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Galates 6, 11

Aquí, como en otras ocasiones y con extensión algo mayor (cfr 1 Cor 16, 21; Col 4, 18; 2 Thes 3, 17; Philm 19), San Pablo alude a unas palabras escritas por él mismo, de su puño y letra. Sabemos que, según la costumbre de la época, el Apóstol no escribía directamente sus cartas, sino que habitualmente las dictaba a un amanuense. Por ejemplo, en Rom 16, 22 éste envía también un saludo personal a los destinatarios. El mismo modo de escribir lo utiliza San Pedro en su primera carta, en la que el amanuense nos dice incluso su propio nombre: Silvano (cfr 1 Pet 5, 12).

 

Galates 6, 14

Los circuncisos —tanto judíos como cristianos— se jactaban de llevar en su carne la señal de la Antigua Alianza, la circuncisión. San Pablo les hace ver que sólo hay un motivo de gloria para él: la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, con la que se selló la Nueva Alianza, se cumplió la Redención y, por eso, ha llegado a ser la señal del cristiano. Éste era el contenido central de su predicación: la fuerza y la sabiduría de Dios (cfr 1 Cor 1, 23-24). La afirmación del Apóstol ha sido repetida por los cristianos y ha sugerido páginas de una gran piedad y unción. Así, por ejemplo, en una homilía pascual del siglo II, de autor desconocido, se dice: «Cuando me sobrecoge el temor de Dios, la Cruz es mi protección; cuando tropiezo, mi auxilio y mi apoyo; cuando combato, el premio; y cuando venzo, la corona. La Cruz es para mí una senda estrecha, un camino angosto: la escala de Jacob, por donde suben y bajan los ángeles, y en cuya cima se encuentra el Señor».

De la Santa Cruz proviene nuestra salvación, pues en ella quiso morir Jesús por nuestros pecados. Por eso, decía San Juan Crisóstomo como en un cántico: «La Cruz es el trofeo erigido contra los demonios, la espada contra el pecado, la espada con la que Cristo atravesó a la serpiente; la Cruz es la voluntad del Padre, la gloria de su Hijo Único, el júbilo del Espíritu Santo, el ornato de los ángeles, la seguridad de la Iglesia, el motivo de gloria de Pablo, la protección de los santos, la luz de todo el orbe» (De coemeterio et de cruce, 2).

Por su parte San Anselmo exclama emocionado: «¡Oh Cruz, que has sido escogida y preparada para bienes tan inefables!, eres alabada y ensalzada no tanto por la inteligencia y la lengua de los hombres, ni aun de los ángeles, como por las obras que gracias a ti se realizaron. ¡Oh Cruz, en quien y por quien me han venido la salvación y la vida, en quien y por quien me llega todo bien!, Dios no quiera que yo me gloríe si no es en ti (cfr Gal 6, 14)» (Oraciones y meditaciones, 4).

La Cruz, por tanto, ha de ser para cada cristiano, en la vida diaria, su apoyo y su fuerza: Cuando veas una pobre Cruz de palo, sola, despreciable y sin valor... y sin Crucifijo, no olvides que esa Cruz es tu Cruz: la de cada día, la escondida, sin brillo y sin consuelo..., que está esperando el Crucifijo que le falta: y ese Crucifijo has de ser tú (Camino, n. 178).

 

Galates 6, 15

La expresión «nueva criatura» tiene un gran contenido teológico. Señala la trascendencia de la gracia sobrenatural sobre toda acción humana: como la creación fue obrada por Dios a partir de la nada, así también la gracia es concedida sin méritos anteriores. Por otra parte, la frase indica que, en orden a la salvación, lo único que vale ante Dios es la gracia: lo mismo que las cosas existen porque han sido creadas, así el hombre vive en el orden sobrenatural porque ha sido «creado de nuevo». Por último, esta expresión nos permite entender algo del misterio de la gracia: así como en la creación se nos comunica el ser, una naturaleza y unas facultades, de manera semejante en la nueva creación se nos comunica una participación de la naturaleza divina, se nos da una nueva naturaleza (sobrenaturaleza) y todo un organismo sobrenatural (virtudes infusas y dones del Espíritu Santo).

