El prólogo se cierra con una afirmación de gran importancia, que introduce el contenido de los restantes versículos del primer capítulo: Cristo es superior a los ángeles. Esta comparación entre Cristo y los ángeles se justifica teniendo en cuenta la mentalidad de los judíos de entonces. En la época inmediatamente anterior al Nuevo Testamento la religiosidad popular judía había desarrollado mucho el culto a los ángeles, y existía, por lo tanto, el peligro de considerar a Jesús, por su naturaleza humana, de alguna manera inferior a las criaturas angélicas, que eran sólo espirituales. En los Hechos de los Apóstoles (cfr Act 23, 9) vemos cómo los fariseos del Sanedrín pensaron que la predicación de San Pablo se debía a una revelación recibida de un ángel, y cómo la creencia en la existencia de los ángeles era ocasión de disputa entre fariseos y saduceos (cfr Act 23, 7). Por eso el autor de Hebreos quiere confirmar a los cristianos que venían del judaísmo que Jesucristo es mucho más que un ser angélico.
Cristo es superior a los ángeles —dice el autor inspirado— porque ha recibido, como le pertenece por naturaleza, el nombre de Hijo. Este nombre da razón cabal de su naturaleza divina, superior a cualquier criatura visible o invisible, material o espiritual, terrena o angélica, ya que el nombre indica la esencia de una cosa y, sobre todo en la Sagrada Escritura, se identifica a veces con ella. Así, por ejemplo, la expresión «en el nombre de» (cfr Mt 28, 19; Act 3, 6; 4, 7; 4, 12; etc.) indica no sólo la autoridad o el poder de la persona nombrada, sino la persona misma. Jesucristo, al ser Hijo natural de Dios, es superior a los ángeles por la gloria debida a su unión eterna con el Padre. En su condición de Hijo eterno de Dios siempre le perteneció (heredó) el título de Hijo y Señor. Pero, además, después de su Pasión y su Resurrección «ha sido hecho», por un nuevo título, superior a los ángeles mediante su exaltación gloriosa (cfr 1 Cor 15, 24-27; Phil 2, 9-11). En este pasaje se contempla sobre todo la glorificación de Jesucristo en cuanto hombre; ya que esta expresión «ha sido hecho más excelente que los ángeles» no puede referirse —comenta San Juan Crisóstomo— a la esencia divina, ya que por ella el Hijo es igual al Padre y no admite variación, sino que es eternamente lo que es por generación: «Verbo eterno por naturaleza. Él no recibió su esencia divina por heredad. Estas palabras, que manifiestan su excelencia por encima de los ángeles, no se pueden referir sino a la naturaleza humana de la cual se ha revestido: ya que precisamente esa naturaleza es la que ha sido creada» (Hom. sobre Heb, 1).
Sobre la naturaleza y existencia de los ángeles cfr nota a Lc 1, 11.
Hébreux 1, 5
Este versículo del Salmo 2 había sido entendido por la antigua exégesis hebraica en sentido mesiánico: el Mesías o Ungido debía ser rey de Israel y gozar de una particular protección de Dios. Por tanto, merecía ser llamado especialmente «Hijo de Dios», de modo análogo, pero más eminente, que los demás reyes y justos de Israel. Pero en Heb 1, 5 se hace una interpretación mucho más profunda: el Mesías, Jesucristo, es el Hijo eterno de Dios, engendrado «hoy», es decir en el continuo presente de la eternidad divina. Afirma la generación del Hijo por el Padre en el seno de la Trinidad, según la cual el Hijo procede eternamente del Padre y es imagen perfecta suya. Esta generación se diferencia radicalmente de la generación carnal, en la que un ser viviente engendra físicamente a otro semejante a él, y de la creación por la que Dios ha hecho libremente de la nada todas las cosas. Se diferencia de la generación física porque en la Trinidad, Padre e Hijo coexisten eternamente, y son un único y solo Dios y no dos dioses. Se diferencia de la creación porque el Hijo no ha sido hecho de la nada sino que procede eternamente del Padre.
