La vida de Cristo es resumida con rápidas pinceladas, subrayando su perfecta obediencia a la voluntad del Padre, en su oración intensa y en sus sufrimientos y muerte redentora. Como en el himno a Cristo de Phil 2, 6-11, se pone de relieve que Cristo se anonadó a Sí mismo por obediencia y que, a pesar de ser el Hijo Unigénito de Dios, por obediencia quiso morir en la Cruz. Su muerte fue un verdadero ofrecimiento de Sí mismo expresado con aquella «gran voz» dirigida al Padre antes de expirar: «En tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23, 46). Pero la obediencia de Jesús, aunque se manifestó del modo más evidente en el Calvario, fue continua y absoluta a lo largo de todos «los días de su vida en la tierra»: obedeció a María y a José en quienes veía la autoridad del Padre Celestial, obedeció las órdenes y mandatos de la autoridad política y religiosa, obedeció siempre al Padre con una identificación perfecta, hasta poder decir: «Yo te he glorificado en la tierra: he terminado la obra que Tú me has encomendado que hiciera (...). Todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío» (Ioh 17, 4.10).
Junto con la obediencia perfecta al Padre, destaca en la vida de Jesús su oración, cuya cumbre se dio en Getsemaní la víspera de su Pasión. El «gran clamor y lágrimas» evoca los relatos evangélicos: «Entrando en agonía, oraba con más intensidad. Y le vino un sudor como de gotas de sangre que caían hasta el suelo» (Lc 22, 44).
Lo más probable es que Heb 5, 7-9 no se refiera sólo a la oración en el Huerto, y menos aún a una petición de Cristo para verse libre de la muerte, sino a la oración habitual de nuestro Señor para salvar a todos los hombres. «Cuando el Apóstol habla de estas súplicas y del clamor de Jesús —comenta San Juan Crisóstomo— no quiere hablar de las peticiones que hizo para Sí mismo sino para los que creerían en Él. Y puesto que los hebreos no tenían todavía la elevada concepción de Cristo que hubieran debido poseer, San Pablo dice que ‘fue escuchado’, como el mismo Señor dijo a los discípulos para consolarlos: Si me amarais os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es mayor que yo (...). Eran tan grandes el respeto y la piedad del Hijo, que Dios Padre no podía evitar el tenerlos en cuenta y respetar a su Hijo y sus peticiones» (Hom. sobre Heb, 11).
Hébreux 5, 7
«En los días de su vida en la tierra». El texto dice literalmente «en los días de su carne» y hace referencia a la Encarnación. «Carne» es sinónimo de vida mortal, y aquí significa la naturaleza humana de Cristo, como en el prólogo del Evangelio de San Juan (cfr Ioh 1, 14) y en muchos otros lugares (cfr Heb 2, 14; Gal 2, 20; Phil 1, 22-24; 1 Pet 4, 1-2), incluyendo la condición humilde de siervo y la posibilidad de padecer (cfr Phil 2, 8; Mt 20, 27-28). La Humanidad de Jesús, a que se alude en «los días de su carne», es bien distinta de su naturaleza divina y también de su naturaleza humana glorificada (cfr 1 Cor 15, 50). «Hay que decir que la palabra ‘carne’, se utiliza de vez en cuando para hablar de la fragilidad de la carne, como se dice en 1 Cor 15: ‘La carne y la sangre no pueden heredar el Reino de Dios’. Cristo tuvo una carne frágil y mortal. Por eso se dice en el texto: ‘En los días de su carne’, refiriéndose a cuando vivía en una carne parecida a la carne pecadora, pero que no tenía pecado» (Comentario sobre Heb, 5, 1). En conclusión, el texto insiste en la condición de víctima de nuestro Señor y, al mismo tiempo, en su oficio de sacerdote.
