Los acostumbrados saludos van dirigidos primero a Tito, como destinatario inmediato de la epístola, y luego a los demás cristianos.
«Nuestros amigos en la fe», o más literalmente: «Los que nos aman en la fe». Esta expresión designa a los cristianos, cuyo amor mutuo tiene origen sobrenatural. San Jerónimo comenta: «Si todo el que ama, amara en la fe, no habría añadido San Pablo la fe al amor; las madres aman a sus hijos y están dispuestas a dar la vida por ellos, pero ese amor no es necesariamente en la fe; también las esposas aman a sus maridos y con frecuencia llegan a morir con ellos, pero tampoco es amor de fe. Sólo los santos aman en la fe, pues su amor abarca también a los incrédulos; más aún, aman incluso a sus enemigos. Éste es el amor en la fe, porque se basa en Aquél que ha prometido el premio a quienes cumplen el mandamiento nuevo» (Comm. in Tit, ad loc.).
NOTAS a la Epístola a Filemón (EUNSA)
Chapitre n°1
Philémon Phile, 1-3
Timoteo es mencionado como «hermano» durante la cautividad de San Pablo, como en epístolas anteriores (cfr Phil 1, 1; Col 1, 1). Es fácil colegir de aquí que la carta haya sido escrita en la primera cautividad romana del Apóstol y no en la de Cesarea. Dado el carácter personal de este brevísimo escrito, la mención de Apfia y Arquipo hace pensar que se trate de dos miembros de la familia de Filemón, quizá su esposa e hijo respectivamente. Por la Carta a los Colosenses sabemos que Arquipo tenía un puesto importante en la iglesia de Colosas (cfr Col 4, 17).
Philémon Phile, 5
Tras el saludo. Pablo da gracias a Dios por la caridad y la fe de Filemón en Cristo y en los «santos». Esta última cláusula o sintagma —la caridad y la fe que tiene en Jesús y en todos los santos— es de extraordinaria importancia teológica: Un cristiano no sólo ha de amar y tener fe en Cristo, sino por Él y en Él, amar y tener fe en los demás cristianos. Aunque Onésimo se fugó de casa de Filemón, sin embargo éste debe tener fe en su antiguo esclavo desde el momento en que se ha hecho cristiano. Ahora son ambos, amo y criado, hermanos en Cristo Jesús y, por tanto, deben fiarse uno del otro. Aquí da San Pablo una argumentación teológica a Filemón, que será explicitada, sobre todo, en el versículo 16.
Sobre el título «santos» dado a los cristianos cfr nota a Rom 1, 7.
Philémon Phile, 6
El versículo tiene una redacción oscura. Quiere decir que al participar de la misma fe, los cristianos alcanzan la comunión con Cristo y con los demás creyentes. Además, Pablo confía en que la fe de Filemón llegue a ser una fe práctica, operativa, como fruto de la profunda comprensión de que todos los bienes que hemos alcanzado los cristianos tienen una estrecha relación con Cristo. Gramaticalmente esa relación con Cristo está expresada de manera tan concisa —sólo mediante una preposición griega, eis,— que resulta ambigua. Así, pues, la última parte del versículo admite, de suyo, varias traducciones, que modifican el sentido. Las dos más probables serían: 1.ª) «al comprender que todo el bien que tenemos es para [gloria de] Cristo»; 2.ª) «(...) que todo el bien que tenemos [lo tenemos] por [medio de, gracias a] Cristo».
Philémon Phile, 8-12
San Pablo expone aquí el objeto principal de la carta: interceder por Onésimo. Con exquisita delicadeza prefiere apelar a su caridad, ya que es norma del Apóstol rogar en vez de mandar (cfr 2 Cor 1, 23), y a la situación en que se encuentra, «anciano» y «prisionero» por amor a Jesucristo (v. 9).
La magnanimidad del Apóstol es evidente: a pesar de vivir encadenado, está atento —olvidado por completo de sí mismo— para convertir a la fe a cuantos tiene ocasión, como ha sido el caso de Onésimo.
