Estas palabras son para los cristianos fuente de muchísimas enseñanzas para la lucha ascética. Recuerdan, por una parte, la necesidad de pedir ayuda al Señor ante las dificultades, llenos a la vez de confianza y abandono en Dios, que conoce mejor lo que conviene: «Bueno es el Señor —enseña San Jerónimo— que muchas veces no nos da lo que queremos, para darnos lo que preferiríamos» (Epist. ad Paulinum).
Muestran también cuál debe ser la actitud ante la experiencia de la propia debilidad: «Nos hemos de gloriar —dice San Alfonso Mana de Ligorio— en el conocimiento de nuestra flaqueza para adquirir la virtud de Jesucristo, que es la santa humildad», sin «abandonarnos a la desconfianza, como pretende el demonio, para precipitarnos en pecados más graves» (Selva de materias predicables, II, 6ª).
A la vez, enseñan que la comprobación de esas miserias personales lleva a confiar solamente en la ayuda divina: Resulta necesario —explica San Josemaría Escrivá— invocar sin descanso, con una fe recia y humilde: ¡Señor!, no te fíes de mí. Yo sí que me fío de Ti. Y al barruntar en nuestra alma el amor, la compasión, la ternura con que Cristo Jesús nos mira, porque Él no nos abandona, comprenderemos en toda su hondura las palabras del Apóstol: virtus in infirmitate perficitur (2 Cor XII, 9); con fe en el Señor, a pesar de nuestras miserias —mejor, con nuestras miserias—, seremos fieles a nuestro Padre Dios; brillará el poder divino, sosteniéndonos en medio de nuestra flaqueza (Amigos de Dios, n. 194).
II Corinthiens 12, 11-18
San Pablo termina el largo apartado de su apología excusándose de nuevo por haber tenido que realizarla, «he hablado como un necio» (cfr nota a 11, 1-6). Sin embargo, aclara, le han obligado a ello los mismos corintios, que no salieron en su defensa, como deberían haber hecho (vv. 11 s.). El único motivo que podrían tener para sentirse agraviados respecto a otras iglesias, les dice irónicamente, es que no les haya sido gravoso, pero piensa seguir actuando así (vv. 13-15). Termina saliendo al paso de una acusación que debían lanzar contra él sus enemigos: no explota a los corintios él directamente, pero sí por medio de sus colaboradores (vv. 16-18).
II Corinthiens 12, 11
El Apóstol se queja de la falta de lealtad de los corintios, que deberían haberle defendido de sus acusadores, sin obligarle a él a hacer su propia alabanza. Tendrían que haberse dado cuenta por sí solos, sin forzarle a entrar en comparación con sus adversarios —los «superapóstoles» a que alude con ironía (cfr nota a 11, 5-6)—, de que él no era inferior a ninguno de ellos.
«Aunque no soy nada»: Quiere subrayar de nuevo (cfr 12, 7-10), que todo lo bueno que tiene lo ha recibido de Dios. Esta actitud debe animarnos a implorar del Cielo las luces y gracias necesarias para reconocer nuestra pequeñez personal: ese reconocimiento humilde permitirá al Señor llenar en mayor medida nuestros corazones.
II Corinthiens 12, 12
Se señalan aquí como distintivos del Apóstol la paciencia y los milagros. Al hablar de la paciencia (cfr 6, 4) posiblemente se esté refiriendo a la constancia con que había soportado contradicciones y persecuciones en Corinto, que quizá motivaron la aparición del Señor para confortarle (cfr Act 18, 9 s.). «¿Os hacéis idea, hermanos míos —comenta San Juan Crisóstomo aplicando estas palabras a la vida del Apóstol— de los diluvios de males, de las prisiones, de los latigazos, de las llagas y los peligros, de las infinitas persecuciones que Pablo encierra en una sola palabra? No dije bastante, porque es preciso contar todavía las guerras de dentro y de fuera, los dolores, los ataques y las violencias de que era objeto; todo este elenco está encerrado en la palabra paciencia» (Hom. sobre 2 Cor, 27).
