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Jacques 2, 12

De nuevo se menciona «la ley de la libertad». Esta ley se refería antes (cfr Iac 1, 25 y nota) a la buena nueva traída por Jesucristo; ahora con esa expresión es designada la ley de la caridad, sobre la que versará el Juicio Final (cfr Mt 25, 31-46 y notas correspondientes).

 

Jacques 2, 13

El olvido, el abandono y el desprecio de los pobres supone obrar sin misericordia, y quien actúa así será juzgado sin misericordia. Son palabras que recuerdan a la letra otras enseñanzas del Señor: «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia» (Mt 5, 7); «con el juicio con que juzguéis se os juzgará, y con la medida con que midáis se os medirá» (Mt 7, 2).

La misericordia «prevalece frente al juicio (condenatorio)»: El sentido de la frase es que quien practica la misericordia se presentará seguro e incluso jubiloso ante el juicio de Dios, que también será misericordioso con él.

Comentando este versículo, dice San Agustín: «Cuando el Rey justo se siente en el trono, ¿quién presumirá de tener casto el corazón? ¿Quién se gloriará de estar limpio de pecado? ¿Qué esperanza habría si la misericordia no prevaleciese sobre el juicio? Pero esa misericordia se aplicará a los que hicieron misericordia» (Epístola 167, 6, 20).

 

Jacques 2, 14-26

Este pasaje constituye el punto central de la carta. El método sapiencial —utilizado con frecuencia en los libros del AT— y el estilo pedagógico contribuyen a grabar en los oyentes la idea fundamental: la fe si no va acompañada con las obras es estéril, está muerta. Con una argumentación cíclica y reiterativa, esa afirmación fundamental aparece hasta cinco veces con diversas matizaciones (vv. 14.17.18.20.26).

La pregunta retórica inicial (v. 14) y el ejemplo sencillo y vivo de quien se contenta con dar buenos consejos al que necesita urgentemente cubrir las necesidades más primarias (vv. 15-16), atraen la atención del discípulo y le predisponen a aceptar la enseñanza básica, redactada como una máxima sapiencial (v. 17).

Manteniendo el tono de diálogo, y con interrogaciones frecuentes, se aducen tres ejemplos de fe: en primer lugar —un ejemplo negativo—, la fe de los demonios, que es estéril (vv. 18-19); en contraste, la de Abrahán, modelo y padre de los creyentes (vv. 20-23); y, finalmente, la fe de una pecadora que se salvó por sus obras, Rahab la meretriz (vv. 24-25). La última frase vuelve a repetir la idea esencial: «La fe sin obras está muerta» (v. 26).

 

Jacques 2, 14

Esta enseñanza va en perfecta continuidad con la del Maestro: «No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos; sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los Cielos» (Mt 7, 21).

Una fe sin obras no puede salvar. «No se salva, aunque se incorpore a la Iglesia, quien, no perseverando en la caridad, permanece en el seno de la Iglesia ‘en cuerpo’, pero no ‘de corazón’. Tengan presente todos los hijos de la Iglesia que esta altísima condición suya debe atribuirse no a sus propios méritos, sino a una peculiar gracia de Cristo. Si no responden a ella con el pensamiento, las palabras y las obras, en lugar de salvarse, serán más severamente juzgados» (Lumen gentium, n. 14).

En la vida del cristiano tiene que haber, por tanto, una completa sintonía y coherencia entre la fe que profesa y las obras que practica. Esta unidad de vida es uno de los conceptos claves de la espiritualidad del Opus Dei, frente al peligro —explicaba su Fundador— de llevar como una doble vida, la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas (...). Hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser —en el alma y en el cuerpo— santa y llena de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales (Conversaciones, n. 114).