En circunstancias muy difíciles ha engendrado a la fe a Onésimo, por quien ahora intercede. Si en otro tiempo fue «inútil» a su amo, ahora en cambio será muy «útil». El juego de palabras hace referencia al nombre de Onésimo (= útil), como si quisiera decir que si bien es verdad que antes no hizo honor a su nombre, ahora sí; más aún, no sólo se vuelve útil para el Apóstol, sino también para Filemón, que ha de recibirle por ello como si se tratara del mismo Pablo en persona (v. 12).
No podemos etiquetar a las personas; todas tienen, a pesar de sus errores o posibles miserias, la capacidad de mejorar y, con la gracia de Dios, la posibilidad de llegar a la conversión sincera.
Los escritos del NT testimonian que el apostolado de los primeros cristianos se extendía por todos los ambientes sociales, de modo que había cristianos en todas las encrucijadas del mundo. San Juan Crisóstomo lo atestiguaba de la siguiente manera: «Aquila ejercía su profesión manual; la vendedora de púrpura estaba al frente de un taller; otro era guardián de una cárcel; otro, centurión, como Cornelio; otro enfermo, como Timoteo; otro, Onésimo, era esclavo y fugitivo; y sin embargo nada de eso fue obstáculo para ninguno, y todos brillaron por su santidad: hombres y mujeres, jóvenes y viejos, esclavos y libres, soldados y paisanos» (Hom. sobre S. Mateo, 43).
Philémon Phile, 13-14
Supone éste un nuevo gesto de la extremada delicadeza con que actuaba el Apóstol. Aunque en un primer momento pensara retener consigo a Onésimo para que le sirviera de ayuda en su cautiverio, prefiere que a quien asiste la ley en vigor —en este caso el Derecho romano— decida con entera libertad. Era ésta también una norma habitual en la conducta de San Pablo (cfr 2 Cor 9, 7).
El Conc. Vaticano II, siguiendo las enseñanzas de Cristo y sus Apóstoles, «exhorta a todos, pero principalmente a aquellos que cuidan de la educación de otros, a que se esmeren en formar hombres que, acatando el orden moral, obedezcan a la autoridad legítima y sean amantes de la genuina libertad; hombres que juzguen las cosas con criterio propio a la luz de la verdad, que ordenen sus actividades con sentido de responsabilidad y que se esfuercen por secundar todo lo verdadero y lo justo» (Dignitatis humanae, n. 8).
La cortesía extrema de San Pablo no se debe sólo a razones de amistad o de mera táctica humana, sino que actúa para permitir en este caso a Filemón, que decida libremente, haciendo uso de ese don tan extraordinario que Dios ha concedido a todo hombre. ¡Si viviésemos así, si supiésemos impregnar nuestra conducta con esta siembra de generosidad, con este deseo de convivencia, de paz! De ese modo se fomentaría la legítima independencia personal de los hombres; cada uno asumiría su responsabilidad, por los quehaceres que le competen en las labores temporales (Es Cristo que pasa, n. 124).
Philémon Phile, 15-16
El pensamiento se hace aquí más teológico y penetrante. Lo que a primera vista hubiera podido interpretarse como un mal —la huida de Onésimo del hogar de Filemón—, es visto ahora en una proyección más profunda, a la luz de la Providencia divina: Dios sabe sacar de los males bienes, ya que «todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios» (Rom 8, 28); ha permitido este incidente para que Onésimo descubriera y abrazara la fe cristiana.
En consecuencia, Filemón debe reconocerle ahora como hermano, ya que la fe en Cristo Jesús nos hace hijos de un mismo Padre (cfr Gal 3, 27-28; Eph 6, 9). «Ved a Pablo escribiendo a favor de Onésimo, un esclavo fugitivo; no se avergüenza de llamarlo hijo suyo, sus propias entrañas, su hermano, su bienamado. ¿Qué diría yo? —se pregunta San Juan Crisóstomo—, Jesucristo se abajó hasta tomar a nuestros esclavos por hermanos suyos. Si son hermanos de Jesucristo, también lo son nuestros» (Hom. sobre Philm, 1, ad loc.).
A la luz de esta doctrina, con el paso del tiempo, fue desapareciendo la esclavitud. Gracias a las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia se han ido reconociendo la dignidad y los derechos de todos los trabajadores, derivados de su condición de hombres y de hijos de Dios. León XIII llamó la atención de amos y empresarios haciéndoles ver que «es verdaderamente vergonzoso e inhumano el abusar de los hombres como si no fuesen más que cosas, exclusivamente para las ganancias», a la vez que les recordaba sus deberes de «no tener en modo alguno a los obreros como esclavos; y respetar en ellos la dignidad de la persona humana, ennoblecida por el carácter cristiano» (Rerum novarum, n. 16).
