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II Corinthiens 10, 12-18

Responde ahora a las acusaciones, señalando —con estilo un poco complicado— los derechos que tiene para trabajar apostólicamente en Corinto. En primer lugar muestra lo ridículos que resultan sus enemigos al pretender tomarse a sí mismos como medida de gloria (v. 12). San Pablo, en cambio, tiene una medida bien clara (vv. 13-16): el campo de trabajo que Dios le ha señalado —la conversión de los gentiles (cfr Rom 11, 13; Gal 2, 7)— y el trabajo evangelizador que realiza dentro de ese campo. Corinto está incluida en esos límites, y él ha sido el fundador de esa comunidad cristiana: no está gloriándose por tanto en campo ajeno. Su deseo ahora es consolidar la fe de los corintios, para comenzar la evangelización de otras regiones. Termina recordando de nuevo (cfr 1 Cor 1, 31) la necesidad de referir toda la gloria a Dios (vv. 17 s.).

 

II Corinthiens 10, 15-16

San Pablo se había impuesto el honor de «predicar el Evangelio donde aún no era conocido el nombre de Cristo, para no construir sobre los cimientos puestos por otro» (Rom 15, 20). Y su celo infatigable le llevaba a no concederse ningún descanso en su apostolado: desea que se asiente la fe de los corintios, para llevar el Evangelio a nuevos lugares. Posiblemente estaría pensando en España (cfr Rom 15, 24.28), que entonces era el límite occidental de las tierras conocidas.

 

II Corinthiens 10, 17-18

El Apóstol recuerda de nuevo las palabras de Jeremías —«el que se gloria, que se gloríe en el Señor» (9, 22 s.)— ya citadas en 1 Cor 1, 31, para recalcar lo absurdo que es pretender jactarse de sí o recomendarse a sí mismo, cuando la única recomendación válida es la de Dios: San Pablo podía presentar esa recomendación, manifestada en los frutos de su labor apostólica.

San Bernardo se inspira en estas palabras del Apóstol para enseñar el valor relativo de los juicios humanos: «¿Por qué, pues, ando solícito del juicio de otro hombre o de mi propio juicio, si ni por su vituperio seré reprobado ni por sus alabanzas aprobado? Hermanos míos, si yo tuviere que presentarme ante vuestro tribunal, con razón me gloriaría de vuestras alabanzas. Y si tuviese que ser juzgado por mi misma conciencia, satisfecho de mi propio testimonio, me deleitaría en mis propias alabanzas. Mas, puesto que he de presentarme no ante vuestro juicio ni ante el mío, sino ante el de Dios, ¿qué gran insensatez, más aún, qué gran locura será gloriarme de vuestro testimonio o del mío, principalmente siendo Él tal, que todas las cosas están desnudas y abiertas a sus ojos, y no tiene necesidad de que alguno le dé testimonio del hombre?» (Sermón sobre la triple gloria).

 

Chapitre n°11

- 1-12, 18. A pesar de lo dicho en los últimos versículos del capítulo anterior, San Pablo va a dedicar este largo apartado a hacer su propia apología. Es algo que le repugna profundamente —y por lo que constantemente pide disculpas (cfr 11, 1.16-18.21.23; 12, 1.6.11)—, pero se ve obligado a hacerlo, porque es la única manera de contrarrestar la labor denigratoria que sus enemigos están realizando contra él en Corinto. De ahí que abra de par en par su alma a los corintios, para manifestarles los sufrimientos que su vida de apóstol lleva consigo, y las grandes revelaciones que Dios ha querido hacerle: será la forma de que aquellos cristianos caigan en la cuenta de quién es su primer evangelizador, y puedan comparar sus credenciales con las de quienes le atacan.