 

Jacques 2, 15-16

Este ejemplo, tan gráfico, es similar al de la primera Carta de San Juan: «Si alguno posee bienes de este mundo y, viendo que su hermano padece necesidad, le cierra su corazón, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?» (1 Ioh 3, 17); la conclusión también es semejante: «Hijos míos, no amemos de palabra ni de boca, sino con obras y de verdad» (1 Ioh 3, 18). Y San Pablo subraya: «No consiste el Reino de Dios en hablar sino en hacer» (1 Cor 4, 20). Las obras dan la medida de la autenticidad de la vida del cristiano, poniendo en evidencia si su fe y su caridad son verdaderas.

La limosna en concreto, tan frecuentemente alabada y recomendada en la Sagrada Escritura (cfr, p. ej., Dt 15, 11; Tob 4, 7-11; Lc 12, 33; Act 9, 36; 2 Cor 8-9), es un deber cuando hay grave necesidad en el indigente. Cristo «juzgará la caridad hecha o negada a los pobres como hecha o negada a Él en persona, recuerda el Papa León XIII (...). Todo el que ha recibido abundancia de bienes, sean éstos del cuerpo y externos, sean del espíritu, los ha recibido para perfeccionamiento propio, y, al mismo tiempo, para que, como ministro de la Providencia Divina, los emplee en beneficio de los demás» (Rerum novarum, n. 16).

 

Jacques 2, 17

La fe, además de suponer una firme adhesión a las verdades reveladas, ha de influir en la vida ordinaria, y debe ser un impulso para la actuación del cristiano y una norma de conducta. Cuando no es así, y las obras son incoherentes con las creencias, esa fe está muerta.

La doctrina cristiana llama también «fe muerta» a la de la persona que está en pecado mortal: al no estar en gracia de Dios, no tiene la caridad, que es como el alma —la forma— de todas las virtudes. «La fe —enseña el Conc. de Trento— si no va acompañada de la esperanza y de la caridad, ni une perfectamente con Cristo, ni hace miembro vivo de su Cuerpo. Por cuya razón se dice con toda verdad que ‘la fe sin obras está muerta’ (Iac 2, 17 ss.) y ociosa» (De iustificatione, cap. 7).

 

Jacques 2, 18

El Apóstol subraya con fuerza el contrasentido que encierra una fe desprovista de obras. «A la verdad de fe pertenece —explica Santo Tomás— no sólo la creencia del corazón, sino la manifestación externa, que se hace tanto con palabras por las cuales se confiesa esa fe, cuanto con hechos por los que uno muestra sus creencias» (Suma Teológica, II-II, q. 124, a. 5).

 

Jacques 2, 19

Santiago llega a comparar la fe que no se manifiesta en obras con la de los demonios. Estos también creen, obligados de alguna manera por la evidencia de las señales —milagros y profecías, por ejemplo— que acompañan a la doctrina cristiana (cfr Suma Teológica, II-II, q. 5, a. 2). Pero esa fe no les salva; al contrario, les hace temblar, al recordarles la justicia divina y su castigo eterno.

Comentando este versículo, San Beda enseña que una cosa es creer a Dios, otra creer en Dios, y otra creer tendiendo hacia Dios (credere in illum): «Creerle es creer que son verdaderas las cosas que dice. Creer en Él es creer que es Dios. Creer tendiendo hacia Él es amarle. Creer que es verdad lo que dice pueden hacerlo muchos, también los malos; creen que es verdad y no quieren practicarlo, porque son perezosos para obrar. Creer que Él es Dios, también los demonios pudieron. Pero creer tendiendo hacia Dios, es propio de los que aman a Dios, que no son cristianos sólo por el nombre, sino también por las obras y por la vida. Porque sin amor la fe es inútil. Con amor, es la fe del cristiano; sin amor, la fe del demonio» (Super Iac expositio, ad loc.).

 

Jacques 2, 20-26

Los dos ejemplos tomados del AT —Abrahán y Rahab— resultarían muy familiares a los primeros destinatarios de la carta, cristianos procedentes del judaísmo, buenos conocedores de la Escritura.