«Signos, prodigios y milagros»: Con estas tres expresiones se designan en el NT indistintamente los diversos hechos milagrosos. No sabemos cuáles fueron los milagros obrados por San Pablo en Corinto —los Hechos de los Apóstoles no los narran—, que contribuirían a reforzar la autoridad de su doctrina. Estas palabras recuerdan el resumen que, al final de su Evangelio, hace San Marcos de la predicación apostólica: «Predicaron por todas partes, y el Señor cooperaba y confirmaba la palabra con los milagros que la acompañaban» (Mc 16, 20).
II Corinthiens 12, 13-15
Vuelve a recordar la norma de conducta que sigue en el trabajo apostólico: prescindir de su derecho a ser sustentado por los fieles (cfr 1 Cor 9 ss.; 2 Cor 11, 7-15). Ahora se refiere a este punto irónicamente —como si los corintios pudieran tomar como un agravio esta forma de proceder—, para insistir de nuevo en que piensa seguir actuando así (cfr nota a 11, 7-15).
Explicando esta manera suya de conducirse, afirma que su actitud hacia los corintios es como la de un padre que ahorra para sus hijos y gasta su vida por ellos, prescindiendo de que sean agradecidos o no. Resulta conmovedor comprobar una vez más el inmenso amor de San Pablo por las almas, y la rectitud de intención y el desprendimiento con que trabaja por su salvación; algo que sólo puede explicarse por esa paternidad espiritual —más fuerte que la de la carne— que siente hacia sus fieles: «Aunque tengáis diez mil pedagogos en Cristo, no tenéis muchos padres, porque yo os engendré en Cristo Jesús por medio del Evangelio» (1 Cor 4, 15).
II Corinthiens 12, 14
«Por tercera vez»; La segunda visita, de la que no tenemos noticia en los Hechos de los Apóstoles, posiblemente tuvo lugar en el tiempo transcurrido entre la primera carta y ésta (cfr nota a 1, 15-2, 4).
II Corinthiens 12, 15
El Papa Pío XII aplicaba este versículo al desvelo que los sacerdotes deben vivir por todas las almas: «Que todos y cada uno, con humildad y sinceridad, podáis siempre atribuiros —siendo testigos vuestros fíeles— el dicho del Apóstol: ‘Muy gustos-mente gastaré y me desgastaré por vuestras almas’ (2 Cor 12, 15). Iluminad las mentes, dirigid las conciencias, confortad y sostened a las almas que se debaten en la duda y gimen en el dolor. A estas principales obras de apostolado, unid todas aquellas que las necesidades de los tiempos exigen; pero que a todos les quede bien claro que el sacerdote, en todas sus actividades, no busca ninguna otra cosa aparte del bien de las almas; que no mira más que a Cristo, al que consagra sus fuerzas y todo su ser» (Menti nostrae, 23-IX-1950).
II Corinthiens 12, 16-18
Con una redacción un tanto complicada, hace referencia aquí a otra calumnia de sus adversarios: él, personalmente, no exigía nada, pero enviaba después a sus colaboradores a aprovecharse de los fieles. El Apóstol se limita a recordarles la manera de comportarse de las personas que les ha enviado.
La visita de Tito a que hace referencia debe ser la mencionada en 2, 13 y 7, 6-16. No puede precisarse quién es el otro enviado al que se refiere.
12, 19-13, 10. El Apóstol termina esta tercera sección de la carta (caps. 10-13), explicando de nuevo el porqué de su apología —la edificación de los corintios (12, 19-21)—, y haciendo una serie de recomendaciones en relación con su próxima visita a Corinto (13, 1-10).
II Corinthiens 12, 19
San Pablo sale al paso de lo que intuye deben estar pensando algunos al leer su carta: que su propósito fundamental es el de justificarse y disculparse ante ellos, como un acusado ante sus jueces. No es así: no le importan los juicios humanos, les habla en presencia de Dios, que es quien verdaderamente le juzga (cfr 1 Cor 4, 3 s.); lo que le mueve es el bien de las almas de aquellos fieles, su «edificación».