Todo el pasaje pone de manifiesto, junto al carácter fogoso y apasionado de San Pablo, su ardiente celo por las almas: no le importa hacer algo que le resulta muy costoso, para que no se pierdan aquellas almas que él había ganado para Cristo. Y al hacerlo, pasa por encima de que no le hayan defendido como era su deber (cfr 12, 11), de que no correspondan a su amor y desvelo por ellos (cfr 12, 15), o de que sus palabras sean malinterpretadas (cfr 12, 19). Su actitud resulta un ejemplo maravilloso de rectitud de intención: gasta su vida por las almas sin esperar ningún pago humano (cfr 12, 15).

Comienza pidiendo excusas por tener que alabarse (11, 1-6), señalando a continuación la absoluta falta de intereses humanos —una de sus glorias— con que predicó en Corinto (11, 7-15). Tras excusarse otra vez por tener que ensalzarse (11, 16-21), comienza la enumeración de otros motivos de gloria: los sufrimientos que padece en su labor evangelizadora (11, 22-33), y las visiones que el Señor le ha concedido (12, 1-10). Termina el pasaje pidiendo de nuevo disculpas por haberse gloriado (12, 11-18).

 

II Corinthiens 11, 2-3

Es frecuente en el AT presentar la imagen del esposo y de la esposa, para significar las relaciones entre Dios y su pueblo (cfr Is 62, 5; Ier 3, 6 ss.; Ez 16, 8 ss.). Dios —que dice de Sí mismo: «Yo soy el Señor tu Dios, fuerte, celoso» (Ex 20, 5)— pide a su pueblo: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza» (Dt 6, 5; cfr Mt 22, 37). En el NT Cristo es el esposo y la Iglesia la esposa (cfr Eph 5, 25 ss.; Apc 21, 9; 22, 17), «a la que redimió con su sangre, y le dio como prenda el Espíritu Santo. La salvó de la esclavitud del diablo; dio la vida por sus pecados y resucitó por su justificación» (San Agustín, In loann. Evang., 8, 4).

San Pablo hace las veces del «amigo del esposo» (cfr Ioh 3, 29), que debe vigilar por la virginidad de la esposa, y ve el peligro a que la someten las asechanzas de sus enemigos.

«El Apóstol —comenta Santo Tomás— dice que la Iglesia es como Eva, a la que el diablo a veces persigue abiertamente por medio de tiranos y poderes, y entonces es ‘como león rugiente que anda rondando y busca a quién devorar’ (1 Pet 5, 8). Otras veces molesta a la Iglesia a escondidas por medio de los herejes que prometen la verdad y simulan ser buenos, y entonces es como la serpiente que seduce con su astucia, prometiendo cosas falsas» (Comentario sobre 2 Cor, ad loc.).

 

II Corinthiens 11, 4

No podemos precisar con exactitud si el Apóstol se refiere a algo sucedido realmente, o les está poniendo una hipótesis absurda. En el primer caso, podría estar refiriéndose a las doctrinas de los judaizantes, que predicaban la necesidad de cumplir las prescripciones de la Ley Antigua para salvarse, volviendo así del espíritu de hijos de Dios al espíritu de servidumbre, de manera que quedaba rebajada la persona de Cristo y su obra salvadora.

Si se tratara de un caso hipotético, San Pablo querría decirles que si alguien les predica un Evangelio más excelente que el predicado por él, harían bien en escucharle: pero eso es imposible, ya que hay un solo Jesús y un solo Evangelio (cfr Gal 1, 6-9); y además —como va a exponerles con detalle a continuación—, él no es inferior en nada a esos intrusos que se han presentado como apóstoles.

«Un Jesús distinto»: Así traducimos según el texto griego. La Neovulgata lee: «Un Cristo distinto».

 

II Corinthiens 11, 5-6

Al hablar aquí San Pablo de «grandes apóstoles», parece que se está refiriendo no a los Apóstoles elegidos por el Señor, sino que está aludiendo de forma irónica a sus adversarios. Estos quizá pretendían presentarse con autoridad apostólica. Más adelante se referirá de nuevo a ellos en los mismos términos (cfr 1 Cor 11, 12 s.; 12, 11).