Dios había creado a los ángeles en el tiempo, según la profesión de fe del Concilio Lateranense IV: «Firmemente creemos y sinceramente confesamos que uno solo es el verdadero Dios (...), Creador de todas las cosas, de las visibles y de las invisibles, espirituales y corporales; que por omnipotente virtud creo a la vez de la nada, desde el principio del tiempo, a una y otra criatura, la espiritual y la corporal, es decir la angélica y la mundana y después la humana, como común, compuesta de espíritu y de cuerpo» (De fide catholica, cap. 1).
El Hijo, en cambio, procede del Padre eternamente como los rayos luminosos vienen constantemente del sol o como el agua forma una sola cosa con el manantial del que brota.
«A ningún ángel se han dicho estas palabras —comenta Santo Tomás— sino sólo a Cristo. En ellas pueden observarse tres cosas. Primera, el modo de origen expresado en la voz ‘dijo’. Se trata de un modo de generación que no es carnal, sino espiritual e intelectual. Segunda, esta generación es del todo singular, porque afirma ‘Tú eres mi Hijo’, como si dijera: aunque muchos otros se llaman hijos, ser Hijo natural sólo es propio de Él; los demás se llaman hijos de Dios porque participan del Verbo de Dios. Tercera, esta generación no es temporal, sino eterna» (Comentario sobre Heb, 1, 3).
La cita del Salmo 2, 7 se completa con la profecía de Natán a David (2 Sam 7, 14: «Yo seré para él Padre y él será para mí Hijo»). En ella se anuncia que un descendiente de David será el Mesías y que gozará para siempre del favor divino. Pero en el texto de Hebreos también se manifiesta mucho más claramente que el Mesías es Hijo de Dios en sentido verdadero y propio, por naturaleza, no por adopción (cfr Lc 1, 32-33). En Cristo, por tanto, se unen dos realidades: es el Hijo de Dios y es el Mesías Rey.
Hébreux 1, 6
Con las palabras de Dt 32, 43, idénticas a las del Ps 96, 7, que cita según la antigua traducción griega llamada de los Setenta, se describe, como un mandato divino dirigido a los seres espirituales, la orden de la adoración del Hijo. Es otra prueba de su superioridad: los ángeles le deben adoración. «La adoración manifiesta la total superioridad sobre los ángeles: es la superioridad del dueño sobre sus siervos y sobre sus esclavos. Cuando Jesucristo ha salido del seno de su Padre para entrar en el mundo, Dios mandó a sus ángeles que le adoraran. Es lo que hace un monarca cuando introduce en su palacio un gran personaje y quiere que se le rinda honor: manda a sus grandes dignatarios que se inclinen en su presencia» (Hom. sobre Heb, 3).
Esta introducción del primogénito en el mundo ha sido interpretada constantemente por los Padres de la Iglesia y los escritores antiguos como una referencia a la Encarnación. Algunos autores ven también en este versículo una alusión a la segunda venida de Cristo, cuando el mundo venidero, a diferencia del mundo presente, esté especialmente sometido al Redentor. Esta interpretación relativa al fin de los tiempos, puede ilustrar el empleo del texto del Dt 32, 43, en el cual se habla a continuación de un juicio final de Dios.
La Humanidad de Cristo debe ser adorada ahora y siempre tanto por los ángeles como por los hombres, ya que en ella se adora a Jesucristo, que es una sola persona, la divina, con dos naturalezas, la divina y la humana; recibe así una sola adoración, que se dirige al mismo tiempo a la Divinidad y a la Humanidad.
La adoración debida a Cristo por encima de todo ser creado recuerda el pasaje: «Al nombre de Jesús dóblese toda rodilla en los cielos, en la tierra y en los abismos» (Phil 2, 10). Se trata de la Humanidad de Cristo glorificado. Es justo que la Santa Humanidad de Cristo reciba el homenaje, la aclamación y adoración de todas las jerarquías de los ángeles y de todas las legiones de los bienaventurados de la Gloria (Santo Rosario, segundo misterio glorioso).