«Oraciones y súplicas». Es lo propio de un sacerdote. Las dos palabras son en cierta medida equivalentes, pero la expresión corresponde a una frase hecha que se utilizaba en las peticiones dirigidas al rey o a un funcionario importante. El plural nos dice que fueron numerosas. En la mente del autor parece estar presente la estampa del Redentor que «adelantándose un poco, se postró rostro en tierra mientras oraba diciendo: Padre mío, si es posible que pase de mí este cáliz; pero no sea como yo quiero, sino como quieras Tú» (Mt 26, 39). Santo Tomás comenta así esta descripción de la oración de Cristo: «Ciertamente el acto fue el de ofrecer oraciones y súplicas, es decir, un sacrificio espiritual: y esto es lo que Cristo ofreció. Y se habla de oraciones, para indicar las peticiones porque ‘Mucho vale la petición perseverante del justo’ (Iac 5, 16); y, en cambio, se habla de súplicas para subrayar la humildad del que ora, que se pone de rodillas, como se ve en aquél que, ‘se postró en tierra orando’ (Mt 26, 39)» (Comentario sobre Heb, 5, 1).
Para subrayar la fuerza de esta oración de Cristo, el autor sagrado añade: «con gran clamor y lágrimas». Según las enseñanzas de los rabinos había tres grados de oración, cada uno más fuerte que el anterior: plegaria, gritos y lágrimas. La plegaria se hacía en silencio y el grito en voz alta; pero la manifestación más elevada eran las lágrimas. Toda la tradición cristiana se ha sentido removida delante del Redentor que manifiesta en la oración toda su humanidad. «El resumen de todo lo que se dice es la humildad —comenta Teodoreto de Ciro—, y esto tapa la boca a los que blasfeman de la divinidad de Cristo y dicen que nada de todo esto conviene a un Dios. Porque, al contrario, la divinidad estableció que la humanidad sufriera todo esto, para que aprendiéramos hasta qué punto se encarnó de verdad y asumió una naturaleza humana, y que el misterio de la Salvación se llevó a cabo de modo real, no fantástico o en apariencia» (Interpretatio Ep. ad Haebr, ad loc.). Y la oración de Cristo, tan intensa, nos enseña que dos requisitos son necesarios cuando se ora: el fervor del afecto y el dolor interior. «Cristo tuvo ambas cosas (...), ya que el Apóstol a través de las lágrimas quiere indicar el gemido interior del que llora (...). Pero no lloró por Sí, sino por nosotros, que recibimos el fruto de su pasión» (Comentario sobre Heb, ad loc.).
«Habiendo sido escuchado por su piedad filial». Es muy sugerente el comentario de San Juan Crisóstomo: «Se entregó a Sí mismo, dice en Gal 1, 4, por nuestros pecados; y en otro texto (cfr 1 Tim 2, 6) añade que se dio a Sí mismo como rescate por todos nosotros. ¿Qué quiere decir? ¿No ves que habla con humildad de Sí mismo a causa de su cuerpo mortal? Y, sin embargo, por ser Hijo, dice que fue escuchado por su piedad filial» (Hom. sobre Heb, 8). Es como un amoroso forcejeo entre el Hijo y el Padre. El Hijo gana la admiración del Padre con la generosidad de su entrega.
Parece, sin embargo, que la oración de Cristo no fue escuchada, porque ni Dios Padre le ahorró la muerte ignominiosa, el cáliz que había de beber, ni los judíos, por los cuales rezó, se convirtieron. Pero esto fue sólo en apariencia: en realidad Cristo fue escuchado en todo lo que pidió. Es verdad que la muerte le repugnaba —como a todo hombre— debido al deseo sensible de vivir. Pero, por otro lado, Cristo quería morir con un acto de voluntad deliberado y racional; por esto, durante su oración, dijo: «no se haga mi voluntad sino la tuya» (Lc 22, 42). Asimismo, Cristo quería salvar a todos los hombres, pero contando con la respuesta libre de ellos (cfr Comentario sobre Heb, ad loc.).
