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Hébreux 7, 5

En la Ley de Moisés, es decir, en el Pentateuco o Thorá, los preceptos acerca del diezmo variaron ligeramente a lo largo de la historia de Israel (cfr Dt 12, 6-17; 14, 22-27; 26, 12-15; Lev 27, 30-33; 2 Chr 31, 6); la legislación del diezmo fue ampliándose progresivamente y, después del destierro (finales del siglo VI), llegó a ser bastante compleja (cfr Neh 13, 5.10-12; Mal 3, 8; Eccli 35, 8-10). Se desarrolló alrededor de los diezmos un gran volumen de preceptos orales, que después fue codificado en los escritos rabínicos y dio lugar, en algunos casos, a los reproches de Jesús contra los fariseos por su minuciosidad y su hipocresía (cfr Mt 23, 23; Lc 11, 42; 18, 12 y notas relativas). Es probable que este versículo se refiera también, al hablar de «según manda la Ley», a los preceptos de la Ley oral y no sólo de la Ley escrita.

El precepto de pagar diezmos, aunque pertenezca a la Ley de Moisés, y haya sido por lo tanto sustituido por la Ley de Cristo, es un precepto de naturaleza moral «y por lo tanto estaba en la Ley y está también en el Nuevo Testamento, allí donde dice que ‘el que trabaja merece su sustento’ (Mt 10, 10) o ‘el que trabaja es merecedor de su salario’ (Lc 10, 7). Pero ahora corresponde a la Iglesia la determinación de tales diezmos, así como entonces, en el Antiguo Testamento, lo hacía la Ley» (Comentario sobre Heb, ad loc.).

 

Hébreux 7, 7

La bendición sacerdotal posee un gran valor y siempre es eficaz porque depende de la santidad de la Iglesia. Hubo quienes equivocadamente menospreciaron las bendiciones, como algunas sectas heréticas. Pero hay que recordar que la eficacia de las ceremonias o signos sagrados establecidos por la Iglesia y que se llaman sacramentales, no depende de la bondad del ministro, sino de la oración de la Iglesia y de las disposiciones del sujeto.

 

Hébreux 7, 11-14

Fundamentada la superioridad del sacerdocio de Melquisedec sobre el de Leví, empieza la «demostración» de la superioridad del sacerdocio de Cristo sobre el de Aarón. Si el sacerdocio levítico hubiera sido suficiente para dar la «perfección», es decir, cumplir perfectamente el designio de Dios y la salvación de los hombres, ¿qué necesidad había de cambiarlo? Si ha habido cambio, es porque el sacerdocio levítico no era suficiente para lograr el designio divino: llevar a perfección lo que la Ley mosaica y el sacerdocio de Aarón no podían sino anunciar o prometer.

Es evidente que Cristo no sólo es llamado (Ps 110, 4) sacerdote «según el orden», es decir, la disposición y la sucesión de Melquisedec y no según el orden de Aarón, sino que además —como dicen constantemente las profecías (cfr p. ej. Num 24, 17; Gen 48, 10; 2 Sam 7, 1; etc.)— pertenece a la tribu de Judá, ajena al sacerdocio mosaico. Ningún israelita que no fuera de la tribu de Leví podía servir al altar bajo pena de muerte (cfr Num, 1, 51; 3, 10.38).

 

Hébreux 7, 11

La «perfección» de que se habla aquí consiste, en términos amplios, en la unión verdadera con Dios, y por lo tanto en el perdón de los pecados y en la gracia santificante.

El sacerdocio levítico estaba al servicio de la Ley, y la Ley salvaba sólo por la fe en la venida de Cristo. Así que el sacerdocio levítico estaba intrínsecamente ordenado a Cristo. «Ya que, como se dirá (Heb 7, 19), la Ley no llevó nada a perfección (...). No daba pues la plenitud final de la patria celestial porque no hacía entrar en la vida» (Comentario sobre Heb, 7, 2).

Es el mismo pensamiento, tan característico de San Pablo, que encontramos en Rom 3, 20 y Gal 2, 16-19. Así lo resume el Magisterio: «Ya que bajo el anterior Testamento, como atestigua San Pablo, no se lograba la perfección por la debilidad del sacerdocio levítico, fue conveniente, pues así lo había establecido la misericordia de Dios Padre, que surgiera otro sacerdote ‘según el orden de Melquisedec’, es decir nuestro Señor Jesucristo, que pudiera completar y llevar a la perfección (cfr Heb 10, 14) a todos los que habían de ser santificados» (De SS. Missae sacrificio, cap.1).