Hébreux 1, 7-8
A diferencia del Hijo, que goza de la misma inmutabilidad divina del Padre, los ángeles poseen una naturaleza inferior aunque espiritual, representada, con las palabras del Salmo 104 4, por la mudable dirección del viento y la inestable forma del fuego. Dice Santo Tomás que esa doble comparación corresponde perfectamente a la naturaleza de los ángeles que son al mismo tiempo mensajeros y ministros. La imagen del viento corresponde al mensajero, la del fuego al ministro. «El aire puede recibir la luz y cualquier imagen asimismo transmite perfectamente lo que recibe y se mueve con velocidad. Son cualidades que también un buen mensajero debe poseer (...) y bien convienen a los ángeles porque reciben perfectamente las iluminaciones divinas al ser espejos limpísimos (...). Del mismo modo transmiten muy bien lo que se les ha dicho (...) y además son veloces (...). Son llama de fuego en cuanto son ministros porque el fuego entre todos los elementos es el más activo y el más eficaz. Por eso en el Salmo 104 allí donde se dice de los ángeles que son ministros de Dios se añade que Dios hace ‘a sus ministros como llama de fuego’» (Comentario sobre Heb, 1, 3).
El v. 8 del Ps 45 se considera en Heb 1, 8 palabras de Dios Padre dirigidas al Hijo, cuyo trono está establecido por los siglos de los siglos. El término «Dios» se aplica a Jesucristo de modo expreso. Aunque el Nuevo Testamento suele usar el nombre de Señor para indicar la divinidad del Hijo, no renuncia sin embargo a llamarle Dios (cfr Ioh 1, 1; 20, 28; Rom 9, 5; Tit 2, 13; 2 Pet 1, 1), si bien reserva normalmente esta palabra para la Persona del Padre. El «trono» corresponde a Cristo y expresa su majestad, porque el trono como comenta Santo Tomás es sede real, pero también cátedra de maestro y tribunal de juez y todo eso conviene a Cristo que es nuestro Rey en cuanto Dios, y que sin embargo ha merecido el Reino también como hombre, por su pasión, su victoria y su resurrección (cfr Comentario sobre Heb, 1, 4). Se subraya que ese trono se mantendrá por los siglos de los siglos según la profecía de Natán, (cfr nota a Heb 1, 5), en el anuncio a la Virgen Santísima (cfr Lc 1, 33) y en otro oráculo del libro de Daniel: «Su reino es un reino eterno, y todos los reyes le servirán y obedecerán» (Dan 7, 27).
Hébreux 1, 9
A través de las palabras del autor de Hebreos Dios mismo nos revela el sentido profundo del Salmo davídico. El salmista, también por inspiración divina, dirigiéndose al rey del pueblo elegido en el día de su boda, lo ensalza y lo alaba subrayando su belleza, su plenitud de dones espirituales, sus virtudes y su poder. Estas alabanzas desbordan los términos simplemente humanos. El rey de Israel aparece como un rey eterno, como un rey de justicia que odia la impiedad, y se afirma que ha sido ungido no con un simple óleo, sino con un óleo de «gozo», por encima de todos los demás príncipes y reyes. Todas esas prerrogativas, y en particular la alegría y el júbilo son propias de la venida del Mesías (cfr Ps 21, 6; 72, 1-7; Cant 5, 10-16; Is 44, 23; 51, 1; 52, 9; 54, 1; etc.). El Rey Mesías, por tanto, se perfila con características divinas. Precisamente el texto de la Epístola a los Hebreos lo confirma definitivamente. El Rey Mesías es Jesucristo, que por su unción ha sido constituido por encima de todos «los que tienen parte con él», es decir, por encima de todas las criaturas de las cuales se ha hecho «compañero» por la Encarnación. En efecto, al hacerse hombre, el Hijo eterno del Padre, tiene en cuanto hombre la plenitud absoluta de la gracia y de los dones divinos; pero, merced a él, los hombres pueden poseer también esas gracias y dones, pero no en plenitud. Algunos Padres han pensado que esta unción se refiere directa-mente a la generación eterna del Verbo; otros la aplican a su Encarnación. Sin duda, toda la exaltación de Cristo viene de su dignidad divina, pero, puesto que aquí se habla de una unción que es fruto del amor a la justicia y el odio a la iniquidad, parece más propio pensar que esta unción se refiere al favor divino manifestado a lo largo de toda la vida de Jesús, especialmente en su Bautismo (cfr Lc 4, 18; Act 10, 38) y en la glorificación después de la Resurrección (cfr 1 Tim 3, 16). Por otro lado el nombre mismo de Cristo, «Ungido», significa la plenitud del Espíritu Santo poseída por Jesús. «En estas palabras —escribe Santo Tomás— se trata de la unción espiritual por la que Cristo se encuentra lleno del Espíritu Santo» (Comentario sobre Heb, 1, 4). Es lo que afirma San Juan cuando dice del Verbo Encarnado que era «lleno de gracia y de verdad» (Ioh 1, 14). «Al nombre de Jesús se añadió también el de Cristo, que significa ungido (...). Fue ungido para desempeñar sus oficios, no por obra de algún mortal, sino por virtud del Padre Celestial, no con un ungüento terreno, sino con óleo espiritual; ya que se derramó sobre su alma santísima la plenitud y la gracia del Espíritu Santo y una abundancia tan grande de todos los dones como ninguna otra naturaleza creada pudo recibir. Esto lo manifiesta con elocuencia el Profeta cuando, hablando al mismo Redentor, dice: Has amado la justicia y odiado la iniquidad; por eso te ungió Dios, tu Dios, con óleo de júbilo con preferencia a tus compañeros» (Catecismo Romano, I, 3, 7).
