterio», cuya revelación constituye una nueva bendición divina. Este misterio, por tanto, abarca además de la constitución de la Iglesia y el don de la filiación divina (vv. 4-7), la recapitulación de todas las cosas en Cristo (v. 10), y la llamada de judíos y gentiles a formar parte de la Iglesia (vv. 11-14; cfr 3, 4-7). Todo ello ha sido revelado por Cristo, de tal forma que con Él culmina la Revelación de Dios. Cristo, «con su presencia y manifestación, con sus palabras y obras, signos y milagros, sobre todo con su muerte y gloriosa resurrección, con el envío del Espíritu de la verdad, lleva a plenitud toda la revelación y la confirma con testimonio divino; a saber, que Dios está con nosotros para librarnos de las tinieblas del pecado y de la muerte y para hacernos resucitar a una vida eterna» (Dei Verbum, n. 4).
El hecho de que Dios manifieste sus planes de salvación es una muestra más de su amor y misericordia, ya que así el hombre puede reconocer la infinita sabiduría y bondad divinas, y sentir la invitación a participar en sus proyectos. En efecto, «quiso Dios, con su bondad y sabiduría, revelarse a Sí mismo y manifestar el misterio de su voluntad (cfr Eph 1, 9), por el que los hombres, mediante Cristo, la Palabra hecha carne, y con el Espíritu Santo, pueden llegar hasta el Padre y se hacen participantes de la naturaleza divina (cfr Eph 2, 18; 2 Pet 1, 4). Por esta revelación Dios invisible (cfr Col 1, 15; 1 Tim 1, 17), movido por su gran amor, habla a los hombres como a amigos (cfr Ex 33, 11; Ioh 15, 14 s.) y conversa con ellos (cfr Bar 3, 38), para invitarlos a su compañía» (Dei Verbum, n. 2).
Sobre el significado del término «misterio» en San Pablo, cfr Col 1, 26.28; 2, 9.
Éphésiens 1, 10
El «misterio» revelado por el amor de Dios se realiza de una forma armónica, según los planes divinos, siguiendo diversas etapas o tiempos (Kairoi) a lo largo de la historia. La plenitud de los tiempos ha comenzado con la Encamación (cfr Gal 4, 4), y sigue desarrollándose, según la sabiduría divina, hasta llegar a la consumación definitiva. Por medio de su Redención, Jesucristo ha hecho realidad que los tiempos sean reconducidos a Dios; más aún, es Él quien gobierna y administra sobrenaturalmente toda la historia. Mediante la obra de Jesucristo, no sólo han comenzado a realizarse los designios divinos que constituyen el misterio, sino que han sido revelados a la Iglesia, que es a su vez instrumento en la ejecución de tales designios. «La plenitud de los tiempos ha llegado a nosotros (cfr 1 Cor 10, 11), y la renovación del mundo está irrevocablemente decretada y en cierta manera se anticipa realmente en este siglo, pues la Iglesia, ya aquí en la tierra, está adornada de verdadera santidad, aunque todavía imperfecta. Pero mientras no lleguen los cielos nuevos y la tierra nueva, donde mora la justicia (cfr 2 Pet 3, 13), la Iglesia peregrina lleva en sus sacramentos e instituciones, pertenecientes a este tiempo, la imagen de este siglo que pasa, y ella misma vive entre las criaturas, que gimen con dolores de parto hasta el momento presente, en espera de la manifestación de los hijos de Dios (cfr Rom 8, 19-22)» (Lumen gentium, n. 48).
El punto culminante del proyecto divino previo a la creación, consiste en «recapitular en Cristo todas las cosas», esto es, hacer que todas tengan a Cristo como Cabeza. Esto significa que Jesucristo, por su obra redentora, reagrupa y reconduce a Dios el mundo creado, que estaba antes disperso por el pecado, de forma que en Cristo encuentren su vínculo de unidad, tanto los seres celestiales, como los hombres y todas las realidades terrestres. San Juan Crisóstomo enseña que «desgarradas estaban las cosas celestiales de las terrestres, no tenían cabeza (...). Y puso como única cabeza de todas las cosas, de los ángeles y de los hombres, al Cristo según la carne. Esto es, dio un solo principio a los ángeles y a los hombres (...); pues se hará la unidad, la precisa y perfecta unión, cuando todas las cosas, teniendo un vínculo necesario que procede de lo alto, sean recogidas bajo una sola cabeza» (Hom. sobre Eph, ad loc.).