«Imperito en la palabra»; Seguramente no quiere decir que tuviera especial dificultad de expresión sino que alude a que no era un orador profesional, es decir, según los usos de la época, un hombre con estudios específicos de retórica. Sobre la aparente pobreza de su palabra, y la sabiduría divina que en cambio pone de manifiesto ya ha hablado extensamente a los mismos corintios (cfr 1 Cor 1, 18-3, 4).

 

II Corinthiens 11, 7-15

San Pablo tenía por norma predicar gratuitamente el Evangelio, prescindiendo de su derecho a ser sustentado por los fieles, ganándose con su trabajo lo necesario para vivir: es una clara prueba de la rectitud de intención con que trabaja. Ya lo había explicado en su anterior carta (cfr 1 Cor 9, 4-18 y notas correspondientes), e insiste ahora en ello, considerándolo como un timbre de gloria al que no piensa renunciar (v. 10), máxime cuando es un punto que le distingue claramente de los falsos apóstoles que se han presentado en Corinto. En consecuencia, no se ha comportado así por falta de amor a los corintios, ni es malo —les dice irónicamente (v. 1)— el obrar así.

En Corinto, concretamente, el Apóstol había trabajado como fabricante de lonas con Aquila y Priscila (cfr Act 18, 1-3). Pasó apuros y estrecheces, y tuvo que despojar a otros —afirma hiperbólicamente (v. 8)— para poder seguir sirviéndoles a ellos: posiblemente fueran Silas y Timoteo quienes le trajeron lo necesario desde Macedonia (cfr Act 18, 5). Como se decía en la nota a 1 Cor 9, 15-18, sólo con los filipenses (Filipos era la capital de Macedonia) hizo una excepción y les permitió que en ocasiones le ayudaran en sus necesidades (cfr Phil 4, 15 s.).

Una vez más se trasluce la inmensa capacidad de trabajo y de sacrificio —sin decir nunca basta— de San Pablo, que queda como un ejemplo maravilloso para todos los cristianos. «¿Qué nos enseñaron o qué nos enseñan los apóstoles santos? —se pregunta San Bernardo—. No el arte de pescar, no el hacer tiendas u otro semejante a éstos (...). Nos enseñaron a vivir. ¿Piensas que es poco el saber vivir? Cosa grande es, o más bien grandísima (...). La vida recta juzgo yo que consiste en padecer males, hacer bienes y perseverar así hasta la muerte» (Sermón en la Fiesta de los Apóstoles San Pedro y San Pablo).

 

II Corinthiens 11, 11

«¡Dios lo sabe!»: Gramaticalmente la frase queda algo ambigua; pero es evidente que pone a Dios como testigo de lo mucho que ama a los corintios.

 

II Corinthiens 11, 13-15

El Apóstol dirige una tremenda acusación contra sus adversarios: se presentan como apóstoles de Cristo, pero en realidad son servidores del diablo. Y actúan de manera semejante a Satanás que, siendo el príncipe de las tinieblas (cfr Eph 6, 12), se presenta como ángel de la luz. Las palabras de San Pablo recuerdan la advertencia del Señor en el Evangelio: «Guardaos bien de los falsos profetas que vienen a vosotros disfrazados de oveja, pero por dentro son lobos voraces» (Mt 7, 15).

El engaño siempre ha sido una de las armas principales del demonio —el padre de la mentira (cfr Ioh 8, 44)— para seducir a los hombres: «No propone de entrada cosas evidentemente malas —explica Santo Tomás— sino algo que tenga apariencia de bien, con el fin de desviar cuando menos al hombre de sus propósitos fundamentales, porque luego, una vez desviado por poco que sea, lo arrastra con mayor facilidad al pecado: ‘El mismo Satanás se transforma en ángel de luz’ (2 Cor 11, 14). Después, cuando ha conseguido que peque, lo amarra de tal forma que no deja que se levante (...). Dos pasos, pues, da el diablo: engaña, y tras engañar retiene en el pecado» (Exposición de la oración dominical o Padrenuestro, 6ª petición).