Hébreux 1, 10-12
A los argumentos anteriores (vv. 5-9) acerca de la superioridad de Cristo sobre los ángeles, se añade ahora otra consideración: su poder de haber creado el mundo; así, en 1, 10 vuelve a enlazar con la idea expresada en 1, 2 (cfr Comentario sobre Heb, 1, 5). El Ps 102, 26-28 que aquí se utiliza, es un salmo de lamentación y de confianza en el cual un justo afligido pide a Dios que escuche su oración y manifiesta su confianza en que ésta será atendida porque Dios es eterno, mientras que todas las cosas creadas son perecederas. Es ésta una idea muy frecuente en todo el Antiguo Testamento y que alimentó la piedad de los hebreos: por ejemplo, cfr Ps 119, 89-91; Is 40, 8; 51, 6-8; Eccli 43, 26-32. En todos estos pasajes se subraya la eternidad de la «Palabra» divina frente a la mutabilidad de la Creación. En Heb 1, 10-12, las expresiones del Salmo 102, 26-28, que estaban dirigidas a Yahwéh, se aplican a Jesucristo, que, por tanto, es considerado Dios, igual que el Padre. Es una manifestación más de la divinidad de Cristo, que expresan estos primeros versículos de la Epístola a los Hebreos.
Hébreux 1, 12
Para señalar la diferencia entre el Creador y la criatura la epístola, con las palabras del Ps 102, afirma dos atributos propios del Creador: la eternidad y la inmutabilidad. El mundo que vemos, a diferencia de Dios, ha tenido un principio y tendrá un fin. La comparación con el manto y con el vestido nos dice que el mundo material es corruptible y posee carácter transitorio a pesar de su belleza y de su duración. Esta verdad básica de la revelación se opone directamente a los que consideran que el mundo es eterno, o a los que atribuyen al mundo y a la materia características divinas. Repetidamente el Magisterio ha condenado las teorías que afirman que «Dios es lo mismo que la naturaleza (...), que Dios se está haciendo en el hombre y en el mundo, y que todo es Dios y tiene la misma sustancia de Dios; y una sola y misma cosa son Dios y el mundo» (Syllabus, n. 1). Para los cristianos el universo creado no sólo no permanece en su imagen y forma, sino que al final de los tiempos experimentará una trasformación, que lo convertirá en «el nuevo Cielo y la nueva Tierra» (Apc 25, 1; cfr Rom 8, 19; Is 65, 17; 2 Pet 3, 13). Sólo Dios es eterno.