La naturaleza que Dios nos otorgó por la creación fue dañada por el pecado de Adán y llegó a ser en sentido propio una «vieja criatura», el hombre viejo. Por tanto, la vida nueva, o nueva creación, brilla por contraste sobre el fondo oscuro del pecado y de la muerte causados por la caída de Adán. «Hemos sido creados —comenta Santo Tomás— y hemos recibido el ser natural por medio de Adán; pero aquella criatura ya había envejecido, se había corrompido, y por esto el Señor, al hacernos y al constituirnos en el estado de gracia, obró una especie de criatura nueva. ‘Para que fuéramos como la primicia de su creación’ (Iac 1, 18). Y añade ‘nueva’ porque somos renovados por Él mediante una vida nueva; y también por el Espíritu Santo. ‘Envía tu Espíritu y serán creados, y renovarás la faz de la tierra’ (Ps 104, 30); y por la Cruz de Cristo (...). Así pues, por medio de la nueva criatura, es decir, por la fe en Cristo y por el amor de Dios, que ha sido derramado en nuestros corazones, somos renovados y nos unimos a Cristo» (Comentario sobre Gal, ad loc.).

En varios lugares del Nuevo Testamento se nos revela este paralelismo entre la creación y la nueva creación (re-creación). En efecto, la vida nueva que se consigue a través de la unión con Cristo es llamada «nueva criatura» (cfr 2 Cor 5, 17). Esta nueva criatura es el hombre nuevo, que no ha nacido de la voluntad de la carne y de la sangre, sino de Dios (cfr Ioh 1, 12-13), el hombre elevado al estado sobrenatural de la gracia, creado en Cristo (cfr Eph 2, 10.15) para una vida de justicia y santidad (cfr Rom 6, 4; Col 3, 9-10), el hijo adoptivo y heredero de Dios (cfr Rom 8, 16), en el cual en definitiva se manifiesta la vida misma de Cristo (cfr Gal 2, 20).

 

Galates 6, 17

Alusión a la señal o estigma con que se marca a las reses para indicar a qué ganadería pertenecen. En la antigüedad se usaba también en los esclavos —para señalar a qué familia pertenecían— o en los seguidores de algunas religiones. San Pablo alude a esas costumbres para declararse metafóricamente siervo del Señor.


 

 

 

NOTAS a la Epístola a los Efesios (EUNSA)

 

 

Chapitre n°1

 

Éphésiens 1, 1

Como es habitual en las demás cartas. San Pablo comienza con un saludo en el que señala su condición, el título por el que envía la carta —es «apóstol de Jesucristo»—, y la dignidad de los destinatarios —«santos y fieles en Cristo Jesús»—. Se presenta como «apóstol», esto es, como «enviado» de Cristo Jesús. La vocación al apostolado tiene su origen en la voluntad de Dios: es una gracia, una muestra de predilección divina. A San Pablo, Cristo se le reveló en el camino de Damasco (cfr Act 9, 3-18), después fue enviado a predicar por inspiración del Espíritu Santo (cfr Act 13, 2 s.); y transmitió de palabra y por escrito la doctrina que había recibido del Señor (cfr 1 Cor 11, 23), de modo que puede decir con toda verdad que él es «apóstol» (cfr nota a Rom 1, 1).

Con frecuencia. San Pablo llama a los cristianos «santos» (cfr Rom 1, 7; 1 Cor 1, 2; Phil 1, 1; etc.) y «fieles» (cfr Col 1, 2). Son títulos que expresan lo que el cristiano ha llegado a ser por el Bautismo (cfr Eph 5, 26).

Todos los bautizados están llamados a vivir la santidad, como consecuencia de lo que realmente son: santos y fieles. La santidad, por tanto, es un regalo de Dios que exige, al mismo tiempo, el empeño del hombre para conseguirlo y desarrollarlo. Así lo enseña el Concilio Vaticano II: «Es, pues, completamente claro que todos los fíeles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, y esta santidad suscita un nivel de vida más humano incluso en la sociedad terrena. En el logro de esta perfección empeñan los fieles las fuerzas recibidas según la medida de la donación de Cristo, a fin de que, siguiendo sus huellas y hechos conforme a su imagen, obedeciendo en todo a la voluntad del Padre, se entreguen con toda su alma a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Así, la santidad del Pueblo de Dios producirá abundantes frutos, como brillantemente lo demuestra la historia de la Iglesia con la vida de tantos santos» (Lumen gentium, n. 40).