 

II Corinthiens 11, 16-21

Antes de seguir gloriándose, el Apóstol vuelve a interrumpir su discurso para disculparse otra vez por este modo suyo de proceder, que no es su conducta habitual. Si lo hace, es porque se ve obligado a ello por sus adversarios, para defender su autoridad apostólica respecto a los corintios. «El Apóstol —comenta San Juan Crisóstomo— hace como una persona de origen ilustre que, dedicada a la práctica de una vida santa, se viera forzada a hacer el elogio de las glorias de su familia, para humillar a ciertas personas orgullosas de su nobleza. ¿Veríais vanidad en esto? No, porque se glorifica únicamente con la intención de aplastar la vanidad de gentes vanamente orgullosas» (Hom. sobre 2 Cor, 24).

 

II Corinthiens 11, 19-20

Son vv. cargados de ironía, caricaturizando la insensatez de los corintios, que se creían tan sensatos. Es un reproche que San Pablo ya les había hecho en otras ocasiones (cfr 1 Cor 1, 18-4, 21). Su insensatez les ha llevado en esta ocasión a soportar con indiferencia el ser maltratados por los intrusos llegados a la comunidad de Corinto.

 

II Corinthiens 11, 21

«Con sonrojo lo digo»: Cabría traducir también: «Para vergüenza vuestra lo digo», ya que en el texto griego no se expresa de quién es la vergüenza. San Pablo sigue hablando con ironía: afirma que se ha mostrado débil con los corintios, ya que no los ha maltratado como han hecho los falsos apóstoles. Quizá sea ese el motivo, viene a decirles, por el que le consideran inferior a éstos.

 

II Corinthiens 11, 22-33

San Pablo comienza la apología propiamente dicha, señalando sus méritos, en contraste con los de sus adversarios. En cuanto a la raza es igual que ellos (v. 22); en cuanto a ministro de Cristo les supera claramente: como pruebas ofrece sus padecimientos físicos (vv. 23-27.30-33) y morales (vv. 28 s.) en el desempeño de su ministerio. No puede leerse sin emoción el impresionante elenco de sufrimientos que hace San Pablo, y en el cual nos suministra preciosos datos autobiográficos, que no figuran en los Hechos de los Apóstoles. Aunque es una enumeración incompleta (cfr v. 28), y todavía le queda mucho por sufrir, resulta ya el cumplimiento de la profecía del Señor a Ananías: «Yo le mostraré lo que habrá de sufrir a causa de mi nombre» (Act 9, 16).

Es muy significativo que presente como muestra de su superioridad en el ministerio de Cristo, precisamente sus sufrimientos. Ya había advertido el Señor: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame» (Lc 9, 23). El dolor, la cruz, son compañeros inseparables de la vida cristiana, y señales inconfundibles de que se están siguiendo las huellas del Maestro. Cuando emprendemos el camino real de seguir a Cristo —comenta San Josemaría Escrivá—, de portarnos como hijos de Dios, no se nos oculta lo que nos aguarda: la Santa Cruz, que hemos de contemplar como el punto central donde se apoya nuestra esperanza de unirnos al Señor.

Te anticipo que este programa no resulta una empresa cómoda; que vivir a la manera que señala el Señor supone esfuerzo. Os leo la enumeración del Apóstol, cuando refiere sus peripecias y sus sufrimientos por cumplir la voluntad de Jesús: cinco veces recibí de los judíos cuarenta azotes menos uno... (2 Cor XI, 24-28) (Amigos de Dios, n. 212).

 

II Corinthiens 11, 22

El Apóstol reivindica su paridad con sus adversarios en lo que a la ascendencia se refiere. Los tres términos utilizados —hebreo, israelita, descendiente de Abrahán—, aunque en cierto sentido pueden considerarse equivalentes, ponen de manifiesto también matices distintos. «Hebreos» designa aquí tanto el origen —descendientes de Heber (cfr Gen 11, 14)— como la raza. Quizá sus enemigos ponían en duda la pureza étnica de San Pablo, por haber nacido en Tarso, ciudad de Asia Menor; sin embargo, era «hebreo, hijo de hebreos» (Phil 3, 5), y hablaba la lengua hebrea (cfr Act 21, 40). «Israelitas» —en cuanto descendientes de Jacob, a quien Yahwéh cambió su nombre por el de Israel (cfr Gen 32, 28)— señalaría su pertenencia al pueblo elegido, poseedor de la verdadera religión. Pertenecer a la «descendencia de Abrahán» se referiría al carácter de herederos de las promesas mesiánicas.

