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Hébreux 2, 6

El Ps 8 es un himno de alabanza a Dios por haber creado todas las cosas y en especial al hombre, a quien puso como dueño de toda la tierra. Las palabras del Salmo citadas alaban precisamente el amor solícito y providente que Dios muestra por el hombre al constituirle, a pesar de su debilidad, rey de la creación.

Sin embargo, en el texto de la epístola se nos revela que las palabras del Salmo tienen un sentido más profundo. Se refieren a Jesús (cfr 1 Cor 15, 27; Eph 1, 22) y especialmente a su humillación. «Aunque estas palabras se pueden aplicar a todo hombre —comenta San Juan Crisóstomo— sin embargo convienen propiamente a Cristo. Pues las palabras ‘todo lo sometiste bajo sus pies’ (v. 8) le convienen más a Él que a nosotros, ya que el Hijo de Dios nos visitó a nosotros que no éramos nada y cuando asumió y amó para Sí lo que es nuestro, se hizo superior a todos» (Hom. sobre Heb, 4).

El autor de Hebreos utiliza el Ps 8 para mostrar la superioridad de Cristo sobre los ángeles, descubriendo en las palabras del Salmo un profundo sentido mesiánico. En efecto, el hombre «coronado de gloria y honor» es Jesucristo resucitado y sentado a la derecha del Padre, y aquél a quien han sido sometidas todas las cosas es también el mismo Jesucristo (cfr 1, 13), como proclama San Pablo en 1 Cor 15, 27; Eph 1, 22; Phil 3, 21.

 

Hébreux 2, 7

Se cita el Ps 8, 5-7, aplicándolo a Jesucristo. Tal acomodación plantea algunos problemas lingüísticos y de sentido. Así, la expresión «sólo un poco inferior» está tomada seguramente en un sentido temporal, es decir, como se traducirá en el v. 9: «por un momento inferior». Véase nota a 2, 9.

 

Hébreux 2, 8

Consecuente con la aplicación a Cristo de las palabras del Ps 8, 5-7, se afirma que Dios Padre sometió todas las cosas al dominio del Hijo. Esto no significa desigualdad o diferencia de poder o de naturaleza entre el Padre y el Hijo; es decir, como si el Hijo estuviera sometido al Padre, y Éste a su vez le concediera —como a un subordinado— el poder sobre el mundo. «Arrio argumenta así —escribe Santo Tomás—: el Padre sometió todo al Hijo; luego el Hijo es menor que el mismo Padre. Respondo que es cierto que el Padre sometió todo al Hijo según la naturaleza humana, en la que es menor que el Padre, como dice San Juan: ‘el Padre es mayor que yo’ (14, 28). Pero según la naturaleza divina, el mismo Cristo se sometió todas las cosas a Sí mismo» (Comentario sobre Heb, 2, 2).

El dominio universal de Cristo está velado a los ojos de los hombres, y no se manifestará hasta su segunda venida como Señor y Juez de vivos y muertos. Cristo, Dios y Hombre verdadero, vive y reina y es el Señor del mundo. Sólo por Él se mantiene en vida todo lo que vive.

¿Por qué, entonces, no se aparece ahora en toda su gloria? Porque su reino ‘no es de este mundo’ (Ioh XVIII, 36), aunque está en el mundo (...). Los que esperaban del Mesías un poderío temporal visible se equivocaban (...). Cuando Cristo inicia su predicación en la tierra, no ofrece un programa político, sino que dice: ‘haced penitencia, porque está cerca el reino de los cielos’ (Mt III 2; IV, 17); encarga a sus discípulos que anuncien esa buena nueva (cfr Lc X, 9), y enseña que se pida en la oración el advenimiento del reino (cfr Mt VI, 10) (Es Cristo que pasa, n. 180).

 

Hébreux 2, 9

La frase «a aquel que fue hecho por un momento inferior a los ángeles» se refiere a Jesús en el trance de su Pasión y Muerte, en el cual voluntariamente se humilla y se rebaja al dolor del castigo y a la muerte, penas a las que no están sometidos los ángeles.