Para un corazón como el de San Pablo, con el pensamiento puesto únicamente en la salvación de las almas, debieron resultar tremendamente duras y penosas sus relaciones con la comunidad de Corinto: tenía que recuperar la confianza de aquellos fieles, ya que las insidias de sus enemigos habían hecho brotar en algunos la desconfianza hacia él; para conseguirlo vuelca en ellos todo el cariño de su corazón (6, 11-13) y les abre de par en par su alma (11, 1 ss.). Pero, a la vez, presiente que su actitud puede ser malinterpretada, y debe aclararles que su cariño no es falta de fortaleza (10, 1-6), y que si les abre su alma no es para disculparse.
Si esto sucedía con San Pablo, ningún cristiano puede sorprenderse de que en su apostolado encuentre también incomprensiones y dificultades, grandes o pequeñas: serán siempre el anuncio de una gran cosecha: «Si el grano de trigo no muere al caer en tierra, queda infecundo; pero si muere, produce mucho fruto» (Ioh 12, 24).
II Corinthiens 12, 20-21
Si intenta la «edificación» de los corintios (v. 19), es precisamente porque teme encontrarlos en su próxima visita inmersos en los pecados sobre los que les había advertido en su carta anterior. De una parte, la soberbia (cfr 1 Cor 1, 18-4, 21), causa de las divisiones entre hermanos y de los desórdenes que enumera en el v. 20; de otra, la lujuria (cfr 1 Cor 6, 12 ss.): San Pablo sospecha que este pecado —tan facilitado en Corinto por el ambiente corrompido de la ciudad (cfr nota a 1 Cor 6, 12-20)— mantiene todavía atenazados a muchos, que no se deciden a luchar seriamente, con la ayuda de Dios, por salir de él (v. 21).
El profundo dolor que producen en San Pablo los pecados ajenos —llora por ellos— debe estimular en el cristiano el afán de desagravio a Dios nuestro Señor por tantas ofensas como recibe: No pidas a Jesús perdón tan sólo de tus culpas —aconseja el Fundador del Opus Dei—: no le ames con tu corazón solamente...
Desagráviale por todas las ofensas que le han hecho, le hacen y le harán..., ámale con toda la fuerza de todos los corazones de todos los hombres que más le hayan querido (Camino. n. 402).
Chapitre n°13
II Corinthiens 13, 1-4
Hace ahora algunas recomendaciones en relación con su próxima visita (vv. 1-10). Y comienza por decirles que piensa actuar con energía, aplicando toda su autoridad de Apóstol contra quienes no quieran rectificar su mala conducta. Con ironía se refiere a que si es ésa la prueba que desean de que Jesucristo actúa en él (cfr 10, 1-11) tendrán esa comprobación (v. 3).
II Corinthiens 13, 1
El Apóstol invoca una disposición legal del AT (Dt 19, 15) —recordada por el Señor en el Evangelio (Mt 18, 16; Ioh 8, 17), y que más tarde recomendará el mismo San Pablo a Timoteo (1 Tim 5, 19)—, según la cual era necesaria la presentación de dos o tres testigos para poder condenar a alguien. Algunos comentaristas aplican esas palabras a sus visitas a Corinto, como si quisiera decirles que serán suficiente testimonio para condenar a quienes no hayan rectificado su conducta cuando llegue. En cualquier caso, lo que quiere decirles es que —aunque no será indulgente (v. 2)— juzgará con prudencia y sin improvisaciones.
II Corinthiens 13, 3-4
San Pablo traza en estos versículos una comparación basada en su doctrina sobre la identificación del cristiano con Jesucristo (cfr p. ej. Rom 6, 3-11; Gal 2, 20; Phil 1, 21). El Señor, durante su vida terrena —especialmente al permitir su Pasión y Muerte—, quiso mostrarse débil; sin embargo, en su Resurrección gloriosa manifestó su poder divino, antes oculto. De manera semejante. San Pablo, que ha venido mostrándose débil —soportando con paciencia a los rebeldes—, piensa utilizar ahora su autoridad apostólica, recibida de Dios.