Hébreux 5, 8
En Cristo hay dos naturalezas completas y perfectas y, por lo tanto, dos órdenes distintos de conocimiento: la ciencia divina y la ciencia humana. Esta segunda se divide en varios aspectos. Cristo, como hombre, posee la ciencia de los bienaventurados del Cielo, es decir de la visión directa de la esencia divina; la ciencia que Dios infundió en el hombre antes del pecado original (ciencia infusa) y la ciencia que los hombres adquieren con la experiencia. Esta última podía progresar (cfr Lc 2, 52) y de hecho progresó. La experiencia, tan trágica, de la Pasión aumentó esta última clase de conocimiento de Cristo. Por eso en este versículo se dice que Cristo aprendió a obedecer con los sufrimientos que padeció. En la cultura griega existía el refrán: «Los sufrimientos son lecciones». La doctrina y el ejemplo de Cristo elevan esta consideración positiva del sufrimiento al orden sobrenatural: «En el sufrimiento se esconde una particular fuerza que acerca interiormente el hombre a Cristo, una gracia especial (...).Fruto de esta conversión es no sólo el hecho de que el hombre descubre el sentido salvífico del sufrimiento, sino sobre todo que en el sufrimiento llega a ser un hombre completamente nuevo. Halla como una nueva dimensión de toda su vida y su vocación» (Salvifici doloris, n. 26).
En el caso del Señor, su experiencia del dolor estuvo unida a su generosidad en la obediencia. Cristo quiso voluntaria y libremente obedecer hasta la muerte (cfr Heb 10, 5-9; Rom 5, 19; Phil 2, 8) también para reparar el primer pecado, que fue de desobediencia. «En su sufrimiento los pecados son borrados precisamente porque Él únicamente, como Hijo unigénito, pudo cargarlos sobre Sí, asumirlos con aquel amor hacia el Padre que supera el mal de todo pecado; en un cierto sentido Cristo aniquila este mal en el ámbito espiritual de las relaciones entre Dios y la humanidad, y llena este espacio con el bien» (Salvifici doloris, n. 17). Cristo «aprendió la obediencia» no en el sentido de que creciera en Él esta virtud, ya que su Humanidad era perfectísima en santidad, sino en el sentido de que puso en práctica la virtud infusa que poseía su alma humana. «Cristo, pues, sabía desde la eternidad lo que es obedecer, pero aprendió la obediencia en la práctica, fundado en lo que padeció, esto es, en cosas tan difíciles como la pasión y la muerte» (Comentario sobre Heb, ad loc.).
El ejemplo de Cristo nos recuerda el valor de la práctica de la obediencia, que debemos vivir a imitación suya. Un autor cristiano del siglo V, Diádoco de Focea, escribió: «El Señor la amó en razón de la salvación humana y obedeció a su Padre hasta la cruz y la muerte, sin que su obediencia resultara en absoluto indigna de su grandeza. Así, habiendo disuelto con su obediencia la desobediencia del hombre, quiso conducir a la vida bienaventurada e inmortal a los que vivían en la obediencia» (Capita 100 de perf. spirituali, 41).