 

Hébreux 7, 12

Sobre la necesaria vinculación entre sacerdocio y alianza, Santo Tomás escribe: «La Ley estaba sometida al ministerio de los sacerdotes; luego cuando el sacerdocio cambió, varió necesariamente también la Ley. Y ésta es la razón de la transformación: cuando modifica el fin cambian también los medios para alcanzar el fin (...). Así como la ley humana regula la convivencia entre los hombres y el orden de la sociedad, así la ley espiritual y divina se refiere al orden establecido por Dios. Esta disposición divina está vinculada esencialmente con el sacerdocio» (Comentario sobre Heb, ad loc.). Esta doctrina, apoyada en el texto de Heb, fue utilizada por el Concilio de Trento para explicar la conexión entre el sacrificio de la Nueva Alianza y el sacerdocio cristiano: «Por decreto de Dios el sacrificio y el sacerdocio están vinculados de modo tal que ambos están presentes en toda ley. Y puesto que la Iglesia católica recibió, por institución divina, el sacrificio santo y visible de la Eucaristía hace falta reconocer que en ella hay también un sacerdocio externo y visible, que deriva del traslado del sacerdocio antiguo» (De Sacram. ordinis, cap. 1). La conexión entre sacerdocio, sacrificio y ley es explicada de nuevo por el Catecismo Romano: «Siempre hubo un sacerdocio, aun antes de la Ley mosaica, ya que existía también entonces una Ley, y como dice el Apóstol, Ley y sacerdocio se hallan tan vinculados que al mudar una de las dos cosas, es necesario que mude la otra. Pues ya que los hombres conocen por instinto natural que hay obligación de adorar a Dios, era preciso que en cada nación hubiese algunos que presidieran el desarrollo del culto divino y de las ceremonias sagradas, cuya potestad se llamase de algún modo espiritual (...). El sacerdocio judaico, a pesar de ser superior en dignidad al de la ley natural, es con todo muy inferior al sacerdocio de la ley evangélica. Porque ésta es celestial y superior también al poder de los Ángeles, y tiene su origen, no en el sacerdocio mosaico, sino en Cristo nuestro Señor, que fue sacerdote, no según Aarón, sino según el orden de Melquisedec. Y Cristo, que tenía la suma potestad de dar la gracia y de perdonar los pecados, dejó a su Iglesia esta potestad, aunque limitada en poder y vinculada a los sacramentos» (Catecismo Romano, II, 7, 8).

 

Hébreux 7, 13

«Aquel, del que se dicen estas cosas»: El verdadero sacerdote, pues, no es Melquisedec, que no era más que una figura, sino Cristo, verdaderamente eterno, superior, perfecto, redentor e inmutable.

 

Hébreux 7, 15-19

La superioridad del sacerdocio de Cristo ahora es demostrada por la inferioridad de la Ley, en correspondencia con la inferioridad del sacerdocio. La Ley es definida como una «ley carnal» en oposición a espiritual (cfr 1 Cor 2, 13-15; Gal 6, 1; Eph 1, 3; Col 1, 9; 2 Cor 3, 6-8), «débil» en oposición a eficaz, «inútil» en oposición a capaz. De aquí una doble consecuencia: la Ley no llevó nada a perfección (cfr nota a 7, 11); y su tarea fue la de «introducirnos» en una ley —la de Cristo— mejor, llena de esperanza, que nos hace llegar a la vida eterna (cfr Rom 3, 21; Gal 3, 24; 1 Tim 1, 8).

Es de advertir que el texto griego original de los versículos 18-19 presenta una cierta dificultad de traducción. Hemos hecho la versión castellana que nos parece más coherente con el pensamiento paulino. Pero cabría otra interpretación, con matices diferenciales, que puede expresarse de la siguiente forma: «Se da, por tanto, la derogación del precepto anterior por su debilidad e inutilidad —pues la Ley no llevó nada a perfección—, y la introducción a una esperanza mejor, por la cual nos acercamos a Dios».