II Corinthiens 13, 5-10
Aclara aquí que preferiría no tener que hacer uso de su autoridad, ya que el Señor se la ha dado para edificar, no para destruir (v. 10). De ahí que invite a los corintios a hacer un cuidadoso examen de conciencia, probándose a sí mismos, en lugar de ponerle a prueba a él: de esta forma podrán reconocer si su conducta se conforma o no con la de Jesucristo, y podrán comprobar, de paso, que la de San Pablo sí se conforma (vv. 6 s.).
A la vez, pide a Dios que la conducta de sus fieles sea intachable, aunque eso traiga como consecuencia —y de nuevo se pone de manifiesto la conmovedora rectitud de intención del Apóstol— el que algunos puedan seguirle considerando como débil o reprobado, al no actuar ya con la severidad anunciada (vv. 8 s.). «Tal es —comenta San Juan Crisóstomo— el carácter de un amor verdaderamente paternal: preferir siempre la salvación de sus discípulos a los intereses de su reputación y de su gloria personal» (Hom. sobre 2 Cor, 29).
II Corinthiens 13, 5
La recomendación hecha a los corintios, para que se examinen con profundidad, recuerda la importancia fundamental que en la vida del cristiano tiene la práctica diaria del examen de conciencia. Ha sido un consejo constante de los santos: «Como investigador diligente de tu pureza de alma —decía San Bernardo—, pídete cuenta de tu vida en un examen de cada día, averigua con cuidado en qué has ganado y en qué has perdido... Procura conocerte a ti mismo. Pon todas tus faltas delante de tus ojos, ponte frente a ti mismo como delante de otro; y luego duélete de ti mismo» (Meditationes piissimae, 5).
II Corinthiens 13, 7
Al comentar esta petición a Dios recuerda Santo Tomás que «para evitar los pecados son necesarias dos cosas: el libre albedrío y la gracia de Dios. Porque si no fuera necesario el libre albedrío, nunca se darían al hombre preceptos, ni prohibiciones, ni exhortaciones. En vano también se darían castigos. También es necesaria la gracia, porque el hombre no podría mantenerse, si Dios no dirigiera a todos por su gracia (...). Por eso, mostrando que ambas cosas son necesarias, el Apóstol ruega a Dios para conseguir la gracia, y amonesta que mediante el libre albedrío se alejen del mal y hagan el bien» (Comentario sobre 2 Cor, ad loc.).
II Corinthiens 13, 8
Si los corintios rectifican su conducta ya no habrá motivo de castigo, y, en ese caso, San Pablo no piensa actuar injustamente contra nadie —yendo contra la verdad—, sólo para mostrar su autoridad.
II Corinthiens 13, 10
La regla que San Pablo da en el ejercicio de la potestad recibida de Dios —«para edificar, y no para destruir»— es la que vive la Jerarquía de la Iglesia, como ha recordado con frecuencia el Magisterio: «Los Obispos —dice, por ejemplo, el Conc. Vaticano II— rigen, como vicarios y legados de Cristo, las iglesias particulares que les han sido encomendadas, con sus consejos, con sus exhortaciones, con sus ejemplos, pero también con su autoridad y sacra potestad, de la que usan únicamente para edificar a su grey en la verdad y en la santidad, teniendo en cuenta que el que es mayor ha de hacerse como el menor, y el que ocupa el primer puesto, como el servidor (cfr Lc 22, 26-27) (...). En virtud de esta potestad, los Obispos tienen el sagrado derecho, y ante Dios el deber, de legislar sobre sus súbditos, de juzgarlos y de regular todo cuanto pertenece a la organización del culto y del apostolado» (Lumen gentium, n. 27).