El calificativo de «fieles» indica no sólo que los destinatarios de la carta han recibido la fe como un don (cfr Eph 2, 8), sino que permanecen en ella con fidelidad, con firmeza, en medio de todas las asechanzas del Maligno (cfr Eph 6, 10-13). En la Iglesia, todos los cristianos somos llamados «fieles», también una vez que hemos recibido la fe por el sacramento del Bautismo: «Son fieles cristianos quienes, incorporados a Cristo por el bautismo, se integran en el pueblo de Dios, y hechos partícipes a su modo por esta razón de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, cada uno según su propia condición, son llamados a desempeñar la misión que Dios encomendó cumplir a la Iglesia en el mundo» (Código de Derecho Canónico, can. 204, 1).

 

Éphésiens 1, 2

El saludo habitual entre los hebreos consiste en desearse la paz (en hebreo, shalom). La paz es uno de los dones que —según estaba profetizado— traería el Mesías. Después de la Encamación del Hijo de Dios, y cumplida de este modo la profecía sobre la presencia del «príncipe de la paz» entre los hombres (cfr Is 9, 5), oír ese saludo en labios de los Apóstoles implica el anuncio gozoso de que ha llegado la paz mesiánica: todos los bienes celestiales y terrenos pueden ser alcanzados porque Jesús, el Mesías, con su muerte y resurrección ha roto para siempre la enemistad entre Dios y los hombres: «Justificados, pues, por la fe, estamos en paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo» (Rom 5, 1).

La expresión «la gracia y la paz de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo» es la habitual en otras cartas de San Pablo. Sobre su significado véase Rom 1, 7; 1 Cor 1, 3.

 

Éphésiens 1, 3-14

Los vv. 3-14 son un himno de alabanza a Dios, por el plan de salvación que ha decretado y realizado en favor de todos los hombres y de todo el universo. Está redactado en prosa rítmica de estilo litúrgico, parecido al de Col 1, 15-20. En el texto griego tiene la forma de una larguísima frase compuesta, cuyas cláusulas se encadenan por medio de pronombres relativos y participios, presentando así una unidad bien trabada. Se pueden distinguir, no obstante, dos secciones:

La primera (vv. 3-10), dividida en cuatro estrofas, presenta los beneficios, o bendiciones, que contiene el plan salvífico de Dios, llamado por San Pablo «el Misterio». Comienza con una alabanza a Dios por su designio eterno, antes de la creación, de convocarnos en la Iglesia como una comunidad de santos (primera estrofa: vv. 3 s.), y de concedernos en ella por medio de Jesucristo la gracia de la filiación divina (segunda estrofa: vv. 5 s.). A continuación contempla la obra de la Redención llevada a cabo por Jesucristo, por la que se ha cumplido el proyecto eterno de Dios (tercera estrofa: vv. 7 s.). Esta sección culmina en la cuarta estrofa (vv. 9.s.), en la que se anuncia la recapitulación de todas las cosas en Cristo, la más alta cima de la revelación del plan salvífico divino.

La segunda sección — dividida, a su vez, en dos estrofas— trata ya en particular de la aplicación de ese plan de salvación primero a los judíos (estrofa quinta: vv. 11 s.), y después a los gentiles, llamados también a participar de la promesa, para formar —judíos y gentiles— un solo pueblo: la Iglesia (estrofa sexta: vv. 13 s.).

En la Sagrada Escritura son frecuentes los himnos de bendición a Dios o «euloguías» (cfr Ps 8; 19; Dan 2, 20-23; Lc 1, 46-54.68-78; etc.). En ellos estalla la alabanza al Señor por los beneficios de su obra creadora, o por las intervenciones prodigiosas en favor de su pueblo. San Pablo, inspirado por el Espíritu Santo, alaba a Dios Padre por toda la obra salvadora de Cristo, que comprende desde el proyecto divino decretado antes de la creación del mundo, hasta la consumación de la historia, y la recapitulación de todas las cosas en Cristo.