El juicio emitido sobre la Ley de Moisés puede parecer excesivamente duro, pero corresponde exactamente a la gratuidad de la justificación: «Termina —comenta Teodoreto— la Ley, como dice el Apóstol, y en su lugar entra la esperanza de los bienes mejores. Aquélla termina, sin embargo, no porque sea mala, como dicen neciamente unos herejes, sino porque era débil y no podía comunicar una utilidad perfecta. Pero hace falta comprender que llama débiles e inútiles a los elementos superfluos de la Ley como la circuncisión, el precepto del sábado, y cosas parecidas. Porque aquello de ‘No matarás, no fornicarás’ y los demás mandamientos manda guardarlos con insistencia el mismo Nuevo Testamento. En lugar de los preceptos antiguos hemos recibido ahora la esperanza de los bienes futuros, que nos hace ser la familia de Dios» (Interpretatio Ep. ad Haebr, ad loc.). Santo Tomás precisa que los mandamientos eran y son útiles. El Antiguo Testamento no era malo en sí, sino que no era conveniente para los tiempos nuevos, ya que en el nuevo sacerdocio no debían mantenerse las cosas del antiguo (cfr Ps 40, 6 s.). Por eso la Antigua Ley fue abrogada: por su debilidad e inutilidad. «Se dice débil aquello que no logra producir su efecto, y el efecto propio de la ley y del sacerdocio es justificar (...). Asimismo se dice inútil lo que no sirve para alcanzar un fin. Y esto la Ley no podía hacerlo, porque no llevaba a la bienaventuranza, que es el fin del hombre. Pero en su momento fue útil, en cuanto que disponía para la fe» (Comentario sobre Heb, 7, 3).

 

Hébreux 7, 20-22

El tercer motivo de la superioridad del sacerdocio de Cristo es que su sacerdocio ha sido sellado con un juramento (cfr Heb 9, 15-18). De modo implícito se repite lo dicho a propósito de la promesa hecha a Abrahán (6, 13-18): el juramento de Dios da una seguridad absoluta ya que quien lo pronuncia es la misma Verdad y llama como testigo a la Verdad suprema. Se cita de nuevo el Salmo 110, 4 pero ahora centrándose en el juramento: «Juró el Señor y no se arrepentirá (literalmente, no cambiará de idea)». El autor de Hebreos, al desarrollar su argumentación, se apoya en el Salmo considerando uno u otro de sus aspectos. En primer lugar se apoya en «Tú eres sacerdote (...) según el orden de Melquisedec» para demostrar que el sacerdocio de Cristo es distinto y superior al sacerdocio levítico. Luego comenta las palabras «Tú eres sacerdote para siempre», para oponer la eternidad del sacerdocio de Cristo a la contingencia y caducidad del sacerdocio judío. Por último se centra en «juró el Señor y no se arrepentirá» para poner en evidencia la fuerza y la eternidad de la decisión divina.

 

Hébreux 7, 22

«Mediador de una alianza más perfecta»: Cristo es mediador (cfr 8, 6; 9, 15; 12, 24) porque es sacerdote, ya que todo sacerdote es constituido mediador entre Dios y los hombres (cfr 1 Tim 2, 5; Heb 5, 1). El sacerdocio de Cristo es superior al sacerdocio levítico porque ha sido establecido con un juramento mientras que el levítico no. Puesto que la alianza o Ley está vinculada al sacerdocio, la Nueva Alianza es también «mejor» que la Alianza Antigua. «En efecto, es propio del mediador poner de acuerdo los dos extremos. Y Cristo nos trajo los bienes divinos, ya que por Él hemos sido hechos partícipes de la naturaleza divina (cfr 2 Pet 1, 4) (...). En la Antigua Alianza se prometían además unos bienes temporales; aquí, en cambio, eternos» (Comentario sobre Heb, 7, 2).