Hébreux 5, 9
Es evidente que Cristo en cuanto Dios no podía crecer en perfección. Su Humanidad Santísima tampoco podía crecer en santidad, ya que, desde el momento de la Encarnación, Cristo recibió por la plenitud de gracia el grado máximo de santidad que el hombre puede conseguir. En este sentido Santo Tomás especifica que la gracia de Cristo es infinita: en Cristo se puede distinguir una doble gracia. Una la de unión, que consiste en la unión personal al Hijo de Dios otorgada gratuitamente a la naturaleza humana. Evidentemente esta gracia es infinita, como también lo es la Persona del Verbo. La otra es la gracia habitual, que aunque recibida en una naturaleza humana limitada es, sin embargo, infinita en perfección porque a Cristo le fue conferida la gracia como a principio universal de la justificación de la naturaleza humana (cfr Suma Teológica, III, q. 7, a. 11). ¿En qué sentido, pues, Cristo alcanzó la perfección? Lo aclara el mismo Santo Doctor: Cristo, mediante su Pasión, alcanzó una gloria especial: logró la impasibilidad y la glorificación de su cuerpo. Además alcanzó estas mismas perfecciones de las que participaremos, en la futura resurrección gloriosa, los que creemos en Él (cfr Comentario sobre Heb, ad loc.). Por eso, nuestro Redentor pudo exclamar antes de morir: «Todo está consumado» (Ioh 19, 30), ya que se refería no sólo a su propio sacrificio en forma de holocausto sino al perfecto cumplimiento de la expiación redentora. Cristo en la Cruz triunfó y alcanzó la perfección para Sí y para todos. El verbo «consumar» y el verbo «alcanzar la perfección», que son distintos en castellano, son en el texto original el mismo verbo. Cristo, además, por haber sabido obedecer hasta llegar a ser una víctima perfecta, sumamente agradable al Padre, puede del modo más eminente perfeccionar a los demás. La «obediencia» es sobre todo docilidad a lo que Dios nos dice, prontitud para escuchar (cfr Rom 1, 5; 16, 26; 2 Cor 10, 5; Heb 4, 3). La obediencia de Cristo es para nosotros fuente de salvación y ejemplo que debemos seguir: así formamos con Él un solo cuerpo y Cristo puede transmitirnos la plenitud de su gracia.
Ahora, que te cuesta obedecer, acuérdate de tu Señor, ‘factus obediens usque ad mortem, mortem autem crucis’ —¡obediente hasta la muerte, y muerte de cruz! (Camino, n. 628).
Hébreux 5, 10
Cristo, según la enseñanza repetida muchas veces en la epístola, es Sumo Sacerdote «según el orden de Melquisedec». En Él se unen dos características esenciales: es el Hijo eterno de Dios, como anunciaba el Salmo mesiánico 2, 7: «Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy»; y es, al mismo tiempo, Sumo Sacerdote no según el orden que Dios estableció con Aarón sino según la disposición divina relativa a Melquisedec. En la carta se explica más adelante en qué sentido este «orden de Melquisedec» es superior al orden de Leví y de Aarón. Ahora interesa subrayar la unión entre el sacerdocio de Cristo y su filiación divina. Cristo, al ser Hijo, fue enviado por Dios Padre como Redentor y Mediador, y la mediación de Cristo, Dios y hombre verdadero, se ejerce en forma de sacerdocio. Luego, en última instancia, Cristo es Sacerdote juntamente por ser Hijo de Dios y haberse encarnado. El abismo de malicia, que el pecado lleva consigo, ha sido salvado por una Caridad infinita. Dios no abandona a los hombres. Los designios divinos prevén que, para reparar nuestras faltas, para restablecer la unidad perdida, no bastaban los sacrificios de la Antigua Ley: se hacía necesaria la entrega de un Hombre que fuera Dios. Podemos imaginar —para acercarnos de algún modo a este misterio insondable— que la Trinidad Beatísima se reúne en consejo, en su continua relación íntima de amor inmenso y, como resultado de esa decisión eterna, el Hijo Unigénito de Dios Padre asume nuestra condición humana, carga sobre sí nuestras miserias y nuestros dolores, para acabar cosido con clavos a un madero (Es Cristo que pasa, n. 95).
Era conveniente que esta Persona divina encarnada fuera precisamente el Hijo o Verbo, ya que «el Verbo tiene cierta razón de semejanza no sólo con la naturaleza racional sino con toda criatura en general, ya que el Verbo contiene las ideas de todas las cosas creadas por Dios, así como un artífice humano posee mediante su entendimiento las ideas de sus productos (...). Y por esto se dice que todas las cosas han sido hechas por el Verbo. Por consiguiente, es conveniente que el Verbo se una a la criatura, o sea, a la naturaleza humana» (Suma contra los gentiles, IV, 42). Era conveniente, por último, que la Redención del pecado se realizara en forma de sacrificio ofrecido por la misma Persona divina.