La actitud de alabanza que vemos en San Pablo, debe ser permanente en nosotros. «Toda nuestra vida presente debe discurrir en la alabanza de Dios, porque en ella consistirá la alegría sempiterna de la vida futura, y nadie puede hacerse idóneo de la vida futura, si no se ejercita ahora en esta alabanza» (San Agustín, Enarrationes in Psalmos, 148).

La alabanza es, en efecto, la actitud más propia del hombre ante Dios: ¿Cómo te atreves a emplear ese chispazo del entendimiento divino, que es tu razón, en otra cosa que no sea dar gloria a tu Señor? (Camino, n. 782).

 

Éphésiens 1, 3

San Pablo bendice a Dios, en cuanto Padre de nuestro Señor Jesucristo, porque, a través de Cristo, nos han llegado todas las bendiciones o beneficios divinos. La acción de Dios en favor de los hombres es común a las tres divinas Personas, y por tanto, el proyecto eterno de Dios, que aquí contempla el Apóstol, tiene su origen en la Santísima Trinidad. «No ha de pensarse —enseña el XI Concilio de Toledo— que estas tres personas son separables, pues no ha de creerse que existió u obró nada jamás una antes que otra, una después que otra, una sin la otra. Porque son inseparables tanto en lo que son como en lo que hacen» (Símbolo De Trinitate, Dz-Sch, n. 531). En la realización de este proyecto divino de salvación al Hijo se atribuye la obra de la Redención, y al Espíritu Santo la tarea de la santificación. Podemos imaginar —para acercamos de algún modo a este misterio insondable— que la Trinidad Beatísima se reúne en consejo, en su continua relación íntima de amor inmenso y, como resultado de esa decisión eterna, el Hijo Unigénito de Dios Padre asume nuestra condición humana, carga sobre sí nuestras miserias y nuestros dolores, para acabar cosido con clavos a un madero (Es Cristo que pasa, n. 95).

San Pablo llama bendiciones espirituales al conjunto de los dones que ha aportado la realización del plan salvífico, porque estos dones son distribuidos a los hombres por la acción del Espíritu Santo. Al decir «en los cielos», y antes «en Cristo» el Apóstol está señalando la forma en que hemos sido bendecidos: a través de Cristo resucitado y elevado a los cielos, que nos ha introducido también a nosotros en el mundo de Dios (cfr 1, 20; 2, 6).

La expresión benedictus (bendito) dirigida a Dios supone el reconocimiento, por parte del hombre, de la grandeza y bondad divinas, y manifiesta la alegría por los dones recibidos (cfr Lc 1, 46.68). Santo Tomás de Aquino comenta así la significación de este pasaje: «El Apóstol dice ‘Benedictus’, o sea, por mi parte, por la vuestra y por la de otros; con el corazón, con la boca y con las obras; alabarle como a Dios y como a Padre, pues es Dios por su esencia, y Padre por su poder generador» (Comentario sobre Eph, 1, 6).

La alabanza a Dios nuestro Señor, a la que nos invita con tanta frecuencia la Sagrada Escritura (cfr Ps 8; 19; 33; 46-48; etc.), no sólo se realiza con palabras, sino también con las obras: «Quien hace el bien con sus manos, alaba al Señor, y quien le confiesa con la boca, alaba al Señor. Alábale con la boca, alábale con las obras» (Enarrationes in Psalmos, 91, 2).

 