Hébreux 1, 14
La expresión «espíritus destinados al servicio», que podría traducirse por «espíritus ministeriales», es una definición muy ajustada de los ángeles, que son criaturas espirituales cuya función consiste en servir y adorar a Dios. En el Nuevo Testamento los ángeles, buenos y malos, reciben distintos nombres como «virtudes» (cfr Rom 8, 38; 1 Cor 15, 24; Eph 1, 21), «potestades» (cfr Col 1, 16; Eph 1, 21), «principados», «dominaciones», y «tronos». En el AT, los ángeles sirvieron a Dios como intermediarios para transmitir mensajes a los hombres (cfr Gen 16, 7 s.; Idc 2, 1; 6, 11; 1 Reg 13, 18; 40, 3; Dan 8, 16-26; 9, 21-27; etc.), protegerlos y a veces llevar a efecto los castigos de Dios. Desde la venida de Cristo, los ángeles «sirvieron» a nuestro Señor en la tierra (cfr Mt 4, 11; Lc 22, 43), y ayudaron al desarrollo de la Iglesia primitiva (cfr Act 5, 19; 12, 7-10). En Heb 1, 14 se subraya la función ministerial de los ángeles en orden a la salvación de los hombres; de igual modo, en el Evangelio se dice que los niños tienen su ángel en el Cielo (cfr Mt 18, 10) y, en general, cada hombre tiene un ángel que le guarda (cfr Act 12, 15). La función ministerial es aplicación de la bienaventuranza de los ángeles, porque —explica Santo Tomás— no hay distinción entre ángeles que contemplan y ángeles que sirven, ya que «todos son ministros o administradores, en cuanto que los más elevados trasmiten la voluntad de Dios a los que están en medio; los que están en medio a los de rango inferior y éstos últimos a nosotros» (Comentario sobre Heb, 1, 6). Tarea específica de los ángeles ministeriales es ayudarnos a alcanzar el Cielo, «porque la Providencia de Dios ha dado a los ángeles la misión de custodiar el género humano y de socorrer a cada hombre, para que no sufra ningún daño grave; porque así como los padres, cuando los hijos deben viajar por un camino malo y peligroso, hacen que les acompañen personas que cuiden y defiendan de los peligros, así el Padre Celestial en este viaje que emprendemos hacia la patria de los cielos, a cada uno de nosotros nos da ángeles para que protegidos por su poder y diligencia podamos evitar los lazos escondidos dispuestos por los enemigos (...). Así que ninguna desviación sea capaz de separarnos del camino que conduce al Cielo» (Catecismo Romano, XIV, 9, 4). Pero el servicio de los ángeles no se limita a esa tarea de asistencia de cada hombre, sino que, según enseña la fe de la Iglesia, los ángeles unen su oración a la oración de los fieles y llevan sus plegarias a Dios. Lo atestigua un antiguo escritor eclesiástico como Orígenes, fiel representante en esto de la doctrina ortodoxa: «Decimos que los ángeles suben para llevar las oraciones de los hombres a los lugares más puros del mundo, que son los celestes (...). Y de allí bajan a su vez, para traer a cada uno, según lo que merece, alguno de los beneficios que Dios les manda llevar (...). A estos, pues, según su oficio, hemos aprendido a llamarlos ángeles o mensajeros» (Contra Celso, V, 4). Es antigua e importante la devoción a los ángeles y a nuestro ángel custodio: Te pasmas porque tu Ángel Custodio te ha hecho servicios patentes. —Y no debías pasmarte: para eso le colocó el Señor junto a ti (Camino, n. 565).
Chapitre n°2
Hébreux 2, 1-4
Empieza aquí una recomendación vibrante de prudencia y fidelidad. El tono y estilo directo de exhortación personal, frecuente por otro lado a lo largo de la epístola, indica que el autor conocía bien a los lectores de su carta y viceversa, y que por ello les podía hablar con gran confianza. Así no tiene reparo en manifestarles una cierta inquietud por la posibilidad de que actúen con ligereza ante el singular don que han recibido. Nadie debe olvidar que la apostasía puede originarse no sólo de una repulsa voluntaria y expresa a la fe, sino también de un descuido continuado de la enseñanza divina. Es una exhortación que recuerda aquella dirigida a los Corintios: «Os exhortamos a que no recibáis en vano la gracia de Dios» (2 Cor 6, 1). Los cristianos debemos recibir, según nuestra capacidad, la palabra de Dios; y es importante que nos esforcemos seriamente por llevarla a la práctica, de modo que el Evangelio tenga en nuestras vidas consecuencias de santidad cada vez mayores. Por otro lado, la práctica de la vida cristiana es el mejor camino para entender la fe con mayor profundidad.