He aquí por qué Cristo, Hijo Unigénito, a quien Dios dijo: «Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy», es también el Sacerdote al cual Dios jura: «Tú eres sacerdote para siempre y según el orden al cual pertenece Melquisedec».
Hébreux 5, 11-14
La carta explica en qué sentido Cristo es llamado «Sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec», pues teme que sus lectores no lo entiendan, a pesar de ser judíos y de tener familiaridad con la figura de Melquisedec. Se trata de un tema de capital importancia, que requiere una explicación amplia y compleja y, por lo tanto, una atención constante e inteligente. Los destinatarios deberían conocer muy bien la Sagrada Escritura y habrían escuchado ya la catequesis previa y sucesiva al Bautismo. Deberían ser maestros de otros fieles y saber explicar con claridad las verdades de la fe. Pero necesitan, en cambio, que se les vuelva a repetir los primeros rudimentos del cristianismo así como hay que explicar a los niños los rudimentos de una lengua, el alfabeto y la pronunciación. En definitiva, los hebreos cristianos a los que se dirige la epístola se han vuelto, por sus dudas y vacilaciones, como aquellos primeros cristianos de Corinto, recién convertidos y ya divididos en bandos, a los que el Apóstol llama «niños» y «carnales» (cfr 1 Cor 3, 1-3). Como los niños, necesitan tomar alimentos ligeros, como la leche, y no pueden tomar todavía alimento sólido. La expresión, a pesar de contener un reproche hacia los que deberían ser personas maduras, no puede ocultar la ternura y el afecto. Ya los rabinos solían llamar afectuosamente a sus discípulos «los amamantados», y se llamaban a sí mismos «maestros de párvulos» (cfr Rom 2, 20). San Pablo utilizó muchas veces la imagen del niño de pecho para indicar la situación de aquellos hombres que todavía no habían conocido la verdad y que, por lo tanto, quedaban en la ignorancia sin culpa (cfr 1 Cor 13, 11; Gal 4, 1.3; Eph 4, 14). En alguna ocasión el Apóstol habló de su predicación comparándola con el desvelo afectuoso de una madre que amamanta a su hijo (cfr 1 Thes 2, 7; Gal 4, 20). También San Pedro llama a los recién bautizados «niños recién nacidos» (1 Pet 2, 2). Así que, a pesar del reproche, el autor de la carta se considera el maestro y el padre espiritual de sus lectores. Ellos deben volver a estudiar, como los pequeños, los primeros elementos de la fe, y no pueden todavía adentrarse en la «doctrina de la justicia», es decir en el misterio de la justificación (Rom 6, 16; 9, 30), ni querer tener el discernimiento entre el bien y el mal (cfr Rom 2, 18; Phil 1, 10; Gen 3, 5). Se trata de una invitación implícita a ser espiritualmente adulto, ya que el cristiano debe alcanzar la sabiduría y la madurez del varón perfecto, según la edad de la perfección de Cristo (cfr Eph 4, 10; 1 Cor 14, 20; Col 1, 28).
A este propósito Santo Tomás recuerda que la perfección cristiana requiere el ejercicio constante de rectificar la intención, la buena disposición del entendimiento y de las demás facultades, la repetición frecuente de actos para crear un hábito bueno y el discernimiento entre lo mejor, lo bueno, lo malo y lo peor (cfr Comentario sobre Heb, ad loc.). En esto consiste el poseer «facultades bien desarrolladas».
Chapitre n°6
Hébreux 6, 1-3
Se quiere fortalecer una vez más la fe y la confianza de los cristianos. Por esto se les recuerda que no se trata de volver sobre la doctrina elemental y básica, cuyo fundamento es el arrepentimiento de los pecados y el deseo de empezar una vida nueva, sino de desarrollar estas enseñanzas para sacar conclusiones y profundizar en ellas: «Avancemos hacia lo más perfecto». La catequesis o instrucción elemental de los fieles se solía impartir antes y después del Bautismo, e incluía, como se desprende del texto, varios elementos. Se trataba de explicar quién es Jesucristo y cuál es su misión (cfr Act 8, 35.37) y, en particular, que es el Hijo de Dios; la necesidad de la penitencia y de pedir perdón por los pecados (cfr Mt 4, 17; Mc 1, 15); la fe en Dios; la existencia y naturaleza de los sacramentos y los novísimos: la resurrección final y el juicio eterno.