La capitalidad de Cristo sobre todas las cosas, que se hará plenamente manifiesta al final de los tiempos, se fundamenta en que Cristo, por ser verdadero Dios y verdadero hombre, es ya Cabeza, primogénito de toda la creación. Por su Resurrección, Jesucristo ha triunfado del poder del pecado y de la muerte, y ha sido constituido Señor de todo el Universo (cfrAct 2, 36; Rom 1, 4; Eph 1, 19-23). De ahí que todos los seres, tanto los visibles como los invisibles, estén sometidos a Él como a su Cabeza, como a su cúspide, que se eleva por encima de todo.
Esta profunda realidad ha sido siempre vivida en la Iglesia, como muestra, por ejemplo, el lema propuesto por San Pío X al comienzo de su pontificado: «Si alguno Nos pide una frase simbólica que exprese Nuestro propósito, siempre le daremos sólo ésta: ‘Instaurar todas las cosas en Cristo’ (...), hacer que todos los hombres vuelvan a someterse a Dios» (E supremi apostolatus).
«Recapitular en Cristo todas las cosas»: Incluye poner a Cristo en la cumbre de las actividades humanas, como enseña el Fundador del Opus Dei: Instaurare omnia in Christo, da como lema San Pablo a los cristianos de Éfeso (Eph I, 10); informar el mundo entero con el espíritu de Jesús, colocar a Cristo en la entraña de todas las cosas. Si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum (Ioh XII, 32), cuando sea levantado en alto sobre la tierra, todo lo atraeré hacia mí. Cristo con su Encarnación, con su vida de trabajo en Nazareth, con su predicación y milagros por las tierras de Judea y de Galilea, con su muerte en la Cruz, con su Resurrección, es el centro de la creación. Primogénito y Señor de toda criatura.
Nuestra misión de cristianos es proclamar esa realeza de Cristo, anunciarla con nuestra palabra y con nuestras obras. Quiere el Señor a los suyos en todas las encrucijadas de la tierra. A algunos los llama al desierto, a desentenderse de los avatares de la sociedad de los hombres, para hacer que esos mismos hombres recuerden a los demás, con su testimonio, que existe Dios. A otros, les encomienda el ministerio sacerdotal. A la gran mayoría, los quiere en medio del mundo, en las ocupaciones terrenas. Por lo tanto, deben estos cristianos llevar a Cristo a todos los ámbitos donde se desarrollan las tareas humanas: a la fábrica, al laboratorio, al trabajo de la tierra, al taller del artesano, a las calles de las grandes ciudades y a los senderos de montaña (Es Cristo que pasa, n. 105).
Éphésiens 1, 11-14
El Apóstol contempla, como una nueva bendición divina, la realización concreta del «misterio», que aparece en la historia como fruto de la Redención de Cristo. Es la llamada hecha a los judíos (vv. 11 s.) y a los gentiles (v. 13), para formar un solo pueblo (v. 14). Considera en primer lugar al pueblo judío del que él mismo forma parte; de ahí que utilice la expresión: «nosotros» (v. 12). Después se refiere a los cristianos procedentes de la gentilidad, a los que designa como: «vosotros» (v. 13).
Éphésiens 1, 11-12
La esperanza del pueblo judío ha tenido su cumplimiento en Cristo, pues con Él han llegado el Reino de Dios y los bienes mesiánicos, destinados en primer lugar a Israel como su herencia (cfr Mt 4, 17; 12, 28; Lc 4, 16-22). La finalidad de la elección de Israel por parte de Dios era formarse un pueblo propio (cfr Ex 19, 5), que le glorificara y fuera testigo entre las naciones de la esperanza en la venida del Mesías. «Deseando Dios con su gran amor preparar la salvación de toda la humanidad, escogió a un pueblo en particular a quien confiar sus promesas. Hizo primero una alianza con Abrahán (cfr Gen 15, 18); después, por medio de Moisés (cfr Ex 24, 8), la hizo con el pueblo de Israel, y así se fue revelando a su pueblo, con obras y palabras, como único Dios vivo y verdadero. De este modo Israel fue experimentando la manera de obrar de Dios con los hombres, la fue comprendiendo cada vez mejor al hablar Dios por medio de los profetas, y fue difundiendo este conocimiento entre las naciones (cfr Ps 21, 28 s.; 95, 1-3; Is 2 1-4; Ier 3, 17)» (Dei Verbum, n. 14).