Se ha traducido «por un momento» la voz griega que la Neovulgata vierte por «paulo minus» (un poco menos, un poco inferior), idéntica a la de Heb 2, 7 (cita de Ps 8, 6). Gramaticalmente, cualquiera de las dos traducciones castellanas son posibles, pero el contexto inclina a elegir la que hemos adoptado.

Cualquier criatura humana, incluido Cristo en cuanto hombre, puede ser considerado en cierto sentido como inferior a los ángeles. Esta inferioridad radica sobre todo en que el conocimiento humano es menos perfecto que el de los ángeles, ya que depende de los sentidos, y en la posibilidad de sufrir y de morir que no tienen los ángeles: «Los ángeles son impasibles e inmortales por naturaleza, de modo que cuando Cristo se dignó someterse a la pasión y a la muerte se rebajó en relación a ellos, no porque perdiera su plenitud o la disminuyera en algo, sino porque asumió nuestra debilidad. Se ha hecho inferior a los ángeles, no en cuanto a la divinidad ni en cuanto al alma, sino sólo respecto al cuerpo» (Comentario sobre Heb, 2, 2).

La humillación de Cristo es un ejemplo constante que nos mueve a corresponder a su amor. San Juan Crisóstomo propone una consecuencia ascética: «Si aquel a quien adoran los ángeles ha consentido por amor vuestro hacerse por un tiempo inferior a ellos, vosotros debéis soportarlo todo por amor suyo» (Hom. sobre Heb, 4).

Uno de los efectos de la Pasión de Cristo ha sido su exaltación y glorificación. Porque Cristo ha vencido en la Cruz, en beneficio de todos los miembros del género humano, la Cruz es el único camino hacia la gloria: «Resplandece la Santa Cruz, por la que el mundo recobra la salvación —canta la Iglesia— ¡Oh Cruz que vences! ¡Cruz que reinas! ¡Cruz que nos limpias de todo pecado! Aleluya» (Breviarium Romanum, Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, Antif. ad Laudes). Por la Pasión de Cristo la Cruz ya no es un patíbulo ignominioso, sino un trono de gloria. La tradición atribuye al Apóstol San Andrés estas alabanzas a la cruz en la que iba a morir: «Oh buena cruz, que has sido glorificada por causa de los miembros del Señor, cruz por largo tiempo deseada, ardientemente amada, buscada sin descanso y ofrecida a mis ardientes deseos (...) devuélveme a mi Maestro, para que por ti me reciba, el que por ti me redimió» (Ex passione S. Andreae, lect.).

Cristo, por su muerte, ha sido coronado de gloria y honor y, al mismo tiempo, ha muerto para nuestro bien. La muerte y la glorificación de Jesús son la causa y el modelo de nuestra salvación y glorificación. Sacrificio, satisfacción y mérito están indisolublemente unidos en la obra redentora de Cristo y constituyen una «gracia de Dios», es decir, un don gratuito de Dios Padre. Santo Tomás explica que «aquí se describe la Pasión de Cristo de tres formas. En primer lugar, por su causa, porque dice ‘por gracia de Dios’. Luego, por su utilidad, cuando dice ‘en beneficio de todos’. En tercer lugar, por el modo de su desarrollo, cuando dice ‘gustase’» (Comentario sobre Heb, 2, 3). En efecto, Jesús, por voluntad del Padre, experimentó o «gustó» la muerte. Se describe la muerte de Jesús como una bebida amarga que nuestro Señor quiso beber poco a poco, en pequeños sorbos, casi saboreándola. El recuerdo del cáliz de la agonía es inevitable (cfr Mt 26, 39; Mc 14, 36; Lc 22, 42; Ioh 18, 11; cfr también Mt 20, 22 s.; Mc 10, 38 s.).

La tradición cristiana se ha detenido en la contemplación de las palabras «gustó la muerte», viendo reflejadas la realidad y la voluntariedad del sacrificio redentor. La muerte de Cristo aparece como un acto perfectamente libre y plenamente aceptado para expiar los pecados de todos los hombres. La expresión «gustar» señala también que se sometió a la muerte sin dejar de ser el Señor de la vida: «Esta expresión —afirma San Juan Crisóstomo— está llena de exactitud. No se dice ‘a fin de que muriera’, porque el Señor después de haber gustado la muerte, se detuvo en ella sólo un instante y enseguida resucitó (...). Ya que todos los hombres tenían miedo a la muerte, para que la experimentaran con confianza, Él mismo la gustó, sin que fuera necesario» (Hom. sobre Heb, 4).