El patriarca Abrahán es modelo de fe (cfr sobre todo Heb 11, 8 ss.). Santiago resalta que la fe del Patriarca se pone de manifiesto en sus obras (v. 22), de manera que está dispuesto a sacrificar a su propio hijo cuando Dios, para probarle, se lo ordena (cfr Gen 22, 1 ss.). El texto de Gen 15, 6 citado aquí (v. 23) es utilizado también por San Pablo en su argumentación contra los judaizantes, para mostrar que la justificación primera viene por la fe, y no por las obras de la Ley mosaica (cfr Rom 4, 1-25; Gal 3, 6-9): es decir, Abrahán quedó justificado desde el momento en que creyó a Dios; sus obras no hubieran tenido valor sin esa referencia directa al Señor. En Abrahán, como en todo cristiano consecuente, la fe y las obras van perfectamente compenetradas: éstas ponen de manifiesto la fe, que a su vez inspira y lleva a cabo las obras (vv. 22.24).

El episodio de Rahab (v. 25) se narra en el libro de Josué (2, 1-21; 6, 17-25): esta mujer, que vivía entre los cananeos, salvó la vida a dos exploradores israelitas enviados por Josué a Jericó, y a cambio fue salvada ella y su familia cuando los israelitas tomaron la ciudad. Sus obras ponían de manifiesto su fe (cfr Ios 2, 9-14; Heb 11, 31), y le sirvieron no sólo para salvar su vida y ser incorporada al pueblo de Israel, sino que será una de las cuatro mujeres extranjeras que se mencionan en el Evangelio, formando parte de la genealogía del Señor (cfr Mt 1, 5).

Con el ejemplo de estas dos personas, queda claro que Dios llama a la fe a todos los hombres, y que todos pueden y deben ponerla de manifiesto con un comportamiento ejemplar.

 

Jacques 2, 22-24

El Magisterio de la Iglesia remite a estos versículos cuando enseña que la justificación recibida gratuitamente en el Sacramento del Bautismo, va cobrando aún más fuerza mediante la correspondencia del cristiano a la gracia, que se manifiesta en la observancia de los mandamientos de Dios y de la Iglesia. Así, los justificados «crecen en la misma justicia, recibida por la gracia de Cristo, ‘cooperando la fe, con las buenas obras’ (Iac 2, 22), y se justifican más, conforme está escrito: ‘El que es justo, justifíquese más’ (Apc 22, 11), (...) y de nuevo: ‘Ya veis que el hombre queda justificado por las obras, y no por la fe solamente’ (Iac 2, 24)» (De iustificatione, cap. 10).

 

Jacques 2, 23

«Le fue contado como justicia». Con estas palabras de Gen 15, 6, explica San Pablo (cfr Gal 3, 6 y nota) que alcanzan la justificación no sólo los descendientes de Abrahán, sino todos los que creen la palabra divina, sean o no judíos; Santiago, desde otra perspectiva, cita este texto para enseñar que la fe de Abrahán le hizo justo, es decir, santo. Ambas enseñanzas son complementarias. En efecto, Abrahán creyó en la promesa divina de que sería padre de un pueblo numeroso, a pesar de su ancianidad y de la esterilidad de su esposa; pero esa fe se fortaleció y manifestó al superar la prueba, es decir, al obedecer al mandato divino de sacrificar a su único hijo, sin poner en duda la promesa anterior. Lo mismo ocurre con el cristiano: la fe inicial se fortalece en la obediencia a los mandamientos, y así alcanza la santidad.

«Amigo de Dios»: Este título entrañable se da a Abrahán también en otros pasajes de la Sagrada Escritura (Is 41, 8; Dan 3, 35), y es el mismo que el Señor da a los Apóstoles: «Os he llamado amigos» (Ioh 15, 15). No son casos excepcionales, porque Dios llama a todos a su amistad, desea tener con cada uno la misma intimidad que con Abrahán y los Apóstoles: No estamos destinados a una felicidad cualquiera, porque hemos sido llamados a penetrar en la intimidad divina, a conocer y amar a Dios Padre, a Dios Hijo y a Dios Espíritu Santo y, en la Trinidad y en la Unidad de Dios, a todos los ángeles y a todos los hombres (Es Cristo que pasa, n. 133).