Éphésiens 1, 4

A lo largo del himno, el Apóstol va especificando cada una de las bendiciones o beneficios que se contienen en el proyecto eterno de Dios. La primera de estas bendiciones es la elección, antes de la creación del mundo, de quienes iban a formar parte de la Iglesia. En efecto, el término empleado por San Pablo, que hemos traducido por: «nos eligió», es el mismo que aparece en la versión griega del AT para designar la elección de Israel. La Iglesia, nuevo pueblo de Dios, está constituida por la reunión en Cristo y en torno a Cristo de quienes han sido elegidos y llamados a la santidad. Esto indica que la Iglesia, aunque haya sido fundada por Cristo en un momento concreto de la historia, remonta su origen al designio eterno de Dios. «El Padre eterno, por una disposición libérrima y arcana de su sabiduría y bondad (...), a todos los elegidos antes de todos los siglos, a los que de antemano conoció también los predestinó para que lleguen a ser conformes a la imagen de su Hijo, a fin de que él fuese primogénito entre muchos hermanos (Rom 8, 29). Y estableció convocar a quienes creen en Cristo en la Santa Iglesia, que ya fue prefigurada desde el origen del mundo, preparada admirablemente en la historia del pueblo de Israel y en la Antigua Alianza, constituida en los tiempos definitivos, manifestada por la efusión del Espíritu, y que se consumará gloriosamente al final de los tiempos» (Lumen gentium, n. 2).

La elección tiene como fin «que seamos santos y sin mancha en su presencia». Del mismo modo que en el AT la víctima que se ofrecía a Dios debía ser perfecta, sin tara alguna (cfr Gen 17, 1), la santidad «sin mancha» a la que Dios nos ha destinado, ha de ser plena, inmaculada. Aunque ya en el Bautismo hemos sido santificados (cfr nota a 1, 1), y durante la vida procuramos crecer, con ayuda de Dios, en la santidad recibida, sin embargo, la plenitud de la santidad sólo la alcanzaremos en la gloria del Cielo.

La santidad que hemos recibido es un don gratuito de Dios, sin mérito alguno de nuestra parte, ya que aún no existíamos cuando Dios nos eligió. Nos ha escogido, desde antes de la constitución del mundo, para que seamos santos. Yo sé —comenta el Fundador del Opus Dei— que esto no te llena de orgullo, ni contribuye a que te consideres superior a los demás hombres. Esa elección, raíz de la llamada, debe ser la base de tu humildad. ¿Se levanta acaso un monumento a los pinceles de un gran pintor? Sirvieron para plasmar obras maestras, pero el mérito es del artista. Nosotros —los cristianos— somos sólo instrumentos del Creador del mundo, del Redentor de todos los hombres (Es Cristo que pasa, n. 1).

«Por el amor»: Se refiere en primer lugar al amor de Dios para con nosotros. «Si Dios nos ha honrado con una infinidad de beneficios, es gracias a su amor y no al valor de nuestros méritos. Nuestro fervor y nuestra fuerza, nuestra fe y nuestra unidad son fruto de la benevolencia de Dios y de nuestra correspondencia a su bondad» (Hom. sobre Eph, ad loc.).

En la elección y la llamada a la santidad, así como en el don de la filiación divina se revela que Dios es Amor (cfr 1 Ioh 4, 8), en cuanto que, de esa forma, hemos sido hechos partícipes de la misma naturaleza divina (cfr 2 Pet 1, 4), y en consecuencia, del amor de Dios.

De ahí que la expresión «por el amor» incluya también el amor del cristiano hacia Dios y hacia los demás. Se comprende así que la caridad es participación del mismo amor de Dios, y es, por tanto, la esencia de la santidad, la ley del cristiano, sin la cual todo lo demás pierde su valor (cfr 1 Cor 13, 1-3).

 

Éphésiens 1, 5

El Apóstol continúa contemplando el alcance del proyecto eterno de Dios: los elegidos para formar parte de la Iglesia han sido, además, como en una segunda bendición, predestinados a ser hijos adoptivos de Dios. «La condición de este pueblo —enseña el Concilio Vaticano II— es la dignidad y libertad de los hijos de Dios, en cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un templo» (Lumen gentium, n. 9).

La predestinación de la que habla el Apóstol consiste en que Dios, según su libre beneplácito, determinó desde la eternidad que los miembros del nuevo pueblo de Dios alcanzaran la santidad mediante el don de la filiación adoptiva. Dios quiere que todos los hombres se salven (cfr 1 Tim 2, 4) y a cada uno proporciona los medios necesarios para alcanzar la vida eterna. A nadie, por tanto, predestina a la condenación (cfr De praedestinatione, can. 3).