II Corinthiens 13, 11
En la despedida, el Apóstol vuelca de nuevo todo su cariño con los fieles de Corinto exhortándoles a que vivan entre sí la fraternidad propia de los cristianos, con la consiguiente unidad y paz entre ellos (cfr 1 Cor 1, 10-17). Y —comenta San Juan Crisóstomo— les predice cuál será el fruto de esto: «Vivid en la unión y la paz, y Dios estará ciertamente con vosotros, pues Dios es un Dios de amor y un Dios de paz, y ahí pone sus delicias. Su amor producirá vuestra paz y todos los males serán desterrados de vuestra Iglesia» (Hom. sobre 2 Cor, 30).
Resulta particularmente expresiva la llamada que San Pablo hace a los fieles, a que estén alegres; la repitió en otras ocasiones: «Alegraos siempre en el Señor; lo repito, alegraos» (Phil 4, 4; cfr 3, 1). La alegría es un bien propio de los cristianos, que —como fruto de su filiación divina— se saben en las manos de su Padre Dios, que lo sabe y lo puede todo (cfr nota a 6, 10). Por eso, no podemos estar nunca tristes; todo lo contrario: Debemos lanzarnos por todos los caminos de la tierra —nos anima San Josemaría Escrivá—, para ser sembradores de paz y de alegría con nuestra palabra y con nuestras obras (Es Cristo que pasa, n. 168).
II Corinthiens 13, 12
En relación con este gesto del «ósculo santo», cfr la nota a 1 Cor 16, 20.
«Los santos» que envían saludos a los corintios son los cristianos de Macedonia, desde donde San Pablo escribe esta carta. Con respecto a este nombre que da a los cristianos, cfr nota a 1 Cor 1, 2.
II Corinthiens 13, 13
Este saludo final —recogido por la liturgia de la Iglesia como una de las fórmulas introductorias de la Santa Misa— constituye un testimonio claro y explícito del dogma de la Santísima Trinidad. La fórmula señala la distinción entre las tres Personas divinas, y, a la vez, su igualdad, en cuanto que cada una contribuye a la santificación y salvación de los fieles.
Por otra parte, comenta Santo Tomás que en este saludo van incluidos todos los bienes sobrenaturales necesarios: «La gracia de Cristo, por la que somos justificados y salvados; el amor de Dios Padre, por el que somos unidos a Él; y la comunión del Espíritu Santo, que nos distribuye los dones divinos» (Comentario sobre 2 Cor, ad loc.).
NOTAS a la Epístola a los Gálatas (EUNSA)
Chapitre n°1
Galates 1, 1-5
Las palabras del saludo de la epístola nos ofrecen los dos ejes en torno a los cuales gira toda ella: la confirmación de la autoridad apostólica de San Pablo (v. 1) y la eficacia de la Redención universal cumplida por Jesucristo (v. 4). El primer tema ocupa los caps. 1-2; el segundo, el resto de la carta.
De esta forma —ya desde el principio— el Apóstol sale al paso de los errores que difundían los judaizantes, que negaban su autoridad y querían mantener la necesidad de la circuncisión y demás observancias mosaicas.
Galates 1, 1
San Pablo comienza esta carta recordando el origen divino de su condición de Apóstol. Era verdad que, a diferencia de los Doce, Pablo no había sido llamado por el Señor durante su vida pública, como él mismo reconoce: «Y en último lugar, como a un abortivo, se me apareció a mí también. Porque yo soy el menor de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol» (1 Cor 15, 8-9). De ahí que él ponga de relieve el carácter gratuito de su apostolado, y los efectos del mismo: «Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y la gracia que se me dio no resultó vana, antes bien, he trabajado más que todos ellos, pero no yo, sino la gracia de Dios que está conmigo» (1 Cor 15, 10; cfr 1 Cor 9, 1-2; Gal 2, 8). Como observa San Agustín, la posteridad en el tiempo viene compensada por el hecho de que es el mismo Cristo glorificado quien le llama, de modo que la autoridad del testimonio de Pablo es igual que la de los Doce (cfr Exp. in Gal, 2).