 

Jacques 2, 26

Al hablar del «espíritu». Santiago se está refiriendo al «soplo vital», es decir, a lo que nosotros entendemos por respiración. De esta forma, puede comprenderse mejor la comparación que, como todas las de la carta, resulta muy gráfica: la vida se percibe por la respiración, y si falta ésta no hay vida en el cuerpo, es un cadáver; de manera semejante, la fe viva se manifiesta en las obras, especialmente en las de la caridad.

«Así como del movimiento del cuerpo conocemos su vida —explica San Bernardo—, así también conocemos la vida de la fe por las buenas obras. Porque la vida del cuerpo es el alma, por la cual se mueve y siente, y la vida de la fe la caridad, por la cual obra, según lo que dice el Apóstol: ‘La fe que actúa por la caridad’ (Gal 5, 6). Por lo que, resfriándose la caridad, muere la fe, así como muere el cuerpo apartándose de él el alma. Tú, pues, si vieres a un hombre animoso en las buenas obras y alegre en el fervor de su conducta, no dudes que la fe vive en él, porque tienes argumentos irrebatibles de su vida» (Sermón 2 en el Santo día de la Pascua, 1).

 

Chapitre n°3

 

Jacques 3, 1-18

Este capítulo supone un cambio aparentemente brusco. En realidad, los temas abordados en la carta a partir de aquí son aplicaciones concretas del principio enunciado en la sección anterior, casos prácticos de un comportamiento coherente con la fe. En primer lugar, el dominio de la lengua y la prudencia en el hablar: después de advertir los peligros que acechan a los maestros (vv. 1-2), se denuncian los pecados que la lengua puede acarrear (vv. 2-12). A continuación, se describen las cualidades de la verdadera y la falsa sabiduría (vv. 13-18).

 

Jacques 3, 1-2

Santiago señala la responsabilidad que conlleva el estar constituido en autoridad, porque quien enseña, además de tener que responder de su propia conducta ante el juicio de Dios, tiene también una cierta responsabilidad respecto de las acciones de sus discípulos. Por esta razón, la Iglesia ha urgido siempre la oración por quienes tienen el encargo de ser guías de sus hermanos: «No dejen de encomendar a Dios en la oración a sus Prelados, que vigilan cuidadosamente como quienes deben rendir cuenta por nuestras almas, a fin de que hagan esto con gozo y no con gemidos (cfr Heb 13, 17)» (Lumen gentium, n. 37).

«Todos caemos con frecuencia»: En la Sagrada Escritura se señala repetidamente la condición pecadora del hombre, y la frecuencia con que ofende a Dios (cfr, p. ej., Ps 19, 13; 51, 3 ss.; Prv 20, 9; 1 Ioh 1, 8). El Conc. de Trento recuerda estas palabras de Santiago cuando enseña que el hombre no puede en su vida entera evitar todos los pecados veniales, «si no es por privilegio especial de Dios, como de la bienaventurada Virgen lo enseña la Iglesia» (De iustificatione, can. 23; cfr cap. 16).

Los grandes santos, que son a la vez los grandes maestros, han podido llegar a serlo porque han sabido reconocerse pecadores: «Te amaré, Señor —exclama San Agustín—, y te daré gracias y confesaré tu nombre por haberme perdonado tantas y tan nefandas acciones mías (...). ¿Qué pecados realmente no pude cometer yo, que amé gratuitamente el crimen? Confieso que todos me han sido ya perdonados, así los cometidos voluntariamente como los que dejé de cometer por tu favor (...). Que aquel, pues, que, llamado por ti, siguió tu voz y evitó todas estas cosas que lee de mí, y que yo recuerdo y confieso, no se ría de mí por haber sido curado estando enfermo por el mismo médico que le preservó a él de caer enfermo; o más bien, de que no enfermara tanto. Antes, sí, debe amarte tanto y aún más que yo; porque el mismo que me sanó a mí de tantas y tan graves enfermedades, ése le libró a él de caer en ellas» (Confesiones, II, 7, 15).