La filiación divina del cristiano tiene su fuente en Jesucristo. El Hijo único consustancial del Padre, ha asumido la naturaleza humana para hacer a los hombres hijos de Dios por adopción (cfr Rom 8, 15.29; 9, 4; Gal 4, 5). De modo que cada uno de los miembros de la Iglesia puede decir: «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!» (1 Ioh 3, 1).

Esa relación de adopción no es algo solamente jurídico, de tipo externo y puramente accidental. La adopción divina afecta a todo el ser del hombre y lo introduce en la misma vida de Dios, ya que por el bautismo somos hechos realmente hijos suyos, partícipes de la misma naturaleza divina (cfr 2 Pet 1, 4). La filiación divina es, pues, el mayor de los dones que Dios ha concedido en esta tierra. ¡Bendito sea Dios!, se podría clamar de nuevo siguiendo a San Pablo (v. 3) al considerar esta realidad gozosa, pues es propio de los hijos manifestar abiertamente el reconocimiento y el amor debidos a su padre.

La filiación divina es fuente de consecuencias fecundas para la vida espiritual. Un hijo de Dios trata al Señor como Padre. Su trato no es un obsequio servil, ni una reverencia formal, de mera cortesía, sino que está lleno de sinceridad y de confianza. Dios no se escandaliza de los hombres. Dios no se cansa de nuestras infidelidades. Nuestro Padre del Cielo perdona cualquier ofensa, cuando el hijo vuelve de nuevo a Él, cuando se arrepiente y pide perdón. Nuestro Señor es tan Padre, que previene nuestros deseos de ser perdonados, y se adelanta, abriéndonos los brazos con su gracia (Es Cristo que pasa, n. 64).

Véanse las notas a Ioh 1, 12.13.

 

Éphésiens 1, 6

El don de la filiación divina es la suprema manifestación de la gloria de Dios, ya que en ese don se ha revelado la plenitud del amor de Dios al hombre. San Pablo pone de relieve la finalidad de ese proyecto eterno de Dios: «Para alabanza de la gloria de su gracia». La gloria de Dios se ha manifestado a través de su amor misericordioso, por el que nos ha hecho sus hijos, según el proyecto eterno de su voluntad. Tal proyecto «dimana del ‘amor fontal’ o caridad de Dios Padre (...), que creándonos libremente por un acto de su abundante y misericordiosa benignidad, y llamándonos, gratuitamente, a participar con Él en la vida y en la gloria, difundió con liberalidad, y no cesa de difundir, la bondad divina, de suerte que el que es Creador de todas las cosas, ha venido a hacerse todo en todas las cosas (1 Cor 15, 28), procurando a su vez su gloria y nuestra felicidad» (Ad gentes, n. 2).

La gracia de la que aquí habla San Pablo, y por la que se manifiesta la gloria de Dios, se refiere en primer lugar al carácter totalmente gratuito de las bendiciones divinas, e incluye también los dones de la santidad y filiación divina, con que es agraciado el cristiano.

«En el Amado»: El AT insiste una y otra vez en que Dios ama a su pueblo y en que Israel es el pueblo amado de Dios (cfr Dt 33, 12; Is 5, 1.7; 1 Mach 6, 11; etc.). En el NT se llama a los cristianos «amados de Dios» (1 Thes 1, 4; cfr Col 3, 12). Sin embargo, «el Amado», en sentido estricto, es únicamente nuestro Señor Jesucristo. Así lo manifestó Dios Padre desde la nube resplandeciente en la Transfiguración: «Éste es mi Hijo, el Amado, en quien tengo mis complacencias» (Mt 17, 5). El Hijo de su amor ha conseguido la Redención de los hombres, el perdón de los pecados (cfr Col 1, 13 s.), y con su gracia nos hace gratos a Dios, capaces de ser amados con el mismo amor con que ama a su Hijo. En la Última Cena, Jesucristo rogó al Padre precisamente por esto: para que «conozca el mundo que Tú (...) los has amado como me amaste a mí» (Ioh 17, 23). «Ved —señala San Juan Crisóstomo— que Pablo no dice que esta gracia nos ha sido dada sin ningún fin, sino que nos ha sido dada para hacernos agradables y amables a sus ojos, una vez purificados de nuestros pecados» (Hom. sobre Eph, ad loc.).