De modo admirable, por su sencillez y claridad, se resumen los artículos fundamentales de la catequesis cristiana. El texto ofrece un testimonio de particular relevancia, por su antigüedad y por su carácter inspirado, de que existía desde la época apostólica un sumario de verdades que debían ser explicadas y aceptadas antes del Bautismo. Es un primer esbozo de lo que será después el Credo o Símbolo de la Fe. En la disposición misma de los artículos de fe se refleja la sabiduría didáctica de la Iglesia, guiada por el Espíritu Santo. Los artículos se agrupan siguiendo un orden: la fe, los sacramentos, las postrimerías.
El fin de la catequesis es, como dice Santo Tomás, adquirir la doctrina «por la cual Cristo empieza a estar en nosotros por medio del conocimiento de la fe». Se trata de establecer una unión vital y efectiva con el Señor y Redentor. Luego, el cristiano irá profundizando en este conocimiento. «El objeto esencial y primordial de la catequesis es (...) ‘el Misterio de Cristo’. Catequizar es, en cierto modo, llevar a uno a escrutar ese Misterio en toda su dimensión (...). Se trata de descubrir en la Persona de Cristo el designio eterno de Dios que se realiza en Él. Se trata de procurar comprender el significado de los gestos y de las palabras de Cristo, los signos realizados por Él mismo, pues ellos encierran y manifiestan a la vez su Misterio. En este sentido, el fin definitivo de la catequesis es poner a uno no sólo en contacto sino en comunión, en intimidad con Jesucristo: sólo Él puede conducirnos al amor del Padre en el Espíritu y hacernos partícipes de la vida de la Santísima Trinidad» (Catechesi tradendae, n. 5).
Hébreux 6, 2
La salvación cristiana está unida al uso de unos elementos sensibles que confieren la gracia de modo eficaz y que son los sacramentos. El texto alude a ello en pocas palabras. En primer lugar, se encuentra la instrucción sobre las «purificaciones», o, como sugiere el texto original, «los bautismos». El plural ha creado problemas a los intérpretes, ya que es bien sabido que sólo hay un Bautismo: «Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo» (cfr Eph 4, 5). Pero se puede explicar con relativa facilidad, si se atiende al modo de administrarlo (por triple inmersión) o al modo de alcanzarlo —bautismo de agua, de sangre o de deseo— o a la muchedumbre de fieles que lo recibían juntos. Sin embargo, lo más probable es que el versículo que comentamos se refiera a la diferencia entre el sacramento del Bautismo y los «bautismos» o baños de purificación que practicaban con frecuencia los judíos (cfr Mc 7, 3-4); la frase sería equivalente a «la instrucción sobre la diferencia entre las abluciones judaicas y el Bautismo cristiano».
En cuanto a la imposición de las manos, ésta puede indicar la imposición que, junto con la unción con el santo crisma, correspondía a la Confirmación (cfr Act 8, 17; 19, 6) o también a la administración de otros sacramentos, como el Orden (cfr 1 Tim 4, 14; 5, 22; 2 Tim 1, 6; Act 6, 6; 13, 3; etc.), la Penitencia o la Unción de enfermos (cfr Iac 5, 14). Tal vez indique, en sentido genérico, la administración de todos ellos.
Hay que recordar que en el Nuevo Testamento, como comenta Santo Tomás, se habla de la imposición de las manos en distintos sentidos, por ejemplo, cuando Cristo imponía las manos sobre los enfermos para curarlos (cfr Lc 4, 40). Esta imposición no tenía carácter sacramental y su efecto era la administración visible y externa de una gracia. En otros casos, la imposición de las manos era sacramental y se refería sobre todo a los sacramentos del Orden y de la Confirmación, en los cuales se daba una transformación y renovación interior (cfr Comentario sobre Heb, ad loc.).