 

Hébreux 2, 10

Después de haber mostrado los efectos de la muerte de Cristo, se subraya la conveniencia de esta humillación: Jesucristo debía hacerse en todo igual a sus hermanos los hombres para poderles ser útil.

Dios Padre, que es el principio y fin de todas las cosas, quería conducir a muchos hombres a la gloria por medio de su Hijo. Cristo debía ser el autor de esa salvación, y por ello fue conveniente que mediante la Pasión llegara a una absoluta perfección. Dios Padre «ha perfeccionado» a su Hijo en cuanto que al hacerse hombre y, por tanto, poder sufrir y morir, posee la absoluta capacidad para ser el representante del género humano. «Dios ha hecho un acto digno de su bondad hacia nosotros, al revestir a su Primogénito de un resplandor superior al de todos los hombres y al ponerle como modelo de gran atleta superior a todos. El sufrimiento es, por tanto, un medio para llegar a la perfección y una fuente de salvación» (Hom. sobre Heb, 4). Cristo, al obedecer de modo perfecto al Padre, con el ofrecimiento de su vida y sobre todo con su Pasión y Muerte, ofrece un sacrificio perfecto y sobreabundante para la remisión de los pecados de los hombres y para la satisfacción completa del Padre. Como premio a su obediencia, Cristo, en cuanto hombre, es constituido Cabeza de la Iglesia y Rey del Universo. En este sentido es «perfeccionado por el Padre».

A partir de la Redención de Cristo el sufrimiento humano también adquiere el carácter de camino de perfección. Porque el dolor es expiación de las culpas personales, estímulo para que el hombre demuestre su naturaleza espiritual y trascendente, ejerza su solidaridad con los demás hombres y, sobre todo, se una íntimamente con el sacrificio de Cristo. «El sufrimiento debe servir para la conversión, es decir, para la reconstrucción del bien en el sujeto que puede reconocer la misericordia divina en esta llamada a la penitencia (...). Para poder percibir la verdadera respuesta al ‘porqué’ del sufrimiento tenemos que volver nuestra mirada a la revelación del amor divino, fuente última del sentido de todo lo existente (...). Cristo nos hace entrar en el misterio, nos hace descubrir el porqué del sufrimiento en cuanto somos capaces de comprender la sublimidad del amor divino» (Salvifici doloris, nn. 12-13).

 

Hébreux 2, 11

Para llevar a cabo la salvación de los hombres Cristo debía poseer, como ellos, una naturaleza humana. Por esto mismo sólo Cristo es «el verdadero santificador», es decir, el que ejerce la función del sacerdote que con ritos y sacrificios vuelve puras y agradables a Dios —santas— las cosas manchadas por el pecado. Es algo parecido a lo que decía el Señor en el Evangelio: «Por ellos yo me santifico, para que también ellos sean santificados en la verdad» (Ioh 17, 19).

«Vienen todos de uno solo». Varias han sido las interpretaciones de estas palabras. La mayoría, pensando en el paralelismo entre el primer hombre y Cristo (cfr Act 17, 26; Rom 5, 15-19), opinan que ese «uno» es Adán; con lo cual el texto vendría a decir que Cristo y los demás hombres son hijos de Adán. Otra opinión, muy difundida, matiza que el «uno» se refiere a Dios, con lo que se subrayaría que la Humanidad Santísima de Cristo y la humanidad de los hombres son obra del mismo Creador y proceden por descendencia del primer hombre. En cualquier caso, con todo derecho Cristo y los hombres pueden ser llamados «hermanos». «Por lo que se refiere a la generación divina —afirma el Catecismo Romano—, Cristo no tiene hermanos ni coherederos, porque es Hijo único del Padre, y nosotros somos obra de sus manos. Pero si atendemos al origen humano, no sólo llama Él a muchos con el nombre de hermanos, sino que también los considera como tales, para que juntamente con Él consigan la gloria de la herencia paterna» (Catecismo Romano, I, 3, 10). Por eso la liturgia nos enseña a rezar con confianza: «Señor Jesús, no permitas que aquellos a quienes llamas hermanos por tu Encarnación se alejen de ti por el pecado» (Liturgia de las Horas. Preces de vísperas del jueves de la segunda semana de Adviento).