El fundamento de la autoridad apostólica de Pablo, por tanto, es la vocación recibida directamente de Jesucristo (cfr Act 9, 1-18). Por esto revela que él es apóstol no «de parte de los hombres», sino «por obra de Jesucristo y de Dios Padre». Al unir tan íntimamente, dentro de la misma frase, el nombre de Cristo y el de Dios Padre, el Apóstol defiende su autoridad fundamentándola en la voluntad de Jesucristo —como había ocurrido con los Doce— y en los planes salvíficos de Dios Padre.
Galates 1, 2
Sobre quiénes eran los gálatas y las particularidades de la iglesia de Galacia, vid. Introducción especial a las Epístolas de San Pablo a los Gálatas y a los Romanos, pp. 91-93.
Galates 1, 3
Sobre los dones de gracia y paz, cfr nota a Rom 1, 7.
Galates 1, 4
La muerte redentora de Cristo es causa eficaz de la expiación de nuestros pecados y —como consecuencia— nos hace libres de «este mundo perverso». Esta expresión indica —como muchas veces en el Evangelio de San Juan— el pecado y los poderes opuestos a Dios que actúan en la historia y aparecen como una realidad presente. De ellos es rescatado el hombre por la obra redentora de Cristo. El mundo en sí fue creado bueno, pero a causa del pecado se empañó su bondad original y, en la medida en que refleja la voluntad perversa humana, es ocasión de pecado. A través de la Redención «se ha revelado de un modo nuevo y más admirable la verdad fundamental sobre la creación que testimonia el Libro del Génesis cuando repite varias veces: ‘Y vio Dios que era bueno’ (cfr Gen 1) (...). En Jesucristo el mundo visible, creado por Dios para el hombre (cfr Gen 1, 26-30) —el mundo que, al entrar el pecado, ha quedado sujeto a la vanidad (Rom 8, 20; cfr Rom 8, 19-22; Gaudium et spes, nn. 2 y 13)—, adquiere nuevamente el vínculo original con la misma fuente divina de la Sabiduría y del Amor» (Redemptor hominis, n. 8). El hombre empieza entonces a vislumbrar las cosas del cielo.
Es, según una comparación de San Jerónimo, como el pez que, levantado por el anzuelo del Pescador divino, pasa del abismo de este mundo a la palabra de Dios. «Pero no pasa lo mismo que en la naturaleza. Porque los peces mueren al ser sacados del mar, en cambio los Apóstoles nos sacaron del mar de este mundo, nos pescaron, para darnos la vida a los que estábamos muertos (...). Hemos comenzado a ver el sol, a ver la verdadera luz y emocionarnos de puro gozo en lo íntimo de nuestra alma» (Hom. a los neófitos sobre Ps 41). Con esta luz se puede mirar al mundo, redimido por Cristo, con optimismo, y descubrir todos los aspectos positivos que encierra, junto con la posibilidad de santificarlo y santificarse. El cristiano ha de encontrarse siempre dispuesto a santificar la sociedad desde dentro, estando plenamente en el mundo, pero no siendo del mundo, en lo que tiene —no por característica real, sino por defecto voluntario, por el pecado— de negación de Dios, de oposición a su amable voluntad salvífica (Es Cristo que pasa, n. 125).
Galates 1, 6-9
En la conducta de los gálatas ha habido un cambio inesperado y rápido, ya que, apenas San Pablo había terminado de anunciar por segunda vez el Evangelio, algunos enemigos suyos se han presentado para desautorizar al Apóstol y han logrado convencer a los gálatas, sobre todo en lo concerniente a la circuncisión.
Ante la situación creada, el Apóstol expone con claridad y fortaleza que sólo hay un Evangelio, un único modo de obtener la salvación. «Aquellos quieren —explica San Jerónimo— mudar el Evangelio de Cristo, cambiarlo, trastocarlo: pero no pueden conseguirlo, pues ese Evangelio es de tal naturaleza que no puede ser verdadero si no es como es» (Comm. in Gal, 1, 7).