Con frecuencia tuvo San Pablo que recalcar su origen judío (cfr Act 22, 3; Rom 11, 1; Gal 1, 13 ss.; Phil 3, 4 ss.). Es posible que sus adversarios intentaran muchas veces desprestigiar sus enseñanzas —superioridad de la Nueva sobre la Antigua Ley, no es necesaria la circuncisión... — negando su carácter de judío. El Apóstol lo defiende, y señala además con frecuencia su inmenso amor por los de su raza (cfr Rom 9).

 

II Corinthiens 11, 24

No puede precisarse dónde sufrió San Pablo esas flagelaciones, de las cuales no dan noticia los Hechos de los Apóstoles: es posible que fuera en algunas de las sinagogas por las que iba predicando, ya que las sinagogas de la Diáspora tenían autoridad para imponer ese castigo. Como la Ley judía prescribía no dar más de cuarenta golpes (cfr Dt 25, 2 s.), solían dar treinta y nueve, para no exponerse a sobrepasarlos. Era un suplicio tremendo e infamante.

 

II Corinthiens 11, 25

Los romanos azotaban con varas. Los Hechos de los Apóstoles sólo nos dan noticia de una de ellas, en Filipos (cfr Act 16, 22-24). En las tres ocasiones debió ser azotado ilegalmente, ya que la ley romana establecía que este tormento sólo podía aplicarse a los ciudadanos romanos —San Pablo lo era (cfr Act 22, 25-29)— cuando estaban condenados a muerte.

El Apóstol había sido apedreado en Listra, siendo a continuación arrastrado fuera de la ciudad y dado por muerto (cfr Act 14, 19 s.).

Respecto a los naufragios, los Hechos de los Apóstoles sólo dan noticia de uno posterior (cfr Act 27, 9 ss.).

 

II Corinthiens 11, 28-29

Además de los sufrimientos físicos mencionados, pesan sobre el Apóstol —hecho todo para todos (cfr 1 Cor 9, 22)— otros todavía mayores: los que lleva consigo la atención espiritual de cuantos acuden a él, y de las iglesias que había fundado. Los males físicos —comenta San Juan Crisóstomo— «por muy violentos que fueran, pasaban con bastante rapidez y dejaban tras ellos un consuelo inexpresable. Pero lo que afligía a Pablo, lo que oprimía su corazón, lo que le atormentaba profundamente, era la aflicción que le causaba el relajamiento de los fieles sin distinción. Estas amarguras Pablo no las experimentaba solamente en relación con los fieles más destacados, mirando con indiferencia a los otros; no, él eleva al rango de hijos muy queridos a todos los cristianos, de cualquier condición que sean» (Hom. sobre 2 Cor, 25).

El Apóstol, identificado con Cristo (cfr Gal 2, 19 s.), hacía suyas las palabras del Maestro: «Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por sus ovejas» (Ioh 10, 11). Y queda como modelo perennemente válido para todos los pastores de la Iglesia en su solicitud por las almas que Dios les ha confiado.

 

II Corinthiens 11, 30

Como resumiendo todo lo anterior, San Pablo aclara que, efectivamente, se está gloriando de sus «flaquezas», es decir, de lo que a los ojos del mundo supone debilidad, fracaso y humillación. Como explicará más adelante, es precisamente en esas cosas donde se manifiesta claramente el poder y la fuerza de Dios (cfr 12, 7-10), que mediante esas «flaquezas» da fecundidad y frutos al trabajo de sus elegidos.