 

Hébreux 7, 23-25

El sacerdocio de Cristo es eterno. Así como Melquisedec no tiene «fin de vida», así el Hijo de Dios permanece sacerdote para siempre. Mientras los levitas son unos hombres mortales. Cristo no ha sido constituido sacerdote según las normas de una ley carnal sino según «el poder de una ley indestructible», por esto se puede decir de verdad que es sacerdote «para siempre». Y es lógico que sea así ya que la muerte es consecuencia del pecado, y Cristo ha vencido al pecado y a la muerte. Además, la muerte obliga a multiplicar el sacerdocio de los hombres para asegurar su permanencia, en cambio la eternidad del sacerdocio de Cristo hace innecesario otro sacerdocio. Comenta Santo Tomás que se demuestra que Cristo es verdadero y perfecto Sacerdote, en el sentido estricto de la palabra, porque a los sacerdotes judíos les era imposible hacer siempre de mediadores, ya que no permanecían a causa de la muerte sino que habían de morir. Muy distinto es el caso de los sacerdotes cristianos porque no son ellos propiamente los mediadores. Hay un sólo Mediador, Jesucristo, y ellos simplemente son representantes suyos y actúan en su nombre. Entre Cristo y los levitas hay la misma relación que entre lo perfecto, que es necesariamente uno, y lo imperfecto, que es siempre múltiple: «Las cosas incorruptibles no tienen necesidad de reproducirse (...). Cristo es inmortal. Como Verbo eterno del Padre, en efecto, permanece para siempre, ya que su eternidad divina se transmite a su cuerpo, porque Cristo ‘resucitado de entre los muertos ya no muere más’ (Rom 6, 9). Por eso ‘como permanece para siempre posee un sacerdocio perpetuo’. Luego sólo Cristo es verdadero Sacerdote, los demás son ministros suyos» (Comentario sobre Heb, ad loc.).

La eternidad del sacerdocio de Cristo es un poderoso motivo de confianza, como señala San Juan Crisóstomo: «Es como si el Apóstol dijera: No temáis, ni digáis que nos ama y tiene la confianza total del Padre, pero que no puede vivir siempre. Al contrario, ¡vive para siempre!» (Hom. sobre Heb, 13). Confiamos, pues, en Cristo Sacerdote porque su sacerdocio es una manifestación permanente del amor de su Corazón por todos los hombres: «Cristo vivo nos sigue amando todavía ahora, hoy, y nos presenta su corazón como la fuente de nuestra redención: Semper vivens ad interpellandum pro nobis (Heb 7,25). En todo momento nos envuelve, a nosotros y al mundo entero, el amor de este corazón ‘que tanto ha amado a los hombres y que es tan poco correspondido por ellos’» (Hom. Basílica del Sagrado Corazón de Montmartre, París 1-VI-1980).

El sacerdocio de Cristo es manifestación de su Amor, del cual no se puede separar, y puesto que su Amor es eterno, eterno también será su sacerdocio con toda la riqueza de manifestaciones de su Amor redentor. Luego, en primer lugar, su sacerdocio es eterno porque está vinculado a la Encarnación que es eterna; en segundo lugar porque la misión de Cristo es la de salvar a todos los hombres de todos los tiempos y no simplemente de ayudarlos con su doctrina y su ejemplo; en tercer lugar porque Cristo sigue estando presente —como dice San Efrén— no en las víctimas de los sacrificios del culto mosaico, sino en las oraciones de la Iglesia (cfr Com. in Epist. ad Haebr, ad loc.), especialmente en la eficacia permanente del sacrificio de la Cruz constantemente renovado en la Santa Misa, y en el rezo del oficio divino. Por último porque el sacrificio de Cristo se perpetúa hasta el fin de los tiempos, en el sacerdocio ministerial cristiano, ya que obispos y presbíteros «en virtud del sacramento del orden han sido consagrados como verdaderos sacerdotes del Nuevo Testamento, a imagen de Cristo, Sumo y eterno Sacerdote (cfr Heb 5, 1-10; 7, 24; 9, 11-28), para predicar el Evangelio y apacentar a los fieles y para celebrar el culto divino» (Lumen gentium, n. 28).