 

Hébreux 2, 12

El Salmo 22 —que comienza con las palabras «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»— habla de los sufrimientos y de la glorificación del Mesías, como perfecto Siervo de Yahwéh. Cristo en la cruz recitó este Salmo apropiándoselo y enseñándonos, por tanto, que profetizaba su Pasión (cfr Mt 27, 35.46; Mc 15, 34). Por esto es un Salmo sumamente venerado y utilizado por la tradición cristiana. En el culto de la sinagoga tenía una especial relevancia, y la liturgia de la Iglesia se sirve de él en los oficios del Jueves y Viernes Santo.

El Siervo de Yahwéh, después de haber sido liberado por Dios de los sufrimientos e injurias que le amenazan, expresa su gratitud a su liberador. Por esto quiere «anunciar», es decir, alabar, el nombre de Yahwéh delante de los fieles que se reúnen en el Santuario y que llama hermanos. Los evangelistas vieron cumplido este Salmo en la Pasión del Señor (cfr Mt 27, 35 y Ioh 19, 23-24 comparados con Ps 22, 19). Pero en Heb 2, 12 se aplican otros versículos del mismo Salmo (Ps 22, 23) no tanto a la Pasión del Señor como a la Revelación que Cristo hace del Padre: revela el nombre del Dios verdadero, es decir, su naturaleza íntima, su misericordia y su poder. Este pasaje de Hebreos evoca las palabras de Jesús en Ioh 17, 6.26: «He manifestado tu nombre a los que me diste del mundo. Tuyos eran, me los confiaste y han guardado tu palabra (...). Les he dado a conocer tu nombre y lo daré a conocer, para que el amor con que tú me amaste esté en ellos y yo en ellos».

 

Hébreux 2, 13

Se citan dos versículos de Isaías, descubriendo su sentido mesiánico: lo que el profeta dijo siglos antes era un anticipo de los sentimientos de Cristo. Is 18, 17 manifiesta su confianza en Dios, a pesar de la amenaza de una invasión del Imperio asirio y de la infidelidad del pueblo de Israel, que acude a la superstición y a la magia, en lugar de convertirse a Dios. Las mismas palabras expresan la confianza de Cristo en Dios Padre.

En Is 8, 18 los hijos del profeta, cuyos nombres simbolizan el plan divino de salvación, son figura del pueblo cristiano que el Padre ha confiado a Cristo Salvador y Santificador (cfr Ioh 6, 37.39; 17, 6.12).

 

Hébreux 2, 14

Como en el Prólogo del Evangelio de San Juan (Ioh 1, 12-13), «sangre» y «carne» se refieren a la naturaleza humana considerada en su debilidad. Jesucristo ha asumido la naturaleza del hombre: «La ha asumido sin pecado pero con toda su capacidad de padecer, dado que tomó una carne semejante a la carne pecadora; participó así ‘de la carne y de la sangre’, es decir, asumió una naturaleza en la que pudiera padecer y morir, lo cual no habría podido hacer en una naturaleza divina» (Comentario sobre Heb, 2, 4).

Cristo quiso someterse a la muerte, consecuencia del pecado, para destruirla y para destruir el poder del demonio. El Concilio de Trento enseña que, como efecto del pecado original, el hombre «incurrió en la ira e indignación de Dios y, por tanto, en la muerte (...) y con la muerte en el cautiverio del que tenía el poder de la muerte» (De peccato originali, can. 3; cfr Rom 5, 12; 6, 12-14; 7, 5; etc.). Para explicar el poder del diablo sobre la muerte. Santo Tomás comenta: «Uno es el dominio que tiene el juez sobre la muerte, porque puede castigar con ella, y otro diferente es el de un criminal, que lo arrebata injustamente al asesinar (...). Dios tiene el imperio de la muerte conforme al primer modo, y el diablo, en cambio, lo tiene conforme al segundo, ya que seduce al hombre a pecar y le lleva a la muerte» (Comentario sobre Heb, 2, 4).