Hébreux 2, 2-3
«El Apóstol ha explicado con anterioridad de muchas maneras la superioridad de Cristo sobre los ángeles. Aquí concluye afirmando que se debe mayor obediencia a la doctrina de Cristo, es decir, al NT, que al AT (...). En efecto, por el cumplimiento del mandato del ángel, por medio del cual había sido dada la Ley, se lograba la entrada en la patria (cfr Ex 23, 20-22). Por eso se dice en Mt 19, 17: ‘Si quieres entrar en la Vida, guarda los mandamientos’. Luego, si era necesario guardar los mandamientos de la Ley de Moisés, ahora es más necesario todavía obedecer a los mandamientos de Aquél, que es superior a los ángeles a través de los cuales se promulgó la Ley» (Comentario sobre Heb, 2, 1).
La Ley de Moisés no es considerada como un principio opuesto a la Redención y a la gracia de Cristo, sino como una primera etapa en el camino de la salvación y una especie de anticipación de la bienaventuranza definitiva. Por eso la Ley es también una manifestación de la misericordia de Dios. «Esta Ley —escribe Tertuliano— no fue promulgada por la severidad de su autor, sino por aquella suprema generosidad que decidió educar a un pueblo rebelde y ablandar con deberes precisos una fe que todavía no sabía obedecer» (Adversus Marcionem, 2, 19).
En la Antigua Alianza Dios dio solidez a su palabra estableciendo justos castigos contra toda prevaricación y desobediencia, como vemos por ejemplo en el caso de Datán, Coré, Abirón (cfr Num 16, 1-35), María la hermana de Moisés (cfr Num 12, 1-9), y más tarde Saúl (cfr 1 Sam 15, 9-23) y los reyes de Judá e Israel que fueron infieles. Por eso debemos tener un santo temor a la infidelidad a la Nueva Alianza establecida en Jesucristo: porque la palabra divina de salvación, promulgada por Jesucristo, reviste un valor incomparable. Es el mayor bien que el hombre puede recibir, porque con ella se hace capaz de conocer y glorificar a Dios y de conseguir al mismo tiempo su propia felicidad temporal y eterna.
«Nos fue confirmada por quienes la habían oído». Estas palabras son una alusión explícita a la predicación de los apóstoles, que es la que confirma y transmite el anuncio de salvación iniciado por la predicación de Cristo (cfr 1 Cor 11, 23; 15, 3).
Hébreux 2, 2
Se usa en este lugar una argumentación de menos a más, que era muy apreciada en la exégesis de los rabinos de aquellos tiempos. Según esta argumentación, el pasaje vendría a decir: si las transgresiones de los mandamientos de la Antigua Alianza, entregados por mediación de ángeles, eran severamente castigadas, con cuánta mayor razón habrá que respetar los de la Nueva Alianza, instaurada por el Hijo de Dios. El mismo razonamiento de menos a más aparece de nuevo en Heb 7, 21-22; 9, 13-14; 10, 28-29 y 12, 25.
La «palabra anunciada por medio de ángeles» es la Ley mosaica. Según algunas tradiciones judías, la Ley fue entregada a Moisés en el Sinaí por uno o más ángeles. En el Nuevo Testamento se recoge esta tradición en Act 7, 38.53 y Gal 3, 19.
Hébreux 2, 4
Las «señales, prodigios y milagros» son en cierto modo lo mismo: signos de la Revelación sobrenatural. Las «señales» pueden ser hechos naturales que, por el momento en que se producen, revisten un significado sobrenatural y manifiestan el poder de Dios. Los «prodigios» y «milagros», en cambio, exceden en grado diverso las posibilidades de la naturaleza; los prodigios parecen referirse a las manifestaciones del cielo como se dice en Act 2, 19; mientras que los milagros indican en general todas las manifestaciones sensibles del poder divino, como la curación instantánea de un lisiado o la resurrección de un muerto.
Los milagros de Jesucristo permiten ver en Él la obra salvadora de Dios en favor de los hombres. Son como la acreditación que el Padre hace del Hijo (cfr Act 2, 22; Ioh 3, 2). Las señales y prodigios acompañaron también desde el comienzo la predicación apostólica para confirmar su origen divino (cfr Mc 16, 20; Act 2, 43; 4, 30; 5, 12; etc.). Así se dice por ejemplo que Esteban «hacía grandes prodigios y señales entre el pueblo» (Act 6, 8) y que también la predicación de San Pablo era confirmada por señales y prodigios (cfr Act 14, 3; Rom 15, 19; 2 Cor 12, 12).