El cristianismo, pues, eleva y dignifica las relaciones entre los hombres, facilitando y contribuyendo, de modo decisivo, a la transformación y mejora de las estructuras sociales. Ningún cristiano, en la medida de sus posibilidades, puede sentirse ajeno a esta tarea, aunque ha de emplear siempre medios honestos; la inhibición de estas obligaciones podría llegar a constituir un auténtico pecado contra la virtud de la justicia, uno de los pecados sociales.
Juan Pablo II nos enseña que «es social todo pecado cometido contra la justicia en las relaciones tanto interpersonales como en las de la persona con la sociedad, y aun de la comunidad con la persona. Es social todo pecado cometido contra los derechos de la persona humana, comenzando por el derecho a la vida, sin excluir la del que está por nacer, o contra la integridad física de alguno; todo pecado contra la libertad ajena, especialmente contra la suprema libertad de creer en Dios y de adorarlo; todo pecado contra la dignidad y el honor del prójimo. Es social todo pecado contra el bien común y sus exigencias, dentro del amplio panorama de los derechos y deberes de los ciudadanos. Puede ser social el pecado de obra u omisión por parte de dirigentes políticos, económicos y sindicales, que aun pudiéndolo, no se empeñan con sabiduría en el mejoramiento o en la transformación de la sociedad según las exigencias y las posibilidades del momento histórico; así como por parte de trabajadores que no cumplen con sus deberes de presencia y colaboración, para que las fábricas puedan seguir dando bienestar a ellos mismos, a sus familias y a toda la sociedad» (Reconciliatio et Paenitentia, n. 16).
Philémon Phile, 17-21
La identificación de Pablo con Onésimo procede de compartir una misma fe y de la extremada generosidad de su corazón. Se trasluce su inmensa caridad, que le lleva a querer a todos mucho más allá de lo que puede obligarle la estricta justicia. Convenceos de que únicamente con la justicia no resolveréis nunca los grandes problemas de la humanidad. Cuando se hace justicia a secas, no os extrañéis si la gente se queda herida: pide mucho más la dignidad del hombre, que es hijo de Dios. La caridad ha de ir dentro y al lado, porque lo dulcifica todo, lo deifica: Dios es amor (1 Ioh IV, 16). Hemos de movernos siempre por Amor de Dios, que torna más fácil querer al prójimo, y purifica y eleva los amores terrenos (Amigos de Dios, n. 172). Nada tiene, pues, de extraño que el Apóstol pida a Filemón que si en algo le faltó Onésimo o aún le debe alguna cosa, lo cargue a su cuenta (v. 18). Y como para dejar constancia de su compromiso, de modo cariñoso y de buen humor, simula firmar una especie de pagaré, de su puño y letra, como garantía de cuanto dice. En seguida, sin embargo, le recuerda a Filemón que si fueran a echar cuentas de verdad, este último saldría ganando, ya que debe a Pablo la condición de cristiano (v. 19). En ésta basa su confianza el Apóstol al pedir el perdón para Onésimo, el mayor consuelo que espera recibir (v. 20), ahora tan necesitado de cariño y comprensión en su prisión romana. Pero, en sugerencia igualmente delicada y en extremo respetuosa para con Filemón, espera de su obediencia más incluso de lo que le pide (v. 21). ¿A qué se refiere? Ya se ha dicho en la Introducción: a la libertad de Onésimo, pues aunque jurídicamente seguía siendo esclavo, era, sin embargo, libre ya según la fe.
San Pablo no pide directamente la liberación de Onésimo, aunque la insinúa con gran finura, moviendo al antiguo amo a que la conceda, pero sin quitarle el mérito de su libre decisión. Hace notar con tino a Filemón la generosidad que tuvo con él (vv. 18-19), para moverle a la respuesta igualmente generosa. «Es la repetición del mismo testimonio que le había expresado al principio de su carta —precisa San Juan Crisóstomo—: ‘Sabiendo que harás aún más de lo que te digo’. Imposible imaginar nada más persuasivo; ninguna otra razón más convincente que esta tierna estima de la generosidad que Pablo le manifiesta, de modo que Filemón no podría resistir más a esta demanda» (Hom. sobre Philm, ad loc.).