Es una muestra más de la paradoja que supone la vida cristiana: Cristo triunfó en la Cruz, y sus Apóstoles gozan y se glorían de sufrir por Él (cfr 7, 4; 8, 2; Act 5, 41; Gal 6, 14).

 

II Corinthiens 11, 31

Con respecto a la fórmula «Dios y Padre del Señor Jesús», cfr nota a 2 Cor 1, 3.

 

II Corinthiens 11, 32-33

Cuando parecía haber terminado ya la enumeración de sus tribulaciones, San Pablo, cambiando bruscamente de estilo, señala un suceso bien concreto, que también relatan los Hechos (cfr 9, 22-25). Quizá quiso incluirlo expresamente por tratarse de la primera ocasión en que estuvo en serio peligro de muerte, durante su vida apostólica.

El rey del que habla era Aretas IV, rey de los nabateos, un pueblo desarrollado especialmente al sur y al este de Palestina. Una hija de Aretas IV había sido repudiada por Herodes Antipas, uniéndose con Herodías, la mujer de su hermano Filipo (cfr Mt 14, 1-12). El etnarca era el gobernador de Damasco, representante del rey, e intentaría prender a San Pablo incitado por los judíos.

 

Chapitre n°12

 

II Corinthiens 12, 1-10

Prosigue la apología, con una alusión a las visiones y revelaciones recibidas del Señor. Por otras cartas y por los Hechos de los Apóstoles, sabemos que fueron abundantes durante su vida (cfr Act 9, 1-8; 16, 9 s.; 18, 9 s.; 22, 17-21; 27, 23 s.; 1 Cor 15, 8; Gal 1, 12), si bien aquí solamente hace referencia a una.

El Apóstol lo cuenta como refiriéndose a una tercera persona —«un hombre en Cristo»—, posiblemente por el pudor que siente (cfr vv. 1.5) al tener que divulgar esas gracias que Dios le ha hecho. De ahí que, tras describir brevemente esas visiones (vv. 1-6), hable de las flaquezas que el Señor permite en él, para que no se engría ante la grandeza de sus revelaciones (vv. 7-10).

«Hace catorce años», es decir, por los años 43-44, posiblemente durante su estancia en Tarso (cfr Act 9, 30), Antioquía (Act 11, 25 ss.; 13, 1-3) o Jerusalén (Act 11, 30).

 

II Corinthiens 12, 2-4

San Pablo, que concreta el momento de la visión, no puede precisar en cambio la manera como se produjo. Posiblemente se trató de un fenómeno maravilloso de contemplación sobrenatural, sin intervención de los sentidos corporales, de modo que no sabe si en aquellos momentos estaba en el cuerpo o no. Santo Tomás, con San Agustín, opina que San Pablo —como antes había sucedido con Moisés (cfr Ex 33, 11; Dt 34, 10)— contempló en esta visión la esencia de Dios: «Y esto declaran las mismas palabras del Apóstol, pues dice que ‘oyó palabras inefables que al hombre no es lícito proferir’. Tales cosas parecen ser aquellas que tocan a la visión de los bienaventurados, las cuales exceden la condición de la presente vida» (Suma teológica, II-II, q. 175, a. 3). Pueden ayudarnos a entender un poco más las dificultades de San Pablo para explicarse mejor, las exclamaciones de Santa Catalina de Siena, cuando Dios le manifestó algunos misterios de la providencia divina: «¡Oh Padre eterno, oh fuego y abismo de caridad! ¡Oh eterna clemencia! ¡Oh esperanza! ¡Oh refugio de pecadores! ¡Oh largueza inestimable! ¡Oh bien eterno e infinito! ¡Oh perdido de amor! ¿Por ventura tienes tú necesidad de tus criaturas? (...) ¿Qué podré decir más? Haré como un niño balbuciente y diré: Ah, ah, ah, porque no puedo decir otra cosa, pues la lengua material no puede expresar el afecto del alma que te desea infinitamente. Me parece que puedo decir las palabras de Pablo cuando dijo: ‘Ni la lengua puede referir, ni el oído oír, ni los ojos ver, ni la imaginación figurarse lo que yo vi’. ¿Qué viste, pues? Vi los arcanos de Dios. Mas ¿qué es lo que digo? Que sin duda no los puedo percibir con estos sentidos groseros; sin embargo, te digo, alma mía, que has gustado y visto el abismo de la suma y eterna Providencia» (El Diálogo, 10.°, XIX).