 

Jacques 3, 2-12

El autor sagrado se fija en los pecados de la lengua, posiblemente por su frecuencia. La Sagrada Escritura, especialmente los libros sapienciales, se refiere en repetidas ocasiones a estos pecados(cfr, p. ej., Prv 10, 11-21; Eccli 5, 9-15; 28, 13-26).

El hilo del discurso de Santiago abarca tres puntos: en sentido positivo, a modo de resumen de todo lo que sigue, afirma: «Si alguno no peca de palabra, ése es un hombre perfecto» (v. 2). En segundo lugar, explica la virulencia de la lengua, con tres comparaciones gráficas, como es usual en esta carta (vv. 3-6). Finalmente, recomienda dominar la lengua, pues, de lo contrario, acarreará daños irreparables (vv. 7-12).

«Hombre perfecto» (v. 2): No significa que no pueda cometer otros pecados; indica que sujetar la lengua lleva consigo el dominio de sí mismo, y es un síntoma claro de la resistencia frente a las demás tentaciones.

 

Jacques 3, 3-6

Los tres ejemplos, muy sencillos y fáciles de entender, utilizados también por autores de la antigüedad greco-latina y judía profana, explican cómo una causa pequeña —la brida del caballo, el timón del barco, un fuego incipiente— es capaz de producir unos resultados desproporcionadamente grandes: de manera semejante la lengua tiene una influencia enorme en la vida.

El Catecismo Romano, recordando estas enseñanzas, dice: «En estas palabras se nos advierten dos cosas: primera, que se halla muy extendido este vicio de la lengua (...). La segunda cosa es que de ahí proceden males sin cuento, porque muchas veces, por culpa de una lengua murmuradora, se han perdido el patrimonio, la honra, la vida y la salud del alma, tanto del que es ofendido, porque no puede sufrir con paciencia las injurias y desea vengarse furiosamente, como del que ofende, porque impedido por una mala vergüenza y por la falsa creencia de cierta dignidad, no es ya capaz de dar satisfacción a quien ha sido ofendido» (III, 9, 1). No debe olvidarse que, cuando se lesiona injustamente la buena fama del prójimo, hay obligación de reparar, poniendo los medios para devolverle su buen nombre.

¿Sabes el daño que puedes ocasionar al tirar lejos una piedra si tienes los ojos vendados?

—Tampoco sabes el perjuicio que puedes producir, a veces grave, al lanzar frases de murmuración, que te parecen levísimas, porque tienes los ojos vendados por la desaprensión o por el acaloramiento (Camino, n. 455).

 

Jacques 3, 6

Por medio de estas expresiones tan gráficas. Santiago subraya que una lengua no dominada puede convertirse en un foco abundante de malicia, que infeccione toda la vida de una persona. Resalta así que la lengua, tan útil en si misma, puede ser tremendamente perniciosa. No es de extrañar, por tanto, que sea utilizada perversamente por los enemigos de nuestra santificación: Y aunque su voz suene a campana rota —enseña San Josemaría Escrivá—, que no está fundida con buen metal y es bien diferente del silbido del pastor, rebajan la palabra, que es uno de los dones más preciosos que el hombre ha recibido de Dios, regalo bellísimo para manifestar altos pensamientos de amor y de amistad con el Señor y con sus criaturas, hasta hacer que se entienda por qué Santiago dice de la lengua que es ‘un mundo entero de malicia’ (Iac III, 6). Tantos daños puede producir: mentiras, denigraciones, deshonras, supercherías, insultos, susurraciones tortuosas (Amigos de Dios, n. 298).

 

Jacques 3, 9-12

Con nuevos ejemplos, también muy sencillos y familiares, el autor sagrado sigue urgiendo la necesidad de tener bien dominada la lengua. La experiencia enseña que tan pronto es utilizada para el bien como para el mal. El cristiano debe conseguir que su palabra sea únicamente de bendición, puesto que su corazón también debe estar inclinado sólo al bien. Por otra parte, el mal uso de la lengua es síntoma de la perversión del corazón, ya que —como advierte el Señor— «de la abundancia del corazón habla la boca» (Mt 12, 34).