Philémon Phile, 22-25
Termina la carta en el mismo tono familiar y lleno de confianza con que comenzó.
Se aprecia la importancia que debía tener para aquella naciente cristiandad de Colosas la familia y la casa de Filemón. Familias que vivieron de Cristo y que dieron a conocer a Cristo. Pequeñas comunidades cristianas, que fueron como centros de irradiación del mensaje evangélico. Hogares iguales a los otros hogares de aquellos tiempos, pero animados de un espíritu nuevo, que contagiaba a quienes los conocían y los trataban. Eso fueron los primeros cristianos, y eso hemos de ser los cristianos de hoy: sembradores de paz y de alegría, de la paz y de la alegría que Jesús nos ha traído (Es Cristo que pasa, n. 30).
Junto con los saludos de quienes acompañan en ese momento a San Pablo, mencionados en Col 4, 10-14, aparece la bendición final acostumbrada (cfr Gal 6, 18).
NOTAS a la Epístola a los Hebreos (EUNSA)
Chapitre n°1
Hébreux 1, 1-4
Los cuatro primeros versículos forman una especie de prólogo de la carta, que omite los saludos a los destinatarios y las expresiones de agradecimiento a Dios, habituales en las cartas paulinas. Como San Juan en el prólogo de su Evangelio, la carta se centra inmediatamente en el objeto principal de su exposición: la consideración de la divinidad de Jesucristo, Redentor nuestro. Se habla de Cristo como Hijo con filiación eterna, anterior a la creación y a la Encarnación; y se considera la misión de Cristo para salvar a todos los hombres tal y como conviene al Verbo que creó todas las cosas. Esta exposición culmina con la afirmación de la absoluta preeminencia de Cristo sobre los ángeles, tema del que se ocupa, con distintos matices, hasta el final del segundo capítulo.
Toda la epístola desarrollará bajo diferentes aspectos el tema enunciado en el prólogo: la excelsa condición de Cristo Hijo natural y eterno de Dios, Mediador universal, Sacerdote eterno. Por eso Santo Tomás dice que la materia de esta epístola es la «excelencia» de Cristo. En efecto, la Carta a los Hebreos se diferencia de las demás del corpus epistolar paulino, pues el Apóstol en algunas cartas (las «grandes epístolas» y las de la cautividad) trata de la gracia infundida en todo el Cuerpo Místico de la Iglesia; en otras (las pastorales) trata de la gracia concedida a algunos miembros principales (como eran Timoteo y Tito); en cambio en la Epístola a los Hebreos se considera la gracia en cuanto está en la Cabeza del Cuerpo Místico, es decir en Cristo. Esa excelencia —añade el Doctor Angélico— es manifestada por San Pablo desde cuatro aspectos: primero por la naturaleza de su origen, al llamarle verdadero hijo natural de Dios, cuando dice que nos ha hablado por medio de su Hijo; segundo, por la magnitud de su poder, cuando manifiesta que le instituyó heredero de todas las cosas; tercero, por la eficacia de su actividad, al afirmar que por Él hizo todos los siglos; y cuarto, por la excelsitud de su dignidad, cuando señala que Él es resplandor de su gloria (cfr Comentario sobre Heb, prólogo y 1, 1).
Cristo es presentado así como cumbre y plenitud de la Revelación salvífica, como ha recordado el Concilio Vaticano II: «Dios habló a nuestros padres en diversos momentos y de muchos modos por medio de los profetas. ‘En estos últimos días nos ha hablado por medio de su Hijo’ (Heb 1, 1-2). Pues envió a su Hijo, el Verbo eterno, que alumbra a todo hombre, para que habitara entre los hombres y les contara la intimidad de Dios (cfr Ioh 1, 1-18)(...). Pues Él, con su presencia y manifestación, con sus palabras y obras, signos y milagros, sobre todo con su muerte y gloriosa resurrección, con el envío del Espíritu de la verdad, lleva a plenitud toda la revelación y la confirma con testimonio divino; a saber, que Dios está con nosotros para librarnos de las tinieblas del pecado y de la muerte, y para hacernos resucitar a una vida eterna» (Dei Verbum, n. 4).