La Iglesia canta, dirigiéndose a Cristo y a la Cruz: «¡Salve, oh altar! ¡Salve, oh Víctima, por la gloria de tu Pasión! En ella la Vida sufrió la muerte, y con la muerte devolvió la vida» (Himno Vexilla Regis). La muerte de Cristo, único que podía satisfacer por el pecado del hombre, elimina el pecado y convierte la muerte en camino hacia Dios. «Jesús destruyó al demonio —escribe San Alfonso María de Ligorio—, esto es, destruyó su poderío, ya que el demonio era dueño de la muerte a causa del pecado, es decir, que tenía potestad para dar la muerte temporal y eterna a todos los hijos de Adán infectados por el pecado. Y esta fue la victoria de la Cruz: que Jesús, autor de la vida, muriendo nos alcanzó la Vida con su muerte» (Reflexiones sobre la Pasión, cap. 5, 1).

 

Hébreux 2, 15

Cristo no ha librado a los hombres de la muerte corporal sino de la muerte espiritual y, por tanto, también del miedo a la muerte, porque tenemos la certeza de la futura resurrección. El natural miedo del hombre a morir se explica fácilmente por el temor ante lo desconocido y por una repugnancia instintiva a lo que ella lleva consigo; pero puede ser también una manifestación de apegamiento excesivo al mundo. «No queriendo renunciar a sus deseos, el alma teme la muerte y la separación del cuerpo» (Oratio contra gentes, n. 3).

El temor, que a veces manifiestan ante la muerte algunos hombres del Antiguo Testamento, puede explicarse por la inseguridad de su destino después de esta vida, y el riesgo de una total separación de Dios. La Revelación cristiana asegura a los hombres la inmortalidad del alma, y a los que corresponden a la gracia la esperanza de la vida en Cristo. Enseña, pues, que la muerte física no separa de Dios. No debe ser por tanto temida por quienes verdaderamente buscan a Dios: «Para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia», exclama San Pablo (Phil 1, 21). No tengas miedo a la muerte. —Acéptala, desde ahora, generosamente..., cuando Dios quiera..., como Dios quiera..., donde Dios quiera. —No lo dudes: vendrá en el tiempo, en el lugar y del modo que más convenga..., enviada por tu Padre-Dios. —¡Bienvenida sea nuestra hermana la muerte! (Camino, n. 739).

 

Hébreux 2, 16

«No asumió la naturaleza»: El texto original literalmente dice: «no tomó con la mano», «no agarró», «no tomó para sí». Indica que Cristo «asumió para Sí» una naturaleza humana y no una angélica. Así lo explica San Juan Crisóstomo: «¿Qué quiere decir ‘tomó con la mano’? ¿por qué no dijo ‘asumió’, sino que utiliza esta expresión ‘tomó con la mano’? Porque este verbo hace referencia a los que persiguen a sus adversarios, y ponen todos los medios para capturar a los fugitivos y apresar a los que se resisten. En efecto, la naturaleza humana había huido de Él y había huido muy lejos, porque dice ‘estábamos muy lejos de Dios y casi sin Dios en el mundo’ (Eph 2, 12). Por eso Él mismo nos persiguió y nos ‘tomó para Sí’. El Apóstol hace ver que hizo todo esto por puro amor hacia los hombres, por caridad y por solicitud hacia nosotros» (Hom. sobre Heb, 2).

«Demuestra la alta dignidad del hombre el hecho de que Dios en su Bondad concedió ser hombre a Aquél que es al mismo tiempo verdadero y perfecto Dios; de modo que podemos gloriamos de que el Hijo de Dios es hueso de nuestros huesos y carne de nuestra carne, lo que no se concede a los bienaventurados espíritus angélicos» (Catecismo Romano, I, 4, 11).

 

Hébreux 2, 17

Se menciona por primera vez el tema central de la epístola, es decir, el sacerdocio de Cristo. Jesucristo, por ser Dios y Hombre, es mediador único entre Dios y los hombres, privados de la amistad y vida divinas a causa del pecado; ejerce esa mediación como Sumo Sacerdote, y salva, por Amor, el abismo infranqueable entre la estirpe pecadora de Adán y Dios ultrajado.