Hébreux 6, 4-6
En el contexto de una exhortación a la fidelidad y a la exigencia de tender a lo más perfecto, se advierte con palabras duras el peligro de la infidelidad. En efecto, hay una gran dificultad para que un apóstata vuelva a la verdadera fe. Es muy difícil que cambien sus disposiciones personales y también que alguien sepa encontrar palabras que le puedan remover, ya que tuvo conocimiento de la verdad y la rechazó voluntariamente. Pero no es imposible, ya que la misericordia de Dios es infinita, como demuestra el episodio de las negaciones de Simón Pedro y de su arrepentimiento. «Así como en las enfermedades del cuerpo —comenta Santo Tomás— ninguna situación es más peligrosa que la de aquellos que tienen una recaída, así en lo espiritual si uno cae en el pecado después de haber recibido la gracia es más difícil que se levante para hacer el bien» (Comentario sobre Heb, ad loc.).
Para entender bien estas expresiones, tan enérgicas y exigentes, hay que tener en cuenta que los cristianos de la primera hora tenían un concepto altísimo de la dignidad de su llamada. Es imposible ser cristiano de verdad y pactar al mismo tiempo con el pecado: más aún si se trata de un pecado de apostasía, que lleva consigo la negación de la fe y corta, por tanto, las raíces mismas de nuestra salvación. Por otro lado, los primeros destinatarios de la carta parecían estar rodeados de un ambiente hostil: han tenido que sufrir el rechazo de la sociedad en la cual viven, han tenido que renunciar a ciertas prácticas religiosas judaicas que habían aprendido de pequeños, viven aislados y despreciados. La tentación de ceder es grande. Por esto se les recuerda, en primer lugar, los dones otorgados con la llamada al cristianismo: han sido «iluminados», es decir, han recibido el Bautismo «que es el principio de la regeneración espiritual, en la cual el entendimiento es iluminado por la fe» (Comentario sobre Heb, ad loc.); Dios les ha dado también la luz del Evangelio; han sido colmados con el «don celestial», es decir, el mismo Espíritu Santo que llena de dulzura (cfr 1 Pet 2, 3; Ps 34, 9), han sido alimentados con la Eucaristía; y han experimentado la suavidad de la Buena Nueva y la fuerza que tiene el Reino de Dios con todos sus dones: la filiación divina, la alegría, el gozo, el agradecimiento, la fe, la esperanza y la caridad que son el comienzo de la vida eterna.
La situación a la que hace referencia el v. 6 indica una caída ruinosa, parecida a la de Adán (cfr Rom 5, 15-20). Quizá se asemeje al pecado contra el Espíritu Santo, del cual el mismo Señor afirmó que no sería perdonado ni en este siglo ni en el futuro (cfr Mt 12, 31-32; Mc 3, 28-29; Lc 12, 10); su expresión recuerda la de San Pedro, que afirmaba que los apóstatas eran como el perro que vuelve a su vómito o la puerca lavada que se revuelca en el barro: su postrera situación es peor que la primera (cfr 2 Pet 2, 20-22). Como un hábil predicador, el escritor sagrado quiere hacer ver todo el horror que lleva consigo el rechazo de la fe.