Hébreux 1, 1
La Revelación divina, llamada con propiedad Palabra de Dios, se ha desarrollado en distintas etapas a lo largo del Antiguo y Nuevo Testamento. «Por esta revelación —enseña el Concilio Vaticano II—, Dios invisible (cfr Col 1, 15; 1 Tim 1, 17) habla a los hombres como amigo (cfr Ex 33, 11; Ioh 15, 14-15), movido por su gran amor, y mora con ellos (cfr Bar 3, 38) para invitarles al trato con Él y recibirlos en su compañía. Este plan de la revelación se realiza con palabras y obras íntimamente relacionadas entre sí, de forma que las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina y las realidades significadas por las palabras, y las palabras, a su vez, proclaman las obras y esclarecen el misterio contenido en ellas» (Dei Verbum, n. 2). La revelación es así una manifestación gradual de los misterios de Dios que da a conocer poco a poco, con una sabia pedagogía, su ser íntimo y su voluntad con vistas a la salvación eterna de todos los hombres. Porque, aunque haya un solo Dios y una sola salvación, sin embargo el hombre necesita ser formado por múltiples preceptos y son por tanto numerosas las etapas que conducen al hombre hacia Dios. Así puede constantemente progresar en la fe y encontrar la salvación completa en Cristo. Esta manifestación llena de misericordia, que Dios hace de sus misterios, se dirige al hombre para que todo el mundo «ante el anuncio salvador, escuchando crea, creyendo espere, esperando ame» (De catechizandis rudibus, 4, 8).
El Concilio Vaticano I al hablar de la Revelación recordó que aunque Dios «principio y fin de todas las cosas, puede ser conocido con certeza por la luz natural de la razón humana a partir de las cosas creadas (...), quiso sin embargo con su sabiduría y bondad revelar al género humano por otro camino, el sobrenatural, a Sí mismo y los decretos eternos de su voluntad» (Dei Filius, cap. 2). Esta revelación sobrenatural, según se dice en el mismo lugar (reafirmando lo que ya dijo el Concilio de Trento), se contiene en los libros escritos y en las tradiciones no escritas que los Apóstoles recibieron de Cristo o del Espíritu Santo y que nos transmitieron a nosotros (cfr Ibid.). A su vez el Evangelio de Cristo había sido prometido antes por los profetas y, más en general, por todo el Antiguo Testamento. A esto se refiere la epístola cuando dice que Dios habló en el pasado por boca de los profetas «en diversos momentos», es decir, en las distintas etapas de la historia del pueblo elegido y «de muchos modos», es decir, por medio de visiones, palabras, acciones y acontecimientos históricos.
Hébreux 1, 2
«La verdad intima acerca de Dios y de la salvación humana se nos manifiesta por la revelación de Cristo, que es a un tiempo mediador y plenitud de toda la revelación» (Dei Verbum, n. 2).
He aquí como San Juan de la Cruz comenta con belleza y hondura este versículo: «Y es como si dijera: Lo que antiguamente habló Dios en los Profetas a nuestros padres de muchos modos y de muchas maneras, ahora a la postre, en estos días nos lo ha hablado en el Hijo todo de una vez. En lo cual da a entender el Apóstol, que Dios ha quedado como mudo, y no tiene más que hablar, porque lo que hablaba antes en partes a los Profetas ya lo ha hablado en Él todo, dándonos al Todo, que es su Hijo.
»Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra alguna cosa o novedad. Porque le podría responder Dios de esta manera, diciendo:
»Si te tengo ya habladas todas las cosas en mi Palabra, que es mi Hijo, y no tengo otra, ¿qué te puedo Yo ahora responder o revelar que sea más que eso? Pon los ojos sólo en Él, porque en Él te lo tengo dicho todo y revelado» (Subida al Monte Carmelo, lib. 2, cap. 22).
Los «últimos días» designan el tiempo que media entre la primera y la segunda venida de Cristo o Parusía. Estos días han empezado, porque se escucha y se ve la «Palabra» definitiva de Dios que es Jesucristo. La humanidad se encuentra ya, por tanto, en la edad final, en la «plenitud de los tiempos» (cfr 1 Cor 10, 11; Gal 4, 4; Eph 1, 10).