San Pablo resalta que ya antes de la venida de nuestro Señor Jesucristo, los hombres justos de la Antigua Alianza vivieron de la fe en el Mesías prometido (cfr Gal 3, 11; Rom 1, 17), en cuanto que no sólo esperaban su venida, sino que, al aceptar la promesa, su esperanza se nutría de la fe en Cristo. Como ejemplos más próximos al NT de esa fe, puede citarse a Zacarías e Isabel, Simeón y Ana y, sobre todo, a San José. La fe de San José fue plena, confiada, integra —comenta San Josemaría Escrivá—, manifestada en una entrega eficaz a la voluntad de Dios, en una obediencia inteligente. Y, con la fe, la caridad, el amor. Su fe se funde con el Amor: con el amor de Dios que estaba cumpliendo las promesas hechas a Abrahán, a Jacob, a Moisés; con el cariño de esposo hacia María, y con el cariño de padre hacia Jesús. Fe y amor en la esperanza de la gran misión que Dios, sirviéndose también de él —un carpintero de Galilea—, estaba iniciando en el mundo: la redención de los hombres (Es Cristo que pasa, n. 42).
Éphésiens 1, 13-14
Si San Pablo reconoce la grandeza del plan salvífico de Dios en la realización de las promesas al pueblo judío mediante Jesucristo, aún ve mayor prodigio en la llamada de los gentiles a participar de la misma promesa. Esta llamada es como una nueva bendición divina.
La incorporación de los gentiles a la Iglesia se realiza por medio de la predicación del Evangelio. Esto significa que la fe se inicia por la audición de la palabra de Dios (cfr Rom 10, 17). Una vez que ésta ha sido aceptada. Dios sella al creyente con el Espíritu Santo prometido (cfr Gal 3, 14); y este sello constituye ya aquí las arras o prenda de la herencia eterna, y representa la certeza de haber sido recibidos por Dios e incorporados a su Iglesia, en orden a la salvación reservada antes sólo a Israel. Se establece así un paralelismo entre el «sello» de la circuncisión que incorporaba al creyente de la Antigua Alianza al pueblo de Israel y el «sello» del Espíritu Santo en el Bautismo que, en la Nueva Alianza, incorpora a los cristianos a la Iglesia (Rom 4, 11-22; 2 Cor 1, 22; Eph 4, 30). Dios mismo es, por tanto, la causa eficiente de nuestra justificación: «Dios misericordioso, que gratuitamente lava y santifica (1 Cor 6, 11) sellando y ungiendo con el Espíritu Santo prometido que es prenda de nuestra herencia (Eph 1, 13-14)» (De iustificatione, cap. 7).
El sello o arra significa la prenda o señal que se entrega en los negocios como anticipo o garantía del precio total comprometido. En este caso representa el firme compromiso, por parte de Dios, de conceder al creyente la posesión plena y definitiva de la bienaventuranza eterna, de la cual concede un anticipo a partir del Bautismo (cfr 2 Cor 1, 22; 5, 5). Por Jesucristo «se nos da la recuperación del paraíso —comenta San Basilio—, el ascenso al reino de los cielos, la vuelta a la adopción de hijos, la confianza de llamar Padre al mismo Dios, hacernos consortes de la gracia de Cristo, ser llamados hijos de la luz, participar de la gloria del cielo; en una palabra, encontramos en una total plenitud de bendición tanto en este mundo como en el venidero (...). Si la prenda es así, ¿cómo será el estado final? Y si tan grande es el inicio, ¿cómo será la consumación de todo?» (De Spiritu Sancto, XV, 36).