Cristo no sólo intercedió por nosotros aquí en la tierra, sino que sigue intercediendo desde el Cielo: «Este para siempre indica un gran misterio —observa San Juan Crisóstomo—. No sólo aquí —dice—, sino también allí, en el Cielo; no sólo aquí y por un tiempo, sino también allí en la vida eterna» (Hom. sobre Heb, 13). El texto inspirado, al decir que Cristo «intercede» por nosotros, señala que Cristo «sale al encuentro, se dirige al Padre, presenta un ruego o demanda», como si Cristo fuera un abogado nuestro delante del Padre, una ayuda, un defensor (un «paráclito», cfr 1 Ioh 2, 1). Pero ¿en qué sentido sigue intercediendo por todos ya que no puede merecer más de lo que ya hizo en la tierra? Intercede —contesta Santo Tomás— en primer lugar presentando de nuevo al Padre su Humanidad, con las gloriosas señales de su Pasión, y luego expresando el gran amor y deseo de su Alma de conseguir nuestra salvación (cfr Comentario sobre Heb, 7, 4). Cristo, por decirlo de algún modo, sigue ofreciendo al Padre el sacrificio de su paciencia, de su humildad, de su obediencia y de su amor. Por esto siempre podemos acercarnos a Él para encontrar salvación: Por Cristo y en el Espíritu Santo, el cristiano tiene acceso a la intimidad de Dios Padre, y recorre su camino buscando ese reino, que no es de este mundo, pero que en este mundo se incoa y prepara.

Hay que tratar a Cristo, en la Palabra y en el Pan, en la Eucaristía y en la Oración. Y tratarlo como se trata a un amigo, a un ser real y vivo como Cristo lo es, porque ha resucitado. Cristo, leemos en la epístola a los Hebreos, como siempre permanece, posee eternamente el sacerdocio. De aquí que puede perpetuamente salvar a los que por medio suyo se presentan a Dios, puesto que está siempre vivo para interceder por nosotros (Heb VII, 24-25) (Es Cristo que pasa, n. 116).

 

Hébreux 7, 26-28

Estos últimos versículos corresponden a una elevada exaltación de Cristo que resume y completa todo lo anterior. Cristo es declarado «santo, inocente, inmaculado», es decir, sin ningún pecado, lleno de piedad hacia Dios Padre, justo y fiel. Con palabras parecidas la Sagrada Escritura nos presenta a unos hombres de eminente santidad, como Zacarías e Isabel (cfr Lc 1, 6), Simeón, «justo y temeroso de Dios», José de Arimatea (cfr Lc 23, 50), el centurión Cornelio (cfr Act 10, 22), etc. Esta alabanza de Cristo aquí, sin embargo, insinúa una perfección superior a la humana. Cristo es, al mismo tiempo, «separado de los pecadores», no en el sentido de que rehuyera su trato o los despreciara, ya que, al contrario, sabemos que los fariseos le calumniaban diciendo: «Mirad un hombre comilón y bebedor, amigo de publicanos y pecadores» (Mt 11, 19) y «Éste recibe a los pecadores y come con ellos» (Lc 15, 2; cfr Mt 9, 10-13 y par.; Lc 7, 34); sino porque no podía tener pecado, porque el pecado en su naturaleza humana es absolutamente incompatible con la santidad de la única Persona que es Cristo: el Verbo divino. Él es, pues, el perfecto cumplimiento de los antiguos requisitos para ser sacerdote del Dios verdadero (cfr Lev 21, 4.6.8.15). Cristo, finalmente, también en cuanto hombre, ha sido «encumbrado por encima de los cielos» no sólo desde el punto de vista moral, por su excelsa santidad, sino también corporalmente en su gloriosa Ascensión (cfr Act 2, 33-36; 10, 42), y es, por lo tanto, el «Hijo perfecto para siempre».

«¿Qué era Jesucristo? —se pregunta San Alfonso—. Era, como responde San Pablo, santo, inocente, inmaculado y, por decirlo mejor, era la misma santidad, la misma inocencia y la misma pureza...» (Novena de Navidad, 4). Y con palabras muy bellas celebra su sacerdocio San Fulgencio de Ruspe: «Él es quien en Sí mismo poseía todo lo que era necesario para que se efectuara nuestra redención, es decir, Él mismo fue el sacerdote y el sacrificio; Él mismo, Dios y el templo: el sacerdote por cuyo medio nos reconciliamos; el sacrificio que nos reconcilia; el templo en que nos reconciliamos; el Dios con quien nos hemos reconciliado. Ten, pues, por absolutamente seguro y no dudes en modo alguno, que el mismo Dios unigénito, Verbo hecho carne, se ofreció por nosotros a Dios en olor de suavidad como sacrificio y hostia; el mismo en cuyo honor, en unidad con el Padre y el Espíritu Santo, los patriarcas, profetas y sacerdotes ofrecían en tiempos del antiguo testamento sacrificios de animales; y a quien ahora, o sea, en el tiempo del testamento nuevo, en unidad con el Padre y el Espíritu Santo, con quienes comparte la misma y única divinidad, la santa Iglesia católica no deja nunca de ofrecer por todo el universo de la tierra el sacrificio del pan y del vino, con fe y caridad» (De fide ad Petrum, 22).