San Juan Crisóstomo predicaba: «¿Podía ocurrir que los que pretendían ser testigos de Dios no hayan sido más que unos impostores? ¡No!, os contesta San Pablo. Esta revelación no es un fruto del espíritu humano. Si los hombres hubieran imaginado estas verdades y estos misterios, ¿cómo podía la omnipotencia de Dios respaldar esta mentira con obras sobrenaturales? Dios, pues, intervino, mediante los prodigios de los Apóstoles, para apoyar su testimonio (...). Lo apoya no de palabra, lo que hubiera sido suficiente, puesto que Dios es digno de fe, sino que lo confirma con el testimonio más elevado de sus obras ‘con diversos milagros’. Los más variados, dice el Apóstol, para manifestar la superior abundancia de dones espirituales que los cristianos han recibido respecto al antiguo pueblo judío, en el cual se dieron menos prodigios y señales menos maravillosas» (Hom. sobre Heb, 3).
Los comienzos de la Iglesia fueron realmente acompañados por un número extraordinario de milagros y de obras del Espíritu Santo (efrAct 4, 31; 10, 44; 1 Cor 12, 4-11). Una vez consolidada la predicación apostólica estas señales extraordinarias disminuyeron. Pero quedó y queda todavía la señal más excelente, que es la caridad (cfr 1 Cor 13, 1).
Hébreux 2, 5-9
A través de la cita del Ps 2 y de los otros salmos se considera la dimensión salvífica de la Encarnación. Los cristianos deben ser fieles a Cristo, porque Él, además de ser la causa y el comienzo de la salvación, ha sido constituido Señor del Universo, a quien todo le ha sido sometido. Dios Padre, en efecto, estableció como Señor del «mundo futuro» a Cristo y no a los ángeles.
Dios ha sometido todas las cosas a Cristo en cuanto hombre. En este sentido se aplican a Cristo las palabras del Salmo 8, ya que Él es la perfección de la humanidad, el hombre perfecto, y con su obediencia, humildad, y su Pasión y Muerte, mereció ser coronado de gloria y de honor (cfr Phil 2, 6-11; 1 Pet 2, 21-25). Así, por su Pasión y Muerte, Cristo es el Señor y todo le ha sido sometido, hasta la misma muerte (cfr 1 Cor 15, 22-28). Sus enemigos han sido puestos como escabel de sus pies (cfr Ps 8, 7; 110, 1; Mt 22, 44), para que Él reconduzca todo al Padre, y Dios sea todo en todas las cosas.
Hébreux 2, 5
El «mundo futuro» era una expresión corriente entre los judíos para designar la época inmediatamente posterior a la venida del Mesías. Los rabinos distinguían tres periodos en la historia del mundo: el «mundo presente» que era el tiempo en el cual los hombres esperaban al Mesías; después, el «día del Mesías», momento en el que éste establecería su Reino; y el «mundo futuro» que empezaría con la resurrección de los muertos y el juicio de las naciones. Para muchos doctores de la Ley el «mundo futuro» se confundía en cierta medida con el «día del Mesías», que era como su fase inicial.
El autor de la epístola parece considerar que el mundo presente se hallaba confiado por Dios a la administración o gobierno de ángeles (cfr Dt 32, 8; Dan 10, 13 s.), pero que en el mundo por venir —es decir, en el Reino definitivo— se llevará a cabo el propósito inicial de Dios Creador: Cristo, Dios y Hombre verdadero, con su Humanidad glorificada, será el Rey de la Creación, y juntamente con Él, según el plan divino original, los ángeles y los hombres bienaventurados. El «mundo futuro», aunque ha comenzado ya con la Resurrección y Glorificación de Jesús, sin embargo, no alcanzará su plenitud hasta la segunda venida de Cristo y resurrección de la carne. Hasta entonces, se da la tensión entre el «mundo presente» y el «mundo futuro»: el primero está como herido de muerte, pero todavía existe; el segundo, ha comenzado ya, pero aún no ha alcanzado su plenitud.