«El tercer cielo»; Según algunos comentaristas, estaría refiriéndose sencillamente al lugar de los bienaventurados, es decir, al grado más sublime de la contemplación divina. Para otros, se haría eco aquí de las tradiciones judías que hablaban del primer cielo —la atmósfera—, segundo —el de los astros— y tercero, que sería la morada de Dios. En cualquier caso, «el Paraíso» (v. 4) vendría a designar lo mismo.

 

II Corinthiens 12, 5-6

El Apóstol distingue metafóricamente como dos personajes en él: uno que recibe dones sobrenaturales, en los cuales se gloría como recibidos de Dios; otro que padece grandes sufrimientos y tribulaciones: también en ellas se gloría, porque sirven para que brille la potencia de Dios (cfr 12, 9). «En el hombre —comenta Santo Tomás— pueden ser consideradas dos cosas: el don de Dios y la condición humana. Si uno se gloría en algún don de Dios, en cuanto recibido de Dios, es buena gloria, porque se gloría en el Señor (...). Pero si se gloría de ese don, como tenido por sí, entonces es mala glorificación» (Comentario sobre 2 Cor, ad loc.).

 

II Corinthiens 12, 7-10

Mostrando una humildad admirable, San Pablo se refiere ahora a las debilidades que el Señor permite en él, para que los dones sobrenaturales que recibe no le enorgullezcan. No podemos precisar exactamente en qué consiste el «aguijón en la carne» de que habla. Algunos Padres —San Agustín, por ejemplo— y comentaristas modernos piensan que se trata de una enfermedad física particularmente dolorosa y humillante: quizá la misma a que alude en Gal 4, 13 s., sin precisar tampoco de qué se trata. Otros, como San Juan Crisóstomo, piensan en las tribulaciones que le causan las continuas persecuciones de que es objeto. Finalmente hay otros —a partir de San Gregorio Magno— que optan por una interpretación ascética, según la cual estaría refiriéndose a las tentaciones de la concupiscencia: los partidarios de las otras dos posturas objetan, entre otras cosas, que no parece probable que quisiera referirse a este punto, pues daría con ello a sus enemigos tema y ocasión para nuevos ataques y calumnias.

San Pablo ha pedido al Señor que se lo quite, pero la sublime respuesta que recibe (v. 9) resulta enormemente iluminadora: para superar esa dificultad basta la gracia de Dios, de manera que sirve para poner de manifiesto el poder divino, que le ayuda a superarla. De ahí que pueda gloriarse y complacerse en sus flaquezas y persecuciones: porque en esas circunstancias, al tener la ayuda sobrenatural de Dios, es más fuerte.

Santo Tomás, al comentar este pasaje, explica que Dios puede permitir a veces ciertos males para obtener bienes mayores: así, para evitar la soberbia —raíz e inicio de todos los vicios— permite en ocasiones que sus elegidos sean humillados por una enfermedad, por algún defecto, o incluso por el pecado mortal, para que «el hombre así humillado reconozca que no puede mantenerse en pie con sus fuerzas. De donde se dice en Rom 8, 28: ‘Pues sabemos que todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios’, no, ciertamente, por su pecado, sino por la ordenación de Dios» (Comentario sobre 2 Cor, ad loc.).

 

II Corinthiens 12, 7

«Ángel de Satanás»; Así califica al «aguijón» que le humilla. La expresión se entiende en cuanto que esa dificultad podría aparecer como un obstáculo a su trabajo evangelizador, cosa en la que, lógicamente, estaba muy interesado el diablo (cfr 2, 11; 11, 14 s.).

 

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