La grandeza del sacerdocio de Cristo sirve de estímulo, de motivo de esperanza y de santo orgullo, a los sacerdotes del Nuevo Testamento puesto que «todo sacerdote, a su manera, representa la persona del mismo Cristo, y es también enriquecido de gracia particular para que mejor pueda alcanzar, por el servicio de los fieles que se le han confiado y de todo el Pueblo de Dios, la perfección de Aquél a quien representa. Así, la flaqueza de la carne humana es curada por la santidad de Aquél que fue hecho para nosotros pontífice santo, inocente, sin mácula y separado de los pecadores» (Presbyterorum ordinis, n. 12). Por todo esto San Pío X al dirigirse a los sacerdotes escribió: «Debemos, pues, representar la persona de Cristo y cumplir la misión que se nos ha confiado, de modo tal, que consigamos el fin que Él se propuso (...).

»Estamos obligados, como amigos, a tener los mismos sentimientos que Jesucristo, que es santo, inocente e inmaculado (Heb 7, 26). En cuanto embajadores suyos, estamos obligados a ganar el espíritu de los hombres para su ley y para su doctrina, comenzando por observarlas nosotros mismos; en cuanto que participamos de su poder, estamos obligados a librar a las almas de los lazos del pecado, y hemos de evitar con todo cuidado no caer nosotros mismos en ellos» (Haerent animo, n. 5).

 

Chapitre n°8

 

Hébreux 8, 1-2

Se anuncia con solemnidad «lo más importante» o central de la epístola: la superioridad del sacerdocio de Cristo. Une lo que había ya dicho en 1, 3 —la entronización de Cristo a la diestra de la Majestad— con lo que expondrá más adelante (caps. 9 y 10) acerca del nuevo Templo y del nuevo culto. En Cristo encuentra su perfección y su acabamiento toda la Antigua Alianza que rendía culto a Dios por medio de sacrificios y ofrendas; a partir de Cristo empieza la Nueva Alianza que posee un nuevo Sacrificio y un nuevo Templo. Poco a poco la consideración del sacerdocio del culto mosaico deja lugar a la del nuevo culto de Cristo.

No es simplemente que un templo de piedra haya sido sustituido por otro o por muchos. El antiguo Templo ha sido reemplazado por un Santuario celestial, el Cielo mismo. Por eso tiene tanta importancia la Ascensión del Señor y su entronización a la diestra del Padre, porque es la entrada definitiva de la Humanidad Santísima de Jesucristo en su verdadero Templo, no hecho por manos de hombre. Así se entiende mejor en qué sentido el Templo de Jerusalén y su culto fueran una sombra de las realidades futuras.

Cristo ostenta, pues, el sacerdocio verdadero y definitivo, ya que ejerce su ministerio en el Santuario del Cielo, donde está sentado a la derecha del Padre. Por razón de este ministerio celestial de Cristo se confirma, una vez más, la superioridad de su sacerdocio. En primer lugar porque está sentado a la derecha de la Majestad en los cielos (cfr Ps 110, 1), donde por Majestad se debe entender la misma sustancia divina, ya que es una manera de nombrar a Dios (cfr el «trono de la gracia» de 4, 16). Además, el «trono de la Majestad» equivale a la potestad suprema de gobernar y de juzgar. Así aparece en las descripciones del juicio final: «Cuando venga el Hijo del Hombre en su gloria y acompañado de todos los ángeles, se sentará entonces en el trono de su gloria» (Mt 25, 31; cfr Apc 3, 21; 20, 11; Mt 19, 28; etc.). Por otra parte Cristo desarrolla su ministerio en un nuevo Santuario y en un nuevo Tabernáculo, que son «verdaderos» en oposición al Santuario y al Tabernáculo de Moisés que no eran más que una «imagen». La liturgia de la tierra es una imagen de la verdadera liturgia del Cielo, que es la continuación eterna del sacerdocio de Cristo en la presencia del Padre, porque «en la liturgia terrena pregustamos y tomamos parte en aquella liturgia celestial que se celebra en la santa ciudad de Jerusalén, hacia la cual nos dirigimos como peregrinos y donde Cristo está sentado a la diestra de Dios como ministro del santuario y del tabernáculo verdadero» (Sacrosanctum Concilium, n. 8).