 

Éphésiens 1, 7-8

San Pablo centra ahora su atención en la obra redentora de Cristo —tercera bendición— mediante la cual se ha realizado en la historia el proyecto eterno de Dios descrito en los vv. precedentes.

Redimir significa liberar. La redención de parte de Dios aparece ya en el AT cuando el pueblo de Israel fue liberado de la esclavitud de Egipto (cfr Ex 11, 7 ss.). Entonces, mediante la sangre del cordero rociada sobre los dinteles de las casas de los hebreos, sus primogénitos fueron liberados de la muerte. Para recordar esta salvación celebraban, por mandato divino, el rito de la Pascua sacrificando el cordero pascual (cfr Ex 12, 47). Esta redención de la esclavitud en Egipto, sin embargo, no era más que una figura de la Redención realizada por Cristo. «Esta obra de la redención humana y de la perfecta glorificación de Dios, preparada por las maravillas que Dios obró en el pueblo de la Antigua Alianza, Cristo el Señor la realizó principalmente por el misterio pascual de su bienaventurada pasión, resurrección de entre los muertos y gloriosa ascensión» (Sacrosanctum Concilium, n. 5). Jesucristo, mediante su sangre derramada en la cruz, nos ha rescatado de la servidumbre del pecado y del poder del demonio y de la muerte (cfr nota a Rom 3, 24-25); Él es, por tanto, el verdadero Cordero Pascual (cfr Ioh 1, 29). «Cuando reflexionamos que hemos sido redimidos, no con cosas perecederas, como el oro y la plata, sino con la sangre preciosa de Cristo (cfr 1 Pet 1, 18 s.), como cordero inocentísimo y purísimo, fácilmente juzgaremos que no pudo sobrevenirnos cosa más beneficiosa que esta potestad —recibida por la Iglesia— de perdonar los pecados, la cual pone de manifiesto la inexplicable providencia y la suma caridad de Dios con nosotros» (Catecismo Romano, I, 11, 10).

El fruto de la Redención de Cristo es la liberación de la más profunda esclavitud: la del pecado. En efecto, «el hombre es consciente de su incapacidad para vencer con eficacia por sí solo los ataques del mal —nos recuerda el Conc. Vaticano II—, hasta el punto de sentirse aherrojado entre cadenas. Pero el Señor vino en persona para liberar y vigorizar al hombre, renovándole interiormente y expulsando al príncipe de este mundo (cfr Ioh 12, 31) que le retenía en la esclavitud del pecado. El pecado rebaja al hombre, impidiéndole lograr su propia plenitud» (Gaudium et spes, n. 13).

Nuestro Señor realizó la Redención movido por su infinito amor al hombre, que sobrepasa cuanto el mismo hombre podría esperar. La riqueza de este amor gratuito se manifiesta sobre todo en la generosidad del perdón divino, pues, «una vez que llegó al colmo el pecado, sobreabundó la gracia» (Rom 5, 20); este perdón, alcanzado por medio de la muerte de Cristo en la cruz, es la mayor muestra del amor de Dios, ya que, «nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos» (Ioh 15, 13). Si Dios Padre entregó a su Hijo a la muerte para la remisión de los pecados de los hombres, «lo hizo para revelar el amor que es siempre más grande que todo lo creado —recuerda Juan Pablo II—, el amor que es Él mismo, porque ‘Dios es amor’ (1 Ioh 4, 8.16). Y, sobre todo, el amor es más grande que el pecado, que la debilidad, que la ‘vanidad de la creación’ (cfr Rom 8, 20), más fuerte que la muerte» (Redemptor hominis, n. 9).

Por la Redención, Cristo nos alcanza el perdón de los pecados, restaurando así la verdadera dignidad del hombre. «La Iglesia, que no cesa de contemplar el conjunto del misterio de Cristo —enseña el Papa Juan Pablo II—, sabe con toda la certeza de la fe que la Redención llevada a cabo por medio de la Cruz, ha vuelto a dar definitivamente al hombre la dignidad y el sentido de su existencia en el mundo, sentido que había perdido en gran medida a causa del pecado» (Redemptor hominis, n. 10). Es así como se manifiestan la sabiduría y prudencia divinas respecto al hombre.

 

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