 

Jacques 3, 13-18

Estos versículos exponen las cualidades de la sabiduría cristiana (cfr 1, 5). Tras una exhortación a mostrarla en las obras (v. 13), recrimina las manifestaciones de la falsa sabiduría (vv. 14-16) y explica las cualidades de la verdadera (vv. 17-18).

También San Pablo distingue entre la sabiduría del mundo —la del hombre, cuando se desvía de su recto fin— y la de Dios, que encuentra su culminación en la Cruz (cfr 1 Cor 1, 18-3,3 y notas correspondientes). Santiago pone especial atención en los frutos prácticos de la sabiduría que procede de Dios, que se reflejarán fundamentalmente en la mansedumbre, la misericordia y la paz.

En cambio, el celo amargo, las rivalidades y las rencillas son reflejo de una falsa sabiduría: «terrena», porque rechaza lo trascendente y sobrenatural; «meramente natural» (psíquica, en el original griego), propia de hombres que actúan según sus facultades humanas heridas por el pecado original, privados del Espíritu Santo (cfr notas a 1 Cor 2, 14-16; Ids 19-20); «diabólica», en cuanto que la conducta de esos hombres está inspirada por el demonio, que es envidioso (cfr Sap 2, 24), «mentiroso y padre de la mentira» (Ioh 8, 44).

 

Jacques 3, 18

La traducción palabra por palabra, que resulta menos comprensible en castellano, sería: «El fruto de la justicia es sembrado con paz entre aquellos que promueven la paz». Es decir: los «pacíficos» de las Bienaventuranzas (cfr Mt 5, 6 y nota correspondiente) crean a su alrededor un ambiente propicio para el desarrollo de la justicia y la santidad, y resultan ellos mismos beneficiados de los efectos de la paz que siembran. «Porque la paz, enseña el Papa Juan XXIII, no puede darse en la sociedad humana si primero no se da en el interior de cada hombre, es decir, si primero no guarda cada uno en sí mismo el orden que Dios ha establecido» (Pacem in terris, n. 165).

«El fruto de la justicia» equivale a la justicia misma: es la conformidad con la ley evangélica, manifestada en las buenas obras, reflejo de la auténtica sabiduría. El pasaje recuerda a Isaías 32, 17-18: «La obra de la justicia será la paz, y el fruto de la justicia, la tranquilidad y la seguridad perenne. Así, mi pueblo morará en apacible mansión, en moradas seguras y en tranquilos parajes».

Todo cristiano que se esfuerza por vivir de acuerdo con su vocación realiza una siembra de santidad y justicia llena de paz: En la misma trama de las relaciones humanas —enseña el Fundador del Opus Dei—, habéis de mostrar la caridad de Cristo y sus resultados concretos de amistad, de comprensión, de cariño humano, de paz. Como Cristo ‘pasó haciendo el bien’ (Act X, 38) por todos los caminos de Palestina, vosotros en los caminos humanos de la familia, de la sociedad civil, de las relaciones del quehacer profesional ordinario, de la cultura y del descanso, tenéis que desarrollar también una gran siembra de paz (Es Cristo que pasa, n. 166).

 

Chapitre n°4

 

Jacques 4, 1-6

En contraste con la paz que poseen y difunden a su alrededor quienes practican la verdadera sabiduría (cfr 3, 17-18), se observan entre los cristianos frecuentes discordias y alteraciones que dificultan y perturban la convivencia. Santiago reprocha duramente esos desórdenes, haciendo notar que su origen fundamental está en la ambición —«raíz de todos los males», la llama San Pablo (1 Tim 6, 10)— y en sus diversas manifestaciones.

Comienza así un nuevo bloque de enseñanzas: son advertencias dirigidas a los diversos grupos que forman la comunidad cristiana, censurando las desviaciones morales más graves, reflejo de los desacuerdos con la fe profesada. En primer lugar, la discordia (vv. 1-12); después la jactancia presuntuosa en la propia capacidad (vv. 13-17); por último, la injusticia de los ricos que oprimen a los más débiles (5, 1-6).