Dios, al hablarnos por medio de su Hijo, nos revela claramente su voluntad salvífica, ya desde la Encarnación, porque viene al mundo la segunda Persona de la Trinidad, para redimirnos con su muerte y abrirnos el Cielo con su glorificación. Por tanto, Jesucristo es el profeta por antonomasia (cfr nota a Ioh 7, 40-43), porque con su Palabra perfecciona y lleva a término la misericordiosa revelación divina. La Encarnación y los demás acontecimientos de la vida del Señor son fuente de salvación, como se contiene en la misma enseñanza de Jesucristo.
Convenía que aquel Hijo que reveló perfectamente a Dios Padre fuera también el Verbo divino que había creado todas las cosas (cfr Ioh 1, 3). La actividad creadora del logos o Verbo divino no se contradice con la afirmación de que la creación venga de Dios Padre, puesto que las obras ad extra son comunes a las tres Personas divinas; tampoco se puede entender que el Verbo es un simple instrumento del Padre, sino que es consustancial a Él en todo.
«El único y propio Verbo del Padre bueno es el que ha organizado este universo. Siendo el Verbo bueno ha dispuesto el orden de todas las cosas (...). Estaba con Dios como Sabiduría, miraba al Padre como Verbo y creó el universo, dándole consistencia, orden y belleza. Siendo el poder mismo del Padre dio a todos los seres la fuerza de existir» (Oratio contra gentes, nn. 40. 46). No sólo el Verbo manifestó al Padre en la Creación, sino que actuó, junto con el Padre y el Espíritu Santo en la revelación del Antiguo Testamento, hasta el punto de que muchos Padres atribuyeron al Hijo —como «Ángel» o «Mensajero de Yahwéh»— las manifestaciones a Moisés y a los Profetas. San Ireneo escribe, por ejemplo, que Cristo prefiguró y anunció las cosas futuras por medio de «sus patriarcas y profetas», ejerciendo así de antemano su papel de Maestro, promulgando los mandamientos y normas divinas y acostumbrando a los suyos a obedecer a Dios Padre (cfr Adversus haereses, XIV, 21). Existe, por lo tanto, una profunda armonía entre la manifestación de Dios en la Creación, en la revelación del Antiguo Testamento y en la del Nuevo: son revelación del mismo Dios y siempre actúa el Verbo. Tal actividad es de diferente modo: oculto y a través de los profetas, en el Antiguo Testamento; encarnado y por sí mismo, en el Evangelio. En este texto de Hebreos se unen la revelación sobre Jesucristo como Mediador y artífice de la Creación (cfr Col 1, 15-18; 1 Cor 8, 6) con el pensamiento de que Dios nos ha hablado definitivamente en el Hijo, que «está en el seno del Padre» y que nos dio a conocer los misterios invisibles de la divinidad (cfr Ioh 1, 18).
«Los siglos», en el lenguaje de la Biblia suele equivaler a los seres creados, especialmente al mundo material; de modo que la frase «hizo también los siglos» puede ser traducida por: «hizo también los mundos».
3a. Estas palabras, que describen la condición divina y la eternidad de Jesucristo, recuerdan el siguiente pasaje del libro de la Sabiduría: «(la Sabiduría) es un resplandor de la luz eterna, un espejo sin mancha de la actividad de Dios, una imagen de su bondad» (Sap 7, 26). Lo que en el Antiguo Testamento era descrito como un atributo divino, se revela ahora como un Ser personal, la segunda Persona de la Trinidad, el Verbo Encarnado: Jesucristo.
Recurriendo a tres imágenes, se enseña que Jesucristo es perfecto Dios, idéntico al Padre. Al decir que el Hijo es «resplandor» de la gloria del Padre, señala que ambos son de la misma naturaleza. Así lo confesamos en el Símbolo de fe, cuando decimos que Jesucristo, Hijo unigénito de Dios, es «Dios de Dios, Luz de Luz» (Credo Niceno-Constantinopolitano). «El autor quiere decir —escribe San Juan Crisóstomo— que Cristo tiene este resplandor por sí mismo, que no puede sufrir eclipse y que no es susceptible de aumentar ni disminuir» (Hom. sobre Heb, 2).