El don del Espíritu Santo que, por la fe, inhabita en el alma del cristiano en gracia, representa, en esta última estrofa del himno, el punto culminante en la realización del proyecto divino de salvación. El Espíritu Santo que congregó a la Iglesia en Pentecostés (cfr Act 2, 1-4), es el mismo que anima y vivifica en su misión apostólica a través de los siglos a los fieles del nuevo Pueblo de Dios. El Magisterio de la Iglesia nos recuerda: «El Espíritu Santo ‘unifica en la comunión y en el ministerio, y provee de diversos dones jerárquicos y carismáticos’ (Lumen gentium, n. 4) a toda la Iglesia a través de todos los tiempos, vivificando, a la manera del alma, las instituciones eclesiásticas e infundiendo en el corazón de los fieles el mismo espíritu de misión que impulsó a Cristo. A veces también se anticipa visiblemente a la acción apostólica, de la misma forma que sin cesar la acompaña y dirige de diversas maneras» (Ad gentes, n. 4).
El nuevo Pueblo ha sido adquirido por Dios al precio de la Sangre de su Hijo. Al pueblo del AT ha sucedido el pueblo de los creyentes en Cristo, cualquiera que sea su procedencia. Todos forman ya la Iglesia, el Pueblo de los elegidos. El Conc. Vaticano II enseña: «Así como al pueblo de Israel, según la carne, peregrinando por el desierto, se le designa ya como Iglesia (cfr Esd 13, 1; Num 20, 4; Dt 23, 1 ss.), así al nuevo Israel, que caminando en el tiempo presente busca la ciudad futura y perenne (cfr Heb 13, 14), también es designado como Iglesia de Cristo (cfr Mt 16, 18), porque fue Él quien la adquirió con su sangre (cfr Act 20, 28), la llenó de su Espíritu y la dotó de los medios apropiados de unión visible y social. Dios formó una congregación de fieles que, creyendo, ven en Jesús al autor de la salvación y el principio de la unidad y de la paz, y la constituyó Iglesia a fin de que fuera para todos y cada uno el sacramento visible de esta unidad salvífica» (Lumen gentium, n. 9).
Éphésiens 1, 15-23
Las noticias que ha recibido el Apóstol le mueven a la acción de gracias y a la oración (vv. 15-16). Pero en seguida vuelve a contemplar la excelencia del conocimiento de los beneficios divinos y pide a Dios que lo otorgue a los lectores de la carta (vv. 17-19). Su plegaria se centra en Jesucristo por quien Dios ha manifestado su poder, al darle la victoria (vv. 20-21) y al constituirle Cabeza de la Iglesia (vv. 22-23).
Éphésiens 1, 15-16
La solicitud de San Pablo constituye un admirable ejemplo, especialmente para los responsables de la formación cristiana. Como él, han de pedir en sus oraciones por quienes dependen de ellos, deben dar gracias a Dios por los progresos de sus almas, y han de rogar al Espíritu Santo que les sea concedido el don de sabiduría e inteligencia. «Desempeña el cargo que ocupas con toda diligencia de cuerpo y espíritu —exhorta San Ignacio de Antioquía—. Preocúpate de la unidad, pues no existe nada mejor que ella. Llévalos a todos sobre ti como a ti te lleva et Señor. Sopórtalos a todos con espíritu de caridad, como ya lo haces. Dedícate sin pausa a la oración. Pide mayor inteligencia de la que ya tienes. Permanece alerta, como espíritu que desconoce el sueño. Habla a los hombres del pueblo al estilo de Dios» (Carta a Policarpo, I, 2-3).
La «fe en el Señor Jesús», no significa aquí creer en Jesucristo, sino que expresa cuál es el fundamento de la vida de fe. Viene a decir que quienes han recibido el don de la fe, viven en Cristo, y esa vida con Cristo hace que su fe sea realmente viva, y se manifieste en «la caridad hacia todos los santos». Por la fe se descubre que cada uno de los bautizados es hijo de Dios y, así, el amor fraterno entre los cristianos aparece como una consecuencia lógica.