Varios Padres piensan que el Santuario y el Tabernáculo verdaderos representan a la Iglesia, entendida en su totalidad, como Iglesia militante y triunfante. Y San Cirilo de Alejandría, por ejemplo, señala en una de sus obras: «Por medio de Moisés fue levantado en el desierto el antiguo Tabernáculo, y era sumamente apto para ejercer todas las ceremonias sagradas de la Ley. Pero la mansión que conviene a Cristo es la ciudad de arriba, es decir, el Cielo, la Tienda divina que no es fruto de la habilidad humana, sino que es sagrada y engendrada por Dios. Cristo, allí establecido, ofrece a Dios Padre a los que creen en Él, santificados por el Espíritu» (Explicación de la Epístola a los Hebreos, fragm.).

 

Hébreux 8, 3-6

Para establecer las relaciones entre las realidades celestiales y terrestres el autor acude —como no puede ser de otra manera— a la analogía y a la metáfora. Teniendo esto en cuenta, no pueden interpretarse las palabras de este pasaje en el sentido de que Jesucristo solamente en el Cielo haya consumado su sacrificio, porque el sacrificio del Calvario ha sido único y completo. Lo que enseñan estos versículos es que, en el Cielo, Cristo, Sacerdote eterno, presenta continuamente al Padre los frutos de la Cruz. En la Nueva Alianza existe sólo un sacrificio: el de Jesucristo en el Calvario; este único sacrificio se renueva, de modo incruento, cada día, en el Sacrificio de la Misa, en el cual, Jesucristo —único Sacerdote de la Nueva Ley— inmola y ofrece por medio de los sacerdotes ministros suyos, la misma víctima, su cuerpo y su sangre, que fue inmolada cruentamente, de una vez para siempre, en la Cruz.

 

Hébreux 8, 7-12

La comparación entre las dos alianzas, la Antigua dada a Moisés y grabada en piedra y la Nueva, grabada en la inteligencia y el corazón de los fieles (cfr 2 Cor 3, 3; Heb 10, 16.17), se desarrolla según el texto de Jeremías (Ier 31, 31-34), allí donde el profeta anuncia la alianza interior de Yahwéh con su pueblo. Las palabras de Jeremías, que aquí se citan según la traducción griega, que difiere muy poco del texto original hebreo, se refieren directamente a la restauración del pueblo judío después del destierro. Una vez purificado por los sufrimientos, el pueblo elegido está en condiciones de ser de verdad el pueblo de Dios: «Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo»; la promesa de esta profunda intimidad es el núcleo central del vaticinio. Por esto se dice que la ley estará ya grabada en el interior y en el corazón de cada uno, y todos —hasta los más pequeños del pueblo— conocerán a Dios, es decir, tendrán familiaridad con Él. Tal vez Jeremías vislumbraba esta restauración mesiánica más allá del restablecimiento del pueblo elegido a la vuelta del destierro. Ahora nosotros estamos en condiciones de comprender que este oráculo se ha cumplido plenamente sólo con la Nueva Alianza establecida por Jesús: la vuelta de Babilonia no fue sino una señal más de la Alianza perfecta que se establecería por Cristo. Porque es en esta Nueva Alianza donde Dios de verdad perdona las culpas y ya no se acuerda de los pecados.

De la Antigua Alianza, por otra parte, se dice que no fue «sin tacha» o sin pecado, no porque fuera mala, sino porque, como explica Santo Tomás, no comunicaba el poder de expiar los pecados cometidos, ni concedía la ayuda de la gracia para evitar cometerlos, sino que simplemente los hacía reconocer; por esto no era «sin tacha», porque los hombres que vivían bajo su dominio seguían estando sometidos al pecado (cfr Comentario sobre Heb, 7, 2).

 

Chapitre n°9

 

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