El Hijo es también «impronta» de la sustancia del Padre. El término impronta traduce la palabra griega character, de la cual viene la castellana carácter. Significa la marca dejada por un instrumento utilizado para grabar o sellar a fuego (por ejemplo, como hacen los anillos sobre el lacre, o los sellos en un documento, o los hierros de las divisas en el ganado). Esta palabra quiere indicar dos cosas: en primer lugar, la perfecta igualdad entre la marca y el sello y, en segundo lugar, la permanencia del signo grabado.
«Sustenta todas las cosas con su palabra poderosa»: El Hijo, por medio del cual han sido creadas todas las cosas, es también el que las sostiene en el ser. Dios Padre no se limita a crear sino que, mediante el Hijo, conserva el mundo y lo mantiene con una relación continua, directa e inmediata, sin la cual el mundo volvería a la nada, como explica Santo Tomás: «Con la remoción de la fuerza divina cesaría la existencia, el hacerse y el subsistir de cualquier criatura: (el Verbo) sustenta por tanto todas las cosas en cuanto a su existencia, y las sustenta también en cuanto a sus obras por ser la causa primera» (Comentario sobre Heb, 1, 2). Es coherente que el Padre quiera conservar en la existencia el mundo por medio del mismo Verbo por el cual lo creó.
3b. Éste es el mensaje central de la Epístola a los Hebreos: Cristo, el Hijo consustancial al Padre, imagen perfecta de su sustancia, que creó y mantiene en el ser todas las cosas, al encarnarse efectuó la purificación de los pecados, y por su sacrificio fue glorificado hasta sentarse a la diestra del Padre y «recibir el nombre que está sobre todo nombre» (cfr Phil 2, 6-11; Ioh 1, 1.3.14). La obra de Jesucristo se presenta como una unidad de acciones misericordiosas y salvadoras, que se extienden desde la creación del mundo y del hombre hasta el estar sentado en la Gloria a la diestra del Padre. Creación y Redención son dos misterios profundamente vinculados. El Hijo, Verbo divino que crea, es el mismo que redime. «Conviene hablar en primer término —escribe San Atanasio— de la creación del universo y de Dios su Creador, para apreciar adecuadamente el hecho de que la nueva creación de este universo ha sido producida por el Verbo que la había creado en el origen. Porque no se verá contradicción alguna si el Padre realiza la salvación de la criatura en Aquél por quien la había producido» (De Incarnatione contra arianos, 1). Por esto la tradición de la Iglesia, haciéndose eco de varias expresiones del Nuevo Testamento (cfr Gal 6, 15; 2 Cor 5, 17; Eph 4, 24; Col 3, 10), afirma que la Redención es una «nueva creación».
La expresión «sentarse a la diestra de la Majestad» equivale a «tener la dignidad de Dios», ya que «Majestad» es un término reverencial para indicar a Dios sin nombrarlo, como solían hacer los rabinos judíos, que le llamaban Señor, Altísimo, Poder, Gloria, etc. Sentarse en la presencia de Dios era prerrogativa de los reyes davídicos (cfr 2 Sam 7, 18; Ez 44, 3) y la derecha se consideraba el lugar de mayor consideración (cfr Ps 45, 10). En el Salmo 110 se anuncia que Dios hará sentar al Mesías a su diestra, y a lo largo de su vida. Cristo había recordado varias veces aquella profecía para afirmar que Él era el Mesías y Dios (cfr Mt 22, 44; 26, 63-65; Ioh, 5, 17-18; 10, 30-33). La exaltación del Hijo, sentado a la diestra del Padre, fue un tema constante de la predicación apostólica (cfr Act 2, 33; Rom 8, 34; 1 Pet 3, 22; Apc 3, 21; Eph 1, 20). Como comenta San Juan Crisóstomo, cuando San Pablo dice que el Hijo se sentó a la diestra de la Majestad quiere aludir principalmente a la dignidad del Hijo que es igual a la del Padre. Y cuando afirma que está en las alturas, en los cielos, lejos de querer encerrar a Dios en unos límites materiales, quiere mostramos a Dios Hijo, que domina el universo y se eleva hasta el trono de su Padre (cfr Hom. sobre Heb, 2).