Éphésiens 1, 17
El Dios a quien San Pablo se dirige es «el Dios de nuestro Señor Jesucristo», es decir, el Dios que se ha revelado a través de Cristo y al cual Jesús mismo en cuanto hombre, ora en petición de ayuda (cfr Lc 22, 42). El mismo Dios que antes —en el AT— era designado como «el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob» ahora es definido como «el Dios de nuestro Señor Jesucristo». Es el Dios personal, a quien se le reconoce por su relación con Cristo, el Hijo, que como mediador de la Nueva Alianza, obtiene de Dios Padre todo cuanto le pide. Y lo mismo nosotros si nos unimos a Él, según lo prometió: «si algo pedís al Padre en mi nombre, os lo concederá» (Ioh 16, 23; 15, 16). El Fundador del Opus Dei recuerda que Jesús es el Camino, el Mediador; en Él, todo; fuera de Él, nada. En Cristo, enseñados por Él, nos atrevemos a llamar Padre nuestro al Todopoderoso: el que hizo el cielo y la tierra es ese Padre entrañable (Es Cristo que pasa, n. 91).
El Apóstol llama también a Dios: «Padre de la gloria». La gloria de Dios significa su grandeza, poderío, plenitud de riqueza que al manifestarse suscita la admiración y el reconocimiento por parte del hombre. Así se había revelado Dios ya en la historia de Israel, mediante las acciones salvadoras en favor de su pueblo. Pedir a Dios que glorifique su nombre equivale a pedirle que se muestre salvador e intervenga con sus beneficios (cfr Ex 39, 25-29). La manifestación máxima de la gloria de Dios, o de su poder, ha sido, sin embargo, la resurrección de Jesucristo, y la del cristiano con Él (cfr Rom 6, 4; 1 Cor 6, 14). San Pablo en este pasaje invoca a Dios como «Padre de la gloria» para pedir que conceda a los cristianos una sabiduría sobrenatural con la que puedan reconocer la grandeza de los beneficios que les ha otorgado a través de su Hijo, es decir, para que puedan conocerle como Padre y origen de la gloria. El «espíritu de sabiduría y de revelación», que pide el Apóstol, es la concesión de dones especiales: por una parte, se trata de aquella sabiduría, don del Espíritu Santo, que penetra los misterios de Dios; «¿Quién hubiera conocido tu voluntad, si tú no le hubieses dado la sabiduría, y no le hubieses enviado de lo alto tu Espíritu Santo?» (Sap 9, 17). Esta sabiduría que ha sido dada a la Iglesia (cfr Eph 1, 8), pueden recibirla algunos fieles de una manera especial, como un don particular del Espíritu Santo. Por otra parte, el Apóstol pide que Dios les conceda espíritu «de revelación», es decir, la gracia —el carisma— de revelaciones personales, como le fue concedido a él (cfr 1 Cor 14, 6) y a otros fieles (cfr 1 Cor 14, 26). Se trata, no de revelación o conocimiento de nuevas verdades, sino de luces especiales del Espíritu Santo para que conozcan más profundamente la verdad de fe, o la voluntad de Dios en una circunstancia determinada.
Éphésiens 1, 18-19
Junto al conocimiento profundo de Dios, San Pablo pide para los cristianos el conocimiento pleno y vital de la esperanza, pues ambas realidades —Dios y nuestra esperanza— van inseparablemente unidas. Ya conoce la fe y la caridad de los fieles a los que escribe (cfr 1, 15); ahora pide que brille para ellos la esperanza: que Dios les ilumine interiormente para que descubran las consecuencias que tiene haber sido elegidos —llamados— a formar parte del pueblo santo de Dios, la Iglesia. La esperanza, por tanto, es un don de Dios: «La esperanza es una virtud sobrenatural, infundida por Dios en nuestra alma, con la cual deseamos y esperamos la vida eterna que Dios ha prometido a los que le sirven, y los medios necesarios para alcanzarla» (Catecismo Mayor, n. 893).