El contenido de la Revelación —el depósito de la fe— es intocable. Los Apóstoles, como dice su mismo nombre, han sido enviados para transmitir fielmente lo que a su vez han recibido (cfr 1 Cor 11, 23). Por eso, San Pablo encarecerá a sus colaboradores en el gobierno de la Iglesia, Tito y Timoteo, que guarden con esmero el conjunto de verdades que les ha enseñado (cfr 1 Tim 6, 20; 2 Tim 1, 14; Tit 1, 9; 2, 1; etc.).
Con gran fuerza inculca San Pablo la guarda del depósito de la fe y reacciona contra quienes pretenden adulterarlo. Contra éstos —como vemos en el texto— pronuncia las más graves palabras. Efectivamente, el intento de sustituir el verdadero Evangelio de Jesucristo por una doctrina distinta, merece el severo juicio que, en nombre de Dios, emite el Apóstol. Del mismo modo «la Iglesia, que recibió juntamente con el oficio apostólico de enseñar, el mandato de custodiar el depósito de la fe, tiene también divinamente el derecho y deber de proscribir (...) las opiniones que se reconocen como contrarias a la doctrina de la fe» (Dei Filius, cap. 4).
No cabe, pues, un «nuevo cristianismo» que haya de ser descubierto: «La economía cristiana, como alianza que es eterna y definitiva, no pasará jamás, y ya no hay que esperar nueva revelación pública antes de la gloriosa manifestación de Nuestro Señor Jesucristo» (Dei Verbum, n. 5).
Galates 1, 10
Una de las acusaciones que dirigían contra San Pablo era que, para facilitar la conversión al cristianismo, buscaba agradar a los hombres, y que por ello no exigía a los gentiles la circuncisión. En realidad la única mira del Apóstol era servir a Cristo, cumpliendo la voluntad de Dios sin cuidarse del favor de los hombres. Para San Pablo, como decía San Juan Crisóstomo, «vivir del amor de Cristo era la vida, el mundo, el cielo, el bien presente, el reino, la promesa, el bien inconmensurable; fuera de esto no se preocupaba de clasificar las cosas en tristes o alegres, ni juzgaba agradables o desagradables ninguna de las cosas que se poseen en este mundo» (Hom. 2 de laudibus S. Pauli).
San Pablo puede afirmar que no le importaba que hubiera quienes no le comprendieran, quienes incluso rechazaran su doctrina. Tenía experiencia de la oposición que ofrecían a veces sus oyentes frente a las exigencias del Evangelio, pero esto no le llevó nunca a desvirtuar la realidad de la Cruz, para hacer más fácil de aceptar la verdad que anunciaba. Además, el seguir a Cristo le había acarreado la enemistad y la persecución de parte de los judíos (cfr Act 13, 50).
La conducta del Apóstol constituye un estímulo para vencer los respetos humanos. Aunque la vida cristiana choque a veces con el ambiente, debemos permanecer firmes en las exigencias de la fe. Por lo tanto, cuando en nuestra vida personal o en la de los otros advirtamos algo que no va, algo que necesita del auxilio espiritual y humano que podemos y debemos prestar los hijos de Dios, una manifestación clara de prudencia consistirá en poner el remedio oportuno, a fondo, con caridad y con fortaleza, con sinceridad. No caben las inhibiciones. Es equivocado pensar que con omisiones o con retrasos se resuelven los problemas (Amigos de Dios, n. 157).
Santa Teresa escribe a su vez: «Andamos procurando juntarnos con Dios por unión, y queremos seguir los consejos de Cristo cargado de injurias y testimonios, y queremos a la vez muy entera nuestra honra y crédito. No es posible llegar allá, que no van por un camino» (Libro de su vida, cap. 31). Para servir a Dios de verdad hemos de estar dispuestos a soportar la indiferencia y la incomprensión cuantas veces haga falta. Sin duda que has purificado bien tu intención cuando has dicho: renuncio desde ahora a toda gratitud y pago humanos (Camino, n. 789).