Al reprochar la discordia y la desunión entre los fieles (vv. 1-12), se enumeran las causas principales: la codicia y la envidia (vv. 1-3); el amor desordenado a las cosas del mundo, el orgullo y la soberbia (vv. 4-10); y, como resultado, la murmuración y la maledicencia (vv. 11-12).

 

Jacques 4, 1

«Guerras» y «peleas» designan hiperbólicamente los altercados y las disidencias que se producían entre aquellos cristianos. «Pasiones»: como en otros lugares del NT tiene el sentido de concupiscencia, hedonismo, placer (cfr v. 3; Lc 8, 14; Tit 3, 3; 2 Pet 2, 13), tendencias de las pasiones desordenadas.

Santiago señala que cuando uno no lucha como debe contra sus inclinaciones, el desorden interior se manifiesta en el desorden exterior —riñas y altercados—. En el NT se habla con frecuencia de la lucha que se libra en el interior de cada hombre, y de la que depende su salvación (cfr, p. ej., Mt 11, 12; Rom 7, 14-25; 1 Pet 2, 11).

¿Cómo vas a tener paz, si te dejas arrastrar —contra los ‘tirones’ de la gracia— por esas pasiones, que ni siquiera intentas dominar?

El cielo empuja hacia arriba; tú —¡sólo tú: no busques excusas!—, para abajo...— Y de este modo te desgarras (Surco, n. 851).

 

Jacques 4, 2-3

Algunos comentaristas, dado que el texto original nos ha llegado sin puntuación, piensan que la lectura más lógica sería: «¿Codiciáis y no tenéis? Matáis. ¿Os devora la envidia y no podéis conseguir nada? Lucháis y hacéis la guerra»; de esta forma sería más claro el paralelismo de las frases. En cualquier caso, lo que pretende Santiago es describir el lamentable estado a que conduce el hedonismo desenfrenado, y, más concretamente, la codicia de bienes terrenos.

«No obtenéis, porque pedís mal»: «Pide mal, el que despreciando los mandamientos del Señor, desea de Él beneficios celestiales. Pide mal también el que, habiendo perdido el amor de las cosas celestiales, sólo busca recibir bienes terrenales, y no para el sustento de la fragilidad humana, sino para que redunde en el libre placer» (Super Iac expositio, ad loc.).

 

Jacques 4, 4-6

El autor sagrado advierte que el amor desordenado al mundo, consecuencia de la ambición, es incompatible con el amor a Dios. «Mundo» tiene aquí el sentido de enemigo de Dios, contrario a Cristo y a sus seguidores (cfr nota a 1, 26-27). La enseñanza de estos versículos suena como un eco de la de nuestro Señor Jesucristo: «Nadie puede servir a dos señores, porque o tendrá aversión al uno y amor al otro, o prestará su adhesión al primero y menospreciará al segundo: no podéis servir a Dios y a las riquezas» (Mt 6, 24).

Los santos han recordado con frecuencia —tanto con su vida como con sus enseñanzas— que el amor desordenado del mundo es incompatible con el amor a Dios: «Dos amores hicieron dos ciudades, enseña San Agustín: el amor propio hasta el desprecio de Dios, la terrena; el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo, la celestial» (De civitate Dei, XIV, 28).

«Almas adúlteras»: El original griego dice sencillamente «adúlteras», y la Neovulgata «adúlteros». Pensamos que nuestra traducción recoge fielmente el pensamiento del autor sagrado. En efecto, en este apostrofe resuena la figura —tantas veces utilizada por los profetas (cfr, p. ej., Os 1, 2 ss.; Ier 3, 7-10; Ez 16, 1 ss.)— de los esponsales entre Dios y su pueblo, sellados con la Alianza. Santiago, por tanto, no se refiere al pecado de adulterio, sino que increpa a quienes por el amor desordenado de los bienes de esta tierra son infieles a Dios.

 

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