El fundamento de la esperanza es el amor y el poder de Dios que se ha manifestado en la Resurrección de Cristo. Ese mismo poder de Dios actúa en el cristiano. Como el proyecto de nuestra santidad es eterno, el mismo que nos ha llamado nos introducirá en una vida celeste e inmortal. Que el poder de Dios actúe en nosotros (cfr Rom 5, 5) no significa que nos veamos libres de dificultades. Recuerda San Josemaría Escrivá que mientras peleamos —una pelea que durará hasta la muerte—, no excluyas la posibilidad de que se alcen, violentos, los enemigos de fuera y de dentro. Y por si fuera poco ese lastre, en ocasiones se agolparán en tu mente los errores cometidos, quizá abundantes. Te lo digo en nombre de Dios: no desesperes. Cuando eso suceda —que no debe forzosamente suceder; ni será lo habitual—, convierte esa ocasión en un motivo de unirte más con el Señor; porque Él, que te ha escogido como hijo, no te abandonará. Permite la prueba, para que ames más y descubras con más claridad su continua protección, su Amor (Amigos de Dios, n. 214).
Éphésiens 1, 20-21
El Apóstol se admira profundamente de las maravillas que el poder de Dios Padre ha obrado en Cristo Jesús. De esta manera Cristo aparece como principio y modelo para nuestra esperanza. «Pues como la vida de Cristo configura y es ejemplo de nuestra santidad, así la gloria y exaltación de Cristo conforma y es ejemplo de nuestra gloria y exaltación» (Santo Tomás, Comentario sobre Eph, ad loc.)
Estar sentado a la «derecha» del Padre significa aquí, lo mismo que en otros lugares del NT (cfr Act 7, 56; Heb 1, 3; 1 Pet 3, 22), que Cristo resucitado participa en el poder regio de Dios. El Apóstol se sirve de una imagen muy conocida en las asambleas públicas de la época, en las que el emperador gobernaba sentado en un trono. El trono ha sido siempre el símbolo del poder supremo. Por esto explica el Catecismo Romano que, «estar sentado no significa en este lugar, situación y figura del cuerpo, sino que expresa la posesión firme y estable de la regia y suprema potestad y gloria que (Cristo) recibió del Padre» (I, 7, 3).
La preeminencia de Cristo es absoluta: sobre la creación entera, tanto material como espiritual, terrestre y celeste. «Todo Principado, Potestad, Virtud y Dominación»: Son los espíritus angélicos (cfr nota a Eph 3, 10), a quienes los falsos predicadores querían presentar como superiores a Cristo. San Pablo subraya, por el contrario, que Jesucristo en su Resurrección ha sido exaltado por Dios por encima de todos los seres.
Éphésiens 1, 22-23
En otras cartas anteriores, San Pablo había enseñado que la Iglesia es como un cuerpo (cfr Rom 12, 4 s.; 1 Cor 12, 12 ss.). Ahora, lo mismo que en Col 1, 18, profundiza más en esa comparación y afirma que la Iglesia es el cuerpo de Cristo, y Cristo Cabeza de la Iglesia. Esta enseñanza se repite, una y otra vez, en las Cartas de la Cautividad (cfr Col 1, 18; Eph 5, 23 s.). La imagen del cuerpo y la cabeza resalta la función vitalizadora y salvífica de Cristo sobre la Iglesia, a la vez que su supremacía sobre ella (cfr Santo Tomás, Comentario sobre Eph, ad loc.; véase también la nota a Col 1, 18). Esta realidad colma de alegría a los cristianos, quienes al estar incorporados a la Iglesia por el Bautismo, son realmente miembros del Cuerpo de nuestro Señor. «No es orgullo —hacía considerar Pablo VI—, no es presunción, no es obstinación, no es locura, sino luminosa certeza y gozosa convicción la que tenemos de haber sido constituidos miembros vivos y genuinos del Cuerpo de Cristo, de ser auténticos herederos del Evangelio de Cristo» (Ecclesiam suam, n. 33).