No han faltado herejes que han querido utilizar este texto para sostener que existen pecados que la Iglesia no puede perdonar, en concreto los pecados de homicidio, adulterio y apostasía. Pero negar a la Iglesia este poder equivale a negar el sacramento de la Penitencia. Por esto, todos los Padres salieron al paso de este rigorismo que, casi siempre, desemboca en un laxismo desenfrenado. Del siguiente modo argumentaba San Juan Crisóstomo: «‘¡No existe penitencia!’, dicen ellos.— ¡Sí que existe penitencia! Lo que no existe es un segundo Bautismo. Existe la Penitencia, que posee una gran fuerza, y que puede liberar del peso de los pecados aun al que está sumergido profundamente en ellos, con tal de que quiera; y que puede poner totalmente a salvo al que está en peligro, aunque haya llegado al abismo de la maldad (...). Cristo, si queremos, puede ser formado de nuevo en nosotros. Escucha lo que dice Pablo: ‘Hijitos míos, por los cuales sufro de nuevo dolores de parto, hasta que Cristo sea formado de nuevo en vosotros’. Basta, pues, con que nos agarremos a la Penitencia. ¡Mira la benignidad de Dios! (...). ‘¡Hemos caído de nuevo!’ Pero ni siquiera entonces nos castigó, sino que nos dio la medicina de la Penitencia, que basta para destruir y eliminar todos nuestros pecados, con tal de que sepamos qué clase de medicina es ésta y cómo hay que aplicarla» (Hom. sobre Heb, 6). La misericordia de Dios acoge siempre al pecador que acude arrepentido al sacramento de la Penitencia, por muchos y muy graves que hayan sido sus pecados. ¡Mira qué entrañas de misericordia tiene la justicia de Dios! —Porque en los juicios humanos, se castiga al que confiesa su culpa: y, en el divino, se perdona.
¡Bendito sea el santo Sacramento de la Penitencia! (Camino, n. 309).
Hébreux 6, 6
«Vuelvan a la penitencia»: La frase quiere indicar que la renovación interior se dirige y desemboca en el arrepentimiento y el cambio de vida. Está describiendo la situación del hombre que, movido por la gracia interior y la predicación externa, da los primeros pasos en la vía del arrepentimiento.
Más difícil todavía es desentrañar el profundo contenido de la segunda parte del versículo: «Ya que, para su propio daño, crucifican de nuevo al Hijo de Dios y lo escarnecen». Muchos Padres y teólogos ven aquí la imposibilidad de volver a bautizarse, porque en el Bautismo participamos de los frutos de la Pasión y Muerte de Cristo (cfr Rom 6, 3-6; 1 Cor 1, 13). Si los apóstatas pretendieran ser bautizados de nuevo, para alcanzar el perdón, estarían pidiendo en cierto modo que Cristo volviera a ser crucificado. Pero Cristo ya no puede morir, luego la repetición del Bautismo es imposible. Así, por ejemplo, afirma Santo Tomás: «Cuando dice ‘crucificando de nuevo’, etc., explica la razón por qué el Bautismo no se repite, es decir, porque el Bautismo es una especie de conformación con la muerte de Cristo, como resulta de Rom 6, 3 —‘todos los que hemos sido bautizados en Cristo’—, y ésta no se repite porque ‘Cristo, resucitado de entre los muertos, ya no muere más’ (Rom 6, 9). Luego los que quisieran bautizarse de nuevo, querrían volver a crucificar a Cristo» (Comentario sobre Heb, ad loc.).
Sin excluir este sentido, parece más natural pensar con otros Padres que los pecadores desprecian la Penitencia más que el Bautismo, ya que también la Penitencia nos limpia por los méritos de la Pasión de Cristo. En definitiva, la frase viene a decir que los apóstatas son unos pecadores que, como todo pecador, son causa de la Pasión y Muerte de Cristo y que, mientras permanecen obstinados, vuelven a crucificarlo y a escarnecerlo por su cuenta porque desprecian los frutos de la Pasión del Señor: por eso no pueden alcanzar el arrepentimiento ni el perdón. Santo Tomás comenta: «Los que pecan después del Bautismo, vuelven a crucificar a Cristo, en cuanto está en su poder, ya que Cristo murió de una vez para siempre por nuestros pecados. Tú, que estás bautizado y pecas, haces que Cristo sea crucificado de nuevo en lo que está de tu parte y que así se haga escarnio de Cristo, ya que te vuelves a manchar después de haber sido limpiado por su sangre» (Comentario sobre Heb, ad loc.).