Se alude claramente en primer lugar a la Humanidad del Señor, en nada diferente a sus hermanos los hombres, (excepto en el pecado, cfr Heb 4, 15). «Estas palabras significan que Cristo ha sido criado y educado, que ha crecido, que ha sufrido todo lo que debía sufrir, y que finalmente ha muerto» (Hom. sobre Heb, 5). «Participó del alimento como nosotros —escribe Teodoreto de Ciro—, y soportó el trabajo; conoció la tristeza en su alma y lloró, y padeció la muerte» (Interpretatio Ep. ad Haebr, II).

Cristo Sacerdote puede comprender perfectamente al pecador y satisfacer la Justicia divina. «En el juez se desea por encima de todo misericordia —escribe Santo Tomás—. En el abogado se busca fidelidad. El Apóstol insinúa que en Cristo se hallan ambas cosas a causa de su Pasión. El género humano desea de Él misericordia en cuanto juez, y fidelidad en cuanto abogado» (Comentario sobre Heb, 2, 4).

El sacerdocio de Cristo consiste en ofrecer una expiación, un sacrificio de reparación y de pacificación por los pecados de los hombres. De este modo satisface al Padre en lugar nuestro: «Cristo nos mereció la justificación y satisfizo a Dios Padre por nosotros» (De iustificatione, cap. 7).

 

Hébreux 2, 18

El dolor humano produce una especial y misteriosa unión con Cristo. «El Redentor ha sufrido en vez del hombre y por el hombre. Todo hombre tiene su participación en la redención. Cada uno está llamado también a participar en ese sufrimiento mediante el cual se ha llevado a cabo la redención. Está llamado a participar en ese sufrimiento por medio del cual todo sufrimiento humano ha sido también redimido. Llevando a efecto la redención mediante el sufrimiento. Cristo ha elevado juntamente el sufrimiento humano a nivel de redención. Consiguientemente, todo hombre, en su sufrimiento, puede hacerse también partícipe del sufrimiento redentor de Cristo» (Salvifici doloris, n. 19).

La finalidad principal del sufrimiento de Cristo en la Pasión fue la Redención de los hombres, pero nuestro Señor quiso sufrir también para darnos fuerza y ejemplo ante el dolor: «Jesucristo, al tomar sobre Sí nuestras flaquezas nos ha alcanzado una fortaleza que vence nuestra debilidad natural. Sometiéndose, en la noche anterior a la Pasión, a padecer en el huerto de Getsemaní aquellos temores, angustias y tristezas, nos mereció el valor de resistir las amenazas de los que quieren nuestra perversión; nos alcanzó el valor de vencer el tedio que experimentamos en la oración, en la mortificación y en otros ejercicios de piedad; y, finalmente, la fortaleza para sufrir con paz y alegría las adversidades» (Reflexiones sobre la Pasión, cap. 9, 1).

El que sufre, y más todavía el pecador que hace penitencia, se sabe comprendido por Cristo, y esta comprensión humana y divina es una fuente de consuelo y de paciencia: También tú puedes sentir algún día la soledad del Señor en la Cruz. Busca entonces el apoyo del que ha muerto y resucitado. Procúrate cobijo en las llagas de sus manos, de sus pies, de su costado. Y se renovará tu voluntad de recomenzar, y reemprenderás el camino con mayor decisión y eficacia (Via Crucis, XII, n. 2).

 

Chapitre n°3

Este capítulo y el siguiente constituyen una nueva exhortación a los destinatarios de la epístola. El autor, después de haber confesado la divinidad de Cristo y después de haber mostrado su superioridad sobre los ángeles, manifiesta ahora la superioridad del Señor sobre Moisés, a quien todos los judíos consideraban como el verdadero fundador, libertador y legislador del pueblo elegido. Al desarrollar esta comparación, la epístola, lejos de cualquier polémica, utiliza palabras prudentes y moderadas. Consciente de que se dirige a cristianos que vienen del judaísmo, el texto sagrado no trata de disminuir o empañar la importancia del primer legislador y más grande profeta del Antiguo Testamento. Su propósito es sólo demostrar la excelencia incomparable de Jesucristo. El Señor mismo ya se había presentado de hecho como «nuevo Moisés», y así lo habían comprendido los que fueron testigos de sus obras y palabras (cfr Mt 2, 4; Ex 7, 11; Mt 2, 15; Os 11, 1; Mt 5, 21.27.31.33; etc.).