Esta imagen manifiesta, además, la fuerza de la unión de Cristo con su Iglesia y su amor profundo: la «amó tanto —observa San Juan de Ávila—, que aunque ordinariamente vemos que uno pone su brazo para recibir el golpe por salvar la cabeza, este bendito Señor, siendo Cabeza, se puso delante del golpe de la justicia divina, y murió en la cruz por dar la vida a su cuerpo, que somos nosotros. Y después de habernos vivificado, mediante la penitencia y los sacramentos, nos regala, defiende y mantiene como a cosa tan suya, que no se contenta con llamarnos siervos, amigos, hermanos o hijos, sino que para mostrar mejor su amor y damos más honra, nos pone su nombre. Porque, por esta inefable unión de Cristo, Cabeza, con la Iglesia, su Cuerpo, Él y nosotros somos llamados un Cristo» (Audi, filia, cap. 84).
A la Iglesia, Cuerpo de Cristo (cfr 1 Cor 12, 12), la designa también el Apóstol con la palabra «plenitud» (véase nota a Col 1, 19). Significa que, mediante la Iglesia, Cristo se hace presente y llena todo el universo, y a todo él se extienden los frutos de su obra redentora. Al ser instrumento de Cristo en la administración universal de su gracia, la Iglesia no se reduce, como el antiguo Israel del AT, a un pueblo o raza determinados, ni delimita sus fronteras a un área geográfica concreta. Por ser ilimitada en su gracia, lo es también en la llamada que dirige a todos los hombres para que, en Cristo, alcancen la salvación. Desde hace siglos la Iglesia está extendida por todo el mundo —comenta el Fundador del Opus Dei—; y cuenta con personas de todas las razas y condiciones sociales. Pero la catolicidad de la Iglesia no depende de la extensión geográfica, aunque esto sea un signo visible y un motivo de credibilidad. La Iglesia era católica ya en Pentecostés; nace Católica del Corazón llagado de Jesús, como fuego que el Espíritu Santo inflama (...). ‘La llamamos Católica, escribe San Cirilo, no sólo porque se halla difundida por todo el orbe de la tierra, de uno a otro confín, sino porque de modo universal y sin defecto enseña todos los dogmas que deben conocerlos hombres, de lo visible y de lo invisible, de lo celestial y de lo terreno. También porque somete al recto culto a toda clase de hombres, gobernantes y ciudadanos, doctos e ignorantes. Y, finalmente, porque cura y sana todo género de pecados, sean del alma o del cuerpo, poseyendo además —con cualquier nombre que se le designe— todas las formas de virtud, en hechos y en palabras y en cualquier especie de dones espirituales’ (Catechesis, 18, 23) (Lealtad a la Iglesia).
Toda la gracia le llega a la Iglesia por Cristo. El Conc. Vaticano II nos recuerda: «Él mismo conforta constantemente a su Cuerpo que es la Iglesia, con los dones de los ministerios, por los cuales, con la virtud derivada de Él, nos prestamos mutuamente los servicios para la salvación, de modo que viviendo la verdad en caridad, crezcamos por todos los medios en Él» (Lumen gentium, n. 7). Por esto San Pablo llama a la Iglesia «cuerpo» de Cristo; y, en este sentido, ella es «plenitud» (plêrôma) de Cristo, no porque la Iglesia complete a Cristo, sino porque es ella la que está llena de Cristo, formando con Él un solo cuerpo, un solo organismo espiritual, cuyo principio unificador y vivificante es Cristo-Cabeza. Se resalta, así, la absoluta supremacía de Cristo, cuyo flujo, a la par vivificador y unificante, se extiende de Dios a Cristo, de Cristo a la Iglesia, y de ésta a todos los hombres. Jesucristo es, en realidad, quien lo llena todo en todas las cosas (cfr Eph 4, 10; Col 1, 17-19; 2, 9 s.).
El hecho de que la Iglesia sea Cuerpo de Cristo es una razón más para amarla y servirla. Por eso, enseña el Papa Pío XII: «Para que este amor sólido e íntegro more en nuestras almas y aumente de día en día, es necesario que nos acostumbremos a ver en la Iglesia al mismo Cristo. Porque Cristo es quien vive en su Iglesia, quien por medio de ella enseña, gobierna y confiere la santidad; Cristo es también quien de varios modos se manifiesta en sus diversos miembros sociales» (Mystici Corporis, n. 43).
Chapitre n°2