San Juan Crisóstomo señala que la comparación se hace entre Moisés y Cristo en cuanto hombres; y más precisamente con Cristo en cuanto sacerdote, ya que el sacerdocio en Israel se remontaba a Moisés y todos los judíos tenían de Moisés un concepto grandioso. Al proceder así el hagiógrafo trata con suma delicadeza a los fieles que venían del judaísmo: «Establece los cimientos de la superioridad de Cristo, partiendo de la encarnación para remontarse hasta su divinidad; ahí ya la comparación es imposible. Comienza por situarles, en cuanto hombres, en el mismo plano (...). No muestra inmediatamente toda la superioridad de Jesús, porque temía que sus oyentes se rebelaran y cerraran sus oídos. Dado que estos hombres habían sido fieles judíos, el recuerdo de Moisés se hallaba profundamente grabado en sus corazones» (Hom. sobre Heb, 5).

Moisés, según las ideas del judaísmo, representa toda la Ley y es, para los cristianos, figura de Cristo, el nuevo legislador. Por esto, la tradición ha señalado cierto paralelismo entre este capítulo de la epístola y el episodio de la Transfiguración, cuando el Señor apareció entre Moisés y Elías (cfr Mt 17, 2-3 y paralelos). San Ambrosio comenta que también nosotros, los cristianos, podemos ver hoy cada día a Moisés unido a Jesús, la Ley incluida en el Evangelio; en la Iglesia Moisés sigue enseñando, aún más, recibe una gloria mayor de la que tenía entonces (cfr Expositio Evangelii sec. Lucam, VII, 10-11). La gloria que llenaba de resplandor el rostro de Moisés brilla ahora en el rostro de Cristo (cfr 2 Cor 3, 7-18).

 

Hébreux 3, 1

Los cristianos son denominados «santos» porque, en virtud de la gracia bautismal y la consiguiente consagración recibida de Jesús, les corresponde ese nombre, que les recuerda también la perfección espiritual a la que son invitados (cfr Rom 1, 7 y nota; 16, 2; 1 Cor 1, 2; 16, 1; 2 Cor 1, 1; etc.).

Ésta ha sido siempre la conciencia que los cristianos han tenido de sí: «Nosotros no sólo somos pueblo —escribe San Justino—, sino pueblo santo (...). No somos por tanto una plebe despreciable ni una tribu bárbara, ni nación de carios o frigios, sino que nos escogió Dios: a los que no preguntábamos por Él se nos mostró patente» (Diálogo con Trifón, 119, 3).

La vocación cristiana, que aquí es llamada «vocación celestial» porque viene del Cielo y tiende al Cielo, es una llamada personal de Dios al seguimiento de Jesús en la Iglesia: «Esta vocación es celestial en un doble sentido: porque los cristianos somos llamados no a un reino terreno sino celestial; y porque la llamada no se origina por nuestros méritos ni por ocurrencia humana, sino únicamente por la gracia divina» (Comentario sobre Heb, ad loc.).

Se aplican a Jesús los títulos de «Apóstol» y «Sumo Sacerdote», que explican admirablemente la misión del Hijo en el mundo. Como «Apóstol», Jesús es el mensajero o enviado de Dios a los hombres. Como «Sumo Sacerdote», es el representante de los hombres ante Dios. Por otro lado, se puede recordar que los rabinos daban al Sumo Sacerdote, en las ceremonias del Día solemne de la expiación, el nombre de «Enviado de la Justicia», es decir, «apóstol» de Dios para obrar la justificación. Pero únicamente a Jesucristo se le pueden aplicar con propiedad los dos títulos de «Apóstol» o Enviado y «Sumo Sacerdote». A Cristo, escribe San Justino, «se le llama mensajero y Apóstol porque Él anuncia lo que hay que conocer y es enviado para manifestamos cuanto el Padre nos comunica. El mismo Señor así lo dio a entender cuando dijo: ‘el que me oye, oye a Aquél que me ha enviado’» (Apología I, 63, 5).

 

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